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[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Desde que mi madre faltó comparto la vida con mi descontento padre. Le aprecio mucho, pero sus continuas críticas empiezan a hacer aún más mella en mi ánimo. Parece que no se resigna a cambiar mi disposición quebradiza. Es como vivir en la Isla del Viento, siempre zarandeada.

Sigue sin soportar el pasotismo integral que me posee. La falta de estímulos e ilusiones para avanzar en los hechos. Mis abandonos. La verdad es que, en mi vida, la incapacidad para finalizar algo es determinante. Recuerdo haber empezado infinidad de cosas y, al poco tiempo, siempre he optado por renunciar: estudios, trabajos, novios, aficiones… Hasta los males; jamás he estado enferma de verdad. Creo, honestamente, que nunca he terminado lo que empecé.

Mi padre, desilusionado, sigue dedicado a recordármelo con mala leche: “aprendiz de todo y maestra de nada”. E ignora que yo no tengo la culpa, que todo me ha venido dado. ¿Quién sabe si soy una víctima del “Transgeneracional”? ¿Si aquello de que nuestro funcionamiento es el resultado de un drama familiar oculto está jodiéndome la mente? A veces, cuando se pierde, señala con dureza: “dudo incluso si estás acabada”.

Tanto es así que, el otro día, tuve la tentación de no confesarle mi embarazo de origen anónimo. Aunque al final me armé de valor y, aunque intimidada, se lo dije con ánimo. Se rió; sí, no paró de carcajearse creyendo que se trataba, una vez más, de algo fallido. Una especie de embarazo psicológico que nunca llegaría a buen término. Y sentenció: “nunca tendrás un hijo”.

Aquello exfolió mi alma. Entonces, ante el temor de defraudarle en este caso tan trascendental, me obsesioné en concentrarme con todas mis fuerzas interiores para originar la mejor pujanza y acabar pariendo un hijo sano con el que poder sorprenderle y darle una alegría. Demostrar a mi padre que esta vez iba en serio. Porque cuando se trata de un hecho de verdad, con esencia, puedo finalizarlo exitosamente, me dije.

Y a los nueve meses grité de alegría en el parto ¡Por fin había conseguido acabar algo! Además, ciertamente importante, algo sublime, trascendente. Pero mi padre no mostró ni una sola mueca de alegría. ¡Por una vez que cumplía, coño! Se quedó mudo de espanto al percatarse de lo cierto de mi anuncio, en forma de trillizos llorones, sabiendo lo que se le venía encima.

No tardó en reprocharme la algarabía triunfal, apuntándome que, parir, es sólo empezar, como siempre había hecho. Pues era consciente de que tal suceso implicaba toda una vida de entrega y que su hija era la reina de la abulia y no estaba por esa labor.

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Enrique Masip Segarra [2016]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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La inconstancia [s 1306]. Fresco de Giotto di Bondone [Florencia, 1267-1337]. Capilla de los Scrovegni [Padua]. Significa la falta de un asiento estable, fruto del aturdimiento, la volubilidad y la inconsistencia. La imagen es la de una joven deslizándose sobre la rueda de la voluntad, a punto de caer sobre un inclinado suelo de mármol moteado. Vía Wiki.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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