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Billetes verdes [1966]. Interpretada por Juan Legido [España, 1922-1989]. Guaracha cubana compuesta por el sardanista catalán Antonio Carcellé Tosca [seudónimo: S. Obiol; España, 1904-1983], con letra de Miguel Roa y Jerko.

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Billetes, billetes verdes,
pero qué bonitos son,
esos billetitos verdes
siempre dan la salvación.

[De la letra de la canción]

De la preocupación al regocijo

Cualquier espíritu sensato que siga los avatares del aquelarre independentista catalán ha de empezar a darse cuenta de que la cosa está pasando aceleradamente de la tragedia al ridículo.

Alejo Vidal Cuadras en vozpópuli, 111216.

Es sabido que desde que inicié mi actividad política en primera línea en 1988 al aceptar el número dos de la lista del PP, entonces todavía AP, en las elecciones catalanas de aquel año, he dedicado considerables esfuerzos a combatir el nacionalismo de raíz identitaria en sus diversos aspectos y variantes. He publicado media docena de libros y centenares de artículos en los medios, he impartido docenas de conferencias, he participado en innumerables programas de radio y televisión y he pronunciado una larga lista de intervenciones parlamentarias sobre la cuestión para poner en evidencia los elementos perversos de esta doctrina letal, origen y causa de todo tipo de guerras, genocidios, vulneraciones de derechos humanos y catástrofes económicas.

Basta examinar en España la situación en que se encuentra hoy Cataluña en sus finanzas públicas y en su cohesión social o hacer un repaso de los crímenes de ETA para advertir que del sentimiento tribal y de la introversión excluyente de los que beben todos los particularismos étnico-lingüísticos, sólo pueden salir pobreza, conflictos, muerte, atrocidades, angustia y dolor. Si hay una ideología letal en el mundo es el nacionalismo basado en elementos como la raza, la lengua, la religión, la historia o la cultura con el fin de separar a las gentes y de enfrentarlas entre sí.

Hay que coincidir sin duda con Karl Popper cuando señala en La Sociedad Abierta y sus Enemigos al nacionalismo construido sobre bajas pasiones narcisistas como uno de los mayores peligros para la convivencia pacífica en colectividades humanas plurales. En el desarrollo de las ideas políticas, el nacionalismo, que es un fenómeno moderno que nace a caballo de la Revolución Francesa y del Romanticismo alemán, representa una terrible regresión intelectual y moral que se ha cobrado millones de víctimas. No puedo concebir un horror más execrable.

Una vez aclarado en el párrafo anterior que mi posición respecto al nacionalismo no es favorable, he de confesar que en lo que se refiere al caso concreto del separatismo catalán, ese pozo oscuro de irracionalidad, provincianismo y corrupción cuidadosamente alimentado por los dos grandes partidos nacionales desde 1978, estoy experimentando una interesante evolución que observo en mí mismo con interés.

Hasta ahora, lo he visto como una seria amenaza a la democracia, a las libertades y a la prosperidad de los catalanes y del conjunto de los españoles, y por supuesto lo sigo percibiendo así, pero con un componente adicional nuevo, que no formaba parte de mi análisis de tan espinoso tema con anterioridad y que ha surgido en mi interior hace unos meses. Ese ingrediente recién llegado es la curiosidad regocijada. A la repulsión, la condena y la repugnancia que siempre me ha inspirado ese compendio de mitos ridículos, grandilocuencia impostada, vanidad pueblerina, pasado inventado y latrocinios a mansalva que es el catalanismo secesionista, he incorporado a partir de un cierto momento del delirio de esteladas y urnas de pacotilla la sensación expectante con la que se siguen los espectáculos circenses, especialmente las piruetas aéreas del trapecista con el temor o quizá el deseo inconsciente de que en un triple mortal pierda el control y se precipite vertiginoso hacia el suelo de la pista.

Y es que cualquier espíritu sensato que siga los avatares del aquelarre independentista catalán ha de empezar a darse cuenta de que la cosa está pasando aceleradamente de la tragedia al ridículo. Todo en este tinglado inaudito invita ya al cachondeo.

Una Vicepresidenta del Gobierno que afirma jacarandosa que es su propósito hacerse imprescindible en Cataluña y que monta despacho fijo a tal fin en Barcelona mientras sus supuestos interlocutores se dedican a vulnerar en sus narices cada día el ordenamiento constitucional con recochineo y alevosía, un Tribunal Constitucional que dicta sentencia tras sentencia sin que nadie haga ni siquiera un amago de obligar a sus destinatarios a su cumplimiento, una Generalitat quebrada cuyo plan separatista destructor de la unidad nacional es financiado regularmente por el Tesoro público español, una Asociación de Municipios por la Independencia que envía folletos explicativos repletos de falsedades, fantasías y reivindicaciones absurdas a consistorios de ciudades en Burkina Faso, Siria, Cuba, Bosnia, China, Senegal y Camerún, entre otros lugares que es bien sabido que siguen la aventura de Mas, Puigdemont y Junqueras con enorme interés y, como colofón de la farsa, el flamante Delegado del Gobierno, excelente persona por otra parte que seguramente se pregunta por las noches cómo se ha dejado meter en este lío, ofrece diálogo a unos tipos que han convocado para el próximo 23 de Diciembre una magna reunión de fuerzas vivas y partidos para coordinar la desconexión con el Estado y la proclamación de la República Catalana soberana, fastuoso acontecimiento que tiene fecha y procedimiento en marcha y que es abordado por las autoridades competentes en Madrid mediante el eficacísimo método de silbar y mirar hacia otro lado, ya que es de general conocimiento que aquello que no enfoca la pupila de Rajoy, se desvanece en la nada.

Por tanto, me encuentro sentado en mi silla de primera fila observando las astracanadas de los payasos, los rugidos de las fieras domesticadas, los volatines de los acróbatas, las corbetas de los caballos y las contorsiones de las focas, a la espera de la apoteosis final, cuando la troupe al completo desfile a los sones del viento y el metal de la orquesta y el cerrado aplauso de un público entregado reconozca la inigualable capacidad de un país occidental, miembro por más señas de la Unión Europea, de la OCDE y de la OTAN, para alcanzar cotas insospechadas en el juego de los disparates.

Plagio a la Sociedad Estatal Casa de la Moneda de Argentina. La República Barcelonina (REPUBA) y la repubilla; y su falsa moneda, que pasa de mano en mano y ninguno se la queda… ¿Y ese billete? Me lo han colau. (Giovannini)

Independencia por vía de hecho, el reto de Sáenz de Santamaría

Al Gobierno no le queda otro remedio que emplearse a fondo en un diálogo con márgenes amplios, pero ya con escasas posibilidades de enmendar la actual Constitución

José Antonio Zarzalejos en El Confidencial, 101216.

Escuchar los análisis y leer los textos de Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, académica de Ciencias Morales y Políticas, es de gran utilidad en estos tiempos de confusión y desconcierto. El pasado 26 de noviembre, Mangas concedió una entrevista al diario ‘El Mundo’ en la que desvelaba claves interesantes sobre las virtualidades del proceso soberanista.

Decía, entre otras cosas, la siguiente: “Yo quiero prevenir: cabe la posibilidad de que Cataluña acabe siendo un Estado pleno si no se ponen límites a sus excesos estatalizantes” porque a tal resultado se puede llegar “un paso tras otro” en lo que ella denominó “el principio de efectividad”. Añadió la académica que “Cataluña ha actuado ya ‘de facto’ en demasiadas ocasiones. Y el derecho internacional confirma que un Estado es producto de hechos. Se basa en el principio de efectividad: desplegar el poder con exclusividad. No hay Estados legítimos e ilegítimos. Y en Cataluña los independentistas pretenden desplazar al Estado de modo que sea irreversible”.

Araceli Mangas opina que el Gobierno “se ha escondido tras los fiscales y el sistema judicial. Es probable y posible —continúa— que, llegado el momento, el Estado tenga que utilizar todas las medidas coercitivas con las que dota la legalidad interna e internacional a cualquier Estado, pero antes debe haber cubierto las casillas previas: dialogar”.

La catedrática sostiene que una Cataluña independiente cabe en el “mapa físico de Europa pero no en la Unión Europea” porque, se pregunta, “¿qué interés puede tener la UE en una región que cuando formaba parte de su Estado no quiso ni ser leal ni cooperar, ni ser solidaria con sus conciudadanos españoles?, ¿qué podrían esperar de Cataluña los polacos, los húngaros o los rumanos?”. La lógica de esta apreciación se combina con la aclaración de una cuestión controvertida: “España no es hoy, y al menos desde el siglo XVIII, una nación de naciones”, puntualizando que la “Constitución habla de nacionalidades pero no en el sentido de que hayan sido sujeto político anteriormente sino porque han tenido una identidad cultural propia, seguramente dada por la lengua”.

Traigo a colación las reflexiones de esta reputada catedrática con extensa obra publicada, porque hay una práctica en el independentismo catalán que es la más calculadora y peligrosa para la integridad del Estado: el denominado ‘calladismo’ en el que militan algunos políticos soberanistas y, en particular, Oriol Junqueras, quien ha definido con ese ‘palabro’ su propia actitud y la de su partido. Él se contiene en las grandes declaraciones, limita drásticamente la épica verbal del secesionismo más infatuado, negocia con cierto pragmatismo —véase la relación cordial que mantiene con la vicepresidenta del Gobierno— y espera a que los acontecimientos se vayan produciendo.

El ‘calladismo’ de Junqueras es, en traducción libre pero creo que ajustada, lo que Araceli Mangas denomina “principio de efectividad”, esto es, la creación de una situación de hecho que excluya en la vida pública catalana al Estado y que la Generalitat y todos sus organismos —desde el Gobierno al Parlamento— se comporten de modo soberano. El gran riesgo que corre esta praxis es que —como también advierte la jurista referida— el Estado, rebasado, haga uso de las facultades legales coercitivas, lo que, en último término, también es un resultado calculado por el ‘calladismo’: si se produjese esa coerción del Estado, el independentismo resultaría, de nuevo en la historia catalana, víctima del ejercicio de la fuerza por España. El Estado trataría de ser deslegitimado.

Como también advirtió Francesc de Carreras en su reciente ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas —precisamente, propuesto, entre otros académicos, por Araceli Mangas— ahora no se dan las condiciones políticas necesarias para una reforma constitucional. Las había en la X legislatura, con una mayoría absoluta del PP y 110 diputados del PSOE, sin Podemos y sin Ciudadanos en el hemiciclo. La situación ha variado y una reforma de la Carta Magna estaría abocada al fracaso por falta de consenso entre los grupos parlamentarios y la necesidad de una consulta vinculante de resultados inciertos en el conjunto de España. Este Gobierno en su versión robusta de 2011 ya perdió un tiempo político que no volverá.

No le queda otro remedio que emplearse a fondo en un diálogo con márgenes amplios, pero ya con escasas posibilidades de enmendar la actual Constitución, aunque sí el Estatuto catalán de 2006 y por esa vía, evitar el “principio de efectividad” independentista y eludir la coerción indeseable del 155. Le sobran advertencias para hacerlo. Ahora debe ponerse a reconducir la deriva fáctica del independentismo. En eso, justamente, consiste el reto de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Arcu en su Twitter, 041216.

Mus

Desalienta ver lo poco que ha aprendido el partido del Gobierno acerca del PNV.

Jon Juaristi en ABC, 111216.

La semana que hoy termina ha presenciado dos curiosas incidencias relacionadas con el nacionalismo vasco: la interpretación que Luisa Fernanda Rudi (asumiendo como presidenta del comité organizador del Congreso Nacional del PP cierta representatividad de su partido) ha hecho de la «soberanía compartida» reclamada por el lehendakari Urkullu como un intento de relanzar el Plan Ibarretxe, y el desconcierto de los medios ante la felicitación de Bildu al presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. En mi opinión, ni la interpretación de Rudi es acertada ni el desconcierto mediático justificable.

Cuando Urkullu apela a la «soberanía compartida» o a la «doble soberanía» no introduce innovación alguna en el discurso del PNV, mucho más antiguo que el Plan Ibarretxe. Este, que apuntaba a una solución portorriqueña para Euskadi como Estado Libre Asociado con España, trataba de salvar la coalición frentista abertzale tras el morrocotudo fracaso del Pacto de Estella. Era una improvisación chapucera, porque nunca antes el PNV lo había apostado todo a una propuesta concreta. No, al menos, durante la etapa democrática que arranca de la Transición.

Mario Onaindía solía sostener que el PNV, en vez de hacer política, jugaba con el Estado una interminable partida de mus en la que, gobierno tras gobierno y del signo que fueran, todos se iban achantando ante los envites de los nacionalistas vascos, que ni siquiera miraban sus cartas. Más claramente: lo de la «soberanía compartida» no pasa de ser un «envido a pares» lanzado desde la certidumbre de que es inaceptable. Rudi se hace un lío al explicar los motivos por los que no puede aceptarse, pero es que el PNV nunca ha tenido la esperanza ni la intención de que se acepte, porque es una petición de principio.

La soberanía no se comparte. Incluso a una derecha que no lee ni a sus clásicos le suena aquello de que soberano es quien puede declarar el estado de excepción, lo que constituye por definición un atributo no compartible, como el de declarar la guerra o pulsar el botón del holocausto nuclear. Es incomprensible que, a estas alturas de la partida, alguien se plantee que detrás del envido a pares pueda haber duples, o sea, un Plan Ibarretxe o cosa similar.

En realidad, lo de la «soberanía compartida», como lo de la «nación foral», no pasa de ser una advertencia al PP del riesgo que supondría, en el caso de la apertura de un proceso de reforma de la Constitución, o de un nuevo proceso constituyente, la eliminación de aquel texto que sustenta la excepcionalidad vasca, y que no está en el Título Preliminar ni en el Capítulo Tercero de la vigente Constitución, sino en la Disposición Adicional Primera, bastión de la «nación foral».

Entonces el pueblo vasco –he ahí la advertencia tácita o implícita en la críptica alusión de Aitor Esteban, en el último debate de investidura, a «la batalla de Padura» (mítica bronca del Pleistoceno en la que unos pocos vascos masacraron a miles de invasores españoles)– se echaría de nuevo al monte en defensa de su intocable soberanía originaria, que por supuesto los nacionalistas vascos no están dispuestos a compartir con nadie. Y ya sabemos lo que suele pasar cuando los vascos y vascas se echan al monte, ¿no?

O sea, tras el «envido a pares», y por si no os habéis enterado, españoles y españolas, órdago a la grande.

En fin, que la semana próxima les contaré a ustedes de qué va lo de Bildu y Trump. Adelanto que nada tiene que ver con el telegrama de Sabino Arana Goiri a Theodore Roosevelt para agradecerle el apoyo de los Estados Unidos a la independencia de Cuba. Se parece mucho más al primer abrazo aquel entre Franco y Eisenhower.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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