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Henry Kissinger en la CNN: «Trump es el presidente más genuino que he visto. No tiene ningún equipaje ni obligaciones ante ningún grupo» y ha sido elegido «conforme a su propia estrategia».

Fuente:  infobae, 201116 y artículo de Rafael Navarro-Valls en El Mundo, 210117 [ver infra].

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Discurso al gusto [de sus consumidores]

Si leen su discurso [ver infra] observarán que no se ha movido un ápice de su programa vencedor. Sus ideas, gusten o no, son los suficientemente claras como para abarcar aquellos problemas que una amplia capa de la sociedad norteamericana entiende como propios:

“Estamos transfiriendo el poder de Washington DC y se lo estamos devolviendo a ustedes, el pueblo” – “Hemos hecho ricos a otros países mientras la fuerza y la confianza de nuestro país ha decaído” – “De hoy en adelante será solamente Estados Unidos, primero” – “El crimen, las pandillas, las drogas… la carnicería en Estados Unidos termina aquí y ahora” – “Recuperaremos nuestros trabajos, nuestras fronteras, nuestra salud y nuestros sueños” – “Reforzaremos nuestras alianzas contra el terrorismo radical islámico, que erradicaremos de la faz de Tierra” – “No importa si somos blancos, negros o morenos; todos tenemos sangre roja de patriotismo” – “Estamos protegidos por nuestras Fuerzas Armadas, por nuestras fuerzas policiales y por Dios” – “Seguiremos dos simples reglas: comprar estadounidense y contratar a estadounidenses”.

Se expresa de un modo burdo, directo, casi telegráfico, con una imagen de soberbia que seguramente enorgullecerá a sus millones de indignados votantes pero a mi me da que esconde una personalidad tan reflexiva y atenta a lo que escucha como huidiza, tímida, teatralera y, afortunadamente, consciente de sus limitaciones.

Ante el cordón sanitario -socialdemócrata, mediático, burócrata y empresarial- que ha intentado impedir su investidura, se ha mantenido firme con un discurso simple, dirigido a los televidentes, diciendo lo que acostumbra:

  • No a la oligarquía del establishment, de Washington DC.
  • Primero EEUU, los estadounidenses.
  • El empleo: primero hay que cuidarlo en casa; ojo, pues, con las deslocalizaciones.
  • Lucha contra la inmigración terrorista, la ilegal o la implicada en el tráfico de drogas
  • Fronteras seguras, muros incluídos.
  • Patriotismo. Fortalecimiento del Estado-Nación y de nuestra cultura y tradiciones.
  • La defensa de Occidente es cosa de todos y no sólo nuestra.
  • El libre comercio sólo es posible compitiendo en las mismas condiciones.
  • Nuestro principal enemigo es DAES.

Y poco más. Se ha despachado hacia las políticas de Obama con el mismo desprecio indirecto que a él le ha mostrado estos días su antecesor y las manifestaciones antiTrump de estos largos días, organizadas por minorías ruidosas, anarquistas y demás antiSistema, que, obviamente, continuarán. O sea, de aquellos que más tienen que perder y para los que sólo con la democracia no tiene suficiente.

Y como ya he señalado, va a hacernos pagar, con más razón que un santo, nuestra cuota OTAN. Como la tiene defendiendo un proteccionismo frente a la competencia en desigualdad de condiciones o para asuntos como las restricciones inmigratorias, que aquí en Europa ya practica Reino Unido [Brexit]. En un giro geopolítico, es muy probable que se alíe con Rusia para combatir a DAES y quizás a otros enemigos de naturaleza socioeconómica que están comenzando a mostrar la patita, con espectacular ahínco, en defensa del neocapitalismo global a todo trapo…  [sí, sí, hablo de China].

Desprecia la burocracia interesada de la corrección política, es decir, las marionetas manejadas por la economía política, intentando volver a la política económica. Se apoyará en esa mayoría silente que le ha votado y hará sólo el caso que merecen a las ya mencionadas ruidosas minorías -por ejemplo el ecofeminismo– que llevan años adueñándose del poder mediático. Y la prensa estadounidense tendrá que empezar a pensar si su divulgación de la posverdad gore y sus demagógicas campañas antiTrump le va a seguir resultando rentable en EEUU y con este Presidente. Que yo creo que no, porque Trump conoce perfectamente la importancia y entresijos tanto de la televisión como de Internet.

Por otra parte, creo que su desprecio a Bruselas está cargado de razón y que, como no tomemos buena nota, el triángulo EEUU / R.Unido/ Rusia puede acabar dándonos muchos quebraderos de cabeza.

Finalmente, me alegra enormemente que Rusia y EEUU se erijan en bastiones de la cultura cristiana -ortodoxa rusa y protestante, respectivamente- frente al militante laicismo suicida y multicultural que nosotros practicamos desde que el arruinador ZP decidió sumergirnos en tal pantanoso camino.

Espero también que Trump contribuya a apagar en el Mediterráneo el fuego de las ‘primaveras árabes‘ propagado por Obama; refuerze la alianza de Occidente con Israel y haga meditar a la solidaria Merkel y sus políticas de puertas abiertas.

Cuatro años por delante seguro que darán pie para que vivamos, como de costumbre, un poco de todo: alegrías y decepciones.

Yo espero y deseo un Trump razonable que, en consecuencia, sepa ponderar que lo habitual es que la razón no la posee nadie en exclusiva y que la inexorable evolución de la geopolítica, también económica, permita un nuevo equllibrio internacional que nos satisfaga. Al menos por un largo tiempo.

EQM

pd. Aquí en España, salvo el PP, todos los grandes partidos se ha apresurado a poner a parir a Trump. Haciendo amigos y respetando las democracias con las que tenemos vínculos esenciales y prácticamente irreversibles [en este caso, también bases militares conjuntas, socios en la OTAN, coordinación antiterrorista de los servicios de inteligencia y ayuda de sus satélites espía].

Me ha llamado la atención especialmente la actitud de Luis Garicano, el dicen que sabio economista de Ciudadanos, lanzando este improperio que, seguramente, refleja su disposición a ejercer como partido bisagra del bipartidismo:

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En cuanto a los medios, a El País, como sí era de esperar, le ha faltado el tiempo para titular anoche:

“El presidente Donald Trump irrumpe en la Casa Blanca agitando el populismo y el nacionalismo. ‘Desde hoy, América primero’, proclama en su toma de posesión el nuevo mandatario de EE UU”

Mal asunto ese de convertir al patriorismo en nacionalismo. ¿Cuándo se percatarán los progres de este país llamado España de que denominando ‘nacionalismo’ al patriotismo del Estado vertebrador, es prácticamente inútil descalificar al secesionismo regional por su auténtico nacionalismo?

Qué mal tenemos que estar nosotros como para que a los del periódico global les parezca nacionalista que para Trump EEUU sea lo primero…

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El discurso completo de la toma de posesión de Donald Trump

[20 de enero de 2017; traducido al español]

Presidente de la Corte Suprema John Roberts, Presidente Carter, Presidente Clinton, Presidente Bush, Presidente Obama, conciudadanos, y personas de todo el mundo:

Gracias.

Nosotros, los ciudadanos de Estados Unidos, nos unimos ahora en un gran esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país y restaurar su promesa para todo nuestro pueblo.

Juntos podremos determinar el curso de Estados Unidos y del mundo en los años venideros. Enfrentaremos retos. Enfrentaremos dificultades. Pero cumpliremos nuestra tarea.

Cada cuatro años, nos reunimos en estos escalones para llevar a cabo la transferencia ordenada y pacífica del poder, y estamos agradecidos con el Presidente Obama y la Primera Dama Michelle Obama por su gentil ayuda a lo largo de la transición. Han sido magníficos.

Sin embargo, la ceremonia de hoy tiene un significado muy especial. Porque hoy no estamos simplemente transfiriendo el poder de una administración a otra, o de un partido a otro, sino que estamos transfiriendo el poder de Washington, D.C. y devolviéndoselo a ustedes, el pueblo estadounidense.

Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo en la capital de nuestra nación ha cosechado los frutos del gobierno mientras el pueblo ha sufragado los costos.

Washington floreció – pero el pueblo no se benefició de esa riqueza.

Los políticos prosperaron – pero los empleos desaparecieron, y las fábricas cerraron.

El sistema se protegió a sí mismo, pero no protegió a los ciudadanos de nuestro país.

Sus victorias no han sido las victorias de ustedes; sus triunfos no han sido los triunfos de ustedes; y mientras ellos celebraban en la capital de nuestra nación, las familias que luchan en todo nuestro país tenían muy poco que celebrar.

Todo eso cambiará – a partir de aquí y ahora mismo, porque este momento es el momento de ustedes: les pertenece a ustedes.

Pertenece a todos los reunidos hoy aquí y a todos los que observan en todo Estados Unidos. Éste es su día. Ésta es su celebración.

Y este, Estados Unidos de América, es su país.

Lo que realmente importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino si nuestro gobierno está controlado por el pueblo.

El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo se convirtió en el gobernante de esta nación nuevamente.

Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya no serán olvidados.
Todo el mundo les está escuchando ahora.

Llegaron en decenas de millones para formar parte de un movimiento histórico que el mundo nunca antes había visto.

En el centro de este movimiento se encuentra una convicción fundamental: que una nación existe para servir a sus ciudadanos.

Los estadounidenses quieren grandes escuelas para sus hijos, vecindarios seguros para sus familias, y buenos empleos para sí mismos.

Éstas son las demandas justas y razonables del público honesto.

Pero para muchos de nuestros ciudadanos, existe una realidad diferente: Las madres y los niños atrapados en la pobreza en nuestras zonas urbanas; fábricas oxidadas esparcidas como lápidas por todo el paisaje de nuestra nación; un sistema de educación con mucho dinero, pero que priva de conocimientos a nuestros jóvenes y hermosos estudiantes; y la delincuencia, las pandillas y las drogas que han robado demasiadas vidas y le han robado a nuestro país tanto potencial desaprovechado.

Esta masacre estadounidense termina aquí y ahora.

Somos una nación – y su dolor es nuestro dolor. Sus sueños son nuestros sueños; y su éxito será nuestro éxito. Compartimos un corazón, un hogar y un destino glorioso.

El juramento al cargo que hago hoy es un juramento de lealtad a todos los estadounidenses.

Durante muchas décadas, hemos enriquecido la industria extranjera a expensas de la industria estadounidense; hemos subsidiado los ejércitos de otros países, permitiendo a la vez el triste deterioro de nuestro ejército; hemos defendido las fronteras de otros países mientras nos negábamos a defender las nuestras; y hemos gastado billones de dólares en el extranjero, mientras que la infraestructura de Estados Unidos ha caído en desuso y decadencia.

Hemos hecho ricos a otros países mientras que la riqueza, la fuerza y la confianza de nuestro país ha desaparecido en el horizonte.

Una por una, las fábricas cerraron y abandonaron nuestras costas, sin siquiera pensar en los millones de trabajadores estadounidenses que dejaron atrás.

La riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada de sus hogares y luego redistribuida en todo el mundo.

Pero ese es el pasado. Y ahora estamos mirando sólo hacia el futuro.

Los que nos hemos reunido hoy aquí estamos emitiendo un nuevo decreto para que se escuche en cada ciudad, en cada capital extranjera, y en cada esfera de poder.

A partir de hoy, una nueva visión regirá nuestra tierra.

A partir de este momento, será Estados Unidos primero.

Cada decisión sobre comercio, impuestos, inmigración, asuntos exteriores, se hará para beneficiar a los trabajadores estadounidenses y a las familias estadounidenses.

Debemos proteger nuestras fronteras de la devastación provocada por el hecho de que otros países fabriquen nuestros productos, se roben nuestras empresas, y destruyan nuestros empleos. La protección conducirá a una gran prosperidad y fuerza.

Yo lucharé por ustedes con cada fibra de mi cuerpo – y nunca los decepcionaré.

Estados Unidos comenzará a ganar de nuevo, como nunca antes.

Traeremos de vuelta nuestros empleos. Traeremos de vuelta nuestras fronteras. Traeremos de vuelta nuestra riqueza. Y traeremos de vuelta nuestros sueños.

Construiremos nuevas carreteras y autopistas, puentes y túneles, aeropuertos y ferrocarriles en toda nuestra maravillosa nación.

Nuestro pueblo ya no necesitará el bienestar social porque tendrá empleos – reconstruyendo nuestro país con manos estadounidenses y trabajadores estadounidenses.

Seguiremos dos reglas sencillas: Comprar productos estadounidenses y contratar trabajadores estadounidenses.

Buscaremos la amistad y la buena voluntad de las naciones del mundo – pero lo haremos con el entendimiento de que es el derecho de todas las naciones anteponer sus propios intereses.

No tratamos de imponer nuestro modo de vida a nadie, sino dejaremos que brille como un ejemplo a seguir para todos.

Reforzaremos la viejas alianzas y formaremos nuevas – y uniremos el mundo civilizado contra el terrorismo islámico radical, el cual vamos a erradicar completamente de la faz de la tierra.

La piedra angular de nuestra política será una total lealtad hacia Estados Unidos de América, y a través de nuestra lealtad a nuestro país, redescubriremos nuestra lealtad entre nosotros mismos.

Cuando se abre el corazón al patriotismo, no hay espacio para los prejuicios.
La Biblia nos dice, “Qué bueno y qué agradable es cuando el pueblo de Dios se reúne en armonía”.

Debemos pronunciarnos abiertamente, debatir nuestros desacuerdos honestamente, pero siempre perseguir la solidaridad.

Cuando Estados Unidos se une, Estados Unidos es totalmente imparable.

No debería haber ningún temor – estamos protegidos, y siempre estaremos protegidos.

Estaremos protegidos por los grandes hombres y mujeres de nuestro ejército y nuestras fuerzas policiales y, lo que es más importante, estamos protegidos por Dios.

Por último, debemos pensar en grande y soñar más en grande aún.

En Estados Unidos, entendemos que una nación vive sólo mientras se esfuerza.

Ya no aceptaremos políticos que sólo hablan y no cumplen – que se quejan constantemente, pero que nunca hacen nada al respecto.

El tiempo para las palabras huecas ya acabó.

Ahora llega la hora de la acción.

Que nadie les diga que no se puede lograr. Ningún desafío es demasiado grande para el corazón, la lucha y el espíritu de Estados Unidos.

No fracasaremos. Nuestro país crecerá y prosperará nuevamente.

Nos encontramos en el nacimiento de un nuevo milenio, listos para revelar los misterios del espacio, para liberar el planeta de las miserias de la enfermedad, y para encauzar las energías, las industrias y las tecnologías del mañana.

Un nuevo orgullo nacional conmoverá nuestras almas, levantará nuestras aspiraciones, y sanará nuestras divisiones.

Es hora de recordar esa vieja sabiduría que nuestros soldados nunca olvidarán: ya seamos negros o morenos o blancos, todos sangramos la misma sangre roja de los patriotas, todos disfrutamos de las mismas libertades gloriosas y todos saludamos la misma gran bandera estadounidense.

Y si un niño nace en la zona urbana de Detroit o en las llanuras azotadas por el viento de Nebraska verá el mismo cielo nocturno, llenará su corazón con los mismos sueños, y recibirá el aliento de vida del mismo Creador todopoderoso.

Así que todos los estadounidenses, en cada ciudad, cercana y lejana, pequeña y grande, de montaña a montaña, y de océano a océano, escuchen estas palabras:

Nunca serán ignorados de nuevo.

Sus voces, sus esperanzas y sus sueños definirán nuestro destino estadounidense. Y su valentía, bondad y amor siempre nos guíarán por el camino.

Juntos, haremos de Estados Unidos un país fuerte nuevamente.

Haremos de Estados Unidos un país rico nuevamente.

Haremos de Estados Unidos un país orgulloso nuevamente.

Haremos de Estados Unidos un país seguro nuevamente.

Y sí, juntos, haremos de Estados Unidos un gran país nuevamente. Gracias, Dios los bendiga y que Dios bendiga a Estados Unidos.

Fuente: Univisión.

Discurso inaugural del presidente Barack Obama en su primer mandato

-[20 de enero de 2009; traducido al español]

Queridos conciudadanos:

Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.

Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.

Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.

Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.

Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.

Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.

Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.

Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.

Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.

Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.

Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.

A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.

Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.

Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.

Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.

Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.

Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.

Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.

Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:

“Que se cuente al mundo futuro… que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud… la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente”.

América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.

Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Fuente: El País, 200109.

El enigma Trump

· Arranca el mandato del 45º presidente de EEUU y todo es una incógnita sobre sus políticas. El autor subraya, sin embargo, que su estilo provocador es bien recibido por el sector de la ‘mayoría silenciosa’.

Rafael Navarro-Valls en El Mundo, 210117.

Ayer, a las 12:05, hora de la costa este norteamericana, Donald Trump se convirtió en el 45º presidente de EEUU. Al jurar cumplir fielmente las funciones de la Presidencia, puso fin a los 73 días de transición desde su elección y se produjo la mayor transferencia de poder que conoce la historia humana.

El rubio magnate se ha transformado en el líder del arsenal nuclear más grande del planeta, del aparato militar más poderoso y de la economía más relevante de la Tierra. Sin contar con la transferencia de las competencias de las jefaturas del Ejecutivo y del Estado. Trump será desde hoy el anfitrión de una lista interminable de visitantes extranjeros, el embajador ante el mundo de la nación más potente del planeta, su comandante en jefe, etcétera.

Hay presidentes que son un enigma, ya sea por defecto o por exceso. Los primeros llegan al Despacho Oval con escasez de dichos y hechos especialmente relevantes. Un ejemplo fue Carter. Unos meses antes de la convención demócrata que lo eligió candidato, sólo un 1% de los demócratas lo preferían o lo conocían. De ahí que muchos votantes norteamericanos, al referirse a él, se preguntaran: «Jimmy who?» (¿Jimmy quién?). Y cuando, después de una extraña campaña, accedió a la Casa Blanca, era un enigma para la mayoría. Salvo sus cualidades de hombre sincero y honesto, lo que haría como presidente era pura especulación.

Trump es un enigma por exceso. Ha hablado tanto, ha hecho tantos gestos (no gestas), que en realidad no se sabe bien qué ocurrirá a partir de hoy. Tengo para mí que su exhibicionismo es algo fríamente calculado. No va desde luego destinado a convencer a la inteligentzia europea o americana, ni tampoco a los liberales demócratas, ni al establishment político. Ni probablemente tampoco a convencerle a usted o a mí.

Los excesos de la última rueda de prensa o sus exhibiciones durante la campaña electoral van destinados, me parece, a otro amplio sector: la mayoría silenciosa. Esa refractaria a lo políticamente correcto que mira con regocijo el varapalo a un potente medio de comunicación en una rueda de prensa, que no llega a creerse las proezas sexuales que achacan al magnate, o que ve razonable apretarle las tuercas a la Ford o a la Fiat Chrysler para que dejen en EEUU la inversión de 2.500 millones que iban a llevarse a México. De momento, intuimos que lo único que sabemos es que con Trump se sale del establishment político y se entra en el establishment económico. Un dogmatismo que sustituye a otro. En definitiva, con sus sorprendentes salidas sigue explotando las angustias subterráneas de las clases medias y populares blancas .

El enigma puede ir aclarándose a partir de hoy por uno de estos dos caminos. El primero, transmutando sus excesos verbales en acciones ejecutivas moderadas. El segundo, que de tanto asomarse al precipicio, acabe arrojándose por él. Desde luego, le dejarán gritar mientras cae, pero el batacazo sería devastador.

Me inclino por el primer desenlace, sin descartar totalmente el segundo, por lo que luego diré. Construirá su muro o elevará vallas en la frontera con México, pero no exigirá directamente su pago al vecino. Se resarcirá a través de acciones comerciales, probablemente ya calculadas. Hará de su primera entrevista con Putin un acontecimiento mediático planetario. Pero convendrá subterráneamente con él unas líneas de fuerza que no planteen excesivas tensiones para unos o para otros.

Una especie de matrimonio blanco que permita algún gruñido a través de las agencias de Inteligencia o algún desencuentro por Georgia o Ucrania, pero sin llegar a mayores. No hace mucho, ese viejo zorro que es Henry Kissinger dejó caer en una visita a Moscú: «Rusia debe ser percibida como un elemento esencial del nuevo equilibrio mundial, y no como una amenaza para Estados Unidos». Se entiende que poco después Trump recibiera a Kissinger. Éste, a su vez, en la CNN hizo un elogio del rubio multimillonario: «Trump es el presidente más genuino que he visto. No tiene ningún equipaje ni obligaciones ante ningún grupo» y ha sido elegido «conforme a su propia estrategia».

A los europeos que contemplamos el panorama, nos parecerá como una reedición de Yalta, con dos protagonistas (el ruso y el estadounidense), bajo la impotente mirada de la nueva Churchill: Theresa May. En la lejanía, China, su verdadero rival geoeconómico, a la que intentará moderar, pero sin llegar a las manos. Más bien, optará por cortarle las alas comercialmente, blandiendo ante el gigante asiático la amenaza de una vuelta a ese amor de juventud americano que fue Taiwán. Las duras palabras y amenazas en el Senado del nuevo secretario de Estado contra la militarización por Pekín de pequeñas islas en disputa en el mar de China meridional son, creo, globos sonda para medir las reacciones. Como por parte del régimen comunista, o mejor, de la prensa china, han sido duras, veremos pronto bajar los decibelios de Rex Tillerson.

Por el contrario, un sector importante ve en él una especie de Wallace con Twitter. Me refiero al conocido gobernador de Alabama que en los años 60 encarnó la feroz resistencia a cambiar el statu quo, con toda su carga de prejuicios raciales.

Por eso antes dije que el peligro de que el precipicio lo absorba es una posibilidad. Un estudio de USA Today muestra que el nuevo presidente, durante los 30 años pasados, ha estado implicado exactamente en 4.095 causas judiciales. De ellas, 75 están en curso. Los temas más peliagudos hacen referencia a affaires de difamación, fiscales, laborales. A los que se unen un proceso por agresión sexual (la demandante quiere demostrar que fue violada cuando tenía 13 años); 5.000 estudiantes que han planteado una causa judicial colectiva contra el magnate por supuestos fraudes en los diplomas de la Trump University de escolaridad, al no haber respondido la enseñanza impartida a los precios abonados (35.000 dólares al año), etcétera.

Pero de ahí a una verdadera destitución vía impeachment hay una larga distancia. Por una parte, los republicanos desean que, a trancas y barrancas, el mandato del magnate no se vaya al garete. Y los demócratas no tienen el poder necesario para lanzar ese tipo de procedimiento. Según la mayoría de analistas, Trump podrá ser juzgado, incluso condenado, pero probablemente no destituido.

Probablemente el enigma mayor del 45 presidente es cómo logrará remontar el vuelo. Cómo hacer que –como dijo en el discurso de investidura de ayer– «el cambio de poder no sea simplemente entre dos administraciones, sino verdaderamente de Washigton al pueblo». Tiene cuatro años por delante. Veremos.

Rafael Navarro-Valls es catedrático, académico y autor del libro Entre dos orillas. De Obama a Francisco.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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