.

.
eqm_230117_Populismo [RAE].- Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares.

.

Triunfalismo y derrotismo

A propósito del interesante artículo de Arcadi Espada sobre Trump [ver infra] creo que, sin tratar de interferir en la política doctrina pontificia dictada hoy por el argentino papá Francisco desde la páginas de El País, absolutamente impropias de un Pontífice, resulta conveniente que en el blog ponga de manifiesto algunas reflexiones de mi propia cosecha respecto al concepto de populismo y a la estupefacción que ha causado en Obama -en su señora y, en general, en toda la progresía, demócratas incluídos- que este pintoresco empresario se haya hecho, gracias a los ciudadanos, con el poder del imperio americano.

No hay más que repasar la ceremonia de toma de posesión y demás vídeos del día para contemplar esa imagen de no doy crédito a lo que está pasando; fenómeno semejante al que se vivió cuando la señora de Clinton, y candidata demócrata, se encerró en sus aposentos, sin querer salir, cuando le dijeron que el histriónico y excéntrico señor de pelo amarillo había ganado las elecciones a la Presidencia.

Dios me libre de emparejar lo que vimos millones de espectadores de todo el mundo, entre el solemne protocolo de la investidura en la Casa Blanca -esas miradas perdidas, asombradas, perplejas, sin asumir la derrota- con aquellas que repetidamente observamos cuando un líder pierde el poder de golpe y porrazo. Pero juraría que la consternación entre la oligarquía gobernante hasta el momento no era menor y el matrimonio Obama no podía disimularlo por más que se esforzaba.

Esa imagen de debilidad y de previsibilidad y de falta de reacción ya se venía arrastrando desde la noche electoral y supuso un increíble y novedoso proceso de transmisión de poderes plagado de gravísimas descalificaciones antidemócráticas por parte de Obama y de sus palmeros contra su sucesor, sobresaliendo, entre éstos, los mediáticos, que están dando pie, durante semansa, a las actuales manifestaciones callejera de antidemócratas de diverso pelaje gritando contra la victoria de Trump.

Esto son, también, hechos. Y es que la llegada al poder de los populismos –del signo y la popularidad que fuere- refleja siempre un debilitamiento de la autoridad preexistente, que se suele resistir tratando de impedir lo que no pueden, ni deben.

¿Qué medios se utilizan? Pues todos aquellos que sin transgredir, stricto sensu, la legalidad, pongan en cuestión la ajena. En primer lugar, manipulando a su anchas el concepto de populismo que, como todo el mundo debería saber, aun teniendo muchas gradaciones significa, en principio, la tendencia política generalizada de atraerse a las masas, singularmente a las más desfavorecidas, es decir, las mayorías.

Habiendo, pues, muchos subpopulismos, la debilidad del gobernante atrae principalmente a tres grandes tipologías:

Las democráticas, que aprovechan las alternancias electorales para sustituir a la oligarquía política dominante, como es el caso, ofreciendo a la ciudadanía un proyecto político, un programa, que les de el triunfo.

La marrulleras, en manos de quienes ansían que las ruidosas minorías gobiernen, aunque sólo sea indirectamente, y tratan, callejeando, coreando demagogias y copando los medios, que el legislativo apruebe una tonelada de normas de discriminación positiva.

Las revolucionarias, de los que quieren cambiar el Sistema aprovechando las brechas abiertas por el mismo.

Todo es cuestión de manejar cualquier atisbo de hartazgo, disconformidad o rebeldía, al gusto, desde luego, pero la esencia está en el cómo.

Como en EEUU dificilmente podría ocurrir de otra manera, Trump ha logrado el cambio en el poder a través de una apabullante victoria electoral republicana. Pero los demócratas tratan de torcer moralmente los resultados con toda clase de descalificaciones y subrayando, como novedad, que Trump se quiere enfrentar a la autoridad de Washington dc, olvidando que el propio Obama solemnizaba, en su investidura de 2013, que

nunca hemos cedido en nuestro escepticismo por la autoridad central’.

Una verdadera pena. Cuando es evidente que Obama ha agrandado el descontento en casa y ha perdido el liderazgo mundial fuera, en asuntos tan graves como las ‘primaveras árabes’ o sus enfrentamientos con Putin. Nada menos. Su herencia ha sido Clinton como candidata y el buenismo multinacional como proyecto político. Esa pérdida de autoridad no se la han perdonado los ciudadanos.

Y deja secuelas. Hasta el gesto y el vestir del mandatario saliente y del entrante denotaban múltiple diferencias, evidentemente: la derrota y el triunfo.

Mientras Trump reflejaba el hortera diseño que aplauden sus votantes, su señora vestía de modelo, como tanto complace a las mujeres [también las progres devoradoras aquí del ‘Hola’ o del ‘Yo Dona’]. Mientras Obama parecía un decrépito funcionario recién jubilado, es un decir, su doñota portaba un caro modelo de estricta gobernanta [no se pierdan, infra, el texto de Santiago González ni el vídeo que adjunta].

El uso por Trump del patriotismo, algo genuinamente americano, es uno de sus mayores aciertos en su discutible apuesta por el proteccionismo. Obama, sin crítica alguna para un proyecto perdedor, ha utilizado hasta la saciedad la misma apelación y también ha compartido con su sustituto la épica religiosa [‘nuestra libertad es un regalo de Dios’; Obama 2013], siempre tan cohesionadora y, por tanto, poco laicista. Y donde Trump habla de los pobres esquilmados de su país, Obama mencionaba [2013] que ‘las mayorías en aumento [de su país] apenas si salen a flote’.

La estupidez hace tiempo que es y está en el poder o lo intenta; no accede ahora, con ocasión del triunfo de Trump, como se repite machaconamente.  Tenemos demasiado ejemplos en nuestro propio país como para creer que se trata de un mal sobrevenido y en riesgo de importación. Tampoco los iconos de la internacional del populismo no la configuran Podemos y Trump: el populismo radical, demagógico, ha infestado el mundo occidental, seguramente porque hemos dejado pudrir nuestra cultura, también la democrática.

La autoridad política de antaño ha cedido al compás de la complicidad de la autoridad medíatica y ambas, a manos de la autoridad económica. Y el trastorno digital imperante es el tabernario de toda la vida, incrementado por una educación en la idiocia, aplaudida como desanalfabetizadora y que ha puesto las nuevas tecnologías en manos de los instruídos. Aun cuando el verdadero trastorno actual es la manipulación y engorde mediático de las manifestaciones callejeras.

Y esa inventada proliferación de los falsos expertos donde predomina el desierto intelectual. En eso también somos muy sabios. Por ejemplo: las tertulias de los medios se han llenado de ‘expertos’ que, como mucho, tienen una buena cultura general. Los partidos políticos, cuando quieren liderar algún proyecto lo que hacen es cazar a lazo a una serie de ‘sabios’ para que les redacten un desiderátum. Pero el ciudadano sabe que ahora ya es habitual que un licenciado, un Doctor -mucho de esos ‘expertos’- no sepa hablar o escribir correctamente, no tenga ni puñetera idea de dónde nace el Guadiana o jamás haya estudiado un ápice de la historia de España.

Por otra parte, tampoco Trump parece un innvador en materia de imperialismo. Más bien al contrario. No así los valores de Obama, que en su ‘era de la responsabilidad’, eran tan imperialistas como su populismo verbal. Y no hace falta darse una vuelta por el actual Mediterráneo. Basta acercarse al Obama de 2013:

Lo que nos hace excepcionales “lo que nos hace estadounidenses” – Nuestros valientes hombres y mujeres uniformados, templados por las llamas de la batalla, son inigualables en habilidades y coraje – Estados Unidos seguirá siendo el ancla de las fuertes alianzas en todos los rincones del mundo – porque nadie tiene más en juego en un mundo pacífico que su nación más poderosa – Apoyaremos la democracia desde Asia hasta África; desde las Américas hasta el Medio Oriente, porque nuestros intereses y nuestras conciencias nos obligan a actuar en nombre de aquellos que buscan la libertad

¿Quién ha asentado la indigencia reflexiva entre los votantes de Trump o de Obama? ¿Y sólo en EEUU?  ¿Quién se ha enriquecido esparciendo inmundicia por los medios basura o permitiéndola?

Es verdad, con frecuencia nos gobiernan simulacros, pero se trata de simulacros socialmente adoptados por esta ya no tan nueva sociedad se encuentra cada día mas vacía.

Y lo que parece que nos espera.

EQM

Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 220117.

.

Y no te olvides de Fu Manchú

Arcadi Espada en El Mundo, 220117.

Mi liberada:

Hace algunos años, mientras escribía la historia sobre los héroes de la embajada española en Budapest, Stephen Vizinczey me dio una aguda explicación sobre la dócil y confiada entrega de muchos judíos a sus captores: “El error es suponer que en esa actitud hay un rasgo étnico particular. Los judíos hicieron lo que habrían hecho muchos no judíos. Ahora nos cuesta mucho imaginar hasta qué punto la obediencia a la autoridad era entonces rigurosa”. No sólo con los judíos y no sólo cuando el Holocausto. La autoridad se manifestaba en ejemplos infinitamente más triviales.

En los años 60 mi padre era el portero de una finca urbana en un barrio alto de Barcelona y los galones que llevaba en su uniforme, grueso paño azul en invierno y tergal marrón en verano, le daban un severo empaque de coronel. Con el tiempo no sólo desaparecieron los galones, sino también los uniformes; y hasta el portero mutó en automático, más o menos coincidiendo con mis primeras, aunque moderadas, desobediencias. No creo que sea ceder a una tentación carcamal sostener que la Historia puede también leerse como un implacable debilitamiento de la autoridad que culmina en Donald Trump, cuadragésimoquinto presidente de los Estados Unidos de América.

No se ve así. De hecho se ve más bien como todo lo contrario. Para la mayoría de análisis la elección de DT supone la vuelta del hombre fuerte, de cierta autoridad vertical después de años de pensamiento débil y flexibilidad posmoderna. Pienso al revés: DT es la apoteosis de la posmodernidad y el último y más espectacular bajón de la autoridad. La señal televisiva que siguió durante toda la mañana la ceremonia de proclamación eligió combinar la actividad iniciática y final de los dos protagonistas y sus familias.

El que se iba era un presidente americano: articulado en la palabra, en el gesto y en el vestir. El que venía era alguien que iba a hacer de presidente americano: su ceño de tipo que está faroleando en el póquer, su rudo cromatismo, del pelo a la corbata, y su esfinge esposa, una piba de avatar. Toda la autoridad, lo que queda de autoridad en nuestro mundo, estaba del lado del que se iba. Acepto que la política pueda ser un circo, pero en tal hipótesis Obama era un brillante jefe de pista, con chistera y sin látigo, y DT un payaso desabrochado, torpe y secundario.

Las palabras pronunciadas por DT han causado preocupación. Se comprende. Describen los peores ismos de la política, empezando siempre por el peor de todos, que es el nacional. Al poco de que acabara el discurso un amigo me enviaba dos párrafos del discurso de Hitler en 1933, cuando fue nombrado canciller, y otros dos del de Trump. Donde Hitler hablaba de los campesinos arruinados por Weimar, Trump hablaba de los blancos pobres esquilmados por Washington. Y concluía mi corresponsal: “Volk, people, you… el viejo mundo de Zweig en su eclipse final”.

Le pasé los fragmentos a otro amigo, compulsivo lector de los papeles de las dos grandes dictaduras del siglo XX. No se inmutó: “Y Fu Manchú, no te olvides de Fu Manchú”. En efecto: DT se limitó a tirar de fondo de armario. Volk, people o you son palabras que funcionan en el cerebro de las masas como el azúcar en el de los niños. Y la Internecional, de Trump al partido Podemos, lo sabe. La novedad es otra. Hasta ahora la carrera hacia el poder obligaba a determinados políticos a hacerse de vez en cuando los estúpidos. Pero la estupidez era un mero vector. El cambio que trae DT es la constatación de que la estupidez no sólo sirve para alcanzar el poder. La estupidez es ya el poder. Hay una obvia y crucial diferencia entre hacerse el estúpido y serlo. La consecuencia principal es que la autoridad está recorriendo los últimos metros de una larga decadencia.

La autoridad política ha cedido después de que lo haya hecho la intelectual, socavada por décadas de posmodernidad más o menos manifiesta y noqueada casi definitivamente por el trastorno digital. El Brexit fue la irrevocable prueba conceptual de que el fenómeno había llegado a la política. Durante muchos años, Michael Gove, que había sido ministro de Educación, luego lo fue de Justicia y ahora es entrevistador de DT, ocultó al mundo sus inequívocas y secretas credenciales. Estallaron el 3 de junio de 2016 cuando declaró al Financial Times que los ciudadanos británicos estaban hasta la coronilla de los expertos. Pero hasta DT nunca había llegado al poder su antónimo.

El exhibido y orgulloso antónimo del experto. No quiero eludir los calificativos. Lo difícil en castellano es elegir: el aprendiz, el ignorante, el incapaz, el incompetente, el indocumentado, el inepto, el novato, la nulidad. Ha llegado al poder sin engañar a nadie: ni un solo ciudadano de América puede, ni podrá, llamarse a engaño respecto a su nuevo presidente. El más cruel, pero el más profundo epitafio político de Barack Obama es recordar su discurso de toma de posesión, que sólo el tiempo ha mejorado, en el invierno de 2009 del que los titulares de los periódicos dedujeron el inicio de una Era de la Responsabilidad. Tenían motivo. Obama había dicho:

“Los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la Historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo”.

Es procedente aludir al realitysmo, a su triunfal pasado televisivo, para describir la llegada al poder de DT. En la Casa Blanca, insisto, hay ahora un hombre que hace de presidente de América. Pero aún más que el reality show la analogía afinada es la de esos juegos de rol dotados de una atractiva ambigüedad. Uno, por ejemplo, como el del indigente al que pagan para que actúe durante unas horas de batida como un animal de caza y cuyo reto describe un relato ruso, como si fuera propaganda: “Si consigue salir con vida, el dinero será suyo. Pero si le pegan un tiro, se jode. ¡Todo a las claras!”.

Sí, legítimos, indigentes votantes de DT. Tal como lo habéis querido, la máxima autoridad política de nuestro mundo se ha convertido en un simulacro. En un juego. Exactamente, en un extremo y excitante juego de rol. Pero escuchadme. Al que le peguen un tiro, se jode, ¿eh? ¡Todo a las claras!

Y tú sigue ciega tu camino.

A.

.

Aportación de Leonard Giovannini al texto de Arcadi, en su blog, 220117:

.

Mujeres que leen cartas, por Leonard Giovannini

Hoy plagiamos un oportuno cuadro, todo satén y lamé, de Vittorio Reggianini, familiar lejano. Hay dos muchachas, de modo que una será K y la otra su homóloga estadounidense; no cabe dudar de la existencia de esta última. Leen la carta dominical con el gesto torcido de dos tontas muy tontas. Tras ellas, Donald acaricia la bandera de sus Estados Unidos como Linus van Pelt se aferra a su frazada, lo que augura un síndrome de abstinencia severo. Todo ello en riguroso directo.

A primera vista, el nuevo estandarte tiene más empaque que el anterior. Ahora bien, aunque la fortuna de Trump es muy real los áureos escenarios en los que gusta mostrarse tienen algo de purpurinescos: no hay forma de que todo ese oro parezca fetén. Algo nos dice que el objeto más valioso de la escena es esa vieja bandera que ha quedado a los pies de los caballos.

A esta telerrealidad cabe oponerle una telerrealidad paralela. Imaginemos el mismo cuadro con pablesias acariciando una bandera okupa o republicana o comunera de Castilla, acompañado de dos okupas de axila azul sentadas sobre un cajón. Al fondo, una pared desmoronada con grafitis antitrumpistas. Interpretando la oposición a un presidente impostado.

El regalo, las escaleras y el saludo: mira las diferencias de protocolo entre los Obama y los Trump

.

Una primera dama muy sobrevalorada

Santiago González en su blog, 220117.

En este fin de semana se ha retuiteado hasta la saciedad una presunta inconveniencia de Melania Trump al ir a la ceremonia de toma de posesión con un regalo para su antecesora, Michelle Obam,, una caja con el inequívoco color de Tiffany’s. ¿Por qué ha sido tratado de inconveniente el regalo? Por el número aparatoso con que Michelle Obama recibió el presente. Sin embargo debe de ser costumbre entre las primeras damas salientes y entrantes. La propia Michelle Obama llevó una cajita de color crema a Laura Bushdurante el relevo de George W. Bush por Barack Obama. O sea, que si hay algo que está fuera de lugar son las alharaca y las pamplinas de la primera dama saliente. Comparen la naturalidad con la que Laura Bush acota el real de Michelle y posa con él detrás para la foto con los aspavientos de la señora de Obama, que obliga a su marido a hacerse cargo del regalo y entrar a buscar algún asistente que se hiciera cargo.

No es la primera vez. Recuerden el numerado que protagonizó en el funeral de Nelson Mandela, cuando obligó a su marido a cambiar de asiento para que no estuviera junto a la primera ministra danesa. Pero hombre, mujer, como si le fuera a meter mano allí, delante de ella. Como si Barack Obama fuera Bill Clinton, que arrodillaba a la becaria felatriz en el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca, en el hueco en el que se acurrucaba John.John Kennedy.

La escena de celos de Michelle Obama durante los funerales de Nelson Mandela

El juez de la horca

Fernando S. Dragó en El Mundo, 220117.

EL Far West es la historia sagrada de los norteamericanos. Todos los países tienen una: es la que se trenza con arquetipos heroicos del inconsciente común. El mitólogo Joseph Campbell lo explicó muy bien. Hitler ganó las elecciones esgrimiendo la esvástica. Mussolini lo precedió acogiéndose al lábaro. Stalin imitó a Iván el Terrible. Ser progre consiste en ignorar el peso de la historia sagrada. Es lo que hacen los de la ceja de Hollywood: Meryl Streep, Robert de Niro, Ben Affleck… Emilio Aragón ha llegado al extremo de decir que el nuevo presidente necesita un trasplante de alma. Bonita animalada. Trump es un cowboy de revólver al cinto, como el que usaba John Wayne o, si tan mal lo quieren, Billy el Niño. Por eso ha ganado las elecciones y por eso los progres, ayunos de mitología, no se lo explican, como tampoco entienden por qué el derecho a llevar armas y a dictar penas de muerte es sagrado para los americanos.

Voy a comprimir el monólogo final de El juez de la horca. Lo escribió John Huston.

“Me hice cargo de la hija del Juez. La pequeña Rose creció como un joven potrillo. El abogado Gass se apropió de todo. Con un archivador lleno de papeles fue capaz de robar la misma tierra que el Juez había arrebatado al Diablo con una pistola y una soga. Civilización.

Para los alguaciles del Juez todo fue cuesta abajo. Gass los despidió y se vieron obligados a buscar el sustento en labores inferiores. Tampoco pasó mucho tiempo hasta que sus mujeres los plantaron. Tuvimos en la persona de Teddy Roosevelt al mejor presidente de la historia de este país. Poseía el espíritu y la determinación que encajaban con los tiempos. Las mujeres alcanzaron el derecho al voto y todo se fue al carajo. Mientras nuestros muchachos combatían al Káiser en ultramar, las mujeres conseguían que se prohibiese el consumo de alcohol. Beber y jugar e ir con fulanas fueron declaradas actividades ilegales. Todo aquello que era natural para los hombres se convirtió en crimen. Por supuesto que ellos continuaron haciéndolo. Pero a escondidas.

Y por si las cosas no fueran lo suficientemente malas se descubrió petróleo en el oeste de Texas. Los rufianes despertaron de un largo letargo. Políticos y señores del crimen fueron compañeros de cama. Fue una generación de víboras”.

No la tomen conmigo. Es una cita. Cárguenla en la cuenta de Huston. ¿Acaba la era de la corrección política? Vivir es ver volver. Otro Hollywood fue posible.

Apocalíptica

· Desde Europa es difícil entender el sustrato religioso del discurso de Trump.

Jon Juaristi en ABC, 220117.

La mayor parte de los votantes evangélicos de Trump creen que el fin del mundo está al caer, lo que explicaría bastantes cosas. Una es el antiislamismo del nuevo presidente, que no se explicaría sin ese trasfondo apocalíptico, porque Trump parece, en general, muy reacio a mantener confrontaciones bélicas en el exterior.

Sin embargo, identifica en el islam una amenaza de primer orden. En términos geoestratégicos no parece serlo. Los países islámicos están muy lejos de los Estados Unidos. Existe, obviamente, un riesgo de terrorismo islamista en suelo americano, pero mucho menos preocupante ahora que en Europa (Rusia incluida), Turquía o Israel. ¿Por qué entonces esa importancia dada por Trump a la amenaza islámica?

En el protestantismo evangélico –y en particular, en las iglesias evangélicas americanas– la tensión apocalíptica ha sido mucho más fuerte que en el catolicismo. Durante la Guerra Fría fue alimentada por el temor a un inminente Holocausto Nuclear. Hoy vuelve a adquirir una imaginería más acorde con la del Libro de la Revelación, más «religiosa» y menos tecnológica. Como siempre, la cultura de masas acusa este cambio en la representación del fin de los tiempos. Más exactamente, la cultura de masas fuerza el cambio de las representaciones, instituyendo un nuevo imaginario. Un ejemplo de ello podría ser la serie televisiva Aftermath,

de producción canadiense, pero distribuida por Syfy, uno de los principales canales temáticos de los Estados Unidos. En la primera temporada (2016), que en España se emite ya bajo el título de

El fin del mundo, la familia Copeland huye entre el caos provocado por la caída de estrellas (meteoritos), seísmos, erupciones y ataques de seres demoníacos, mientras el padre, un arqueólogo especializado en historia de las religiones, intenta encontrar una explicación a lo que ocurre, consultando los libros sagrados de distintas civilizaciones.

La recuperación de la simbología apocalíptica tradicional por el cristianismo evangélico, que partía de la interpretación de la fundación del Estado de Israel como el regreso de los judíos a Sión, se ha visto reforzada por el descubrimiento de otro de los motivos clásicos del pensamiento apocalíptico en el terrorismo islámico: a saber, el de la aparición del Anticristo con sus huestes, las hordas de Gog y Magog. No es algo nuevo. Durante los primeros siglos de expansión del islam, se desarrolló en Siria, Egipto y España una literatura cristiana apocalíptica que veía en Mahoma el Anticristo anunciado por san Juan. La reforma luterana desplazó esta figura al Papa e identificó en la Iglesia de Roma a la Gran Ramera de Babilonia. Desde el atentado contra las Torres Gemelas, todos estos símbolos vuelven a asociarse con el islam.

Lo que explica también otro fenómeno curioso: la creciente simpatía de los evangélicos norteamericanos (y de Trump) por Putin, Rusia y el cristianismo ortodoxo, que, al contrario que la Europa católica, luterana o anglicana, hace la guerra al islam en el Cáucaso y en Siria. Es difícil advertir este giro religioso de la política americana desde una Europa secularizada donde, como observa Erri de Luca en su ensayo Penúltimas noticias acerca de

Yeshua/Jesús (Sígueme, 2016), «cada generación ha albergado la esperanza de ser contemporánea del reino, resignándose luego a disolverse en el polvo sin haber sido escuchada». Ya la vieja Europa ni siquiera alberga esa esperanza: el retraso de la Segunda Venida la ha decepcionado y parece esperar sólo, como los aburridos bizantinos de Cavafis, que entren de una vez los bárbaros hasta la cocina y la monten bien montada. Total, que el siglo se está poniendo interesante. Demasiado.

••

•••

 

Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

Anuncios