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De hojear a ojear

La fotografía ya no es lo que era.

Se ha ganado en tecnología y baratura todo lo que se ha perdido en substancialidad. Su digitalización y abaratamiento la condujo del revelado del negativo y su positivado en papel a su almacenamiento en memoria informática y a su visualización en plasma. A su exponiencial multiplicación convirtió su excepcional creatividad en la búsqueda del mérito en el pajar del disparo ametrallador.

Pero no nos engañemos: la captura del alma sigue viva en aquellas fotografías que siguen decorando el salón de nuestras casas cuando de entre la multitud de disparos evanescentes se escogen aquellas que recordarán los momentos más significativos de nuestros días, reprocucidas en papel y enmarcadas por todo lo alto.

Porque hojear las páginas de un álbum, como hacerlo con el periódico, nada tiene que ver con ese ojeo, esa mirada fugaz, a la tableta electrónica que tratar de transmitir otdo aquello, sentidos y sentimientos, que para ella resulta imposible.

Fenómeno social, por otra parte, muy habitual y que nos lo podemos encontrar -qué sé yo- quizás en una educación o asistencia sanitaria que ganan en positiva extensión lo que pierden en su necesaria profundidad.

No me hagan mucho caso: ver por no mirar.

Antes, uno comenzaba a morir cuando se percataba de que ya nadie quería ver sus fotos…; ahora es la propia foto quien muere, en cuanto alguien la hace y a manos de la siguiente, porque ni siquiera su autor la ha querido ojear…

EQM

Vista de Le Gras desde una ventana [1826]. Primera fotografía permanente tomada con éxito por Nicéphore Niépce [Francia, 1765-1833], desde su casa en Saint-Loup-de-Varennes. Harry Ransom Humanities Research Center, Universidad de Texas en Austin.

La fotografía ha muerto, ¡viva la postfotografía!

Marta G. Aller en El Independiente, 290117.

“Me parece una estupidez”. Así de tajante fue el fotógrafo Joan Fontcuberta cuando en los años 90 Telefónica le consultó si tendría algún futuro incorporar una cámara en los teléfonos móviles. La operadora estaba por entonces buscándole nuevas funciones a estos aparatos (que entonces sólo se utilizaban para llamar) cuando recurrieron a este prestigioso fotógrafo como experto en la materia.

“Me parecía una solemne estupidez a la que no auguraba ningún éxito”, explica Fontcuberta. “Ironicé incluso con que ese supuesto artilugio parecería sacado de la serie cómica de televisión Superagente 86. Y de la misma forma que no me parecía buena idea que el teléfono sirviese como máquina de afeitar o como depiladora de orejas, tampoco veía útil que pudiera tomar fotos”.

Han pasado más de 20 años de aquello y ahora Joan Fontcuberta, que acaba de publicar La Furia de las Imágenes (Galaxia Gutenberg, 2016), reflexiona en una entrevista con El Independiente sobre cómo ha cambiado la imagen en estos años de vorágine tecnológica. Su conclusión es rotunda: la fotografía, tal y como la conocíamos, ha muerto.

¿Cómo puede desaparecer justo cuando más imágenes se toman? Nunca antes se han hecho y compartido tantas fotos. Sólo en Snapchat se suben cada día más de 1.000 millones de imágenes y más de 10.000 millones de vídeos. En Facebook, 300 millones (unas 136.000 cada minuto). En Instagram, 55 millones.

Son cifras “espeluznantes”, dice Fontcuberta. “Si dedicásemos un solo segundo a mirar estas imágenes, necesitaríamos 50 años para ver las que se suben en un sólo día. Hacemos constantemente fotografías que nadie ve. Ni nosotros mismos. Nos ahogamos en las imágenes”.

Y es en ese magma digital en el que paradójicamente la fotografía ha firmado su sentencia de muerte, según este artista que, además de haber expuesto su obra en el Pompidou y el Moma, enseña comunicación audiovisual en Harvard.

“La fotografía ha perdido sus valores fundamentales como anclaje histórico: la verdad, la memoria y el archivo”, explica. “¿Lo podemos entonces llamar fotografía? Desde una perspectiva sociológica y cultural es distinto, también tecnológicamente es otra cosa”. Ni es necesariamente verídico lo que refleja (para eso está el Photoshop), ni su función es el recuerdo y, además, ha pasado a ser efímera. Eso es lo que le lleva a Fontcuberta a afirmar que esto que hacemos ahora “no es fotografía, es otra cosa”. Él lo llama “postfotografía”.

Igual que a la imagen en movimiento inicialmente se le llamaba cine y luego se diferenció del vídeo, Fontcuberta sostiene que hay suficientes elementos para considerar que la fotografía digital ha pasado a ser algo totalmente diferente de aquello que inventó Daguerre en el siglo XIX y que nuestros abuelos reservaban para las grandes ocasiones.

“Usamos las fotos digitales no tanto para recordar como para comunicar algo, como un lenguaje más”, afirma Fontcuberta. “Cuando hacemos una del grupo con el que estamos comiendo y se la enviamos al familiar ausente, lo importante no es el contenido, sino que éste permite conectar con un grupo en la distancia. Es decir, no reemplaza la función de las fotos de antes, sino que sustituye una llamada telefónica, un mensaje o una carta para decirle a alguien que te acuerdas de él”.

Antes las fotos buscaban permanecer. Ahora son la expresión efímera de un instante cualquiera, ya sea el café que nos acabamos de pedir o el vestido del escaparate que no sabemos si comprar  y que sometemos a votación en algún grupo de WhatsApp.

La fotografía digital ya no se traduce, como aquéllas que revelábamos en el siglo XX al final de cada verano, en un instante memorable. Lo digital no sólo ha cambiado la técnica, ha transformado la función.

Siempre que Fontcuberta aparca el coche en el aeropuerto, hace una foto con el móvil para acordarse de la plaza. “Antes hubiera tomado nota del número de plaza, pero ahora para acordarme tomo una imagen. Suple las funciones que antes relegaba a las notas”, añade el fotógrafo. “Las hacemos para todo y cada vez con menos vocación de permanencia ni preocupación estética”.

Las fotos ya no sustituyen a la memoria, han pasado a ser un lenguaje cotidiano. Y como a las palabras, se las lleva el viento. “La mayoría de las imágenes que tomamos se desvanecen cuando llegan al receptor, igual que cuando uno dice que está tomando un café esa frase se olvida cuando cumple su misión”, explica.

A medida que se multiplican descontroladamente las imágenes, va dejando de tener sentido almacenarlas ni siquiera digitalmente. Se comparten a fondo perdido. “No tiene sentido una memoria de imágenes inútiles que se acumula en forma de polución”, afirma Fontcuberta.

El mejor ejemplo del nuevo imperativo de lo efímero es el furor que causa Snapchat. Esta app, que nació exclusivamente dedicada a las selfis y tiene la particularidad de que lo que se envía desaparece a los pocos segundos, tiene ya 150 millones de usuarios activos (un 50% más que Twitter) y es la más exitosa entre el público milenial. Cinco años después de nacer, prepara su salida a bolsa con un valor aproximado de 25.000 millones de dólares (23.400 millones de euros, aproximadamente). La expectación en Wall Street confirma el triunfo del espíritu efímero.

Snapchat ha sido el primero en rentabilizarlo, pero los más grandes de la comunicación social están siguiendo sus pasos. Facebook (1.500 millones de usuarios) acaba de lanzar una réplica de Snapchat y prueba un sistema de fotos y vídeos que dura sólo 24 horas. Instagram también incorporó algo parecido este verano.

“La forma en que las personas comparten hoy es diferente a hace cinco años, o incluso a hace dos años. Es mucho más visual, con más fotos y vídeos que antes. Queremos hacer esto rápido y divertido para que las personas compartan fotos y vídeos creativos con quien quieran, cuando quieran”, reconoce Facebook.

La hiperinflación fotográfica va disminuyendo inevitablemente el valor de cada imagen al tiempo que los nuevos usos entierran los propósitos originales de la fotografía tal y como se concibió en el siglo XIX (y se perfeccionó en el XX). “No es mejor ni peor, simplemente es otra cosa tan diferente que no tiene sentido conocerlo con el mismo nombre”, comenta.

Además de los móviles, las imágenes digitales ya las toman hasta las gafas: Snapchat acaba de lanzar Spectacles con un gran éxito, de momento, en el mercado estadounidense. Con un diseño apto para los amantes de la moda (nada que ver con el estilo cyborg de las fallidas Google Glasses de hace unos años), estas gafas protegen del sol, hacen fotos y graban vídeos de 10 segundos.

Ya no hay ni que tomarse la molestia de sacar el móvil del bolsillo para compartir la foto de turno, porque las Spectacles (de 175 euros) están conectadas al smartphone para subir a las redes todo lo registrado inmediatamente.

“En el futuro, lo fotografiaremos todo pero no miraremos nada”, así resume Om Malik, un reputado experto en tecnología que vive en Palo Alto (California) el nuevo mundo de la imagen.

En 2017 habrá, según Statista, unos 2.600 millones de smartphones en el mundo. Sólo con que cada uno de ellos hiciera dos fotos diarias, una proyección bastante conservadora, habría más de 5.000 millones de nuevas fotos diarias.

“El grifo de las imágenes no ha hecho más que empezar a abrirse”, dice Fontcuberta. ¿Para qué captar un instante si puedes registrarlos todos? Y ahí es donde se acaba definitivamente la función de la fotografía.

El otro cambio fundamental tiene que ver con la desaparición de su veracidad. Hacer fotos para retratar cómo es nuestra vida era la costumbre del siglo pasado.

Ahora es mucho más frecuente utilizarla para reflejar cómo queremos que sea.  “Más que para dar testimonio de que algo ha ocurrido, lo relevante es probar que uno estuvo allí”, explica. De hecho, en vez de autógrafos a los famosos ahora se les piden selfis.

Las imágenes ya no revelan una realidad. “En el catálogo de Ikea de 2016 el 80% de las imágenes para vender muebles no eran reales, sino generadas por ordenador”, comenta Fontcuberta. “Aunque eran convincentemente fotográficas, eran recreaciones. Hace cinco años el porcentaje era inverso: un 80% era real y un 20% por ordenador. No es descabellado pensar que en el futuro las imágenes no van a necesitar la realidad en absoluto”.

“Internet ha sido como abrir el grifo y ahora estamos desbordados por el flujo de imágenes, pero es sólo el principio”, añade Fontcuberta. “Es evidente que no tenemos la misma relación con un bien escaso (como eran antes las fotografías) que ante uno abundante (la postfotografía)”.

A la captura de imágenes ya le preocupa la posteridad, sino el presente. No son recuerdos, sino mensajes. Y si la fotografía digital no sustituye la versión analógica, sino que ha modificado completamente tanto la técnica como el propósito que poco tiene que ver con la verdad y la memoria… ¿Qué papel le queda a la fotografía tradicional? “Sigue existiendo en su vocación artística”, apunta.

En el largo plazo prefiere no aventurarse mucho. “Hacer pronósticos del futuro de la fotografía teniendo en cuenta la calamidad con la que pronostiqué el uso de los móviles podría resultar catastrófico”, bromea Fontcuberta. Lo que sí adelanta es que “este momento es tan crucial como lo fue el daguerrotipo en el siglo XIX para la fotografía tradicional. Si entonces el reto era conseguir una técnica que lograse fijar la luz en un soporte físico y que la abaratara, ahora que ya es gratis e inmaterial el reto es organizar esa maremágnum digital. La postfotografía está todavía en pañales”, añade.

Desde que empezó a leer este artículo, se han subido a Facebook más de 500.000 fotos. ¿O deberíamos decir postfotografías?

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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