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Hola’. Nº 3791, de 29 de marzo de 2017

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¿Mintiendo se entiende la gente?

Si alguien de fuera quiere saber cómo va España de iconos sagrados, no tiene más que asomarse al ‘Corazón‘ de la pública TVE o, más internacionalmente, a las portadas de la revista ‘Hola‘, que, con una tirada aproximada de medio millón de ejemplares, sigue inundando hogares y peluquerías y es devorada, literalmente, por las mujeres de toda edad y condición. Los hombres tampoco le hacen ascos aunque, como ocurría con Intervíu en su época más nudista, suelen buscarse alguna que otra excusa para echarle un vistazo.

Por eso me resulta chocante que mientras la prensa progre no deja que transcurra un día sin poner a parir a Donald Trump y a su familia con los falsos y manipulados pretextos más peregrinos, el ‘Hola‘ divinice esta semana a su hija Ivanka con una portada bañada en oro de 18 quilates:

“La poderosa Ivanka Trump. La última demostración de fuerza de la nueva Princesa de América. Las claves de su asombroso ascenso y de su protagonismo sin precedentes.”

Es lo que tiene el actual apogeo de la ‘posverdad‘: como [la] mentira que es, tiene las patas muy cortas y a la revista del corazón de mayor tirada de este país no le incomoda en absoluto encumbrarla a sus altares, para disfrute de sus lectoras, y exagerando al menos tanto como los que la denigran sin fundamento.

Si toman por ejemplo a El País, pueden ojear su listado de linchamientos mediáticos tanto para el papá como para la hija. Como es natural, de la ruina económica del grupo editor, no encontrarán nada. Otra forma de invertir, aunque tampoco parece que a su favor.

Desde que se eliminó el concepto de ‘subnormalidad’, por políticamente incorrecto, la sensatez ha quedado paticoja. La ‘posverdad’ -otros le llaman hiperrealidad– se ha llenado de subconceptos como pública y publicada / natural y cultural.

Es lógico que desaparezca el sentido común allí donde se adoctrina a la gente en esa irresponsabilidad individual consistente en mentir -decir lo contrario de lo que se piensa-, con tal de practicar el buenismo y que cada cual se construya su propia fantasía como si fuera plena realidad sin que nadie le llame a la cordura.

Es como el trato a la ‘inferioridad’, otro concepto en fuga. Desaparecido el inferior ya no hay guerra que valga la pena y hasta los ejércitos prefieren morir que matar, es decir, la derrota a la victoria.

Siempre he mantenido, en esta etapa de supremacía de la idiocia, que aquél que cuenta con la suerte de que le eduquen en la sensatez tiene mucho terreno ganado en la competitividad que sigue rigiendo [a] la sociedad verdadera.

Afortunadamente, todavía hay gente que, en caso de incendio, quiere que acuda en su auxilio un bombero y no una bombera.

Pero no sabemos por cuánto tiempo.

EQM

pd. Tener que contar con el arruinador ZP en la lucha contra el doncel ZPedro para salvar al partido, no sé si será posverdad…, pero debe de ser muy duro…

Ilustración de Ricardo [R.Martínez Ortega, Chile, 1956] en El Mundo, 260317.

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El varón tiene pene (probable)

Arcadi Espada en El Mundo, 260317.

Mi liberada:

No he leído nada mejor sobre el caso del autobús del sexo que la propuesta de lema alternativo en cinco palabras de mi filosófico amigo Roger Corcho: “Los niños probablemente tienen pene”. Es un guiño al autobús ateo de Ariane Sherine y Richard Dawkins que circuló a partir de 2008 por diversas ciudades y que argumentaba: “Probablemente Dios no existe. Deja ya de preocuparte y disfruta de la vida”.

La grandeza corrosiva de la propuesta está en el efecto que causa el adverbio probablemente cuando se aplica al hecho objetivo de la existencia de penes y vulvas y de sus consecuencias. Los promotores del autobús Hazte Oír habrían acertado al adoptar el adverbio. La devastadora ironía de que un hecho objetivo quede sometido a la beligerancia de la opinión casa bien con sus propósitos. Y además les evitaría problemas legales: si la condición sexual está sometida al régimen de la opinión, a ver quién es el juez español (aun reconociendo y subrayando el oxímoron) que puede prohibir a un fulano expresar, siempre según su opinión, que varones son los humanos que cuelgan de un pene y hembras los adosados a una vulva.

Hace unos días mi periodística amiga Laura Fábregas me envió un vídeo, publicado hace algunos meses, (pon en google: ideología de género contra el sentido común), que trataba también estas cuestiones subjetivas. El joven director de un lobby pro Familia e Iglesia, el Instituto de Políticas Familiares de la capital americana, se llegaba hasta el campus de la Universidad de Washington a hacer una encuesta. La primera pregunta a los estudiantes era a propósito del debate abierto en la ciudad sobre el uso de lavabos y vestuarios. Todas las respuestas seleccionadas en el montaje eran favorables a que cualquiera usara esas instalaciones en razón de la identidad sexual que eligiera.

Como comprenderás, esto es un pequeño paso para la humanidad y un gran paso para el hombre. Porque entre las fantasías sexuales más tradicionales, tú dirás rancias, de los varones está la de fisgar en un vestuario de chicas. Es la razón del gran éxito que tuvo entre los chicos de my generation la turbia serie de Enid Blyton ambientada en un internado de chicas, Primer curso en Torres de Malory y siguientes. Es también la causa de las condenas, siempre contra hombres y nunca contra mujeres, por organizar sistemas más o menos sofisticados que permitan el acceso visual y clandestino a los más herméticos gineceos. De este simpático plus intersexual añadido al anodino acto de vestirse o desvestirse solo podían disfrutar hasta ahora los homosexuales (no está escrito que los homosexuales solo deban sufrir por verse obligados a acceder a un lavabo equivocado) y siempre es bueno ir acabando con las desigualdades.

Una vez los millennials seleccionados declaraban su acuerdo sobre la posibilidad de elegir en cada lavabo el sexo de acceso, el entrevistador iba situándolos ante nuevas variantes de lo subjetivo: Qué me contestarías si te dijera que soy mujer, preguntaba el joven blanco, rubio y viril. Luego que si chino. Luego que si te dijera: tengo siete años. A esta pregunta, la más constructivista de los millennials respondía de modo maravilloso: “De entrada, no lo creería”. ¿Y si sintiendo que tengo siete años, quisiera matricularme en primaria? ¿Y si te dijera que mido uno noventa y cinco?: “No creo que me corresponda, como ser humano cualquiera que soy, decirle a otro que está equivocado”. Esta respuesta era conclusiva y fatal, y muy interesante, porque es el concentrado de muchas otras respuestas y la columna central del debate.

A primera vista hay algo acogedor y hasta cálido en la mayoría de los jóvenes de Washington. Es indudable que se elevan sobre siglos de heridos, y muchas veces de mortalmente heridos, por la diferencia. Todas sus respuestas connotan, además, palabras que son como bebedizos: sentimientos, libertad, tolerancia. Hay motivos objetivos para sentirse contentos de que la humanidad haya acabado produciendo este tipo de seres afables. Sin embargo la alegría coincide con la certeza de que la gran mayoría de esas respuestas fueron dadas antes de los problemas. La cuestión no es respetar el sentimiento individual que uno tenga acerca de su estatura. La pregunta es qué haces con un tipo que mide 1,50, siente que mide 1,90 y quiere entrar en un club de básquet o en el Ejército.

Por no decir la dificultad de trato que supone alguien convencido de que puede volar y dispuesto a ejercer su convicción. La existencia de la realidad objetiva es, sin duda, una grave complicación. ¡De ahí que haya novelistas! Pero lo que con grave y repetido abuso ha venido en llamarse tolerancia solo tiene sentido cuando se proyecta sobre la realidad objetiva. Fuera de ese dominio, la tolerancia muta en indiferencia. No estoy seguro de que haya menos tolerancia entre las personas del autobús que recorre con insólitas ¡e intolerables! dificultades las carreteras españolas -exactamente el mismo tipo de dificultades que la Conferencia Episcopal puso al autobús ateo cuando se aventuró por España- que entre estos millennials que sonríen suavemente y se encogen de hombros diciéndole a su inquisidor que cada uno se sienta lo que quiera.

Al final de su interrogatorio, las contradicciones expuestas, nuestro hombre blanco proclama: “No debería ser difícil decirle a un hombre blanco de 1,75 que no es una mujer china de 1,95. ¿Qué nos dice [esta dificultad] sobre nuestra capacidad de responder a las preguntas realmente difíciles?”. La Historia dice que los hombres han acudido ignominiosa y frecuentemente al castigo para no afrontar las subversivas complicaciones de lo distinto. Y la encuesta de Washington insinúa que el avance moral que supone la indiferencia ante lo distinto también encierra una sofisticada forma de intolerancia.

La defensa pene/vulva del orden natural de las cosas y la defensa pene&vulva del orden cultural de las cosas deberían afrontar tarde o temprano la cuestión en verdad difícil. Y es que, para decirlo en filosófico, probablemente ninguno de los dos grupos razona así como consecuencia del libre albedrío: es evidente que uno no elige de fábrica tener pene, pero el deseo de tenerlo cuando no se tiene responde también a un mandato irrevocable de la biología. Parece que esta evidencia únicamente impugne y someta a los constructivistas como tú, libe, que has elevado a la vulva el derecho a decidir.

Pero no. También involucra a los que sostienen lo mismo sobre nuestra presunta capacidad de elegir, solo que atribuyéndola a un don de dios y no a una épica conquista de los hombres. A la libertad le pasa lo mismo que a la tolerancia. Solo tiene sentido cuando se proyecta sobre la realidad objetiva. Es decir, cuando se reconoce la imposibilidad de que un hombre pueda elegir libremente qué ser y qué sentirse.

Sigue ciega tu camino.

A.

Aportación de Leonard Giovannini al texto de Arcadi, en el blog de éste, 260317:

Mujeres que leen cartas, por Leonard Giovannini

Hoy plagiamos el retrato de una joven dama atribuido a Louis-André-Gabriel Bouchet. Hemos hecho algo de trampa para situar a la muchacha en las inmediaciones de la esfinge de los morlocks.

El vídeo comentado en la karta recuerda poderosamente a esta escena de El tiempo en sus manos (1960), basada en la novela de Wells. Los agradables muchachos de los campus estadounidenses, obcecados en ser inofensivos, son la imagen viva de los eloi. Esos inanes merluzos que han dejado caer la civilización.

Por eso, aunque no luce su acostumbrada mueca de fastidio, la muchacha del cuadro es K. Viste una túnica a la moda del 800.000 d.C. y sonríe afable; feble a fuerza de afable. En fin, ¡cacofonía!

Ahora bien, en el otro lado también son unos benditos. Los eloi de la iglesia. La paradoja es que el posmodernismo enlaza con el conservadurismo extremo, porque ambos desprecian los hechos: unos creen que el discurso cambia la realidad, los otros no quieren amoldar su discurso a ningún descubrimiento posterior a los tiempos bíblicos. Son actitudes muy parecidas, equivalentes en la práctica.

A los eloi de hoy, pendulitos de Foucault (del otro Foucault), adictos al victimismo, les gusta pensar que sus morlocks son los ultraconservadores; y los ultraconservadores empiezan a sospechar que serán pasto de unos suaves morlocks agresivo-pasivos. Pero el único morlock es la realidad, que devora a quien la niega. Ni los eloi de Foucault ni los eloi de la iglesia son capaces de sustraerse a la llamada de la mentira, y eso les conduce sin remisión a las tinieblas. Los eloi debajo de un almendro.

Arcadi nos confunde con jueces oxímoros, incursiones en gineceos y críticas a las rancias tolerancias, tolerrancias, pero la idea principal es que nos comprometamos con la verdad; que nos atengamos a los hechos. Por ejemplo: si uno se fija, los penes tienen vulva y las vulvas tienen pene. Este conciso enunciado debería ser el mensaje.

La vida de Brian [1979], del grupo de comedia inglés Monty Python. Secuencia sobre ‘Quiero ser una mujer’.

“— ¿De qué sirve defender su derecho a parir si no puede parir?
— ¡Es un símbolo de nuestra lucha contra la opresión!
— Es un símbolo de su lucha contra la realidad.”

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Notas.-

Los enlaces en textos propios son aportados por EQM. En los ajenos sólo cuando así se indique. También son de EQM, por discutibles razones de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace correspondiente.

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