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El calcetín europeo

Yo creo que la viñeta lo explica todo.

El modelo europeo ha sido, hasta la fecha, un verdadero desastre, interesándose únicamente en y por favorecer la cuenta de resultados de los lobbys empresariales, invadir de reglamentismo prohibicionista la vida cotidiana de los ciudadanos, sellar las burbujas de la crisis a base de inyectar dinero de los contribuyentes y hacer demagogia inmigratoria renegando de la propia cultura cristiana y echándose en brazos de un multiculturalismo demoledor.

Y los europeos han dicho basta.

Aquí no hay un común proyecto político, social y cultural; tampoco defensivo, educativo o de cohesión interna. Por no haber, ni siquiera se les ha explicado -si es que se puede explicar- en qué puñetas consiste esta Unión Europea, por qué manda quien manda y a cambio de qué los nacionales de cada Estado Miembro debe sentirse encantados de ir perdiendo soberanía en sus respectivos territorios.

Y todo ello, no es casual. La actual etapa de capitalismo, al globalizarse, ha optado por olvidarse del ciudadano para concentrar todas su energías en conseguir el poder político ayudado por el nuevo negocio empresarial mediático y con el fin de sustituir en tradicional y equilibrado Estado del Bienestar por una nueva y consumista sociedad atiborrada de miseria ética y cultural, convenientemente sumergida en un analfabetismo pacifista y silente, del que únicamente despierta con estímulos cada vez más degradantes [observen, por ejemplo, el repugnante y masivo impulso actual en favor de esa nueva ludopatía consistente en las futboleras apuestas por internet].

Por eso el estallido de la crisis económica, combinada con una alucinante política inmigratoria basada en abaratar la mano de obra con la excusa de un falso argumentario humanista e intercultural, y rematada por la activación de un laicismo militante que se ha dedicado a primar las culturas religiosas ajenas por encima de las propias.

Esa combinación explosiva ha sido ha hecho despertar a parte de la dormida sociedad occidental, produciendo entre las multunacionales la perplejidad de ver brotar aquello que jamás previeron: Trump, Brexit, neoconservadurismo centroeuropeo y populismo sureño.

Los medios de comunicación, que dejaron ya hace mucho de ser contrapoder para ejercer como un capitalista negocio más, han tratado de desactivar tal reacción tachando a sus líderes de fascistas, ultraderecha, xenófobos y demás lindezas. Craso error: 63 millones de votos trumpistas; 17 millones de votos pro Brexit; 11 millones de votos lepenistas; etc. ¿Son esos millones de ciudadanos fascistas, ultraderechistas, xenófobos?

Nada de eso.

Como era de esperar, Bruselas ya ha comenzado a cantar la gallina por indicación de Merkel y a la vista de cómo ha quedado el campo de batalla francés, con un Macron que tiene muy claro hasta qué punto debe hacer caso de por qué el ‘obrerismo’ galo a votado a Marine.

La Unión Europea tiene que dar la vuelta a su actual calcetín si no quiere volver a ser simplemente y de nuevo la CEE. Debemos encaminarnos, por el contrario, a un nuevo modelo confederal donde la globalización europea respete la importancia soberana de sus Estados Miembros y esté condicionada por estrictos requisitos políticos, sociales, económicos, culturales, financieros y comerciales que impidan la ruina occidental a manos de terceros países, emergentes y asentados en la explotación de los suyos.

España debería tener una mayor voz propia aprovechando la marcha del Reino Unido pero si todo nuestro común afán consiste en hacernos con el Peñón de Gibraltar mientras el país se sigue suicidando colectivamente por la falta de un mayoritario modelo de Estado, que Dios reparta suerte.

EQM

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Bruselas defiende una globalización “con reglas” frente a los populismos

La Comisión Europea admite que el proceso “dejará tantos ganadores como perdedores”

Claudi Pérez en El País, 100517.

La nueva piel del capitalismo tiene tres rasgos fundamentales: globalización, hiperfinanciarización y desigualdad. Bruselas publica este miércoles un documento en el que defiende los beneficios de la globalización frente a los repliegues nacionalpopulistas, el Brexit o las tentaciones proteccionistas de Trump.

La novedad es que la Comisión Europea es consciente de que los excesos de los últimos años deben corregirse: aboga por “dar forma” a la globalización, por ponerle riendas, por fijar “un conjunto de reglas globales, que ahora mismo están incompletas”. Revertir ese proceso sería un desastre, apunta Bruselas, pero no hacer nada tampoco es la solución: en 10 años, la globalización (combinada con el cambio tecnológico) “dejará tantos ganadores como perdedores”.

Bruselas lleva semanas lanzando señales políticas de primer nivel tras una década en crisis coronada por la primera deserción en seis décadas, el Brexit. En la celebración de su 60º aniversario, publicó un jugoso Libro Blanco en el que los Estados miembros deberán basarse para decidir qué Unión Europea quieren. Hace 15 días lanzó un informe sobre la Europa social, ante la constatación de que la Unión está perdiendo a la ciudadanía por el deterioro del Estado del Bienestar. Este miércoles le toca el turno a la globalización.

Frente a repliegues nacionalistas como el Brexit y a las tentaciones proteccionistas de Donald Trumpen EE UU, Europa confirma un secreto a voces: es un continente librecambista y proglobalización, más aún después de haberles barrado el paso a los Wilders, Le Pen y compañía. Pero el documento aporta un cambio de ritmo interesante: frente a las críticas cada vez más duras contra el sesgo neoliberal de la UE, Bruselas pretende “darle forma” a la globalización, con “reglas multilaterales” que permitan embridar los excesos de los últimos años.

El informe no contiene medidas concretas de gran calado: lo novedoso es ese enfoque. Bruselas admite, quizá por primera vez, que la globalización ha alcanzado y traspasado sus últimas fronteras. Y que a partir de ahí hay dos opciones: extender ordenadamente el dominio sobre ella con un conjunto de reglas fijadas en los organismos internacionales para suavizar sus aspectos más temerarios y nocivos, o dejar abierta la posibilidad de que el repliegue llegue de forma descontrolada.

Bruselas es partidaria de la primera opción, a rebufo del triunfo de Emmanuel Macron en Francia, frente al ascenso de figuras políticas controvertidas, desde Donald Trump —que ha dejado clara su querencia proteccionista, con una retórica de confrontación contra México, China y Alemania— hasta Marine Le Pen, que ha conseguido más de 11 millones de votos con su propuesta de cerrar fronteras.

“Los hechos demuestran que la economía, las empresas y los ciudadanos europeos continúan beneficiándose enormemente de la globalización”, resume el documento al que ha tenido acceso EL PAÍS. “Pero esos beneficios no son automáticos ni se distribuyen equitativamente entre nuestros ciudadanos”, admite el informe, de 21 páginas.

El capítulo de beneficios es amplísimo, con 1,75 billones de euros en exportaciones europeas —el 80% procedentes de pymes— y la creación de 14.000 empleos por cada 1.000 millones adicionales de ventas al exterior. Las importaciones contribuyen a rebajar los precios para los consumidores y la globalización, en fin, “ha permitido sacar a millones de personas de la pobreza”.

Pero lo más suculento es el capítulo de desafíos, que explica en parte fenómenos como el Brexit y el ascenso de los ultras dentro y fuera de Europa. “Muchos europeos están inquietos: ven la globalización como sinónimo de pérdidas de empleo, injusticias sociales o bajos estándares medioambientales, de salud o de privacidad. Consideran que ese proceso ha erosionado tradiciones e identidades”, “y que beneficia más a multinacionales que repatrian beneficios a países donde no pagan impuestos” o “a países que abrazan prácticas comerciales injustas”. Se impone “la percepción de que los Gobiernos ya no tienen la globalización bajo control, o no son capaces de controlar el impacto de la globalización; ese es un desafío político que Europa debe afrontar”.

La receta de Bruselas es clara: rechazar “las tentaciones aislacionistas”. Resistir “la vuelta al proteccionismo, pese a que la Organización Mundial del Comercio ha identificado 1.500 nuevas barreras comerciales desde que arrancó la Gran Recesión, allá por 2008. “Si cerramos fronteras, otros lo harán también: todos saldremos perdiendo”, dice la Comisión tirando del habitual credo liberaloide. Sin embargo, las recetas de Bruselas son claras: “Para evitar esa espiral, son imprescindibles las instituciones multilaterales y las reglas en asuntos como el cambio climático o la evasión e impuestos.

“Estamos lejos de haber completado las reglas globales necesarias”, indica la Comisión, que aún deja un rejón final. “Europa no va a ser naíf”. “Cuando las reglas no se respeten, necesitamos instrumentos de defensa comercial”, como los que se han aplicado contra el acero de China. “La UE es la primera potencia comercial e inversora del mundo, pero lejos de quedarnos sentados y dejar que la globalización dé forma a nuestro destino, tenemos la oportunidad de modelar la globalización de acuerdo con nuestros valores e intereses”, cierra el documento.

¿LA GLOBALIZACIÓN REDUCE LA DESIGUALDAD?

El informe de Bruselas tiene dos padres: el conservador Jyrki Katainen y el socioliberal Frans Timmermans, ambos vicepresidentes comunitarios. Y esas dos autorías se dejan notar en el capítulo de desigualdad, uno de los debates estrella de la literatura económica reciente. Frente a textos seminales como los de Thomas Piketty o Branko Milanovic (“¿Desaparecerá la desigualdad si la globalización continúa? No”) o a las advertencias de Barack Obama, que apuntaba que la desigualdad es un indicador adelantado de potenciales conflictos sociopolíticos, Bruselas apenas se detiene en ese aspecto. Oscila entre el negacionismo (“los países más abiertos presentan menores índices de desigualdad”) y la complacencia (“la desigualdad en Europa es inferior a la de otras partes del mundo, aunque el 1% más rico controla el 27% de la riqueza”).

Frente a Bruselas, Tony Judt: “La desigualdad es corrosiva: corrompe a las sociedades desde dentro”. “Es un poderoso disolvente para la sociedad, la economía y la democracia”, según el imprescindible La nueva piel del capitalismo, de A. Costas y Xosé Carlos Arias.

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Contra el chantaje liberal

Slavoj Žižek en El Mundo, 050517.

El título de la columna de Hadley Freeman en The Guardian, la voz de la izquierda liberal anti-assange y pro-Hillary en el Reino Unido, lo dice todo: “Le Pen es una revisionista del holocausto de extrema derecha. Macron no. ¿Difícil elección?” Como era previsible, el texto en sí comienza con: “¿Es comparable trabajar en la banca de inversión con ser un revisionista del Holocausto? ¿Está el neoliberalismo al mismo nivel que el neofascismo?”, y reprueba con sarcasmo incluso el apoyo condicional de la izquierda al voto a Macron en la segunda ronda, la postura del tipo “yo ahora votaría a Macron – con muy pocas ganas”. Este es el peor chantaje liberal que existe: hay que apoyar a Macron incondicionalmente, sin importar que sea un neoliberal centrista, sólo porque está en contra de Le Pen…

Es la vieja historia de Hillary contra Trump: ante la amenaza fascista, todos deberíamos unirnos entorno a su bandera (y olvidar a conveniencia la brutal maniobra de los de Hillary para echar a Sanders, lo que acabó contribuyendo a su fracaso en las elecciones). No podemos preguntarnos, al menos: sí, Macron es pro-europeo, pero ¿qué tipo de Europa personifica? La misma Europa cuyo fracaso alimenta el populismo de Le Pen, ¡la Europa anónima al servicio del neoliberalismo! este es el punto clave del asunto: sí, Le Pen representa una amenaza, pero, si todos respaldamos a Macron, ¿no nos quedamos atrapados en una especie de círculo vicioso y combatimos el efecto apoyando su causa?

Me viene a la mente un chocolate laxante que se vende en Estados Unidos. Se anuncia con un paradójico “¿Estas estreñido? ¡Come más chocolate!” En otras palabras, para curar el estreñimiento, come aquello mismo que lo provoca. En este sentido, Macron es el candidato del chocolate laxante que nos ofrece como cura aquello mismo que causó la enfermedad.

Nuestros medios presentan a los contendientes de la segunda vuelta como representantes de dos visiones de Francia radicalmente opuestas: el centrista independiente frente a la racista de extrema-derecha. Sí, pero ¿ofrecen una alternativa real? La de le Pen es una versión suavizada y feminizada de un brutal populismo anti-inmigración (el de su padre), y Macron representa el neoliberalismo con rostro humano, que su imagen también contribuye a feminizar ligeramente (véase el maternal papel que juega su mujer en los medios). Así que el padre está fuera y la femineidad dentro, pero…¿Qué tipo de femineidad?

Como señalaba Alain Badiou, en el universo ideológico actual los hombres son adolescentes juguetones, bandidos, mientras que las mujeres aparecen como duras, maduras, serias, legales y castigadoras. Hoy en día la ideología dominante no espera de las mujeres que sean subordinadas, sino que las llama para -les solicita, espera de ellas- que sean jueces, administradoras, ministros, directoras ejecutivas, profesoras, policías y soldados. En nuestras instituciones penitenciarias se da a diario una escena paradigmática, la de una profesora/juez/psicólogo cuidando de un joven delincuente inmaduro y asocial…

Así está surgiendo una nueva figura de la femineidad: un agente del poder frío y competitivo, seductor y manipulador, que hace buena la paradoja de que “en las condiciones del capitalismo las mujeres pueden tener más éxito que los hombres” (Badiou). Esto, por supuesto, de ninguna manera las convierte en sospechosas de ser agentes del capitalismo; simplemente es señal de que el capitalismo contemporáneo ha inventado su propio ideal de mujer como símbolo del frío poder administrativo con rostro humano.

Ambos candidatos se presentan como anti-sistema, Le Pen obviamente en modo populista y Macron de forma mucho más interesante: está fuera de los partidos políticos existentes pero, precisamente por ello, representa el sistema como tal en su indiferencia a las opciones políticas establecidas. En contraste con Le Pen, que simboliza la pasión política, el antagonismo del Nosotros contra Ellos (desde los inmigrantes a las élites financieras no patrióticas), Macron simboliza la tolerancia apolítica que todo lo envuelve.

Con frecuencia oímos que la política de Le Pen obtiene su fuerza del miedo (el miedo a los inmigrantes, a las anónimas instituciones internacionales financieras…), pero ¿acaso no aplica lo mismo a Macron? Fue primero porque los votantes tenían miedo de Le Pen, y así se cierra el círculo, no hay visión positiva con ninguno de los candidatos. Ambos son candidatos del miedo.

Lo que de verdad está en juego con este voto se entiende mejor si lo situamos en su contexto histórico a gran escala. En Europa Oriental y Occidental hay señales de una reordenación del espacio político. Hasta hace poco éste estaba dominado por dos partidos mayoritarios que aglutinaban todo el cuerpo electoral, un partido de centro derecha (cristiano-demócrata, liberal-conservador, popular…) y un partido de centro izquierda(socialista, social-demócrata…), con partidos más pequeños que atraían a un grupo de votantes menor (ecologistas, neo-fascistas, etc.).

Ahora emerge poco a poco un partido que simboliza el capitalismo como tal, por lo general relativamente tolerante con el aborto, los derechos de los homosexuales, minorías étnicas y religiosas, etc. Opuesto a este partido se sitúa otro cada vez más fuerte, populista y en contra de la inmigración, apoyado en sus márgenes por grupos directamente racistas y neo-fascistas. El caso de Polonia es un buen ejemplo de todo ello: tras la desaparición de los ex-comunistas, los principales partidos son ahora el “anti-ideológico” liberal de centro del ex-primer ministro Donald Tusk, y el conservador cristiano de los hermanos Kaczynski.

Hoy en día lo que está en juego en el Centro Radical es cuál de los dos partidos, el conservador o el liberal, conseguirá erigirse como representante de la no-política post-ideológica, mientras que el otro quedará descartado por “seguir atrapado en un espectro ideológico anticuado”. A comienzos de los años noventa, a los conservadores esto se les daba mejor; más tarde, fueron los izquierdistas liberales los que parecieron ganar la partida, y Macron es la última figura de un Centro Radical puro.

De este modo hemos alcanzado el punto más bajo de nuestras vidas políticas: una pseudo-alternativa como nunca antes. Sí, la victoria de Le Pen podría acarrear peligrosas consecuencias. Pero temo igual el alivio que seguirá a la triunfante victoria de Macron: suspiros relajados de todo el mundo, gracias a Dios que han podido mantener el peligro a raya, Europa y nuestra democracia están a salvo, así que podemos volver a adormecernos en nuestro capitalismo liberal…La perspectiva de lo que nos espera es triste, un futuro en el que, cada cuatro años, volveremos a sufrir un ataque de pánico, asustados por alguna forma de “peligro neofascista”, y se nos volverá a chantajear para que demos nuestro voto al candidato “civilizado” en elecciones insignificantes y carentes de visión positiva…

Por eso los liberales en estado de pánico que nos dicen que deberíamos abstenernos de cualquier tipo de crítica hacia Macron están profundamente equivocados: Ahora es el momento de sacar a relucir su complicidad con el sistema en crisis, pues después de su victoria será demasiado tarde y la tarea habrá dejado de parecer urgente en la estela de la auto-satisfacción. Dada la desesperada situación en la que nos encontramos, enfrentados a una falsa alternativa, deberíamos reunir el coraje suficiente y simplemente no votar.

Abstenernos, y comenzar a pensar. El tópico “basta de hablar, actuemos” es muy engañoso. Ahora, deberíamos decir precisamente lo contrario: basta de presión para hacer algo, comencemos a hablar seriamente, esto es,¡pensemos! Y con ello quiero decir que deberíamos dejar atrás la auto complacencia del izquierdismo radical que repite sin cesar que las alternativas que se nos ofrecen en el espacio político son falsas, y que sólo una izquierda radical renovada puede salvarnos…

Sí, en cierto modo es verdad, pero ¿por qué, entonces, no emerge esta izquierda? ¿Qué visión puede ofrecer aún la izquierda que sea suficientemente fuerte para movilizar a la gente? No deberíamos olvidar nunca que la gran razón por la que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de una alternativa de izquierdas viable.

Slavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (Akal)

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Notas.-

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