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La Historia como referente

El titular de la entrada puede parece un extravagante collage pero quizás no lo sea tanto.

Macron pretende instaurar una especie de UCD a lo Adolfo Suárez, con el fin de impedir que ese 40% de franceses que votan populismo antiSistema [Melenchon] o proteccionismo radical [Le Pen], se haga con el poder en las próximas elecciones legislativas; o, mejor todavía, para conseguir que una parte significativa de ellos vuelva a la moderación, convenciéndoles de que él -como dijo desde la misma noche del triunfo- va a tomar buena nota de sus justas quejas y a obrar en consecuencia.

En mi opinión, Macron, además de un nivel intelectual que para nosotros quisiéramos en la nuevas generaciones políticas, tiene capacidad de liderazgo, esto es, de transmisión de un proyecto regenerador que Francia -como España- necesita imperiosamente. Y sabe perfectamente que la debilidad de los populismos y de los radicalismos, sean del signo que sean, no está en sus quejas sobre el Sistema -habitualmente seleccionadas de entre las que vocifera legítimamente la ciudadanía-  sino en las ruinosas soluciones con las que tales movimientos políticos pretenden ponerles fin.

Ciudadanos podría jugar ese papel en nuestro país si en vez de empeñarse en amoldar su proyecto -incluso cambiando de adscripción ideológica con el tren en marcha- a los movimientos que observa en sus competidores, buscando centros puramente geométricos que le abran mercados de votos oportunistas, se asentara en el verdadero centro político y regenerador que es lo que de tal partido esperan quienes, precisamente con esa esperanza, ya le han votado. El oportunismo es incompatible con la regeneración.

Tal reflexión viene enlazada con el debate parlamentario que en España ha impulsado la ceguera política de quienes se oponen a la Historia, tal como lo leen, en este caso exigiendo al Gobierno que saque del Valle de los Caídos al dictador que murió de viejito en su cama de Jefe de Estado y que está enterrado en ese grandiosos conjunto monumental ideado por él aunque, por cierto, jamás se le ocurriera la idea de que sus restos reposaran allí.

Hasta ahora, durante estos 40 años de la nuestra nueva etapa democrática, ni a la izquierda ni a la derecha se les ha ocurrido ni por asomo abrir esa nueva zanja histórica de la Guerra Civil, en base a un sentido común tan obvio que sobran comentarios. La Historia es la que fue y el mundo está lleno de huellas del paso de dictadores, del signo más diverso, sin que a nadie con dos dedos de frente le haya dado por borrarlas. Por subrayar la ironía, hasta el mismísimo diablo tiene un surrealista monumento en el Parque del Retiro de Madrid, desde 1885.

Pues bien, coincidiendo con una etapa de reprofundización del guerracivilismo promovido por el arruinador ZP -ahora se mediador simpático con el dictador Maduro– en estos días la tradicional supremacía moral de la izquierda española ha conseguido que el Parlamento apruebe una iniciativa parlamentaria solicitando al Gobierno de España que retire al General Franco del nicho en el que está enterrado en el Valle de los Caídos. Y eso se ha producido con la bochornosa abstención del conservador Partido Popular, carente de proyecto político distinto al de la macroeconomía, y, lo que es peor, con el voto a favor de Ciudadanos, defendido por A. Rivera, quien, desconcertado ante el aluvión de críticas provenientes del propio partido, salió poco después al paso manifestando que, no obstante, su grupo parlamentario no movería un dedo sin el necesario consenso también con el PP.

España necesita, como en Francia, que el PSOE, el PP y Ciudadanos conformen, bajo un liderazgo sólido, estable y con ideas propias, tres proyectos políticos que transmitan a la sociedad la suficiente confianza para abordar, desde el respeto al pasado, los nuevos modelos organizativos que las actuales crisis demandan.

Y mucho me temo si no conseguimos que haya más cera que la que actualmente arde y no nos dejamos de Historia[s], nosotros lo tenemos pero que muy complicado.

EQM

pd. Supongo que imaginarán que si, consensuadamente, se decide trasladar al dictador donde él y su propia familia tenían previsto, a mí eso me dejará absolutamente indiferente porque de lo expuesto debería deducirse que lo importante es preservar el conjunto monumental como lo que es: el símbolo por excelencia de la Historia de casi medio siglo en España. Mejor: el símbolo de ‘su Excelencia’. De modo que los españoles, de hoy y del mañana, lo tengamos muy presente si de verdad no queremos que la Historia se repita.

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JM. Nieto [España, 1971] en ABC, 140517.

Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] en El Mundo, 150517.

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Política de ultratumba

Cayetana Alvarez de Toledo en El Mundo, 150517.

El periodista Marc Bassets, autor de excelentes crónicas europeas, entrevistó hace unos días para El País al ensayista francés Alain Minc. Inteligente, elitista, entusiasta de Spinoza, descaradamente pragmático, Minc se presenta como padrino y mentor del niño prodigio Macron. Sin despreciar la mano amiga del azar, destaca su «audacia y atrevimiento»; su capacidad «para seducir a los viejos» -no va con segundas-; su «visceral europeísmo»; y, sobre todo, su revulsiva sintonía con la modernidad.

El éxito de Macron, explica Minc, fue comprender que existía una Francia mejor -abierta al mundo, sin miedo, dispuesta a asumir el coste de la verdad y de la libertad- y obrar el milagro laico de su resurrección. Y añade: «Si Ciudadanos tuviera un líder à la Macron, la misma cosa se habría podido producir en España. Pero Albert Rivera no es Macron. No tiene su talento». Rivera llevaba tres días postulándose como el Macron español cuando la actualidad le ofreció una oportunidad para pasar de los tuits a los hechos. Y se asustó. Su voto a favor de la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos es la negación de todo lo que el macronismo evoca: futuro, razón, reagrupación.

Es un gesto de resignación y el enésimo episodio de la cansina historia de la necrofilia española: Juana la Loca, de bolos funerarios por España con el cuerpo de su marido muerto; Franco, de rodillas ante el brazo incorrupto de Santa Teresa en su frígida habitación de El Pardo; Tarradellas, de camino hacia el exilio con el corazón de Macià en una caja de plomo; los discípulos de Gibson, como topos por Granada en busca del prosaico esqueleto de Lorca… Va a tener razón Sarkozy cuando me dijo que la identidad española eran «los toros y la obsesión con la muerte». Pero es que Ciudadanos nació precisamente para desmentir esa idea de España. Y la identidad, a secas.

Asustado también por los efectos de su voto, Rivera apeló luego al «necesario consenso» para el traslado de los despojos del dictador. Como si el consenso fuese un bien en sí mismo. Por lo bajo, su entorno incluso se permitió la gracia de comparar su proyecto alternativo para el Valle de los Caídos con el cementerio de Arlington. Un imposible estético y una contradicción moral. Habría que agregar cadáveres, no quitarlos. Y dudo que la familia de Largo Caballero o de Carrillo estén por la labor. Ni Ciudadanos ni desde luego el Partido Popular -aferradito a su abstención con la vana esperanza de hacerse perdonar no se sabe muy bien qué- han entendido el valor profundo de los monumentos históricos, que no es reflejar lo que somos sino lo que fuimos.

En este caso, un país cerrado, sombrío y sometido al doble dogma del fascismo y la fe. Claro que el Valle de los Caídos no es un símbolo de reconciliación. Es un recordatorio de la tragedia de la guerra y el horror de la dictadura. De lo lejos que estaba España de la modernidad hace apenas medio siglo y, por lo tanto, de su espectacular y conmovedora transformación. A las Colaus y Carmenas hay que reprocharles su afición al borrado de placas y nombres del callejero. Lo que añadan da igual. Como si se dedican una plaza a sí mismas. Sólo dejarían testimonio a los postmillenials de la degradación que alcanzaron las dos grandes capitales españolas allá por 2017.

Las ciudades son mapas de la historia. Y el Valle de los Caídos, la caricatura de una España por fin enterrada. Y si lo que queremos es un monumento a la reconciliación, empecemos por defender la Transición que, por cierto, también tiene su prosa necrófila. La reforma pacífica hacia la democracia fue posible gracias a un harakiri: el de las Cortes franquistas. Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda, ellos sí modernos, comprendieron que la reconciliación era respetar a todos los muertos y hablar a todos los vivos. Es decir, acabar con la Guerra Civil como argumento político. La traición a ese legado es, precisamente, lo que explica la irrupción de Ciudadanos.

Nuevo, limpio, moderno, transversal, Ciudadanos tenía una misión depuradora que no ha sabido interpretar. O que ha interpretado de forma miope, reduccionista. Su cometido no se limitaba a la erradicación de la corrupción, tarea crucial pero accesible a cualquiera sin pasado y con un mínimo de criterio. Antes, y decisivamente, Ciudadanos prometía liberar al conjunto de la política española de su principal atavismo. El guerracivilismo es la gran irracionalidad española. El principal lastre de la democracia.

Cegó a Felipe González y a Juan Luis Cebrián tras la victoria por mayoría absoluta de José María Aznar. Sirvió como coartada de la alianza de José Luis Rodríguez Zapatero con el extremismo, contra la concordia constitucional. Disuadió a Mariano Rajoy de aprovechar su mayoría para promover una profunda renovación cultural. Es la médula del proyecto regresivo y antidemocrático de Pablo Iglesias. Y explica que un burgués pequeño como Pedro Sánchez cante La internacional puño en alto a las puertas de Ferraz. La exhumación del cadáver de Franco es la recurrencia de una patología. La que sólo Ciudadanos, con su vocación científica, estaba llamado a curar.

Imaginemos la escena. Rivera, brillante orador, se sube a la tribuna, hace una larga pausa y dice: «No». Un «no» hondo, poderoso, razonado. Un «no» en defensa de la verdad histórica y de la reagrupación española. Habría colocado a la izquierda en su rincón y a la derecha ante el espejo. Habría roto el hechizo. Y habría demostrado, por fin, que el centro no es la equidistancia sino la objetividad. El lugar donde rigen lo que Minc llama «las reglas dominantes de la modernidad». Una mirada desprovista de sesgos, sin caspa en los párpados, sin hipotecas de ultratumba. Pocos discursos habrían servido mejor a la causa de una nueva España. Y ninguno tan vibrantemente a la batalla fundacional de Ciudadanos.

La decadencia de Cataluña no se entiende al margen de la dinámica guerracivilista. La xenofobia, la mentira y el desprecio a la ley no habrían llegado tan lejos si la izquierda española no se hubiese plegado sistemáticamente al nacionalismo por odio a la derecha. Y si, ante los intentos de deslegitimación -«¡fachas, fachas!»-, la derecha no hubiese agachado una y otra vez la cabeza. El último ejemplo es la decisión de Carmena de ceder el auditorio del Ayuntamiento de Madrid a Puigdemont para la promoción de su delirio, ante el aplauso histérico de Iglesias y el silencio lánguido de Rajoy.

Pero Rivera no se subió a la tribuna. Ni tampoco lo hizo ningún otro diputado en nombre de la razón. Nadie explicó que la memoria es una función de la historia y no al revés. Todos optaron por abrir un viejo sepulcro antes que una nueva etapa. El rencor y el miedo siguen vigentes al sur de los Pirineos. La última esperanza de modernidad se ha abonado a la política de ultratumba. Seguimos en el valle, colgados del muro de los fusilamientos.

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Alain Minc: “Macron ha inventado el populismo ‘mainstream”

Entrevista con el veterano ensayista y directivo francés, que fue uno de los mentores del nuevo presidente de Francia

Marc Bassets en El País, 050517.

No se entiende la vida política y económica francesa de las últimas cuatro décadas sin Alain Minc (París, 1949). Intelectual, economista, directivo empresarial y consejero de príncipes republicanos, también es fundamental en la vida del nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, un mentor que le aconsejó desde sus primeros pasos profesionales.

Minc —miembro de los consejos de administración de CaixaBank y de Prisa, la empresa editora de EL PAÍS— recuerda en esta entrevista telefónica su primer encuentro con Macron, hace unos 15 años. “Me hizo la clásica visita del joven inspector de Finanzas al viejo inspector de Finanzas”, dice. “Siempre les hago la misma pregunta cuando vienen por primera vez: “¿Qué será usted dentro de 30 años?” Es la primera pregunta. Y él me respondió: “Seré presidente de la República”. Le dije, entonces se trataba de usted: “Usted comienza mal nuestra discusión”. Hace poco le dije: “En el fondo, me contestaste mal, me habrías tenido que decir: ‘Dentro de treinta años seré expresidente de la República”.

Pregunta. ¿Vio algo especial en él?

Respuesta. Es alguien que seduce a los viejos. Lo encontré muy inteligente, con un encanto extremo. Es un oxímoron: un Giscard en simpático [el expresidente Valéry Giscard D’Estaing]. Lo que no medí bien fue su audacia y atrevimiento. Esto lo vi crecer con el tiempo: a medida que era más audaz, aumentaba su suerte. Realmente tiene lo que Napoléon quería de sus generales: talento y suerte.

P. Usted le aconsejó hace poco presentarse a la presidencia en 2022, no ahora.

R. Durante todos estos años yo le acompañaba, en cada una de estas etapas, como un viejo tío, o un hermano mayor. Él me hablaba de sus proyectos. Yo le dije: “Vas demasiado rápido, esto no funcionará, busca una base política local y prepara 2022”. Y él me respondió: “Te equivocas. Me describes el mundo de ayer. El sistema se ha descompuesto y caerá. Hay que recogerlo”. Reconozco que él tenía razón”.

P. ¿Qué entendió Emmanuel Macron que otros no entendieron?

R. Lo principal para nosotros, como europeos, es que esto es la victoria de Europa y de un europeo. Él es visceralmente europeo, pero lo es como puede serlo la gente de la generación Erasmus, aunque él no haya hecho un Erasmus. No es la Europa como construcción intelectual de mi generación o de la anterior. Para él es la Europa natural. En el plano internacional no europeo, regresa a la concepción que expresó el general De Gaulle por medio de esta expresión, que me parece formidable. De Gaulle decía: “Europa es la palanca de Arquímedes de Francia”. Es decir, lo que logra levantar un peso inmenso poniendo la palanca en un lugar preciso.

En el plano interior entendió algo que ya figuraba en su diagnóstico de lanzarse ahora y no esperar a 2022. Y es que, viviendo en el interior del sistema político, consideró que este sistema político estaba completamente descompuesto. Después, hay que tener en cuenta que tiene cuatro oportunidades fundamentales. Si [el ex primer ministro Alain] Juppé gana las primarias de la derecha, no hay Macron. Si [el presidente François] Hollande se presenta, es muy complicado. Si [Manuel] Valls gana las primarias de la izquierda, es muy complicado. Y si [François] Fillon no se mata a sí mismo, es muy complicado.

P. Se diría que en el año del populismo, del Brexit, de Trump, presentarse como europeísta, liberal y además siendo exbanquero no era la mejor fórmula.

R. Tenía todos los ingredientes para ser derrotado. Pero hay dos países en Francia. Hay una Francia abierta al mundo y hay una Francia que tiene miedo. Debido a Trump y al Brexit pensábamos que la Francia que tiene miedo era dominante. No lo es. Es verdad que en el contexto del ruido mediático, del discurso dominante que dice “la ola populista va a hacer caer país tras país”, lo que ha ocurrido es un enorme freno a todo esto. Y tendrá consecuencias en otros países. Es una ayuda formidable para Matteo Renzi en Italia. Permitirá a la canciller hacer una campaña muy proeuropea. Es una noticia muy mala para la señora Theresa May, porque una Francia mano a mano con Alemania hará muy difícil el Brexit.

P. ¿Qué lecciones se pueden sacar de la fórmula Macron para derrotar el populismo?

R. En el fondo, si [el partido español] Ciudadanos tuviese un líder à la Macron, la misma cosa se habría podido producir en su país. ¿Qué ha inventado Macron? El populismo mainstream. Hasta ahora el populismo siempre era la expresión de un extremismo. Y los partidos tradicionales eran la expresión del mainstream. Pero puede existir un populismo mainstream: es decir, los reflejos del populismo pero con la finalidad de Europa y la economía social de mercado.

P. ¿Un populismo elitista?

R. No elitista, sino mainstream, un populismo de personas que aceptan las reglas dominantes de la modernidad. Macron es un producto de las élites, pero los que votan por Macron no son élites. Ha fabricado un populismo mainstream, pero ustedes fueron los primeros. Lo hablé con él: “Lo que tú haces es Ciudadanos, en cierta manera”. Pero [Albert] Rivera [líder de Ciudadanos] no es Macron.

P. ¿En qué sentido?

R. No tiene su talento.

P. El talento personal…

R. … cuenta. En política es decisivo. Recordemos los bellos años de González. Y es decisivo en una monarquía presidencial, aún más que en un sistema parlamentario.

P. ¿Qué le hace pensar que Macron podrá reformar Francia cuando otros presidentes, el último Nicolas Sarkozy, llegaron prometiendo reformas liberales y al final…?

R. … no hay que olvidar que Sarkozy tuvo la crisis en su contra. Hollande nunca quiso reformar. No estoy seguro de que [el] grupo [de Macron] tenga la mayoría absoluta en la Asamblea, así que creo que deberá hacer un acuerdo al estilo de una gran coalición, y sólo un acuerdo al estilo de una gran coalición permite hacer las reformas.

P. ¿Una gran coalición con una parte de la derecha y de los socialistas?

R. No. No sé cuál será el resultado de las legislativas, pero pienso que acabará en un acuerdo entre la derecha y En Marche! No toda la derecha. La derecha se partirá. La derecha de Juppé y [el ex primer ministro] Jean-Pierre Raffarin hará un acuerdo con él.

P. ¿Cómo se medirá en cinco años el éxito o fracaso de Macron?

R. Europa será más fuerte gracias a una pareja franco-alemana que habrá arrastrado a los otros grandes países, Italia y España, y quizá un día Polonia cuando se desembarace de su régimen. La medida económica será si el paro habrá bajado. Y la medida política será si el Frente Nacional habrá bajado. Más Europa, menos paro, menos Frente Nacional. Veremos.

P. Francia, en todo caso, ya ha enviado un mensaje al mundo.

R. Desde el Mundial de 1998, no había vuelto a tener la ocasión de estar orgulloso de ser francés. Después de Zidane, Macron.

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Notas.-

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