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Nadal recupera su trono en París con su décimo Roland Garros, venciendo al suizo al suizo Wawrinka por 6-2, 6-3 y 6-1

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El español Rafael Nadal ya tiene su décimo Roland Garros tras vencer al suizo Stanislas Wawrinka por 6-2, 6-3 y 6-1 en poco más de dos horas (2:5′). Con esta victoria, el de Manacor (Baleares), a sus 31 años, ascenderá del número 4 al puesto número 2 del ranking ATP el próximo lunes.

Tres años después, Rafa redondea su cifra del Grand Slam a 15, con lo que supera a Sampras y se sitúa a tan solo tres de Federer, el mismo que le privó hace unos meses en la final del Open de Australia de dar ese paso.

Un Grand Slam en tenis es como una Champions en fútbol, con la diferencia de jugarse cuatro cada año. Por eso tres años en blanco son demasiados para un tenista de la talla de Rafael Nadal Parera.

Es, además, el título número 73 en toda su carrera profesional y el número 53 en tierra batida, donde domina sobre todos los tenistas de la historia. Tiene 10 sobre la arcilla de París, 10 en Montecarlo y 10 en el Godó, cifras que ha logrado en este 2017 donde apunta muy alto.

Sus cifras lo dicen todo: es el primer tenista de la historia en la ‘era Open’ que gana diez veces un mismo Grand Slam, la tercera vez que gana en París sin ceder un solo set en todo el torneo (2008, 2010 y 2017) y lo logra después de dar cuenta en la final del número tres del mundo.

Wawrinka, que venció a Nadal en la final del Open de Australia en 2014 y a Djokovic en la de Roland Garros 2015, el mismo que apeó en semifinales al número uno del mundo, Andy Murray, se desinfló ante Nadal.

Buscaba el de Lausana (32 años) su cuarta victoria sobre el español y acabó encajando su 16ª derrota entre gestos de rabia, desesperación y una raqueta rota al final del segundo set.

Aguantó los envites de Nadal en el primero, salvando incluso cuatro bolas de rotura en el cuarto juego, pero a partir del sexto no pudo contener el vendaval de juego del manacorense.

En los siguientes parciales le bastó con un ‘break’ a tiempo -segundo- y dos más para frenar cierto atisbo de reacción -tercero- y no ceder una sola vez su saque para apuntalar su victoria, mientras la grada de la Philippe Chatrier animaba a ‘IronStan’ para ver algo más de juego y amortizar un poco más su entrada; la respuesta de Rafa fue cerrar el partido al resto, demoledor.

Rafa jugó de una manera muy agresiva, pero también muy inteligente, buscando en todo momento elevar la altura de la pelota consciente de que eso incomodaba a Wawrinka, quien en algún momento llegó a aplaudir los ‘drives’ ganadores del español.

Y así fue como, tres años después, el mejor tenista de este 2017 recuperaba su trono en París con su décima corona. Otro rey, el emérito de España Juan Carlos, aplaudía en el palco junto a la ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina.

Fuente: RTVE, 110617.

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Vive deprisa, muere despacio

Nadal nunca había arrasado así un torneo de Grand Slam. Quemó a Wawrinka, hizo arder la pista bajo un rosario de golpes

Manuel Jabois en El País, 110617.

El tenis es un deporte de espasmos. Tan sometido a desequilibrios internos que cualquier desajuste en un golpeo provoca la derrota en un partido, la caída en desgracia en la clasificación o, directamente, la retirada y una vida de penitencia. A veces uno tira la raqueta al suelo, la rompe y al recogerla recoge su vida. También puede aburrir.

Esto no suele confesarse, pero paradójicamente en ese deporte de sobresaltos hay una rutina tan formidable, una mecánica tan exigente, que a veces uno se desenamora de la raqueta o la asocia, como le ocurría a André Agassi, a un infierno y una vida de privaciones: golpea la pelota como si golpease al padre. Además comparte con el resto de deportes, individuales y colectivos, una característica que puede pasar inadvertida, pero que conviene recordar: se pierde casi siempre.

¿Por qué seguir? Pregunta y respuesta fueron planteadas en la pista central de Roland Garros. Por el mismo tenista de siempre, el caníbal de la tierra batida que no sólo ganó París, ni sólo lo hizo por décima vez, sino que mantuvo a los 31 años una marca extraterrestre: dos derrotas en toda su vida en la tierra prometida. Así que en el tenis no se pierde casi siempre: no Nadal y no en arcilla. Al ataque, con palos como el que arrodilló a Wawrinka en el 4-2 del segundo set, un golpe plano que sacó de la infancia, cuando se ejecuta todo lo que se sueña, o a la defensiva, erosionando a sus rivales hasta convertirlos en una montaña de polvo.

Que es humano lo confirman sus lesiones, meses de zozobra y la caída en el ranking. Lo que le distingue de otros humanos no es que él haya regresado de un lugar del cual es imposible volver, sino que lo haya hecho mejor que antes. Que haya quebrado de una forma tan escandalosa la normalidad de una carrera que lo levantó a la cima a los 19 años y lo ha depositado en el mismo lugar 12 años después, cuando se habían empezado a encargar las coronas de flores más fastuosas y se repetía la cantinela del “mejor deportista español de la historia” como si hubiesen pasado veinte años de su retirada. El tenis no era eso antes que él y Roger Federer.

Si la reinvención de Nadal tenía un problema, está solucionado. Cuando caes después de ganarlo todo, solo merece la pena volver a subir por las vistas. Pero en Francia demostró que está para cualquier cosa menos para mirar el paisaje: el paisaje es él. Nunca había arrasado así un torneo de Grand Slam. Quemó a Wawrinka, hizo arder la pista bajo un rosario de golpes que sonaban como clavos en la madera de los que le querían enterrar, y su sombra se volvió a levantar en el skyline de París con la misma familiaridad que la Torre Eiffel, el mismo hierro, los mismos años.

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Jugar al vals en París

Juan Tallón en El País, 110617.

Nadal era un alma perdida, casi rota, hasta hace solo unos meses. Se pasaba los torneos buscando al antiguo Rafa Nadal y no lo encontraba. Se presentaba a los torneos y preguntaba «¿Me han visto?». Pero ante Wawrinka abandonó su desierto y volvió a jugar al tenis en una mezcla de vals, béisbol y relojería. Alcanzaba a todas las bolas a tiempo de hablar con ellas y desengañarlas. Su rival no tardó en llegar a ese punto en el que ya no pides ganar sino encontrar un enchufe o un rayo que desordenase la inercia.

Nada de eso pasó, y afloró la desesperación, que es el efecto que produce el mejor juego de Nadal. Niegas con la cabeza, rompes la raqueta, te metes la bola en la boca. Ahí se advirtió que Nadal había abandonado su flirteo con la decadencia. No había nada que hacer. A mitad del segundo set Wawrinka me recordó a un tipo con el que me crucé el otro día, y que iba mirando el suelo con cara de fastidio, mientras se quejaba de que no había colillas tiradas para tener algo que fumar.

Nadie niega que tras ganar Ronald Garros en 2014 Nadal se despertó en una larga equivocación, durante la que los días adquirieron el mismo color.

Kyrgios encadena a Nadal. Nadal desafina ante Klizan. Verdasco fulmina a Nadal. Nadal colapsa ante Murray. Nadal se deshace ante Wawrinka. Djokovic derriba a Nadal. Brown fulmina a Nadal. Nadal sucumbe ante Nishikori. Fognini apea a Nadal. Nadal se desinfla ante Tsonga. Nadal no puede con Djokovic. Cuevas consume a Nadal. Murray detiene a Nadal. Nadal cae ante Del Potro. Pouille destierra a Nadal. Nadal se pierde ante Dimitrov. Troicki noquea a Nadal. Raonic zancadillea a Nadal. Nadal se queda seco. El via crucis de Nadal. Nadal no se encuentra.

Para verlo ganar otra vez un grand slam era ya necesario cerrar los ojos y recordar. No entendíamos nada. «¡Pero haz lo de siempre, Rafa!», gritábamos desde casa, creyéndonos muy sabios, cada vez que enfilaba otra derrota. ¿Era tan difícil? «Sé tú mismo», añadíamos, disfrazándonos de filósofos. Nos pasaba eso que denuncia Charlie Parker en El perseguidor de Cortázar, cuando se extraña de que la gente esté segura de saber cuáles son las cosas difíciles, y aplaude al trapecista en el circo o al músico en el escenario.

En realidad, sostiene Parker, las cosas verdaderamente difíciles son más bien «todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento», como comprender a un perro o un gato o mirarse a un espejo. ¿Pero cuánto tiempo estuvo Nadal mirándose a uno sin verse en absoluto?

Por suerte, la vida improvisa giros dramáticos, a la vuelta de los que se descubre que las cosas no son lo que suponíamos. El tenista español había empezado a parecerse peligrosamente a uno de nuestros superhéroes preferidos de la infancia, en forma de muñeco, al que un día desmontábamos por partes –brazos, piernas, cabeza– y después no sabíamos rehacer. Por momentos, intuíamos a un deportista hecho añicos, vencido no sabíamos si por fantasmas o por la época.

Pero va el tío, se reinventa y se hace llamar de nuevo Rafa Nadal. 

El reloj con los colores de la bandera de España que llevó ayer Rafa Nadal.

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Nadal y una insignificante cosita [Pep Guardiola]

Luis Ventoso en ABC, 110617.

De todas las proezas con las que nos ha alegrado Nadal a sus compatriotas a lo largo de los años, la de esta tarde dominical de junio de 2017 es probablemente la mayor. Retornar a la cima de un deporte tan competitivo como el tenis a los 31 años y de esta manera, tras un calvario de lesiones y dudas como el que ha padecido, supone una gesta de novela, un triunfo admirable del tesón y el coraje.

Hace solo doce meses, el hombre que hoy ha levantado su décima copa en París estaba acabado a ojos de muchos liquidadores profesionales. Rafael Nadal tapa la boca al planeta con golpes inauditos y un derroche físico colosal. También hace gala, una vez más, de su buena educación, esa nobleza de campeón que lo adorna desde que era un chavalillo de melena, cinta al pelo, espinillas y camiseta sobaquera sin mangas.

Pero para nosotros Nadal posee un plus añadido: es un patriota, en la más sana acepción del término. Quiere a su país. Supone un gran ejemplo para España (sobre todo para sus niños, porque sus valores son el trabajo y la cortesía). Une a su nación en torno a sus triunfos y su saber estar. Todo de manera natural y cordial. Sin empalagar. Sin ir contra nadie.

Magnífico también, como siempre, el viejo Rey Juan Carlos, apoyándolo en la cancha no siempre tan amiga de París.

Un domingo extraordinario para España.

(PD: Por una casualidad del destino, el mismo día en que este histórico campeón nos deleitaba con su triunfo, un ex jugador de fútbol de la selección española y del Barcelona, ahora entrenador de fútbol de prestigio en declive, leía un manifiesto pueblerino y xenófobo llamando al odio y la ruptura con sus vecinos y hermanos de siempre. Nadal es un mito del deporte mundial, al que se le empañaba la mirada cuando sonó en París el himno de su país, la nación más antigua de Europa, un proyecto cordial, abierto y solidario. Fue su día, en un domingo en el que también quiso llamar la atención una insignificante cosita. Pep, me parece que lo apodan).

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LOS 10 ROLAND GARROS DE NADAL

Victorias de Rafa Nadal 2005-2017 en París

2005 [& Mariano Puerta]:

2006 [& Roger Federer]:

2007 [& Roger Federer]:

2008 [& Roger Federer]:

2010 [& Robin Söderling]:

2011 [& Roger Federer]:

2012 [& Novak Djokovic]:

2013[& David Ferrer]:

2014 [& Novak Djokovic]:

2017 [& Stanislas Wawrinka]:

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Notas.-

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