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De amorosas tamborradas

Cristina Narbona [1951], camino de los setenta y política profesional del socialismo desde 1982, es decir, más de 35 años, de tan triste recuerdo por su recorrido como Ministra ecofeminista con el arruinador ZP, a buen seguro que está convencida de que la confianza que ha depositado en ella pluriZPedro como Presidenta del PSOE, va a suponer toda una ecológica lluvia de nuevos votos mediombientales y feministas. También catalanes, por la favorable conjunción politico-astral que supone la pareja formada por su pareja Pep Borrell y el bailarín de las singularidades, Miquel Iceta.

Yo estoy plenamente convencido de que eso no va a ser así porque la ruina que buscó a tantos ciudadanos y al erario público con sus bárbaras ocurrencias en materia de transvases, desaladoras, políticas hidrológicas y contra los pequeños propietarios de inmuebles en la zona maritimo terrestre de nuestras costas, va suponer que salgan del cesto muchos más huevos de los que por ella entren.

Tampoco las nuevas ofertas de estúpido pluriamor a Cataluña contribuirán a incrementar las expectativas. Porque la cuestión de fondo, no sólo por parte de los golpistas y sus palmeros sino también para Madrit, es ver cómo hacemos para que aquellos, aun perdiendo, que van a perder, acaben ganando, como siempre desde el 78.

Es decir, de cómo convertir una derrota que debería implicar una sanción y gorda:

suspensión de la autonomía, penitenciaría para los delincuentes y su criminal organización, iguales derechos, deberes y competencias para todas las CCAA

y, cuando el alma se serene, nuevas elecciones, en una suerte de vais a portaros bien por una temporada y a cambio ‘el resto de España‘ os comprará, para la actualización de vuestro acomodo, el nuevo sofá que sobradamente merecéis.

Porque sí, porque sois milenarios protestones y porque nosotros no podemos ser más jilipollas por metro cuadrado.

¿Se imaginan?: El Borrell y el Iceta, si Déu no vol posar-hi remei, tocando el tabalet y la Narbona haciendo como que baila una desencajada sardana.

No lo veo, la verdad.

EQM

pd. A los golpistas les ha faltado el tiempo para desmontar el cinismo plurinacional del pluriZPedro, achacando precisamente al catalán Pep Borrell, actual pareja de la nueva Presidenta socialista, las ganas de enredar con la pelota… [no se pierdan -ver infra– los calificativos con los que Francesc-Marc Álvaro, uno de los ensayistas de cabecera del procés, pone a parir, en un artículo de lunes en La Vanguardia, tanto al bello socialista, que ayer volvió a llama ‘indecente’ a Rajoy, como al exconsejero de Abengoa].

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Sánchez y el amor

Arcadi Espada en El Mundo, 200617.

Entre las más deplorables consecuencias que ha traído la dialéctica Cataluña/España está la del amor. Este fin de semana reincidió Pedro Sánchez en su penoso discurso de clausura, y garantizo que el adjetivo tiene peso tratándose de penoso y Pedro Sánchez, un vínculo indestructible: “España quiere a Cataluña”, dijo. Es cierto que los argumentos de autoridad de su discurso no fueron afortunados.

Un poco antes se le había ocurrido citar a Gregorio Peces-Barba para defender el concepto de la plurinacionalidad española. Es decir, al hombre que hace seis años estuvo tan gracioso en un congreso de abogados que se celebraba en Cádiz:

“Siempre me pregunto medio en broma qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado con los portugueses y hubiésemos dejado a los catalanes”,

había dicho Peces en alusión al embarras du choix que afectó al Conde Duque cuando en 1640 tuvo que elegir entre el amor de catalanes o el de portugueses. O que se mostró tan optimista, la misma tarde, sobre el final del entonces incipiente Proceso catalán:

“Creo que esta vez se resolverá sin necesidad de bombardear Barcelona”.

Pero si Sánchez no sabe quién es Peces mucho menos va a saber quién es Ernesto Giménez Caballero, el primer y más brillante teorizador del amor a Cataluña. Aquel surrealfascista que proclamó tras haber vencido:

“Cataluña: Te habla un español que te quiere. Y te quiere, como los españoles de la meseta castellana hace siglos que te aman, con pasión. Con la misma pasión que se quiere a una mujer”.

El fascismo literario (pleonasmo) de Gecé concebía efectivamente a Cataluña y España como dos entidades capaces de amarse; o sea como dos entidades sexualmente diferenciadas. El libro que publicó en 1942, Amor a Cataluña, debe leerse como una crónica oblicua de La Gran Gozada que para estos caballeretes supuso la toma de la Cataluña republicana.

Como es natural, los españoles serios y convincentes nunca han tenido la menor tentación de decir que aman a Cataluña. Ese tipo de personas, en trance inminente de volver a hacerse franceses como cuando entonces, podrían entender que un catalán, yo mismo, en un momento de atracón sentimental dijera: “Cataluña quiere a España”, porque bien la parte puede amar al todo. Pero nunca podrían entender la viceversa.

Cuando un español dice “España quiere a Cataluña” solo caben dos hipótesis: la de un estúpido narcisista que, llegándose, se lame o la de un extranjero.

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Las estafas semánticas del 39º Congreso del PSOE

Se han perpetrado dos añagazas: la proclamación de una falsa plurinacionalidad de España y el revestimiento como democracia directa de los omnímodos poderes del ‘renacido’ Sánchez

José Antonio Zarzalejos en El Confidencial, 200617.

El 15 de mayo pasado, Patxi López, en el debate de los candidatos a la secretaría general del PSOE, espetó a Pedro Sánchez, secamente, una pregunta: “Vamos a ver, Pedro, ¿sabes qué es una nación?”. La respuesta fue confusa, pero la interrogación resultó severa en el tono, en la exigencia, e incorporaba un reproche. Ahora, tras el 39º Congreso del partido, el vasco ha asumido la secretaría de Política Federal y es a él a quien corresponde contestar cumplidamente a esa cuestión.

Lo hizo ayer en ‘El Correo’ de Bilbao de una manera tópica y, para los secesionistas, semánticamente estafadora: “La definición de un Estado como plurinacional no conlleva ni el derecho de autodeterminación, ni el derecho a decidir ni a la soberanía. Simplemente, es la definición de un conjunto de personas, de ciudadanos, que se sienten partícipes de una misma lengua, de una misma historia, de una misma tradición y de una misma cultura”.

Cuando la plurinacionalidad hay que comenzar a definirla por lo que no es y luego iniciar su descripción con un ‘simplemente’, vamos mal. Tan mal como han acogido en Catalunya —al margen del PSC— este juego de palabras. Francesc-Marc Álvaro, que es unos de los analistas de referencia del independentismo catalán, escribió ayer en ‘La Vanguardia’ un artículo bajo el título ‘¿Querer a Catalunya?‘ cuyo último párrafo decía:

“El nuevo líder del PSOE ha proclamado que ‘España quiere a Catalunya’,

frase amable que demuestra que no entiende nada. O que es un cínico que trata de distraernos para eludir la cuestión de fondo, asesorado, entre otros, por Josep Borrell, jacobino contumaz. A Alfonso Guerra, muy afectado por el calor, no hay que mencionarlo. Ubicar la actual reclamación independentista en el guion sentimental más rancio, es un grave error de Sánchez, que indica escaso conocimiento de la causa del conflicto que estamos viviendo. Y una admirable capacidad para tapar la realidad con humo”.

Estas palabras relevan de ulteriores comentarios si se enlazan con el entendimiento de López de la plurinacionalidad de España y su definición negativa, que también articuló Sánchez en su discurso congresual. Ni uno ni otro saben lo que es una nación para un nacionalismo que ha llevado a máximos su aspiración, es decir, se ha convertido en secesionista.

¿Qué parte de la pregunta del referéndum unilateral que quiere convocar Puigdemont el 1 de octubre no han entendido en el PSOE?, ¿es una cortina de humo, un cinismo o una aproximación ingenua al independentismo la proclamación de la plurinacionalidad de España?, ¿existe algún socialista militante favorable a Sánchez que pueda creer que esa tesis de amabilidad, de mullidas palabras, podría desactivar a estas alturas la cuestión catalana? La plurinacionalidad o lo es de naciones políticas, o es un recurso de circunstancias. Que puede convertirse en una estafa semántica.

También lo es la concentración de poder que en un análisis interesante ha detectado el profesor de Ciencia Política Juan Rodríguez Teruel (‘Agenda Pública’) como el otro vector, junto a la plurinacionalidad, del 39º Congreso del PSOE. El académico supone que Sánchez trata de superar el faccionalismo en el partido acaparando facultades. Es una interpretación legítima, pero caben otras. Porque también es procedente la del ajuste de cuentas, instalando en el PSOE un nuevo caudillismo que desecha todo rastro de organicidad y democracia representativa para, como en los mejores guiones de los líderes populistas, establecer un vínculo directo entre el secretario general y las bases, neutralizando los órganos de decisión intermedios, que pasan a ser poco menos que irrelevantes.

A eso lo llaman democracia directa, pero otros lo denominan más crudamente como cesarismo. Y lo es, porque Sánchez se ha quitado de en medio —entre el fervor del 70% de los delegados (o sea, un fervor no general)— cualquier factor de reequilibrio de su poder interno. Él va a responder ante la historia y ante la militancia.

El 39º Congreso del PSOE les ha salido bien a Sánchez y a los suyos, pero no tanto al partido y al país. En él se han perpetrado dos añagazas de consideración: la proclamación de una falsa plurinacionalidad de España y el revestimiento como democracia directa de los omnímodos poderes del ‘renacido’ secretario general. Y lo peor: Sánchez se ha presentado como nuevo en esta plaza, cuando a su espalda llevaba un buen hatillo de elecciones perdidas (dos generales, autonómicas) y una batalla campal en la organización cuyas heridas él —¿contra el faccionalismo o para ajustar cuentas?— no ha querido restañar.

Es su momento, él tiene la palabra. Pero ha empezado mal: contándonos dos milongas: la de su propio poder (descontrolado) y la de la plurinacionalidad de España.

¿Querer a Catalunya?

Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia, 200617.

Cuarenta años después de las primeras elecciones, el PSOE se plantea caminar hacia una reforma “plurinacional” del Estado. Los socialistas españoles han visto –finalmente– que en Catalunya hay un “problema serio”, según expresión de Iceta. Sánchez admite ahora que los catalanes somos “una nación cultural” (hace unos meses éramos “una singularidad”) pero no una nación política, porque la soberanía radica en “el pueblo español”, lo cual indica que, en el mejor del casos, hay pueblos de primera y pueblos en posición subalterna.

Cuarenta años después de los comicios que inauguraron la democracia, este es el gran mensaje del PSOE a una sociedad donde un 48% ha votado partidos independentistas y un 80% está de acuerdo con un referéndum pactado de autodeterminación.

En noviembre de 1976 nació el Partit Socialista de Catalunya, que se creaba de la fusión de varias fuerzas preexistentes, impulsado, sobre todo, por Convergència Socialista (a su vez, fundada a partir del Moviment Socialista de Catalunya) y liderado por Joan Reventós, que tenía al lado a hombres como Obiols y Serra. En el documento fundacional de aquel PSC (conocido como PSC Congrés) se podía leer esto:

“Nos insertamos en la tradición del movimiento obrero y popular que siempre ha afirmado categóricamente en sus líneas programáticas el derecho de nuestro pueblo a la autodeterminación”, que se consideraba “exigencia inalienable e imprescindible”.

Los redactores de aquel librito de ochenta páginas añadían que “propugnaremos, llegado el momento, la Federación de Repúblicas libres e iguales como fórmula que aúne el máximo de libertad nacional para Catalunya y para las otras naciones y pueblos del Estado con la necesaria solidaridad socialista entre todos ellos, y muy particularmente con los menos favorecidos por el desarrollo económico y social capitalista”.

¿Quién había de decir que, de toda aquella retórica tan rupturista, lo que tendría reedición hoy sería el asunto de la autodeterminación? Como es sabido, el PSC Congrés junto con la Federació Catalana del PSOE y el PSC Ex-Reagrupament (el de Pallach sin Pallach) crearon, en julio de 1978, el actual Partit dels Socialistes de Catalunya. Las peripecias del socialismo catalán son bien conocidas desde aquel momento.

El nuevo líder del PSOE ha proclamado que “España quiere a Catalunya”, frase amable que demuestra que no entiende nada de lo que está pasando. O que es un cínico que trata de distraernos para eludir la cuestión de fondo, asesorado –entre otros– por Josep Borrell, jacobino contumaz. A Alfonso Guerra, muy afectado por el calor, no hay que mencionarlo. Ubicar la actual reclamación independentista en el guión sentimental más rancio es un grave error de Sánchez, que indica escaso conocimiento de las causas del conflicto que estamos viviendo. Y una admirable capacidad para tapar la realidad con ­humo.

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Notas.-

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