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Portada de la revista Times, 3 de noviembre de 1975, días antes de la proclamación del Rey Juan Carlos I, principal artífice del restablecimiento de la democracia en España.

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Orgullosos del Rey que reinó

Ayer se celebró, en el Congreso de los Diputados, sesión solemne de las Cortes Generales con motivo del 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas [15 de junio de 1977], que fueron posibles gracias al impulso del Rey Juan Carlos I, con la ayuda de Adolfo Suárez [1932-1914] como Presidente del Gobierno y de Torcuato Fernández Miranda [1915-1980] como Presidente de las Cortes.

El acto discurrió como se preveía, todo un orgullo para todos excepto para los independentistas y de los populistas. Hasta el extremo de que algunos de los primeros ni aparecieron y bastantes de los segundos trataron de montar un espectáculo basado en la descalificación de lo que no hay duda en calificar como uno de los hitos históricos por excelencia del siglo XX: la transición española a la democracia, de dió lugar a la definitiva reconciliación de los españoles, 40 años después de la Guerra Civil.

Si algún pero cabe poner a la sesión de ayer, y muy grave, fue que los poderes del Estado democrático no invitarán a la ceremonia al Rey Emérito Juan Carlos I.

Se podrán argumentar todas las excusas que se quieran en torno a la conveniencia de que el actual Rey, Felipe VI, brillara con luz propia en un acto de tanta significación.

Pero la realidad es que quedará para la Historia la desvergüenza de no haber invitado a la conmemoración a quien fue principal artífice del tránsito de la dictadura a la democracia. Para millones de españoles que vivimos aquel acontecimiento y seguimos vivos, tal decisión de orillarle no tiene perdón de Dios y, a buen seguro, tampoco nuestro.

Aunque en esta época que estamos viviendo parece que el único orgullo digno de tal nombre -y de su celebración- es el internacional que se está festejando esta semana en Madrid, legitimamente, somos muchos millones los que nos sentimos también orgullosos del Rey que nos llevó de la mano a la democracia, con nuestro aplauso.

Larga vida, pues, al Rey Juan Carlos I.

EQM

pd. Repasada la prensa de hoy, espero una pronta dimisión de Jaime Alfonsín Alfonso, Jefe de la Casa de SM.

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Viñeta de Ricardo [R.Martínez Ortega, Chile, 1956] para El Mundo, 2901617.

.Viñeta de Gallego y Rey en El Mundo, 290617.

 

Faltó el rey Juan Carlos

La Casa Real ha de tener en cuenta que si no pone en valor y defiende la figura y el legado del Rey emérito, nadie lo hará

Editorial de El País, 290617.

No es propio de un país agradecido celebrar un aniversario de su democracia sin que estuviera presente una de las personalidades más decisivas en aquel proceso de recuperación de las libertades. El acto de conmemoración del 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas en España quedó ayer desdibujado por la ausencia del rey Juan Carlos. Fuese como fuese el proceso que desembocó en esa decisión, los responsables últimos son los organizadores del acto, esto es, el Congreso y el Gobierno, que deberían de dar explicaciones de por qué no estaba allí el Monarca que abdicó en su hijo, Felipe VI, hace poco más de tres años.

Quizá es necesario recordar que Juan Carlos I fue el Monarca que propició el proceso democrático en España, defendió el país de los intentos golpistas y que fue decisivo para situarlo en el lugar del mundo que le corresponde. Sus propios errores no deberían empañar su labor de conjunto, sobre todo el día en que se celebra el aniversario del primer acto auténticamente democrático de su reinado.

No se puede confundir un nuevo reinado, como es el de Felipe VI, con una nueva Monarquía. La Casa Real ha de tener en cuenta que si no pone en valor y defiende la figura y el legado del Rey emérito, nadie lo hará, y lo acabará pagando el prestigio de toda la institución, cuya legitimidad está sostenida en gran medida sobre el importante papel que el rey Juan Carlos ha desempeñado en los últimos 40 años.

Aducir problemas de protocolo para decidir que don Juan Carlos no asista al Parlamento a celebrar la democracia con los políticos con los que recorrió ese camino es una pobre explicación. La rigidez del protocolo está para romperla y buscar soluciones que habrían permitido que el Monarca hubiera podido escuchar en persona los halagos de su papel en la Transición.

Juan Carlos I durante una corrida de toros en San Isidro. Fotografía de Antonio Heredia.

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Juan Carlos: “Sí, desde luego”

Raúl del Pozo en El Mundo, 290617.

Le he enviado al Rey Emérito la siguiente pregunta: “¿No cree Su Majestad que no invitarle a la conmemoración de la Democracia es como no invitar a Napoleón a la conmemoración de la batalla de Austerlitz?”. Respuesta lacónica: “Sí, desde luego”. El protocolo lo ha borrado de la Historia y él está enfurecido, aunque no lo haya expresado por discreción y sentido del deber.

Su ausencia ha sido una real presencia en el recuerdo de los que construyeron una Monarquía constitucional y la Democracia. “Ha sido un acto de cobardía y de miedo”, comenta un amigo de Juan Carlos. En el régimen parlamentario, la Monarquía no está teñida de divinidad, pero conserva y condensa el pasado y el futuro. Aquí, ayer se negó por falta de grandeza el reinado de un demócrata, con un cuerpo mortal lleno de pasiones, pero querido por la mayoría del pueblo.

Fue el vértice del consenso entre las dos Españas para restaurar las libertades y las elecciones libres. Ni tuvo corte ni camarilla ni se rodeó de caqui o de sotanas ni hizo trampas en el tiro de pichón como su abuelito ni pisoteó la Constitución como algunos de sus antepasados y antepasadas, que gachoneaban con los ojos, ni fue uno de aquellos monarcas antidemócratas que hicieron decir a los escritores de la Corte de los Milagros: “Si quieres rey, no pidas libertad”. Éste fue el Monarca de la libertad y abdicó por hablarle a una rubia y matar un elefante.

Últimamente, el Parlamento es un parque de atracciones. Los líderes atormentados con sus obsesiones narcisistas y su ego de rinoceronte montan cada día algún número. Confunden la política con las obsesiones ideológicas. Podemos, con el apoyo del PSOE, que gobernó con el régimen del 78, quiere derribar la memoria de la Transición; ayer organizó el homenaje a la Memoria Histórica en el Congreso. Creen que la Transición fue una correlación de debilidades, han puesto en marcha la Segunda Transición y quizás la República. Están en su derecho. Pero no han sido estos partidos de la izquierda republicana los que han querido borrar la imagen de Juan Carlos del recuerdo histórico.

La presidenta del Congreso intentó invitar al Rey Emérito y la Zarzuela lo impidió. Para no quitar protagonismo a Felipe VI y porque sería raro que hubiera dos reyes en un acto del Congreso, como ocurre en el Vaticano con los dos papas cuando se pisan los vuelos de la sotana blanca. Muchos se preguntaban ayer cómo ha consentido el Congreso de los Diputados que no se invitara al Rey Juan Carlos I a una celebración de la libertad, que tanto le debe. Fue el Mandela de la Democracia, el icono global de la Transición.

Fernando de Páramo, de Ciudadanos, me dice que a ellos nadie les ha consultado. Margarita Robles responde: “Pues sí, supongo que se habrá consensuado con la Casa Real”. “Quizás es que no sabían dónde ponerlo”, comenta irónicamente un alto funcionario del Estado. Antonio García Ferreras insinúa: “Tendría que haber venido aquí, a Al rojo vivo“.

Imagen de los parlamentarios de la 1ª legislatura con el actual Rey, ayer, a las puertas del Congreso de los Diputados, con motivo de la solemne sesión.

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Juan Carlos I, irritado por su exclusión de las celebraciones del 40º aniversario de la democracia

El rey emérito, sorprendido por no haber sido invitado a una ceremonia que reconocía su propio papel en la Transición

Rubén Amón en El País, 280617.

La ausencia del rey Juan Carlos en la ceremonia parlamentaria del 28-J ha sorprendido al propio rey Juan Carlos. Fuentes del entorno del Rey emérito han asegurado a El PAÍS que este tenía pensado asistir a la conmemoración del 40 aniversario de la constitución de las Cortes y se había reservado incluso la fecha en su agenda de actividades.

Le disuadieron de hacerlo los motivos protocolarios expuestos por la Casa Real, que presentaban como una anomalía la coincidencia de un rey en ejercicio y de otro emérito en un acto de semejante valor institucional. Según la explicación de la Casa del Rey a EL PAÍS, cuando el Monarca se dirige al Pleno no cabe la presencia del rey anterior, y recuerdan que fue Juan Carlos I quien impuso este criterio desde la proclamación de su hijo.

La resignación de Juan Carlos I explica que haya visto la ceremonia a medias por televisión. Y que haya mostrado su contrariedad e incredulidad a los más allegados, sobre todo porque no terminaba de explicarse por qué ha terminado excluido de un acto en el que se ha alabado su papel fundamental y al que han asistido los demás supervivientes y artífices de las elecciones de 1977.

El rey Juan Carlos se había concedido unos días en Sanxenxo (Pontevedra) para dedicarse a la vela, pero también había despejado la última semana de junio, contando con que sería invitado a la conmemoración. No con el ánimo de presidirla ni de hacer competencia a su hijo, pero sí con la expectativa de reencontrarse con los protagonistas políticos de aquellos comicios.

Estuvo incluso el rey Juan Carlos en conversaciones con la presidenta del Congreso, Ana Pastor. Ella misma le había mencionado la existencia de gestiones con la Casa Real para acomodar el protocolo y favorecer que el rey emérito pudiera adherirse al acontecimiento parlamentario.

Es verdad que no estuvo hace tres años en la Cámara baja con ocasión de la proclamación de su hijo, pero las razones institucionales que se mencionaron entonces palidecen frente al embarazo que implica no haberlo incluido en un acto litúrgico y político que hace memoria de la Transición y que sitúa al propio Juan Carlos en el papel de protagonista determinante.

De hecho, el concurso del PCE en aquellos comicios de junio de 1977 se produjo precisamente por la mediación del rey Juan Carlos y Adolfo Suárez, además de las concesiones que hizo Santiago Carrillo a la bandera, el himno y la fórmula resultante de la monarquía parlamentaria.

Se ocupa ahora de encabezarla Felipe VI, pero su discurso, igual que el de Ana Pastor, tuvo presente el papel catalizador del Juan Carlos I. Un motivo que hace difícil explicar el escrúpulo protocolario con que se ha hecho incompatible la “convivencia” del Rey actual con el pretérito.

La explicación semioficial de este aparente desplante tiene que ver con la elección de los espacios donde se ha celebrado la ceremonia. No solo el escenario del besamanos. También, por lo visto, el propio Hemiciclo. “Si el acto hubiera sido, por ejemplo, en un lugar más informal, como el salón de los Pasos Perdidos, no se habría producido problema alguno”, deslizaban esta mañana fuentes de la Casa Real. Sin embargo, estas explicaciones no parecen tener en cuenta que las instalaciones del Congreso ofrecían una posible solución: la utilización de la Tribuna de Honor, que en ocasiones han utilizado los presidentes autonómicos o invitados ilustres. Desde ella asistieron la reina Sofía y las infantas a la proclamación de Felipe VI.

No han convencido las explicaciones al rey Juan Carlos. Más que irritado, a decir de sus allegados, se ha mostrado estupefacto. “Hasta han invitado a las nietas de La Pasionaria”, confiaba esta mañana como prueba de su sorpresa.

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Notas.-

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