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Orgullo, exhibición, incentivo y carreras de tacones

Preámbulo clarificador: Angela Merkel votó el viernes en contra de que la unión de derecho entre parejas homosexuales se denominara ‘matrimonio‘ porque interpreta. al igual que la mayoría de su partido, que la Constitución alemana se refiere al matrimonio como unión jurídica entre un hombre y una mujer. Es decir, no se opone a la unión jurídico civil sino a la denominación como ‘matrimonio’. Debate que, por cierto, también se produjo en España.

Pues bien, ayer no había medio que no dijera que había votado ‘en contra del matrimonio homosexual‘. Tampoco nos han contado qué opinan al respecto los turco-alemanes o los millones de amados sirios, allí ‘refugiados’.

Pero que no quepa duda, porque ya no la hay en esta Europa nuestra: para orgullo, el gay, es decir y a efectos prácticos, el LGBT/LGBTI/LGBTQ/LGBTIP/LGBTA, o sea, el correspondiente a homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, queer, pansexuales y asexuales. Y lo que venga si la sociedad continúa liberalizando, como sería lógico, otras parafilias que todavía se encuentran en la penumbra prohibicionista y sobre las cuales, por cierto, no veo que se reivindique la libertad para su práctica.

Estamos disfrutando, pues, de un orgullo, que se pregona como tal a los cuatro vientos como merecedor de la exclusiva popular/popularidad, tanto en materia de exhibición como en el de la libertad de su incentivo.

El argumento habitualmente utilizado para este trato diferencial es doble [ver infla las declaraciones de la Ministra Sueca de Cultura y Democracia]:

1) Que la heterosexualidad disfruta de tal trato los otros 364 día del año.

2) Que la homosexualidad sigue perseguida en la mayor parte del mundo.

Dejo a criterio de cada quien la conformidad o disconformidad respecto a que tales argumentos justifiquen la exhibición, su incentivo y, en particular, el sentimiento de orgullo, que la Real Academia Española [RAE] define como “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas“.

Yo, como la misma RAE, sigo manteniendo que la homosexualidad es una ‘inclinación erótica hacia individuos del mismo sexo‘. Y el resto de filias -incluída la heterosexual, obviamente- otra suerte de legítimas inclinaciones, no solo sexuales o afectivas.

Porque me imagino que no será ilegítimo decir que estando estoy en absoluto desacuerdo con la expuesto por Manuel Jabois en su artículo de ayer en El País [ver infra]. La ciudad de Madrid tiene muchos motivos para sentirse orgullosa y libre, Jabois.

Ni el amor es una “tradición“, ni la tolerancia debe abarcar todo aquello que “venga de donde venga y vaya donde vaya“, ni rechazar el “folclore exótico en vía pública” -sobre todo si se convierte en un acto de exhibicionismo y proselitismo- es convertir un desfile en aquello que desean los homófobos. La demagogia mediática en torno la deseable libertad, también en materia de inclinaciones sexuales o afectivas, debe ser denunciada.

Por ello, estoy radicalmente en contra, por ejemplo, de las carreras de tacones. O de mear en la vía pública. O de exhibirse en calzoncillos. Con un carnaval tenemos bastante y en él debemos caber libremente todos, cualquiera que sea nuestra inclinación.

Y la libertad e igualdad, toda una alegría para todos.

EQM

Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 020717.

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Madrid, capital de la heterofobia

El mensaje que late bajo todo este supuesto festejo es uno de sumisión. Uno de decir «nosotros somos los fuertes y vosotros los débiles».

Ramón Pérez-Maura en ABC, 020717.

Últimamente oímos hablar con frecuencia de la islamofobia. En realidad una agresión preventiva porque lo que de verdad se está imponiendo es una evidente cristofobia. Un constante asedio de yihadistas a personas culturalmente cristianas. Y como precaución frente a la reacción que su ofensiva pueda generar, quienes asedian a esos cristianos y quienes les amparan bajo una estúpida corrección política advierten en tono amenazante contra cualquier intento de supuesta islamofobia –la cual ni está, ni se le espera aunque las familias de miles de muertos pudieran tener razones para ella.

En este contexto estamos viviendo en estos días la fiesta del orgullo homosexual –denominada de cualquier otra forma para darle un carácter más internacional y comprensivo–. La homofobia es un delito y me parece muy bien que lo sea, como cualquier otro delito de odio. El problema es cuando la denuncia de ese odio es en realidad una actitud defensiva y encubridora de otros actos de odio frente a los que nadie protege, ni nadie denuncia.

Madrid es una ciudad en la que resulta que el Ayuntamiento ha restringido drásticamente su aporte de belenes navideños aduciendo que no todos somos cristianos. Podría ser un argumento. Pero entonces ¿quiere eso decir que la inmensa expansión de la inversión municipal en el “orgullo” es porque todos somos homosexuales? Esto viene acompañado de una serie de violaciones consentidas de las ordenanzas que a nadie más se permitiría durante varios días consecutivos. Empezando por las limitaciones del ruido ambiental.

Como todos sabemos han sido suprimidas. Al vecino que le moleste el ruido que no duerma o que abandone su casa y se vaya a otro sitio. Que a ver si se entera de que él paga sus impuestos para que vengan personas desde las antípodas a disfrutar de lo que se gasta el madrileño en su propia ciudad. O los vecinos del barrio, que pagan su tarjeta de residentes de la ORA para poder aparcar allí. Estos días tienen prohibido aparcar. Es cierto que a cambio les permiten estacionar sus vehículos en cualquier otro punto de Madrid, pero no consta que les paguen el taxi que les lleve de vuelta a su domicilio una vez que hayan estacionado en Salamanca o Moncloa. Da igual, que se fastidien porque hay que ver lo felices que están haciendo a otros. O mejor todavía, que también ellos muestren su orgullo. Y si no lo tienen, que lo busquen.

Porque el mensaje que late bajo todo este supuesto festejo es uno de sumisión. Uno de decir “nosotros somos los fuertes y vosotros los débiles”. Ser heterosexual, casarse un hombre con una mujer y querer tener hijos es ser marginal, atrasado, vivir fuera de “la realidad”. La realidad es la que se nos impone desde los medios de comunicación, desde empresas y hasta desde una corporación de derecho público como la ONCE: lo “normal” es ser homosexual. Y cuidadito con enseñar otra cosa a tus hijos, porque discutirlo es ser homófobo.

No basta con sostener que cada cual es libre de mantener en su vida privada las relaciones que quiera sin ningún tipo de limitación. No basta con afirmar sin matices que nadie es perseguible por sus inclinaciones sexuales –dentro de los límites del Código Penal. Hay que exaltar la homosexualidad como algo muy positivo. Porque habrá que reconocer que en los tiempos de sobrepoblación planetaria la homosexualidad tiene la virtud de no agravar ese problema ni acentuar las amenazas del cambio climático, que es una verdad de valores casi equiparables a lo que representa el festival del orgullo homosexual del que disfrutamos estos días en Madrid.

Actualización, 040717:

Derrota

La cultura de Estado es hoy el Día del Orgullo Gay, la Liga, o la Diada Nacional. Diversiones para gente persuadida de ser inmortal

Félix de Azúa en El País, 030717.

Es bien sabido, pero conviene recordárselo a los jóvenes, que De Gaulle nombró ministro de Cultura a Malraux en 1958. En aquel momento, lo de poner a un ministro al frente de algo llamado “cultura” era una excentricidad. De hecho (y aunque los jóvenes no lo crean) por entonces la cultura no era un asunto de Estado.

La rareza se duplicaba al considerar la persona elegida para el cargo. Malraux era un novelista de éxito, muy celebrado por una vida aventurera que le había llevado de la antigua Indochina, a la Guerra Civil española, la Resistencia y las repúblicas soviéticas. Nadie entendía para qué se necesitaba el nuevo ministerio, ni mucho menos que lo dirigiera un tipo tan singular. Desde el primer momento los altos funcionarios de la Administración francesa se dedicaron a boicotearlo. No podían tragar a un autodidacta que no sabía redactar informes debidamente refitoleros.

También la izquierda cargó contra él porque, decían, una cultura de Estado es una cultura dirigida y por tanto fascistoide. Sólo admitían el fascismo de Moscú. Pero es que Malraux tenía una idea elevada de la cultura, la cual no era ni una diversión para las masas, ni un sermón ideológico. La cultura era, dijo, “el conjunto de misteriosas respuestas que puede darse un hombre cuando contempla en el espejo lo que será su rostro tras la muerte”. Algo difícil de entender por funcionarios y comunistas.

La generación de Malraux, como la mía, aún no había pintado a la muerte de purpurina. Los años transcurridos desde entonces han eliminado cualquier tentación de darle un significado a la nada, de “arrancarle algo a la muerte”. Y la cultura de Estado es hoy el Día del Orgullo Gay, la Liga, o la Diada Nacional. Diversiones para gente persuadida de ser inmortal.

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Alice Bah Kuhnke | Ministra Sueca de Cultura y Democracia: “¿Día del Orgullo heterosexual? Eso es un argumento estúpido”

La responsable sueca llega a Madrid para recoger el testigo del EuroPride que el año que viene se celebra en Gotemburgo y Estocolmo

María R. Sahuquillo en El País, 010717.

Alice Bah Kuhnke fue a su primera marcha del Orgullo LGTB+ cuando tenía algo más de 20 años. Le impresionó. Eran mediados de los noventa, en su época de activista por los derechos humanos, y viajó de Malmo, donde estudiaba, a Estocolmo para la movilización. Después participó en otras muchas más marchas, y cada vez más numerosas, en un país, Suecia, que quiere ser bandera de la igualdad.

“Luchamos por los derechos LGTB+ los 365 días del año, uno de ellos es el del Orgullo, en el que salimos a la calle a celebrar lo que hemos logrado pero también para visibilizar que hay cosas que mejorar. Necesitamos el Orgullo para que todo el mundo pueda verlo y también para que el colectivo, sobre todo los jóvenes, se sientan en mayoría”, recalca la ministra, que está estos días en Madrid para recoger de manos de las autoridades municipales el testigo de capital europea del Orgullo.

Bah Kuhnke, 45 años, madre de tres hijos y una de las ministras del Partido Verde en el Gobierno del socialdemócrata Stefan Löfven, se lamenta de que todavía haya gente que cuestione la importancia de este tipo de símbolos. “¿Día del orgullo heterosexual? Lo son 364 días al año, así que decir que debe haber un día para celebrarlo es un argumento estúpido”, dice sobre el runrún constante que los movimientos anti derechos promueven en las redes sociales.

“Deberían conocer la realidad, si la gente supiera cuantas personas jóvenes se han suicidado porque no se les permite ser como son o amar a quien aman… Eso no es un problema si eres heterosexual. Este tipo de comentarios lo que hacen en realidad es subrayar el por qué se necesita celebrar el Orgullo y por qué hay que seguir luchando”, recalca en la residencia de la Embajada de Suecia en Madrid.

Su país aprobó el matrimonio igualitario en 2009, cuatro años después que España. Y desde entonces, reconoce Bah Kuhnke, tienen “aún muchísimas cosas que mejorar”. “Estoy contenta, pero no satisfecha”, dice. Se muestra seriamente preocupada por el aumento de los delitos de odio contra la comunidad LGTB+, unos 600 al año, según las últimas estadísticas oficiales (de 2015) que, reconoce, no terminan de mostrar la realidad.

No sólo porque estas agresiones no se etiquetan bien; también porque no siempre se denuncian. “Acabar con estos delitos y con el discurso del odio es ahora nuestra gran batalla y desafío”, apunta. Para ello, Suecia ha emprendido una reforma legal para incluir específicamente, por ejemplo, los delitos contra las personas transexuales. Además, han puesto en marcha un programa de formación para la policía.

“En Suecia y en otros muchos países vivimos en sociedades cada vez más polarizadas, tenemos grupos que son cada vez más liberales, conscientes y abiertos, pero también tenemos otra parte de la sociedad que es intolerante. Pueden ser grupos religiosos, neonazis, etc. Hay que perseguirlos, luchar contra ellos con la ley en la mano”, dice. “Y para ello es clave involucrar a toda la sociedad. También luchar contra la radicalización para evitar que los jóvenes caigan en las redes de estos grupos”, añade.

El año que viene, Suecia —entre Gotemburgo y Estocolmo— acogerá por tercera vez las celebraciones del EuroPride, dice Bah Kuhnke con una sonrisa. “Es una semana fantástica de eventos pero también es la oportunidad de recordar que este tema debe estar en lo más alto de la agenda política. Para Suecia es muy importante. Es parte de nuestros valores y de nuestra posición sobre los derechos humanos”, dice.

Precisamente por la importancia que el Gobierno sueco da al simbolismo del Orgullo es que Bah Kuhnke está en Madrid, donde se reunirá con representantes de la sociedad civil y también con miembros del Ejecutivo. “Es importante que países como España o Suecia admitamos que aún nos queda mucho camino por recorrer. Eso contribuye a que los países que todavía no tienen leyes potentes para garantizar que las personas LGTB+ no son discriminadas y gozan de igualdad de derechos, admitan que deben hacer un esfuerzo; que pueden cambiar”, dice.

Cambiar como lo hizo su país. “Suecia tiene una historia negra, como muchos otros Estados”, admite. Y uno de esos lamentables capítulos fue la esterilización forzosa de las personas que cambiaban de sexo. Hace unos meses, su Gobierno aprobó una ley para resarcirles. “Avanzar es importantísimo, pero también analizar el pasado, de dónde venimos y que hicimos. Necesitamos recordarlo mostrar que lo hicimos mal. Muchas de las personas que fueron obligadas a esterilizarse están vivas todavía, fueron víctimas del Estado y el Estado debe compensarlas.

Cualquier Gobierno, si es responsable, debe levantar la alfombra para mirar qué hay debajo. Hay que reconocer y tratar de reparar lo que se hizo mal. Esa es la manera de mejorar, de avanzar”.

Manifestación del Orgullo Gay en Madrid. J. P. Gandul [EFE]

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Madrid orgulloso, Madrid libre

La ciudad cierra sus calles para celebrar como nunca la diversidad sexual en una fiesta histórica: un millón de personas se reúne en la capital del WorldPride

Manuel Jabois en El País, 020717.

Por Enrique Gimbernat, que respondió con argumentos en 1978 al director de un hospital que había pedido públicamente que el programa La Clave no abordase el “tema de los homosexuales” al tratarse estas “aberraciones” de “una gran equivocación, cuando no un verdadero delito”.

Por Daniel Zamudio, hijo de una vendedora y un obrero al que su madre dijo “cuídese” y acabó torturado salvajemente y muerto después de que cuatro asesinos le hiciesen una esvástica en el pecho con un cristal. Por Ramón, el vecino de mi calle, en Pontevedra, que de madrugada se sentaba escondido en un banco del parque de las Palmeras por si alguien quería ponerse a su lado, y así fue envejeciendo bajo los árboles. Por Amalia y por Cinthya, que tuvieron que ser amigas durante 20 años por miedo, y nunca se atrevieron a vivir juntas porque era un pueblo demasiado pequeño y su amor un escándalo demasiado grande. Por millones de rostros anónimos, aquí y allá, que siguen creciendo bajo unos marcos sociales construidos bajo un sustantivo discriminatorio (“la normalidad”) que los sitúa automáticamente al otro lado, expuestos al señalamiento, la persecución o la violencia. También, en sus círculos sociales, a la condescendencia del bienintencionado que, sin quererlo, no hace más que colocar su sexualidad bajo un foco.

Madrid fue la capital de la diversidad sexual, de la libertad y de la tolerancia; de una sociedad sacudida por su pasado y desacomplejada ante el futuro. Madrid, a esas horas de la tarde, fue el centro de un mundo que cambia poco a poco pero al que aún le quedan demasiados países siniestros a los que dar luz y justicia. Un griterío inmenso, una felicidad desbordada en todos los idiomas. Más de 50 carrozas en medio de una muchedumbre colapsaron la ciudad en una fiesta que se ha incrustado de tal forma en su ADN que este año, el primero de la historia en el que se celebra el EuroPride y World Pride al mismo tiempo, ha pedido a París el título honorífico de ciudad del amor.

Lo es como no lo fue en las grandes películas de Hollywood; lo es como lo es ahora y será en las películas de futuro. Si tiene una ventaja el Orgullo es que se celebra como se quiere. Rita y Leticia llegaron a Madrid a esto: “Estamos aquí porque nadie nos conoce”. María y Luisa, que suben por la calle Reina, por otra distinta: “Somos de Madrid, vivimos aquí. Tenemos muchas razones por las que no nos debería gustar esto, razones políticas sobre todo por su deriva y demás. Es un gran acto de consumo, se han arrimado por interés tantos… Pero luego miras alrededor y piensas: si todavía sigue tanta gente insultando, tanta gente intolerante, entiendes que, con sus defectos, esto es necesario. Mientras moleste, hay que hacerlo”.

A pesar de los intereses en reducir el Orgullo a imágenes sin contextualizar, a presentarlo como una suerte de folclore exótico en vía pública para convertirlo en lo que los homófobos creen que es, lo cierto es que el desfile representaba en todas sus versiones la reivindicación de todas y todos. Si España se hubiese congelado en 1983 y se derritiese ayer en el Paseo del Prado, todos creerían estar viviendo algo irreal; si la España que se hubiese congelado fuese la de los años 50, esto sería directamente algo imposible.

Pero ahí estuvimos y ahí estamos, aún entre muchos muros. Y no es poco. Lo que decía ayer Estefanía, una mujer de 36 años que esperaba el desfile como la cabalgata de los reyes, era que estaba en Madrid para “pasárselo bien”. Carlota, su novia de 25, que llegó el jueves desde Castellón, venía por la fiesta. Por Alcalá en dirección a Gran Vía un grupo —con gorros de paja de arcoíris, chicos de la mano, una pareja de lesbianas rezagada— caminaba con bolsas para un botellón en el centro en algún lugar “donde no nos pillen”.

Pasárselo bien en la calle para una pareja de lesbianas, para una pareja situada socialmente fuera de la “normalidad”, no era posible hasta hace muy poco. El gigantesco músculo que enseñó ayer Madrid al mundo, acogiendo a miles de visitantes y poblando sus edificios con la bandera arcoíris, lanzaba el mensaje de que era una ciudad libre, de acogida para todos, donde se puede amar como se quiera porque lo que destruye el mundo es la violencia; en Madrid el diferente, el perseguido y el señalado tiene que ser el que ataca uno de los principales motivos de orgullo de este país: haber legalizado el matrimonio homosexual antes que nadie, cerrar su capital para que gente de todo el mundo festeje y celebre su amor como quiera.

Se ocuparon masivamente, entre cánticos y carteles, las calles que una década antes estaban llenas de gente temerosa de que se acabase la “familia tradicional”, y en el Orgullo se demostró que lo tradicional es el amor y la tolerancia, venga de donde venga y vaya hacia donde vaya. Por los que no pudieron verlo, por los que lo vieron y lo pelearon, y por los que aún viven sin poder decirlo.

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Notas.-

Los enlaces en textos propios son aportados por EQM. En los ajenos sólo cuando así se indique. También son de EQM, por discutibles razones de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace correspondiente.

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