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Del analfabetismo inconsciente

El pasado miércoles, el rey Felipe VI, en el Congreso, con motivo del 40 aniversario de las elecciones generales del 15 de junio de 1977, citó a Antonio Machado en referencia a “las dos Españas“:

“En primer lugar, en la del gran proyecto de reconciliación nacional, el gran propósito nacional de unir a las dos Españas que helaban el corazón de Antonio Machado. Ciudadanos de distinta procedencia, ideas, origen y condición social se reencontraron, se tendieron la mano, y se fundieron en un gran abrazo, sin rencor y sin odio, para mirar al futuro y no al pasado”

Al inconsciente analfabeto Pablo Iglesias, siempre repentino en subrayar los errores que él cree que han cometido los demás, le faltó el tiempo para salir a la palestra, en su faceboock, a fin de dar satisfacción a sus franquicias con la sobrada ironía que le caracteriza:

“En su discurso de esta mañana, el jefe del Estado no ha citado bien a Machado. No es un detalle menor ni pretendo corregir a nadie, pero fijaos en lo que atribuye a Machado y lo que escribió realmente Machado.

Felipe VI ha leído lo siguiente: “unir a las dos Españas que helaban el corazón de Antonio Machado”.

Pero Machado escribió:

“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón”

Desde niño tengo grabados esos versos a fuego en mi memoria por la voz de Paco Ibáñez.

A pesar de la impunidad de muchos criminales y de la deuda de nuestra democracia con los héroes y heroínas que lucharon contra la dictadura y lo pagaron con su vida, con la cárcel y con torturas, la reconciliación fue un logro del pueblo español, propuesta en primer lugar por el mayor partido de la resistencia democrática al franquismo, el PCE.

Pero una cosa es eso y otra bien distinta secuestrar a Machado. La historia de la democracia española no merece la equidistancia que el jefe del Estado ha mantenido hoy entre los que lucharon por una sociedad más justa y democrática y los que helaron el corazón de nuestra patria.”

Ya más tarde, en su twitter, resumía su perorata:

“Quizá Felipe VI debiera leer mejor a Machado. El poema decía “una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Una, no las dos, Don Felipe“.

El analfabeto -dice que profesor universitario, aunque no haya siquiera aprobado la consiguiente oposición que le hubiera permitido obtener la reserva de plaza- ha tenido que soportar las consiguientes burlas derivadas del error de que ni siquiera se había enterado de que tal poema pertenece a la obra Proverbios y cantares (Campos de Castilla / LIII) publicado en 1912. Es decir, 27 años antes del franquismo, 24 años antes de la Guerra Civil y 19 antes de la Segunda República.

Pero hay que resaltar que en su burricie le acompaño su fiel Pablo Echenique, esa perla, argentina de origen, que dice, en su twitter, que es ‘científico del CSIC‘ y que está en Podemos ‘buscando e intentando reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Para hacerlo durar, y darle espacio.” [sic]. Menos de media hora después del twitter de su jefe, repetía él, en el suyo:

Como verán, hay que seguir insistiendo una y otra vez en la educación. Es lo que tiene eso de que ahora se pueda aprobar suspendiendo.

Lo de Machado se aprendía incluso antes de ingresar en el bachillerato elemental.

EQM

Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 020717.

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Usted no es nadie

Arcadi Espada en El Mundo, 020717.

Mi liberada:

Nada más lógico que aprovechando los festejos del aniversario de las primeras elecciones hayáis vuelto una vez más a vuestra vieja canción impugnadora. La chusma española, de la que formas parte aunque la militancia te exija una cierta discreción sobre tu cuenta corriente, no puede reaccionar de otro modo ante el mayor éxito de la Historia moderna. Entre Carlos III y tú no hay nada comparable y de ahí que proyectéis sobre la Transición vuestro cargado aliento. El fracaso español existe y sois vosotros, y la Transición se hizo, imperialmente, contra vosotros. El tipo exacto de gente que sois, las presuntas razones que invocáis y hasta qué punto suponéis algo especial en los instrumentos desafinados del concierto de las naciones me traen sin cuidado.

Es verdad que en todas partes hay gente que confunde sus apocalipsis personales con los colectivos. Es verdad, también, que hay un permanente comercio político en torno a esa gente, que se agrava en tiempos de crisis. Y es verdad, por último, que proliferan los enganchados a una estética del fracaso que se transmite de generación en generación como el color de los ojos. La chusma se vitamina, además, con la actividad de los españoles que quieren dejar de serlo, porque esa es la forma que adopta su fracaso: como debió decir Cánovas, nacionalista es el que no puede ser otra cosa.

La Transición supuso algo insólito en el mundo: el paso de una dictadura a una democracia sin que mediara revolución alguna. Ese es el sentido de la expresión «de la ley a la ley» que acuñó el verticalísimo Torcuato Fernández Miranda. La Monarquía cayó por una revolución. La República cayó por otra revolución. La Dictadura cayó por un acuerdo. La circunstancia podría llevar al orgullo civil, porque demuestra el grado de madurez de las élites políticas españolas de entonces. Todavía despierta la admiración de Europa. El presidente Borut Pahor se quejaba ayer sombríamente en El País de las dificultades de la reconciliación nacional en Eslovenia, 26 años después de la independencia:

«Hay que caminar juntos. Y déjeme decirle que en eso admiro mucho a España y la figura de Adolfo Suárez. Ustedes lo consiguieron, es un éxito fantástico. Ojalá nosotros también podamos».

La Transición fue un acuerdo entre demócratas. Su interpretación corrompida empieza por considerarla un pacto entre franquistas y demócratas. Falso. Ningún franquista participó en la Transición. Ningún comunista tampoco. Ni Fraga era franquista ni Carrillo comunista. Adolfo Suárez era el mismo demócrata que Felipe González. Jordi Pujol el mismo que Martín Villa. No fueron las elecciones del 77 ni la Constitución del 78 lo que los hizo demócratas. Todos ellos habían decidido ya que sus ideas sobre la organización de la convivencia solo podían pasar por el acuerdo democrático.

Los que no aceptaron el axioma quedaron excluidos. El primero, Franco, al que solo la muerte, la gran niveladora, pudo hacer un demócrata. Y, por supuesto, el pistolerismo fascista y nacionalista. La palabra fetiche de la época fue chaquetero. Fue irremediable que se aplicara a los antiguos fascistas mucho más que a los comunistas. Pero da lo mismo: todos los que hicieron la Transición cambiaron su chaqueta. E hicieron bien. Hay que cambiarse la chaqueta de vez en cuando.

Entre los innumerables pactos de los demócratas destaca el de la excepcionalidad. No el del olvido, como sigue diciendo la interpretación corrompida. El que busque cadáveres en las cunetas que acuda a la colección de la revista Interviú, el testimonio más completo de la Transición. No había semana sin una historia de cunetas y venganzas. Y aludo a la literatura popular, porque la literatura culta ni siquiera hubo de esperar a que la transición se completase en 1978 para publicar la gran mayoría de lo sustancial sobre la Guerra Civil y el Franquismo.

Párate aquí un momento. Sí, la Transición acabó en 1978, con el fin del periodo constituyente. Los intentos de ir alargando su final -el 23-F, el triunfo socialista, la vuelta al poder de la derecha con Aznar, el revisionismo de Zapatero– sólo han sido perversas manipulaciones posteriores de la política que han colaborado irresponsablemente en la idea de España como transición eterna. Algo que celebra y alienta antes que nadie la ontológica deslealtad nacionalista.

Los demócratas no pactaron el olvido, sino el cierre de un estado de excepción que había durado 42 años. El pacto no decía que los hechos no hubieran tenido lugar, sino que los delitos no habían tenido lugar. Los delitos de los ministros que firmaron penas de muerte y los delitos de los terroristas que ejecutaron penas de muerte. Los demócratas prefirieron legislar sobre los vivos que sobre los muertos. Carretera o cuneta. La admirable decisión tomada introdujo rápidamente en España la ley democrática, permitió el ingreso en la Comunidad Europea y facilitó, en pocos años, un desarrollo económico sin precedentes modernos.

Ahora una fracción de españoles pide la revisión del pacto de los demócratas. Aunque no deberían mentir: no pueden reclamar la verdad, porque la verdad es pública desde hace mucho tiempo. Reclaman la venganza. Selectiva, por supuesto: la reclaman para Martín Villa y no para los asesinos de Melitón Manzanas o José María Bultó. No hace falta insistir en la idiocia técnica que supone querer ganar la Transición que perdieron, como antes quisieron ganar la Guerra Civil perdida. Ni tampoco subrayar la perversión moral, «a moro muerto gran lanzada», de los que exigen una acción valiente cuando el riesgo de tomarla ya no existe. La mayor parte de ellos son gentes formadas intelectualmente en las series, y El ministerio del tiempo es una de ellas, y notable y española. Tampoco es descartable que la alucinada macedonia de su cerebro haya concluido que la transición fue una estafa porque Imanol Arias, el protagonista de Cuéntame, defraudó a Hacienda.

El primus inter pares de los demócratas que acordaron la Transición fue Juan Carlos I. Resulta impresionante que su hijo lo apartara esta semana de la celebración del gran pacto español. A Juan Carlos lo llamó El Breve el profético Santiago Carrillo. Algo habrá ganado si al final lo convierten en El Transitorio. El gesto de Felipe VI, desdichadamente personal y que el siempre menudo Gobierno del Estado no ha tenido la grandeza de corregir, es de una sorprendente mezquindad institucional. Pero lo peor es que refuerza la idea nacionalpopulista de que algo sigue abierto e inacabado en España. La revolución pendiente.

Es lógico, y merecido, que de inmediato el nacionalpopulismo haya aprovechado la grieta para declarar que, en efecto, sigue abierta la transición a la República. Juan Carlos I se echó a perder como hombre cuando empezó a intercambiar sms con periodistas. Pero el otro día en el Congreso no se celebraba su abdicación sino su reinado y su impuesta ausencia dio a la ceremonia un inquietante aire de usurpación. Fíjate, sé que me dices, si fue una farsa la Transición que de la vergüenza escondieron la otra mañana a su principal muñidor. Y yo no concedo. Pero acuso.

Sigue ciega tu camino.

A.

Aportación de Leonard Giovannini al texto de Arcadi, en el blog de éste, 020717:

[Aquí la imagen del collage, en grande]

Dama dama de alta cuneta, por Leonard Giovannini

Hoy plagiamos Letter from Overseas de Thomas Hart Benton. En el original de Benton una mujer lee una carta momentos después de que esta haya sido depositada en el buzón de su casa. Al fondo vemos que el cartero prosigue con el reparto.

En nuestra versión, K ha interrumpido su labor de búsqueda -que en realidad es de zapa- y lee, fruncida como siempre. Se encuentra en su lugar natural, la zanja de la discordia; esa cuneta que habiendo sido la tumba de unos y otros ha devenido cuna de K y de muchos como ella… ¡De la cuna a la cuneta y de la tumba a la cuna y vuelta a empezar! Mientras tanto, el vehículo de quienes eligieron carretera no deja de avanzar. Y de alejarse.

Pero una figura se distingue junto al coche, y parece ser el rey emérito… ¿Se habrá apeado para contemplar el sórdido espectáculo del zanjismo al que se entrega nuestra dama dama de alta cuneta? ¿O acaba de ser abandonado por sus compañeros de viaje?

Y de este modo, queridos niños, la litografía de Benton queda relacionada con el artículo de Arcadi; lo malo es que la ilustración resultante también podría interpretarse como una pesadilla de Nadiuska.

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Notas.-

Los enlaces en textos propios son aportados por EQM. En los ajenos sólo cuando así se indique. También son de EQM, por discutibles razones de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace correspondiente.

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