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La abdicación de Felipe VI

El populismo español es antimonárquico porque es radicalmente antirrepublicano. El debate sobre la corona es, en realidad, un debate sobre nuestra ciudadanía

Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo, 030717.

La extravagante decisión de excluir al rey Juan Carlos de la conmemoración de las primeras elecciones democráticas ha excitado al populista. Ceño siempre fruncido, tonito solemne, Pablo Iglesias lleva cuatro días aprovechando el tirón para reclamar la restauración de los «valores republicanos» frente al régimen vigente. La contraposición es curiosa y merece una parada técnica en plena operación salida. Incluso un casto paréntesis en la bacanal del Orgullo Gay. Veamos.

Es verdad que la institución monárquica casa mal con la razón: lo reconocen hasta las marquesas mientras toman el té. Y también es cierto que los últimos años del rey Juan Carlos, y sobre todo los de su yerno, no fueron precisamente ejemplares. Ahí seguimos, pendientes de los vaivenes heráldicos de Corinna y judiciales de Urdangarin. Sin embargo, esta monarquía española se distingue de su genealogía y hasta de su propio concepto de un modo esencial: no sólo contribuyó, en primera persona, a la llegada de la democracia, sino que aceptó que la propia democracia la legitimara en las urnas. «Habla, pueblo, habla». Y así lo hizo. Abrumadoramente.

Juan Carlos I refunda la monarquía española. Y lo hace, queridos populistas, sobre valores republicanos. Sábete, Pablo, que un hombre no es más que otro si no hace más que otro. Y a partir de esa irreductible igualdad, todo lo demás. La libertad del ciudadano frente a cualquier imposición ideológica, identitaria o moral. La fraternidad como contrapunto luminoso de la guerra civil y como apoteosis -coronación- de la historia olvidada de las reconciliaciones españolas. Y, por supuesto, la ley, síntesis y garantía de la república.

Todos los españoles, de las Alpujarras a Blanes, tienen hoy el derecho a decidir lo que afecta a su vida en común, literalmente hasta sus fronteras. Eso fue la reforma política de Juan Carlos I, Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda. Este es el legado mayúsculo de la Transición y el valor diferencial de la Constitución de 1978. Esta es la razón, primera y última, para la defensa de la monarquía.

«¡¿La monarquía como garantía de igualdad?!». Los sobrinos de Maduro y tataranietos de Robespierre son gente torcida. Y primitiva y sorda. Así que habrá que repetirlo. La Constitución admite dos anacronismos: los derechos históricos de las comunidades autónomas y la monarquía. La diferencia es que uno se ha convertido en causa y síntoma de la epidemia segregacionista, y el otro en metáfora y garante del acuerdo civil.

La corona no ha buscado nunca desbordar la función simbólica que le otorga la Constitución ni ha traicionado la letra o el espíritu de la Transición. El nacionalismo no ha hecho otra cosa. De forma empecinada, corrupta, ha convertido los derechos históricos que la Constitución reconoce a sus comunidades autónomas en pretexto y arma para la discriminación. Y lo ha hecho -lo hace- con el aliento fétido del populismo de izquierdas.

Iglesias, Junqueras, Garzón, Rufián, Colau… se proclaman republicanos. Son lo contrario. Anteponen la alucinación nacionalista a la moderna libertad individual. Prefieren el enfrentamiento a la fraternidad, entre contemporáneos y entre generaciones. Justifican los privilegios fiscales y exigen su ampliación. Promueven la división de los españoles en clases: una nobleza catalana, un vulgo manchego; una casta vasca, una plebe extremeña… Dinamarca y el Magreb. Aceptan, incluso exigen, que una parte del pueblo decida por el todo. Es decir, que unos españoles valgan más que otros. El populismo español es antimonárquico porque es radicalmente antirrepublicano. El sistema es la república. Ellos, la reacción.

Y de ahí nuestro estupor. La exclusión de don Juan Carlos del homenaje a la Transición es más que un desaire personal. Es una ocasión perdida para rehabilitar al último protagonista vivo de la más conmovedora hazaña política española. Y al capitán general de la noche febril del 23-F. Y, por cierto, al hombre que, harto de la agresiva verborrea populista antiespañola, mandó callar al padrino de Pablo Iglesias. Pero sobre todo es una concesión inútil a los falsos republicanos. A los que confunden el hombre con la institución para socavar, más que la institución, su suelo democrático: la voluntad soberana de los españoles, que en 1978 aprobaron -libres, iguales y fraternos- la monarquía parlamentaria como forma política del Estado.

Hay, además, en el destierro del rey viejo un efluvio pueril, impropio de un rey joven con una tendencia saludable a la gravedad. La monarquía es como la Transición: no puede reivindicarse de forma selectiva, parcial, a pedacitos. Unos querrían borrar de la foto a Santiago Carrillo. Otros a Manuel Fraga. Es un juego autodestructivo. La eficacia de la Transición -y no sólo su grandeza- deriva precisamente de su absorción de la complejidad. El pasado imperfecto de sus protagonistas se asumió e integró por responsabilidad con el presente y el futuro de los españoles. Y así, con todo, deberá asumirse e integrarse el pasado imperfecto del emérito.

Tampoco es posible enmendar la monarquía como quien enmienda una ley. En circunstancias menos sectarias, más benignas, incluso podríamos enmendar la Constitución. Abolir los fueros, resaca de tiempos atávicos. Cerrar el título VIII, obra de ingenuos y grieta de desleales. Y por supuesto eliminar la prelación del varón sobre la mujer en la sucesión a la corona. Pero esta monarquía no permite reforma. Ni retrospectiva ni como salida de una crisis política. Pretender una monarquía sin la memoria de Juan Carlos es como pretender una democracia española sin institución monárquica: hoy por hoy, una distopía revolucionaria. El debate sobre la corona es, en realidad, un debate crucial sobre nuestra ciudadanía.

Las palabras de Felipe VI en las Cortes fueron hondas, firmes y esperanzadoras. Un necesario alegato republicano contra el populismo. «Fuera de la ley, nos enseña la historia, sólo hay arbitrariedad, imposición, inseguridad y, en último extremo, la negación misma de la libertad». Así es. Y por eso mismo había que evitar el vacío. De la ley a la ley. Y del rey al rey.

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Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] en El Mundo, 030716.

Elogio prudente de un Rey

Santiago González en El Mundo, 030717.

La vida moderna es una concatenación de paradojas. El sábado, nuestros Reyes eméritos representaban a la Corona a los funerales por Helmut Kohl en Estrasburgo. Don Juan Carlos representó a España en el hemiciclo del Parlamento europeo, cuando tres días antes no había podido representarse a sí mismo en el del Congreso. Qué paradoja. El funeral de Kohl, con la interpretación de la Oda a la alegría, que es el himno de la UE, era una gozosa exaltación del europeísmo, mientras en Madrid, una manifestación que debería haber sido gozosa parecía un oficio de difuntos.

El pobre Pedro tendrá una paradoja añadida: «¿Por qué está Felipe tan emocionado en el funeral de un representante de la derecha?» Seguramente esto ratificará a la gran Adriana Lastra en su impresión de que Kohl era socialdemócrata.

Hubo dos errores en la fiesta fría del Congreso: el de la Casa Real, que se olvidó del protagonista ¡y de los donuts! y el del propio Rey emérito por llorar su disgusto a los periodistas. Alguien tendría que haberle soltado la filípica de Marlon Brando a su ahijado Jimmy Fontane en El Padrino.

No tengo elementos para suscribir ninguna de las teorías que se han oído y todas se me antojan algo insustanciales: ¿Fue por el ansia viva de los Reyes de heredar ya el legado de la Transición? No me consta, pudo ser torpeza simple que atascó a la Casa del Rey en el fetichismo insuperable del protocolo. Hay otro argumento que mezcla la moralina con la memoria histórica, al defender un castigo retroactivo por el final de su reinado, entiéndase Corina, el elefante y los negocios de su yerno.

¿Es Espinar Jr. culpable de la tarjeta black con la que papá aireaba nuestro dinero? Evidentemente, no. Y si nadie puede asignar culpabilidades por vía consanguínea directa, ¿cómo podría hacerlo por vía colateral, y además ascendente? En la biografía de Don Juan Carlos pesa más la caza del Elefante Blanco que la del elefante de Botsuana. Y sobre lo de Corina no voy a opinar por dos razones: la primera, falta de espacio. La segunda, que yo no soy Doña Sofía.

La Revolución de Octubre inventó el photoshop para borrar a Trotsky de las fotos y de la épica revolucionaria. No parece razonable que el Reino de España incurra en la misma manipulación. He oído, incluso a gentes de buen sentido, un tercer argumento. Mejor así para no facilitar a Podemos un pretexto para la barrila. Nada permite suponer que la bancada podemita iba a traspasar el nivel de la performance que ya ejecutó el miércoles con sus clavelitos.

Por otra parte, «la raza degenera» como decía Pepe Isbert en El verdugo. Yo recuerdo al Rey de España en plenitud, aquel 4 de febrero de 1981, durante su visita al territorio indómito de los vascones, en la Casa de Juntas de Guernica, núcleo intangible de la foralidad. Los junteros de Herri Batasuna empezaron a cantar Eusko Gudariak con el puño en alto. El Rey sacó de su bolsillo el papel en el que tenía escrito su discurso: «La Reina y yo, etc.» mientras movía la otra mano, palma arriba, en petición de un tono más alto. Los berrocis, embrión de la Policía autonómica vasca, entraron y sacaron a los batasunos, uno a uno, a rastras cuando fue preciso. Y el acto siguió tal como estaba programado.

La raza ha degenerado mucho, pero mucho. Nadie se arrugó en los tiempos duros ante aquellos tipos, los cuñaos del terrorismo cuyos allegados habían asesinado durante el año anterior a 98 personas. ¿Se pueden acojonar ahora ante chiquilicuatros como Iglesias, Krupskaia y el zangolotino Errejón? ¿Por un escrache en la Complu? ¿Estamos de broma?

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Notas.-

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