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Racismo . De raza1 e -ismo.

1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive.
2. m. Ideología o doctrina política basada en el racismo.

Real Academia Española [de la Lengua; RAE]

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Alemania y el actual espíritu europeo

Hablar de Alemania, nacida como imperio en 1871, generalizando sobre sus ciudadanos, siempre me ha resultado complicado tanto por la injusta caricaturización que ello supone, sobre todo a partir del establecimiento político y social del nazismo -responsabilidad que, obviamente, no concierne en absoluto a la actual ciudadanía- como porque parece que yo tenga una especial habilidad para detectar ese patológico orgullo y supremacía de/entre quienes parecen haberla mamado desde la infancia o, vayan vds a saber, forma parte de la influencia genética que muchos se han atribuido a a sí mismos en su enfermiza convicción de pueblo elegido.

Y porque en ésta época de exhibido analfabetismo supino ya es absolutamente habitual confundir el antropológico sentido racial, predominantemente defensivo, que todo étnico grupo social tiene en mayor o menor medida, con una radicalización del mismo, es decir, con un racismo que lo convierta en discriminador, segregador, perseguidor de los demás grupos sociales.

De entre los pueblos germanos o germánicos, los denominados alemanes ‘étnicos‘ son legítimamente conocidos como un pueblo muy trabajador, constante, serio, disciplinado y financiera e industrialmente muy eficaces. Incluso con singularidades muy destacadas en Filosofía, también en la del Derecho, tanto público como privado. , de las que tanto nos hemos beneficiado los europeos. Virtudes que, desde luego, han compartido en Alemania con un pueblo judío muy forzadamente endogámico -y tan alemán como el resto de alemanes- y también muy facilitador de grandes hombres a la cultura alemana y, en general, a la de la Humanidad.

Pero de entre los graves defectos del alemán germano pocos ponen en duda su carácter por lo general bañado en la arrogancia, excesivo en la inflexibilidad, cuadriculado y habitualmente inclinado a cierta displicencia y subestimación para con los ciudadanos de otras culturas, otros pueblos.

Tengo asentadas desagradables experiencias sobre esto último. Durante mis años de residencia en Canarias pude constatar cotidianamente cómo -y de qué modo- muchos, demasiados, ciudadanos de tal procedencia trataban a los isleños durante sus estancias turísticas: calificarlo de trato ‘colonial’ o desconsiderado sería extremadamente insuficiente. No me dolerían prendas en hablar de segregacionismo y xenofobia en tierra ajena.

Y, tan lejos del archipiélago como en Dubrovnik, cuando todavía formaba parte de la antigua Yugoeslavia, yo mismo fui expulsado de la zona de un camping, por un numeroso grupo de turistas germanos, en plena noche, a seco grito militar y golpe de linterna en los ojos, porque había tenido la osadía de asentar mi tienda en una superficie que ellos, en su violenta fantasía discriminatoria, consideraban exclusiva para ellos.

Por otra parte, en referencia al desarrollo del actual proyecto europeo, tengo que añadir que, con todo y eso, tampoco -y a pesar de figuras de la categoría de Konrad Adenauer– considero que el camino que han pretendido dar y están dando los alemanes a la Unión Europea [UE], como capitanes fácticos de la nave, me parece en absoluto estimable. Comenzaron con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero [CECA] acordada con el francés Robert Schuman [1950] y casi tres cuartos de siglo después seguimos preocupados exclusivamente por la economía. Todo lo demás no importa, es decir, no les importa.

Siquiera Ángela Merkel, con sus recientes y alocadas maniobras tanto en favor del ingreso de los turcos en la UE como en su apuesta por una suicida entrada masiva de falsos refugiados -auténticos inmigrantes económicos trasladados por las mafias-ha dado muestras de la cordura que precisa el proyecto europeo a esta alturas en las que su lamentable actuación sólo ha podido ser moderada gracias a la huida británica, el freno francés y la rotunda oposición de los antiguos paises satélites de la antigua URSS -fundamentalmente Polonia y Hungría– que, válgame Dios, son los únicos que parecen interesados en salvaguardar la cultura y raíces cristianas.

Y, acabando por la geopolítica,  tampoco conviene olvidar algunas realidades, muy presentes e históricamente recientes, después de dos Guerras Mundiales impulsadas germánicamente:

1) Finalizada la II Guerra Mundial, los países afectados por el ‘expansionismo alemán‘ y sus brutalidades sin cuento, expulsaron a la mayoría de los germanos residentes en su territorio, estimándose la cuantía en unos 14 millones de personas radicadas fundamentalmente en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Croacia, Eslovenia, Serbia, Rumania, Rusia, Lituania, Letonia y Estonia. Contando, por cierto, con el absoluto apoyo de EE. UU, Gran Bretaña y Rusia en la Conferencia de Potsdam [1945]. Precisamente porque consideraron un grave error no haberlo hecho antes, en la I Guerra Mundial, aprovechando el Tratado de Versalles [1919].

2) Con motivo de la II Guerra Mundial, Alemania perdió territorios germanos que no ha recuperado: por ejemplo, los situados al este de la Línea Óder-Neisse, que pasaron a manos de Polonia y la antigua URSS.

3) La actual Alemania reunificada tiene poco más de 27 años [1990].

4) Aunque el tiempo suavice fondo y formas, como no podría ser de otra manera, Alemania sigue siendo un país controlado como consecuencia de la II Guerra Mundial. Con una soberanía aún bajo vigilancia de aspectos significativos, que evidencian que el tiempo transcurrido no ha sido suficiente para restaurar la confianza absoluta [y no me estoy refiriendo a las lamentables escuchas de Obama sobre el teléfono móvil de Merkel].

La actual ‘Constitución‘ alemana de 1949 [Ley Fundamental para la República Federal de Alemania], que fue dictada por los Aliados, que ha sido reformada ya en 60 ocasiones, sin embargo, jamás ha sido sometida a referéndum. Alemania no puede declarar la guerra [art 26] y sólo puede defenderse de agresiones exteriores [art 155 y ss]. Sigue pagando, 62 años después, los gastos de ocupación y cargas resultantes de la guerra [art 120] y siguen vigentes las disposiciones jurídicas dictadas para la “liberación del pueblo alemán del nacionalsocialismo y del militarismo” [art 139].

Todo lo cual reflexiono en voz alta para poner en evidencia que el constatado esfuerzo alemán por la construcción europea no tendrá el menor futuro si no es moderado y reforzado por el trabajo colectivo de los demás Estados Miembros, aportando éstos al proyecto todo lo que Alemania no está en condiciones de hacer ni debería poder hacer sola.

EQM

 

Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España, 1957], para el texto.

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Misterio alemán, reconsiderado

Arcadi Espada en El Mundo, 130817.

Mi liberada:

Hace diez años Rosa Sala Rose publicó un ensayo de una rara elegancia y profundidad al que llamó El misterioso caso alemán (Alba, 2007) y que se ocupaba de los viejos y lacerantes pares, Goethe-Hitler, Weimar-Buchenwald, y de analizar cómo el nazismo se había dado precisamente allí. Al final del ensayo despuntaba el caso igualmente misterioso que se produjo en Alemania tras la destrucción nazi:

“El Arlequín -el sentido del humor- pudo regresar de su largo exilio, el realismo dejó de ser una mirada extraña para volverse un ingrediente indispensable y la política ya no fue un modo eficaz de ensuciarse las manos sino que se convertiría en una de las actividades favoritas de muchos de los nuevos escritores e intelectuales alemanes. El sentido crítico de los nuevos ciudadanos -tanto para con los demás como, en mucha mayor medida, para consigo mismos- se volvió tan acusado que Alemania, esa nación de la que tantas otras habían aprendido a desconfiar, se aplicó concienzudamente a asimilar su memoria histórica y a aprender de los errores del pasado con una consecuencia sin igual que ha suscitado justificadamente la admiración del resto del mundo”.

Hace dos meses que Rosa ha dejado Barcelona y se ha instalado en Berlín. Allí espera prosperar. Ella también opina como yo: Alemania es hoy el mejor país del mundo. Algunas de las razones, especialmente la del realismo, están en ese párrafo. Hablamos de países, claro está. No de pequeñas reservas nórdicas o tropicales, afortunadas y circunstanciales rémoras de los grandes peces que bogan incansables. Alemania es hoy un país unido. No solo en el sentido territorial. Un consenso ciudadano básico ha permitido que los dos grandes partidos gobiernen juntos y ese gobierno ha reforzado a su vez el consenso básico.

Las cuentas generales tienen el aspecto saludable de aquel que no gasta lo que no tiene, o lo que, razonablemente, puede tener. El tránsito a la economía postindustrial y a las nuevas formas de conocimiento se están pactando entre los dos sujetos implicados, que son el hombre de hoy y el del mañana: el tratamiento de la propiedad intelectual o el del diesel son ejemplos pertinentes. En dos años ha acogido un millón trescientos mil refugiados. Ayer mismo se anunció una donación de 50 millones a organizaciones internacionales para tratar de paliar la agónica situación libia. Hay una ética declamatoria y hay una ética del dinero: Alemania cumple con las dos. Y demuestra hasta qué punto es falaz hablar de ética sin pedir la cuenta.

En Alemania hay periódicos y en sus televisiones no se practica la pornografía política. Como en todas partes hoza el populismo; en todos los partidos y en partidos específicos; pero en Occidente no hay un lugar donde el discurso de la razón goce de tanto asentimiento y representatividad política. Y hay nacionalismo y melancolías, despreciables; pero ojalá siempre se encarnaran con la sofisticación intelectual de Rolf Peter Sieferle, cuyo libro póstumo Finis Germania, publicado a principios de 2017, pocos meses después de que se suicidara con 67 años, obtuvo un considerable éxito de público.

Cuando se trata de un vuelo de pájaro como este conviene cotejarlo con otros vuelos. Antes de empezar a escribirte le di cinco segundos a nuestra máxima anti luterana viva, la historiadora Elvira Roca, para que enumerara las razones por las que yo no debería escribir una apología de Alemania. Le sobró tiempo. 1/ Destrozó el primer proyecto europeísta, el de Carlos V y los españoles. 2/ Vinculó religión y nacionalismo creando iglesias nacionales. 3/ Desencadenó la logomaquia del idealismo alemán, padre de tantos monstruos. 4/ Unificada, Alemania ha llevado dos veces a Europa al desastre.

Pero todo eso era pasado y ajuste de cuentas. Cuando le rogué que lo pusiera en presente concretó dos asuntos. El primero: “Los torrenciales beneficios financieros que Alemania ha sacado, y sigue sacando, de esta crisis”. Y el segundo: “Solo hay que darles tiempo y confianza para saber qué van a hacer con la Unión Europea”. La primera objeción es conocida: la austeridad ¡de los otros! ha sido el sinuoso modo de financiar los bancos y el conjunto de la economía alemana. La segunda tal vez arranque de Tácito: “Pierden la cabeza cuando se sienten fuertes”. Pero esa objeción solo es un prejuicio que no puede admitir nadie civilizado. Y en cuanto a la primera… Lo que se dice es que Alemania es el mejor país de nuestro tiempo. No el más bondadoso. Como cualquiera ha defendido sus intereses. Como ningún otro ha ganado: con democracia y sin guerra.

Mi amigo Sergio Campos hace muchos años que escribe y trabaja en Berlín. Se notará que no considera un trabajo escribir. El subject del correo que me envió a petición era una agradable lección de ecuanimidad sobre el prejuicio: “Sobre estos que no paran de liarla parda”. Luego continuaba con calma:

“El país no me interesa, por la mitificación y por sus gentes. Esto sería larguísimo de explicar, pero lo resume Koestler en un libro fundamental, Escoria de la tierra, cuando un dominico le dice que hacer reír a los alemanes es fácil, pero hacerles sonreír, directamente imposible. Vivir aquí es duro, porque sus deportes nacionales son aleccionar y echar la bronca. Tienen cosas buenas, claro. Has de beber mucha cerveza para emborracharte, los punks son pro israelíes y la unidad alemana es incuestionable”.

El 24 de septiembre hay elecciones en Alemania. Entonces faltarán siete días para que en España un gobierno regional trate de dar su anunciado golpe xenófobo al Estado democrático. La comparación es instructiva para los españoles y su moral colectiva. Pero se queda, naturalmente, corta. Entre los candidatos con posibilidad de formar gobierno o de influir en él que se presentarán a las elecciones no hay ninguno que sea, exactamente, un impresentable. Algo que no ha sucedido ni sucede en Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Italia. Por no hablar de España donde la circunstancia es aproximadamente la inversa.

Tratando de ensanchar la herida, Sergio Campos citaba de nuevo a Koestler y Escoria:

“Sabemos que todo el problema consiste en controlar su libido política bajo una bandera más atractiva que la esvástica y que esa bandera solo puede ser la que contenga las barras y las estrellas de la Unión Europea. Hay que enseñarles a cantar ‘¡Europa, Europa, über alles’!”.

Y remacha Campos: “Solo podremos pensar en la utopía si logramos que griten esa consigna”.

Creo que mi amigo se equivoca. Lo sustancial es que los alemanes han dejado de gritar. Por eso la vida, modernamente considerada, es un juego de todos contra todos en el que siempre gana Alemania.

Y sigue ciega tu camino

A.

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Collage de Leonard Giovannini para el texto de Arcadi, en el blog de éste, 130817.
[Sobre ‘Familia que lee una carta‘ [1929], obra de Theodor Kleehaas (Alemania, 1854-1929). Aquí la imagen del collage, en grande]

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El alemán accidental

Texto de Leonard Giovannini en el blog de Arcadi Espada, 130817, acompañando al texto del periodista, publicado en El Mundo:

Hoy plagiamos a Theodor Kleehast, pintor alemán como corresponde. Nos encontramos en casa de K, que recibe.

Tratando de evitar la dosis dominical de jarabe de palo, K se había escondido en su vivienda de la Cataluña profunda, un recóndito lugar adonde no llega el correo. Pero Arcadi siempre tiene un cartero alemán en la recámara y le ha enviado la misiva con un bávaro.

Así, encontramos a K junto a su prima y su sobrina atendiendo al mensajero. Las muchachas leen la carta mientras observan con asombro y temor el pabellón erguido del teutón. La verdad es que el estandarte deja chicos a los banderines de la ANC que adornan la estancia.

(Es un gozo ver la Cataluña de hoy iluminada por las banderolas del sí, sobre todo por las rojas. El efecto Alemania años treinta está logradísimo, y es de agradecer ¡Se puede escupir más alto, pero no más denso!)

Sin duda, K podría extraer alguna moraleja de la animosa presencia de este cartero accidental, con su traje típico y su bandera europea. Pero probablemente es demasiado tarde: la sobrinita, en su inocencia, se dispone a despertar al perro rabioso con el que su familia convive desde hace tanto tiempo.

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Notas.-

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