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¿A qué santo?

El Rey de España es depositario constitucional de la Jefatura del Estado, del símbolo de su unidad y permanencia, arbitrando y moderando el funcionamiento regular de las instituciones [art 56.1 CE]. Y ejerce las funciones que establece el art 62, entre ellas el mando supremo de las Fuerzas Armadas; la Justicia, que emana del pueblo, se administra en nombre del Rey [art 117]

El Presidente del Gobierno dijo ayer que el Rey y los representantes políticos españoles asistirán a la manifestación de hoy sábado, donde, despues de ‘aparcar las diferencias‘ [sic]

volveremos a dar un mensaje claro de unidad, de repulsa al terrorismo y de amor a la ciudad de Barcelona” [sic].

De lo establecido por la Constitución se desprende que el rey no está para manifestarse en la calle por tal unidad, contra los terroristas o por amor a Barcelona. Como tampoco lo está, por ejemplo, la representación del Consejo General del poder Judicial, Los Presidentes del Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo o el Jefe del Estado Mayor de la Defensa.

Tampoco tiene ningún sentido que se siente un precedente que obligue al Rey a comportamientos similares cada vez que se den hechos análogos o a explicar por qué no lo hace. La Corona no está para minutos de silencio o manifestaciones.

La soberanía residen en el pueblo español [art 1 CE], no en la ‘la gente‘ que se manifiesta en la calle, como quisieran los antiSistema, partidarios de que la manifestación popular se configure como expresión tan válida de la voluntad del país como la que se desprende de los procesos electorales.

Efectivamente, el Rey no es un ciudadano más. Tampoco un manifestante, ni un político. Su autoridad reside, precisamente, en mantener las distancias que impone la función moderadora y en conservar su carácter institucional y constitucionalmente simbólico.

Por eso ningún Rey español se ha puesto detrás de una pancarta ni debería ponerse.

El populismo daña el simbolismo de la Corona.

Última hora de ayer: Bélgica. Un hombre atacó ayer con un cuchillo a dos militares en Bruselas. El atacante, que gritó “Alá es grande” antes de ser neutralizado, está en situación crítica. Londres. Detenido un hombre por atacar a dos agentes con un cuchillo junto a Buckingham Palace

Parece que también la CUP está programando una manifestación alternativa -dos horas antes y con final cercanos con el inicio de la oficial- con la ayuda de 170 organizaciones afines y el lema:

“Vuestras políticas, nuestros muertos”

Convocatoria de la manifestación alternativa

Otra consideración que debería valorar la Casa de SM para cancelar la presencia real.

EQM

Otrosí:

¿Se imaginan, por otra parte, el protocolo de seguridad que supone situar a Felipe VI, a todo el Gobierno y a la mayoría de los Presidentes de las CCAA en una manifestación de semejante naturaleza y potencial peligrosidad? ¿A santo de qué se asume tal riesgo?

¿O con la gente detrás del Rey, ondeando esteladas banderas independentistas y gritando a coro:

♪♪♫♫ “No tenim por…; Independència, Autodeterminació…!” ♪♪♫♫

¿A quién se le ha ocurrido, por cierto, hacer coincidir la mani oficial con el partido televisado del Barça?

Eslogan de la manifestación [Barcelona / No tengo miedo]

La por i la pau

Santiago González en El Mundo, 260817.

La manifestación que esta tarde se celebrará en Barcelona contra los atentados terroristas de la semana pasada, irá tras una pancarta con el lema ‘No tinc por’, ya estaba dicho. ‘Barcelona, ciutat de pau’, tuiteó la alcaldesa el mismo 17 de agosto, tras la masacre de las Ramblas.

Son eslóganes de publicistas baratos, de un pacifismo inhibidor y falso. Tenemos miedo y Barcelona no es una ciutat de pau. Eso decía hace 25 años el presidente del PNV, Xabier Arzalluz: “Los vascos somos mucho más directos que los catalanes. Nadie se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí, es una cuestión de carácter”.

Ni por carácter ni por tradición. Hace un siglo, Barcelona era la Chicago europea. No había ninguna otra ciudad con tantos pistoleros por metro cuadrado: pistoleros de la patronal y de los sindicatos, pistoleros del gobernador Martínez Anido y pistoleros acogidos al régimen de autónomos. No hablemos de mayo del 37 y años adyacentes, cuando a los anteriores había que sumarles los pistoleros de la Generalidad y los del PSUC.

Sabemos que el Rey asistirá a la manifestación, aunque la Casa Real ha aceptado las exigencias de la CUP por vía de la alcaldesa: no irá en la cabeza, que está reservada para la gente: voluntarios, mossos, servicios de emergencias and so on. Hay cuestiones pendientes de aclarar: ¿Quién representa a los mossos, el que mató a cuatro terroristas en Cambrils o el que chuleó a la juez Sonia Nuez Rivera, cuando esta se malició que tanta bombona junta en la casa de Alcanar podría indicar más un atentado yihadista que un laboratorio de drogas: “no exagere, señoría”?

No es improbable que en las calles aflore el oportunismo de las banderas estrelladas y que Ada Bolarda vuelva sonreír como en las fotos de la ofrenda, con el cirio camuflado traviesamente bajo el blusón. El Rey seguirá destacando por alto, aunque lo pongan en la tercera fila. Tal vez se haya acostumbrado tras las pitadas en el Camp Nou: a su persona y a los símbolos del Estado cuya jefatura ostenta, mientras autoridades estrictamente locales lucen la sonrisa lela que patentó Artur Mas, menguante y menguado líder del independentismo.

¿Debe el Rey asistir como un ciudadano más a esa manifestación? Uno no es partidario de esas fantasías, ni de que haya partidos  que asistan de oyentes a las reuniones del pacto antiyihadista, ni de que los gobernantes catalanes no sepan optar entre la seguridad y su obsesión identitaria, ni de que se esté debatiendo si los mossos debieron disparar solo a las piernas de los terroristas. Se entiende que a la parte mollar porque un tiro en la rótula puede dejar cojo de por vida al tipo que amenaza con un cinturón explosivo y el alcalde de Ripoll tendría que doblarle la indemnización. ¿Se puede uno manifestar contra el terrorismo junto a quienes nunca lo condenaron?

Ayer invocaba el presidente del Gobierno la unidad. ¿Unidad para qué? le habría preguntado aproximadamente Lenin a Fernando de los Ríos y este no habría tenido más remedio que responder con una tautología: “Unidad para estar juntos”.

Aficionados del Barça despliegan esteladas en presencia de los Reyes en la final de Copa de 2016. Gonzalo Arroyo Moreno / GETTY

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Una encerrona para el Rey

José García Dominguez en El Mundo, 260817.

No depende de su voluntad ni tampoco de cuál sea su propio interés objetivo en cada instante. Picar, simplemente, forma parte de la naturaleza del alacrán. A los micronacionalistas, también a los catalanes, les ocurre lo mismo. No lo pueden evitar. Ya fuera en la Casa de Juntas de Guernica, hace 36 años, o en la última final de la Copa del Rey de fútbol, hace 36 minutos, siempre que han dispuesto de la posibilidad de acceder a la proximidad física del Jefe del Estado han obrado de idéntico modo: acosándolo. A golpe de pito. Siempre. Y no hay razón, ninguna, para suponer que esta vez vaya a ocurrir algo diferente en las calles de Barcelona.

De hecho, ni siquiera el compromiso expreso suscrito por los partidos secesionistas de apelar a los modos civilizados en una marcha de repulsa sirvió en su día para liberar a José Montilla, por entonces presidente de la Generalitat, del cerco presuntamente espontáneo de los presuntos incontrolados de guardia. Fue cuando aquella gran manifestación contra nuestro orden legal democrático, la posterior a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. El muy honorable José Montilla Aguilera, la máxima autoridad del Estado en la plaza el día de autos, tuvo que salir huyendo a la carrera por las calles adyacentes al Paseo de Gracia mientras una turba de energúmenos independentistas pugnaba por agredirlo entre insultos, amenazas y lanzamientos de objetos. Literalmente a la carrera. No fue la primera, pero tampoco sería la última vez. El alacrán, ya se sabe.

Porque igual había acontecido otra disonancia perfectamente programada tras el asesinato de Ernest Lluch a manos de pistoleros nacionalistas vascos. También tras lo de Lluch se convocó una magna, unitaria, masiva concentración de rechazo en la vía pública con presencia de autoridades, tanto locales como nacionales. También tras lo de Lluch se suscribió por parte de los convocantes todos el compromiso formal, incluso solemne, de no pervertir el evento con arteros fines partidistas. También tras lo de Lluch los promotores del acto, los mismos de ahora por cierto, se apresuraron a arrendar los servicios como ventrílocua de Gemma Nierga a fin de vocear por la megafonía el propósito del diálogo entre las pistolas y las nucas, en aquel instante objetivo prioritario de la izquierda llamada abertzale. El ADN.

Después, en fin, llegaría el conato de linchamiento, físico que ya no retórico, de dos ministros del Reino en las calles de Barcelona durante la larga noche del 12 de marzo de 2004. Alguno, recuérdese, permaneció acorralado en el interior un párking antes de que la policía pudiera acudir a rescatarlo. De nuevo en Barcelona. Otra vez en Barcelona. Siempre en Barcelona.

Pero, más allá de las dudas tan históricamente avaladas sobre el quién y el cómo, emerge otra interrogación, la del para qué. Al cabo, toda acción humana, individual o colectiva, responde siempre a algún propósito. De ahí que hoy resulte pertinente preguntarse en voz alta sobre cuál es el sentido último de que, tras esa mentira piadosa estampada en un trozo de tela, el embuste risible de que no tenemos miedo, transiten decenas de miles de manifestantes en procesión. Desfilar en ordenada multitud contra el terror doméstico, el precedente que ahora parece que se ansía emular, tenía todo el sentido del mundo. Un sentido no únicamente cívico, moral o sentimental, sino también, y sobre todo, político.

El pistolerismo nacionalista vasco, de sobras es sabido, contó desde el principio con la anuencia activa o silente de las capas más putrefactas de la sociedad que los viera nacer. Y sobre esas heces sociológicas, como a la postre se pudo comprobar, cabía la posibilidad de ejercer alguna presión exterior eficaz por la vía del repudio multitudinario. Sobre aquellos, sí. ¿Pero qué capacidad, por muy remota que fuera, podría tener esa manifestación de Barcelona o ninguna otra para mitigar, siquiera en parte, los afanes criminales de los yihadistas? Todos lo sabemos: ninguna. Absolutamente todos, empezando, huelga decirlo, por los convocantes.

A apenas un mes de la crónica de un golpe de Estado anunciado, el jefe del Estado cuya soberanía planean quebrar los conjurados acude a la localidad donde se ultiman los detalles últimos de la asonada. Allí, y en todo momento bajo la escolta de los instigadores principales del punch y de sus muchos propios, se aprestará a comparecer en directo ante las cámaras de las televisiones de medio mundo, encabezando la marcha que ellos, y solo ellos, le han organizado. ¿Alguien puede creer que alacrán alguno sería capaz de violentar su naturaleza profunda ante una oportunidad así? Crucemos los dedos. Pero ha sido una temeridad exponer al Rey a una más que probable encerrona en la calle. Una temeridad, encima, gratuita. Lo dicho, crucemos los dedos.

Un rey no es un manifestante

P.J. Ramírez en El Español, 250817.

El anuncio de la Casa del Rey de que Felipe VI asistirá este sábado a la manifestación contra el terrorismo en Barcelona marca un antes y un después en la historia de la monarquía española. Nunca antes un rey se ha puesto detrás de una pancarta.

Habrá quien piense que el paso dado por el monarca es una muestra de audacia y una forma de acercarse al pueblo al que representa. EL ESPAÑOL considera, en cambio, que se trata de un error, y que el Gobierno debería recomendarle que no lo consumara.

Tiene todo el sentido, y así lo establece la tradición, que los reyes no participen en manifestaciones. Es imposible encontrar precedentes. En 2015 el rey Abdalá de Jordania y su esposa Rania se manifestaron en París junto a los principales líderes europeos en memoria de las víctimas del terrorismo. Pero habría sido impensable que lo hicieran en Amán. Nadie imaginaría a la reina de Inglaterra encabezando una marcha.

Un grave precedente

La Corona es depositaria de una institucionalidad que debe permanecer por encima de la calle. Cualquier manifestación, por justificada que esté y aun cuando sea expresión de sentimientos ampliamente compartidos, exterioriza el sentimiento de los asistentes y, explícita o implícitamente, encierra una reivindicación ante los poderes públicos.

El monarca ha de ser una instancia superior que está por encima de las coyunturas. Y dispone de sus propios medios para expresarse. Salir a la calle en manifestación no se encuentra entre ellos, como tampoco sería lógico que lo hicieran los presidentes de los Altos Tribunales o los mandos militares.

Si el sábado Felipe VI se manifiesta en Barcelona creará un precedente: tendrá que hacerlo también cada vez que se produzcan atentados similares. Y si no lo hace, generará agravios difíciles de justificar.

La esencia del Estado

El principal reproche que cabe hacer a la Casa del Rey al tomar esa decisión es que se aparta de la esencia de la Jefatura del Estado, cuya fuerza no está en salir a la calle, como tampoco se ejerce desde ella.

La participación de Felipe VI en la marcha de Barcelona daría además argumentos a quienes tratan de convertir la calle en soberana. Podría ocurrir, por ejemplo, que la manifestación del sábado tuviera menos asistencia que la Diada que se celebrará quince días después. Involuntariamente, el monarca estaría sirviendo argumentos al separatismo.

Pero aun cuando no fuera así, supone llevar el partido al terreno de los independentistas. Si hasta el rey bendice la manifestación popular como expresión válida de la voluntad del país, desarma al Estado en su intento de rechazar las reivindicaciones de quienes están dispuestos a infringir la ley con la coartada de movilizar multitudes.

Problemas de seguridad

La Casa del Rey no ha aclarado si Felipe VI estará sólo unos minutos en la manifestación -esto es, de forma simbólica- o si tiene intención de recorrer las calles. Las dos opciones son peligrosas. Si sólo está para la foto, pondrá la crítica fácil a quienes piensen que sólo ha ido para hacer el paripé. Si decide marchar junto al resto, se expone gravemente y obliga a un gran despliegue de seguridad que neutralizará en buena medida la espontaneidad del gesto.

El rey no es un ciudadano más. El rey no es un manifestante. El rey no es un político. Su autoridad reside, precisamente, en mantener las distancias y en conservar su carácter institucional. Por eso se nace rey y se muere rey sin pasar por las urnas.

Felipe VI ha sido mal aconsejado, quizás en aras de una popularidad fácil. Pero si acaba yendo a la manifestación de Barcelona diluirá su singularidad en la calle y se apartará de la propia naturaleza de la institución que encarna.

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Notas.-

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