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La imagen de la viñeta corresponde a ‘El perro‘ [s 1820], una de las Pinturas negras [1819-1823] de Francisco de Goya [España, 1746-1828], que formaron parte de la decoración de los muros de su Quinta del Sordo.

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Reflexiones del día

Fantástica manifestación la de ayer en Barcelona. Mi enhorabuena a todos los que han salido a la calle. También en mi nombre. Muchas gracias, No lo olvidaré jamás.

He estado viendo qué hacía TV3 con la gran manifestación y he podido constatar cómo se la pasaba por el forro del golpismo. Estupendo 155 ¿no?

El permitir que TV3 contraprogramara hoy con discursos golpistas antimani mientras se celebraba la misma, está en la cabeza de un Gobierno que ha aceptado que ZPedro haya impuesto que eso se permita. Por eso, tampoco veremos tantos urgentes y necesarios decretos-ley que reformen la Ley Electoral, prohíban los partidos independentistas o congelen las subvenciones públicas a vagos y maleantes golpistas, etc.

Efectivamente: El discurso de Teresa Freixas, catedrática de la UAB y presidenta de Concordia Cívica, ha pasado desapercibido para los medios. En mi modesta opinión ha sido insuperable.

En mi opinión quien sí ha estado a la altura de lo que le exige el cargo ha sido el Rey.
No los políticos con poder.
De Millo, al que considero un nacionalista presuntamente amaestrado o del ahora llamado sector ‘blando’ o pactista, sólo decir que cuando le he visto hoy en la gran e importante manifestación, he pensado qué coño [cp] hacía el ahí cuando su cargo del Delegado de un Gobierno -que ahora también ejerce el poder de la Generalidad- le obliga estar físicamente al frente de un operativo de seguridad en la Delegación del Gobierno, para prevenir y actuar ante posibles acontecimientos -que, afortunadamente nos e han dado- en torno a la misma.
Otrosí: Mientras TV3 siga pudiendo soltar proclamas golpistas y las webs oficiales de la Generalidad ídem de ídem, el sr. Millo no debería aparecer por ningún lado…
En cuanto a la justificada alegría que manifiesta dolcacatalunya.com, sobradamente justificada, hay que subrayar que en su párrafo final condiciona tal explosión jubilosa a que se supere ¡la ideología nacionalista’ y qué sólo habrá ‘valido la pena’ si evitamos que todo ‘no siga igual’ que antes del golpe.
Y, eso, está por ver.

Repugnante reacción de la jerarquía eclesiástica, una vez más: el Papa Paco ha dicho, a toro pasado, liquidado el golpe, que le entristecen muchos los intentos de ‘fragmentar Europa’.

Rajoy, al indicar ayer al Méndez de Vigo la barbaridad social, democrática y moral de que divulgara que el Gobierno de España vería ‘con agrado’ que el golpista Puigdemont se presentara a la próximas elecciones, demostró una vez más su lamentables carencias también políticas y, lo que es peor, que al endosarle en exclusiva el ‘marrón’ al Poder Judicial, le está añadiendo a la judicatura una responsabilidad política que no le corresponde y que debería ser asumida exclusivamente por él.
Gravísimo error, claramente definidor de la figura de nuestro Presidente del Gobierno.

Después de la gran manifestación antigolpista, veamos qué está haciendo la gente de Soraya en dos de las webs principales de la Generalidad golpista:
Govern Generalitat Twitter, en estos momentos
Govern catalá, en estos momentos

El argumento de C’s consistente en que hay que a elecciones urgentes porque no vaya a ser que los españolistas se enfríen, me parece que casa perfectamente con la falta de un pacto de Estado en torno a un modelo que pase por hacer, previamente, la indispensable limpieza de bajos.

Pero como eso es precisamente lo que no quiere el nacionalismo porque imagínense lo que se puede encontrar Madrit debajo de esas alfombras del Palau, 40 años sin ‘espolsar’…

Y tampoco parece entusiarmarle a un bipartidismo históricamente corresponsable de semejante e histórica estafa: qui robava era, precisament, el nacionalisme, amb la complicitat passiva de Madrit…

La urgencia de C’s tendrá otros fundamentos, qué duda cabe, y sería bueno que los explicara.

Porque eso de que así alcanzaremos el poder y haremos limpieza…, con el apoyo del PSC y del PPC…, como que no me cuadra.

El Mariano sigue sin cesar al Íñigo después de que este dijera que al Gobierno le encantaría que el golpista Puigdemont se presentara [dejando el papel de ‘malechor’, en su caso, al poder Judicial].

EQM

Imagen de la manifestación de ayer

Revista de prensa:

C Forcadell, la Presidenta del Parlamento Catalán, el 271017

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Estupefacción y sospecha

Hermann Tertsch en ABC, 291017

La guinda a los peores temores la puso ayer el ministro portavoz VUELVEN a salir ayer y hoy los españoles a la calle a defender a la Nación y su unidad frente al separatismo. Pero es muy posible que pronto salgan para defenderla a la Nación y su dignidad frente al Gobierno. Porque en 48 horas se han multiplicado los indicios alarmantes de que hay intenciones políticas ya cimentadas con acuerdos subterráneos que pueden herir tanto a los españoles como la intolerable escena del parlamento catalán del viernes, la mayor humillación sufrida en generaciones. Millones de españoles no olvidarán jamás la ofensa que tenía el deber de haber evitado el gobierno de Mariano Rajoy y su gran especialista en Cataluña, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaria.

Lo que parecía primero una digna y solida decisión de afrontar el crimen del golpe de Estado con el artículo 155, firmeza y consecuencia, se convirtió primero en una débil e incierta respuesta con unas elecciones dentro de siete semanas, sin tiempo de cambiar nada en el aparato separatista. Pronto ha quedado en la intensa sospecha de una componenda inconfesable. Que implica la voluntad de colaboración con los delincuentes que han sometido a España a esta insufrible e inolvidable agresión. Unos delincuentes que no renuncian a alcanzar sus fines en un próximo intento. Tendrán como fácil interlocutora en Cataluña a la vicepresidenta a la que han engañado siempre que han querido. La que ha fracasado con estrépito en todo lo que ha hecho allí.

La guinda a los peores temores la puso ayer el ministro portavoz, Iñigo Méndez de Vigo, al decir que el gobierno «vería con agrado» que Carlos Puigdemont, el cabecilla del golpe de Estado, se presentara otra vez a las elecciones. La estupefacción ante esas palabras era ayer general. Medios políticos parecen dar por hecho que Oriol Junqueras, el segundo implicado en la trama criminal, también va a participar en las elecciones. Como si Tejero, Milans y Armada hubieran presentado lista electoral propia tras el 23-F. Y se hubieran puesto a su disposición unos cuantos canales de televisión. Quizás no hubieran salido mal parados.

Cada vez son más los españoles que creen que Rajoy no quiere derrotar a los golpistas, llevar a los responsables ante los tribunales y desmantelar el aparato de un régimen separatista antiespañol con vocación totalitaria. Cada vez hay más convencidos de que se busca un acuerdo para volver a la «normalidad» de la hegemonía separatista e imponer una reforma constitucional pactada con la izquierda que equivale en la práctica a la dinamitación de la España de ciudadanos libres e iguales y la ruptura de la soberanía nacional. Es esa lógica de la concesión a los separatistas de todos sus objetivos de forma aplazada pero con garantías e impunidad.

Los españoles no pueden ni deben tolerar esto. Que supone ni más ni menos, por mucho que se disfrace, de la desaparición de la España unida y soberana que el Rey ha llamado a defender y de la que su Majestad y los Ejércitos son garantes últimos.

Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el texto

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Elecciones por bandera

Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo, 281017.

Desde primera hora de la tarde, recién proclamada la República independiente de Cataluña, TV3 mantuvo en un rincón de su pantalla un plano fijo de las dos banderas que ondean a lo alto del palacio de la Generalidad. El nacionalismo sabe de símbolos. Y su televisión, esa obscena máquina de propaganda, todavía más. Esperaban la imagen que representa mejor que ninguna lo sucedido ayer: la arriada de la bandera de España en una parte crítica y fundacional de su territorio. Al cierre de esta edición, la rojigualda seguía en su mástil. Y ahí debe seguir durante todo el periodo electoral inaugurado ayer por Mariano Rajoy en aplicación del artículo 155 de la Constitución.

«Le digo a los españoles que estén tranquilos, que las cosas se harán bien, con mesura, con eficacia, como hemos hecho hasta ahora». El presidente del Gobierno español pronunció estas palabras en un pasillo del Senado, pasadas las cuatro de la tarde. Al escucharlas sentí una tristeza fría. Pensé en la sucesión de errores de cálculo y cesiones estériles que nos han traído hasta este punto infame. Hasta la proclamación de la República catalana contra la ley, la convivencia y la propia idea de España como una democracia joven pero adulta: trabada, fértil, en muchos sentidos ejemplar.

Y recordé, porque yo soy yo y mi circunstancia, la carta que le envié a Rajoy cuando todavía era diputada del Partido Popular. La busqué en mis archivos. Había olvidado la fecha, 14 de octubre de 2015 -dos años ya-, y parte del contenido. La releí mientras Televisión Española conectaba en directo con el Parlamento catalán. Levanté la vista un instante: ahí estaban Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, rodeados de alcaldes tribalistas -bastones como lanzas- y delincuentes con carné de diputado. Gritaban eufóricos: «¡Libertad, libertad, libertad!». Fuera, un tumulto impune y caliente violentaba la calle y los restos muertos de la paz civil.

Volví a mi carta. Era una despedida, dura y crítica, sí, pero también una llamada desesperada a la acción. Pedía al presidente de mi Gobierno y todavía de mi partido que rectificara su política leguleya y tecnocrática hacia Cataluña. Que abandonara esa mezcla viscosa de cálculo y condescendencia que había desembocado en el humillante referéndum del 9 de noviembre de 2014. Que dejara de esconderse detrás de los jueces, fiscales y tribunales. Que encarara el desafío separatista con las armas limpias de la política. Es decir, con la convicción de que la España democrática no tiene deudas con el nacionalismo sino al revés. Y de que el separatismo no es un movimiento reactivo sino reacción en movimiento, una amalgama tóxica de mitos prefabricados y mentiras al por mayor.

El resto es historia. Y ayer se hizo con mayúsculas.

A Mariano Rajoy le han proclamado la República independiente de Cataluña. Se la han proclamado sin nocturnidad ni alevosía. A cámara lenta. Bajo el sol. Avisando una y otra vez: ¡Que vamos, que vamos! Y así las palabras de respaldo de sus colegas europeos sonaban ayer inevitablemente paternalistas, un reencuentro del primer mundo con la vieja excepción española. Macron. Merkel. May. Ellos nunca habrían tolerado algo parecido en sus respectivos territorios. El moderado de Mariano sí.

Hasta la víspera, el Gobierno siguió fantaseando con atajos y alternativas. Hubo negociaciones en la sombra para sustituir la declaración unilateral de independencia por unas elecciones lampedusianas. Como si el delirio no tuviera también su lógica. Como si Puigdemont, el primer fanático, fuese a traicionar a sus fanatizadas masas en la recta final. La última ingenuidad. El jueves Puigdemont lloró tres veces ante sus colaboradores. Histérico. ¿Quién quiere ir a la cárcel con lo maravillosa que es la libertad? Pero bastó que un niñato subvencionado lo llamara Judas en Twitter para que el líder tembloroso volviera raudo al redil. El separatismo siempre iba a darse contra el muro. Era su destino. Lo que no sabíamos es que nosotros también.

Ayer se acabó una etapa de la historia de España. La que nació en 1978, estimulada por la memoria del horror y envuelta en consignas de buena voluntad. La Constitución no es la culpable del desastre. Lo son todos los que durante décadas -allí y aquí- abusaron de su letra y violaron impunes su espíritu. Pero no sobrevivirá indemne a esta crisis, que será larga, dura y desagradable. La aplicación del 155 marca un punto y aparte. Nada será igual. Y lo que vaya a ser depende ahora de los mismos que nos han traído hasta aquí.

El Gobierno tendrá que ser en la ejecución del 155 exactamente lo contrario de lo que ha sido en su empeño por evitarlo. Y sus primeras decisiones resultan, en este sentido, contradictorias. La destitución de los golpistas y la «extinción» del entramado institucional separatista son positivos, higiénicos, elementales. Pero la convocatoria inmediata de elecciones autonómicas -opción siempre defendida por Ciudadanos- es mucho más dudosa. Por una parte, plantea un doble desafío al independentismo, que según los sondeos está a la baja. Y que tendrá que decidir si acude a unas elecciones autonómicas que calificarán de coloniales. Y con qué discurso. Pero, por otra, refleja una interpretación limitada del 155: de instrumento para el desmontaje del régimen nacionalista a mecanismo de descompresión política con resultados inciertos. ¿Y si el nacionalismo mantiene la mayoría?

La secesión de Cataluña no deja ya más margen para la vacilación, para ese legendario manejo lánguido de los tiempos. El Gobierno tendrá que liderar, por primera vez, la movilización masiva de los españoles en defensa de la democracia y la Constitución. Mañana marcharemos de nuevo libres e iguales por Barcelona, convocados por Sociedad Civil Catalana. Rajoy tendrá también que ignorar los escrúpulos tácticos del Partido Socialista, que ayer, en la hora más grave, volvió a demostrar su extravío estructural al salvar a TV3 de los efectos del 155.

Es decir, al consagrarla como la televisión no ya del régimen sino de la República. Y sobre todo tendrá que estar dispuesto a ejercer la violencia legítima del Estado sin importarle lo más mínimo lo que digan el corresponsal de The Guardian o los editoriales chic del New York Times. Y si el delegado Millo quiere pedir perdón por las acciones policiales que peregrine a Montserrat. Porque todas las acciones en defensa de la restauración democrática en Cataluña y de la propia integridad territorial de España serán legítimas y necesarias. Y, por cierto, ninguna más simbólica que asegurar que la bandera española siga ondeando, todos los días y todas las noches, sobre el palacio de la Generalidad.

 

Ilustración de Raúl Arias [España, 1969], para el texto

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Se abre el diálogo

Arcadi Espada en El Mundo, 291017

Mi liberada:

La política es lo más importante. Y todo depende de ella. Como cualquier actividad humana, incluida la más sublime, tiene un fondo excremental y secreto que a veces sale indecorosamente a la superficie. Es, además, el juego de azar más fascinante porque todo sucede de verdad. Nada que ver con el ajedrez. Mucho con el póker. La política es una profecía que se va cumpliendo como puede, combada por miles de sucesos. La dialéctica convencional entre razón y emociones se expresa como en ningún otro lugar de la vida. A veces el resplandor es grandioso, wagneriano. Lo previsible y lo inesperado conviven. Es decir, lo más radicalmente opuesto.

La política obliga a otras convivencias aún más indeseables. Genes que se odian se ven de pronto arrastrados a ser compañeros. De ahí que se diga que primero están los amigos, luego los enemigos y por último los compañeros de partido. La política tiene un indiscutible fondo darwinista, donde no impera el mejor sino el mejor adaptado. Y no es en vano que una de las mejores metáforas sobre el funcionamiento del cerebro y el proceso de toma de decisiones lo presenten como un parlamento donde facciones opuestas luchan encarnizadamente por dirigir al sujeto al norte o al sur.

El político es un zapador. Abre caminos que no veía nadie. Diría que es el principal encargo social que ha recibido. Abre caminos. Así Rajoy ayer. Quizá alguien lo anticipara, pero yo no lo conozco. En la marea inmensa de webs noticiosas, de televisiones, de radios, de redes, no sé de nadie -¡ni yo mismo!- que previera que Rajoy iba a convocar elecciones el 21 de diciembre, amparado en el artículo 155. Y eso en nuestro tiempo es una proeza técnica.

Habrá que ver si es también una proeza política. Es pronto para narrar con solidez fáctica lo que ha ocurrido entre el sábado 21 de octubre, el día en que el presidente anunció la próxima entrada en vigor del artículo 155, y el viernes 27 en que disolvió el parlamento regional y convocó elecciones. La tentación retrospectiva es poderosa, por más que amenace siempre la falacia. Así es difícil sustraerse a la idea de que en la presentación del 155 dilatado (a seis meses) Rajoy tuviera otro objetivo real que el de obligar al expresidente Puigdemont a convocar elecciones autonómicas. El planteamiento era razonable. ¿Puede haber algo más humillante para un independentista que el gobierno enemigo Te disuelva el parlamento y Te convoque Tus elecciones? Casi cualquier cosa parecía mejor. Cuentan que Puigdemont estuvo a punto de verlo.

Pero por la razón que fuera, entre la que no cabe descartar las radical y temblorosamente personales, no se atrevió a una respuesta que si se producía antes de la entrada en vigor del 155 tal vez habría puesto en apuros al Gobierno y a su aliado parlamentario: la convocatoria inmediata de unas elecciones a las que, cubriéndose, podría haber dado el nombre de constituyentes. La tensión entre el sustantivo y el adjetivo no habría sido fácil de resolver por la mayoría constitucionalista. Y así, tras la inhibición de Puigdemont, fue Rajoy el que decidió convocar unas elecciones tan absoluta e inequívocamente autonómicas que el separatismo las tilda ya de insoportablemente coloniales. La salida electoral era, por lo demás, la que prefería, según todas las encuestas, una mayoría de ciudadanos catalanes.

Los problemas que habría tenido el Gobierno y sus aliados con unas elecciones constituyentes las tiene ahora el separatismo con unas elecciones autonómicas. Desde su perturbada lógica, participar en ellas no deja de ser una aceptación del diktat español. Lo suyo sería rechazarlas y seguir trabajando en ¡la creación de las estructuras de Estado! mediante el camino de la asamblea de los de la vara o de la legalidad virtual que garantiza la prodigiosa administración digital de Estonia. Y con el nivel de apoyo de las masas callejeras que se ha hecho paulatinamente visible desde que el 1 de octubre la policía avanzó, en una diezmillonésima parte, cuál sería el precio de un proceso revolucionario.

La tentación de una legalidad paralela sería, en términos de actividad y eficacia, muy parecida a la que llevó a cabo la administración de la Generalidad en el exilio del presidente Josep Irla. Nada asegura, sin embargo, que el grotesco Puigdemont, que usando la retórica del insurrecto hizo llegar ayer a la televisión pública un mensaje grabado en algún lugar de Cataluña, no se decida a perseverar en la ilusión psicótica y no acabe de comprender la flippante sentencia: the game is over.

También participar modositamente en las elecciones tiene problemas. Este partido que sustituyó a Convergència concita malas perspectivas electorales. Es probable también que la suma de lo que fue Junts pel Sí pierda peso. Y la negativa de la Cup a participar en el acto de vasallaje rompe la posibilidad de reeditar la mayoría parlamentaria que ha llevado a la política catalana al mayor ridículo de la historia moderna. Para seguir siendo hospital de los pobres antisistemáticos el independentismo debería tratar de llegar a una alianza con Ada Colau.

Pero esa posibilidad repugna al mediopelo independentista, capaz de uniones contranatura pero siempre y cuando alumbren, al menos, un ratón. La principal diferencia entre la Cup y los Comunes no es ni siquiera que una sea independentista y los otros no. Es que los Comunes, lo quieran o no, son un partido español que incorpora inexorablemente la lógica española a sus decisiones. Como las incorporaba el Psuc.

En cualquiera de los dos escenarios el separatismo habría de reconocer lo esencial. Es verdad que ha hecho un daño profundo y duradero a Cataluña, a España, a Europa y a la democracia, superior incluso a lo que algunas de sus cabezas más prestigiosas -como la de ese miserable Mas-Colell que sin rastro de dignidad entonaba estos días la palinodia- pudieron haber previsto en el inicio temprano de las ilegalidades. Es verdad que Artur Mas y Carles Puigdemont han seguido fielmente la instrucción de sus mayores y, aunando tradición y modernidad, han emulado el escarnio de la razón organizado por Macià y Companys. Pero ha llegado la hora del diálogo.

Sí, libe, ya sabes que desde el 1 de octubre esa palabra con cuerpo de lombriz está también en mi boca. Diálogo, sí, para sea cual sea el resultado electoral (sea cual sea: ¿lo entiendes?) poder negociar el levantamiento explícito o implícito del 155. Lo único que, por el momento, y después de cinco años épicos estáis en condiciones de negociar.

Sigue ciega tu camino

A.

Collage de Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 291017, sobre una obra de Robert George Harris [1911-2007] y unas versiones del ‘I Saw the Figure Five in Gold’, de Charles Demuth [1883-1935]. AQUÍ, en grande.

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She Saw the Figure 155 in Gold

Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 291017, acompañando al texto del periodista.

Hoy plagiamos dos cuadros, aunque parezcan cuatro. Una lectora de Robert George Harris y unas versiones del I Saw the Figure Five in Gold, de Charles Demuth. Este cuadro es la plasmación de un poema de William Carlos Williams. (No es la primera vez que lo utilizo, aunque lo manipulé en sentido opuesto.)

La carta de hoy celebra (con alguna reserva) la estrategia de Rajoy. Arcadi, que es un señor, habla de ajedrez y póker. Yo tengo alma de patojo y soy más del cuatro en raya. Lo explico con este youtube. La primera ficha negra es la DUI. La segunda es la negativa a convocar elecciones (y el error que te condena). La tercera ya da igual dónde la pongas, Carlitos.

En medio de la noche, K lee su carta. Conforme avanza la lectura va en aumento el sonido de un coche de policía que se acerca veloz, las sirenas aullando. Al llegar al último párrafo el estruendo se hace insoportable para K. Esta es nuestra versión del poema:

The Great Figure

Among the rain
and lights
she saw the figure 155
in gold
on a blue
police car
moving
tense
unheeded
to gong clangs
siren howls
and wheels rumbling
through the dark city.

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Notas.-

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