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Contra el periodista ‘machista’

Con la llegada, en 1978, de la actual etapa democrática, España alcanzó unas cotas de libertad nunca siquiera imaginadas y que, siendo generalizada durante el Gobierno de Unión de Centro democrático [UCD], comenzó sus tendencias asimétricas en 1982, con el establecimiento de la alternancia del bipartidismo [PSOE/PP].

Lentamente, pero sin pausa, al tiempo que los medios audiovisuales fueron evitando el disfrute festivo del desnudo parcial femenino, que tuvo su gran ejemplo en aquel programa de Tele5 denominado ¡Ay, qué calor! [1990-1995], que presentaba el gran periodista libertino Luis Cantero, abrió totalmente la puertas tanto al feminismo como a representantes de toda suerte de minoritarias tendencias sexuales que, en muchos de los casos, han mantenido una militancia ‘pedagógica‘, tan pronto sintiendo ‘orgullo‘ como incluso promocionando la libertad que supone la elección, cualquiera que esta sea siempre que se circunscriba, curiosa contradicción, a lo que actualmente se considera ‘políticamente correcto‘.

La cosa ha llegado al extremo, sobre todo por lo que concierne al ecofeminismo, de que el propio cine español no podría repetir secuencias rodadas por el mismísimo Almodovar como por el populachero Mariano Ozores con Fernando Esteso al frente. Y de que el Torrente de Santiago Segura se salva, por el momento, porque adjudica el perfil machista a un facha. Baste decir, en fin, que la mayoría de los grandes humoristas españoles ya fallecidos hoy se morirían de hambre porque sus textos son considerados insultantes, por un motivo u otro. Chiquito de la Calzada, sin ir más lejos.

En tal sentido y como muestra de voracidad insaciable, es frecuente el daño social que están produciendo tales políticas de ‘género’ entre los profesionales de los medios. De momento se han centrado en las televisiones pero tienen también puesto el ojo en los programas de radio, especialmente los deportivos. Ente los primeros, cabe destacar el linchamiento que sufrió hace bien poco Juan y Medio, José Bautista Martín, empresario, humorista, presentador, actor, sociólogo y abogado español, por haber bromeado, en Canal Sur 1, con su compañera presentadora, intentando cortarle, decorosa y consensuadamente, un trozo de su falda.

La primera que puso el grito en el cielo fue Teresa Rodríguez, coordinadora de Podemos Andalucía, ese mismo partido en el que Rita Maestre -actual Concejal del Ayuntamiento de Madrid, portavoz y de Coordinadora de su Junta de Gobierno- asaltó la capilla de la Universidad Complutense de Madrid con las tetas al aire y se defendió de ello alegando que mostrarse en el templo con el torso desnudo ‘no era un gesto ofensivo’. Intervino incluso el Consejo Audiovisual de Andalucía, advirtiendo que serían «cautos pero contundentes», dadas las «llamativas imágenes» emitidas. Pavor, pues, pero finalmente todo quedó en lo que era, es decir, nada más que un caso más de esta persecución asimétrica que está contribuyendo decisivamente a destruir la relación hombre-mujer y, en consecuencia, a fracturar la sociedad.

Ayer mismo aparecía un artículo en El País en que la autora ponía en la picota del machismo a erradicar nada menos que, además de al ya citado Juan y Medio, a Pablo Motos, Carlos Herrera, Javier Cárdenas, Risto Mejide, Bertín Osborne y Salvador Sostres.

No se pierdan el texto, toda una ejemplar delicia de la fraticida guerra abierta por el feminismo radical. Afortunadamente, su condena -en el mismo texto- de bodrios de corte anglosajón como la serie televisiva ‘Matrimoniadas‘ [Pepa y Avelino, etc], ahora impensables por razones de ‘género’, contribuirá sustancialmente a que mejore la calidad de algunos productos.

Sobre esto último, lo más sorprendente es que El País se preste hasta tal punto a la surrealista y desvertebradora causa, que espero que -desgraciadamente más tarde de lo debido- tenga la correspondiente respuesta de una sociedad cada vez más harta de que la opinión publicada se comercialice, por terceros, como si fuera la pública. Porque, como avalan los datos judiciales [también en 2016], ni esta es una sociedad machista, ni heteropatriarcal, ni en ella se sufre una lacra en materia de violencia ejercida por el hombre contra la mujer.

Por todo ello, insisto en lo que me ha chocado que la Real Academia de la Lengua haya aprobado la acepción de ‘sexo débil‘ como «Conjunto de las mujeres. U. con intención despect. o discriminatoria«, cuando la debilidad de la mujer ante la fortaleza del hombre es el principal argumento empleado por el legislador, a instancias feministas, precisamente para discriminar, pero positivamente, la ‘violencia de género‘.

Curiosamente, como ocurre, por otras razones, con el golpismo, quien está, por el momento, salvando una mayor agudización del artificial enfrentamiento expuesto es el Poder Judicial, sobre todo gracias a la labor de las Juezas, que, en su mayoría, son grandes conocedoras de hasta dónde ha llegado la situación. Tampoco es casual que al hombre se le aconseje siempre una abogada para su defensa.

Porque, en definitiva, a quien más perjudica está cuestión es a quienes sufren la violencia, sea ésta del género que sea.

EQM

Revista de prensa. Textos recomendado:

Transcripción de la conferencia pronunciada por Susan Pinker el pasado 28 de marzo de 2017 en el Parlamento Europeo, dentro del ciclo de conferencias EUROMIND coordinado por la eurodiputada del grupo ALDE, María Teresa Giménez Barbat.

Susan Pinker es una psicóloga del desarrollo educada en la universidad McGill y Waterloo. Columnista de The globe, Mail y The Wall Street Journal. Autora de dos libros: The Sexual Paradox: Men, Women and the Real Gender Gap (2008), sobre las raíces evolutivas de las diferencias de sexo en la escuela y el trabajo y de The Village Effect (2014), sobre los efectos en la salud de las redes sociales personales en la era digital (reseñada aquí en TC).

El mito de la igualdad y la violencia de género

María Teresa Giménez Barbat en Tercera Cultura y en Letras Libres, 231210

María Teresa Giménez Barbat (Barcelona, 4 de junio de 1955) es una escritora y política española. Aboga por un humanismo secular, universalismo racionalista y escepticismo. Actualmente, es una eurodiputada integrada en la delegación Ciudadanos Europeos dentro el grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE).

Licenciada en Antropología e Historia del Arte por la Universidad de Barcelona. Master en Gestión Pública por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido directora ejecutiva de Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) y es uno de los promotores del Foro Pensamiento Crítico. Es miembro fundador de la asociación Ciutadans de Catalunya, de la cual es presidenta desde el 28 de septiembre de 2006, y fue firmante del manifiesto que originó la creación de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (C’s).

Fue una de los dos únicos fundadores de Ciutadans de Catalunya que se afiliaron a C’s cuando éste se fundó en julio de 2006. Sin embargo, abandonó Ciudadanos en el año 2007 para integrarse en la Plataforma Pro,​ una plataforma ciudadana surgida en el seno de ¡Basta Ya! que dio origen al partido político Unión Progreso y Democracia (UPyD).

Los hombres y las mujeres son iguales ante la ley. Tienen los mismos derechos y libertades. Es un triunfo de las sociedades occidentales, y de su tradición ilustrada y librepensadora, que esto sea, a día de hoy, una realidad. Sin embargo, hay cosas que se resisten a cambiar, como es el caso de la violencia hoy llamada “de género”, antaño “doméstica” y no mucho más atrás “crimen pasional”. Que estos sucesos continúen llena de frustración a algunos ciudadanos y, especialmente, a unas ciudadanas que se lamentan de que los nuevos tiempos no hayan traído un cambio en la manera en que algunos hombres dirimen conflictos en el seno de la pareja.

Y le dan la culpa a “la sociedad” y sus “roles”. Como ejemplo de ello: hace unos días me entretuve leyendo una “carta al director” que enviaba una escritora andaluza a El País Semanal. En ella relacionaba algunos estereotipos, “la niña y sus muñecas”, con la desigualdad y la necesidad de que exista un Ministerio de Igualdad ante el drama de que 41 mujeres hayan sido asesinadas por sus parejas en lo que va de año. Señalar la pervivencia de lo que la autora considera “estereotipos” como culpable de la situación es un callejón sin salida que ya no tiene ningún sentido.

Este empecinamiento es fruto de una corriente de pensamiento muy arraigada entre mujeres y hombres que se adhieren a un feminismo que en realidad surge de la deriva irracionalista del estructuralismo, el modernismo y sus secuelas post que se rebela ante la evidencia de que hombres y mujeres no solo no son iguales en habilidades y conductas, valores e intereses, sino que, como veremos enseguida, en los tipos de siniestralidad. Esto ocurre porque los que siguen esta corriente no creen que haya diferencias entre los sexos sino diferencias “de género”, que es lo mismo que asumir que cualquier distinción de rasgos entre unos y otras está ideológicamente sesgado o “socialmente construido”.

El profesor Martin Daly, autor de algunos de los mejores estudios sobre violencia doméstica y sobre el papel de la pareja en los nuevos entornos familiares, se expresaba con esta contundencia en una reciente entrevista para Terceracultura.net: “Quienes piensan que las diferencias en la conducta que experimentan los distintos sexos son meros productos de la cultura, mensajes o roles son simplemente unos ignorantes: la evidencia de que las diferencias entre sexos son en algún grado producto de las diferencias naturalmente seleccionadas entre cerebros masculinos versus cerebros femeninos es inequívoca.” Sin embargo, pervive esta idea de que no existe una verdadera naturaleza del hombre y de la mujer y que el problema es la falta de educación y la renuencia de los hombres a ver a las mujeres como iguales. Pero no hay ministerio que logre por decreto crear “otro modelo de masculinidad”, por ejemplo.

El hombre no es una tabla rasa. Pertenecemos a este acervo vivo antiquísimo, a esa cadena ancestral. Estas diferencias también dan como resultado que existan siniestralidades ligadas al sexo. Por lo que respecta a los hombres, por dar unos datos concisos, mueren siete años antes que las mujeres, componen el 93% de los que fallecen por accidentes en el trabajo, son el 85% de los sin techo, cometen suicido cuatro veces más y son los que, cuando llega el momento, van a la guerra obligatoriamente. Vistas las cifras, casi podríamos decir que el accidente laboral es una muerte de “género” típicamente masculina, mientras que el abuso o el asesinato por motivos sexuales son causa típica también de siniestralidad del género femenino (aunque los hombres también sean víctimas de mujeres homicidas).

Se puede aducir que en el accidente laboral no hay un “agresor” (aunque esto también se podría discutir) y que en el caso de la violencia doméstica está muy claro, y encima es quien amorosamente compartió almohada con la víctima. Pero existen unas características que, sin que sirvan en absoluto de excusa para los casos concretos, sí aportan explicaciones de los motivos generales subyacentes.

Vamos a hablar de dos: el estatus y los celos. El primero es causa de violencia masculina: en la competición por las parejas sexuales los machos con un bajo estatus solían quedarse sin descendencia. Hay muchas cosas que amenazan el estatus de los hombres: ser pobres, no tener un reconocimiento ante otros hombres, no conseguir recursos o poder… Así, cualquier cosa que recuerde a un hombre su frágil condición, como la infidelidad o el abandono, puede propiciar el resentimiento y la agresión. El bajo estatus masculino es un factor a tener en cuenta en las posibilidades de violencia doméstica. Un hombre de bajo estatus es, como dice la bióloga Helena Cronin, un macho de bajo estatus. Eso le implicará dificultad en encontrar pareja o en conservar la que tiene. También que los hijos no sean, en realidad, suyos.

Según la doctora Cronin, solo uno por ciento de los hombres de elevado estatus sufrirá de paternidad “dudosa”. Los hombres que habitan en zonas deprimidas o están desempleados tienen un 30% de posibilidades de que los hijos que creen suyos no lo sean. Lo segundo, los celos, resultan del pánico instintivo de los machos a criar hijos que no sean suyos. Desde que se inició cierta regulación del acoplamiento monógamo, la solución del macho para asegurar su paternidad ya no opera a través de la defensa del territorio o el rango sino a través del escrutinio de la pareja. A través de los celos, en una palabra. Son una ancestral solución evolutiva que nace de lo más profundo y que, en el caso de los hombres, al ser más fuertes que las mujeres, les convierte en compañeros peligrosos.

Las mujeres, aparentemente, manifiestan los celos de otras maneras, aunque también tengan explosiones de revancha sexual que desembocan en violencia. Pero los celos o el rencor por la pérdida de una pareja son la causa principal de la agresión sexual del hombre. Hay investigadores que sostienen que los celos, como programa atávico, han perdido su función adaptativa prehistórica. Consideran que son poco más que un trozo de basura genética y que los seres humanos aún no hemos sido capaces de mudar hacia una nueva estrategia adaptativa por el poco tiempo transcurrido en la evolución. Sea como sea, los celos son inseparables del amor, sobre todo en exclusiva. Quizá porque el sentimiento de pertenencia está inscrito en el cableado básico de la mente del hombre y de la mujer.

Por ello, porque ignoramos sobre qué base nos movemos, la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género no ha impedido que siga habiendo violencia doméstica, con el más fuerte abusando del más débil. Y ha errado planteándolo como un enfrentamiento entre el sexo bueno y el sexo malo, llegando incluso a conseguir algo tan inconstitucional y tan alejado de la igualdad de derechos entre las personas como que un delito se considere más grave en función del sexo del agresor. La falta de comprensión del problema, lo anticuado de los presupuestos de quienes dirigen estos organismos les han llevado a un portentoso fracaso.

Es cierto que la educación puede hacer mucho para suavizar el conflicto de intereses entre hombres y mujeres. El profesor Daly, en la misma entrevista, aseguraba que en Estados Unidos, en los últimos treinta años, han sido testigos de un remarcable descenso de los porcentajes de hombres que matan a sus mujeres por ser infieles o abandonarles, y es una hipótesis razonable que este declive refleje un cambio en las sensibilidades. Para él, los hombres norteamericanos experimentan aún su inclinación a tratar a sus esposas como su propiedad, pero ya no se sienten con el derecho a hacerlo.

Yo creo que algo similar está ocurriendo aquí puesto que el porcentaje de maltratadores cuenta con numerosos miembros de colectivos inmigrantes procedentes de países con menos tradición de libertades, especialmente para las mujeres. Pero el miedo al abandono, los celos sexuales o el temor a la vergüenza y a la pérdida del estatus están grabados en lo más profundo de nuestro cableado íntimo. La década de los noventa ha producido una verdadera revolución, un avance prodigioso en las neurociencias, con repercusiones muy importantes en la filosofía, la psicología cognitiva (sobre todo, en la psicología evolucionista) y en la sociología psicologista. Es hora de que haya una nueva hornada de políticos con mayor conocimiento de la importancia de las aportaciones de la ciencia en un campo que ha estado dominado por visiones esencialistas y basado en clichés.

Datos ocultos sobre la violencia de género

Joaquín Leguina en El Economista, 170117

No es preciso ser Max Weber para descubrir que existe en España un feminismo radical que en lo tocante a la violencia contra las mujeres está dispuesto a demostrar que los varones españoles, sólo por serlo, son maltratadores y asesinos en potencia, aunque para ello, como todo sectarismo, tenga que ocultar la realidad. Pondré dos ejemplos ilustrativos: ¿Usted ha visto alguna vez estadísticas que muestren si en España hay más o menos violencia de género que en los países nórdicos? No las ha visto porque no interesa, pues hay menos violencia en España.

¿Existen denuncias femeninas falsas por delitos de violencia doméstica? Juezas y fiscalas sostienen en privado que las denuncias falsas abundan, pero las radicales lo niegan con estadísticas amañadas. Sin quitarle ni un ápice a la gravedad de las muertes causadas por varones contra sus parejas y sus ex parejas, conviene conocer los datos y conocerlos sin ocultaciones, entre otras cosas para saber cuáles son las dimensiones del problema. Veamos algunos.

En 2016 fueron asesinadas en España 44 mujeres por violencia doméstica o violencia de género. Eso sí se ha publicado, pero lo que no se ha hecho público es que ése es el número menor de muertes de ese tipo desde hace muchos años (el mínimo anterior se produjo en 2003 y fueron 52 asesinatos).

Tampoco se ha publicado que el 35% de los asesinos eran extranjeros y entre las mujeres asesinadas el 43% eran extranjeras. Proporciones que están muy, pero muy, por encima de las que representan los extranjeros respecto a la población tanto masculina como femenina nacida en España. Por otro lado, la tasa de mortalidad por violencia doméstica en España es, probablemente, la más baja de Europa. Dato que no interesa publicar porque «eso sería quitarle hierro a tan gravísimo problema». Estos y otros dislates censores son expresión del pensamiento políticamente correcto que ha tomado por la sobaquera a buena parte de la izquierda española y europea.

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Notas.-

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