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“Es el desafío de los desafíos que se acabe de una vez por todas la violencia de género. Las mujeres no mueren, a las mujeres las matan, a las mujeres las matamos los hombres por haber nacido mujeres.”

Del Mensaje de Fin de año 2017, del socialista Presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara.

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Reflexiones del Poder Judicial [2004]

Del Informe del Consejo General del Poder Judicial, de 24 de junio de 2004, al Anteproyecto de Ley Orgánica Integral de Medidas contra la Violencia Ejercida sobre la Mujer [junio 2004]. De sus conclusiones:

    • . […]. Sin embargo hay dudas más que fundadas de que se vaya aportar más racionalidad y eficacia al sistema.
    • . […] no nace en un escenario de escasez de medidas, sino de una pluralidad de iniciativas legislativas ya en vigor, pero que por su corto espacio de vigencia no permite aún valorar su eficacia real para combatir el fenómeno social de la violencia doméstica.
    • . […] opta por una marcada judicialización de las soluciones.
    • . La mujer no obtiene mayor protección por el hecho de que la ley la proteja tan sólo a ella, excluyendo de su ámbito a menores, ancianos o, incluso, al hombre.
    • . La llamada discriminación positiva llevada al ámbito penal y judicial conduce a la censurable discriminación negativa. […].
    • . No es aceptable un concepto de violencia sobre la mujer -del que depende toda la aplicación de la ley- basado en la intencionalidad del agresor.
    • 10ª. Es objetable constitucionalmente que pasen a delito las amenazas y coacciones leves sólo cuando el ofendido sea mujer.
    • 11ª. Que esos delitos se basen tan sólo en que el agresor sea hombre y presumiéndose en la ley su intencionalidad, lleva al derecho penal de autor, incompatible con la Constitución.
    • 12ª. El tipo agravado de lesiones se basa en la presunción de inferioridad de la mujer, sin que tal regla se aplique a menores, ancianos o minusválidos, todos ellos susceptibles también de ser víctimas de violencia doméstica.
    • 14ª. Carece de justificación crear una nueva categoría de juzgados sólo para mujeres, lo que lleva a una suerte de jurisdicción especial basada en la intención del agresor y el sexo de la víctima. Si los órganos judiciales no pueden crearse por razones de raza, ideología, creencias, tampoco pueden serlo por razones de sexo.
    • 16ª. La inserción de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer en el orden penal, lleva a “criminalizar” las causas civiles que se les atribuye, así como a potenciar el riesgo de que sean instrumentalizados. Si esto ya se detecta con la vigente Ley 27/2003 sería más prudente evaluar aun más la aplicación de esta ley antes que crear un nuevo sistema paralelo que aumenta ese riesgo.
    • 18. Las reglas de competencia no pueden basarse en el sexo de la víctima ni en la intención del agresor. De ser así se llegará a situaciones absurdas en las que un mismo hecho, con unos mismos sujetos, puede ser competencia de órganos diferentes por esa intencionalidad lo cual se apreciará siempre al final y no al inicio de las actuaciones.
    • 19ª. El derecho constitucional al juez ordinario predeterminado por la ley queda comprometido desde el momento en que queda a merced de la mujer la elección del juez competente en función de que acuda a las medidas de protección que el texto le ofrece.

Texto completo del Informe [pdf]. Votos particulares [pdf]

La Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género fue publicada en el BOE el 29 de diciembre de 2004 y entró en vigor el 1 de enero de 2005.

EQM

 

La violencia contra la mujer en Europa, 2014

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El sociata y la epifanía feminista

Cristina Seguí en OkDiario, 040118

Ninguna cabeza que aún resista a la pertinaz tentativa de secuestro feminista creería que la solución a la violencia contra la mujer pudiera salir del político o el tertuliano que, tras el hallazgo de la joven Quer, ha vuelto a berrear esta semana la predisposición zoológica del hombre a asesinar mujeres. Como el socialista Fernández Vara o la diputada de Ciudadanos Patricia Reyes. Vendiendo todo el pescado con la genuina y tosca destreza de una pescadera genovesa de Liguria despachando las huevas de maruca al turista.

El presidente de la Junta de Extremadura apareció flagelando a su antropología en el interior de un patio porticado con más lucecitas que la Feria de Sevilla. Un grotesco vendedor del Black Friday transmutado en virgen sociata anunciando la epifanía feminista:

“Las mujeres no mueren, a las mujeres las matan. A las mujeres las matamos los hombres por haber nacido mujeres”.

Y tras Vara fue la bella Patricia, quien a pesar de ser feminista reaccionó como si éste le hubiera pisado “la manguera”: “Lo cierto es que una chica puede ser acosada por un hombre y, a los pocos minutos ser asesinada por otro. Es importante llamarlo por su nombre; violencia machista”.

En cuanto Diana Quer salió de aquel aljibe de Rianxo fue puesta a disposición como becaria de partido para hacer la campaña de la tropa socialista que banaliza el mal cada vez que sustituye “criminal”, “homicida”zo el típico, gutural y añorado “hijo de puta” por “machista”. Porque un machista es un carca acomplejado o una mujer que piensa que el resto de nosotras necesitamos de su paternalismo o de un código penal ‘ad hoc’ como si el que nos protegía hasta ahora no hubiera considerado siempre a los hombres y las mujeres como iguales.

En mi vida conocí a dos de esos hombres, y los dos se quedaron detrás de una puerta cuando, por lógica paridad númerica, supe cerrarla yo solita. El primero fue un viejo político de la UCD que circunscribió mi carrera profesional a una futurible portada de Interviu en pelotas. El segundo fue un prestigioso ex corresponsal de guerra con un discurso prefabricado de subsistencia de trinchera que me grabó para su programa sobre feminismo presentándome como “mujer machista” en la entradilla de mi entrevista por cargar contra las cuotas y leyes de paridad.

Aunque para ser honestos, en realidad fue él quien me había pedido unos recursos pintándome la raya del ojo y los labios para amanerar el vis a vis de mi alegato. Huelga decir que ninguno de los ellos le hubiera arrancado jamás el sujetador a una mujer para lanzarla después al maletero de un Talbot.

Un machista es a ‘El Chicle’ lo que un ludópata a un asesino en serie de banqueros o cajeros de sucursales. Y un hombre es al asesinato de mujeres lo que una mujer es al infanticidio y al maltrato infantil a pesar de la evidencia de las estadísticas arrojadas por el Centro Reina Sofía que demuestran que el 64,81 % de éste es ejercido por mujeres.

¿En qué país se levanta la industria de los observatorios, los ministerios, las asociaciones y el discurso político que confieren el riesgo potencial del asesinato de niños a un ser humano por el hecho de tener ovarios? ¿Por qué entonces esa trama clientelar que se forra por triturar y postrar a la gente en su cotidianidad cuando sólo el 0,00023% de la población masculina española ha matado?

Porque una parte demasiado importante del séquito político, mediático, académico e intelectualoide ha asumido que se dirige a una sociedad vaga e infantilizada que exige al Estado el riesgo cero como derecho adquirido como el derecho a una vivienda sin pagarla o el derecho al milagro reproductivo y un útero financiado en Utah por el contribuyente a pesar de haberte reivindicado durante la mitad de tu vida como Thor en las cenas de gimnasio.

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El cielo es azul

Berta González en El Mundo, 030118

Pablo no era de los que quemaba las noches y veía amanecer en la calle. Algunos deportistas, como él, prefieren madrugar y prescindir del ibuprofeno para la resaca. Por su cumpleaños, se animó a salir con sus amigos por el centro de Málaga. Era responsable, estudioso y con una pena: la muerte de su hermano mayor, víctima de una enfermedad rara, que no pudo atajar con la donación de parte de su médula.

Sin mundología nocturna, minusvaloró los riesgos de apaciguar a dos cabrones que estaban peleándose en la puerta del bar del que les habían echado. Acabó en el suelo, con un fuerte golpe en la cabeza y, en el hospital, se certificó su muerte cerebral. La familia donó sus órganos. Su asesinato no ocupó grandes espacios televisivos, ni hubo concentraciones de rechazo en toda España. Nadie se puso un lazo.

El carácter se muestra en momentos así, como le pasó a Ignacio Echevarría en aquel puente de Londres en un ataque yihadista. La imprudencia, a veces valiente, suele ser muy masculina, por eso, al teclear “muere un joven”, estos días aparece uno que escalaba el Mulhacén, otro que esquiaba fuera de pista y uno más que se cayó por un terraplén, temeroso de que le pillaran por haber hecho un grafiti.

Hay más hombres que mujeres en los Navy Seals, en la Volvo Ocean Race o en el cuerpo de bomberos, que puso 343 muertos en la cifra de víctimas del 11-S. Y seguro que había más mujeres entre las psicólogas que atendieron a las familias.

Un día de estos, algunos descubrirán que los hombres suelen ser más violentos que las mujeres y que el cielo es azul. Puede incluso que acaben por percatarse de la conveniencia de educar para distinguir a los macarras agresivos y evitarlos como parejas o amigos. Algunos pocos hombres matan a las mujeres.

Matan a hombres buenos, como Pablo, y, también, eso se olvida, a hombres malos, en caso de encauzar cierta testosterona en el Ejército o la Policía. Un estudio sueco vio cómo un 1% de los hombres era responsable del 68% de los delitos violentos. Para qué matizar “los hombres”, si también generalizamos con “las mujeres”.

Nadie puede acabar con esa vanidad de los que se creen que están salvándonos de una plaga bíblica, tan a gustito en el confort moral de culpar a un machismo difuso. Conviene seguir estudiando porque, como dice la investigadora Marta Iglesias, sólo el entendimiento de lo que de verdad ocurre nos hará libres. Eso es ciencia. Lo otro, ideología.

Nota. El enlace a Marta Iglesias es de EQM

Fotografía: dmagarityjr (CC)

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Biología e igualdad de género

Marta Iglesias Julios en Jot Down, 271017

Hombres y mujeres no tenemos las mismas características biológicas, producimos cantidades diferentes de hormonas y tenemos algunos genes distintos alojados en los cromosomas sexuales, esto nos resulta obvio. Sin embargo, ¿somos diferentes desde una perspectiva más íntima, en nuestros intereses y pretensiones y en el comportamiento que de ellos se deriva? Esto ya no es tan obvio y por ello prefiero acudir a la ciencia empírica para dar una respuesta, antes que a la introspección o a la observación de casos particulares.

Existe una tendencia a creer que animales y seres humanos estamos sometidos a diferentes reglas debido a la cultura o a nuestra «inteligencia». Esto hace que dejemos de considerarnos seres vivos como los demás. Sin embargo, esta idea no resiste el escrutinio. Pensemos que el conocimiento sobre nuestros rasgos ha progresado investigando animales.

Nos parecemos tanto que hemos podido entender cómo funcionan nuestras neuronas porque alguien lo estudió en babosas marinas; sabemos cómo se desarrollan nuestros embriones pues lo aprendimos estudiando erizos de mar y codornices; comprendemos cómo funciona el aparato circulatorio porque lo estudiamos en cerdos y perros.

Todos estos conocimientos se aplican diariamente en nuestras vidas. ¿Por qué habría de ser diferente en lo que respecta a nuestro comportamiento? Los modelos animales nos dan también información al respecto; nos dicen que machos y hembras somos distintos no solo en nuestro físico, sino también en nuestro comportamiento, por una diferencia biológica fundamental.

¿De dónde vienen las diferencias entre los sexos?

Para dar respuesta a esta pregunta hay que pensar en nuestra historia evolutiva. Todos los seres vivos tenemos algo en común: somos hijos. Somos el resultado de individuos que lograron reproducirse, hijos a su vez de otros hijos que lograron reproducirse: un linaje que viene desde nuestro origen común. Los que no se reprodujeron no dejaron copias relativamente parecidas de sí mismos, y sus linajes ya no existen.

Cada ser vivo es, en potencia, un reproductor eficaz por haber heredado las características de su antecesor, que indudablemente fue un reproductor eficaz. Además, en los seres vivos con reproducción sexual, como nosotros, dejar descendencia no solo depende de uno mismo, sino de la pareja.

Desde el punto de vista reproductivo, sabemos que hay dos sexos: uno genera gametos grandes, inmóviles (relativamente costosos), y el otro produce gametos pequeños, rápidos (más «baratos» para el metabolismo). En muchas especies, el sexo de los gametos «caros» se ocupa de otros aspectos «costosos», como cruzar el océano para enterrar huevos, transportar a la descendencia en la espalda para que acabe devorándolo, o dar de mamar a la cría a las tres de la mañana.

Gracias a Robert Trivers sabemos que el sexo que tiene más gastos es más selectivo al elegir pareja, y esto suele generar una competencia más intensa en el otro sexo.

A ese respecto, el animal humano no tiene por qué ser diferente. Somos una especie típica desde las neuronas, los embriones y el corazón hasta las cuestiones relacionadas con los mecanismos que llevan a cada individuo a ser un reproductor eficaz. Los mecanismos subyacentes que guían las decisiones al buscar pareja están sometidos a una fuerte presión de selección.

Como en otras especies, es lógico que la diferencia en el coste reproductivo (mayor para la mujer) haya conducido a que esos mecanismos sean distintos en los sexos, afectando qué es preferible elegir y cómo conseguir ser elegido. Gracias al trabajo de investigadores —como David Buss y Anne Campbell— sabemos que aún son parte importante de nosotros las estrategias reproductivas llevadas a cabo por nuestros predecesores, cuyo éxito se certifica porque hoy estamos aquí.

Cultura, biología y feminismo

¿Y la cultura no afecta? Aunque con certeza nuestra dimensión cultural afecta nuestro modo de reproducirnos, no puede modificarlo demasiado. Porque nuestros mecanismos dirigidos a elegir pareja y reproducirse son consecuencia de nuestra biología (o, al menos, seguro que la biología tiene bastante que decir al respecto, o no seríamos descendientes de un largo linaje de reproductores exitosos).

Las diferencias morfológicas siguen ahí; ¿por qué no habrían de permanecer las relacionadas con las preferencias y los intereses? Lo esperable como descendientes de reproductores exitosos es que muchas de nuestras preferencias y decisiones estén influidas por la necesidad de garantizar que dejemos descendencia capaz de reproducirse.

Esto ocurre a pesar de que nuestras motivaciones conscientes no busquen explícitamente tales cosas. El proceso para llegar a ser un reproductor eficaz es distinto en machos y en hembras; por tanto, es previsible que nuestros rasgos biológicos produzcan modos de actuar diferentes en muchos aspectos entre hombres y mujeres.

Esa cuestión está detrás, al menos parcialmente, de muchas diferencias entre los sexos, presentes en nuestro día. Estas van desde los juguetes que tendemos a preferir de pequeños hasta los productos que consumimos de mayores. Las observamos también en el modo en que se ejerce el bullying y en la gravedad de sus consecuencias, en la probabilidad de provocar un accidente de tráfico o en la importancia que le damos a los puestos «altos» en el trabajo.

Hay quien cree que algunas de esas diferencias dificultan lograr lo que las personas feministas buscamos: la completa igualdad de derechos y oportunidades. A otras nos parecen simplemente anecdóticas. En cualquier caso, es importante tener claros todos los factores situados detrás de las diferencias si consideramos necesario corregirlas.

Según algunas corrientes del feminismo, lo que he expuesto no vale para la especie humana pues únicamente la cultura genera las diferencias entre los sexos. Afirmar la existencia de diferencias genéticas y fisiológicas que afectan al comportamiento se considera «determinista» o «biologicista», y esto sería nocivo pues, al parecer, justificaría las desigualdades, la inequidad o la violencia de género.

Las reacciones contra las explicaciones biológicas del comportamiento se producen porque se temen las consecuencias de vincular estas diferencias a dos conceptos claramente erróneos: que lo natural es bueno o correcto, y que lo que tiene una base biológica es imposible de modificar. El carácter incorrecto de lo primero —la denominada falacia naturalista— es obvio si pensamos en todas las cosas «naturales» que no son «buenas» (como las infecciones o los terremotos) o «correctas» (como la caza indiscriminada). Con respecto a si algo de base biológica es inalterable, podemos pensar en los comportamientos instintivos que «enseñamos» a controlar a nuestros animales domésticos (y también a las personas).

La igualdad de género es sencillamente una cuestión de respeto al otro. Este podría imponerse, pero desde mi punto de vista es más fácil combatir los problemas de género asumiendo que hay diferencias de base sobre las que trabajar, en lugar de obligar a seguir reglas que aumentan la incomprensión, basadas en falacias, promoviendo el miedo como motor del cambio. Ignorar las diferencias dificulta la comprensión sobre su origen y los métodos para minimizarlas.

En el camino por lograr la plena igualdad encuentro muchas mujeres que creen que, por ser mujeres, comprenden las causas, las razones y las motivaciones de todas las demás. Basándose en ejemplos particulares, normalmente no evaluados sistemáticamente, generalizan y promueven políticas. Creo que sería más eficaz basar nuestras decisiones en observaciones lo más ajustadas a la realidad.

El objetivo que pretendemos lograr es político; queremos que afecte a cada uno de nosotros. Por tanto, el objetivo será más eficaz cuanto mejor se comprenda la realidad que quiera modificarse. Por ello, no es buena idea sustentar nuestra acción reivindicativa en opiniones personales, sino en evaluaciones lo más precisas posible del mundo en que vivimos, útiles para construir sobre ellas un cambio sólido.

¿Cómo podemos emplear este conocimiento?

Pese a lo expuesto, podemos preferir creer que las diferencias que nos llevan a comportarnos de manera sexista vienen exclusivamente de la cultura. Haciéndolo seguiremos tratando de imponer normas que no serán compartidas, que seguirán aumentando las tensiones entre nosotros y que convertirán la sociedad en un mundo más hostil, fundado en relaciones humanas artificiales. Estas normas impuestas no tendrán ninguna eficacia a mediano plazo, no promoverán el cambio. Los procesos internos —producto de nuestra evolución biológica— seguirán manifestándose en cuanto tengan oportunidad.

Para lograr un cambio, en primer lugar, hemos de estudiar qué somos y por qué nos comportamos como lo hacemos. Alcanzado ese punto, opino que el motor del cambio está en instruir y aumentar nuestro autoconocimiento. Debemos aprender a distinguir cuál parte de las cosas que deseamos, que hacemos y en las que creemos tienen como motor una causa biológica subyacente, y cuáles son, realmente, frutos de nuestros intereses libremente escogidos y conscientes.

Si la base no es fomentar el conocimiento sino creer que solo la socialización genera el sexismo, me temo que el techo de cristal se mantendrá sobre nosotras, el número de feminicidios seguirá inalterable y nuestros esfuerzos por corregir tales situaciones serán una fuente de decepción constante. Hay que lograr una síntesis entre el conocimiento científico de las causas de nuestro comportamiento y los objetivos políticos del feminismo. En nosotros está tener la mente abierta para entendernos y así crear las condiciones necesarias para una equidad real.

Viñeta de JM Nieto [España, 1973] en ABC, 040118

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Notas.-

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