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De escuela

El otro día, un conocido me comentaba cómo una amiga, guineana de origen pero residente desde hace muchos años en España y con la doble nacionalidad, le confesaba indignada que sus dos hijos, nacidos aquí y ya mayores de edad, no tenían ni la más puñetera idea de la Geografía e Historia de este país nuestro.

Es más, se sorprendían de que su madre, por el contrario, sí tuviera conocimiento más que sobrado sobre ambas materias…:

– Mami…, y tú… ¿cómo sabes, has aprendido, todo eso?
– Porque me lo enseñaron en la escuela…, en Malabo !!!

Pues, que aquí ya hace demasiado tiempo que aunque somos top en escolaridad…, falta escuela.

EQM

pd. Si consideran vds que el tortazo alemán “Es un tema absolutamente judicial” (Mariano Rajoy) o “han sido unas declaraciones un tanto desafortunadas” (Alfonso Dastis), me callo,

Pero si, por el contrario, piensan que vale la pena decirles dos cositas al Embajador de Alemania en España, aquí le dejo el email de la Embajada, para lo que gusten mandar:

info@madrid.diplo.de

Revista de prensa:

La vida sí que es un máster

Santiago González en El Mundo, 090418

El PP se iba a inyectar un chute de autoestima contra las encuestas en Sevilla y hete aquí que llegamos a la Convención Nacional con la humillante descalificación de un juez regional alemán a la instrucción del Tribunal Supremo español. Por si no fuese bastante, el encuentro del PP ha tenido como figura estelar a Cristina Cifuentes. El sentido común lo puso Alberto Núñez Feijóo: «Hay una pregunta que sólo se puede contestar con sí o con no y es si la señora Cifuentes tiene un máster. Si no lo tiene, nos ha mentido».

Las cosas son así de simples y los hechos no están a favor de la presidenta madrileña, cuyo argumento es que le pregunten a la Universidad. Tiene su punto de razón. Hay en todo este turbio asunto un lamentable papelón de la URJC, que el primer día convocó una rueda de prensa del rector y el director del máster avalando a Cifuentes, para pedir una investigación sólo unas horas después. Ella mostró el acta con las firmas del tribunal, dos de las cuales fueron negadas por las profesoras a las que se les adjudicaban. El desmentido se produjo 16 días después de que el acta (reconstruida) fuese publicada en las páginas de los medios.

Pedro Sánchez, escandalizado, ha promovido una moción de censura, como si no recordara casos análogos en el PSOE: su compañero Luis Roldán alegó tener, no ya un máster, sino dos carreras superiores: una ingeniería industrial y una licenciatura en Económicas, ambas inexistentes. Elena Valenciano mintió dos licenciaturas en el Parlamento europeo: en Derecho y en Ciencias Políticas; y Carme Chacón fue doctora sin tesis.

Hay, sin embargo, una diferencia básica con el caso de Cifuentes. Sus inexistentes licenciaturas y doctorados no afectan a las Universidades que no los expidieron. Los tres mintieron bajo su propia responsabilidad. La presidenta madrileña necesitó la colaboración de la URJC, pero no puede colgarle a ella toda la culpa. Es inimaginable que el rector, el director del máster, el tribunal y un número indeterminado de miembros de la comunidad universitaria concertaran sus esfuerzos para regalar un máster a la entonces delegada del Gobierno en Madrid sin que ella lo pidiese.

Lo de Cifuentes se parece más a lo de Errejón, que pretendió hacernos creer que cumplió el trabajo de su beca, con presencia semanal de 40 horas en la Universidad de Málaga mientras dirigía la campaña de Podemos en las europeas de 2014. El profesor malagueño que le encargó un trabajo para el que no estaba capacitado y le eximió de su presencia en Málaga fue un subordinado suyo de Podemos, Alberto Montero, que hoy comparte con él bancada en el Congreso.

Errejón fue inhabilitado por la Universidad de Málaga, pero ni él ni su Médicis pagaron políticamente por ello. Tiene razón Ciudadanos al pedir una comisión de investigación, pero la medida que se aplique a Cifuentes deberá ser exactamente la misma que se aplique a los casos citados, menos a Roldán, que bastante tuvo con lo suyo. Yo no creo que vaya a aparecer el TFM de Cifuentes, ni el trabajo de Errejón sobre la vivienda andaluza, el informe de Monedero sobre la moneda única del ALBA ni la tesis doctoral de Pedro Sánchez.

Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el texto

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“Cuéntanos por qué te afiliaste al PP”

Cayetana Á. de Toledo en El Mundo, 070418

“¿Quieres ser el protagonista de la próxima Convención del Partido Popular? Cuéntanos porque (sic) te afiliaste al PP y consigue dos invitaciones para la Convención Nacional en Sevilla los días 6, 7 y 8 de abril”.

No sé cuántos militantes habrán respondido a la tómbola que el Partido Popular anuncia en su página web. Pero habrá que ver con ternura sus vídeos, escuchar sus argumentos y reconocerles el mismo mérito que a los seguidores del Atlético en las temporadas más oscuras. Militar en el PP se ha convertido en una forma de masoquismo. Y pocas ocasiones mejores para comprobarlo que esta convención invernal e infernal en Sevilla.

Ya ni siquiera quedan presuntas sucesoras con las que hacerse selfies para matar el tiempo entre ponencias: Soraya, kaput; Cifuentes, fin de máster. Para el estoico afiliado, como para el periodista, la alternativa será medir el grado de vacío que le hacen a la ¡todavía! presidenta de la Comunidad de Madrid sus compañeros de partido, empezando por su líder, y perdonen la hipérbole. En cuanto al discurso de clausura, esta vez la expectación está justificada. Atentos a cómo reivindica Rajoy su gestión en Cataluña.

Puede centrarse en su vigorosa defensa del derecho de los castellano-parlantes. En su enérgica reacción frente a los sabotajes cometidos por los Comités para la Defensa de la Rebelión, que no de la República. En su heroica decisión de cerrar TV3. En su diligente limpieza de los edificios públicos de lazos amarillos y otra propaganda separatista. O -lo más probable- en su eficacísima reafirmación del Estado de derecho español frente a los golpistas prófugos.

En las últimas 48 horas no ha explotado nada. Simplemente han quedado expuestos el vacío y la flacidez de uno de los últimos diques de nuestro sistema democrático, en su doble vertiente: Gobierno y partido. Vacío de liderazgo, por supuesto. Pero sobre todo vacío de proyecto, de criterio, de estrategia, de táctica, de cualquier cosa que pueda identificarse mínimamente con la política entendida como algo más que la mera supervivencia personal.

El golpe asestado a España desde Alemania es una catástrofe europea, sí. Demuestra que el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia no es más que una suma de palabras bellas. Que Europa sigue siendo un espejismo, una visión romántica, la mía, porque no existe no ya confianza mutua, sino buena voluntad recíproca. Pero sobre todo es un fracaso nacional.

De los que avalan leyendas negras y alimentan depresiones colectivas: los males endémicos de España. El Gobierno de Rajoy ha sido respecto a Bruselas, y concretamente respecto a Berlín, un alumno aplicado. Ha cumplido todas sus instrucciones económicas, incluso más allá de lo conveniente, como durante la atolondrada reforma del sistema financiero. A cambio no ha exigido nada. Ni siquiera respeto.

En estos años críticos, España no ha hecho valer no ya su peso como país, sino tampoco su esfuerzo en aras de un proyecto de civilización que echó a andar gracias a la economía pero que nació de la política. Europa se fundó contra el nacionalismo y la alteración unilateral de las fronteras. Todo lo que favorezca a estos últimos, perjudica a la primera. El Gobierno no lo ha explicado. Ni dentro ni fuera. No ha hecho nada por convertir el desafío separatista catalán en un examen de la fortaleza europea.

Nunca interpeló pública y enfáticamente a sus aliados necesarios. No les preguntó: “Y ustedes en nuestra situación, ¿qué harían? ¿Ah sí? ¿Juzgarían a un golpista por malversación? ¿De verdad? ¿En Córcega? ¿En el Ulster? ¿En Flandes? ¡¿En Baviera?!” El resultado es el peor de los posibles: el triunfo del nacionalismo; un quebranto de Europa sobre el quebranto español.

La decisión ultra-exprés del tribunal de Schleswig Holstein es un reflejo de las lánguidas indecisiones del Gobierno de España. Juntas, anulan la movilización constitucionalista de octubre, la más importante desde la Transición. Puigdemont, un golpista, será juzgado como un corrupto cualquiera, de los que cada mediodía condena La Sexta.

Es cierto que algunos de sus colegas y subordinados tendrán que responder por los delitos de rebelión y sedición. Pero a ver qué juez, qué tribunal y sobre todo qué político de los que hoy tiene España va a aguantar la acusación de cultivar un odioso doble rasero. Los indultófilos y los socialistas, valga la redundancia, ya están al acecho.

Y con la impunidad, la legitimación de la violencia política. No sólo la de los últimos meses. Si el asalto televisado a la Consejería de Economía y la usurpación de la Policía Autonómica para fines explícitamente delictivos no son formas de violencia, ¿qué serán entonces los otros ingredientes del proyecto separatista?

Me refiero a los suciamente soterrados: la agitación de la xenofobia, el hostigamiento de los discrepantes, la movilización de las masas contra la legalidad, las pintadas en casa de Llarena, los cipreses mutilados de Boadella. ¿Expresiones de convivencia democrática? ¿Y cuál será el impacto de este descalabro sobre el País Vasco, Navarra, Valencia, Baleares…? ¿Y sobre la política nacional en el corto plazo? Especulemos.

El gol político de Puigdemont al Estado -el segundo después de las elecciones que le regaló Rajoy- puede enrocar todavía más al separatismo, dificultando la formación de un Gobierno en Cataluña. Esto forzaría al Gobierno a mantener el artículo 155 en vigor y blindaría los sibilinos pretextos del PNV. El bloqueo catalán provocaría así el definitivo bloqueo español: por primera vez en la historia, los Presupuestos Generales del Estado podrían ser devueltos, derribados. Rajoy podrá pensar: “Prorroguemos.

Total, qué más da. Todo es un lío…” Sería propio de su carácter, pero impropio de su cargo, el paso casi póstumo de una trayectoria singular. No se ha dicho lo suficiente: pocos políticos han generado más caos en la política española que el aparentemente conservador Rajoy. Y con el caos acumulativo, la erosión institucional. La de su país y su partido.

Bajemos un momento a Sevilla y a las alcantarillas. Abrazos y declaraciones públicas al margen, Génova y Moncloa intentan ahora desmarcarse de Cifuentes. Es una maniobra inútil. La devastación del PP madrileño es la devastación del PP nacional. Y antes su consecuencia que su causa. Contra lo que ellos quisieran y ella cree, Cifuentes es una política convencional, del mainstream marianista. Su concepción de la política también es la negación de la ideología, sobre todo de la propia.

Ha confundido la lucha contra la corrupción -puro estuco- con la defensa de un proyecto, cuando la ética en política no se propone, se presupone. Ha abusado del victimismo como un nacionalista cualquiera: primero «me hago la rubia» y luego grito “¡machismo!”. Y ha acabado expuesta como lo que es: un fake. Eso sí, con la lección bien aprendida: “¿Dimitir, yo? ¿Por un máster? Si a Mariano le han un dado un golpe de Estado y ahí sigue”.

La resistencia egoísta no es lo único que une a Cifuentes y Rajoy. Ninguno de los dos tiene sucesor interno. De ambos lo será Albert Rivera. Con un inconveniente. El líder de Ciudadanos también es proclive a la táctica. Y, dado el panorama, podría pensar que el secreto del éxito en política es hacer lo mínimo posible. No moverse. Quedarse completamente quieto mientras tu rival se despedaza a sí mismo. Eso pensó el Partido Popular después de la inmolación económica de Zapatero. Y así estamos. Pasmados. Con la inaudita soga de Europa al cuello.

Ilustración de Santiago Sequeiros [Argentina, 1971] para el texto

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Asunto interno

Arcadi Espada en El Mundo, 090418

Mi liberada:

Después de un asalto al Estado que ha durado más de cinco años, el jefe de un gobierno regional español consuma su apropiación de la soberanía constitucional del conjunto de los ciudadanos, proclama la secesión de la región que gobierna y huye cuando la Justicia decide perseguirlo. Su huida acaba en Alemania. Cuando las autoridades españolas reclaman su extradición, los jueces alemanes responden que ellos decidirán el delito -y si hay delito- por el que deba ser juzgado.

En la práctica ello supone que los jueces alemanes actúan como lo haría un juez de instrucción ante una petición fiscal: evaluando la calidad de los indicios aportados y el grado de convicción de sus argumentos. Y ejerciendo, respecto a los hechos investigados y a su calificación jurídica, la autoridad que tiene el juez de instrucción sobre el fiscal.

Todo ello contraría el automatismo que rige o quiere regir en el espacio común europeo. El automatismo del euro, por ejemplo. O el de Schengen, que elimina la cláusula de la frontera. El automatismo europeo supone que lo único que cabría esperar de la petición española era la entrega automática del prófugo. Así lo dio a entender la fiscalía alemana. La primera razón son los delitos mismos atribuidos.

O sea, la imposibilidad de que algún Estado de Derecho pueda sostener que la secesión unilateral no es delito en su país. La segunda es la confianza absoluta, fruto de la pertenencia al mismo espacio moral y político, en que el presunto delincuente tendrá un juicio justo en su país. Pero el automatismo no se ha producido.

Los jueces alemanes tienen dudas de que la palabra violencia describa parte del método empleado por los nacionalistas catalanes en su asalto a la democracia española. Son dudas razonables, que comparten muchas personas, juristas o no, en España. La instrucción del juez Llarena ha recibido diversas críticas por su empeño en justificar, a partir de la violencia, el tipo penal de la rebelión. Pero la procedencia o no de esas críticas habrán de determinarlas los tribunales españoles.

Insólitamente los jueces alemanes no han depositado en ellos la resolución de sus dudas, sino que se han adelantado a su decisión absolviendo en la práctica a Puigdemont del delito de rebelión. Haciendo, por lo tanto, muy rentable su huida de la Justicia española y dando un insospechado apoyo fáctico a la constante denuncia nacionalista de la baja calidad democrática del Estado de Derecho español. No solo han hecho eso los jueces alemanes. Según su resolución, que desbrozaba ayer María Peral en El Español, la posibilidad de la extradición del prófugo a causa de un delito de malversación está también en el aire.

Los jueces, enmendando radicalmente la plana a la instrucción, exigen más información, más aporte fáctico, al juez español. De nuevo se erigen en instructores de la causa. La extradición no solo peligra por esa razón. La ley alemana relativa al auxilio judicial internacional en materia penal dice en su artículo 1:

«La extradición no será admisible sobre la base de un acto político o de un acto relacionado».

No parece difícil que los abogados de Puigdemont tengan éxito en las alegaciones que relacionen la malversación con el acto político de la convocatoria del referéndum de autodeterminación.

Y es en esas dos palabras, acto político, donde se resume el inmenso problema de este asunto. Buena parte de la opinión constitucionalista española se niega a aceptar que los nacionalistas hayan cometido un delito político. Es absurdo. Los nacionalistas catalanes han quebrado la ley para obtener un beneficio político. Su delito es de naturaleza política como el del violador es de naturaleza sexual o el del estafador de naturaleza económica. La naturaleza política del delito nacionalista es la misma que la del golpista.

El que Milans del Bosch pusiera los tanques en Valencia y Puigdemont las masas encuadradas de la Anc no altera la idéntica naturaleza de sus delitos ni la evidencia de que ambos se alzaron contra el Estado democrático. La no aceptación de que hay delitos políticos y por lo tanto delincuentes políticos, otorga a la política un carácter no punible, fuente de todo tipo de manipulaciones. Entre las más veteranas y despreciables, la que permite oponer las soluciones políticas a las soluciones judiciales.

El abstruso razonamiento de los jueces alemanes sobre el grado de violencia a que obliga el delito de rebelión para poder ser considerado, solo puede entenderse como un intento de señalar en qué circunstancias extremas la violencia desplaza a la política. Según su resolución -que compara ridículamente el asalto nacionalista a la democracia con el intento de ocupación en 1983 del aeropuerto de Francfort por grupos contrarios a su ampliación- la violencia del Proceso no fue la necesaria como para convertir a sus principales actores en delincuentes.

Los nacionalistas, en el juicio profundo de los jueces alemanes, pudieron cometer un delito tan solo político… y los delitos políticos no existen. La ministra de Justicia alemana, socialdemócrata de manual, lo tradujo ayer al modo ingenuo de su ser:

«La decisión de los jueces de Schleswig es absolutamente correcta, la esperaba (…) Ahora habrá que hablar también de los componentes políticos [del Proceso]».

Así pues los jueces alemanes habrían devuelto, correctamente, a la política lo que es de la política. El mensaje de los jueces y de la ministra es el conocidísimo del tipo nierga: «Ustedes que pueden, dialoguen». Hagan política. Si los adversarios del Proceso hubiesen tenido la virtud de encarar la naturaleza política de la insurrección nacionalista podrían contestar de modo imbatible:

«¿Cómo dialogar con el que se levanta contra la democracia, es decir, contra el diálogo?».

Pero no hay un solo político en España que pueda contestar así a los alemanes. Baste saber lo que piensa el pusilánime ministro de exteriores español sobre la declaración de la ministra alemana: «Estuvo un tanto desafortunada».

El daño irremediable que los jueces alemanes han causado va mucho más allá de la circunstancia personal de Puigdemont. Los jueces alemanes han absuelto al Proceso secesionista. Lo han absuelto en sus métodos, al no percibir violencia en la actividad intimidatoria de un grupo de dirigentes que utilizó tanto a su policía como a sus ciudadanos, tanto su poder político como su poder social, para incumplir repetida y gravemente la ley.

Y lo han absuelto también en sus objetivos. En torno a la resolución de Schleswig-Holstein -y de la correcta traducción de la ministra- gravita apenas disimulado por la prosa leguleya el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los pueblos. De los hirsutos pueblos españoles, naturalmente. Durante mucho tiempo Europa transmitió a España que el desafío nacionalista era un asunto interno. Un asunto interno de los catalanes querían decir.

Sigue ciega tu camino.

A.

Collage de Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 080418.

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La cosecha

Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 090418, acompañando al texto del periodista.

Hoy plagiamos Femme à la lettre, de Renoir. Esta vez la lectura no ha logrado borrar la sonrisa de K. Tras los últimos acontecimientos se cree coronada por una aureola de santidad.

Antes que España se ha roto Cataluña y parece que Europa es lo siguiente. Los gobiernos españoles no han sabido transmitir que el secesionismo catalán es un asunto europeo. Los gobiernos españoles están en deuda con todos los ciudadanos de Europa.

Los paseos de K por el continente equivalen a los de Tulius Detritus por la Galia: su presencia basta para sembrar la cizaña.

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Notas.-

Los enlaces en textos propios son aportados por EQM. En los ajenos sólo cuando así se indique con un color azul. También es cosa de EQM, por discutibles razones de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace correspondiente.

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