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De la premonitoria pregunta que Pedro J Ramírez le hizo al arruinador Presidente ZP, el 17 de abril de 2006, con motivo de una  entrevista en El Mundo

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De viscosidades

Muy acertadamente, comentaba Arcadi Espada el pasado domingo en El Mundo, a propósito del golpe, que «[…] la viscosidad es la única fuerza que puede ejercer el separatismo» [ver ut infra].

En mi opinión, una viscosidad, por cierto, complacidamente [y de forma cómplice] compartida por el Madrit en manos de PP/PSOE.

Porque esa viscosidad no es más que puro ‘tercerismo’, es decir, ese ‘diálogo’ consistente en recoger nueces del Estado para su distribución exclusiva entre los territorios falsamente distinguidos como ‘históricos’, a cambio de no volver a la rebelión -en sus distintos formatos, terrorismo incluido- por una temporadita.

La viscosidad se ha convertido, pues, en una singularidad que, al igual que las falsas ‘lacras’ tan de moda, tiene derecho a una consideración privilegiada en forma de un trato, unas competencias y una plata que el Gobierno, cuando da, como el beso de la española, que no se lo da a un regional cualquiera…

¿Qué mayor viscosidad nominativa, por cierto, que acariciar al viscoso tercerista Enric Juliana manteniéndole un permanente -y supongo que retribuido- sillón de credibilidad separatista en TVE?

Del balbuceante tecnócrata Alfonso Dastis -a la sazón, Ministro de Asuntos Exteriores del Mariano155– sobre su lamentable quehacer respecto al procés, poco tengo yo que añadir a lo ya vaticinado desde el primer día…: es que se le ve venir…, gritando desesperadamente el Principio de Peter y que él no es culpable de que nuestro Presidente del Gobierno le escogiera, precisamente porque la vida le ha hecho así…

Sobre que lel hundimiento sindical exsocialista -otra viscosidad subvencionada- haya traspasado territorio catalán para instalarse en Madrit, a nadie debería extrañar. Chema Álvarez, actual Secretario General de UGT España, proviene del más nacionalista tercerismo catalán y no por casualidad: así lo quisieron las federaciones regionales ugeteras al elegirle para tasladarse a la capital.

De Ciudadanos, desgraciadamente, decir que sigue siendo ‘♪♪ María Cristina me quiere gobernar y yo le sigo, le sigo, la corriente… ♫♫‘. Acumulando un montón de dudas trascendentales que da la impresión no quiere resolver por miedo a perder clientela… ¿Habrá que volver a votar mayoritariamente a un partido simplemente porque es el menos malo? ¿Les suena?

Y la calle. El pasado domingo, una buena cantidad de progolpistas, es decir, en favor de los falsos ‘presos políticos’, acudieron a la mani aprovechando la cómplice inmoralidad sindical. Y, mientras tanto, aquella histórica mani de los constitucionalistas parece que algunos quieren encadenarla al archivo histórico.

De seguir esto como va, mereceríamos que los de Tabarnía dejaran por un rato la ingeniosa y eficiente comicidad política para dar un golpe encima de la mesa y arañar, en favor de la democracia constitucional, un buen montón de hilarantes votos, ahora como partido.

Muchos nos reiríamos por una buena temporada.

EQM

pd. Curiosamente este pasado martes, 17 de abril, se cumplieron 12 años de la entrevista que le hizo Pedro J. Ramírez [PedroJ] , siendo director del diario El Mundo, al arruinador Presidente ZP [Zapatero].

Lo recordaba el otro día Rosa Díez en redes sociales, subrayando aquella pregunta que el periodista le hizo, sobre el Estatuto de Cataluña, al tal ZP, que ahora anda, faltaría más, madurando por Venezuela:

– ¿Se sentirá responsable si dentro de 10 años Cataluña inicia un proceso de ruptura con el Estado?
Dentro de 10 años España será más fuerte, Cataluña estará más integrada y usted y yo lo viviremos.

Revista de prensa:

Ilustración de Santiago Sequeiros [Argentina, 1971] para el texto

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A lo podrido lo llaman ‘pocho’

Arcadi Espada en El Mundo, 150418

Mi liberada:

Un partido, y un líder, deben gobernar antes de hacerlo. En especial si pretenden evitar la sospecha de que el poder les llegó por accidente. Tal es la diferencia entre González y Aznar respecto a Zapatero y Rajoy. Aún no se sabe por qué modelo de liderazgo va a optar Albert Rivera. Los sondeos le dan la victoria en las próximas elecciones. Pero la razón principal es que los que compiten con él son Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. De los dos primeros no tiene interés hablar. De Rajoy, sí.

Nadie puede negar que, después de Adolfo Suárez, ha sido el presidente que ha encarado crisis más devastadoras. El rescate económico de España, el descrédito (y abdicación) de la Monarquía y la proclamación de la independencia de Cataluña son ese tipo de asuntos que pueden hacer del político del presente la figura histórica del mañana. Del primer asunto Rajoy salió con bien, gracias a su sensata capacidad de obediencia. Del segundo también, aunque le ayudó un Rey que, como le ocurrió a su padre, ha estado por encima de las expectativas. En el tercero ha fracasado y la razón originaria ha sido su incredulidad.

Rajoy siempre creyó que el separatismo frenaría al borde del acantilado. No fue así. Saltó y todos con él. Un análisis frío y tajante de la situación, que no se hubiera dejado llevar por la viscosidad catalana (alguien, yo mismo, tendría que empezar a escribir Viscosos ilustres, a la manera de Lytton Strachey: Luis Conde, Antón Costas, Enric Juliana, López Burniol, Gay de Montellà tendrían retrato asegurado en la galería), habría sabido aventurar su gravedad y tal vez habría contribuido a limitarla.

Estoy dispuesto a aceptar, cual viscoso, que si en las largas vísperas del 9 de noviembre de 2014 Rajoy hubiera intervenido drásticamente en Cataluña, como le exigía lo mejor del constitucionalismo español, todo habría empeorado menos la estatura política del presidente. La crecida, fruto de un relato desacomplejado y de una acción ejecutiva proporcionada pero consistente, le habría asegurado una sólida mayoría parlamentaria. Y con esa actitud y esa mayoría la innoble parálisis degradante que arrastra a la política española no se habría producido.

Y no se habría dado, por tanto, la culminación que ha supuesto el caso Cifuentes, esos dos dedos de grasa podrida (aunque, como Chicho Sánchez Ferlosio, Rajoy a lo podrido lo llama pocho) que han desbordado el vaso. Porque lo peor del caso Cifuentes no es que la presidenta y la Universidad Rey Juan Carlos participaran en comandita en una estafa. Ni las mentiras de una y otros. Ni los histéricos movimientos de políticos tratando de borrar esta semana viejas huellas de sus patéticas vanidades curriculares.

La novedad, algo brutal, es que Rajoy, en su protección a la presidenta Cifuentes y sometido ya por completo a la parálisis, haya dicho a la sociedad española que la verdad ni le importa ni le emplaza. Por mucho que quieran buscarse antecedentes de su actitud -en el caso Bárcenas, por ejemplo-, los antecedentes no existen. Llamativamente, lo más parecido a ese desprecio de la verdad no está en Rajoy sino en las antípodas de su proyecto político: solo la larga luna de miel del partido Podemos con los medios explica que otra vieja estafa, como la acordada entre Errejón y un profesor de la Universidad de Málaga, no le impida ser el candidato del partido a la comunidad de Madrid.

Y es, justamente, por el caso de Madrid por donde Ciudadanos debería haber empezado a gobernar. Lo primero, poniendo a la verdad en su lugar y no enmascarándola con la tinta del calamar de una comisión de investigación. Leídas las acusaciones, examinados los documentos y oídas las explicaciones de la presidenta, hace días que está claro que una de las cláusulas del pacto de investidura que Ciudadanos alcanzó con el Pp está roto. Gobernar es que Cifuentes se vaya. Lo que debe dar vértigo es incluir determinadas condiciones en los pactos, no ejecutarlas. Quién vaya a sustituir a Cifuentes, y bajo qué condiciones, es otro asunto: también esa negociación será en su momento un acto de gobierno.

Sin embargo, la clave del gobierno, ¡al sol y no en la sombra!, de Ciudadanos es Cataluña. Y donde resultan más inquietantes sus pasividades. Por ejemplo la de haber renunciado a que la vencedora en las elecciones, Inés Arrimadas, expusiera en la tribuna del parlamento su programa político. Un acto de gobierno no para el hoy sino para el mañana. Un programa político para Cataluña e inexorablemente, como fruto de una excepcionalísima situación, para el conjunto de los españoles. La pasividad, también, de haber dejado en manos de Sociedad Civil Catalana el papel de agente movilizador de la mitad constitucionalista de Cataluña.

Los partidos tienen que estar en las instituciones y en la calle con voz propia, sobre todo en las condiciones de urgencia civil que atraviesa Cataluña. Y las asociaciones, mientras tanto, que organicen simposios transversales, donde mejor pueda celebrarse la densidad intelectual de mensajes como el que dejó caer desde la tribuna pública una oradora de la última y fracasada manifestación de Scc: «Basta de jugar a quién la tiene más larga», siendo los equidistantes mesurados el presidente de un Estado democrático y un prófugo de la Justicia. Y no es tampoco Scc, por último ejemplo, la que debe liderar la repulsa política que merecen los putrefactos sindicatos catalanes por su alianza, meramente clientelar, con el separatismo.

Scc es la máscara con que socialistas y populares puedan sacar al exterior su desahuciada cabeza. En la intemperie catalana solo Ciudadanos puede ir a cara descubierta. Y él es el único que puede y debe decirle a los ciudadanos la desagradable verdad: que a Cataluña le espera un largo invierno, el largo invierno del 155, a menos que los dirigentes nacionalistas vuelvan a la negociación y al pacto, es decir, a la viscosidad, porque la viscosidad es la única fuerza que puede ejercer el separatismo.

Por último. Ya caducó criticar a Dastis, mi favorito. Es hora de enviarle a escribir sus memorias diplomáticas, que serán ingrávidas y gentiles como pompa de jabón. ¿Qué hacen todavía en casa los hombres y mujeres de C’s, macerados en la crítica de un gobierno meramente espectral y corriendo el riesgo de macerarse con él? ¿Cómo es posible que las cancillerías, que los medios de comunicación, que las instituciones, que los poderes económicos, que la opinión pública europea tengan tan vaga noticia de un partido que puede gobernar España dentro de algunos meses, siempre que realmente lo quiera, siempre que medite sobre aquel adagio tremendo de Josep Tarradellas, pronunciado la primera noche electoral de la autonomía catalana: «Esta noche en Cataluña hay dos hombres que no duermen, uno Jordi Pujol, pensando que mañana puede no ser presidente, y otro Joan Reventós pensando que puede serlo?».

En España ya no puede haber oposición. La oposición requiere gobierno. Si C’s se empeña en no gobernar con la simpleza de que no tiene el poder para hacerlo, es que no ha comprendido la profundidad de la crisis española ni los mecanismos de relevo en las sociedades democráticas ni las especiales y azarosas, pero inesquivables, circunstancias que hacen de él la única esperanza política de cualquier español razonable.

Sigue ciega tu camino.

A.

Collage de Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 150418, sobre la base de de la obra ‘Jovencita leyendo una carta‘ [1841], de Ferdinand Georg Waldmüller [Austria, 1793-1865].

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La cosecha

De Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 150418, acompañando al texto del periodista.

Hoy plagiamos a Ferdinand Georg  Waldmüller. En nuestra versión, K ríe con unas amigas pensando que el exhorto de la karta será ignorado. Parece cómoda rodeada de flores y lazos amarillos y de estrelladas, todo muy circense ¡Pero podrían crecerle los enanos!

Los querubines son Inés y Albert (de momento ni podridos ni pochos: ¡en todo caso, pocholos!) y el corazón con el que juegan (yaciente a sus pies) es el de sus votantes, o el de los españoles que desean que todo siga igual para que, al fin, todo cambie.

La verdad es que si desde la peana unas estatuas adultas de Ares y Atenea encarasen a K con gesto fiero y bello -gesto feroche pedroche- nuestra lectora no sonreiría tanto; y si además de mirar mal cobrasen vida y comenzaran a repartir guantazos marmóreos a diestra y siniestra, K lloraría de lo lindo, que es su placer culpable… ¡Lluvia a gusto de todos!

Sara Rojo en Abc, para el texto

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¿Es siempre necesario el Consenso?

Ignacio Camuñas Solís en ABC, 160418

Si algo caracterizó a los años de nuestra Transición fue precisamente el consenso alcanzado por las distintas fuerzas políticas de aquel entonces para hacer posible la consecución de la democracia en nuestro país. Es verdad que la situación que debimos afrontar a la muerte de Franco aconsejaba buscar un gran acuerdo nacional que nos ayudara a salir de la dictadura de forma pacífica y no violenta. En aquellos momentos era necesario establecer unas nuevas reglas de juego y ello, razonablemente, exigía el mayor consenso posible entre los actores políticos en presencia. Gracias por tanto al consenso la Transición pudo dar vida a la Constitución de 1978 de la que este año celebraremos su 40 aniversario.

¿Pero qué es lo que ha venido ocurriendo con posterioridad?

Pues que dado el razonable éxito de lo logrado entonces se pretendió más adelante apelar en otras muchas ocasiones a buscar el consenso en muy distintos temas en los que el acuerdo ciertamente no podía ser posible.

Conviene recordar que en la vida democrática lo característico no es el consenso sino la confrontación, porque es necesario partir de la existencia de conflictos permanentes en la sociedad que deben ser arbitrados y decididos por los gobiernos de turno. Si nos empeñamos continuamente en buscar el consenso entre fuerzas políticas contrapuestas dejamos sin sentido, en alguna medida, la existencia del propio régimen democrático. El conflicto en la vida política es imposible de evitar y lo que se debe hacer es gestionarlo pacíficamente.

No tiene sentido por ejemplo que un decidido partidario del liberalismo pretenda llegar a una fórmula de consenso con un pertinaz socialista. Ni es posible tampoco para un católico consciente y practicante buscar fórmulas de consenso con aquellas personas que defienden el aborto libre en toda suerte de circunstancias. Así tampoco jamás podrá existir consenso entre los que defendemos la unidad de España y los que abierta o taimadamente propugnan su destrucción.

De este modo podríamos seguir enumerando otras muchas cuestiones que legítimamente nos dividen en la sociedad actual pero ante las que no debemos sentirnos desalentados. Se trata de que cada una de las formaciones políticas en presencia convenza con sus propuestas al conjunto del electorado y para eso se convocan periódicamente elecciones generales para que los ciudadanos se manifiesten y decidan qué rumbo debe tomar el país en cada momento.

Apelar a la insistente necesidad de buscar el consenso para la gobernación de un país pudiera llegar a desembocar en un relativo fraude democrático porque los futuros administradores del consenso alcanzado se verán obligados a realizar toda suerte de cambalaches y concesiones que acaban desdibujando, cuando no traicionando, las promesas efectuadas durante la campaña electoral.

Pero es que en España, al margen de lo anteriormente dicho, se ha venido dando una curiosa situación. Porque cuando es la izquierda la que llega a gobernar, no se entretiene en buscar ningún posible consenso. Aplica su programa y punto. No es necesario que recordemos tantos y tantos temas en los que ha venido actuando de esa manera.

Mientras que cuando es la derecha la que ocupa el poder manifiesta una curiosa necesidad de buscar frecuentemente el apoyo de la oposición que por lo general siempre se lo deniega. Esta situación la estamos viviendo de forma clamorosa con motivo de la aplicación del artículo 155 de la Constitución para abordar el desafío catalán.

El Partido Popular no se cansa de solicitar ayuda y el máximo consenso para respaldar sus acciones de gobierno con lo que su actuación a veces carece de la firmeza y rigor necesarios, pues los puntos de vista de la oposición muy frecuentemente no concuerdan con los suyos y todo ello determina una acción política vacilante que traduce miedo y debilidad de la que saca provecho el adversario.

Todo el mundo sabe, por ejemplo, que la educación en Cataluña se ha convertido en una descarada fábrica de independentismo que busca afianzar hacia el futuro el proceso secesionista actualmente en curso. De tal forma que o revertimos urgentemente la situación o en algunos años tendremos probablemente perdida la partida.

Otro tanto cabría decir del espectáculo que presentan los medios públicos de comunicación al servicio todos ellos de la causa independentista. ¿Tiene sentido que todos los españoles con nuestro dinero financiemos a los sediciosos canales de radio y televisión de la Generalitat que sirven de soporte a cuantos movimientos de protesta promueven los cabecillas de la revuelta? De nuevo el Gobierno parece quedar paralizado ante la negativa del PSOE de actuar en consecuencia.

Por todo lo anteriormente reseñado no hay duda de que así no nos conviene seguir, pues aunque logremos una victoria pírrica sobre el independentismo en el corto plazo, a medio y largo plazo la derrota está asegurada porque el tumor no se ha extirpado y por ahora lo que hemos tratado es de controlarlo para que no desemboque en una peligrosa metástasis.

Mientras tanto constituye una vana pretensión que en las presentes circunstancias el Gobierno quiera poner punto y final a la aplicación del artículo 155 en Cataluña tras de unas elecciones que ciertamente no van a representar solución alguna sobre el fondo del problema que padecemos. Ver de nuevo sentados en las poltronas de la Generalitat a los que defienden la estelada y se ufanan de su desprecio a España constituye un desatino político cuyas consecuencias no tardaremos en padecer.

Las prisas para dejar de aplicar el artículo 155 y que se proceda a elegir un nuevo Gobierno en Cataluña se vincula con la necesidad que manifiesta Rajoy de aprobar los Presupuestos para los que necesita imperiosamente el apoyo del PNV. ¡Vivir para ver!

Si para afrontar de verdad el desafío que nos plantea el separatismo catalán es necesario arriesgarse y superar el ansiado consenso que al final es más bien una excusa que una realidad, el Gobierno debería dirigirse a la Nación y proponer las medidas necesarias para atajar, de una vez por todas, esta insoportable situación. De esta forma cada una de las fuerzas políticas tendría que asumir delante del pueblo español sus propias responsabilidades al tener que respaldar o rechazar las medidas que el Gobierno en su momento estimara pertinentes.

Que la falta de consenso no acabe suponiendo en realidad la hoja de parra que oculte la desnudez de nuestros gobernantes a la hora de ejecutar la política que el país en su inmensa mayoría reclama.

Ignacio Camuñas Solís, exministro adjunto para las Relaciones con las Cortes.

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Notas.-

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