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De la portada de la Gaceta Oficial de la República Italiana, nº 186, de 11 de agosto de 2018, publicando la Ley 96, de 9 de agosto, derivada del Decreto-Ley de 12 de julio, sobre medidas urgentes relativas al trabajo y la empresa [Pags. 1 y ss; pdf].

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Gracias, Juliana

Hay, entre otros dos modos de encontrar un artículo de opinión que valga la pena. El más habitual es el que se consigue trabajando, es decir, buscando, leyendo y encontrando.

Pero hay al menos otro que tampoco suele dar malos resultados. Se trata de leer -aunque suponga dolor de muelas- a quienes suelen practicar el sectarismo y escrutar qué otros textos ponen a parir sin mayor argumento que su propio fanatismo.

Ayer, practicando el segundo sistema, acerté de pleno.

Repasando el gran resumen de Caffe Reggio, me encontré con el habitual panfleto pronacionalista de Enric Juliana en La Vanguardia -que, curiosamente, de titulaba “Polvoreda en Podemos por un artículo de Julio Anguita y Manuel Moreneo favorable al Gobierno populista italiano” y ahora se titula, simplemente, “Atracción fatal“- ridiculizando, cual ‘divinización del freakismo‘ el ‘nosotros primero‘ que al demagogo articulista sólo debe parecerle estupendo cuando se trata de esa regional supremacía catalana consistente en que los primeros sean una minoría del nosotros.

Se refiere, pues, a que ‘ni siquiera Podemos puede sustraerse al magnetismo que recorre Europa‘, hasta el punto de que ‘tres personas muy apreciadas‘ en tal movimiento se han apuntado al ‘enfoque social-nacional‘, al ‘magnetismo soberanista‘ publicando -el pasado 050918 en Cuarto Poder– el artículo “¿Fascismo en Italia? Decreto Dignidad”.

Huelga decir que ha sido percibir la molestia de Juliana y lanzarme como una bomba de precisión anti-Margarita hacia el texto en cuestión, ha sido todo uno. Y, efectivamente, Anguita, Moreneo e Illueca mantienen la tesis [ver infra] de que el reciente e italiano ‘Decreto Dignidad‘ es digno de reconocimiento, y no precisamente fascista, en su defensa de la reducción de los contratos temporales, la introducción de penalizaciones a la deslocalización empresarial, y la prohibición de la publicidad de las apuestas deportivas y los juegos de azar.

Tres medidas que cualquier sensato firmaría y que respecto a las dos últimas, son especialmente significativas si contemplamos el caso español:

Aquí se ha llegado a favorecer [primar] la deslocalización de nuestras propias empresas [alegando razones de crecimiento internacional] y, en el caso de las multinacionales, jamás se le ha exigido la devolución de las ilegales subvenciones -sobre todo regionales- recibidas, incluso periódicamente,  por localizarse en España.

Y en cuanto a la prohibición publicitaria de las apuestas deportivas -un repugnante escándalo ludópata en España, que está destrozando a miles de menores y a sus familias- aún estoy esperando que algún partido diga algo al respecto.

En fin, nos encontramos en un tiempo en el que la izquierda se ha quedado sin discurso y la derecha ha olvidado sus principios. La primera, en manos de la discriminación positiva, buenistas, feministas, migrantes, multiculturalistas, pacifistas, igualitarios, populistas u orgullosos identitarios; la segunda a merced de un capitalismo global partidario de que prospere el consumismo exacerbado, el analfabetismo histórico y político, un libre comercio sin fronteras y una mano de obra abundante aun a costa de liquidar el status laboral y la cultura de los diferentes pueblos productores de bienes y servicios.

De ahí que se vaya extendiendo como la pólvora una nueva corriente política, que se inició en el Reino Unido con el Brexit, consistente en volver a la raíces, defender los Estados-Nación, sus poblaciones autóctonas sus culturas y sus fronteras y, como es lógico, recuperar el Estado del Bienestar perdido y permitir la inmigración exclusivamente reglamentaria, con estricta sujeción a las normas.

Es decir, recuperar en Occidente el Estado Social de Derecho, consolidándolo sobre el principio de legítima defensa propia, dando prioridad al propio grupo social sobre terceros. Y alejando toda confusión entre el cohesionador patriotismo y el desintegrador nacionalismo regionalista.

Ayer, fueron los suecos quienes alzaron la voz en tal sentido y parece que aquí, en España, incluso los comunistas y adláteres están tomando buena nota de que la fiesta de la suicida fraternidad y de la Alianza de Civilizaciones sólo nos conduce a la ruina.

Volvamos pues a los Gobiernos alejados de la idiocracia y en manos de las élites elegidas democráticamente, convenientemente preparadas, divulgadoras de información veraz y capaces de proyectos de desarrollo social solidario que nos hagan ciudadanos cada vez más libres  e iguales en derechos y obligaciones.

EQM

pd Bravo por la iniciativa de Macron de restablecer el Servicio Militar Obligatorio. Nosotros ya lo deberíamos haber hecho hace mucho tiempo, sobre todo después de haber reconocido tanto Felipe González como JM Aznar que su supresión fue un mayúsculo error. Un país progresivamente desvertebrado como el nuestro jamás debió renunciar a ello, como tampoco a una educación y un funcionariado únicos para toda España.

Revista de Prensa:

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¿Fascismo en italia? Decreto dignidad

El Decreto Dignidad establece también importantes restricciones a la deslocalización empresarial, sancionando a las empresas que abandonen el territorio italiano con la pérdida de las ayudas públicas vinculadas a inversiones productivas que hayan recibido

Aborda la prohibición de la publicidad de las apuestas deportivas y juegos de azar, en la pretensión de erradicar una lacra social que golpea sin piedad a las familias italianas, especialmente a las más pobres y vulnerables

Héctor Illueca, Manuel Monereo y Julio Anguita

La aprobación del llamado “Decreto Dignidad” por parte del gobierno italiano ha provocado furibundas reacciones en diversos círculos políticos y empresariales. La multinacional alemana Foodora abandona Italia. Lejos de toda prudencia, las principales organizaciones patronales amenazan con despidos masivos. El día de su aprobación en el Senado, los representantes del Partido Demócrata exhibieron carteles en los que podía leerse #ByeBye lavoro (“Adiós trabajo”), lo que motivó que la presidenta de la cámara los llamara al orden.

Periodistas a sueldo de las finanzas han emprendido una campaña sin precedentes contra el artífice de la norma, Luigi di Maio, el joven ministro de Trabajo y vicepresidente del país transalpino. Hasta los sindicatos han manifestado su oposición al Decreto, aunque en este caso por motivos muy distintos a los anteriores. Lo cierto es que el Decreto Dignidad ha abierto un intenso debate en la sociedad italiana sobre los parámetros que rigen las relaciones laborales y, más allá, sobre las políticas sociales y económicas aplicadas en Europa desde la aprobación del Tratado de Maastricht.

¿A qué viene tanto ruido? Empecemos por contextualizar el Decreto Dignidad en la historia de la legislación laboral italiana. Una historia, por cierto, que resultará familiar a los lectores españoles. Durante los últimos treinta años, las sucesivas reformas laborales han desregulado el mercado de trabajo y han generalizado la precariedad laboral: la Ley Treu (1997), la reforma Biaggi-Maroni (2003), los denominados “bonos de trabajo” (2008), la Ley Fornero sobre las pensiones (2012)… estas y otras normas fueron construyendo un mercado laboral precario y desregulado en el que los empresarios tienen por entero la sartén por el mango.

La culminación de este proceso fueron las reformas acometidas por Matteo Renzi en los años 2014 y 2015, que implantaron el llamado “contrato único” (despido libre) y la contratación temporal sin causa como formas ordinarias de gestión de la mano de obra en las empresas. O sea, precariedad para todos y en todas partes. Recordemos, sin acritud, que por aquel entonces el actual presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, consideraba a Renzi su principal referente en Europa.

Partiendo de esta base, no puede negarse que el Decreto Dignidad constituye un punto de inflexión en las políticas sociales aplicadas en Italia desde la irrupción del neoliberalismo. Se dirá, con razón, que la norma no cuestiona el paradigma dominante del mercado de trabajo y que serían necesarias reformas mucho más profundas y ambiciosas. Así es. Pero ello no debería impedirnos valorar en su justa medida el Decreto Dignidad.

Veamos sucintamente su contenido. Para atajar la precariedad laboral, se reduce la duración máxima de los contratos temporales de 36 a 24 meses y, todavía más importante, se restablece el principio de causalidad en la contratación temporal a partir del primer año de vigencia del contrato, de modo que éste sólo podrá prorrogarse cuando existan circunstancias temporales y objetivas que lo justifiquen. Aún más, con afán evidentemente disuasorio, se incrementa significativamente la indemnización por despido de los contratos temporales y se penaliza el uso abusivo de los mismos, aumentando la cotización adicional a la Seguridad Social en 0,5 puntos por cada prórroga del contrato.

Pero no sólo eso. El Decreto Dignidad establece también importantes restricciones a la deslocalización empresarial, sancionando a las empresas que abandonen el territorio italiano con la pérdida de las ayudas públicas vinculadas a inversiones productivas que hayan recibido, e imponiendo fuertes multas administrativas si la empresa se desplaza a países no pertenecientes a la Unión Europea.

Aunque está por ver cuál es su eficacia, creemos que se trata de una decisión valiente al menos por dos razones: primero, porque supone un cuestionamiento de los principios que inspiran la construcción neoliberal del mercado europeo, señalando el nudo de problemas a los que muy pronto tendrá que enfrentarse el gobierno italiano; y, segundo, porque fortalece la posición de poblaciones laborales completas que hasta ahora asistían impotentes a la degradación sistemática de sus condiciones de vida y trabajo para “hacer de Italia un país competitivo” y “salvar los puestos de trabajo”.

Por último, pero no por ello menos importante, el Decreto Dignidad aborda la prohibición de la publicidad de las apuestas deportivas y juegos de azar, en la pretensión de erradicar una lacra social que golpea sin piedad a las familias italianas, especialmente a las más pobres y vulnerables. Con la única excepción de las loterías nacionales, la norma prohíbe cualquier clase de publicidad relacionada con apuestas y juegos de azar, efectuada por cualquier medio, incluyendo eventos deportivos, culturales o artísticos, transmisiones de televisión y radio, prensa diaria y periódica, publicaciones en general, vallas publicitarias e Internet.

La lucha contra la ludopatía nunca ha sido fácil, tampoco en Italia, como evidencian las muchas iniciativas fallidas que se emprendieron en el pasado. Al proceder de este modo, el gobierno italiano está asumiendo la defensa de las clases populares frente a grupos de presión poderosos e influyentes que controlan los principales medios de comunicación a través de gigantescas inversiones publicitarias.

En nuestra opinión, la importancia del Decreto Dignidad no puede ser ignorada. El gobierno italiano parece ser el único que ha tomado nota de la importante Resolución del Parlamento Europeo aprobada el pasado 31 de mayo sobre la lucha contra la precariedad laboral, en la que se insta a los Estados miembros a erradicar el empleo precario y a promover el trabajo de calidad, seguro y bien remunerado. Es posible que las medidas laborales del Decreto sean insuficientes, pero rompen con el pasado reciente y transitan un nuevo camino.

Las medidas contra las deslocalizaciones apuntan a las empresas que en mayor medida han explotado y precarizado el trabajo. La lucha contra la ludopatía implica la defensa efectiva de los más pobres y excluidos, de las personas que sufren la crisis y lo han perdido todo. Guste o no guste, el Decreto Dignidad constituye un notable esfuerzo por defender al pueblo italiano contra los señores de las finanzas y de las deslocalizaciones. En política hay que debatir sobre datos y hechos. Juzgar las intenciones es propio de inquisidores y pobres mentes que carecen de argumentos racionales. ¿Fascismo en Italia? Decreto Dignidad.

  • Héctor Illueca: Valenciano. Licenciado y Doctor en Derecho por la Universidad de Valencia. Inspector de Trabajo y Seguridad Social desde 2004, desempeña actualmente sus funciones en la provincia de Castellón. Impulsor del Frente Cívico ‘Somos mayoría’.
  • Manuel Monereo. Licenciado en Derecho. Diplomado en Ciencias Políticas. Miembro de la dirección de Izquierda Unida. Diputado andaluz (1986-1990). Diputado en el Congreso desde 2016, G.P. Confederal de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea ( GCUP-EC-EM ). Impulsor del Frente Cívico ‘Somos mayoría’.
  • Julio Anguita. Ha sido Alcalde de Córdoba [1979-1986]. Diputado al Parlamento Andaluz [1986-1989]. Diputado en el Congreso [1989-2000]; Secretario General del Partido Comunista de España (PCE; 1988-1998), y Coordinador General de Izquierda Unida (IU; 1989-2000). Impulsor del Frente Cívico ‘Somos mayoría’.

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Social: La izquierda: opción B

Un artículo cofirmado por Anguita y Monereo ha merecido toda clase de insultos, siendo el más frecuente el de “fascistas”. ¿Otra polémica banal más? No, esta es importante

Esteban Hernández en El Confidencial, 090918

Hace un par de días, a Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Illueca se les ocurrió publicar un artículo alabando el ‘Decreto dignidad’ impulsado hace un par de meses por el gobierno de Salvini. Algunas de sus medidas, destinadas a frenar la deslocalización de las empresas y a prohibir la publicidad de casas de apuestas, eran valoradas como positivas por los autores, lo cual ha constituido para muchos de los suyos una suerte de blasfemia. Se les ha llamado fascistas o blanqueadores del fascismo, se les ha tildado de viejos reaccionarios, de rojipardos o de imitadores del Hogar Social.

En fin, es la típica polémica de las redes, que genera mucho ruido y furia en entornos limitados y que dura un par de días, hasta que es sustituida por la siguiente discusión. Este caso, sin embargo, contiene un par de elementos que la trascienden. En primera instancia, porque se trata de un aporte más a esa pelea desatada en una izquierda cercana a la ruptura. El miedo a un notable fracaso electoral, que quebraría las precarias alianzas sobre la que se ha construido, hace crecer dos tipos de sentimientos. Uno de ellos está presente entre quienes apuestan por lo material y circula como ruido de fondo desde hace tiempo.

Podría resumirse así:

“Nos convencieron para renunciar a lo que proponíamos a cambio de tener influencia en la sociedad y una presencia sólida en las instituciones, y nos estamos quedando sin nuestras ideas, sin peso social y sin nada. Y además, la derecha populista nos adelanta gracias a propuestas que siempre hemos hecho pero que dejamos de hacer”.

El segundo es mucho más tacticista:

“¿No sería mejor abandonar Podemos pronto (o al menos alejarnos mucho de sus líderes), para que su fracaso nos afecte lo menos posible? “.

Un descontento generalizado

Tampoco en el otro lado de la izquierda española se sienten muy felices. El descontento es palpable entre los errejonistas, porque entienden que al renunciar a la hipótesis populista (si es que esa pátina de buen rollito y positividad que utilizaban podía ser llamada populista) se pierde toda posibilidad de ganar influencia social; y entre los anticapitalistas, cuyo proyecto horizontalista (de esos que estructuran para acabar dirigiéndolo ellos) y multirracial pierde peso ante los éxitos de la derecha populista y de la extrema.

En el mundo político contemporáneo hay dos fuerzas dominantes, la que representa al mundo global y la nacionalista. Se ha optado por un nuevo eje en el que el peso del antiguo, izquierda/derecha, se ve muy reducido: unos apuestan por la apertura, el libre comercio, el multiculturalismo, el feminismo, el diálogo entre naciones y el apoyo a las minorías; los otros por un mayor control de fronteras, el regreso a la patria, el freno a la inmigración, mayores ventajas económicas para sus nacionales, los líderes firmes y la construcción de sociedades más cohesionadas. Unos dicen encaminarse hacia el futuro mientras sus rivales se quedan anclados en el pasado, los otros aseguran que ya está bien de tantos discursos blandengues que no hacen más que perjudicarles.

Volver al mapa

En ese contexto, la izquierda se está quedando sin espacio relevante en Occidente, como bien reflejan los resultados electorales. La socialdemocracia tradicional ha abrazado sin complejos el liberalismo económico y se posiciona claramente del lado global, mientras que los partidos que estaban situados un poco más allá en el tablero político cuentan cada vez con menor apoyo social. Salvo Corbyn, en un país que ha salido de la UE, y Sanders, que ocupa una posición todavía secundaria entre los progresistas estadounidenses, no hay muchas más noticias. En Europa, las fuerzas de izquierda que gobiernan se someten a los dictados de Bruselas, y las que no están en el gobierno tienden a ser residuales.

Existen iniciativas, no obstante, que intentan volver a situar al lado zurdo en el mapa. Una de ellas es En Pie, un movimiento alemán que pretende recuperar los votos de la clase trabajadora que se llevó la extrema derecha. Sus propuestas son nacionalistas y priorizan el trabajo y los salarios, así como la regulación de la inmigración. La lectura que Monereo, Illueca y Anguita hacen del decreto italiano tiene mucho que ver con ellas. Las recientes discusiones en la izquierda española, como el debate sobre la diversidad lanzado con el libro de Daniel Bernabé, también están relacionadas con este asunto. Hay un deseo de regreso a lo material en buena parte de las fuerzas progresistas que es ya difícil de contener, y es posible que sus partidarios decidan plantarse ante la UE alemana y tratar de llegar a las clases populares por vías mucho más directas.

Las versiones B

Este movimiento, sin embargo, señala algo curioso. La izquierda, en un momento de crisis, ha optado por dividirse en dos espacios que reproducen los modelos exitosos y los adaptan a su nicho. Si los globalistas son ese mundo multiculti, engreído, pijo-moderno, poblado por profesionales de barrios gentrificados y de urbanizaciones de las afueras que abogan por la mezcla y la fusión y por la globalización y la metropolización felices, su versión B recoge buena parte de ese ideario de modernidad, tecnología, apertura, reconocimiento de derechos a las minorías, y pone en estas sus esperanzas políticas.

Los populistas de derechas entienden que lo global es un problema, apuestan por los límites que trazan las fronteras, creen en la necesidad del proteccionismo e insisten en que sus ciudadanos deben vivir materialmente mejor; si no es así, es por culpa de los inmigrantes y de las élites globales, que son quienes los sostienen en última instancia. Es difícil que parte de la izquierda no empatice con quienes defienden los trabajos, combaten las deslocalizaciones e incluso pretenden un regreso a la identidad nacional. Les llaman obreristas, dicen de ellos que son nostálgicos del fordismo, pero eso no hace más que reforzarles en sus posiciones: enfrente tienen la levedad posmoderna, esa que les ha llevado al fracaso.

Estas dos versiones se atacan insistentemente, y los insultos que se dedican han quedado patentes con el artículo de Monereo, Anguita e Illueca. Pero lo llamativo es que las diatribas que les han lanzado bien podrían usarse en sentido contrario: si ellos “blanquean el fascismo” por alabar medidas del gobierno italiano, lo mismo podría decirse exactamente del otro lado, que blanquea el liberalismo globalista con su defensa de lo multiculti, el apoyo a las minorías, etc. Y aún más: las mismas acusaciones que profieren los globalistas respecto de los proteccionistas son las que recogen los culturalistas para atacar a los obreristas, solo que elevando el tono. Han hecho de la vigilancia moral un modelo de negocio político, al igual que otros han sacado partido de señalar los pecados en el periodismo.

El reino de los equilibristas

El problema de fondo no es saber quién tiene razón en estas peleas internas, sino que ambas posiciones no constituyen más que dos versiones de las fuerzas dominantes de la época, dos reproducciones de los modelos políticos exitosos adaptados a su nicho, dos especies de equipos filiales. En España está división está muy marcada en Podemos, porque por un lado aparece una parte de Izquierda Unida que reivindica el regreso duro a lo material, y por otro están los errejonistas y los anticapitalistas capitaneando lo cultural, aunque sus perspectivas difieran. Pablo Iglesias, es decir, la cúpula de Podemos, no está ni aquí ni allá, ni en ninguna parte en concreto. Se dedica a hacer equilibrismos en distintos frentes: para mantener el partido mínimamente unido, para que las alianzas con las confluencias no se rompan, para que apoyar el PSOE le dé algún rédito en lugar de perjudicarle.

Este esfuerzo por mantener todas las bolas en el aire se agotará si los resultados electorales no mejoran lo que las encuestas les conceden. Podemos va camino de acabar rompiéndose en dos grupos, los obreristas y los culturalistas, es decir, en una reedición de las tensiones entre los comunistas y la izqueirda arcoiris de los viejos tiempos. Tanto hablar del régimen del 78 y van a acabar sumidos en los mismos dilemas inútiles de aquella época.

El éxito se desvanece en el aire

La derecha se ha transformado radicalmente desde los años 70. Cada paso adelante que ha dado ha supuesto la adopción de nuevos argumentos y discursos y una consecución más lograda de sus propósitos. La línea que lleva de Reagan a Trump está tejida con elementos diferentes y la misma intención. En el caso de la izquierda, ese cambio no se ha dado. Había un par de marcos y uno ha ido ganando espacio a costa del otro, pero no ha existido una evolución ni discursiva ni analítica y mucho menos de conexión con la sociedad. Podemos prometió hacer algo distinto, pero en cuanto las cosas comenzaron a torcerse regresaron a sus viejas obsesiones, aquellas que llevaban flotando en el ambiente desde la Transición; en cuanto la ilusión del éxito se desvaneció, volvieron a hablar de lo mismo.

Se avecinan tiempos complicados. Hay un nuevo marco geopolítico y nuevas tensiones territoriales. La debilidad de la UE, cada vez más patente, está provocando tensiones crecientes. La desigualdad aumenta y las tentaciones de buscar una salida en solitario son cada vez mayores. En ese escenario, y con grandes retos por delante, una izquierda potente es imprescindible, para ella misma y para la sociedad. Pero para tener influencia social, a la izquierda le toca salir fuera, tomar consciencia de que esto se ha acabado, de que hay que cerrar ya una etapa y pensar en lo que viene y en cómo afrontarlo.

Que Podemos no es una solución lo saben incluso quienes están en Podemos, y la forma de superar este momento de dificultad no puede ser reproducir los marcos de otros ni reeditar viejas peleas. España y Europa se van a jugar mucho en los próximos años y la izquierda tendrá que desempeñar un papel en esa partida. Es hora de pensar cómo.

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Notas.-

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