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‘El Constitución Español’. Collage de ARCU.
Propuesta del Colectivo HPLIP [Hombres por la inclusión paritarita]

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De Emanaciones, el blog de Juan Abreu

3793 / Miércoles, 5 de diciembre de 2018

La mejor manera de vivir respecto a una utopía es bien lejos. Lo más lejos posible. Cuando llegue alguien a hablar de liberarte y de conducirte al paraíso del comunismo, por ejemplo, es hora de hacer las maletas y largarte lo más lejos posible. Fuera del alcance de los revolucionaros y fuera del alcance de los que quieran liberarte y construir un mundo mejor y un mundo de igualdad y de justicia y toda esa mierda. Detrás de la palabras de esa gentuza libertadora y prometedora de un mundo mejor sólo hay campos de concentración, tiranía, hambre, cárcel, miseria y muerte.

Y ya que hablo de eso veo en los diarios y en las televisiones a los jóvenes españoles que han salido a las calles a berrear contra el partido VOX y en nombre de la utopía comunista y no me queda la menor duda de que cuarenta años de educación socialdemócrata en España han producido generaciones enteras de analfabetos y de imbéciles.

3792 / Lunes, 3 de diciembre de 2018

Gran victoria de Ciudadanos y VOX en Andalucía. Son buenas noticias. La izquierda socialista y castrista chavista y aliada del golpismo catalán y del vampírico nacionalismo vasco, derrotados. Qué digo buena, una excelente noticia. Ya claman la intelectualidad y los periódicos contra VOX. ¡Que viene el lobo, que vienen los nazis! Ya esgrimen los castristas las consignas estalinistas: ¡No pasarán! Y el resto de la morralla. Lo mejor de lo sucedido en las elecciones andaluzas es lo que preludian. Preludian una España de ciudadanos verdaderamente libres e iguales. Una España sin concierto vasco sin catalán en la intimidad sin autonomías y sin chantajes tribales.

Yo pensaba, y me deprimía pensando, en que la alianza del sanchismo y de la izquierda fidelista con los golpistas y con los etarras y sus herederos avanzaba a toda marcha. ¡Y en que los ciudadanos libres e iguales españoles continuaban sumidos en un sueño suicida ante el avance de sus enemigos! Pero. Ahora pienso que debemos estar agradecidos a los golpistas catalanes y a los chavistas y al vampírico PNV porque a fin de cuentas son ellos los que han conseguido que despierten los españoles libres e iguales. Que despierten y digan sin miedo somos españoles, sí, españoles, y qué.

Y qué.

3788 / Jueves, 29 de noviembre de 2018

El domingo, elecciones en Andalucía. A mí me gustaría que ganara Ciudadanos que es el partido más moderno y sensato, o lo parece, de la política española. Le falta llevar en su programa la abolición de las autonomías, pero todo llegará, supongo. Ya casi no se puede tomar en serio a un partido político español que no lleve en su programa de gobierno la abolición de las autonomías. Las autonomías son una potala para España. Sin autonomías España sería un país mucho más rico y mucho menos corrupto (menos gente a robar) y también más fuerte frente al empuje creciente de la demencia tribal. Mis simpatías están con Ciudadanos, y espero que gane o que saque muchos escaños etcétera.

El problema que le veo a Ciudadanos en Andalucía es el candidato, un hombre gris hasta la inanidad. Un hombre además feo y soso y con una voz lamentable (voz lamentable sólo superada por el señor Villegas, por no salirme de Ciudadanos). Desgraciadamente, estos aspectos a primera vista triviales son muy importantes en la política moderna que es muy trivial y bruta y de revista de colorines. Creo que si Arrimadas fuera la candidata en Andalucía, Ciudadanos obtendría mucho mejores resultados. Pero. A pesar de su horrible candidato, les deseo lo mejor.

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El club de la almendrita constitucional

Hughes en ABC, 051218

En una entrevista en la televisión, Santiago Abascal decía hoy: “No vengo a convencer a todo el mundo, vengo a…”.

En este instante fue interrumpido por la entrevistadora. Creo que quería decir que viene a “representar”, o a intentar representar a unos cuantos.

La actitud de los medios de comunicación ante el fenómeno de VOX está siendo muy curiosa. Primero, los estamos explicando como si acabaran de llegar de la mismísima Polonia o fueran letones. Como una cosa extrañísima y “verde mutante”, recién llegada, cuando Vox estaba en el bar de abajo, en el vecino y tan en la calle como los bocinazos o el trap.

Superada esta especie de curiosidad antropológica parece que sus propuestas electorales deban ser validadas, no por la Junta Electoral, sino por un club de periodistas cualificados. Una vez superado ese examen, son aceptados; de lo contrario, y aunque vayan a reproducir las aspiraciones de millones de españoles, se les expulsa a los márgenes de lo civil, donde deben padecer el cordón sanitario, el insulto o el sambenito de unas etiquetas tremendistas.

Porque “etiquetar” las propuestas de VOX es un necesario trabajo técnico que deben realizar personas estudiosas, siendo que entre los periodistas que “juzgan” esto hay una insolvencia absoluta y acreditada. Mezclan trumpismo con extrema derecha europea, radicalismo con tradicionalismo, franquismo con populismo… Un caos que no importa siempre que suene extremo y radical.

Se les oye exclamar: “¡No es constitucionalista! ¡No es constitucionalista!”. Pero ¿qué es ser constitucionalista y por qué hay que ser constitucionalista? Han convertido la constitución en un frentismo. El constitucionalismo en un ismo, una ideología, un movimiento. No basta con respetar la Constitución, hay que ser hincha de ella, ideológicamente de ella. No basta con ser simplemente constitucional, hay que ser constitucionalista. Por eso digo que la entrada de Vox revela y delata una actitud extendida y no del todo higiénica: extender el frente contra los nacionalistas (ese bagaje de conceptos y políticas) a la España interior.

Etiquetar para conocer o clasificar o situar a Vox no es lo que más interesa a los integrantes de este club periodístico que se arroga funciones de Junta Electoral para decidir lo legítimo o no legítimo, lo votable; su interés fundamental es estigmatizar. Lanzar el espantajo de lo evitable, de lo rechazable: el más allá, lo que no se puede o debe soportar.

Esto lo hacen algunos porque sinceramenre se sienten llamados a esta misión. Son ese tipo de periodistas que siempre son Gary Cooper: el que nos salva del fascismo cada quince días, el que redime con su mirada sentimental al subsahariano, el que rescata con su alianza a la feminista en apuros… (¡Oh Gary Cúperes!).

En otros funciona una reproducción de las posiciones del Partido Popular y de Ciudadanos a veces tan desconcertantemente exacta que es como ver doble. ¡Villegas divertidos! ¡Villegas con metafóras!

Este centrismo dominante en España (y puede que en Europa) es un centro extrañísimo que admite muy mal lo distinto y que resulta de un elitismo insoportable. Situado en el medio como Jano con dos caras o como el egipcio que pone una mano en la pasta de la derecha y otra en el chic de la izquierda, se enfrentan a la novedad de VOX con un primer ánimo censor. Ni Vox ni ningún otro partido salvo quizás Ciudadanos van a realizar una oferta electoral que satisfaga enteramente a todo el electorado y que sea una fotocopia constitucional.

Un programa no puede ser una fotocopia de la Constitución ni un resumen fiel del consenso o una antología orgánica del mismo. Un programa no es un test de aptitud constitucional. VOX solo representará a unos ciudadanos determinados en un momento concreto. En este sentido, la actitud de Casado parece más edificante y menos esencialista: aprovechar lo posible de VOX, lo compartido o lo común.

Este poderoso centrismo dibuja un Madrid Central constitucional donde solo pueden circular sus patinetes centristas o sus residentes con pegatina, porque si entra un derechista con su coche diésel se deteriorará el medio ambiente por su toxicidad y nos saldrá bigotillo, comenzaremos a caminar como ocas y a perseguir con antorchas a los manteros.

Una Almendra Constitucional delimitada por el selecto club de las almendritas (expresión de Trapiello). ¡El club de la almendrita constitucional!

Sucede que hay una agenda cultural y política y es hegemónica, hay una agenda única y estas personas han confundido su propia hegemonía con la libertad. Los márgenes de su dominio con los de la libertad.

El hecho de que la Ley de Violencia de Género, por poner solo un ejemplo, sea defendida por todos los partidos no quiere decir que sea incuestionable.

Lo mismo sucede con el llamado “patriotismo constitucional”, esa única-manera-de-ser-español (consistente en no serlo) manejada hasta la desesperación por cuatro omnipresentes.

Perdón por el tono cursi y algo grandilocuente, pero hay que normalizar el derecho de los demás a expresarse políticamente, aunque no estemos de acuerdo con ellos. O no del todo de acuerdo, que es lo que suele suceder: el desacuerdo parcial.

Sin embargo, este centrismo hegemónico pretende también convertirse en portero de discoteca constitucional: tú mereces pacto, tú cinturón sanitario… El populismo es llevar calcetines blancos.

Y ahí es cuando hay que protestar un poquito. No por Vox (a Vox yo creo que esto le viene muy bien), por principio, porque la horma conceptual que impone esta gente es limitante. De tanto defender la constitución (de modo encomiable en algunos casos) han acabado confundiendo constitución con ideología.

Las etiquetas despectivas y el insulto a los votantes parecen esconder un propósito extendido: que todo sea Ciudadanos, PSOE o PP (leí algo muy acertado de Cristina Losada: la amenaza-invitación de Rajoy se ha cumplido en parte: fuera del PP los conservadores y los liberales). El resultado es un bloque monolítico y reductor, como en un postfranquismo liberal con dos o tres familias casi intercambiables, primos auténticos, que entre ellos verifican lo aceptable desde arriba. Todo lo que exceda ese consenso es execrable y no puede ni mencionarse a riesgo de ser expulsado fuera de las murallas de la ciudad.

El paso siguiente es pedir que el censo se restrinja a los lectores de Pinker o de ciertos periódicos.

España es como es, y debe tener una expresión política o la mayor representación posible. Esto no debería ser malo. Si la Constitución de la que son no solo sujetos sino partidarios (en tanto “constitucionalistas”) funciona tan bien como dicen, esto no será un problema.

En esos 400.000 andaluces no está la semilla del horror. En todo caso estará la semilla de cierta derecha española o la foto de un momento político puntual. Ya sabemos que mayormente no somos la ilustración francesa, pero es bueno que incluso eso encuentre una expresión. A no ser que consideren que esas personas estaban mejor sin ningún tipo de representación o metidos como zombis numéricos en un gran PP que no atienda sus reivindicaciones. ¿Es eso lo que quieren? ¿El partido contenedor condescendiente que les de voto y no voz? Que lo digan. Ánimo. Levanten su meñique, ajusten su monóculo, suban su pantalón como Gary Cooper:

“Queremos una ‘democracia’ donde millones de españoles sean meras comparsas libres e iguales que obedecen fielmente las directrices de una élite tesorera de los valores liberales y democráticos”.

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Ilustración de Javier Olivares [España, 1964] para el texto

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La doctrina constitucional de Rufián

Félix Ovejero en El Mundo, 051218

Aunque sorprenda, por detrás de Rufián y su “todos fachas menos yo” hay doctrina. Las paulovianas reacciones del peculiar parlamentario encuentran su aval en la tesis, sostenida por una parte de nuestra izquierda, según la cual el llamado régimen del 78 es una versión aligerada del franquismo, su prolongación natural. La Constitución, escrita bajo la tutela de los poderes fácticos, mostraría las sombras del dictador en distintos rincones, por ejemplo, en su compromiso con la indisolubilidad de España y con la Monarquía. Así las cosas, la defensa de la Constitución sería cosa de formaciones políticas de extrema derecha, fascistas, franquistas más o menos redecoradas.

Nuestros males procederían de aquellos polvos, de que nunca se habría producido una genuina ruptura democrática, especialmente en el trato con las distintas naciones que integran el Estado español. Según este diagnóstico, la patología radica en la entraña de las instituciones y, por lo mismo, la solución de nuestros problemas reclamaría un proceso constituyente plenamente democrático, que incorporara alguna variante del derecho a la secesión, única respuesta democrática a las legítimas exigencias de las distintas naciones sin Estado. La falta de esa respuesta explicaría el recurrente rebrote del problema de España que no sería otro que la falta de reconocimiento de unas realidades nacionales siempre ignoradas.

El relato anterior, en su núcleo más austero, se sostiene en una tesis empírica de la que se extraen una conclusión moral y una prescripción. La tesis empírica es la descrita: fuerzas comprometidas con el franquismo y políticos del régimen habrían tutelado y protagonizado la Transición y, en algún sentido, habrían condicionado las discusiones y propuestas que están en el origen de la Constitución. La conclusión: la ilegitimidad de las decisiones adoptadas en aquellos momentos y, por ende, de la Constitución. La prescripción: los problemas de España persistirán mientras no se reconozcan -y se les otorgue expresión institucional a- las realidades nacionales.

La tesis empírica resulta indiscutiblemente verdadera. Tan verdadera que reposa en una obviedad, a saber, que las constituciones se forjan en circunstancias históricas no elegidas. Una obviedad que bordea la tautología: en tanto una Constitución es la ley suprema que rige la vida colectiva de una sociedad resulta inseparable del ruido de la vida, del conflicto. Siempre hay circunstancias históricas no elegidas. La Constitución alemana fue (casi) dictada por las potencias ocupantes y la de Estados Unidos o la nuestra de 1931 no la votaron las mujeres. No hay Constitución limpia del viento sucio de la historia. No la hay ni la puede haber. Precisamente porque aspira a proporcionar un procedimiento para resolver conflictos asume, por principio, que arranca de conflictos.

En una comunidad de santos se requieren pocas leyes. La fraternidad más honda, la de los amantes que solo quieren el bienestar del amado, no contempla invocar el derecho. “Es tu obligación”, “me lo debes” es admitir el fracaso del amor. “Cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia”, nos recordó Aristóteles. No es que, para decirlo con la clásica locución de Kant en La paz perpetua, necesitemos una constitución «incluso para un pueblo de demonios», sino que la constitución es inseparable de pueblos con demonios, esto es, de cualquier pueblo. En ese sentido, si una constitución, para ser legítima, reclama la ausencia del “ruido y la furia”, no hay constitución legítima. Ninguna Constitución, tasada bajo el contrapunto de una sociedad ideal, resulta inmaculada. Sobre el contraste de la perfección, no se salva ni Dios.

Una vez admitimos que las circunstancias de origen nunca son -ni pueden ser- las óptimas y que las constituciones se hacen en este mundo para gentes de este mundo, solo nos queda valorar prudencialmente los contextos de su gestación. Asumida esa cautela, parece razonable admitir que la gestación de nuestra Constitución resultó razonablemente democrática. En su elaboración participaron todas las fuerzas políticas democráticas, además de los nacionalistas. Ni una de las organizaciones políticas autocalificadas como franquistas negoció una línea de la Constitución y cuando llegó el referéndum, quienes se reclamaban herederos de Franco hicieron campaña en favor del No. Si lo dudan, googleen pasquines de aquella hora: “Franco habría votado No”; “Frente al SÍ del comunismo, el NO de los católicos”.

Cuando se trata de valorar la calidad de una constitución es mejor centrarse en el contenido, en el resultado final. Y el producto acabado, en nuestro caso, suponía una radical discontinuidad con el franquismo. La Constitución del 78 no era una reforma de las leyes del movimiento, sino el perímetro jurídico de una democracia emparentada con las europeas o, si se quiere, con aquella contra la que Franco se perfiló ideológicamente. Solo desde la cerrazón mental se puede relacionar con el franquismo un marco jurídico que ha permitido un régimen de partidos políticos (incluso algunos separatistas), el divorcio, el matrimonio homosexual o el aborto.

Por lo demás, la tesis empírica, aunque verdadera, ignora circunstancias relevantes y, por lo mismo, dibuja un cuadro incompleto. Los años de la Transición eran tiempos en los que la izquierda señoreaba intelectual y políticamente nuestro ecosistema político y cultural. En un doble sentido. Uno, propiamente español: la autoridad moral ganada por su oposición al franquismo le otorgaba una función sancionadora. Solo si una causa contaba con su nihil obstat se podía considerar democrática.

La derecha podía proponer lo que quisiera pero mientras no contara con la aprobación de la izquierda no se consideraba santa y buena. Esa función sancionadora, prolongada hasta hoy mismo, concedía a la izquierda una enorme capacidad de decisión estratégica: si decía que no, se acababa el partido. Y, además, en caso de desacuerdo, con las responsabilidades morales determinadas de antemano: la izquierda con la credibilidad intacta; la derecha, culpable por definición.

Pero había otro sentido, más general, en el que también la izquierda mandaba. Y es que aquellos años eran también los del eurocomunismo y el Programa Común de la izquierda francesa, los del primer Mitterrand, proyectos políticos que se tomaban en serio acabar con el capitalismo y manejaban con soltura propuestas como nacionalizaciones de bancos y medios de producción, planificación económica y participación de los trabajadores en la gestión de las empresas. Nuestra izquierda, que compartía tales objetivos y propuestas, pondría todo su empeño en garantizarles cobijo en nuestra Constitución. Por ejemplo, en los artículos en los que se ocupa de la propiedad privada, el mercado o la planificación (arts. 128 y 131).

No nos engañemos. El recurrente debate sobre la Constitución no responde a una genuina preocupación por la pulcritud de su gestación sino a la necesidad de apuntalar la insensata prescripción: la solución de nuestros problemas exige reconocer las “realidades nacionales”. Y es que nuestra extravagante izquierda considera como medida de calidad de la Constitución de un país su capacidad para allanar el camino a quienes aspiran a destruirlo como comunidad de justicia y de decisión.

Nuestra izquierda, que parece haberse quedado para vestir santos nacionalistas, contraviniendo sus principios más fundamentales, parece empeñada en facilitar las cosas a idearios que desprecian -y lo proclaman- el interés general, la aplicación de criterios generales (imparciales) y compartidos (al conjunto de los ciudadanos) de justicia, y, asumen el supuesto de que algunos ciudadanos, en virtud de ciertas características han de disponer de unos derechos especiales que, de alguna manera, les permiten limitar los derechos de ciudadanía de los demás.

Si nos importa la salud de la democracia, la perspectiva adecuada quizá sea la contraria: aquellos proyectos políticos, radicalmente antigualitarios, que minan las condiciones mínimas de la convivencia democrática no debieran encontrar aliento institucional. Y nuestra Constitución, a qué negarlo, no ha puesto trabas a tan obscenos proyectos. No es irrelevante. Cuando se trata de diseños institucionales no cabe el ingenuo diagnóstico de que el problema es de falta de lealtad. Recuerden: “Incluso un pueblo de demonios”. Por eso, entre otras razones, estamos donde estamos. Antes que estigmatizarlos se los ha adulado y hoy, después de defender el delito, el Gobierno de la nación los reconoce como interlocutores.

Nuestra Constitución, ciertamente, tiene sus sombras. Pero eso queda para otro día, que estamos de aniversario.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

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Notas.-

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