.

Fragmento de la obra del grafitero anónimo ‘Banksy’ en una pared de Dover [R. Unido], fechada en 2017 [+ para verla al completo]

.

Esta casa es una ruina

Bernard-Henri Lévy ha conseguido el apoyo de ilustres firmantes europeos para publicar, en exclusiva, por ‘Liberation‘, un llamamiento-carta de resistencia a la ciudadanía con el objetivo de defender a Europa del abandono del Reino Unido y Estados Unidos y del ataque de esos europeos ‘falsos profetas borrachos de resentimiento‘ que, dicen, inoculan el suicidio al impulsar la tarea de reencontrar el “alma de las naciones” y de reconectar con una “identidad perdida” que  no existe, muchas veces, más que en la “imaginación de los demagogos“.

Como ustedes comprenderán, con ese tipo de fondo y forma y dando la exclusiva a tal medio de comunicación, un diario de ‘izquierda’ socialdemócrata que, en 2005, apoyó aquel proyecto bruselense de Constitución Europea, que fue precisamente derrotado también por los franceses de ‘izquierdas’, poca convicción e influencia se puede esperar.

Respecto a tal convocatoria social, con todos mis respetos, creo que para evitar que la ciudadanía europea tienda a reencontrar el ‘alma de las naciones’ y reconectar con una ‘identidad perdida’ -que sí existen, se han mantenido durante siglos y son mucho más sólidas de lo que les parece- sería menester, al menos, la comparativa con un proyecto europeo dotado de alma y con identidad, del que incluso los firmantes carecen o no concretan en un texto cuya finalidad es la mera y grave descalificación de sus oponentes.

También, en el caso de España y otros semejantes, choca su silencio frente a la necesaria reducción de los excesos de alma y de identidad que las Comunidades Autónomas le han usurpado al Estado, lamentablemente, con la propia complicidad de éste. Aunque conviene no olvidar que la Unión Europea lleva ya muchos años poniendo en cuestión a los Estados-Nación, impulsando desde la Asamblea de las Regiones de Europa [1985] a ese vigente Comité Europeo de las Regiones [1994].

Estoy con Cristián Campos [ver ut infra] en que los Estados-Nación europeos perdurarán y estimo que la Europa unida sólo será posible respetándolos, confederándolos y disminuyendo la perniciosa pretensión atomizadora desarrollada hasta la fecha por Bruselas.

Asi que mientras prosigamos en el erróneo camino de demonizar el patriotismo ciudadano en favor de los cohesionadores Estados-Nación a base de establecer paralelismos con los nacionalismos golpistas o disgregadores…, el futuro del proyecto europeo seguirá siendo una broma que a EEUU, China, Rusia y, próximamente, R. Unido, les producirá, a buen seguro, mucha risa.

Convendría recordar, al efecto, que el fracasado tratado constitucional de 2004 -por falta de voluntad ciudadana suficiente- tuvo que ser sustituido, aprisa y corriendo, por el Tratado de Lisboa de 2007, con objeto de dotar de personalidad jurídica a la Unión Europea aun cuando siguiera sin ser Estado. Y donde, por cierto, se reconoció que ni siquiera la cultura cristiana les pareció a los Estados Miembros vínculo suficiente de cohesión

Y, francamente, creo que Bernard-Henri Lévy ni ha estado ni está para tales trotes…, fundamentalmente porque no cuenta ni tiene en cuenta qué piensan los europeos al respecto.

Glosando el texto

Repasando una y otra vez el manifiesto y no doy crédito a lo que leo.

Es toda una confesión de parte, un insulto continuo a la inteligencia, es decir, toda una falsa de respeto a quienes no piensan como ellos, y todo un ondeo de esa misma épica que condenan cuando la emplean los demás.

El Manifiesto se produce por la preocupación de los firmantes ante la próxima celebración de unas elecciones europeas sobre las que casi nadie muestra el menos interés, como no sea la de ser aprovechadas, como lo son habitualmente, esto es, a modo de mero e inevitable complemento a las municipales y/o, regionales de su país. ¿Qué les preocupa, entonces?  Que, tal y como está el panorama, temen que el votante manifieste su justificada indignación votando a los partidos que han recuperado en su programa la defensa de los Estado-Nación, sean populistas o no.

“Los abajo firmantes no se resignan a que ocurra esta catástrofe anunciada”, es decir, que si no aparece un “nuevo espíritu de resistencia’ y “si nada contiene la ola que crece, y empuja, y sube”:

“pueden ser las elecciones más catastróficas que hayamos visto jamás: la victoria de los destructores, la humillación de los que aún creen en el legado de Erasmo, Dante, Goethe y Comenio, el desprecio a la inteligencia y la cultura, los estallidos de xenofobia y antisemitismo; un desastre.”

De ahí su apelación a la acción de quienes “patriotas europeos, más numerosos de lo que se cree pero, a menudo demasiado conformistas y silenciosos” tienen ante sí, “una nueva batalla en defensa de la civilización”. Y su llamamiento en base a “la fe en esa gran idea que han heredado y que ahora custodian”, con el fin de “evitar la llegada de nuevos totalitarismos y el regreso a la miseria de los tiempos más oscuros” y no “darse por vencidos” a manos de “enterradores”.

Sin embargo, parece que esos “borrachos de resentimiento”, esa “amenaza del repliegue nacionalista”, sí tiene motivos para que pase lo que está pasando; lo reconocen los propios firmantes:

“no hay otro remedio” que terminar con “incumplimientos”, “errores” y “cobardías”; “nuestra generación se ha equivocado”; “providencialismo”, “pereza”, carencia de “recursos y de ideas”. Todo con tal de consentir que “se impongan el resentimiento, el odio y su comitiva de tristes pasiones”.

Y así, todo.

Ahora comprendo todavía más lo que está ocurriendo. Esa cara descompuesta de los cientos, miles, de socialistas andaluces que vivían del socialismo a la mexicana, sin imaginar que el chollo acabaría. Esa cara pálida de los cientos, miles, de políticos y burócratas europeos y de los acomodados grupos de presión económicos de los lobbys que llevan 40 años viviendo de sacarle la pasta al ciudadano. Más de lo mismo.

Lo que está ocurriendo con el Brexit o las reacciones populares contra la deriva europea en Roma, Budapest, Viena, etc, no es casual ni es fruto de ‘falsos profetas borrachos de resentimiento’ [qué lenguaje más tabernario…].-

No, la gente no se ha hecho fascista…, ha devenido ‘identitaria’, y, ahora, busca también la identidad nacional patriótica, hecha añicos durante un proceso de 40 años en el que una Unión Europea sin Estado ni nación se ha dedicado a seguir siendo casi exclusivamente la Comunidad Económica Europea, con otra denominación y sin ocuparse de todas aquellas otras cuestiones que le posibilitaran alcanzar la conformación que precisa para ser un Estado confederal, que es a lo único -pero no menos importante- a lo que puede aspirar, incluso por razones de supervivencia.

Como leía hoy a un colega, la Unión Europea no se ha enterado aún de que su interesada y pasiva inercia está favoreciendo, ha contribuido sustancialmente, al eminente cambio que mas que una ‘era de cambio’ tiene toda la pinta de consistir en un ‘cambio de era‘.

Bernard-Henri, tampoco se ha percatado, según parece.

Mucho lamento que entre los firmantes de un texto tan poco reflexionado se encuentren personajes a los que admiro tanto como Fernando Savater o Mario Vargas Llosa. Pero las opiniones personales son las que son e igualmente respetables siempre que no atenten contra la libertad de expresión y demás derechos humanos.

En todo caso, dediquen unos pocos minutos a leer el Manifiesto, juzguen vds mismos y saquen sus propias conclusiones…

EQM

pd Por cierto, se sigue extendiendo la analfabeta costumbre de no datar un documento de tal naturaleza, con lo cual su archivo para la Historia adolecerá de una carencia que nadie sensato podrá considerar un olvido… . Sí, ya sé que consultando las hemerotecas o incluso aplicando el carbono 14…, se podrá conocer su fecha aproximada…

¿De verdad creen los firmantes que dando la exclusiva de su publicación inicial -25 de enero de 2019- a ‘Liberation’, la ciudadanía europea va a sentir la necesidad de los bomberos?

••

La Casa Europea, en llamas

Manifiesto de los Patriotas Europeos ante la celebración de las próximas elecciones al Parlamento de la UE

El País, 270119. Original en francés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Europa está en peligro

En todas partes aumentan las críticas, las afrentas, las deserciones.

Acabar con la construcción europea, reencontrar el “alma de las naciones”, reconectar con una “identidad perdida” que no existe, muchas veces, más que en la imaginación de los demagogos: ese es el programa común de las fuerzas populistas que están inundando el continente.

Atacada desde dentro por falsos profetas borrachos de resentimiento, que creen que su hora ha llegado, abandonada desde fuera por los dos grandes aliados —del otro lado del Canal de la Mancha y del otro lado del Atlántico— que, en el siglo XX, la salvaron en dos ocasiones del suicidio, presa de las maniobras cada vez menos disimuladas del señor del Kremlin, Europa, como idea, voluntad y representación, está desintegrándose ante nuestros ojos.

Este es el nocivo clima en el que se van a celebrar, en mayo de este año, unas elecciones europeas que, si no cambian las cosas, si nada contiene la ola que crece, y empuja, y sube, si no surge rápidamente en todo el continente un nuevo espíritu de resistencia, pueden ser las elecciones más catastróficas que hayamos visto jamás: la victoria de los destructores, la humillación de los que aún creen en el legado de Erasmo, Dante, Goethe y Comenio, el desprecio a la inteligencia y la cultura, los estallidos de xenofobia y antisemitismo; un desastre.

Los abajo firmantes no se resignan a que ocurra esta catástrofe anunciada.

Son patriotas europeos, más numerosos de lo que se cree pero, a menudo demasiado conformistas y silenciosos, que saben que nos enfrentamos, 75 años después de la derrota de los fascismos y 30 años después de la caída del muro de Berlín, a una nueva batalla en defensa de la civilización.

Su memoria de europeos, la fe en esa gran idea que han heredado y que ahora custodian, la convicción de que esa idea fue lo único capaz de elevar a nuestros pueblos por encima de sí mismos y de su pasado guerrero y mañana será lo único capaz de evitar la llegada de nuevos totalitarismos y el regreso a la miseria de los tiempos más oscuros, todo eso les impide darse por vencidos.

De ahí esta invitación a la acción.

De ahí este llamamiento a la movilización en vísperas de unas elecciones que se niegan a dejar en manos de los enterradores.

De ahí esta exhortación a retomar la antorcha de una Europa que, a pesar de sus incumplimientos, sus errores y a veces sus cobardías, sigue siendo una segunda patria para todas las personas libres del mundo.

Nuestra generación se ha equivocado.

Igual que los garibaldinos que en el siglo XIX repetían como un mantra: “Italia se fara di se”, creímos que la unidad del continente se forjaría sola, sin tener que aplicar voluntad ni esfuerzo.

Hemos vivido con la falsa ilusión de una Europa necesaria, inscrita en la naturaleza de las cosas, que se construiría sin nosotros aunque no hiciéramos nada, porque la Historia estaba de su parte.

Ese providencialismo es con lo que tenemos que romper.

Esa Europa perezosa, carente de recursos y de ideas, es con la que hay que terminar.

Ya no hay otro remedio.

Cuando retumban los populismos, debemos desear Europa, o naufragaremos.

Cuando en todas partes está la amenaza del repliegue nacionalista, debemos recuperar el voluntarismo político, o consentiremos que se impongan el resentimiento, el odio y su comitiva de tristes pasiones.

Y debemos urgentemente, desde este mismo momento, dar la voz de alarma contra los incendiarios que, desde París hasta Roma, pasando por Dresde, Barcelona, Budapest, Viena y Varsovia, juegan con el fuego de nuestras libertades.

Porque ese es el reto: detrás de esta extraña derrota de Europa que está tomando forma, detrás de esta nueva crisis de la conciencia europea, empeñada en deshacer todo lo que contribuye a la grandeza, el honor y la prosperidad de nuestras sociedades, lo que está en entredicho —algo que no ocurría desde los años treinta— son la democracia liberal y sus valores.

Se adhieren a este manifiesto Vassilis Alexakis (Atenas) Svetlana Alexievitch (Minsk) Anne Applebaum (Varsovia) Jens Christian Grøndahl (Copenhague) David Grossman (Jerusalén) Ágnes Heller (Budapest) Elfriede Jelinek (Viena) Ismaïl Kadaré (Tirana) György Konrád (Debrecen) Milan Kundera (Praga) António Lobo Antunes (Lisboa) Claudio Magris (Trieste) Adam Michnik (Varsovia) Ian McEwan (Londres) Herta Müller (Berlín) Ludmila Oulitskaia (Moscú) Orhan Pamuk (Estambul) Rob Riemen (Ámsterdam) Salman Rushdie (Londres) Fernando Savater (San Sebastián) Roberto Saviano (Nápoles) Eugenio Scalfari (Roma) Simon Schama (Londres) Peter Schneider (Berlín) Abdulah Sidran (Sarajevo) Leila Slimani (Rabat) Colm Tóibín (Dublín) Mario Vargas Llosa (Madrid) Adam Zagajewski (Cracovia).

••

Parlamento Europeo

.

¿Continuará existiendo la UE en 2050? razones para el ‘no’

Cristian Campos en El Español, 270119

1. Encerrada en su burbuja de superioridad moral

“Los derechos civiles, la libertad y la seguridad de todos los miembros de la Asamblea Nacional, incluidos los de su presidente, Juan Guaidó, necesitan ser tenidos en cuenta y respetados por completo”.

Esta es la frase más comprometida con la libertad del comunicado de la vicepresidenta de la Unión Europea, Federica Mogherini, tras los hechos de esta semana en Venezuela. Con su declaración, ambigua, tardía y medida al milímetro, la UE se ha posicionado más cerca de Rusia, China, Turquía, Corea del Norte, Irán y Cuba que de los países que han reconocido, sin ambages ni retórica leguleya, a Juan Guaidó como presidente legítimo: los Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil, Colombia o Chile.

La UE, supuesto adalid de los derechos humanos y la democracia, ha perdido una nueva oportunidad de liderar la respuesta internacional a la narcodictadura socialista venezolana. La misma que ha convertido uno de los países más ricos de América en un pozo de miseria y crimen, sin medicinas, sin comida, sin derechos civiles y con una hiperinflación del 10.000.000%.

Entre la vida y la muerte, Europa ha escogido tradicionalmente la enfermedad. Es decir, esa equidistancia que no resuelve jamás nada por temor a mancharse sus delicadas manos de pianista de banales minuetos morales. Y la equidistancia no es una política viable de futuro en un planeta que se verá muy pronto sometido a tensiones inéditas cuando las zonas de influencia estadounidense y china empiecen a rozarse.

2. ¿Puede sobrevivir la UE sin una política exterior realista?

¿Cuál es la política exterior europea más allá de la definida por los Estados Unidos? ¿Cuál es su política de seguridad? ¿Cuáles son los planes europeos para hacer frente al auge económico y militar de la dictadura china? ¿Tienen siquiera una postura común frente a Rusia los países de la UE? ¿Cuál es el plan de la UE si la pax americana llega a su fin y los Estados Unidos abandona su papel de policía global?

Que la gran herencia política de Angela Merkel sea la invasión migratoria lo dice todo. La UE se ha mostrado tan incapaz de proyectar su influencia política, económica y cultural más allá de sus fronteras que hasta una política resignada y pasiva (“abramos las puertas de Europa a todo los que quieren entrar en ella ya que no podemos impedir que lo hagan”) es considerado no ya como un éxito, sino como un “legado”.

La gran pregunta que nadie quiere hacerse a día de hoy en la UE es la siguiente. ¿Está más cerca el islam de la democracia gracias a la influencia europea o está Europa más cerca de rebajar sus estándares democráticos gracias a la presión migratoria del islam? La respuesta es obvia y lo dice todo acerca de una UE que depende por completo de la política exterior de los Estados Unidos en sus propias regiones fronterizas. Es decir en el norte de África, Rusia y Oriente Medio.

3. ¿Y qué hará Alemania ahora?

Pero lo importante no es lo que haga la UE ahora, sino lo que haga Alemania. Olvidemos esa larga lista de bondades espirituales con las que se ha vendido la idea de la UE a sus ciudadanos. La UE no nació como una unión económica y jurídica de todas las naciones europeas, sino como una superestructura destinada a atar en corto a Alemania.

Si Alemania renunció al militarismo tras la Segunda Guerra Mundial no fue por una súbita caída democrática del caballo totalitario, sino porque los Estados Unidos aceptaron, a cambio de esa renuncia, convertirse en los gendarmes del planeta. Y por eso los Estados Unidos han proporcionado a los europeos, a lo largo de los últimos setenta años, la seguridad que estos no han podido garantizarse a sí mismos por la inexistencia de un ejército alemán capaz de proyectarse más allá de sus fronteras.

La paradoja es evidente. La genética imperialista alemana desaconseja la idea de un gran ejército alemán. Pero sin un gran ejército alemán, y abandonada por los Estados Unidos, Europa estaría indefensa frente a sus enemigos. Entre ellos y a la cabeza, Rusia.

Hasta ahora, nuestro paraguas era la OTAN. Con Donald Trump, ese paraguas ha desaparecido. El expansionismo ruso, que apenas ha empezado a dar sus primeros pasos, es la prueba de ello. ¿Utilizará Alemania la excusa del “abandono” americano para dotarse de un ejército mayor capaz de frenar a Rusia? ¿Y qué ocurrirá cuando toda Europa dependa de Alemania no sólo económica, sino también militarmente? 

4. Todos los europeos son iguales, pero algunos más que otros

La idea de la UE y de su principio de confianza entre los Estados miembro es una de las más exitosas de la historia contemporánea… siempre y cuando no se la ponga a prueba. Porque sometida a la más leve de las tensiones, esa idea se disuelve como un azucarillo. Los españoles hemos tenido la prueba de ello tras la huida a diferentes países europeos de los líderes del golpe de Estado catalanista de los meses de septiembre y octubre de 2017. Solicitada su extradición, tanto Alemania como Bélgica se han negado a ello con argumentos que transmiten la idea de que la Justicia española no es tan garantista y democrática como la alemana o la belga.

Lo que ha dicho la UE en la práctica es que la democracia española debe ser tutelada por países más avanzados jurídica y políticamente que ella. Que España no puede defenderse de un golpe ejecutado por funcionarios de su propio Estado si estos buscan refugio en otros países de la UE. Y que ese nacionalismo contra el que se construyó la UE es intolerable en la Europa “civilizada” (léase Centroeuropa) pero tolerable en la Europa “bárbara” (léase España, Portugal, Italia, los Balcanes y Grecia) siempre y cuando no se arme demasiado revuelo. ¿O hemos de recordar la inoperancia de la UE en los Balcanes y cómo tuvieron que ser los Estados Unidos los que frenaran una guerra cuya raíz se encuentra en los intereses geopolíticos alemanes en la región?

Mientras la UE ha rechazado en el pasado la idea de una Europa de dos velocidades, la ha aplicado en la práctica respecto a España por medio de unos tribunales que desarman al Estado frente a los delitos más graves posibles en una democracia: los delitos políticos ejecutados por sus propios gobernantes.

5. Dejemos de fingir que nos importa Europa

Es probable que la palabra alemana ‘Spitzenkandidaten’ no le diga nada a muchos lectores. Los Spitzenkandidaten son los candidatos escogidos por los partidos políticos de la Eurocámara (el EPP, los Verdes, el PES, el ALDE…) para liderar su candidatura a la presidencia de la Comisión europea. Candidaturas que serán votadas, en teoría, tras las elecciones de mayo de 2019.

Y digo “en teoría” porque eso es lo que se hizo en 2014, pero puede que no sea lo que se haga en 2019. La Comisión y el Parlamento europeos están de acuerdo en que se elija a su presidente mediante este sistema. Pero los países miembro de la UE prefieren volver al sistema antiguo. Es decir, a ese en el que eran los presidentes y los jefes de Estado de los países miembro los que escogían al presidente de la Comisión.

Lo interesante es que los Spitzenkandidaten celebrarán un debate electoral televisado, en inglés, tras las elecciones de mayo de 2019. ¿Quién lo sabe? Nadie. El debate no será visto por casi ninguno de los mismos ciudadanos europeos que días antes, en las elecciones europeas, habrán votado a sus candidatos en clave estrictamente local. La incapacidad de la UE para implicar a sus propios ciudadanos en la idea de una Europa unida ha sido una constante a lo largo de su historia.

Aun así, la fidelidad a la idea de una Europa unida continúa siendo un mantra prácticamente unánime entre las elites políticas, financieras y culturales europeas. ¿Por qué seguimos fingiendo europeísmo si no nos interesa en lo más mínimo lo que ocurra en Bruselas? Dejemos de justificar ese desinterés en la “ignorancia” del pueblo, ese que por lo visto necesita ser pastoreado por los sacerdotes de la nueva moral, y empecemos a hablar de la incapacidad de las elites europeas para explicar Europa en un lenguaje comprensible para todos.

6. No mintamos: los Estados nación no van a desaparecer

¿Una federación de antiguos Estados nación despojados de su soberanía en beneficio de una hipotética comunidad de intereses entre ciudadanos suecos, griegos, alemanes y españoles? ¡Por favor! La unidad política básica por antonomasia a día de hoy continúan siendo los Estados nación y lo seguirán siendo durante décadas. Política, cultural y emocionalmente.

Dicho de otra manera. Si mi vínculo con la nación es puramente administrativo y secundario con respecto a mi ciudadanía europea, ¿por qué se me sigue vendiendo la necesidad de pagar impuestos aludiendo a los desfavorecidos de mi propio país y no mencionando a las viudas danesas, los pobres de los suburbios lituanos o los drogadictos de la plaza Omonia de Atenas? ¿O nos hemos olvidado de la existencia de ese mecanismo de supervivencia colectiva llamado “kilómetro sentimental”?

La respuesta es fácil de imaginar. Sin ese argumento emocional “local” todo el andamiaje justificativo de las políticas redistributivas “supralocales” se viene abajo. El nacionalismo es un cáncer, sí. Pero negar las diferencias entre el supremacismo del nacionalismo catalán o vasco y sus naciones inventadas, y el vínculo político, cultural e incluso moral de los ciudadanos con sus Estados nación realmente existentes es no entender cuáles son los anclajes emocionales de la ciudadanía en un Estado democrático. Eliminemos esos anclajes y eliminaremos también los mucho más débiles anclajes que nos ligan a Europa.

Dicho de otra manera. ¿Buscamos cohesionar artificialmente a los ciudadanos alrededor de la idea de una Europa basada en mitos políticos y culturales de dos mil años de antigüedad pero rechazamos la cohesión natural de los ciudadanos con la historia contemporánea de sus propias naciones? Buena suerte a quien intente cuadrar ese círculo de la incoherencia.

7. Statu quo o caos

Hay una escena muy interesante en la película Brexit: The Uncivil War (2018), centrada en los entresijos de la campaña favorable a la salida del Reino Unido de la UE. Es esa en la que los dos jefes de campaña, el del “sí a Europa” y el del “no a Europa”, chocan los cuernos en un pub de Londres. Craig Oliver, ideólogo de la campaña del “sí a Europa”, defiende el statu quo y acusa a su oponente de mentir y de excitar el nacionalismo, la emocionalidad y el sentimiento de desposeimiento de una ciudadanía incapaz de comprender las complejidades y las ventajas de la pertenencia a la UE. Es la postura de las elites económicas, mediáticas y culturales y de la mayor parte de los partidos políticos tradicionales.

El ideólogo del “no a Europa”, Dominic Cummings, responde apelando a esa masa de ciudadanos cabreados por razones perfectamente reales y no imaginadas. El fin de la clase media. El fin del trabajo tal y como lo conocemos. El olvido, rayano en el desprecio, con el que se ha castigado a los perdedores de la globalización. La perdida de soberanía en beneficio de una instancia burocrática lejana, fría, políticamente correcta, con ínfulas de superioridad moral y con la que resulta muy difícil empatizar. Todo ello resumido en el brillante eslogan de campaña del “no”: “Retomemos el control”. Es decir, “recuperemos aquello que siempre ha sido nuestro, el control sobre nuestras propias vidas, de las manos de quienes nos lo han arrebatado”.

En esencia, el diálogo entre Dominic Cummings y Craig Oliver es una metáfora del dilema que deberá afrontar la UE a lo largo de los próximos años tras el auge de unos partidos populistas que han logrado situar sobre la mesa el debate sobre la viabilidad, y la conveniencia, de la propia UE. El dilema no es novedoso. Es el que suele enfrentar en un momento u otro de cualquier gran proyecto existencial, como es la UE, a los partidarios del pragmatismo con los del caos creativo. Un caos, además, coherente con su naturaleza. Es decir, capaz de desatar fuerzas imposibles de controlar.

La decisión –que, como demuestran los ejemplos del brexit, de Hungría, de Austria, de Italia, de Donald Trump, de Bolsonaro, de Vox y del hundimiento en todo el mundo del socialismo y su marca blanca, la socialdemocracia, parece de momento favorable a la opción del caos y desfavorable para el statu quo– marcará el camino de la UE en el futuro.

••

•••

Notas.-

Los enlaces en textos propios son aportados por EQM. En los ajenos sólo cuando así se indique con un color azul. También es cosa de EQM, por discutibles razones de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace correspondiente.