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¿Pepinos en mayo?

La catadura moral de ZPedro y su mayordomA la de Cabra se resume en que su interés general es, no más, el suyo propio: sin nos quitáis de enmedio, golpistas, os espera la justicia constitucional que hara caer sobre vosotros los que verdaderamente escuchan el verdadero clamor del pueblo, es decir, la derechona, los trillizos…

Con nosotros siempre os irá mucho mejor ya que, como bien sabéis, no nos sentimos condicionados ni por España, ni por el principio de legalidad, ni tan siquiera por la supervivencia del PSOE, partido que, es evidente, hemos OKUPADO…

La sensatez socialista, en todo caso, ha reaccionado muy tarde y con mucho miedo a herir la sensibilidad del actual okupa en Ferraz…

También sorprende la parálisis de Susana en Andalucía…, cuando la única opción que tiene, como en el caso de Soraya y de tantos otros que dejarán de ir en las listas, es sublevarse contra el bello en defensa de España.

En fin, siempre cabe la posibilidad de que se esté preparando un motín consistente en que algunos grupos regionales del socialismo comiencen a ir al WC en los momentos cumbre de parlamentarias votaciones históricas.

De lo contrario, el electoral mes de mayo, a los hasta ahora silentes, les puede resituar su emblemática flor en donde amargan los pepinos.

EQM

Revista de prensa sobre la cuestión

090219:

080219:

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Sánchez acusa el primer golpe

Santiago González en su blog, 090219

Por mucho que pueda extrañar al personal este fin de semana sigue siendo noticia Pedro Sánchez. Esta mañana vendrá al B.E.C. con el fin de ungir a Alfredo Retortillo como candidato a la alcaldía de Barakaldo. Que venga un tipo como el doctor Sánchez a decir: “este es mi candidato muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencia” y no sé si es una buena noticia para Retortillo, pero en los términos convencionales en que transcurre la vida partidaria, hay que considrar que s í, que es buena noticia para el candidato y también para Idoia Mendia.

El Consejo de Ministras de ayer puso punto final a la negociación con los separatistas. Se acabó la propuesta del relator que tanta incomodidad había causado en el socialismo clásico. Quién necesita un relator, se preguntaba Felipe González, mientras John Müller decía que España ya tenía uno, que era el juez Llarena.

Cristina Pardo definía al relator como en individuo necesario para mediar entre la Carmen Calvo del miércoles y la que compareció ayer, viernes al final del Consejo. Entre las dos Cármenes Calvos hay al menos tanta diferencia como entre el Pedro Sánchez que no era presidente y el que ya lo era. No hay color. Lo del relator ha fracasado por lo que suelen fracasar todas estas cosas, por la falta de un acuerdo elemental sobre el significado de las palabras. Los golpistas querían un mediador internacional, mientras Carmen Calvo quería dejarlo en un relator, o sea, alguien que ordena el debate, propone temas, toma notas, etc. Para eso está el Parlamento, decía Felipe González, que era exactamente lo mismo que le respondía el doctor Fraude a Puigdemont en octubre del 17. La misma opinión manifestaba esta semana el portavoz socialista en la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo y todos los barones que en el mes de mayo tendrán que enfrentarse a las elecciones autonómicas.

Las mesas de partidos, por otra parte, tienen un inconveniente: nunca traducen las preferencias de los ciudadanos con la misma fidelidad que los grupos parlamentarios. ¿Qué mejor relatora para ordenar el debate que la presidenta del Congreso Ana Pastor? Basta compararla con esa criatura de Lombroso que preside el Parlamento de Cataluña para comprender lo que quiero decir. Por otra parte, la mesa de partidos tiene precedentes. Entre nosotros, el proceso de paz de Zapatero, organizó una en Loyola, de la que nos salvó Josu Jon Imaz y en parte Rodolfo Ares, mucho menos dados ambos a las fantasías que Jesús Eguiguren.

El caso es que ayer el Gobierno dio por acabadas las tonterías, la mediación internacional, la autodeterminación, abandono de la vía judicial, desfranquización de España y otras tonterías por las que la vicepresidenta, a parecer, no está dispuesta a pasar. Seguramente tampoco por el cuestionamiento de la figura del Rey. Basta con echar una ojeada a los 21 puntos que le había entregado Quim Torra a Pedro Sánchez, sin que el gobernante invitado se lo devolviera con un gesto de asquito: “Perdone, se le ha caído esto”. Los 21 puntos son la expresión de un delirio, que ni siquiera sirve para apaciguar a la bestia. El PdeCat presentará su enmienda a la totalidad a los presupuestos, como ERC. Carmen Calvo les advierte, mucho ojito, que si no nos aprobáis las cuentas tendréis que negociar con los convocantes de la manifestación de mañana, vosotros veréis.

Ilustración de Raúl Arias [España, 1969], para el texto

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Traiciones del presidente del Gobierno.

Jorge De Esteban en El Mundo, 090219

Lo que está sucediendo en España no sólo es gravísimo sino que, además, es insólito en las democracias del siglo XXI. La unidad nacional se está cuarteando a causa de los separatistas y de los neocomunistas que quieren cambiar de régimen para llevar el agua a su molino, con el agravante de que demuestran así que no han aprendido nada de la Historia, porque nunca la han estudiado.

Hoy los mediocres pululan por los medios políticos, especialmente de una izquierda que parece inspirarse en Cuba y sus adláteres. Todo nos lleva a la conclusión de que cada vez es más necesaria en España una izquierda nacional que acepte la Constitución ( es decir, lo que había sido el PSOE hasta Zapatero) y que acoja a los españoles que comparten ideas progresistas.

Pero decía igualmente que asistimos en España a algo insólito, sin precedentes en la política mundial. Un político que carece de ideología definida y, sobre todo, de principios y valores, se halla ejerciendo el poder con los separatistasy neocomunistas. Pero, no nos equivoquemos, el poder quien lo ejerce realmente no es Sánchez, sino el grupo de aliados coyunturales que le apoyaron para ganar la moción de censura. Y que, a cambio de ello, van cobrando sus emolumentos de forma continua.

No obstante, para concretar sus contrapartidas, digamos que los neocomunistas desean sobre todo cambiar de régimen y acabar con la Monarquía, mientras que los separatistas (por ahora catalanes y vascos, pero hay más) lo que quieren es un Estado independiente, fragmentando España. Pues bien, con esta ralea se ha aliado Sánchez a cambio de que le dejen gozar cuanto más tiempo de la parafernalia del poder.

A la vista de lo que está pasando, es claro que hay dos tipos de coaliciones: las coyunturales, que pueden hacerse con cualquier partido, incluso si no acepta la Constitución, a fin de lograr un objetivo determinado y de corta duración como la aprobación de una ley u otra medida (ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama); y las estructurales, que se forman con partidos afines que firman un programa de Gobierno para toda una legislatura.

Ambos tipos de alianzas o coaliciones las podemos encontrar en muchos regímenes democráticos. Pero lo que nunca se había visto es esta extraña amalgama de partidos opuestos que parecía que iban a formar una alianza coyuntural para echar del poder a Rajoy y, según dijo el mismo Sánchez, convocar elecciones poco después. De lo dicho no hay nada, porque la idea de ambas partes es acabar la legislatura, aunque los motivos sean distintos.

El grupo heterodoxo desea mantener cuanto más tiempo a Sánchez en La Moncloa, porque nunca encontraran un mayordomo más dócil que se pliegue a facilitar su objetivo final. Y, por parte del presidente, qué más quiere si tiene todo lo que anhelaba, incluido su trato con los poderosos de este mundo, en parte gracias a su buena figura y a su dominio del inglés, junto a un desparpajo que maravilla, pues parece que conoce a los dirigentes extranjeros de toda la vida.

Es más: parece estar orgulloso de su país porque cínicamente piensa que lo está haciendo más grande y poderoso, cuando lo que está logrando es destrozarlo. Pero es igual, él sigue con su táctica de aceptar lo que le pidan a cambio de que ahora le aprueben los Presupuestos para poder acabar la legislatura en el año 2020.

A los nacionalistas vascos les ha reconocido medidas que no se adaptan fácilmente a la Constitución y, a la vez, sigue facilitando otras para lograr lo que se dice irresponsablemente en la Disposición Transitoria sobre la posible incorporación de Navarra al País Vasco, lo que me pareció una locura y así lo escribí en el año 1978.

En cuanto a los separatistas catalanes, siguen con la idea de hacer visible que en las reuniones de Sánchez con Torra son dos Gobiernos de naciones diferentes los que negocian, en lugar de encuentros del presidente del Gobierno de España con un mero presidente de una región española. Es más: ahora han sacado a la luz pública las 21 majaderías con las que parece que los independentistas van a cambiar el mundo.

Podemos agrupar tales reivindicaciones en varios grupos. El primero se refiere a lograr la independencia de Cataluña, para lo cual se dice que “no se puede gobernar contra Cataluña”, naturalmente aunque los dirigentes catalanes violen la Constitución, es decir, se prohíbe usar el artículo 155. A continuación, sin ambages, reclaman el derecho de autodeterminación que “se ha de hacer efectivo”. Claro que para eso hay una pequeña pega: es necesario primero reformar la Constitución y, si no se puede, no cabe sino adaptarse a los artículos 8, 116 y 155.

Es decir, se empeñan en pedir algo que este presidente-títere no puede conceder. Pero, por si acaso, exigen en el punto 3 una mediación “internacional”, medida que ha causado un revuelo de tal envergadura que ha obligado a la vicepresidenta Calvo a cantiflear primero para disimular la idea de que estamos ante un conflicto entre dos Estados y a jugar ayer a modo de tahúr con el asunto del relator en vista de la enorme indignación desatada y que amenazaba con crear un cisma en el propio PSOE.

El segundo grupo de naderías se refiere a los “abusos policiales” que ha sufrido Cataluña, así como a los ataques a los derechos humanos -de los continuos agravios que sufren los catalanes no separatistas no se dice nada-. El tercer grupo, dicho de forma sibilina, se refiere al respeto a la separación de poderes y a «superarse la vía judicial, que ha de abandonarse»; es decir, se pide que pongan en la calle a los presuntos golpistas encarcelados cuando va comenzar el juicio en el Tribunal Supremo. Ya conocemos algunas argucias realizadas por nuestro presidente en este sentido.

Un cuarto grupo se refiere a que Cataluña está invadida por el franquismo, aunque tal vez por eso el régimen actual sea claramente totalitario. Y un último grupo mezcla tres cuestiones paradójicas, haciendo gala de que los separatistas son los que mandan hoy en nuestro país, puesto que, en plan altruista, recomiendan que “debe mejorarse la calidad democrática de España” y “frenarse el deterioro de su imagen internacional”, lo cual tiene gracia porque es por los separatistas catalanes por lo que España ha perdido parte de su prestigio.

Por otra parte, el mismo Conde Drácula se alegraría por lo que llaman, en el punto 21, “hacer efectiva una política de fosas comunes”. Y, finalmente, en el punto 7 se afirma un “Compromiso por la ética en la política”, que exigiría un desarrollo posterior. Nada más apropiado en estos momentos para unos y para otros.

En este sentido, las cartas están echadas y se deben tener en cuenta las advertencias de Max Weber cuando distingue entre los que se meten en política para hacer cosas en beneficio de la sociedad y los que entran para vivir de ella. No hace falta decir en qué grupo se encuentra Sánchez. Pero hay más, porque el gran sociólogo alemán señalaba que para ejercer el poder, que consiste en la capacidad para influir en los hombres, es necesario entrar “en el terreno de la ética, pues es a ésta a la que corresponde determinar qué clase de hombre hay que ser para tener derecho a poner la mano en la rueda de la Historia”.

Desgraciadamente, ya sabemos qué tipo de político es el actual presidente, porque lo primero que se debe constatar es que no gobierna él, sino, como he dicho, los neocomunistas y separatistas, encabezados por el prófugo de Waterloo. Sánchez sólo se sostiene gracias al hilo típico de las marionetas que, en cualquier momento, puede romperse.

Tras los últimos acontecimientos, el presidente sólo tiene dos salidas que son ya un clamor popular: dimitir o convocar elecciones, porque no ha cometido una traición, sino bastantes más. Ha traicionado a la Universidad, con un título de Doctor bajo sospecha. Ha traicionado el derecho de la propiedad intelectual publicando un libro que difícilmente puede haber escrito. Ha traicionado la objetividad del CIS, nombrando a un sociólogo orgánico que pretendía dirigir las encuestas siendo miembro de la Ejecutiva del PSOE. Ha traicionado al Parlamento abusando de los Decretos-Leyes y suprimiendo toda actividad legislativa. Ha traicionado al juez Llarena dejándole desamparado tras su magnífico auto.

Ha traicionado al Tribunal Supremo, antes de que dicte su sentencia sobre los golpistas, porque ya parece especular con posibles indultos. Ha traicionado continuamente a los españoles, porque miente sin parar, diciendo una cosa y la contraria. Ha traicionado a su partido porque hace años escondió una urna detrás de un biombo para que le favoreciese. Ha traicionado nuevamente a su partido, como opinan muchos barones, incluidos personajes de la talla de Felipe González y de Alfonso Guerra, como se deduce de su último e interesante libro. Y, ¿para qué seguir? Lo que es evidente es que está contribuyendo a la fragmentación de España con su política de subordinación a los separatistas catalanes.

Ahora bien, el actual Código Penal no incluye en su Título XXIII un delito de traición que se le pueda aplicar, porque se refiere a la traición que pueda cometer un español para contribuir a la guerra, que facilite al enemigo información clasificada o que comprometa la paz o la seguridad del Estado. Pero ello no significa que, como ya he dicho varias veces, no se le pueda aplicar el artículo 102.2 de la Constitución, aunque no exista la mayoría absoluta para su triunfo.

Pero es igual, porque la cuarta parte de los diputados pueden denunciar el hecho y abrir un debate que tendría una enorme repercusión internacional para desenmascarar al traidor de La Moncloa. Mañana lo demostrarán los españoles de todas las ideologías en la Plaza de Colón.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

De nuevo el diálogo como señuelo

Eduardo Uriarte Romero en Fundación para la Liebertad, 090219

La retirada del Gobierno de Sánchez de la negociación bilateral que mantenía con el Gobierno de la Generalitat, relator incluido, ante la presión popular que la iniciativa ha causado, no es óbice para comentar lo desafortunado de la idea, pues en el ADN del socialismo actual está inserta la búsqueda de acuerdo con los adversarios del sistema constitucional.

Desde la presidencia de Zapatero, larguísima negociación con ETA mediante, fuimos testigos del poco respeto que la legalidad merece al PSOE de hoy, y que un exagerado interés partidista le autoriza a subvertir el marco legal que ordena la convivencia política de toda la ciudadanía. Nada garantiza que la iniciativa frustrada en esta ocasión se mantenga subrepticiamente, o se vuelva a dar dentro de unos días.

La cultura dominante de la progresía, que ha acabado por conformar lo políticamente correcto, idólatra cualquier diálogo y negociación siempre que subviertan lo establecido. Esta circunstancia ha facilitado el empeño del Gobierno en una negociación con la Generalitat ajena a las instituciones públicas rematada por un relator que sacralizara lo acordado a espaldas de la legalidad.

Un disparate, el más brillante anatema republicano, una auténtica explosión de acracia, negociación que el pasado hubiera sido considerada aberrante. Lo nuevo y afortunado ha sido esta especie de Dos de Mayo que se ha producido expontaneamente, esta reacción generalizada ante lo que era el secuestro de la soberanía popular por un cenáculo con separatistas.

Es cierto que el socialismo español poco se ha preocupado por educar a sus afiliados en política, en republicanismo, en democracia liberal. El sindicalismo le pesa demasiado y la bandera de lucha de clases, más en versión anarquista que marxista, esconde todas las ignorancias que hoy hace posible tener el presidente y el Gobierno que tenemos.

La izquierda ha hecho posible en la sociedad una cultura de la antipolítica donde finalmente los nacionalismos derrotados el siglo pasado emergen, empezando los de la periferia territorial, para acabar favoreciendo la posibilidad de que emerja con toda su temible potencia el que en ciernes está apareciendo. Un indeseable nacionalismo español -tan indeseable como los periféricos- promovido por los disparates y errores del socialismo y sus adláteres nacionalistas catalanes y vascos.

En esta incultura de lo políticamente correcto el terreno a conquistar, desde el comercio a la religión, llegando finalmente a la política, es el de las buenas apariencias, y con ellas las nuevas legitimidades, que no tiene que ver con la igualdad republicana, sino con la diferenciación, el particularismo, que por ser tales reclaman el privilegio de la discriminación positiva. Injusta donde las haya, aunque sea necesaria en algunas ocasiones.

En el magma de las buenas apariencias -sólo rota cuando la justa reacción del pueblo clama por sus derechos- el diálogo se lleva la palma de las actitudes para resolver cualquier tipo de problema. Diálogo sin barreras, diálogo hasta el amanecer, diálogo como práctica benéfica para cualquier contencioso -por perjudicial que fuere, ¿qué malo hay en ello?-, siempre y cuando no se tenga en cuenta el marco que todo diálogo debe respetar, el marco legal, el marco que hace posible la política. Diálogo mágico, vacío, encaminado a sustituir la deliberación parlamentaria en el seno de las reglas constitucionales.

Sin embargo, entonces, los adalides del diálogo, cuando se les avisa que éste debe producirse en el seno de la ley, entonces, entonces, lo llaman imposición y represión. Las cosas se resuelven por el dialogo sin referente alguno, es decir, sólo con los referentes de parte. Ese es el diálogo nacionalista, falso como las baratijas de los charlatanes de feria, pero de buena apariencia. Que es lo que parece que vale en esta sociedad de lo virtual.

Así, pues, en la sociedad de las apariencias, el dialogo es una cota que una vez alcanzada por un bando no dejará de exhibirlo condenando al otro de no dialogante. En el caso del nacionalismo catalán acusando al otro de responder con represión al diálogo, cuando tal diálogo se enarboló desde el principio desde fuera del espacio político y conculcando la legalidad. Sin embargo, creen ser ellos los dialogantes porque desde enfrente nadie les ha dicho que sin respeto a las leyes no hay diálogo.

En parte es debido a que políticos que en principio estarían a favor de defender la legalidad constitucional dieron repetidas muestras de saltársela para no crispar a los dialogantes, por lo que estos pudieron continuar con su escalada de diálogo y secesión. Una vez que el secesionismo se ha apoderado de la palabra diálogo disfraza todas sus pretensiones como justas.

La ignorancia de la izquierda socialista se deja seducir por el discurso de la bondad del diálogo cuando ningún republicanismo europeo estaría dispuesto a prestar el más mínimo tiempo. Pero, quizás, la causa de esta seducción esté, precisamente, en que la izquierda española no es republicana, en que la izquierda española políticamente es idiota. Gran bagaje sindical, obrerista, revanchista hasta el tuétano tras todas sus aventuras y guerras perdidas, irreflexiva, pero cainita hasta parodiar la Vida de Brian. Evidentemente, muy capaz de venderse a los secesionistas catalanes simplemente para que su resistente líder del Falcón siga en el poder. Que es al final lo único que cuenta para el socialismo español.

El esperpento es monumental. A las puertas del juicio más importante que va a soportar la democracia española, el Gobierno se había empeñado en dialogar bilateralmente con el Gobierno de la Generalitat cuestiones de naturaleza política que dieron origen a la existencia del proceso que se va llevar a cabo. Para colmo, diálogo fuera de las instituciones, fuera de la legalidad, bajo la autoridad de un relator que a manera de juez bíblico iba a otorgar sacralidad a lo acordado a espaldas de la ciudadanía. Sorprendentemente en esta ocasión se ha producido una patriótica reacción.

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Notas.-

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