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Relato breve

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Malditos coches eléctricos, están por todas partes y, lo peor, es que no los oyes, te vuelven disminuido. Son como búhos de la noche silenciosa a la captura del peatón distraído con sus bagatelas de mensajes telefónicos. ¿Será posible que por mirar al político de la oposición disfrazado de lagarterana, contando un chiste malo, haya acabado en la cama de un hospital con carencias debido a la crisis económica y a la epidemia de gripe invernal de turno? Pues así es.

Bueno, por fin han encontrado una cama donde poner mi cuerpo quebrantado por el atropello, plagado de vías y tubos a la espera de entrar en el quirófano. Estoy en el pasillo haciendo cola y me duele todo, hasta el collarín que me han puesto. Y la certeza de que, antes o después, todos estos viejos que están por todas partes y que no se han puesto la vacuna contra la gripe, acabarán infectándome acrecentando mi delicada situación. Menos mal que aún soy capaz de reflexionar y no se me ha ido la mollera tras el brutal golpe.

Se acerca una enfermera y, después de observar los goteros, parece que me dice algo agradable, pero no soy capaz de deducir lo que escucho. Seguramente deben ser palabras de ánimo, pues ya empuja el camastro con una sonrisa compasiva acelerando en dirección a la sala de operaciones.

Acabado de entrar, y recién colocado sobre el la mesa de operaciones me ciega una luz intensa, la fría de la lámpara central. Nada es igual ya, mi percepción siente que el cuerpo se disipa mientras me desangro. La razón mermada registra el traslado a una nebulosa distante donde comienza a oscilar entre imágenes de esmeraldas que se me avecinan y facinerosos sin rostro disponiéndose a manipular mi cuerpo. Noto, como mi conciencia lentamente remite hasta pasar a otra frecuencia más elevada.

Tengo frente a mí una luminaria diferente, esta vez es lejana, diría que prodigiosa, de origen desconocido que proyecta su inmaculada intensidad a través de un túnel de apariencia recia y, al unísono, delicada, suave, casi etérea. Y yo estoy dentro apaciblemente conforme, sin expectativa alguna, con el único interés en deambular mi vista por el corredor. Hasta que unos seres traslúcidos de rostros familiares me indican amablemente y con delicadeza el camino inexorable de la muerte. Y quedo sorprendido ante tal afirmación.

¿Pero qué coño me están diciendo… ¿que me estoy muriendo? Si es así, me niego rotundamente y doy marcha atrás de inmediato, no estoy por la labor de facilitar a nadie el viaje de marras. Faltaría más que ahora que había rehecho mi vida con un trabajo digno y un amor ardiente que ni soñado, por culpa de un santiamén inadvertido me vea en esta tesitura; ni hablar. Me niego. Les digo, sin aliento.

Mas estos seres limpios, trasparentes y conocidos, insisten amables en persuadirme que no hay vuelta atrás, que mi plaza es firme y me enaltecen lo suficiente para que mis pies dejen de pertenecerme. Ahora estoy flotando sobre la manifestación lumínica sorprendente de aquel túnel de presagio nefasto. Cuando me quiero dar cuenta, la luz ha ingresado en todo mi cuerpo integrándose de tal manera que yo, ya formo parte de ese fantástico fanal de paz que atrae a los muertos.

Es ahora cuando me vienen los recuerdos y esperanzas de toda mi existencia material y me rebelo de nuevo. La vida es una aventura preciosa y no consiento que nadie me imponga un tránsito irremediable. No deseo arribar a ningún plano de luz. Pero una y otra vez recibo mensajes claros de que debo rectificar, darme cuenta que he fallecido, que no hay vuelta atrás, que ya he desencarnado, y aceptarlo con naturalidad y alegría. ¿Pero cómo coño puedo estar alegre alejándome de mi apasionado amor, del mejor cuerpo que jamás he tenido en mis brazos? ¡Están locos!

E insisten mis almas afines: “No eres una criatura humana en una aventura espiritual, sino una criatura espiritual en una aventura humana”* que ha finalizado. Me hablan una y otra vez de que en este tránsito debo retomar conciencia de mi estado, prescindir de cualquier noción identitaria y, de esta manera, volver a ser lo que siempre fui: un ángel del Universo Infinito, Y si no lo acepto, habré de seguir en el tránsito evolucionando en consciencia hasta tener lugar la aceptación. Mas sigo manteniendo la percepción del yo mismo con firmeza rancia. Y quiero volver a la “impermanencia” con ella, mi fogosidad.

Esta gente tan amable y persistente hasta el agobio no entiende que yo no creo en nada de todo esto que me hablan. ¡Que soy ateo, coño! Y todo me parece un cuento trasnochado de hadas para niñatas, negándome a desistir empuñando mis razones terrenales que son las únicas válidas. Pero son incansables. Harto de la presión suelto un ¡basta ya! resuelto pero… nada, siguen dale que te pego.

Hasta que el grupo “álmico” me hace saber que ya no dispongo ni de testosterona ni de tiempo, y que si sigo tan tozudo, lo único que podría conseguir es una reencarnación obligada y nefasta, de esas que dejan huella más allá de la vida. Claro, volver a reencarnarme en otra persona para seguir viviendo experiencias enriquecedoras y evolucionar más, crecer hasta alcanzar el verdadero y completo conocimiento del alma, como dicen, sí, por seguirles la corriente; pero si en ningún caso puedo volver a estar como antes, con mi amor… no me interesa. Y me niego una vez más.

Mientras maldigo mi suerte declarándome en contra de todo mi infortunio, siento algo nuevo, especial, de posible contrasentido herciano. Algo manifestado. Y de inmediato, me veo como un embrión dentro de un útero. Y detracto esa nueva reencarnación, pues me aleja definitivamente de mi febril amor. Ahora, decepcionado, no tengo más remedio que aceptar la realidad, hacerla mía con gran pesar.

Tardo poco tiempo en descubrir que estoy creciendo dentro del útero de una madre muy especial: mi apasionado amor. Su voz es inconfundible y empiezo a valorar en cierta medida la oportunidad que se me da. Por lo menos, puedo sentir de nuevo su piel y gozar de su mirada. Acercarme a ella como su próximo hijo, con la esperanza de poder sentir sus abrazos y besos mientras me entrega sus pechos repletos de leche.

Y cuando más animoso estoy, quiere la fatalidad, o vea usted a saber, yo tengo mis dudas, que el embarazo concluya en un parto espinoso y desalmado con las consiguientes pérdidas de nuestras vidas terrenales: la mía recién iniciada y la de mi amor pasional (en ese instante, mi madre). Con lo que acabamos los dos en la entrada del túnel frente a la luz distante. Yo, en sus brazos acercándonos a nuestro nuevo destino y dispuestos, esta vez sí, a fusionarnos con ella con todas las consecuencias. El regreso a nuestra verdadera morada, en el plano de luz. Para existir eternamente en el amor divino del vacío que llena el todo vibracional.

Que se le va a hacer. Nunca he tenido suerte del todo. Quizá en otra reencarnación me salga todo mejor, aunque en mí suena a contrasentido. En fin, habrá que estar a la que cae, nunca se sabe.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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De la reencarnación en el arte hinduísta.

Himalayan Academy Publications, Kapaa, Kauai, Hawaii. Satguru Sivaya Subramuniyaswami