Delcygate Todas las noches de un día

Delcygate: Todas las noches de un día

rancisco Rosell en El Mundo, 160220

Tras vérsele el miércoles hundido en su escaño del Banco Azul de las Cortes, deslizándose ojeroso por el escurridero de sus supercherías, el ministro de Fomento y secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, parecía un insomne que hubiera soportado «todas las noches de un día». Como el título de la obra que escenifica en Madrid Alberto Conejero, uno de los grandes dramaturgos del momento y finalista este año del Premio Valle Inclán de EL MUNDO y El Cultural. Fue incapaz de aclarar la índole real de su clandestina reunión –envuelta en la neblina de la nocturnidad y alevosía del aeropuerto de Barajas– con la vicepresidenta de la narcodictadura venezolana, Delcy Rodríguez, quien tenía prohibida su entrada en territorio europeo acusada de crímenes de lesa humanidad y de corrupción.

Sin duda, el ministro «anda quién ha venido» ha ido fabricando su tornadiza verdad a base de contar mentiras. Mil y una versiones de un encuentro que negó primero y que luego devino en una cita a ciegas, pero que él mismo ha terminado acreditando con su torrentera de falacias. Cada mentira encerraba una evidencia en sí misma por parte de quien, en horas que pesaban como días, pareció recrear sus tiempos de camarada guerrillero del PCE antes de engrosar la legión de peceros que descubrió, en tiempo y hora, que el modo más directo y rápido de tocar moqueta era el PSOE.

Si en la trama de Conejero se libra un combate entre lo real y lo fantasmal, al acudir un policía –ausente en escena– para averiguar el paradero de su dueña interrogando a quien se emplea en cuidar las plantas y a conservar el recuerdo de aquella mujer a la que amó, otro tanto acaece en el escándalo Delcygate. El embrollo, además, ha puesto de manifiesto la dolosa hipoteca del Gobierno de cohabitación Sánchezstein con el régimen bolivariano de Caracas.

No en vano, éste promovió y sufragó a Podemos, cuyos artífices velaron sus armas en el palacio presidencial de Miraflores con Chávez. Pero también por mor del papel, de imposible disimulo que desempeña José Luis Rodríguez Zapatero como Gran Canciller de la satrapía que hoy encarna Maduro. Para mayor inri, bajo su mandato, se urdieron suculentos negocios de ida y vuelta con lustrosos untos como el que tiene imputado a su embajador y amigo del ex ministro Bono, Raúl Morodo, acusado de cobrar comisiones ilícitas por valor de 35 millones.

Por eso, al no tratarse de un problema estrictamente diplomático, en contra de lo que arguye la mutante versión oficial, la supuestamente inadvertida irrupción de Delcy, Ábalos hubo de ocuparse –como si fuera un agente secreto, y no un ministro en ejercicio, escoltado por un guardaespaldas de circunstancias– un especialista en este tipo de asuntos vidriosos. Al ser sorprendido in fraganti y desplomársele el castillo de mentiras que edificó para escamotear su trapacería, el ministro-secretario de Organización socialista arremetió en todas las direcciones hasta forzar a Pedro Sánchez a respaldarle con aires de urgencia.

En su sofoco, Ábalos pareció meterse en el personaje del coronel que Jack Nicholson interpreta en Algunos hombres buenos. Cuando, con su guerrera chapada de medallas hasta el cuello, se enfrenta al abogado de la Armada encargado de aclarar la muerte de un marine en la base naval de Guantánamo y al que le espeta al final de su largo monólogo: «¡Tú no puedes encajar la verdad!». En su indignación, aquel militar de alta graduación no llega a explicarse la actitud de ese letrado de aspecto aniñado «que se levanta y duerme bajo la manta de la misma libertad que yo le consigo y que luego se pregunta por la forma en la que yo lo he hecho». Tanto el personaje de Nicholson como el de Ábalos hubieran preferido que sólo les hubieran dicho gracias y seguido su camino sin meterse donde no les importa.

De hecho, así lo reclamó quien, apelando a aparentes razones de Estado, trató de valerse de ellas para justificar la sinrazón. Alérgico a la luz y a los taquígrafos que apremiaba antes de poner sus posaderas en el Banco Azul, no se sabe bien si Ábalos, portador de genes familiares tan taurinos, pidió que le dejaran solo, como ese matador retador ante el astifino que asoma su mala intención, o si se quedó solo ante la deserción del resto de la cuadrilla. Pero lo cierto es que ha hecho que su carácter sea su destino.

Evoca la charla en París, a comienzos de los 70, entre el gran intelectual Raymond Aron con Henry Kissinger, entonces en la cima de su poder como secretario de Estado de Nixon. En el curso de una pugnaz controversia cenando en casa de Pierre Salinger, ex consejero de prensa de Kennedy, Aron le soltaría: «Henry, yo hubiera sido incapaz de ordenar los bombardeos de Camboya y luego irme a dormir tan tranquilo». Kissinger, impasible, le replicó: «Querido Raymond, a nadie se le hubiera ocurrido encargarle a usted semejante misión». Cuestión de carácter y de escrúpulos, desde luego, de Ábalos como la de su antecesor en el ministerio y como número dos del PSOE, José Blanco, citándose nocturnamente en una gasolinera lucense para tratar negocios turbios.

En todo caso, y más allá de un cisco que obligaría a dimitir en cualquier democracia que se atenga a un mínimo de decoro, el Delcygate patentiza que cada vez que el Gobierno da un paso siente las cadenas que Sánchez contrajo para sostenerse en La Moncloa. Es rehén de podemitas, cuyo lenguaje ha hecho suyo como falso remedio contra el insomnio que aventuró que le causaría tener como extraño compañero de cama a Iglesias. Como también lo es de los separatistas, sometido a las horcas caudinas del reo Junqueras y del inhabilitado Torra, así como del PNV y Bildu. Todo lo que negó que haría lo ha hecho aquel al que le da igual 8 que 80 con tal de volar en Falcon.

Resulta pasmoso –como gravoso lo es para el porvenir de España– un presidente a merced de quienes les acusaron de pertenecer al partido del crimen de Estado y de la cal viva. Como le endosó Iglesias en un arrebato parlamentario en el que casi le vuelca un saco de esa materia en el escaño como el batasuno Zubimendi sobre el asiento vacío del entonces consejero vasco, el socialista Ramón Jáuregui. También deudor de aquellos que escupieron a su ministro Borrell tras protagonizar un intento de golpe de Estado y de los que ahora depende para que la legislatura no salte por los aires.

No obstante, conviene reparar en que aquella andanada de Iglesias contra el PSOE, a la que Sánchez fue incapaz de dar réplica, ha cumplido el objetivo que buscaba: cortar el nudo gordiano de Felipe González. Éste bloqueaba cualquier avenencia con Podemos al ser el tentáculo del régimen de Maduro al que ha denunciado en defensa de los derechos humanos y en contra de la persecución que sufren los opositores. Al tiempo, no ocultaba que un eventual acuerdo supondría la ruina del PSOE que refundó en Suresnes.

Al cabo de aquel rifirrafe, Iglesias marca el sino del Gobierno y González enmudece. Lo hace pese a saber, como dejó escrito Churchill, que «forma parte del libro de ejercicios establecido por el propio Lenin que los comunistas deben ayudar a conseguir el poder a los gobiernos socialistas débiles, para después debilitarlos más y arrebatarles el poder absoluto».

Con este objetivo, Lenin recomendaba aliarse con todas las fuerzas subversivas posibles como Podemos ha hecho hasta convertir a Sánchez en una especie de Kerenski. Aquel último primer ministro del gobierno provisional instaurado en febrero de 1917 tras la caída de los zares y que fue devorado por la posterior revolución bolchevique de octubre.

Una vez alcanzado el poder, jamás se abandona voluntariamente, como se constata en Venezuela. A este propósito, el viaje secreto de Delcy Rodríguez, como se felicitaba el viernes Maduro, ha sido enormemente provechoso para sus intereses. No sólo saboteó la venida a España de Guaidó dentro de su exitosa gira europea, donde fue recibido por sus principales mandatarios, mientras Sánchez se negaba a comparecer a su lado, sino que consiguió que el Gobierno español lo degradara, por boca de su primer ministro, a jefe de la oposición tras ser el primero en reconocerlo como presidente legítimo frente al impostor que ocupa el Palacio de Miraflores. Últimamente, Sánchez hace de ello una especialidad. Así, obró igualmente con el inhabilitado Torra hace una semana.

Junto a ello, Sánchez se apresta, atendiendo a las directrices de Zapatero y de Podemos, su hijo natural, a blanquear unas elecciones legislativas en Venezuela sin garantías para la oposición. Ya anticipó Maduro que no volvería a perder otros comicios como los que abortó con el golpe de Estado que suplantó el Parlamento legítimo por un sucedáneo de asamblea sumisa. Consumada la kermés, el régimen escabecharía a la disidencia. «El día que los tribunales den el mandato de detener a Guaidó por todos los delitos que ha cometido será detenido. Ese día no ha llegado, pero llegará», como ha verbalizado este último viernes Maduro tras apreciar el volantazo del Gobierno español.

No es extraño, pues, que el PSOE disimule declarando que se trata de un asunto interno de Venezuela que no interesa a nadie, como corean sus corifeos, o que Borrell se haga el sueco acostumbrando a los españoles a ser ese cuco que pía en un nido y empolla en otro. España, desde luego, tiene poco que ver con Venezuela –valga la ironía–, pero secunda clamorosamente los pasos dados en su día en aquel país. Con la inconsciencia –todo sea dicho– de una opinión pública que, alegre y confiada, opinaba que allí no podía pasarles aquello que preparaba a ojos vista un sonriente Hugo Chávez.

En una entrevista realizada justo antes de llegar al poder en la que apareció perfectamente trajeado, sin asomo de uniforme militar ni llamativo chándal, calmaba los miedos afirmando que, «lejos de ser un violento y un dictador», era un demócrata «dispuesto a devolver el poder a los cinco años». Así implantó una dictadura que acaba de recibir el refrendo de España.

Por eso, el aparente error de Ábalos resulta un crimen cierto. Para certificarlo, no hace falta rebuscar en los carros de maletas que, beneficiándose de la valija diplomática, habría dejado Delcy Rodríguez a su paso por España. No puede extrañar, por tanto, que Ábalos viviera la madrugada del 21 de enero todas las noches de un día en un aeropuerto que pareció el invernadero de la obra de Conejero.

Sentada esta premisa, el Delcygate no puede reducirse al caso Ábalos. Retrata no solo a un peso pesado socialista, sino a un Gobierno que disimula el ruido de sus cadenas dividiendo a la sociedad y enfrentándola. En paralelo, practica la eutanasia política a la oposición si ésta no se pliega a sus dicterios. Así, el líder del PP, Pablo Casado, se somete esta semana a la primera sesión yendo a La Moncloa para que, al igual que otras veces, Sánchez prestigie la mentira a su costa.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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Un Gobierno disolvente

Jorge de Esteban en El Mundo, 170220

No hay que ser del todo pesimista. En la vida hay ocasiones en que la situación es tan terrorífica que no queda más camino que mejorar. El momento político en España es éste. Pero no sabemos si ya hemos tocado fondo o nos toca todavía esperar unos meses para mejorar. Probablemente, lo que quieren algunos es dinamitar de una vez la Transición y el régimen constitucional que parió de forma tan extraordinariamente pacífica

Se busca, sin anunciarlo naturalmente, por decirlo así, un régimen caótico, en el cual se destierre por mucho tiempo la previsibilidad que, como dice el Premio Nobel Finn Kidland, es lo que hace prosperar un país. Por lo visto, lo que quieren unos y otros, sean del pelaje que sean, con tal de seguir en el poder y, naturalmente, todos por encima del español medio, no es suprimir el Muro de Berlín, que prácticamente se cayó solo, sino derribar como sea el Muro de la Transición que nos separa de una España empobrecida, atrasada y violenta. Creo que lo más provechoso en este febrero, que es un año bisiesto, y por lo tanto disponemos de un día más para gozar o sufrir, ya nos lo dirá el azar, es hacer un breve recuento de las atrocidades que los españoles tuvimos que soportar en los dos últimos dos siglos y que es a donde nos quiere llevar otra vez, este Gobierno disolvente, que está ahí, si no lo remediamos, para disolver España.

El siglo XIX comienza realmente en España en 1812, fecha del nacimiento del constitucionalismo autóctono, lo que sitúa a nuestra nación como la tercera que dispone tan tempranamente de una de las grandes Constituciones del mundo, pues dejando de lado la británica, que no está escrita, se sitúa tras la de Estados Unidos de 1789 y la de Francia de 1791. A partir del rechazo de las tropas de Napoleón, España se encierra en sí misma y ya no sale de sus fronteras hasta el Tratado de París de 10 de diciembre de 1898, tras la miniguerra con los Estados Unidos, que se apropia con Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam, mienras que Cuba adquiere su independencia. Circunstancias que tendrán consecuencias en la vida interna de España, especialmente en regiones como el País Vasco y Cataluña, con la consabidas s repercusiones políticas que afloraron en su momento. Comienzan así dos siglos oscurantistas que provocan el aislamiento de España, pasando de ser una de las naciones que más han influido en el mundo a encerrarse dentro de sus fronteras, en donde surgen conflictos de todo tipo, a diferencia de otros países europeos que siguen la marcha del progreso. Lo cual no quiere decir que no hayan conocido también conflictos internos, unos más que otros. Pero en España los enfrentamientos se cobrarán muchas vidas humanas y conoceremos graves pérdidas económicas como consecuencia del aislamiento internacional y de la mediocridad de nuestra clase política. Por otro lado, hay que subraya también, como es sabido, que la pérdida de nuestras colonias no solo fue un desastre para la economía nacional, aunque fuese justo, sino que además produjo un sentimiento de frustración nacional que afectó a nuestra cultura en general.

Los enemigos externos ahora se convierten en enemigos internos, hasta el punto de que surgen tres guerras civiles, dos de ellas carlistas, aunque con un significado mucho mayor. Del mismo modo, hubo que soportar conflictos clericales y, mucho más graves, los anticlericales… Ahora bien, la Guerra Civil de 1936 no solo se cobró cerca del millón de muertos, sino que dejó arruinado el país y, lo que es aún peor, dejó una sociedad fraccionada, con familias rotas y sin que pudiésemos contar con ayudas externas para la reconstrucción. Los países que se enfrentaron en la II Guerra Mundial dispusieron de la ayuda del Plan Marshall y pudieron reconstruir su economía mucho antes que nosotros. Pero, durante los siglos XIX y XX, no sólo tuvimos que soportar tres guerras y otros muchos incidentes que no podemos detallar ahora. Por eso, cuando este Gobierno se empeña una y otra vez en sacar al franquismo para ocultar sus intereses, hay que decir que repasar la Historia, incluso con absurdas leyes, es completamente perjudicial e inútil si no obtenemos lecciones para el presente que nos evite que tropecemos en la misma piedra. No merece la pena que siga narrando detalladamente todos los sucesos que hicieron de España un país especial. Pero sí conviene recordar hechos que hicieron imposible una convivencia pacífica entre españoles: las más graves huelgas generales; la posición predominante de los militares en la actividad política, hasta el punto de tener que soportar dos dictaduras: primero la del general Primo de Rivera (1923-1929) y la segunda y más agrave, la del general Franco(1936-1975); la Monarquía en estos 200 años no pudo resolver nada por la incapacidad de Isabel II, pero cuando se iba a adoptar una Monarquía democrática de la mano del general Prim, con la magnífica Constitución de 1868, fue asesinado y su protegido, el Rey Amadeo I, se volvió a Italia, después de un discurso ante las Cortes, en el que tira la toalla ante la dificultad de vivir en España. Dice así: «Estad seguros de que al despedirme dela Corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarla todo el bien qué mi leal corazón para ella apetecí». Los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII tampoco resolvieron gran cosa en un país, cada vez más torturado. Hemos conocido también dos repúblicas que fracasaron por causas diversas, pero en las que durante su vigencia se pasó del cantonalismo esperpéntico de la primera al levantamiento militar causado por el desorden de unos y otros que dio origen a la guerra civil que duró tres años. Pero es que, además, es uno de los pocos países europeos en los que durante este tiempo ha habido cuatro magnicidios: el general Prim, que con su muerte arrastró la Monarquía democrática; el presidente del Gobierno Cánovas del Castillo, autor de la Restauración que permitió cierta paz; el presidente Canalejas, krausista de formación; y, finalmente, el almirante Carrero Blanco, asesinado por la ETA de forma espectacular. Igualmente hay que hablar del terrorismo anarquista, de la ETA o de Terra Lliure. Pero no sigo más porque en estos dos siglos vivir en España ha sido un puro riesgo, tanto política como económicamente.

Estos casi 50 años que hemos vivido bajo la Transición ha sido algo único en España. No solo ha sido el periodo de mayor libertad y progreso de que han gozado los españoles en dos siglos, sino que nos hemos igualado económicamente con nuestros vecinos europeos. Pero parece ser que hay españoles que les gusta vivir en el riesgo, en la incertidumbre y están dispuestos a echar abajo el llamado «régimen del 78», para lo cual han formado un Gobierno-disparate que no es posible que dure seis meses a causa de las incongruencias que comporta. Veamos sucintamente este esperpento. El PSOE gana las elecciones, pero no dispone de mayoría suficiente para alcanzar la investidura y mucho menos para gobernar, por lo que se vio obligado a hacer un pacto de nocturnidad, ya que juraba y perjuraba que nunca jamás haría un Gobierno con Podemos porque no podría dormir. Pero no se trata de discrepancias personales, sino ideológicas y así no se puede gobernar. También ha incluido en su Gobierno a separatistas, a comunistas y a cualquier otro pájaro que se posó en su ventana. No hay un programa de Gobierno serio, no se sabe cuál va a ser su modelo de Estado y no sabe, además, de que forman un Gobierno de mosaicos de colores que desentona el problema más grave para mí es que son una pandilla de incompetentes, como lo ha demostrado Iglesias con los agricultores valencianos o Ábalos con el asunto del avión que aterrizó sin tocar el suelo. Cualquiera que conozca las reglas mínimas de la diplomacia y el acuerdo de Schengen, debería saber que la vicepresidente venezolana podía charlar, dentro del aeropuerto Adolfo Suárez, con quien quisiera y que podía comprar sus perfumes en el duty free. ¿Cómo es posible que se se haya armado semejante revuelo por tan poca cosa? Sin embargo, me huelo que hay algo gordo que podría afectar a miembros del Gobierno o que estuvieron en el Gobierno. En definitiva, hay que recordarle a Ábalos para que no repita el error la famosa frase de Benjamin Franklin: «Nunca arruines una disculpa con una excusa».

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL Mundo

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Ciudadanos, la caída

Parmenio en el blog de Santiago González, 160220

Ciudadanos creció por su ejemplar actitud en Cataluña. Eran muy pocos pero no se callaban y decían lo que había que decir. Crecieron en Cataluña y crecieron en España. Y empezaron a dar lecciones a todo el mundo. Yo no he visto a un partido tan pesado con lo de dar lecciones a los demás. Y se fueron haciendo antipáticos. Y ayudaron a formar gobiernos regionales. Y más lecciones. Y más antipatía. Y ayudaron a formar gobiernos nacionales. Y le hacían la vida imposible a los del PP en Madrid y miraban para otro lado en la Andalucía de los ERE’s. Y fueron el partido más votado en Cataluña pero no intentaron formar gobierno. Y no explicaron por qué. Y empezó a gustarles lo de no explicar por qué. Y se negaban a aplicar el 155 según venía el golpe. Y cuando vino el golpe se negaban a aplicar un 155 de verdad y pidieron elecciones inmediatas. Y seguían dando lecciones. Y seguían siendo antipáticos. Y seguían sin explicar los porqués de sus cosas. Y, de pronto, se fueron todos de Cataluña. Y empezaron a hacer cosas raras en el partido. Y un sanedrín de cuatro muñequitos manifiestamente mejorables daba lecciones a los que habían construido el partido fuera de Cataluña. Y eran tan antipáticos hacia dentro como lo eran hacia afuera. Y daban pucherazos y lecciones a la vez. E imponían a personajes imposibles en las listas. Y no explicaban nada. Y ya eran el partido más antipático del mundo. Y, de pronto, se vieron en una situación en la que eran determinantes para formar gobierno nacional y se quedaron mudos. Y no explicaban por qué. Y hubo regionales y municipales y demostraron que su antipatía no tenía límites hasta el punto de poner en riesgo varias regiones y municipios. Y más lecciones. Y más antipatía. Y ni un porqué. Y se repitieron las generales y desaparecieron. Y siguen siendo muy antipáticos. Y siguen dando lecciones. Y siguen sin decir por qué.

Que conste que a mí me caen muy bien porque yo soy de natural borde y paso de dar explicaciones pero yo no aspiro a que la gente me quiera.

Por supuesto que hay motivos ideológicos en el colapso de C’s, un partido de socialistas buenos que intentó colonizar la derecha y, de pronto, se quedó colgando de la brocha. Y que los demás también juegan. Y que hay partidos nuevos que también dicen lo que hay que decir. Pero estos ojitos han visto a los ciudadaners imponer a sus socios de coalición democracia interna y luego montar unos pucherazos del demonio. He visto a una señora vicealcaldesa quejarse de que los podemitas les escracheen en el Orgullo y participar, acto seguido, en un escrache podemita a un mozo de VOX. He visto elaborar listas con el criterio de un mono con una pistola. Y son tan antipáticos y tan pesados con las lecciones que yo casi prefiero que no me cuenten sus porqués. Y eso que a mí me caen bien. A saber lo que piensan los que les tengan manía.