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  • Ábalos: “Bildu ha tenido más sentido de la responsabilidad que el PP con los Presupuestos”

José Marcos y Carlos E. Cué en El País, 151120

  • Ábalos asegura en que “no hay ningún pacto” con Bildu con los presupuestos

La Vanguardia, 161120

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Josep Lluís Trapero, mayor de los Mossos.
ep Lluís Trapero, mayor de los Mossos. JOSEP LAGO AFP

No es raro

Arcadi Espada en el Mundo, 171120

EL mayor Trapero vuelve a su sitio: el de primer policía del independentismo. Los ciudadanos de Cataluña que en el otoño de 2017 vieron gravemente comprometidas su libertad y su seguridad tienen motivos para preocuparse. Joaquim Torra ya trató de que Trapero volviera, pero entonces el policía contestó que se podía complicar la sentencia. Este jueves, en unas declaraciones poco divulgadas, el consejero de Interior, Miquel Sàmper, se felicitó por el retorno.

Cuando el locutor de TV3 le preguntó con ansia por qué volvía un hombre que, según la sentencia, quiso detener al presidente Puigdemont, el consejero sonrió: «Yo tengo la circunstancia personal de ser abogado, y de conocer por tanto las tácticas de defensa que hacemos servir los abogados durante el juicio». La declaración es similar a la que consta en las memorias de Puigdemont cuando comenta las declaraciones judiciales de Trapero: «En su estrategia de defensa, el mayor ha insistido una y otra vez en la plena disposición de la policía catalana a cumplir los mandatos judiciales».

El único que parece haber creído en la posibilidad, ciertamente tragicómica, de que Trapero hubiese planeado la detención de Puigdemont es el magistrado Sáez, que la utiliza para apuntalar sus argumentos favorables a la absolución del policía. Pero es lo mismo que Trapero: una táctica de defensa del juez ante la verdad. Del plan no hubo más noticia que la aportada por los movimientos de defensa del propio Trapero, iniciados al minuto siguiente de que lo imputaran por sedición. No en vano Puigdemont se largó de España como y cuando quiso y, como cuenta en su libro, ayudado por miembros de la policía catalana.

El gran policía constitucionalista que según la estupidez, cuando no la pura prevaricación española, es Trapero tuvo muchas oportunidades de demostrar su recóndita fe. Especialmente en sus reuniones con los cabecillas de la sedición, en las que tuvo conocimiento exhaustivo y reiterado de que se planeaba la ejecución de un acto ilegal. Cualquiera de esos momentos habría sido el de denunciar a Puigdemont y de contarle al juez lo mucho que sabía sobre los preparativos del referéndum.

No lo hizo. Tampoco la opinión pública conoció la supuesta actitud contraria al referéndum de los Mossos ni las supuestas advertencias que dirigió a los políticos la cúpula del cuerpo. Lo que sumado a su calculado desprecio del independentismo (¡en el juicio!) prueba que la cobardía moral ha sido la razón del éxito de Trapero, lo que no es raro ni siquiera en la Policía.

El cobarde vuelve a su sitio y pronto podrá volver por donde solía. Como pasará con los presos políticos. Y así el criminal intento de acabar con el Estado de Derecho se habrá convertido, con la complicidad del Gobierno y de los jueces, en una ensoñación real.

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La portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, en su escaño, en el...

Las oscuras razones de las lenguas propias

Félix Ovejero en el Mundo, 171120

La mejor argumentación que he escuchado en defensa de la exclusión de la lengua común de los españoles como lengua vehicular en toda España la ha proporcionado la ministra portavoz, María Jesús Montero: «Hay que dialogar para intentar consensuar un texto que reconozca la libertad y diversidad de nuestro país», para que así «cada uno se pueda expresar en las condiciones que le marca su territorio». Pues eso, nada.

Una catarata de tópicos inanes que se arrojan sin mucha convicción a ver si sale una frase inteligible. Naturalmente, no sale. Y esta vez, contra todo pronóstico, la responsabilidad no es de la ministra, de su chisporroteante sintaxis habitual, sino del asunto.

Llevo años leyendo y escribiendo sobre las llamadas políticas de normalización lingüística y no he encontrado un argumento consistente que las avale. Bueno sí, perdón: el argumento conservacionista, la apelación al riesgo de que las lenguas se pierdan. Ojo: consistente no quiere decir moralmente respetable; éste, en particular, desprecia los derechos de los ciudadanos y los convierte en rehenes de las lenguas.

Las razones reales son otras, pero hay que buscarlas por debajo de la hojarasca y las falacias de los entregados a hacer digerible la faramalla de la ministra: en los intereses de los políticos, bien alejados de los de los ciudadanos. Las de Oltra, por ejemplo, cuando sostiene que para que un médico pueda hacer un buen diagnóstico y acierte en el tratamiento del paciente «es fundamental que tenga la capacidad de entender –al que acude a su consulta– en su lengua sentida». El argumento, como tal, es cochambroso.

La conclusión tiene una relación improbable con las premisas. Primero, porque si el paciente es escolarizado en la lengua común también se asegura el entendimiento. No sólo de él, sino también del vasco o el gallego que pudiera enfermar por allí o que es trasladado para su tratamiento. Segundo, porque el «problema», si existe, puede ser resuelto con un traductor. Y tercero, y fundamental, porque para tener un buen diagnóstico lo importante es un buen médico, algo que resulta milagroso cuando los requisitos lingüísticos se imponen a los académicos.

Pero sí, hay razones. Eso sí, no son decentes: el voto clientelar, las barreras de acceso a «los de fuera». Y es que políticamente resulta rentable levantar barreras entre españoles. A medio plazo, Oltra, y todos los demás, en Baleares, Galicia, Euskadi y Cataluña, se garantizan los votos de quienes pueden jugar en las dos ligas: la local y la nacional. Y en dos generaciones, con los niños «normalizados», aún más.

Porque, en realidad, el problema más serio no es el de los niños catalanes o valencianos, sino el de los otros españoles, a los que se veta el acceso a los trabajos y se complica la vida en su propio país. A fuerza de aceptar los delirios hemos llegado al olvidarnos de lo obvio: el mejor modo de fortalecer a la comunidad política es allanar el camino a lo que nos une. Y lo que nos une a los españoles –y a los catalanes y a los vascos, entre ellos y con el resto de españoles– es la lengua común.

También, por cierto, nos une a cientos de miles de emigrantes. Y además es lo que fortalece la igualdad y la eficiencia. Ya ven: las bases de un programa político de izquierdas progresistas.

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Con la Corona en Barcelona

es será difícil olvidar la tarde del 4 de noviembre de 2019 y la mañana del 9 de octubre pasado en Barcelona. Aquélla como ésta, son experiencias de contrastes extremos. El caos, la brutalidad, la rabia y la indefensión en la calle. El orden, la belleza, la paz, la emoción, la cultura, en el interior.

Las libertades de expresión e ideológica, y los derechos de manifestación y reunión puestos a prueba. La concurrencia democrática de la discrepancia, pacíficamente expresada, puesta a prueba. El Estado de Derecho y su efectiva realización en el espacio público, como encuentro de la comunidad de ciudadanos libres, puesto a prueba. La civilización occidental puesta a prueba.

En Cataluña y Barcelona en particular -me confiesan-, se vive una situación muy triste desde hace años. Pero ninguno de los que son y están allí del lado de la Corona se arredra, ni vacila, ni insulta.

4 de noviembre de 2019. Sus Majestades los Reyes, y Sus Altezas Reales la Princesa de Asturias y de Gerona, y la Infanta Sofía viajan a la Ciudad Condal con motivo de la entrega de los Premios Princesa de Gerona.

El taxi se detiene a la altura del cuartel del Bruc por orden policial. Los «mossos» ya no permiten avanzar. Les preguntan cómo deben proceder. No tendrán -les dicen- ningún problema para atravesar el grupo de ruidosos manifestantes. Les insisten en la seguridad de sus indicaciones y, sonrientes, les amonestan con que no se preocupen tanto. No están convencidos del todo, pero no insisten. Se dirigen hacia un lateral de la concentración, sorteando a los asistentes. El traje y la corbata los delatan.

Pese a lo que les han dicho, comienzan los insultos, los empujones, los gritos histéricos, las risas burlonas incesantes. Lo más suave es la ya habitual increpación de «feixista». Una agobiante masa de cuerpos con brazos levantados, con silbatos y cacerolas desaforados, como arenas movedizas que les impiden el acceso hasta la barrera de seguridad.

Avistan a otras personas con vestimenta similar, también, acosadas y agredidas. No hay duda, conviene salir de esa masa violenta. Un abuelo enloquecido se les pega durante unos cien metros haciendo sonar un silbato infernal, hasta que uno de los leales se gira y, con gestos, le señala lo absurdo de su tabarra sónica. Le hace caso afortunadamente y se aleja triunfante. Los invitados zarandeados se reagrupan instintivamente sin saber qué hacer.

Desamparados por quienes los han de proteger -frustración, hartazgo, rabia contenidos-, bajo las miradas amenazadoras de los supuestos revolucionarios de la sonrisa. Los abuelos y tiets «procesistas» de rostros desencajados son los más agresivos. A distancia, jóvenes antisistema sostienen pancartas, que agitan con desgana, más atentos al disfrute del consumo de sustancias que humean.

En el Real Club de Polo, les indican otra entrada al palacio de Congresos. Veinte minutos después, alcanzan los controles de la Policía Nacional, que les ofrecen amables disculpas.

En el interior, el acto de entrega de premios y las conversaciones los consuelan y los reconcilian con la humanidad. Por los admirables jóvenes premiados durante diez años; por los asistentes, con quienes intercambian palabras llenas de libertad, buen gusto, educación, simpatía, cultura, fraternidad.

La tarde culmina con los atronadores aplausos de desagravio a los Reyes, la Princesa y la Infanta y, sobre todo, tras las palabras de la Princesa de Gerona, que los emociona por su catalán perfecto, su dominio de la situación y su encanto. Como colofón, el saludo al Rey, a quien agradecen su apoyo y presencia.

9 de octubre de 2020. Ha pasado casi un año. Su Majestad el Rey vuelve a Barcelona para entregar los premios de la «New Economy Week».

Por orden de la autoridad, el espacio público abierto queda reducido al Pla del Palau-Marqués de Argentera. A un policía autonómico, que los atiende cuando le exponen que van a recibir al Rey, lo increpan los separatistas; porque les habla en español. Piensan en que es funcionario y le sugieren que les hable en catalán, ante la posibilidad de que le pidan el número de identificación para represaliarlo. Así siguen las cosas por allí.

Mientras, se les suman conocidos con banderas españolas. Los independentistas, efervescentes, entran en primera combustión. Arranca la ristra estándar de insultos (fachas, «feixistas», hijos de puta, etc.). Agentes de la Policía Nacional les piden que no provoquen, que no caldeen el ambiente; porque puede haber incidentes graves.

Desconcierto, perplejidad y tristeza. ¿Cómo? ¿El agredido es el culpable? Así están las cosas. Les responden serena, natural, lógica y constitucionalmente que no puede ser, ni es una provocación mostrar la bandera de su país, España, en su país, España.

Extienden la pancarta «España os quiere» y los separatistas entran en segunda combustión. Sobre los insultos, les lanzan agua, escupitajos y objetos, les dan empujones, les disparan sus aerosoles negros. Policías de paisano actúan raudos y evitan las seguras e inminentes agresiones físicas.

Se despliegan los antidisturbios para alejar a los independentistas. Menos mal, las Fuerzas del Orden público siguen protegiendo al agredido. El feroz acoso vuelve cuando regresan a sus casas.

Más de la mitad de los catalanes llevan padeciendo el «apartheid» separatista y de sus compañeros de viaje desde hace muchos años, quizás tantos como la vida de la Constitución. En el último decenio, se han agravado las constantes amenazas y presiones hasta extremos insoportables, y no solo para las personas comunes, encarceladas en el silencio del maltratador, sino para aquellas que gozan de gran personalidad y valor, y han dado y dan la cara por la Constitución y la Monarquía Parlamentaria, que es decir los derechos humanos, la libertad y la democracia.

Esto debe cambiar; todo tiene un límite. Los perseguidos y oprimidos del independentismo y el «podemismo», cualquiera que sea su ideología, son héroes cívicos.

En aquella tarde y aquella mañana de contrastes, lo fueron mis amigos. Lealtad indubitada, practicada, esperanzada a la Corona y a los valores de concordia, encuentro y unión en la diversidad que encarna. Lo son por igual todos los que resisten sin arredrarse, ni vacilar, ni insultar a sus injustos odiadores.

Mis amigos y conciudadanos -también suyos, lector- fueron, han sido y son unos valientes, y se quedan con la mejor parte y con las siempre acertadas palabras del Rey Don Felipe VI, Conde de Barcelona: «Cataluña es una realidad en la que no pueden tener cabida ni la violencia, ni la intolerancia ni el desprecio a los derechos y libertades de los demás».

Daniel Berzosa es profesor de Derecho Constitucional, abogado y miembro de la Asociación Real Española.

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Mikel Azpeitia (izqda.), ex párroco de Lemona (Vizcaya).

Los curas proetarras

El autor recuerda los nombres de los obispos vascos que apoyaron a Franco y también el de religiosos vascos asesinados por los republicanos, para desmontar la idea de una Iglesia vasca reprimida por el franquismo y de un solo pueblo vasco luchando contra la España franquista.

Pedro José Chacón Delgado en El Español, 171120

A nadie que haya vivido en el País Vasco durante la época del terrorismo de ETA le habrán parecido extrañas o novedosas las declaraciones del cura-párroco de Lemona, recogidas en un documental presentado en la última Seminci de Valladolid por Iñaki Arteta, titulado Bajo el silencio. Porque eso era lo que siempre percibíamos, dicho con unas palabras u otras, desde el sector predominante de la Iglesia vasca de entonces, encabezado por obispos como José María Setién.

Pero la verdad es que, para quienes tenemos alguna sensibilidad por lo que significa la Iglesia católica en España, por su historia, por los múltiples nexos, familiares, sentimentales y de todo tipo que nos unen a ella, sigue resultando escalofriante, perturbador, insoportable oír cosas así.

Y no ya porque se asuma toda la propaganda de ETA con sus presos políticos, su guerra entre dos bandos, su respuesta a la represión, sus torturas y su dispersión carcelaria. Todo eso sigue repugnando, pero lo que más daño hace, viniendo de un sacerdote, es la frialdad, la distancia, la insensibilidad que sus palabras y su mismo tono desprenden respecto de quienes fueron vilmente asesinados por una causa pretendidamente política.

A algunos además nos solivianta mucho esa alicorta y maniquea interpretación de la historia que tanto sigue condicionando la política en Euskadi. Y procedente encima de un sector de la Iglesia vasca desde siempre incardinada en un país como España, cuya historia entera –más que la de cualquier otro país del mundo– solo se entiende por su vinculación con la Iglesia católica.

Y en ese contexto es donde unos sacerdotes asumen como propios los postulados de un movimiento nacionalista cuyo objetivo desde el principio consistía en considerar al resto de españoles como poco católicos, como menos dignos que los vascos para ser salvados por el mismo Dios. Euskadi solo podía alcanzar a Dios si evitaba todo roce con los españoles, repetía el fundador del nacionalismo vasco.

El nacionalismo vasco se aprovechó de la Iglesia católica para obtener de ella la instrucción y los fundamentos que necesitaba para echar a andar, tergiversando por completo su mensaje ecuménico, universalizador. Como tengo demostrado en diferentes trabajos, la estancia en Barcelona del fundador del nacionalismo vasco, y sobre todo la influencia recibida allí de su admirado Félix Sardá y Salvany, autor de best-sellers de propaganda católica de la época como El liberalismo es pecado, explica aspectos tan decisivos del origen del nacionalismo vasco como el primer diseño del partido y la fundación de su primer periódico.

El mensaje nacionalista caló profundamente en cierto sector integrista y atrabiliario de la Iglesia vasca de entonces y un ejemplo paradigmático fue el de un capuchino navarro, llamado Ramón Goicoechea Oroquieta, cuyo nombre religioso fue Evangelista de Íbero, que escribió un manualito de menos de 100 páginas titulado Ami vasco, publicado en Bilbao en 1906. Los padres capuchinos, tras la edición del libro, quitaron de en medio a su autor, enviándolo a un monasterio en Híjar, Teruel, donde falleció en 1909, a la edad de 36 años y en circunstancias no bien aclaradas por sus biógrafos.

El caso es que ese libro, organizado como un catecismo a base de preguntas y respuestas y donde se rinde pleitesía desde su dedicatoria al fundador del PNV («A la memoria de Arana-Goiri»), tuvo una influencia enorme en el ámbito nacionalista, a través de consignas como la de: «¿A qué hay que mirar, pues, para conocer la Patria de un individuo? –A la raza a que pertenece, o lo que tanto monta, al apellido que lleva». O la de: «¿Cómo trabajará por la conservación de la raza? –Impidiendo o disminuyendo con su consejo y diligencia los matrimonios de sus compatriotas con gentes de extrañas razas».

Y adquiere ya un cariz subversivo cuando se pregunta: «¿Qué debe hacer un patriota por la conservación del territorio nacional? –Tomar las armas y hasta perder la vida, si preciso fuera, para impedir que caiga en manos del enemigo». Concluyendo con una propuesta drástica sobre la transmisión del eusquera: «Qué pensáis de los padres que hablando la lengua de su Nación o raza no la enseñan a sus hijos? –Que son traidores a la Patria y que como tales merecen ser fusilados por la espalda».

El párroco de Lemona, Mikel Azpeitia, representa a ese sector de la Iglesia católica vasca caracterizado por una atroz mezcla de ignorancia histórica por un lado y de falta de visión ecuménica por otro. Y eso que son sacerdotes católicos, a los que se supone instruidos y aptos para transmitir un mensaje universal de paz y concordia. Si lo esencial para un católico es su salvación, ¿por qué distinguen entre españoles y vascos de una manera tan supremacista y tan cruel?

La reacción fulminante de Mario Iceta, todavía obispo de Bilbao, pendiente de su traslado como arzobispo electo de Burgos, nos reconcilió con lo mejor de la Iglesia católica, pero, a renglón seguido, tres agrupaciones de sacerdotes vascos salieron a desafiar a su propio obispo y a respaldar lo dicho por su compañero. Serán ahora minoritarios y marginales, pero ahí siguen.

Estos curas proetarras, que mantienen un ascendiente incuestionable sobre el sector nacionalista e independentista de la sociedad vasca, llevan grabado a fuego de rencor la represión padecida a manos de los sublevados franquistas en la Guerra Civil, con 14 sacerdotes asesinados a quienes se homenajeó oficialmente en Vitoria en 2009. Pero simplemente con seguir al pie de la letra la definición de lo que es ser vasco del padre Evangelista de Íbero, en función de los apellidos –»un Lizárraga será siempre vasco, aunque nazca en un cortijo de Jerez»–, podremos entender por qué ese victimismo nos oculta la comprensión cabal de toda esta historia.

Reparemos en la famosa Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos del mundo de 1937, que apoyaba al bando sublevado en la Guerra Civil. Siempre resaltan que de esa carta se desmarcó el obispo de Vitoria, Mateo Múgica Urrestarazu, cabeza visible de la Iglesia vasca de entonces, aunque no obstante siguió viviendo en España tras la contienda.

Pero entre los que firmaron aquella carta de apoyo a Franco estaban otros seis obispos que, si no cabe calificar de vascos, ya me dirá el padre Íbero qué eran: el de Tortosa, Félix Bilbao Ugarriza; el de Tarazona, Nicanor Mutiloa Irurita; el de Zamora, Manuel Arce Ochotorena; el de Oviedo, Justo Echeguren Aldama; el de Pamplona, Marcelino Olaechea Loizaga; y el de Canarias, Antonio Pildain Zapiain.

Y, por otra parte, tenemos los casi 7.000 religiosos asesinados en la Guerra Civil, cuando no previamente torturados, por un bando republicano que –recordemos– estuvo también integrado por el nacionalismo vasco. Si de ellos nos fijamos solo en los varios cientos de beatificados por la Santa Sede como mártires de la Guerra Civil, de los que conocemos sus nombres, nos encontraremos a muchos con apellidos vascos. Y si de entre estos solo consideramos a los de dos apellidos, nos saldrán hasta setenta y cinco, que son cinco veces más que los 14 curas vascos asesinados por el franquismo.

Concretamente hay cincuenta y siete hombres y dieciocho mujeres que, según Evangelista de Íbero, serían vascos sin discusión, por sus apellidos inconfundiblemente eusquéricos (ver apéndice de este artículo). Entonces, aquellos obispos vascos que apoyaron a Franco y estos mártires vascos asesinados por los republicanos a todo lo largo y ancho de España, ¿cómo encajan en la convicción del expárroco de Lemona de una Iglesia vasca reprimida por el franquismo o, más aún, de un pueblo vasco luchando contra la España franquista?

Pedro José Chacon Delgado es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.

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El Gobierno se enreda con el pacto con Bildu

Fernando Garea en El Confidencial, 171120

  • l Ejecutivo y el PSOE justifican que se normalice la relación con Bildu, tras negociar los Presupuestos y lograr su voto favorable, pero, finalmente, niegan que haya un acuerdo

La máxima política clásica dice que “si no lo puedes explicar, mejor no lo hagas”. En el caso del Gobierno actual, la máxima cambia para ser algo así como “si lo has hecho, no te líes y enredes y explícalo”. Esa idea vale para casi todas las polémicas en las que se ha enredado el Gobierno desde que tomó posesión el mes de enero. Casi siempre ha faltado claridad.

 El enredo tiene doble coste político. Y no será porque no sea un Gobierno preocupado por la comunicación y la estrategia, porque casi en cada Consejo de Ministros hay aportaciones e intervenciones sobre cómo abordar públicamente los asuntos. O quizás es precisamente por eso.Por hacer un recorrido rápido en los ejemplos, eso empezó antes de la coalición con aquello de la mesa de diálogo con Cataluña y la figura del relator. El Gobierno ya había decidido abrir una vía de diálogo, tras el fracaso manifiesto de la vía judicial y policial, y se enredó en la explicación por no asumir claramente su intención y su estrategia. Ha tenido continuidad esa situación en las decisiones sobre los políticos independentistas presos.

 El enredo llegó al índice máximo a principios de este año con el llamado caso Delcy, en el que el Gobierno dio múltiples versiones, tanto que, finalmente, tras muchas idas y venidas, la polémica se centró más en las contradictorias explicaciones que en el encuentro en Barajas que las motivó. El coste político fue doble. Ocurrió algo parecido con la destitución del coronel Pérez de los Cobos el pasado mes de junio.Recientemente, se repitió sobre el IVA de las mascarillas, cuando en lugar de admitir la realidad de la rectificación, se enredaron en la falta de autorización de la Unión Europea, como si no fuera posible que los ciudadanos se enteraran de que en casi toda Europa ya se había reducido hace meses.

 Hace poco, la falta de explicación de una orden ministerial en el BOE dio lugar a interpretaciones sobre censuras y supuestos ministerios de la verdad, pese a que la norma solo establece un procedimiento y no habla de nada de eso. Para rematar, la ministra de Exteriores se metió en el lío de explicar que se trata de detectar falsedades en los medios de comunicación, aunque la orden no habla siquiera de eso. No se lo explicaron ni a ella.
Ahora ha vuelto a pasar con Bildu. El Gobierno se reúne en múltiples ocasiones con este partido con el propósito de alcanzar un acuerdo sobre los Presupuestos; Arnaldo Otegi anuncia que votará a favor de la tramitación de las cuentas; el vicepresidente primero da la bienvenida con redoble de tambor a Bildu para integrarse en la “dirección del Estado”, y dirigentes del PSOE como Adriana Lastra y José Luis Ábalos justifican el acuerdo durante el fin de semana, pero al llegar el lunes, la ejecutiva del PSOE intenta explicar que no hay pacto alguno con este partido. Días de justificación del pacto, para terminar diciendo que no hay tal pacto.Eso último es cierto literalmente, porque es ahora cuando deben cerrarse los acuerdos sobre las enmiendas concretas, pero también lo es que ya ha habido reuniones para ese pacto y, además, ha logrado que Bildu no presente enmienda de totalidad y, por primera vez, vote a favor de la tramitación de las cuentas. Sin contar con que en Navarra se ha firmado ya un acuerdo con este partido sobre los Presupuestos forales.

Por todo ello, si la voluntad (defendible) del Gobierno es normalizar la relación con Bildu como con el resto de partidos, ¿por qué no admitirlo, explicarlo y asumirlo?No haciéndolo, Sánchez ya recibió críticas en mayo con el pacto con Bildu sobre la reforma laboral para salvar la prórroga del estado de alarma. Y ahora vuelve a recibirlas y, de pronto, da un paso atrás para asegurar que no hay pacto. Pero si como parece termina habiendo pacto sobre las enmiendas, las volverá a recibir. El coste será doble o triple.

 El enredo por no admitir y explicar esa relación con Bildu que, tarde o temprano, tendrá que admitir hizo que en septiembre el Gobierno tuviera que hacer dos rondas con partidos para negociar los Presupuestos para que los representantes del partido ‘aberzale’ se fotografiaran con Pablo Iglesias y no con Carmen Calvo. Y hace dos semanas, se improvisó una ronda con María Jesús Montero con fotos, tras semanas de reunirse de manera reservada. Y las fotos de la reunión fueron transmitidas tres horas después del encuentro.

Otro ejemplo vinculado es el de la política de dispersión de presos de ETA. Por los hechos, parece que el Gobierno está desde el principio en contra de mantener esta política y, además, así se lo trasladó hace tiempo a Bildu. Es fácil argumentar que esa política se puso en marcha en los ochentaa por PSOE y PNV para romper los bloques de las cárceles y favorecer la reinserción y ahora, disuelta ETA, ya no tiene sentido. Sin embargo, el Gobierno renuncia a explicarlo, mientras se presenta erróneamente como un beneficio o privilegio de los presos terroristas.

 Solo el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha hecho alguna referencia al fin de la dispersión, pero de pasada en alguna respuesta parlamentaria y dentro de explicaciones técnicas y sin argumentar su inutilidad en este momento. Esa falta de claridad y de asunción publica tiene el coste de generar dudas y especulaciones sobre cesiones o contrapartidas, con doble coste político.

 No obstante, la falta de claridad y el enredo son extensibles a los llamados barones del PSOE, que cuestionan decisiones del Gobierno, pero callan en las reuniones del partido. Daría la impresión a veces de que sus críticas forman parte de la misma estrategia de Sánchez para ser a la vez Gobierno y oposición y para jugar, de forma concertada, con la presión de los barones como arma de negociación con partidos independentistas.

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Jáuregui (la sensatez), Ábalos (la frivolidad)

José Antonio Zarzalejos en ABC, 171120

  • iar al olvido la traición a la palabra dada puede funcionar una vez, dos veces, pero difícilmente tres. Sánchez está agotando el cupo de su credibilidad. O está con Jáuregui o está con Ábalos

La pregunta que se hacen muchos socialistas de largo aliento es el porqué de la innecesaria opción radical de Pedro Sánchez. El Gobierno tiene en su mano la mayoría absoluta para los Presupuestos sin necesidad de contar con los escaños de ERC y de Bildu. La suma de los partidos de la coalición más los de Ciudadanos, PNV, PDECAT, Más Madrid y Compromís le asegura la aprobación de las cuentas públicas y, seguramente, le garantiza la legislatura.

De tal manera que la opción radical de apoyarse en dos partidos antisistema parece o un monumental error táctico o un planteamiento de futuro que atenta contra la integridad del sistema constitucional.

El planteamiento que asumen la mayoría de los socialistas es el que expuso con sus habituales serenidad y sensatez este domingo en ‘niusdiario.es’ Ramón Jáuregui, exministro socialista y antes vicelendakari del Gobierno vasco, según el cual si el apoyo de Bildu a los Presupuestos “es sin negociación previa, es inevitable porque se trata de una decisión autónoma de Bildu.

Si es un apoyo buscado y negociado, no es bueno, porque era innecesario y políticamente es inconveniente”. Cree que, además, perjudica al PSOE porque “la mayoría de la opinión pública no lo acepta”.

Tras reconocer el derecho de los barones discrepantes a expresar su criterio en un debate interno que “brilla por su ausencia”, Jáuregui aclara que los socialistas nunca habían dado el paso de “pactar con Bildu”, ofreciendo la clave de por qué no hay que hacerlo: “Tienen todavía un recorrido ético sin hacer y anuncian que el móvil de su acción política en Madrid es tumbar el régimen”. Y les reclama lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos sensatos:

“El suelo ético del final requiere el reconocimiento del mal causado y la responsabilidad por la decisión de matar y un relato de la verdad construido sobre la memoria de las víctimas”.

Como es coherente con esas palabras, Jáuregui sostiene que “la mayoría de la investidura no es ni adecuada ni suficiente para gestionar la crisis institucional y socioeconómica de España (…) el PSOE debe liderar el rumbo del Gobierno y debe hacerlo en los términos de nuestro proyecto histórico para España, gobernando desde la centralidad y para todos los españoles (…) los vetos y la polarización son inadmisibles y quedan para ERC y Podemos. No para nosotros”.

Las reflexiones de este socialista vasco, que se ha distinguido por su característica moderación, se dan de bruces, sin embargo, con las de José Luis Ábalos, ministro de Transportes y secretario de Organización del PSOE, que, en un ejercicio de frivolidad —por utilizar una expresión convencional—, afirmó este domingo en ‘El País’ que “Bildu ha sido más responsable que el PP con los Presupuestos”. Preguntado si el “PSOE cruje por Bildu”, se atreve a decir: “La gente del PSOE no tiene ningún problema”.

Más adelante, vuelve a masajear a Bildu elogiando su “responsabilidad”. El blanqueo que proporciona el ministro y alto dirigente socialista al partido de Otegi es realmente de una torpeza, de una insensibilidad y de una distorsión moral que provocan perplejidad.

En la Moncloa y en Ferraz, saben muy bien que han tomado dos decisiones erróneas: la primera, ceder ante ERC en retirar del proyecto de ley educativa el carácter del castellano como lengua oficial y vehicular,; y la segunda, dar la sensación —este lunes, se negó la existencia de acuerdo alguno— de haber alcanzado con Bildu un pacto para la aprobación del Presupuesto.

Esas dos determinaciones —no se sabe si tácticas o estratégicas— han provocado por primera vez en mucho tiempo un perceptible malestar interno en el PSOE. Porque ambas diluyen sus señas de identidad, son incoherentes con su trayectoria desde 1978, se apartan de las mayorías de consenso ciudadano, priman a los peores extremismos que pretenden ‘tumbar el régimen’ y presentan a Pablo Iglesias como el hombre-brújula de la travesía gubernamental.

La partida en el socialismo se juega entre el planteamiento de Jáuregui y el de Ábalos, entre la sensatez del vasco y la frivolidad del valenciano, entre la vocación de continuidad con el pacto de la transición a que apela el vicelendakari o la disrupción que parece propugnar el ministro de Transportes. El silencio de Pedro Sánchez permite suponer que el presidente está reflexionando sobre el alcance de los errores que ha permitido cometer y que él ha cometido. No le va a valer que vuelva a trampear, como hizo en 2019 cuando vetó a Iglesias y prometió no apoyarse en los independentistas.

La tentación de las personas con lenguaje descomprometido y volátil es siempre la misma: de momento hago esto, luego cambio y siempre gano. Fiar al olvido la traición a la palabra dada puede funcionar una vez, dos veces, pero difícilmente tres. Sánchez está agotando el cupo de su credibilidad.

Y tiene que decidir: si se reconoce en la sensatez de Jáuregui o en la frivolidad de Ábalos. El primero es un discurso para ir a Europa en sintonía con la socialdemocracia; el segundo es una oratoria de pantuflas y pasillo doméstico poco presentable en la UE. Que nos vigila. Recuerden que el socialista vasco, tras su periplo como parlamentario en Bruselas, es uno de los mejores conocedores de los intríngulis de la Unión. Y allí, extravagancias, pocas.

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La evangelización de Bildu

Ignacio Camacho-ABC, 171120

  • Sánchez es un apóstol cívico incomprendido en su sacrificio patriótico de guiar a Bildu por el buen camino

Como remordimientos no sienten habrá que colegir que se trata de falta de vergüenza. Primero dijeron -«si quiere se lo repito cinco veces, o veinte»- que jamás pactarían con los herederos de ETA, y ahora que lo han hecho lo niegan porque son incapaces de sostener un argumento consistente de autodefensa y porque han percibido que el asunto ha abierto una seria brecha interna.

A estas alturas ya mienten por mero reflejo, sin esperar que nadie les crea, ni siquiera la tropa de hooligans que los sigue y seguirá apoyando por no dar la razón a la derecha. En realidad tampoco les importa; es sólo una manera de soltar lastre hasta que pase la tormenta. Y han delegado el encargo

en Ábalos, el displicente ministro de lengua de madera que dio siete versiones, siete, sobre el aterrizaje de Delcy y sus maletas. No tienen ni sombra de mala conciencia.

De lo que andan sobrados es de cinismo. El que hace falta para convertir el indulto moral a Bildu en una especie de sacrificio. Con tal de salvar a España se han aliado con quienes quieren liquidarla: puro patriotismo incomprendido. Un ejercicio apostólico para «integrar a los diferentes» (sic) y convertirlos a la verdadera fe del compromiso cívico.

Cómo no habríamos caído antes en que se trataba de un gesto de genuino idealismo. Lástima que los tardoetarras no hayan mostrado esa actitud de arrepentimiento paulino y sigan prometiendo tumbar el régimen y demás propósitos constructivos propios de su reputada limpieza de espíritu. Pero por intentarlo no va a quedar. Sánchez es un evangelista político dispuesto a cualquier esfuerzo para catequizar enemigos y devolverlos al buen camino.

Como será difícil vender tanto altruismo, que ya se sabe la naturaleza desconfiada del pueblo, el siguiente movimiento puede consistir en disimular el acuerdo y alejar al nuevo socio de la votación final de los Presupuestos. El favor decisivo, el que de veras preocupaba al Gobierno, que consistía salvar las enmiendas a la totalidad literalmente a cualquier precio, ya está hecho, y consumada la contrapartida inicial del acercamiento de presos.

Ahora toca escenificar discrepancias y evitar gestos que propicien la sensación de contubernio. Manejar los tiempos y confiar al «arte de lo que no se ve» (palabras de Iglesias) el desarrollo de las cláusulas que permanecen en secreto. Y si es posible, controlar un poco a Zapatero, que anda empeñado en reivindicarse como precursor de tan feliz encuentro estratégico.

Hay que cambiar la consigna. Rebajar la euforia, ordenar cautela y asumir el error inicial de haber presumido de mayoría progresista. De puertas adentro ya han reprendido a las voces críticas; Page ha matizado la suya y a Vara le cayó ayer una bronca (del mismísimo Sánchez) en la Ejecutiva. Cierre de filas. Más complicado va a ser revestir de filantropía una operación de tan flagrante obscenidad ética y política.

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Dónde está el PSOE decente?

Jorge Vilches en Vozpópuli, 171120

  • abe la posibilidad de que Moncloa haya optado por la estrategia rupturista sabiendo que el electorado del PSOE va a aceptarlo

No sé qué es más inquietante: si que Pedro Sánchez sea capaz de sacrificar la convivencia constitucional para conservar su poltrona en La Moncloa o la falta de reacción en el PSOE y, lo que es peor, en su electorado. Lo primero es grave pero tiene remedio. El suspiro de democracia que aún disfrutamos sirve para quitarnos de en medio a ególatras autoritarios.

Por otro lado, no sorprende la falta de pulso en la dirección del PSOE. No solo ha funcionado la ley de hierro de las oligarquías, sino que la purga realizada por Sánchez tras su vuelta en 2017 ha sido muy efectiva. Nadie se atreve a contradecir al Dr. Fraude, o a dejar de aplaudir al líder. Se ha rodeado de peones sacrificables, hasta el punto de que nunca tanta mediocridad tuvo tanto poder y presencia pública.

Véanse los ejemplos de Ábalos, Lastra y Simancas. El resultado es que en tres años el PSOE se ha convertido en una plataforma para sostener el proyecto personal de Sánchez y nada más.

Lo más preocupante es el electorado. Las decisiones de Sánchez responden a un plan para cambiar el eje del consenso: sustituir a los partidos constitucionalistas por los rupturistas. Eso supone engañar y orillar al PP y a Ciudadanos al objeto de cambiar el régimen, convertirse en la clase política hegemónica y gobernar para siempre. El problema es que el electorado de la izquierda admita esta transformación general, esta deriva autoritaria por el simple hecho de que son “los suyos”.

¿Es posible que los millones de votantes del PSOE vean con buenos ojos la colonización partidista del Estado, el control de los medios de comunicación, los recortes a la libertad de expresión, el ataque a la división de poderes, o la alianza con Bildu y ERC? ¿En serio todo esto es mejor que sentarse a hablar con el PP y Ciudadanos, y repudiar a los violentos y a los golpistas? Es difícil asimilar que toda esa masa electoral esté encandilada por un liderazgo postizo y ególatra, vacuo, sin palabra ni dignidad.

El votante tipo del PSOE es mujer, entre 40 y 60 años, con estudios medios, y un estatus social de mitad de tabla. Es la clase media que vivió la Transición, los años de plomo de ETA, el rodillo socialista de González y su declive, el ascenso del PP de Aznar, la elección y hundimiento de los gobiernos de Zapatero y Rajoy, el fraude de la nueva política y el golpe de Estado en Cataluña.

Es decir; es tiempo más que suficiente como para asimilar las costumbres democráticas, el valor de la libertad, y la necesidad de desconfiar de cualquier gobierno como para que ahora ese mismo electorado trague con gusto la deriva autoritaria e indigna de Sánchez.

El totalitario acecha

Hayek escribió que hay generaciones que piensan que la libertad viene dada, que es algo seguro, y que cuando se baja la vigilancia es cuando el totalitario aprovecha la ocasión. Simona Forti lo describe bien: el totalitario es el vecino que está siempre llamando a la puerta. ¿Estamos en un país en el que da igual la democracia? ¿En el que la memoria propia es el relato tontorrón que sale de La Moncloa? ¿Es posible que no importe pactar con totalitarios asesinos y golpistas con tal de arrinconar al adversario constitucional?

Muchas veces nos fijamos en los dirigentes políticos como responsables del devenir de los sistemas democráticos, pero no poca responsabilidad cabe también a los ciudadanos. Se vota y respalda a opciones egoístas y de confrontación, a líderes pequeños y mezquinos. La gente se suma a feligresías dogmáticas para tener una identidad con la que enfrentarse a los demás. El individualismo es marginal. El motivo es que no importa el conocimiento ni la verdad, sino la victoria sobre el otro por muy efímera que sea.

¿Dónde está el PSOE decente? Esa es la pregunta. Pero hay que volver los ojos hacia los españoles. La soberanía sigue residiendo en el pueblo, que decide qué, cuándo y a quién. Entre medias cabe la resistencia, pero no la de los antiguos, sino la de los modernos, la pacífica, la interior, la individual, la que preserva la conciencia y condiciona el comportamiento.

Cabe otra posibilidad aún más pesimista en este análisis, y es que Moncloa haya adoptado esta estrategia rupturista sabiendo que el electorado socialista va a aceptarlo. De esta manera, si no hay una reacción negativa del votante izquierdista al primer aldabonazo, como pactar con Bildu los Presupuestos o la eliminación del español como lengua vehicular, esas medidas van a continuar. Habrán normalizado el desmontaje del sistema pieza a pieza.

Los manifiestos de viejos socialistas están bien, y son necesarios. ¿Pero dónde está la nueva generación socialista, la que nació después de 1978? ¿Es que no hay nadie de los nacidos en democracia que crea en este sistema político, que no defienda el espíritu de las leyes de la Transición, que no vea cómo funciona en otros países europeos? La respuesta que suele dar esa generación socialista a preguntas de este tipo ya sabemos cuál es: “Eres un facha”. No hay más preguntas, señoría.

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No es Ábalos, son todos

Juan Carlos Girauta en ABC, 161120

  • o parecía que Transportes Ábalos diera para mucha iniquidad. Pero nos ha sorprendido

Según el juez, las zonas de tránsito de las terminales aeroportuarias españolas no son suelo español ni, por tanto, territorio Schengen. De ahí que los funcionarios que se abstuvieron de detener a la dulce Delcy cuando su encuentro con Transportes Ábalos no incurrieran en ilícito alguno.

Pero si la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero, la mentira es la mentira la diga el porquero o su juez. Las terminales por donde Delcy se deslizó y pernoctó mientras le movían las cuarenta maletas de Alí Babá son territorio español y, por ende, territorio Schengen, y si en España sigue existiendo la Justicia esa será la última palabra.

No parecía a simple vista que Transportes Ábalos diera para

mucha iniquidad. Ya saben, en el mediocre todo es mediocre. Pero nos ha sorprendido. Incluso a los que sabíamos que lo de Sánchez era una banda. Empezamos a identificar una pauta: la clave de la exitosa política gubernamental es ir siempre un paso más allá de donde habría ido el más malvado y el más estúpido antes de la era Sánchez. Es un funambulismo moral que admira y anima a la escoria varia, exterroristas, para empezar, si es que cabe el prefijo.

«Bildu ha sido más responsable que el PP», reflexiona Transportes Ábalos. Es frase que invita a la arcada, al exabrupto a lo Fernán Gómez e incluso al exilio. Mire, si Otegui es la opción, ETA acertó al asesinar. ¿Me sigue?

Ese es el detritus que deja la estrategia del Gobierno. El PSOE ha habilitado un cuarto oscuro tras una puerta ciega en un pasillo condenado: ahí se amontonarán los cadáveres, abandonados al olvido. Quieren cambiar el régimen abrazados al terrorista estratega y usar siempre más como espantajo a una «derecha» que jamás gobernará, como anunció Iglesias.

No tenemos que adivinar las intenciones de El Gordo, el terrorista por el que apuesta Sánchez para rediseñar la vida española. Nos las ha explicado él: «Para que algún día España sea roja, republicana y laica, esa España tendrá que estar anteriormente rota». Esa es la visión de Otegui, ideas y acción, teórico que habla con la autoridad del secuestrador, cocinero antes que fraile. O sea, que ha jugado a la ruleta rusa con su rehén antes de dirigir el Estado con Sánchez e Iglesias.

Convendría que nadie se engañara con el PSOE. Transportes Ábalos no es una excepción. Puede ser más tosco, más crudo que simonillas y margaritas, que Calvos y Calviños, pero todos atienden a la lógica del sanchismo.

Y sí, uno de los pasos estratégicos de la banda es invertir la jerarquía moral sobre la que se ha levantado la democracia española mientras ETA la llenaba de concejales muertos, de policías muertos, de niños muertos, de guardias civiles muertos, de diputados muertos, de militares muertos y de viandantes muertos.

Sobre esa inversión se levanta el nuevo poder. Aplaudan. Y los de los palcos, como dijo Lennon, que agiten las joyas.

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el texto

 

Rafael Nadal

Nadal es, según el autor, un tenista que, con su capacidad de superación, ha sido capaz de implementar un estilo de juego único y tan particular que sus rivales han tenido que imitar para poder hacerle frente en la pista.

Enrique Gimbernat en el Mundo, 171120

«VOY A MONTREAL y me abro paso hasta la final que juego contra un español jovencísimo del que habla todo el mundo: Rafael Nadal. No consigo derrotarlo. Nunca había visto a nadie moverse así en una pista de tenis».

«Después Nadal me aniquila. El partido dura setenta minutos».

Estas son las dos referencias que hace a Rafael Nadal nada menos que Andre Agassi en Open. Memorias, una maravillosa autobiografía escrita alalimón entre el tenista norteamericano y el premio Pulitzer J. R. Moehringer, cuya empatía con aquél hay que reconducirla probablemente, y no en último lugar, a que ambos han sufrido dos terribles infancias.

En la cita inicial, Agassi se refiere al primer encuentro con Nadal (cuando éste tenía 19 años) en el Masters 1000 de Canadá de 2005. En la otra cita Agassi recuerda su segundo y último encuentro entre los dos en 2006, en Wimbledon, en el que el español le batió por 7-6,6-2 y 6-4.

Que en 2005, cuando Agassi tenía 35 años, y había jugado innumerables partidos contra cientos de jugadores, diga de Nadal que «nunca había visto a nadie moverse así en una pista de tenis» habla por tomos. Y es que, en efecto, el tenis de Nadal no se parece al de ningún otro tenista anterior. En primer lugar, y como dice Agassi, por su movilidad, por su velocidad en la pista, siendo capaz de llegar a una dejada en el lado derecho de la pista para después desplazarse hacia atrás, corriendo como un gamo, devolviendo una pelota que se la han colocado en la línea de fondo, ganando el punto, finalmente, respondiendo con una contradejada a una nueva dejada que esta vez la ha situado el contrincante a pocos centímetros de la parte izquierda más próxima a la red. Pero, para poder alcanzar las bolas en cada uno de estos tres golpes, no sólo se necesita –aunque también– velocidad –la movilidad de la que habla Agassi–, sino asimismo una gran intuición para adivinar a dónde va a ir el próximo golpe que planea ejecutar el rival. Pero esa movilidad y esa intuición de nada servirían si no vinieran acompañadas de la enorme seguridad de todos los golpes de Nadal.

Nadal no falla, o falla muy poco. Cuando se dice que no da ningún punto por perdido o que, para conseguirle un punto, a veces –y no siempre con éxito– el adversario tiene que hacerle tres golpes ganadores, en realidad se está diciendo lo mismo: que devuelve bolas dificilísimas que para otros tenistas serían imposibles de alcanzar. Desde el fondo, Nadal es capaz de aguantar sin fallos cualquier intercambio de golpes a cualquier tenista. En la red, sea con una volea cortada o plana o a bote pronto, ciertamente que esos golpes de Nadal no tienen la belleza con los que los ejecutaban en su día Sampras o Edberg o ahora lo hace Federer; pero su efectividad no es menor. A pesar de que parecen golpes relativamente fáciles, estoy acostumbrado a ver a jugadores top ten que fallan smashes que no presentan aparentemente muchas dificultades. Nadal no los falla. Ni cuando los ejecuta al borde de la red, ni a media pista inclinándose hacia atrás, casi cayéndose, para poder impactar la bola con la raqueta con efectividad, ni tampoco –y eso sea tal vez lo más difícil– cuando ejecuta el smash desde el fondo de la pista.

La fortaleza mental de Nadal es legendaria. Nunca entrega un partido, por muy desfavorable que le vaya siendo el marcador y sea el que sea el tenista que tiene enfrente. Nadal nunca tira un partido; si se le quiere batir, hay que hacerlo con golpes ganadores y no confiando en que va a entregar el partido, porque ha entrado en un bajón psicológico: cuando te enfrentas a Nadal no descartes nunca una remontada.

En el año 2002, con 22 años, irrumpe en la escena tenística Roger Federer. Se convierte en el amo absoluto. Entre ese año y 2005 Federer conquista seis Grand Slams y ocho Masters 1000 (que cuando empezó a jugarlos Federer se llamaban ATP Masters Series). No había jugador que supiera cómo ganarle.

Hasta que, en 2005, aparece Rafael Nadal. Entre éste y Federer, se inicia entonces uno de los duelos más apasionantes que ha vivido el mundo del tenis, habiéndose celebrado hasta ahora 40 partidos entre ambos con ventaja para Nadal en tierra batida (14-2) y para Federer en pista dura (11-9) y en hierba (3-1).

Las armas de Nadal frente a Federer, cuando le gana, son: el intercambio de golpes, que por muy prolongado que sea, y debido a la seguridad de Nadal, casi siempre acaba fallando Federer; sus precisos globos que desbordan a veces a Federer cuando se aproxima a la red; la capacidad del español de colocar ángulos cruzados, a la derecha o al revés del suizo, imposibles de alcanzar; sus passing shots; y sus golpes paralelos de revés o de derecha, destacando, entre estos últimos, las bolas que Nadal lanza con su drive que, a la mitad del viaje, se salen de la pista, pero que, haciendo una parábola, acaban aterrizando dentro de la línea del campo de Federer.

Además, y durante los primeros años de enfrentamientos, y siendo el revés el punto débil de Federer, porque con ese golpe no tenía la precisión milimétrica de su drive, Nadal se pasaba los partidos machacando el revés de Federer a donde dirigía todos los golpes posibles. Entre 2005 y julio de 2011 los números 1 y 2 de la clasificación de la ATP se los reparten, alternativamente, Federer y Nadal. El tenis se había convertido en un asunto de sólo dos.

En 2008 se empieza a hablar de un tenista serbio: de Novak Djokovic. Ciertamente que apunta maneras, pero tiene un saque vulgar, no sabe volear y frecuentemente le entran bajones mentales que le hacen perder juego tras juego.

Para Federer y Djokovic el enemigo a batir es Nadal. Para hacerlo, tendrán que perfeccionar su juego. Y ciertamente que lo hacen, aunque de diferente manera.

Federer mejora la precisión de su revés (tal como años antes lo había hecho, asimismo, otro tenista que tenía en ese golpe su punto débil: Boris Becker), no sólo a base de duros entrenamientos, sino también porque, como los contrarios siempre que podían –y como en su día hicieron con Becker– le mandaban los golpes a la zona del revés, los partidos que disputaba Federer se convirtieron en una continuación de esos duros entrenamientos.

Finalmente, el revés de Federer –como el de Becker– acabó convirtiéndose en tan efectivo como su derecha. Entre 2013 y 2015 Stefan Edberg –uno de los mejores jugadores de saque-volea de la historia– entrenó a Federer; no tuvo que decirle que mejorara, sino, simplemente, que pusiera en la práctica con mucha más frecuencia, su maravilloso juego de saque-volea, del que hasta entonces, e inexplicablemente, Federer pocas veces hacía uso.

Si con la mejoría del revés, su mucho más frecuente uso del juego saque-volea y su creciente seguridad en el intercambio de golpes, Federer encontró nuevas armas para oponerse, con más posibilidades de éxito, al juego de Nadal, el camino que siguió Djokovic para tratar de superar al tenista español fue otro bien distinto: convertirse en otro Nadal, pero mejor que el original.

PARA EMPEZAR, Djokovic adquiere una enorme seguridad en los intercambios, hasta el punto de que es capaz de aguantar a Nadal esos intercambios, siendo al final éste, y no Djokovic, el que incurre en un error no forzado. También como Nadal aprende –a veces superándole en efectividad– a colocar golpes ganadores buscando ángulos imposibles de devolver o ejecutándolos sorprendiendo al rival a contrapié. El juego de Djokovic termina de perfeccionarse contratando como entrenador, en 2015, a otro, como Edberg, gran jugador de saque-volea: al alemán Boris Becker.

Con Becker, el saque de Djokovic experimenta una gran mejoría, convirtiéndose en un arma con la que gana muchos puntos; y la hasta entonces desastrosa volea de Djokovic se transforma en un golpe que ejecuta con una gran seguridad. Finalmente, y me imagino que con la ayuda de psicólogos, Djokovic consigue erradicar esas grandes ausencias que se apoderaban de él en algunos partidos y que hacían que los perdiese.

También el escocés Andy Murray quiere seguir el camino de Djokovic para mejorar su juego: convertirse en otro Nadal, pero mejor que el original. Murray, sin embargo, nunca alcanzó esa meta. El balance de sus enfrentamientos contra The Big Three es ampliamente desfavorable para Murray: 25-11 frente a Djokovic, 17-7 frente a Nadal y 14-11 frente a Federer.

En cualquier caso, y a partir de 2017, cuando se empieza a agravar su lesión de cadera, que no puede superar pese a las dos intervenciones quirúrgicas a las que se somete, Murray deja de pertenecer a la elite del tenis, sin que nos haya sido posible conocer, por ello, hasta dónde podría haber llegado este magnífico jugador, como tampoco sabemos, y también a causa de las lesiones que han padecido, dónde habrían estado los límites de otros grandes tenistas como Kuerten o Del Potro.

Volviendo a Nadal, y hasta 2014, la rivalidad entre éste, Djokovic y Federer se mantiene más o menos equilibrada, alternándose en los tres puestos de cabeza de la clasificación de la ATP y apuntándose –con alguna incursión de Murray– los Grand Slams que se disputan. El juego de Nadal entra en la crisis más profunda de su carrera entre los años 2014 y 2015, debido en parte, aunque no sólo, a sus problemas con las lesiones.

En esos dos años, en los que sólo gana un Grand Slam (Roland Garros 2014) y desciende hasta el noveno puesto del ranking de la ATP, un Nadal desconocido llega a perder partidos incluso con jugadores que no se encuentran clasificados entre los top 20. Uno de ellos es Fabio Fognini, que hasta entonces no había batido nunca a Nadal, y que, en 2015, de cinco partidos que juegan, le gana tres al español. No puedo describir el odio que sentí hacia Fognini –y que Dios me perdone–.

Ciertamente que, a medida que Nadal iba recuperando su forma, en los siguientes ocho partidos jugados hasta la fecha, el español ha ganado a Fognini en siete de ellos; no obstante, cada vez que veo a Fognini en la pantalla de mi televisor no puedo evitar que me siga cayendo mal. En cualquier caso, en aquellos dos anni horribiles de 2015 y 2016 decidí dejar de sufrir. Renuncié a ver los partidos de Nadal en directo y, después de conocer el resultado, sólo contemplaba aquellos en los que había ganado, prescindiendo de hacerlo con los que habían acabado con derrotas del tenista español.

Y ES PRECISAMENTE a partir de 2014 cuando Djokovic –con su saque, con su ausencia de fallos en los intercambios, con sus golpes ganadores, con su elasticidad y, también, con la regularidad de su juego, que ya no se ve interrumpido por bajones psicológicos– alcanza la cima de su tenis: se ha convertido en un Supernadal, en un jugador imbatible. Entre finales de 2013 y la primavera de 2016, de 12 encuentros que disputaron Djokovic y Nadal, el serbio ganó 11 por sólo uno de Nadal en –¿cómo no?, y porque el español es indiscutida e indiscutiblemente el mejor jugador de tierra batida de la historia– precisamente la final de 2014 de Roland Garros.

Desde Wimbledon 2015 Djokovic juega con Federer 10 partidos de los que vence en siete. Y, por lo que se refiere a sus enfrentamientos con Murray, de 17 encuentros a partir de 2014 Djokovic ha ganado 14 por tres de Murray.

Pero, naturalmente, y con ese espíritu luchador que busca un paralelo en la historia del tenis, Nadal no se quedó quieto. El gran estilo de juego que había desarrollado a lo largo de tantos años, y con tanto éxito, con su tío Toni, no cambia, pero va a ser perfeccionado y depurado aún más con la contratación como entrenador, en 2016, de Carlos Moyá. Poco a poco Nadal no sólo vuelve a ser el de siempre, sino todavía mucho mejor.

Perfecciona todos sus golpes, aumenta la seguridad de los mismos y mejora muy considerablemente su saque, con un alto índice de primeros, muchas veces tan bien colocados que el rival sólo los puede devolver defectuosamente y apuntándose un número creciente de aces. En 2017 Nadal gana dos Grand Slams –Roland Garros y el US Open– y vuelve al número 1 de ranking; en 2018 se hace con Roland Garros, pero tiene que abandonar, por lesión, la semifinal del US Open frente a Del Potro, dando por finalizada la temporada. 2019 es nuevamente un gran año para Nadal: gana Roland Garros y el US Open y cierra el año como número 1 del mundo.

Y llegamos al presente año: 2020, el año de la pandemia. Desde la recuperación de su mejor tenis en 2017 Nadal había jugado seis veces contra Djokovic, estando empatados a tres victorias cada uno, suponiendo la final de este año de Roland Garros el número siete de los últimos encuentros entre ambos.

En 2020, y por lo que se refiere a Grand Slams, Nadal había caído en las semifinales del Open de Australia frente a Dominic Thiem y, después de suspenderse, por la covid 19, el campeonato de Wimbledon, renunció a participar en el US Open. Naturalmente que un campeonato es sólo una foto fija y que nadie puede adivinar qué deparará el futuro a Nadal y a Djokovic, en función de la evolución de su juego y de las eventuales lesiones y otros imponderables que puedan surgir. No obstante, quiero detenerme en esa final de Roland Garros de hace sólo unas semanas (su actuación en el París Bercy de la pasada semana, en el que perdió en semifinales, no es significativa, por el abrupto cambio de la tierra batida de Roland Garros –la superficie en la que Nadal es el rey–, y, sin solución de continuidad, a la pista dura Indoor, en la que Nadal se desenvuelve peor, de París Bercy).

En esa final de Roland Garros demostró que ese Supernadal que, con tanto mérito, había llegado a ser Djokovic ya no era suficiente para desbordar a ese renovado y mejor Nadal que había subido varios escalones en su juego de toda la vida. Como en los intercambios Djokovic era consciente –y con razón– de que no podía superar en aciertos a Nadal, y que tales intercambios iban a terminar con un golpe ganador del español o con un error no forzado del serbio, Djokovic interrumpía los intercambios con las dejadas que tan buen resultado le habían dado en sus semifinales contra Tsitsipas. Pero Nadal no es Tsitsipas. La velocidad y la intuición de Nadal hacían que llegara a prácticamente todas las dejadas del serbio, a quien, después, le ganaba la mayoría de las veces con una contradejada, con un passing shot o con un globo.

Hay dos golpes de Nadal que siempre me han impresionado, pero que, como en la final de Roland Garros de este año, cada día los ejecuta mejor. Nadal está algo adelantado y, superándole, su contrario le lanza un golpe al ángulo derecho de la línea de fondo, que ya no puede devolver de frente; Nadal entonces, corriendo al límite de su velocidad, llega a duras penas a la pelota, se retuerce, y poco antes de que la bola bote por segunda vez la impacta por detrás con un revés cortado con el que salva el punto, cuando no es que se lo apunta con un golpe ganador.

La misma situación se repite cuando le rebasan con un golpe al ángulo izquierdo de la línea de fondo; hay un momento en el que parece que el tiempo y, con ello, la pelota se detienen, y Nadal, corre y corre, recogiendo la bola desde atrás, la impacta con su raqueta, consiguiendo con ello –para sorpresa de su rival que ya creía haber ganado el punto– devolverla dentro del campo contrario, muchas veces, de nuevo, con un golpe ganador, esta vez de drive.

Los caracteres de Federer y de Nadal son muy diferentes del de Djokovic. Nadal y Federer no pierden nunca las formas ni los papeles, y a pesar de todas las tensiones que pueden acontecer a lo largo de un partido disputado, prefieren perder antes que ser unos maleducados que arrojan la raqueta contra el suelo.

A pesar de sus 20 Grand Slams, de sus 35 Masters 1000, de sus cuatro Copas Davis y de sus dos medallas olímpicas de oro (una en individuales y la otra en dobles) ganados, no hay tenista menos divo, más modesto en el circuito que Nadal. Un detalle que habla por cientos: en el discurso de clausura del Roland Garros del presente año, y para hacerle más dulce la derrota a Djokovic, a quien había barrido por 6-0,6-2 y 7-5, Nadal, y sin venir a cuento, devaluó su propia victoria, recordando que en el ya lejano enero del pasado 2019 Djokovic le había ganado en la final del Open de Australia.

En España tenemos grandes comentaristas de tenis –el mejor de todos, el de nuestro periódico: Javier Martínez–, pero, si de lo que se trata es de analizar un partido de Nadal, nadie le supera en la lucidez de su propia crítica: Nadal es implacable consigo mismo al describir los fallos que ha cometido en el partido que acaba de jugar, describiéndolos con la mayor de las precisiones; como también lo hace con los aciertos que ha tenido, aunque en un tono más bajo y huyendo de cualquier alarde o presunción.

Djokovic, en cambio, rompe las raquetas, en sus primeros años –y todavía ahora algunas veces–, cuando iba perdiendo simulaba inexistentes lesiones en los descansos de los juegos, con la intención de desconcertar al contrario quien, pensando que iba a seguir jugando el partido con un Djokovic medio inválido, se encontraba con uno en plena forma; y la mala educación del serbio se manifestaba también en las imitaciones que hacía del juego de sus compañeros, ridiculizándolos, aunque muchas veces con maldita la gracia. Djokovic, además, ni sabía ganar ni sabía perder.

Con el tiempo esas salidas de tono de Djokovic se han ido difuminando; incluso ha aprendido a saber perder, aunque sigue sin saber ganar. En cualquier caso, estas virtudes extratenísticas de Federer y Nadal han hecho que éstos se vean rodeados de unas aureolas de carisma y de simpatía, de las que no disfruta, ni de lejos, Djokovic.

MI PRIMER CONTACTO con el tenis se inicia cuando tenía 12 o 13 años en el Club Velázquez de Madrid, situado justamente en los terrenos que hoy ocupan las oficinas de Iberia sobre el enorme solar que tiene uno de sus límites externos entre las calles Velázquez y María de Molina. A pesar de mi temprana afición por este deporte, siempre fui un jugador malo tirando a pésimo.

Pero todos los otoños asistía, día tras día, hipnotizado y embelesado, a pesar de la ínfima calidad de los tenistas que participaban, a los Campeonatos de Tenis de Castilla que siempre se celebraban en el Club Velázquez; con una excepción, en el último campeonato, que se debió celebrar en 1957 o 1958, ganó la final Manolo Santana, un tenista que no se parecía a ninguno de los que habíamos visto hasta entonces y cuya calidad ya conocíamos porque le habíamos contemplado entrenar ya desde hacía algún tiempo en las pistas del Club.

Santana empezó de recogepelotas en el Club Velázquez y aún le estoy viendo jugando, con 12 o 13 años, en sus ratos libres, con una tabla de madera con la que lanzaba contra la pared del frontón de las instalaciones una vieja pelota de tenis de pura goma que había perdido ya todo el pelo que en algún lejano día la había recubierto. De vez en cuando, charlábamos con Santana que era una persona –y creo que lo sigue siendo– muy simpática. Nunca pude soñar que en los siguientes años y décadas iba a tener la posibilidad –fundamentalmente a través de la televisión– de ver a los mejores tenistas del mundo jugando en los torneos más importantes.

Pero el primer partido de esa calidad al que tuve la felicidad de asistir se lo debo precisamente a Santana. En agosto de 1962 acababa de entregar mi tesis doctoral en la Universidad de Hamburgo y estaba preparando el examen final de mi doctorado –el llamado rigorosum. En esas fechas se estaban celebrando en Hamburgo, en el barrio de Rothenbaum, los Campeonatos Internacionales de Tenis de Alemania (que después ascendió a la categoría de Masters 1000 y hoy es un Masters 500) y un día me acerqué, con mi pareja de entonces, al club de tenis a presenciar uno de los partidos, encontrándome a Santana en las instalaciones.

Estuvimos hablando de los viejos tiempos del Club Velázquez, de su trayectoria desde entonces y le invité a cenar a la humilde buhardilla en donde entonces vivía. Mi pareja le preparó la típica cena alemana –un Abendbrot–, consistente en unas rebanadas de pan de centeno que se untan con margarina (o con mantequilla en las grandes ocasiones como era la de la cena con Santana), colocando encima embutidos o queso o algún otro acompañamiento. Recuerdo que Santana se entusiasmó con una de las rebanadas cubierta con steak tartar y tuve la impresión de que era la primera vez que el tenista español comía esa bien preparada carne cruda.

Recuerdo también que hablamos del futuro y Santana, que había ganado ya, en 1961, un Roland Garros (después triunfó en otro, en Wimbledon y en el Campeonato norteamericano de Tenis, precursor del US Open), desde su privilegiada vida de éxitos ya conseguidos, me animó sobre el futuro que le esperaba a aquel becario doctoral que, en ese momento, pasaba por una de las frecuentes depresiones que se apoderan de los científicos cuando todavía son unos aprendices. Y lo mejor:

Santana nos invitó a dos entradas VIP para presenciar la final que se iba a disputar entre quien para muchos ha sido el mejor tenista de todos los tiempos: Rod Laver, y el propio Santana, que era un artista jugando al tenis y cuya legendaria y prodigiosa muñeca nunca más se ha vuelto a repetir en el circuito.

Nos sentimos unos señores en medio de aquellos asientos ocupados por los miembros de la inaccesible y aristocrática elite comercial de Hamburgo en un competido partido que acabó ganando Laver (8-6, 7-5 y 6-4), que, comparándolo con los petardos de partidos que había visto hasta entonces en el Club Velázquez, me pareció un encuentro disputado por los ángeles.

En una canción de Sabina, después de mencionar los lugares del mundo que ama (Venecia, Manhattan, París, Ciudad de México y Buenos Aires, entre otros) termina diciendo, sin ulteriores explicaciones:

«Yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid». Si me preguntaran quién es para mí el mejor tenista, y después de repasar mentalmente a todos los jugadores a los que he visto disputar maravillosos partidos, y guardando siempre un lugar de privilegio para Pete Sampras, con un estilo de juego tan distinto al de Nadal, yo diría, también sin ulteriores explicaciones: «Yo me bajo en Mallorca, yo me quedo con Nadal».

Enrique Gimbernat es catedrático de Derecho penal de la UCM.

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El Roto
Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 171120

 

 

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