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Ocurrencia en UGT: plantea llamarse UGTT para incluir en sus siglas a las trabajadoras

Ok Diario, 050321

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Por una república plurilenguaraz, unos gobernantes que no conocen la koiné

La lengua impuesta

Santiago González en El Mundo, 060321

Todos los socios de Pedro Sánchez, encabezados por Pablo Iglesias, vienen a coincidir en que el castellano es una lengua impuesta. Todos ellos van a presentar en el Congreso una PNL para acabar con lo que consideran una “imposición legal del castellano” en España. La historia viene de antiguo. Arzalluz, gran timonel del PNV, mostró un empleo extravagante de la antonomasia al llamar al castellano o español (que de ambas maneras lo llamaba Sebastián de Covarrubias) “la lengua de Franco”.

Las ganas de joder son a menudo incompatibles con la lógica. Es como si el gran burukide hubiese descrito sus habilidades lingüísticas: “hablo a la perfección la lengua de Franco, la de Josu Ternera y la de Adolf Hitler”.

Hubo un tiempo en que los presidentes del Congreso, incluso socialistas, no eran como Meritxel Batet. Un suponer, Manuel Marín. En 2005 expulsó de la tribuna a Joan Tardà por empeñarse en intervenir en catalán. Durante el Gobierno de Zapatero, etapa en la que toda tontería tuvo asiento, hubo un testimonio fotográfico impresionante, en mayo de 2010.

En el atril de oradores del Senado, un andaluz de Iznájar se explicaba en la lengua que peor habla. En un escaño, otro andaluz, de Ceuta (Manuel Chaves) sigue atentamente el discurso mediante un pinganillo.

Zapatero lo explicó con una sentencia sandia: “las lenguas están hechas para entenderse”. Sánchez Ferlosio se agarró un rebote considerable y mediante carta al director de ABC le explicó algunos rudimentos de la propiedad distributiva de las lenguas: “para entenderse sus respectivos hablantes entre sí” y añadía que una lengua no se entiende con otra, el latín no está hecho para entenderse con el griego.

Para entenderse un ateniense y un romano que solo hablen sus respectivas lenguas deberían recurrir a un intérprete o a una tercera lengua que conociesen ambos, una koiné.

También fueron muy chuscas las conversaciones que el PNV mantuvo con HB en un hotel de Bilbao en 1992. Participaban por el PNV Ollora, Gorka Aguirre y Joseba Egibar. Por HB, Floren Aoiz, Iñigo Iruin y Jon Idígoras. Ollora no sabía euskera. Los batasunos solo hablaron en euskera y cuando terminaban esperaron a que Egibar tradujese al español para que se enterase Ollora y lo que este respondía lo traducía al euskera para que sus interlocutores baturros pudieran darse por enterados.

La esencia de España vuelve a ser el pinganillo. En su estreno internacional en una cumbre de la OTAN, Zapatero despreció los auriculares que sí llevaban el ministro Moratinos y el embajador de España en la OTAN, hablantes ambos de la lengua de Jack el Destripador.

¿Tragará Sánchez con estas tonterías? Nos está resultando muy tragaldabas, o sea que todo hace pensar que sí. Debería pensárselo. En 2017, Telefónica presentó un proyecto, ‘El valor económico del español’ en el que se establecía que la lengua española genera el 16% del valor económico del PIB. Y del empleo en España. (Ver en expansión, el 13 de febrero de 2017).

Ahora parece que vuelve esta vocación de Babel íntima. Avanzará mucho el día en que todos los representantes de los ciudadanos se expresen en la lengua que menos dominan. Pero aún sería mejor si les obligamos a explicarse en las cuatro a la vez.

O una detrás de otra, siguiendo la prescripción que le hacía Gabriel Aresti a Tomás Meabe: “Cierra los ojos muy suave,/ Meabe,/ pestaña contra pestaña./ Solo es español quien sabe/ Meabe,/ las cuatro lenguas de España”.

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Detalle del acto de destrucción de armas de ETA, este jueves, en...
Detalle del acto de destrucción de armas de ETA, este jueves 040321, en Madrid. POOL / MONCLOA

Propaganda para ocultar el fracaso

Consuelo Ordónez, en El Mundo, 060321

El presidente del Gobierno se jactó de que «quien entrega las armas, acepta la derrota», durante el acto de destrucción de armas de ETA y los GRAPO celebrado el jueves. Esta frase encierra dos mentiras. La primera: las armas destruidas no las entregó ETA, sino que se las incautaron las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

El supuesto desarme que organizó la propia ETA en Bayona el 8 de abril de 2017 no fue más que una pantomima. Estuvo organizado exclusivamente por la izquierda abertzale y sus cómplices afines –los autoproclamados «artesanos de la paz»– y no fue verificado ni investigado por el Gobierno español ni por el Ejecutivo vasco ni por el francés.

Es más, unos meses antes, el 16 de diciembre de 2016, la policía francesa sorprendió a dos de estos artesanos de la paz destruyendo decenas de armas de ETA para no entregarlas en el circo de Bayona. Covite requirió a la Audiencia Nacional y al Gobierno que investigara estos hechos tan graves, pero enseguida dieron carpetazo a nuestra petición. Nunca supimos cuántas armas les fueron incautadas y cuántas les dio tiempo a destruir porque no se quiso investigar esta operación de destrucción de pruebas.

En cuanto a la segunda mentira, ETA y sus herederos políticos «no aceptan la derrota». No se sienten derrotados. Al contrario: están en las instituciones públicas con cada vez más poder e influencia sin haber condenado su pasado criminal y defendiendo los mismos objetivos políticos por los que asesinaron, hirieron, amenazaron, secuestraron y forzaron al exilio a cientos de miles de inocentes.

Reivindican la legitimidad de sus crímenes terroristas como herramienta política y con frecuencia provocan a las víctimas llamando «presos políticos» a los asesinos de nuestros familiares. Su discurso, en definitiva, dista mucho de un reconocimiento de derrota.

El acto del jueves no fue más que pura propaganda para ahondar en la Gran Mentira del final de ETA. Aquella que nuestros gobernantes proclaman de que el Estado de derecho ha derrotado a la banda terrorista. Pero la realidad es que se han plegado a las exigencias de ETA para dejarnos de matar que se plasmaron en la negociación de Zapatero: la legalización de sus brazos políticos y la impunidad.

Por eso, en mayo de 2011 se legalizó a EH Bildu y en junio de 2012, a Sortu, en los últimos años apenas hemos visto detenciones de los autores materiales de crímenes sin esclarecer y tampoco hemos visto la disolución de ETA a manos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, sino un circo de autodisolución. Las consecuencias de este final de ETA negociado las estamos pagando las víctimas.

Teniendo en cuenta que a más de la mitad de las víctimas de ETA se les han negado sus derechos a la justicia y a la verdad, ¿alguien cree que vamos a ir a un acto que pretende escenificar la victoria del Estado de derecho respecto a ETA? ¿Cómo vamos a ir a un acto en el que se destruyen las armas con las que han asesinado o herido a nuestros familiares? ¿De verdad alguien cree que es agradable presenciar cómo una apisonadora pasa por encima de la pistola con la que mataron a mi hermano?

Además, aunque nos hayan asegurado que las armas destruidas ya no tienen valor judicial para futuras investigaciones, ¿cómo no vamos a desconfiar de que esto sea cierto, teniendo en cuenta la elevada impunidad de los crímenes de ETA? ¿Cómo pueden asegurar que entre las armas destruidas no se encuentran aquellas que sirvieron para atentar contra esos centenares de víctimas cuyos crímenes no ha sabido resolver el Estado de derecho?

La justicia con las víctimas y la verdadera derrota de ETA pasan por que haya voluntad política y judicial de detener a las decenas de etarras que todavía hoy permanecen huidos, por poner todos los medios posibles para tratar de esclarecer los cientos de crímenes por los que nadie ha pagado nunca y por deslegitimar el proyecto político de quienes siguen justificando los crímenes de la banda terrorista ETA.

La propaganda no conseguirá ocultar el rotundo fracaso del Estado de derecho con las víctimas de ETA.

Consuelo Ordónez es presidenta de Covite.

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Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] para el texto

Filosofía política de la vacunación

El autor razona sobre las enseñanzas que, explica, se pueden extraer del «penoso proceso de distribución» de la vacuna. Aborda los principios que rigen su asignación, el cómo y el papel de las instituciones

Félix Ovejero en El Mundo, 060321

 

QUE LA vida se parece bien poco a las películas, por si no lo sabíamos, nos lo ha confirmado el menesteroso proceso de distribución de las vacunas. Si fuera como el cine, apenas desarrolladas, veríamos multitudes en un plano general o en una pantalla subdividida en celdas vacunándose en los cinco continentes.

En apenas una semana, asunto resuelto. Pero no, tampoco esta vez, la vida se parece al cine. Y en Europa aún menos, donde, superadas las primeras horas de autocomplacencia, parece que nos resignamos a verlas venir.

Confieso que me costaba entender la autocomplacencia científico-técnica. Recuerdo recibir burlas sobre la vacuna china… desde un teléfono Huawei y en la misma conversación en la que se daba por supuesto que los chinos estaban en condiciones de implantarnos un chip.

Descartadas las hipótesis racistas o nacionalistas, no encuentro explicación para tantas risas. Advertencia para desinformados: no hay «la vacuna china», sino varias vacunas chinas, entre ellas la de Sinovac, una compañía que cotiza en el NASDAQ.

Dejaré las conjeturas para mejor ocasión y me centraré en algunas enseñanzas del penoso proceso de distribución. Lo primero es determinar quién debe recibirlas, precisar el criterio.

A la hora de abordar esa cuestión conviene acordarse de la reflexión de uno de los premios Nobel de economía más justificados, Thomas Schelling, cuando hace unos 15 años nos tranquilizaba ante los temores a la proliferación del bio-armamento: cualquier virus lanzado a «los enemigos» acabaría, más temprano que tarde, extendiéndose por el mundo y, por tanto, también entre las propias filas. La enseñanza: las enfermedades infecciosas no atienden a patrias o identidades.

La implicación: además de razones de principio, tenemos razones prácticas para vacunar a todos. Las primeras, las de principio, ya las practicamos dentro de las fronteras: asignamos las vacunas según la urgencia o la necesidad, no según la capacidad de compra o la identidad. Nadie es más que nadie.

Son las mismas razones que nos llevan a no subastar los órganos para trasplantes. Mejor la cola que el mercado. Las razones prácticas, poco a poco, van calando: de poco sirve prevenirnos nosotros si el virus, despendolado por el mundo, muta y afina sus estrategias de supervivencia.

Lo sorprendente es la naturalidad con la que aceptamos que las buenas razones tienen un radio de acción limitado, que solo cuentan para los nuestros. Al otro lado de las fronteras se imponen la fuerza o el dinero: la vacuna para quien se la puede pagar. Y no hay manera de compatibilizar los dos criterios, los justificados racionalmente, como la igualdad y la universalidad, y los que se sostienen en el dinero.

Por supuesto no ignoro cómo funciona el mundo. Con todo, aunque no está ya uno en edad de tirar de los sortilegios retóricos para resolver los desajustes entre cómo son las cosas y cómo debieran ser, tampoco ha llegado a aquella otra en la que opta por el «que os den».

Si acaso, en estos asuntos, sabemos cuál es la mejor manera conocida hasta ahora de mitigar las contradicciones entre los buenos principios y los desnudos intereses: ampliar nuestro círculo de ciudadanía, de justicia; ir reduciendo fronteras en aras de la igualdad y la democracia. Por eso algunos apostamos por Europa y señalamos la miseria del nacionalismo.

Además de los principios, que rigen la asignación de las vacunas, debemos abordar el cómo, las instituciones, la distribución. Para quienes confunden la planificación con el socialismo, las respuestas al virus resultan muy de izquierdas.

Nada de orden espontáneo. Lo han sido hasta ahora: rastreos, aislamientos, cierres perimetrales, controles de fronteras. Y lo están siendo también a la hora de distribuir las vacunas. Fuera de piruetas de pizarra, como el sistema de subastas (p.e. el Vickrey-Clarke-Groves), la planificación parece el mejor procedimiento para gestionar la vacunación.

Sí, ingeniería social, como lo está demostrando, por ejemplo, Israel. La planificación que también está en el origen de las vacunas, impensables sin equipos de investigación que colaboran, diseñan pruebas, seleccionan poblaciones, vigilan su evolución y controlan el cumplimiento de instrucciones.

Y también de instituciones públicas que supervisan la calidad del producto. Ya ven, el maldito Estado: eso que no quieren entender los youtubers y su corte de palmeros. Unos, porque les conviene; otros, porque no dan más de sí.

El otro reto institucional, previo, es la producción, regida por el sistema de patentes. Ante el cuello de botella, Pablo Iglesias, en su oceánica ignorancia, tiró de una variante del «exprópiense». Con esa propuesta confirmó que, ahora a cargo del presupuesto, sigue instalado en la asamblea universitaria.

Como tantas otras veces, con sus tonterías acaba oficiando como aliado objetivo del capital, para decirlo en su jerga. Con su trazo grueso, entre otras cosas, impide una discusión genuina acerca de los límites de la propiedad privada. Esta no es un derecho natural. No es la relación entre una persona y una cosa, sino la relación de varias personas con las cosas: uno (el propietario) está en condiciones de impedir a otros el pleno acceso a la cosa.

Resulta inseparable de una trama institucional –de una decisión colectiva que permite al propietario ciertos usos (aceptables), pero no todos. Uno no puede, en su casa, tapiar el balcón o guardar sustancias peligrosas. Tampoco podría comprar las vacunas y, porque son suyas, tirarlas al mar.

O retenerlas, a la espera de que se disparen los precios. La propiedad, salvo para liberales primitivos, que ya quedan pocos, menos en los minutos de economía de las radios, encuentra su mejor justificación en sus resultados; porque, por ejemplo, al garantizar un saludable sistema de incentivos, propicia el bienestar colectivo.

Si no puedo obtener un provecho diferencial vinculado a mi esfuerzo, quizá no colabore. Por lo mismo, no es incondicional: si no cumple sus funciones sociales, pierde justificación.

Perdonen la digresión por el mundo de los principios (si quieren un recorrido histórico para confirmar que la propiedad tal como la entendemos es cosa de antes de ayer: R. Blaufarb, The Great Demarcation; si quieren uno conceptual, para comprobar que no es incondicional: P. Crétois, La part commune), pero creo que no está de más el recordatorio una vez se repara en que las limitaciones en la producción no derivan de constricciones técnicas, físicas, insuperables, sino institucionales.

El debate sobre el alcance de las patentes de las vacunas, de su disfrute en condiciones de monopolio temporal por parte de las farmacéuticas, que las hace inaccesibles para los países pobres y que frena la disposición a aumentar las instalaciones productivas, tiene bastantes años y no faltan las propuestas que buscan compatibilizar la función última de las vacunas o los tratamientos con los incentivos (que para los investigadores no son fundamentalmente económicas, dicho sea).

El debate tiene matices que, desde luego, no se zanjan invocando los peligros de la inseguridad jurídica, un argumento vacuo porque la excepcionalidad del drama impide hablar de decisiones arbitrarias.

Nuestro mundo, ante sus mayores retos, cuando emplaza la prosa de la vida, no ha dudado en resolver por la vía práctica los debates de principios. En estos meses más de una vez he pensado que, pese a lo que se ha abusado de la metáfora bélica de la guerra contra el virus, muy pocos parecen acordarse de cómo funcionaban las economías de guerra.

Durante la I Guerra Mundial la planificación (Kriegssozialismus, socialismo de guerra) se impuso a ambos lados de las trincheras (lo que, por cierto, está en el origen de las modernas estadísticas económicas). Y otro tanto 20 años más tarde: en el Reino Unido, la Ley de Poderes de Emergencia del 24 de agosto de 1939 permitía al gobierno «imponer a cualquier persona la prestación de cualquier servicio requerido».

Eso quería decir que las empresas, los edificios, las tierras de labor y hasta las menores propiedades quedaban a disposición del gobierno. No la firmaba un gobierno comunista, sino Churchill. Por supuesto, no estamos como entonces. Pero, para lo que importa, para la discusión de principio, da lo mismo. Y, después de todo, nosotros hemos cerrado el Parlamento y Churchill no.

Félix Ovejero es escritor y profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es Sobrevivir al naufragio (Página indómita).

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Marxismo, imperialismo y feminismo liberal. Entrevista a Carmen Parejo | ACAIchile.net

Feminismo liberal

«Tengo para mí que la causa última de las pugnas entre lo que se ha dado en llamar ‘olas’ feministas radica en la idea de libertad. Por eso un liberal no puede ni debe oponerse, sin traicionar el principio activo de su ideario, a cuantas medidas contribuyan a la igualdad de oportunidades»

Juan Carlos Girauta en ABC, 060321

Las restricciones nos impiden salir a celebrar el 8-M como deberíamos, esto es, protegidos por impermeables y paraguas de la orina que lanza la gente de progreso a quienes no son bienvenidos en sus concentraciones.

Como en su día demostró Marlaska, señalando, y los manifestantes homologados, excretando, ser bienvenido en una tenida feminista es muy difícil. Primero debes haber demostrado sobradamente que comulgas con todas sus premisas, de la cultura de la violación a la inflación de pronombres personales, y de la presunción de culpabilidad al ‘solo no es no’.

Verificada la protestación de la fe feminista por la entidad consignada en su pancarta, podrá usted, hombre o mujer, desfilar sin miedo a ser meado y hasta cagado. Pero sin bromas, porque en esa fe, como corresponde a los momentos de exultante ortodoxia, no caben los grises, los matices ni las ambigüedades. Eres feminista según el patrón oficial -que es el del Ministerio de Igualdad y el de Marlaska- o eres antifeminista. Punto.

Severa dicotomía que contrasta con los numerosos matices de la identidad de género y con la autodeterminación del mismo. Yo ahora puedo afirmar que me siento mujer negra y tendrán que respetarlo, pero en modo alguno admitirá la oficialidad que sentirme feminista me convierta en ello. Cuando es a todas luces evidente que no soy lo primero y, dado mi total acuerdo con la histórica feminista Camille Paglia, sí soy lo segundo.

Para ser un poquito constructivos, propongo a cuantos se ven expulsados del paraíso feminista, y condenados a ganarse penosamente el crédito de personas respetables con el sudor de su frente, que coincidamos todos en Camille Paglia.

Tienen el fin de semana para hacerse con una obrita suya de noventa páginas que despacharán en un par de horas con provecho asegurado: ‘Feminismo pasado y presente’ (Turner, 2018). Tal es el título de la breve y enjundiosa publicación de cinco conferencias y artículos escogidos de la autora y profesora estadounidense de raíces italianas.

El reciente enfrentamiento en España entre Lidia Falcón, presidenta del Partido Feminista desde su fundación en 1979, y el actual feminismo oficial ha mostrado hasta qué punto es falsa la dicotomía antes citada. Salvo que alguien se atreva a negarle a Falcón el marchamo feminista. Es el caso que bajo esa etiqueta ideológica, y fuera de la vista del gran público, salvo excepciones, se libra una guerra encarnizada.

Quienes no hemos pasado por los estudios de género carecemos de las referencias eruditas y los códigos de lenguaje necesarios para participar en esa contienda, que algunos cachondos y cachondas llaman debate. Pero sí nos es dado hacernos una idea de su tenor acudiendo a Paglia, centrada en defender a las mujeres desde 1969:

«Esta malinterpretación radical de la realidad es psicótica», afirma refiriéndose a las reflexiones de Diana Fuss, teórica feminista de la Universidad de Princeton, que interpreta sistemáticamente los anuncios de moda con mujeres en términos de decapitación, mutilación, ceguera (si llevan gafas de sol), estrangulamiento y ataduras (si llevan jerséis de cuello alto), etc. Paglia se hace una pregunta pertinente:

«¿Por qué a las feministas les cuesta tanto apreciar la belleza y el placer, dos campos en los que los hombres homosexuales han hecho unas contribuciones culturales tan sobresalientes?».

A Naomi Wolf, por considerar la belleza ‘una conspiración heterosexista’ la bautiza como ‘doña Pravda’ y, abundando en la hipótesis patológica, afirma que «tiene la cabeza llena de fantasías paranoicas».

En cuanto a los premios para mujeres, cada vez más abundantes, considera que «si haces eso nadie se toma en serio el trabajo de ninguna mujer». Así despacha la obra de la respetadísima académica y autora feminista Carolyn Heilburn: «¿Eso es feminismo? ¿Feminismo? Es una basura de tercera clase, de calidad pésima».

En la obrita cuya lectura recomiendo para celebrar el 8-M no hay ni una frase que toque la cuestión trans. Lo que hay -he ahí el punto que debería reclamar nuestra atención- es la constatación de que existen profundísimas discrepancias dentro del movimiento feminista. Al punto que resulta difícil seguir considerándolo un movimiento.

La nueva España oficial atribuye a la etiqueta ‘feminista’ un estable e indiscutido conjunto de premisas cuya aceptación resultaría prácticamente una exigencia moral. Y cuya discusión o puesta en duda por alguien de algún renombre acarrea su señalamiento, más eventuales represalias académicas y profesionales. Por no mencionar los linchamientos de rigor en las redes sociales. No compren la patraña. El feminismo, en realidad, se lo está replanteando todo; lo forman corrientes, ideas, autores con muy diferentes visiones del mundo.

Tengo para mí que la causa última de las pugnas entre lo que se ha dado en llamar ‘olas’ feministas radica en la idea de libertad. Por eso un liberal no puede ni debe oponerse, sin traicionar el principio activo de su ideario, a cuantas medidas contribuyan a la igualdad de oportunidades.

Pero sí puede y debe cuestionar las medidas que, so capa de beneficiar a un grupo ‘oprimido’ que abarca media humanidad, cercenen derechos y libertades ya conquistados: la presunción de inocencia, la justa atribución de la carga de la prueba, la igualdad de acceso a cualesquiera puestos y cargos sin discriminación (aunque se presente como positiva), la no culpabilización axiomática de un colectivo ni la correlativa victimización axiomática de otro.

Hay que celebrar el feminismo que respeta las libertades consagradas. No es una mala idea llamarlo feminismo liberal.

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El fracaso de la ofensiva alemana en Kaunas - Biblioteca Digital Mundial

Ofensiva

El radicalismo busca las raíces del humanismo civil para arrancarlas y dejar sin apoyo la vida de quienes pretenden compartir derechos con los demás

Fernando Savater en El País, 060321

n la pizarra del aula de parvulitos alguien ha escrito con letra redondilla: “caca”. La maestra finge severidad: “¿Quién ha sido? A ver, voy a volverme de espaldas y el que sea que salga y lo borre”. Se da la vuelta, oye un trote presuroso, después, el chirrido de la tiza. Luego disimula la risa, porque ahora en la pizarra pone: “caca, pis, pedo y culo. ¡La Mano Negra no se rinde!”.

El rapero Hasél, otros de su calaña, algunos grafiteros, tuiteros y pancarteros de manifas incendiarias pertenecen a la escuela de la Mano Negra, aunque ya no les quepan las patazas peludas bajo el pupitre. Necesitan decir la más gorda y mear más lejos. Antaño se maldecía al tirano, ahora se mancilla lo que los demás respetan: las víctimas del terrorismo, los representantes democráticos, los defensores de la legalidad, los periodistas…

Esta Mano Negra (pezuña más bien) cocea contra el consenso mayoritario: el acuerdo social les parece fascista. Se trata de desunir, de enfrentar, de magnificar los inevitables defectos y de negar las evidentes ventajas.

El radicalismo busca las raíces del humanismo civil para arrancarlas y dejar sin apoyo la vida de quienes pretenden compartir derechos con los demás. ¡Que no quede nada superior, racionalmente inteligible, a lo que acudir para proteger los intereses de la mayoría! Desde luego, la gente madura, que se ríe cuando le llaman reaccionaria, desdeña las puerilidades obscenas de la Mano Negra. P

ero los demás, tantos y tantas, viven en el abandono de la educación y la fascinación de las redes. Esperan un Salvador que bendiga el desorden y castigue a los conservadores. Ya se avizora la segunda venida prevista por Yeats: “¿Qué bestia inmunda / llegada al fin su hora / se arrastra hacia Belén para nacer?”.

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El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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. Zapata Tenor recomienda una ópera para iniciarse en la afición

 

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Humor

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El Roto
Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País 0640321

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