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La Liga no encuentra pruebas contra Cala: «Mierda», «déjame en paz» y «perdona, no te cabrees»

OKDIARIO, 090421

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Toni Cantó, número 5 de Isabel Díaz Ayuso en la lista electoral del 4-M.

Toni Cantó y la decadencia de TVE

David Mejía en El Español, 090421

La 1 ha cerrado el peor mes de marzo de su historia con una cuota de pantalla del 8,7%. La cifra supone, no obstante, una mejora de una décima respecto al mes de febrero, donde la cadena pública se había reencontrado con el mínimo histórico (8,6%) que alcanzó en julio de 2019 y 2020.

Las cifras más alarmantes son las de sus Telediarios. Tanto en la edición de mediodía (10,9%) como en la nocturna (10,1%) los informativos de la cadena pública quedan muy lejos del liderazgo que ostenta Antena 3 con un 20,6% y un 21,4% de cuota, respectivamente.

¿Cómo se explican estos datos? Toni Cantó ha denunciado (en la propia TVE) que el marcado sesgo gubernamental en las informaciones está expulsando a parte de la audiencia. La dirección no ha querido disimular su parcialidad, como demuestra la contratación de periodistas muy significados y la exhibición de titulares, rótulos, gráficos e infografías que provocarían sonrojo en Tirano Banderas.

Huelga decir que la manipulación en TVE no es un invento de este Gobierno, ¡qué grandes momentos nos dio Alfredo Urdaci! Pero es cierto que este Gobierno ha elevado los vicios de la política a un nivel de descaro desconocido hasta ahora.

La sospecha se ha extendido sobre muchos de los trabajadores del ente, muchos de ellos funcionarios. Es decir, servidores públicos. Los famosos viernes negros, que surgieron para denunciar las manipulaciones del marianismo, se apagaron poco después de su salida del Gobierno.

Es verdad que volvieron fugazmente en septiembre de 2019 para denunciar los nombramientos de David Valcarce y Enric Hernández como director y jefe de servicios informativos de la cadena pública. Pero algunos hemos extrañado su purismo periodístico en los últimos tiempos.

Cuando uno critica a TVE siempre aparece algún iluminado reivindicando la importancia de la televisión pública. Rara vez se percata de que ningún argumento a favor de la televisión pública sirve hoy para defender TVE.

Al contrario. No se puede defender la existencia de la televisión pública sin reprobar nuestro actual modelo.

El beneficio de una televisión pública es proporcional a la confianza que genera en los ciudadanos. PBS, la red de televisión pública de Estados Unidos, anuncia (y justifica) sus servicios argumentando que es la fuente de noticias y asuntos públicos de la que más se fían los americanos.

Además de en la información, PBS está volcada en la educación, y destina muchos recursos a ofrecer una programación formativa para niños y jóvenes de todas las edades. En otras palabras, se justifica a sí misma como un servicio público, al alcance de todos.

La misión de un medio público es contribuir a que las sociedades estén bien informadas, políticamente comprometidas y socialmente cohesionadas. Disculpen la obviedad, pero el único sentido de que una institución sea pública es que esta sirva al interés público, no a los intereses del gobierno de turno.

La BBC nació en 1922 como un consorcio de empresas privadas. Su titularidad pasó a ser pública en 1926, tras la recomendación de un comité parlamentario que argumentó que “emitir conlleva un poder propagandístico tan grande que no puede confiarse a ninguna persona u organismo que no sea una corporación pública”.

En otras palabras, la nacionalización del consorcio se hizo para evitar la propaganda política, dar acceso a la cultura a los más desfavorecidos y restablecer esa fe en las instituciones que la I Guerra Mundial había erosionado.

Habrá quien considere que la televisión pública está hoy menos justificada que nunca. Internet ha democratizado la información y extendido la programación a la carta.

Pero las empresas que reinan en ese ecosistema (Google, Facebook, Netflix, Apple) no tienen compromiso alguno con la protección del interés público, por más que adopten ademanes de moralismo de nuevo cuño. Además, el streaming es el epítome de uno de los males de nuestro tiempo: el fin del mediador.

A diferencia de otros espacios, la televisión pública debería estar caracterizada por el ejercicio de una mediación equilibrada y comprometida con la verdad, la cultura y la concordia constitucional. Estamos más lejos que nunca de ese modelo ideal. Y sin llegar a los extremos de algunas televisiones autonómicas, nuestra TVE comienza (como demuestran las cifras) a perder la confianza de los españoles.

No, no hay que cerrarla, como no habría que cerrar el Museo del Prado aunque las exposiciones las comisariara Iván Redondo para mayor gloria de Pedro Sánchez.

Pero al riesgo de la falta de confianza se añade el de la tentación de la venganza. Ante los precedentes que sienta este Gobierno, ¿qué televisión pública nos espera el día de mañana, en una España gobernada por PP y Vox?

Quizá esa distopía sirva para hacer reaccionar a una ciudadanía complaciente, que celebra que la televisión pública le repita sus prejuicios o que se conforma con cambiar de canal.

Y piénsenlo también los excelentes profesionales que trabajan en esa casa. Un viernes negro a tiempo les puede ahorrarles muchos malos lunes.

David Mejía es Teaching Fellow en la Universidad de Columbia, profesor asociado en la IE University y columnista de EL ESPAÑOL.

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¡A la cola!

¡A la cola!

Pedro Schwartz EN ABC, 090421

No pretendo elevar una anécdota a categoría, pero me atrevo a relatar mi propia experiencia. Intenté por dos veces que me vacunaran en un centro público de salud sin conseguirlo. No critico a las personas que me atendieron, amables en todo momento, sino destaco que es el sistema el que es gravemente defectuoso.

La primera vez que me presenté me dijeron que, como yo pertenecía a la Mutualidad de Funcionarios y había elegido cuidarme en una clínica privada, no podía ser vacunado por el Sistema Nacional de Salud. La segunda vez que me presenté, ya inscrito en la Seguridad Social, objetaron que no tenía la edad suficiente, porque aún estaban concentrados en tratar a los muy mayores. Por fin, a la tercera he conseguido que me vacunen.

Era una anomalía que los funcionarios en servicio o jubilados que hubiesen elegido un centro privado no pudieran vacunarse por el sistema público. Doña Carmen Calvo, vicepresidenta primera del Gobierno, que enfermó gravemente del Covid, fue atendida y curada gratuitamente en una clínica privada, a lo que tenía pleno derecho como funcionaria.

No sé si la dejarán vacunarse, aunque por fin parece que la Mutualidad ha entregado al Ministerio de Salud una lista de afiliados inscritos en clínicas privadas. Con ello esperan haber alcanzado el próximo julio al 77 por ciento de ese colectivo. ¡Emocionadamente agradecidos!

La excusa para prohibir la venta privada de vacunas en España es la equidad -el falso argumento de quienes buscan reducir nuestras libertades-. Los socialistas de todos los partidos, que decía Hayek, consideran injusto permitir que se compren y vendan en el mercado esos medicamentos. Alegan que supondría favorecer a los ricos frente a los pobres. El argumento contra la discriminación plutocrática sería más convincente si los individuos tuvieran que gastar por vacunarse los casi cien euros que cobran cada vez que nos obligan a hacernos una PCR.

Pero ¿saben mis lectores cuál es el coste de las vacunas ahora ofrecidas por las compañías farmacéuticas? El precio oficial de la vacuna de Oxford/AstraZeneca es de tres euros por dosis. La de Johnson & Johnson cuesta ocho euros y basta una sola dosis. Los precios suben más en el caso de otras vacunas. Por ejemplo, el precio internacional de cada dosis de Pfizer, que es la que me ha aplicado el Estado español, es de diecisiete euros. La oferta de nuevas versiones es cada vez más abundante y barata.

Los enemigos de la economía libre también alegan que, con la libertad de compraventa, los laboratorios tendrían sin duda la desfachatez de aumentar sus beneficios.

No saben ver que la competencia conjura el peligro de precios abusivos para compradores particulares, pues la gratuita ofrecida por el Estado español a quienes estén dispuestos a esperar pone techo a los precios que pudieran cargarse a los privados. El gasto que podría suponer para una persona sin grandes recursos el comprarse una dosis de vacuna contra el Covid-19 por menos de veinte euros no debería preocupar ni siquiera a los igualitarios.

Es mucho lo que no sabemos todavía sobre las vacunas: quizás haya que repetir la inoculación cada año, como es el caso de la vacuna contra la gripe; o falta aún la suficiente garantía de que los vacunados no son infecciosos para los no-vacunados. Al menos sí que sabemos que los vacunados pueden volver al trabajo.

Las grandes empresas que tanto se preocupan por el medio ambiente y que reclaman al Estado que vacune con presteza a su personal más necesario, ¿por qué no compran la más barata para todos sus empleados? Contestan: es que está prohibido por el Gobierno,

Dos son los argumentos aducidos para prohibir la libre venta e inoculación de vacunas contra el Covid-19 en paralelo con la pública: que se necesita información estadística sobre la evolución de la enfermedad; y que hay una obligación moral de respetar el orden de prelación fijado por las autoridades.

Las personas poco familiarizadas con los métodos estadísticos creen que la sola manera de compilar información fiable es centralizando la recogida de datos. No recuerdan que puede ser suficiente la información por muestreo. Los propios vacunados tendrán interés en que se los certifique.

La otra queja es que quienes se vacunen individualmente están ‘saltándose la cola’. ¿Qué cola? ¿Quién la ha creado? La incapacidad de las autoridades sanitarias españolas ha traído una escasez temporal que la oferta internacional de vacunas pronto remediará. Quienes se saltan la cola yendo al extranjero a vacunarse no aumentan la escasez en España, sino que la disminuyen y contribuyen de su bolsillo a la salud de nuestro país.

Dados los retrasos del monopolio público, debería permitírseles acudir a la competencia privada sin necesidad de viajar. Sería para muchos un ejercicio de prudencia. Y al huir, sin daño para nadie, de la manía reguladora de quienes nos gobiernan, también defienden nuestras libertades.

Pedro Schwartz es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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Vallecas, piedras y votos: la violencia sale rentable
Agresiones a la policía en Vallecas

Vallecas, piedras y votos: la violencia sale rentable

Diego S. Garrocho Salcedo en El Español, 090421

No lo duden nunca: la violencia, al igual que el fraude fiscal, existe porque es rentable. Es algo tan obvio que los romanos, cuando querían resolver la autoría de un crimen, comenzaban haciéndose una pregunta sumamente sencilla. ¿A quién beneficia? ¿Quién podría estar interesado en que algo así haya acontecido?

Tan astutos eran que todavía hoy cualquier instrucción judicial se orienta a partir de ese mismo principio. Cui prodestcui bono.

Basta el testimonio de cualquiera de los muchos tiranos que en la historia han sido para confirmar que la administración del terror y la fuerza es un instrumento sumamente eficaz para dominar voluntades. En las Termópilas, en Hernani o en el patio del colegio, la posibilidad de exterminar al enemigo es siempre un seductor incentivo. Precisamente, por su extremada ejecutividad.

Hace dos días, Vallecas fue testigo de un acontecimiento algo insólito en Madrid, aunque tristemente habitual en otras partes de nuestro territorio. Vox, un partido político que representa legítimamente la voluntad de miles de personas también en ese barrio, organizó un acto para exponer las consignas de una ideología que, por lo demás, encuentro esencialmente disparatada e incompatible con muchos de mis valores.

Pero eso poco importa, naturalmente.

Lo mollar del suceso lo conocen. Una colección de energúmenos, invocando incluso el espíritu de Paracuellos, agredió a las personas allí congregadas bajo la coartada emocional del antifascismo.

En un país en el que el adjetivo fascista se ha predicado de Joan Manuel Serrat o hasta de Pepe Sacristán, a la palabra parece haberle pasado lo que decía Nietzsche que le ocurría a las monedas: que a fuerza de usarlas se les ha borrado la efigie hasta hacerse irreconocibles.

El mismo pretexto antifa ha servido para lanzar un mini con orín a los diputados de Ciudadanos en el Orgullo o para amenazar a los jueces de Euskadi.

Si el populismo de izquierdas buscaba un significante vacío aquí tienen un extraordinario candidato. Aunque, cuidado, porque el insulto puede acabar siendo un inconsciente agregador de mayorías.

Cervantes, listo como pocos, nos enseñó que no hay nada que le guste más a un español que una batalla imaginaria. Y un miércoles de abril en Madrid, en estos días de pandemia, cualquier ciudadano tiene dos opciones.

Consumirse en el letargo mediocre de su existencia o agarrar la lanza y el yelmo para sumarse a una algarada heroica. Entre aburrirse en casa viendo la tele o alinearse en un rapto delirante con Hemingway, Miguel Hernández o Bergamín, algunos cobardes torerillos de salón optaron por lo segundo.

Sobre la contradicción explícita que supone defender la democracia a pedradas no hará falta decir mucho. De hecho, no todo fue malo durante esa jornada, ya que entre las muchas y sofisticadas estrategias de legitimación de la violencia, por una vez, y es muy de agradecer, el absurdo pictoline de Popper no llegó a ser trending topic.

Algo hemos progresado si nos hemos ahorrado la matraca desviada de que no hay que tolerar al intolerante.

No soy tan ingenuo como para apelar a la bondad de nuestros políticos en nombre de la no violencia. En un contexto en el que se amenazan sin rubor la presunción de inocencia, la inviolabilidad del domicilio, la libertad de prensa o la separación de poderes, se me haría un tanto patético imponerme el disfraz de telepredicador para anunciar el poder de la virtud y del abrazo.

A quienes han intentado blanquear una agresión injustificable no les pediré que se hagan demócratas de repente. Ni tan siquiera que ejerciten su lucidez hasta ganar una decencia que les es del todo ajena.

Pero lo que sí les ruego, como poco, es que su estrategia les eleve allí donde no alcanza su ética. Aunque no les guíe su brújula moral, que les asista, al menos, la calculadora de votos.

Hace unos días atacaron la sede de Podemos en Cartagena y estoy seguro de que algún responsable político celebraría tal barbarie. Pero tuvo al menos la inteligencia de saber callarlo. Alguien debería grabar en piedra, si no lo han hecho ya, esta máxima política: quien no pueda ser virtuoso, que al menos disimule.

Cualquiera que conozca al electorado madrileño sabrá prever su reacción ante unas imágenes en las que unos cérvidos valentones (siempre hombres) dicen defender la democracia a golpe de pedrada.

No puede costar tanto. Si personajes tan siniestros como Arnaldo Otegi supieron renunciar a la violencia, no por convicción sino por estrategia, creo que todos los que hoy jalean a la turba antifa deberían aprender la lección.

A fin de cuentas, es más que probable que la violencia rente. Pero nunca en campaña.

En el fondo, mi lamento es tan nostálgico como inane. Sólo busco retomar las viejas costumbres. Me bastaría con que los políticos volvieran a engañarme en campaña para hacerme creer que son mejores de lo que realmente son.

Y si pierden el honor y la reputación que sea, al menos, por un puñado de votos.

Diego S. Garrocho Salcedo es profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Una familia viendo la televisión en el salón de su casa.
Una familia viendo la televisión en el salón de su casa.SANTI BURGOS

 

La enésima ola

José Balsa Barreiro, Manuel Cebrián EN El País, 090421

La buena gestión durante la primera ola del coronavirus convirtió a Alemania en la referencia del mundo occidental, presentando unos índices de mortalidad muy inferiores a la mayor parte de sus vecinos europeos. Alemania tenía los mejores indicadores de gestión sanitaria y sus expertos en virología, las principales cabezas visibles de su gestión, se convirtieron rápidamente en figuras de relevancia pública.

En verano, se podían ver reportajes y entrevistas en todos los medios, conferencias televisadas y hasta conciertos para homenajearlos con fans que vestían camisetas customizadas con sus caras. Unas semanas después, Alemania sucumbió a la segunda ola demostrando lo que realmente es una pandemia: vivir siempre en la incertidumbre ante la nueva ola que vendrá.

La buena gestión alemana durante la primera ola elevó a científicos, gestores sanitarios y expertos a los altares de la atención mediática. De la noche a la mañana, ellos concentraban toda nuestra atención con el objetivo de mantenernos informados y concienciados como sociedad. Pero, ¿realmente se puede concienciar a alguien repitiendo un mismo discurso una y otra vez? (Spoiler: ¡No!).

sta tensión entre capturar la atención de los ciudadanos para concienciarnos y, a la vez, reclamar continuamente nuestra atención, ha puesto a todo el conjunto de la sociedad (y la comunidad científica en particular) en una tesitura muy delicada. Más aún cuando la pandemia converge con ciertos movimientos y tendencias propias de las sociedades actuales.

La primera ola de la pandemia estuvo dominada por el bombardeo continuado de noticias contradictorias por parte de los medios de comunicación, lo que nos llevó a una situación de confusión generalizada. Los ciudadanos se convirtieron en simples rehenes indefensos ante las constantes incoherencias y los sentimientos encontrados que todas estas incoherencias generaban en sus vidas.

De alguna forma, la primera ola estuvo marcada por la metamodernidad que e ya venía permeando nuestra realidad desde hacía unos años. Según esta teoría, vivimos una época de fuertes oscilaciones en la que nuestra existencia no deja de balancearse continuamente entre situaciones extremas.

Lo que en el mundo real viene a decir que lo que hoy es verdad, mañana ya no lo es. O lo que, en un contexto de un nuevo virus de origen desconocido, hoy sólo es una gripe, pero mañana es un virus letal que acabará con la civilización humana. O viceversa.

Pero el paradigma de la pandemia ha cambiado a partir de la primera ola. Las olas sucesivas han pasado a estar dominadas por la hipermodernidad. John David Ebert detalla las claves de este movimiento, dentro del que emerge toda una sociedad de hiperindividuos muy activos digitalmente, aunque totalmente exentos de conexión real con la historia, con su comunidad o con cualquier objetivo colectivo.

Es la sociedad de internet, las redes sociales y la atención continuada centrada en individuos. En un contexto de pandemia como la actual, y ante un problema para el que no existen soluciones mágicas a corto plazo, todo el mundo reclama atención. De alguna forma, cada individuo pretende erigirse como héroe, y esto aunque no haya nada nuevo que decir o lo que se afirme sea algo incoherente o simplemente contraproducente.

Si en la primera ola el experto prometió que podía resolver el problema, cuando llega la segunda, la única opción que queda es presentar predicciones pesimistas y dibujar escenarios más sombríos de lo que podríamos imaginar.

Pero la atención es un recurso limitado en sí. La incertidumbre ante el dramatismo de la situación llevó a que de repente obviáramos todo lo que no era covid-19. En Europa, ya poco importa el acuerdo final del Brexit, las elecciones en Cataluña, o el cambio climático.

En un mundo pre-pandemia, Greta Thunberg y Elon Musk se habían convertido en dos de los grandes iconos de la sociedad de nuestro tiempo. Lo eran por los grandes desafíos que enfrentaban, pero también por la propia idiosincrasia de sus personajes. De alguna forma, ellos eran la ola dominante. Pero lo fueron solo hasta el momento en que vino una ola más grande en forma de pandemia.

Como si de simple aritmética se tratase, la atención que reciben los expertos en covid-19 ahora es justo la atención que deja de recibir Greta y Elon. Y esto a pesar de los esfuerzos de cada uno de ellos por recuperar una parte de la atención a través de numerosas interacciones y campañas que, a pesar de su urgencia, habían perdido totalmente el interés para una parte muy importante de la sociedad.

La pandemia ha devaluado la atención que dedicamos a las viejas estrellas. En el mundo pre-pandemia, influencers, chefs, celebrities y deportistas de alto nivel acaparaban nuestra atención. Formaban parte de un ecosistema sostenible de acuerdo a la sociedad de su momento, que se mantenía vivo a costa de nuestra atención.

Pero un mundo que trabaja remotamente desde casa, y que apenas sale a la calle, no puede capitalizar de ninguna manera su estatus social. Miles de reuniones virtuales en las que difícilmente se mantiene la jerarquía laboral, medios que publican fotos de famosos en los que tienen que aclarar quién es la celebrity en cuestión porque apenas se distingue su cara con la mascarilla, conciertos en Youtube que no interesan a prácticamente nadie, o eventos en streaming como la Semana de la Moda de París, los Globos de Oro o el Foro de Davos, entre otros, han pasado por nosotros sin pena ni gloria.

Lo que llevado a realidades más próximas, son restaurantes de alta cocina que echan el cierre y cuyos chefs tienen que reinventarse como simples cocineros de otro tiempo preparando menús a precios populares, influencers que no dejan de hacer o decir cosas descalabradas, o un gran elenco de famosos o exdeportistas que no dejan de abrirse perfiles en OnlyFans, entre otros ejemplos.

La pandemia no va a durar para siempre… o sí. Esto dependerá de nosotros y de la forma que administremos nuestra atención dentro del ecosistema del espectáculo en el que estamos inmersos. Los medios de comunicación siempre encontrarán nuevos casos de reinfectados, nuevas cepas, mutaciones del virus o efectos adversos de la vacuna en algún lugar. Por supuesto, se plantearán extensos debates sobre ciertos efectos secundarios derivados de las vacunas convirtiendo a algunos virólogos en acérrimos antivacunas. Y lo mismo sucederá con la aparición de nuevos virus mucho más letales en algún lugar remoto del planeta.

Cuando los captadores de atención vean que el filón se acaba, simplemente se inventarán una nueva narrativa, cada vez más desgarradora, que permita alargar su ola y extender su condición de héroe. Así, una vez que se anclan a un espectáculo concreto, simplemente no lo pueden dejar ir. Lo que, en consecuencia, demuestra que estamos inmersos en una batalla por la perpetuación del problema.

Pero hay algo que subyace más allá de toda esta heroicidad colectiva. Y es que detrás de cada héroe siempre debe haber una amenaza y un villano aún más terrible. O lo que es lo mismo, a estas alturas de la pandemia, todos los héroes son Cassandras a las que solo queda anunciar la enésima ola, por ser ese su único ticket a la fama en un nuevo mundo dominado por el terror.

Manuel Cebrián es jefe de investigación en el Max Planck Institute for Human Development en Berlín y José Balsa-Barreiro es investigador posdoctoral del MIT Media Lab (EE UU).

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Baudelaire y la modernidad
itziar Barrios [España, 1988]

 

Baudelaire y la modernidad

Piedad Bonnett EN El País, 090421

El primer poema de Charles Baudelaire que leí, siendo apenas una adolescente que ya quería ser poeta, fue Una carroña, ese texto que empieza describiendo en versos descarnados el cadáver de un animal en proceso de descomposición, y termina con la voz del poeta advirtiéndole a la amada que un día también ella —“Oh estrella de mis ojos, oh sol de mi llanura”, según tradujo Andrés Holguín— será eso: restos putrefactos.

Para mí, que venía de leer a los poetas románticos, aquello fue una revelación: descubrí que en el arte —para decirlo como las brujas de Macbeth— lo bello puede ser feo y lo feo puede ser bello.

El camino que debió transitar Baudelaire para crear una nueva estética, de la que hace parte esa búsqueda de la belleza en lo sórdido y lo horrible, es tan apasionante como complejo.

En su origen está, sin duda, la rebeldía, que le sirvió, como a muchos artistas, de impulso creativo, y que empezó a gestarse en los distintos internados que recorrió, donde padeció el autoritarismo de sus maestros, muchas veces violentos, y la dureza del castigo y la estrechez de miras de una educación religiosa centrada en la amenaza del pecado y la culpa.

También a esa rebeldía contribuyó la rigidez de su padrastro, empeñado en hacer de él un hombre de bien, con una carrera convencional y una vida ordenada.

Pero Baudelaire, con tenacidad desafiante, rechazó muy pronto el orden burgués y por tanto la idea convencional de moralidad, familia y trabajo. Sus contemporáneos lo describen como un dandy, un personaje al que el mismo Baudelaire definía como un rebelde, aristócrata de espíritu y cultivador de lo bello.

“Un dandy no puede ser jamás un hombre vulgar”, escribió. Refinado, pues, en sus gustos, excéntrico, despilfarrador y bohemio, frecuentador de prostíbulos y tabernas, Baudelaire fue un hombre de excesos y contradicciones, que supo expresar en sus versos la violenta tensión entre su afán de trascendencia —que lo hacía soñar con mundos ideales— y la fría conciencia de ser un “desterrado en la tierra”, y de pertenecer a una sociedad deslumbrada por el progreso,

“esta idea grotesca, que ha florecido en el suelo de la fatuidad moderna”,

donde el artista empezaba a convertirse ya en un ser marginal, sin lugar ni reconocimiento. Esta irrelevancia del artista, la pérdida de su aureola —que describió en El spleen de París— paradójicamente es lo que le da su libertad. La que él usó para señalar desde sus versos la mezquindad de una sociedad que desprecia lo sagrado.

A pesar de su ataque a “la fatuidad moderna”, que para él no era otra cosa que la forma frívola en que el ciudadano común —y no pocos artistas— parecían entender el término modernidad, reduciéndolo a inventos deslumbrantes como la electricidad o la fotografía, Baudelaire es considerado el poeta que abre la puerta a la experiencia de la modernidad en el arte.

Es verdad que pervive en él algo del espíritu romántico, que lo llevó a desarrollar en poemas como La invitación al viaje o El vino de los amantes “el tema romántico de la rebelión y la evasión hasta el último grado de la tragedia”, según acertado análisis de Marcel Raymond. Y también que en Correspondencias, ese célebre poema suyo, se anticipó a la estética simbolista, que iba a buscar en la musicalidad la esencia de la poesía y a recurrir a la sinestesia para mostrar el mundo como “una tenebrosa y profunda unidad”.

Pero él va más allá gracias a su aguda mirada, que le permite descubrir una noción de modernidad distinta, más honda y reveladora.

Es en El pintor de la vida moderna, una serie de ensayos críticos publicados por entregas entre noviembre y diciembre de 1863 —cuatro años antes de su muerte— en el periódico Le Fígaro, donde Baudelaire va a desarrollar sus ideas más interesantes. Bajo títulos diversos y sugestivos como Lo bello, la moda y la felicidad, El dandy, o Elogio del maquillaje, aborda distintas aristas de la modernidad, a la que define como “lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”.

Si suprimimos de la representación artística lo actual, nos dice, lo particular de una época —la moda, por ejemplo, con todo lo que hay en ella de efímero y cambiante— “caemos forzosamente en el vacío de una belleza abstracta e indefinible”. Baudelaire plantea así que el arte tiene el imperativo de volver imperecedera “la belleza pasajera, fugaz, de la vida de hoy”.

Durante la década de 1860 el poeta, en la plenitud de su producción y de su juventud, fue testigo de la transformación de París, su ciudad amada, bajo el liderazgo del barón Haussmann, su prefecto, que arrasó con cientos de viviendas insalubres, pero muy vitales para dar paso a largas avenidas y extraordinarios bulevares, con los que se quería, en última instancia, demostrar el poderío del Estado bonapartista. Aparece, pues, una ciudad moderna y deslumbrante, que, paradójicamente, junta y divide a pobres y ricos.

En esa ciudad bullente Baudelaire va a encontrar, con fascinación y curiosidad, esa mezcla de lo sofisticado, lo miserable, lo diverso, lo misterioso, propio de lo urbano, y también lo móvil que tanto le interesaba; ahora bien: no es lo meramente externo de esa ciudad lo que le interesa, sino las profundas resonancias de lo colectivo en el individuo, cuya soledad se profundiza en medio de la masa.

“Esa multitud, de la cual Baudelaire no olvida jamás la existencia”, nos dice Walter Benjamin en su célebre ensayo sobre el poeta, “no le sirvió de modelo para ninguna de sus obras. Pero está inscrita en su creación como una figura secreta”.

En Los siete ancianos, Las viejecitas o Los ciegos, Baudelaire se sirve del verso para mostrar estos personajes, que “avanzan como autómatas, vagamente risibles”, mientras “ebria hasta la locura/ ríes ciudad, y cantas en un largo mugido”. Pero en El Spleen de París, el verso da paso al que él consideró el vehículo perfecto para hablar de la modernidad urbana: la prosa.

En dedicatoria a Arséne Houssaye, publicada por primera vez en 1862, a manera de prólogo de 20 poemas que llevaban el título de Pequeños poemas en prosa, presenta una especie de arte poética: “¿Quién de nosotros no ha soñado con el milagro de una prosa poética musical, más sin ritmo y sin rima, lo bastante flexible y con los contrastes suficientes para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la fantasía y a los sobresaltos de la conciencia?”. Confiesa, también, que es de frecuentar la ciudad de donde nacen estos poemas.

El 31 de agosto de 1867 Baudelaire murió en París, y fue enterrado en Montparnasse. Sus últimos meses, algunos de los cuales transcurrieron en Bélgica, muy enfermo, fueron bastante penosos.

Sufría una afasia cruel y repentinos ataques de cólera, que aterraban a sus acompañantes, y que hicieron que corriera la especie de que estaba loco. Según los médicos murió de “reblandecimiento cerebral” y hemiplejía, enfermedades a las que contribuyeron, también según ellos, su sífilis y su consumo de alcohol y opio.

Tenía 46 años y la ilusión, que no pudo alcanzar, de publicar una edición definitiva de Las flores del mal,que incluiría nuevos poemas.

Piedad Bonnett es poeta, novelista y dramaturga, autora, entre otros libros, de Lo que no tiene nombre (Alfaguara).

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Sentido del orden PÚBLICO del doctor Vacuno, el Chepas y el insignificante Marlasca. Resultado: detenidos-2, heridos 34, veinte de ellos policías. En la foto una de esas imágenes que excitan y emocionan al Moños: manifestantes agrediendo a un policía.

 

Tonnntos y malvados

Santiago González en su blog, 080421

Julen Madariaga Aguirre, fundador de ETA junto a Alvarez Enparanza, Benito del Valle y José Manuel Aguirre, murió ayer en San Sebastián a los 88 años. Arnaldo Otegi hizo se pequeña necrológica en Twitter: “Ha fallecido Julen Madariaga, fundador de ETA y militante de HB y de Aralar.

Abertzale y comprometido con la libertad de nuestro pueblo. Mis condolencias a familiares y amigos. Irabazi arte! Que quiere decir: ‘hasta la victoria!’ Jesús Laínz reproducía el lamento de Otegi y le adjuntaba  un titular: “Bildu se queja a Batet y avisa de que no aceptará que en el Congreso se les defina como “los herederos de ETA”.

Pastrana enviaba un mensajito al doctor Fraude:  “Dale el pésame como te gusta hacer con esta escoria, @sanchezcastejon.

Pablo Casado pide el voto a los simpatizantes de Vox para que Ayuso gobierne sola: “El multipartidismo es un desastre”. Yo creo que este hombre para hacer los cálculos se inspira en el CIS y se ha construido un ábaco con los huesos de aceituna que le regala Teodoro.

Él, ya tenemos dicho algunas veces, se enemistó gratuitamente y sin necesidad con Santiago Abascal a su partido. ¿Y ahora les pide el voto para pasar de ellos? Hay además, otra cuestión: si su petición tuviese un éxito rotundo, probablemente no tendría Ayuso la posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta con los escaños de Vox. Es triste, pero es así la vida, primos.

L’inspecteur se pone a conjugar verbos: Sánchez prevé, España incumple. El primero es un titular de El País: Sánchez prevé que 33 millones de españoles estén vacunados a finales de agosto. En contraposición, Otro titular, también de El País, de hace una semana: “España incumple el objetivo de vacunar al 80% de los mayores de 80 años en marzo”.

Fray Josepho, poeta malagueño. “Ls partidos de izquierda se lamentan de que en los barrios obreros no los voten más, pese a sus esfuerzos por proporcionarles chochocharlas, talleres de género y semáforos con falditas.”

El Manifiesto, periódico política y socialmente incorrecto, daba ayer una noticia espectacular: En Oxford quieren abolir la música clásica por racista. Unos energúmenos, miembros del cuerpo profesoral de la universidad de Oxford, han reclamado que, en los estudios musicales, se retire o se reduzca considerablemente la presencia de la música clásica, acusada de «complicidad con la supremacía blanca.

Jachuspa escribía un mensaje escéptico en mi blog: “A estas alturas de mi vida me conformo con políticos cuyo cociente intelectual sea algo superior al 35% y cuya aportación intelectual vaya un poquito más allá de no confundir la pomada antihemorroidal con el Biomanán”.

LO de Sánchez ayer fue un recital. Entre toda la cantidad de  tonnnterías la mano de mi llanto escoge una. No es la única, ni siquiera la más gorda, pero sí es una de las más significativas: “No me cansaré de reivindicar que es la primera vez en la historia que tenemos cuatro vicepresidentas, dos de ellas gallegas, por cierto: Yolanda Díaz y Nadia Calviño”. T

ambién es la 1ª vez que con una  crisis enorme tenemos un Consejo de Ministros con 24 miembros y casi mil asesores. Y nunca antes en la historia había accedido nadie al cargo de ministro (o de ministra) con menos estudios (o estudias). De trabajas ya ni hablamos.

Tonnntos amontonados

La estupidez se acompaña con la bellaquería. Procedamos con gradación: Pablo Iglesias está que no para desde que se ha bajado del moño a la coleta, para decir cosas como é2sta: “Ser vicepresidente es mucha responsabilidad y sólo un cretino se sentiría bien con tanto trabajo”. Toni Cantó se asombraba un poco:

“Una media de tres actos oficiales al mes. Una leyó aprobada y dos decretos. Su coordinación de los servicios sociales en el Estado de Alarma, nefasta. Cretino, no sé. Vago, un rato”. Fernando Giner reproducía la frase gloriosa y se la firmaba: “Pablo Iglesias, servidor público por vocación, pero no mucha”.

El tipo que se confinaba para ver series tumbado en el sofá.

Luego dijo que  Yolanda Díaz es alguien que “genera tremendas esperanzas en la izquierda” y que “cada vez es más obvio que puede ser la primera presidenta de España”. A ver, tuercebotas, ¿obvio para quién?

Tenemos una ministra de Trabajo que no sabía lo que era un Erte (véase el video de Youtube) ni que la igualdad salarial sin distinción de sexo  había sido institucionalizada por el ministro Calvo Ortega en el Estatuto de los Trabajadores de hace 41 años.

Se queja de que al sindicalista mantero Mbayé lo quieren deportar por negro y que aquí nadie dice nada: “El que sí lo comenta es Losantos que desde su radio financiada por la caja B del PP dice que habrá que instalar una alarma en la Asamblea de Madrid porque ya se sabe que los negros roban. Y no pasa absolutamente nada”.

Ya metido en gastos ha acusado a Carlos Herrera de incitar al cóctel molotov lanzado contra su sede en Cartagena, con estas palabras: “Hoy Carlos Herrera desde la radio de los obispos ha dicho que los de Unidas Podemos somos escoria”. Hombre, parece un juicio razonable y no se acaba de ver la relación causal entre la presunta condición de escoria de los podemitas y el artefacto incendiario lanzado por algún majadero como ellos.

Pablo Iglesias, ¿recuerdas cuando manifestaba que se había emocionado al ver a unos manifestantes de los suyos pateándole la cabeza a un policía caído en el suelo, lo mismo que hizo el diputado Rodríguez que ha sido imputado por el Supremo por el mismo delito. La número dos de Iglesias,

Isa Serra, fue condenada a 19 meses por agredir a una policía, a la que llamó “cocainómana, hija de puta, que te follas a todos los policías, tu hijo debería darte un tiro en la cabeza”. O la número 4, la Alejandra Jacinto que escrachó a Begoña Villacís cuando estaba a punto de parto. O el príncipe de los manteros, ese inmigrante ilegal llamado Serigne Mbayé que te interpelaba por escrito (es un decir) y al que respondías ayer a las 8 de la mañana.

Hay muchos más casos, claro. Escribía muy atinadamente  Rebeca Argudo en El Español que la hemeroteca es la kryptonita de Podemos. Julio Valdeón lo contaba desde Nueva York en su columna. Provocar: la minifalda del mitin.También la audioteca.

Ayer, en el bochinche que esta escoria organizó para boicotear el mitin de Vox en Vallecas, se pudo oír la consigna “A por ellos, como en Paracuellos”. Se vieron imágenes de un joven sangrando  de una herida abierta en la cabeza.

Ketchup, diría esa excrecencia humana que es Echeminga Dominga, que ayer volvía a dejar testimonio de su miseria con este tuit: “Hoy unos pijos han ido a Vallecas a intentar provocar a los vecinos con bravuconadas. Estos les han recordado pacíficamente el poco amor por el trabajo que tiene su jefe y él se ha ido a por ellos para provocar una carga. Mañana las teles te mentirán y dirán que fue al revés.

En la misma línea de la provocación, Iglesias, su novia o exnovia y Ione Belarra. El ministro del Interior no creyó que todo esto fuera competencia suya y no ordenó un dispositivo policial disuasorio. Más del 50% de heridos son policías

Él también es escoria, como lo es el presidente que tiene en Marlasca toda su confianza, “toda su confianza” como dijo y repitió en su último ‘Aló, mister Vacuno’.

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Vídeos 

. Toni Cantó silencia a Mónica López [RTVE] por su falta de NEUTRALIDAD en TVE.090421.

. Conferencia pronunciada por Gustavo Bueno en Oviedo, el 14 de abril de 1998, en la reunión de la Asociación de Hispanismo Filosófico.

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Humor

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Ricardo
Ricardo Antonino Martínez Ortega ‘Ricardo’, 2016 [Chile, 1956] en El Mundo, 090421

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