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  • Pastillas anticonceptivas y ETV

Ángeles Blanco, internista del Hospital Universitario Reina Sofía en trombo.info, ?

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Del collage de Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 110421, en torno a la obra ‘Los recaudadores de impuestos‘ [?] de Quinten Massys [Bélgica, 1466-1530]

DESNUDOS

Arcadi Espada en El Mundo, 110421

(Con un 6 y un 4)

Los herederos de Juan Marsé han decidido publicar unas llamadas Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen), un libro que recoge las anotaciones diarias del escritor en 2004 y las que incluyó de otros años en tres cuadernos. Marsé firmó el contrato de este libro, cobró un buen anticipo por él, pero murió antes de que se publicara. Ahora los deudos han decidido respetar su voluntad anticipada.

No habrá sido una decisión fácil. El libro presenta un retrato descarnado y tóxico de Marsé. Por razones que no acaban de aclararse y que es dudoso que alcancen el refinamiento de la cita de Gide que abre el prólogo de Ignacio Echevarría: “¿Qué interés puede tener anotar estas cosas? Pero me obligo a ello, esperando encontrar en el propio aburrimiento que siento en repasar estos días tan monótonos algún arma contra mí mismo”,

Marsé se forzó a poner por escrito sus opiniones sobre el mundo y los pequeños incidentes consuetudinarios de un abuelo, amo de un perro. La narración de los incidentes, casi todos ellos repetidos, provoca el habitual efecto hipnótico, tan extrañamente agradable, de los diarios.

Es verdad que la hipnosis de follarse a Le Fléau, ocupación principal de Paul Léautaud en un largo rato de su vida, no es exactamente la misma de que viene el Guille. Pero vaya: un diario debe tener un ritmo básico, repetido, monocorde, que suene por detrás, donde destaque el arañazo de las escalas; y este lo tiene con las visitas del nieto, las brazadas en las piscinas y los fenómenos atmosféricos.

Aparte, Marsé pone por escrito sus opiniones culturales y políticas, sus teorías sobre la literatura y los juicios que le merecen sus contemporáneos. En este retrato general, de ideas y hombres, el único de interés que surge es el del autor. Porque demuestra, una vez más, que ser un gran narrador de historias es perfectamente compatible con la trivialidad y la cazurrería más asombrosas.

No sorprende que cada semana el autor incluya una advertencia diciéndose y diciendo que su verdadero yo está en sus novelas. El libro tiene más de 400 páginas —aunque incluye el exuberante aparato documental, propio de un libro que se toma en serio— y reto a cualquiera a que encuentre una —una— cavilación original, útil o profunda.

La simpleza de sus opiniones políticas, donde aparecen en perfecta formación todos los tópicos del taxista, es un defecto menor ante sus irritadas incursiones en la teoría de su oficio, allí donde sobresalen este tipo de pompas de jabón: «La verdad, en la buena literatura, siempre encuentra su lugar. Pero no se trata de la verdad convencional, esa que gastamos (poco) en la vida real. Es una verdad conmovedora o no es tal verdad, y es más poderosa que la vida».

Los juicios sobre personas, casi siempre reducidos a un insulto convencional, son el eje de las notas. Es muy gracioso el comentario del prologuista Echevarría cuando explica que la edición no consta de índice onomástico para evitar «la consulta descontextualizada». Es loable su intento de apartar a los lectores del vicio, pero el contexto al que se refiere son frases del tipo: «Lluvia y frío».

Sin negar la importancia de los meteoros en el meteorismo de Marsé, el insulto despliega una gran autonomía. Y muchísimas veces vuela solo, como atestigua la memorable anotación del 22 de marzo de 2014: «No hay en estos momentos en este país un periodista más abyecto y miserable que Juan Manuel de Prada —salvo tal vez Arcadi Espada».

Por suerte, y como es frecuente, solo el amor, el verdadero amor para morir al lado, que fue el de Marsé por Jaime Gil de Biedma, redime como el paso de un sol fugaz este centón hastiado de mediocridad.

(Revictimizar) 

Esta semana, en Sabadell, un fiscal interrogó a una supuesta víctima de violación y poco después presentó su informe en el que afirmaba, tajante, que el relato de la mujer era creíble. En la vista actuaba como observadora una Pilar Martín, fiscal delegada para los casos de la llamada violencia de género, a la que le pareció por completo inadecuado el interrogatorio.

La razón eran algunas preguntas —tipo: ¿el agresor eyaculó?— que revelaban, a su juicio, “falta de psicología” y conducían a eso que tan grosera e intolerablemente se llama “la revictimización de las mujeres”. Las palabras pasan a tal velocidad y en un caudal tan inaudito que se imprimen en el uso común sin atender más que al significante.

¿Cómo es posible si no que el interrogatorio de un fiscal o de un juez pueda ser equiparado al propio acto, de real e insufrible violencia, que uno y otro tratan de esclarecer y castigar? Y aún más insólitamente: ¿cómo es posible que jueces y fiscales no paren en seco este atropello semántico y ético?

He escuchado el interrogatorio del fiscal en su parte supuestamente revictimizadora. Las preguntas fueron formuladas con neutralidad y ninguna cabeza, salvo perversamente enferma, puede apreciar humillación o inconveniencia. Como es obvio, las agresiones sexuales suceden casi siempre sin testigos y las pruebas del delito son con frecuencia inencontrables.

De modo que en ellas cobra una importancia decisiva el relato del agresor y de la víctima, y el natural principio de contradicción, que establece el derecho de acusados y víctimas no solo a ser oídos, sino también escuchados, y que es recurso ineludible en cualquier empeño por establecer la verdad. El ejercicio de este principio no es un buen momento en la vida de nadie. No solo en el de las violadas.

También en la del hijo que vio cómo asesinaban a su padre y está obligado a revivir en el juicio los detalles. Las genéricas objetarían en este punto que las violaciones añaden al horror la vergüenza, pero explorando a fondo este argumento se percibe que son ellas, sorprendentemente, las que incorporan la vergüenza al asunto. Por más que implique al sexo, una violación es solo un acto de violencia en el que incluir la vergüenza de la víctima es un acto de repulsivo machismo.

En la exigencia de psicología se adivinaría que las genéricas prefieren esta ciencia recreativa a la verdad. Y es así, desde luego. Pero solo porque la verdad la dan por supuesta. No solo ellas. También algún ordenamiento jurídico, como el español, que ha hecho de la inocencia del hombre una intolerable y arrogante presunción.

(Oh, dioses) 

He tenido vaga noticia de que algún curilla entró en la exposición Pasiones mitológicas que presenta el Museo del Prado y tuvo que ser atendido a causa de una lipotimia causada por la atiborrada presencia de mujeres desnudas. Según testigos presenciales, el curilla, antes de caer, iba frenético de un cuadro a otro cruzando los dos índices y besándolos, pero el sortilegio, por lo que a él respecta no llegó a tiempo.

Sin tanto drama, viví allí el otro día una experiencia semejante. No por las mujeres desnudas, cuya exhibición hay que celebrarla en casi cualquier formato. No por la pasión, sino por el mito, que en altas dosis me empapuza inexorablemente.

Sin embargo, una casualidad o un hecho deliberado, ha hecho que esta exposición coincida en el tiempo con la dedicada a Marinus. De modo que al ahíto de mitos le recomiendo que cruce raudo hasta la sala D de los Jerónimos y ante las variaciones de El cambista y su mujer celebre mientras oye el tintineo de las monedas la irrupción de la vida civil, con sus leyes y hasta su legítima avaricia. Ese tránsito que suple a dios con el hombre, en la medida de todas las cosas, y cuyo instrumento, de una perfección implacable, es el dinero.

(Lapidarium) 

Los Adrià cierran y yo me alegro por la ciudad de Barcelona que gana otro ilustre cadáver.

(Ganado el 10 de abril, a las 14:36, 62 lpm, 35,1º, vacunado con vector ChAdOx1 [Oxford/AstraZeneca], lote ABV8139, primera dosis).

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Desnudos apocalípticos e integrales

Leonard Giovannini en el Blog de Arcadi Espada, 110421

Hoy plagiamos Los recaudadores de impuestos de Quentin Massys y no los de Marinus van Reymerswaele, aunque siempre es mejor plagiar al plagiario y no al original, para confundir el rastro. En su versión, Reymerswale consigna el nombre de Massys, mostrando su deuda con él. ¡Como si revelar las fuentes excusase al plagiario! ¡Como si confesar el pecado mientras se comete redimiese al pecador! El diarista, atrapado en su cuadro impositivo, parece escrutar la sala contigua, la de los desnudos. Ignoramos la identidad del acompañante pero podría ser Juan Manuel de Prada. O más probablemente el mismísimo maestro Giovannini, reconocido estudioso de la obra de Milton (Berth Milton Sr), en cuya lectura aparece enfrascado.

(Estriptis pitagórico) Uno esperaría encontrar una transformada de Fourier, por lo menos, y se encuentra un seis y un cuatro. Que no es que esté mal. El cuatro y el seis son los dos primeros números compuestos; el cuatro es el tercer cuadrado perfecto y el seis es el primer número par en cuya descomposición factorial encontramos un número diferente a dos. Pero vamos, un seis y un cuatro.

Desvelado el misterio vacío, solo una duda queda: ¿por qué se mete con Juan Manuel de Prada?

(La vergüencización) Ahora si te violan te tiene que dar vergüenza, cuando la vergüenza debería tenerla quien viola. Y también, toda proporción guardada, quien quiere que te avergüences.

(Lujuria, codicia) La lluvia de oro, ese cuadro que podría estar en las dos salas.

(Cementerio condal) Un cadáver a la postre.

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DesnudosIlustración de Santiago Sequeiros [Argentina, 1971], para el texto de Arcadi Espada.

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lustración de Ulises Culebro ‘ULISES‘ [México, 1963]

 

Qué puede salir mal con el doctor Sánchez?

Bastó que bajara la marea de la propaganda para que se viera a Sánchez nadando desnudo. Ello le impulsó a redoblar sus descalificaciones contra Ayuso sin importarle hallarse en gira de Estado por África

Fco. Rosell en El Mundo, 110421

Hay veces que, creyendo poner la bala donde se pone el ojo, surte un extraño rebote que hiere al pistolero. Así, al modo del cazador cazado, fue acusar Pedro Sánchez el domingo último a la presidenta madrileña, en su cerval desquicie contra Isabel Díaz Ayuso, de provocar «un desmadre» con el covid y pasar él a encarnar ese «desmadre» en horas 72.

Tras ponerla a escurrir, cual digan dueñas, con vestimenta de mitin como candidato virtual socialista, con Ángel Gabilondo como aspirante «formal», amén de «soso» y «serio», Sánchez se embutió el martes en traje caro y luminotecnia de estrella para montar una nueva farsa cuyo tinglado se vino abajo sin dejar siquiera secar la tinta de los titulares. Al primer tapón, zurrapa.

Luego de pregonar por enésima vez el «principio del fin de la epidemia» y de expresar su cínica contrariedad porque se politice la pandemia cuando él lo hace sin rubor ni pudor, el jefe del Ejecutivo proclamó la aceleración de la vacunación.

Con aparente precisión de relojero, marcó los hitos de un plan que, en puridad, dilataba un trimestre su compromiso previo de inmunizar al 70% de los españoles antes del verano y lo demoraba a fines del estío echando por tierra la campaña turística. Aun así, su nuevo plan antiguo quedó también en agua de borrajas en un abrir y cerrar los ojos por evanescente e insostenible.

De hecho, como esos carteles del «hoy no se fía, mañana sí» de vieja tienda de ultramarinos, su anuncio fue una raya escrita en el agua. En un plis plas, se precipitó el caos al avivarse la desconfianza en torno a la vacuna de AstraZeneca por algunos casos de trombosis y suspenderse para menores de 60 años. B

Bastó que bajara la marea de la propaganda para que se viera a Sánchez nadando desnudo. Ello le impulsó a redoblar sus descalificaciones contra Ayuso sin importarle hallarse en gira de Estado por África, lo que ratifica como se sirve de La Moncloa como cuartel electoral.

Contraviniendo los usos democráticos y la separación de funciones entre Gobierno y partido, pese a estar apercibido, esa impudicia ya había rebasado los límites cuando, la noche de la «amarga victoria» del PSC en Cataluña, el ex ministro y candidato Illa invitó al jefe de gabinete de Sánchez, Iván Redondo, a que saliera a saludar a los medios por contribuir al éxito desde su despacho monclovita.

Como el torero que invita a su meritorio subalterno a desmonterarse y recibir el aplauso del respetable tras plantar un buen par de rehiletes.

En medio del desbarajuste, con una ministra de Sanidad dando inverosímiles explicaciones a sus veleidosos cambios de criterio, Carolina Darias fungía el día siguiente de la aparición rutilante de Sánchez del médico falso que Mateo Alemán recrea en su Guzmán de Alfarache.

Llevando consigo gran cantidad de recetas cuando visitaba a un enfermo metía la mano en la alforja y sacaba lo primero que encontraba musitando: «¡Dios te la depare buena!».

Con claro desapego a la realidad y apego a la mentira, el doctor Sánchez, ¿supongo? culpa a Ayuso nada menos que de «cruzarse de brazos ante la pandemia» tras medicalizar hoteles, habilitar un hospital en la institución ferial capitalina y erigir otro de nuevo cuño en cuatro meses, además de acarrear aviones con material sanitario y de anticiparse a las medidas que luego han adoptado arrastrando los pies el negacionista ministro Illa y su vocero Simón, el Embustero.

Sin parar en barras, le endosa como si fuera un mirón de obra, en vez de estar al mando como autoridad única con dotes plenipotenciarias generar «un récord en descontrol y desmadre» retorciendo los datos para trasladar la falsa idea de que Madrid ha encabezado los contagios «en todas las olas en la pandemia».

Al tiempo, en un suma y sigue inabarcable, le echa en cara promocionar un turismo extranjero de borrachera cuando las competencias aeroportuarias y de orden público le competen a él.

Esa demonización ha tenido otros bochornos como el estúpido intento de desprestigiar el Hospital Isabel Zendal, especializado en covid, con un coste de 100 millones, esto es, dos Plus Ultras, esa medida de cuenta del derroche de fondos públicos que el Gobierno ha destinado a una empresa zombi de vaga propiedad española, inviable y sin valor estratégico al ser dueña de un solo avión, pero bien conectada con la satrapía venezolana.

En su berrinche, la ministra Darias torpedeó que el comisario europeo Margaritis Schinás visitara este centro llevándoselo a otro de Toledo a medio abrir y que no atiende enfermos covid. En su viaje de inspección, Schinás se prestó a la adaptación manchega de las aldeas Potemkin de cartón que alzaba el valido de Catalina la Grande a orillas del río Dniéper para escamotear la realidad de Ucrania a la emperatriz.

Al hablar de «desmadre», al apocalíptico Sánchez le ha acaecido lo que a Zapatero hace 11 años en Singapur cuando no tuvo mejor ocurrencia que declarar el día que se cumplían 99 años del naufragio del Titanic que España «va a seguir navegando con fortaleza porque es un poderoso transatlántico».

Nada más pronunciar «transatlántico» (o sea, Titanic) la publicitada inversión china en las cajas españolas fue desmentida por los gestores de fondos y el directorio francoalemán, con EEUU y China, imponía un ajuste que, cual misil en la línea de flotación, liquidaba su errática singladura de siete años.

Dicha la palabra «desmadre», en efecto, el sustantivo se ha hecho carne en un Sánchez desentendido de la pandemia. Únicamente ha visto en esa situación de emergencia una oportunidad para reforzar sus atribuciones de manera que, siendo el presidente con menos escaños propios desde la restauración democrática, le permita mandar como si dispusiera de una abultada mayoría.

Así, se desentendió de la irrupción del covid propagando su letalidad al supeditar la adopción de cualquier medida a las marchas del 8-M por priorizar la agenda del Gobierno de cohabitación socialcomunista para luego determinar el confinamiento más extenso de Europa con un estado de alarma en puridad, de excepción en el que se arrogó potestades cesáreas.

Al cabo de cien días, decretó el acabose de la pandemia e invitó a consumir en una desescalada que, valiéndose de las vacaciones estivales, aprovechó para escurrir el bulto y allá se las aviaran las autonomías.

Para ello, dictó lo que, en neolenguaje orwelliano, denominó «nueva fase de la cogobernanza» y que se ha sustanciado en la desgobernanza de un Gobierno que no está (ni se le espera) pasando de repetir la letanía de la primera ola de que el virus no entendía de territorios a obrar en contrario, según su santa voluntad y capricho.

Sánchez se borró del covid para no vincularse con una mortandad que ya sobrepasa los 140.000 fallecidos más allá de aquel gélido homenaje al muerto desconocido que promovió en la Plaza de la Armería del Palacio Real.

Entretanto, la suerte de la auditoría brindada hace un año a un grupo de destacados científicos que le habían interpelado al respecto desde la revista médica británica The Lancet engrosa, junto a otras muchas cuestiones, una versión actualizada de la popular sección de la revista satírica Hermano Lobo en la que, en pleno tardofranquismo, se hacían semanalmente las Siete preguntas al lobo para responderse éste con un aullido y un recurrente: «El año que viene, si Dios quiere».

Con ese expediente x a cuestas, a Sánchez le saca de quicio que, tras denostar por sistema la estrategia de Madrid de conciliar salud y economía, haya tenido que asumirla negándola. Echando la vista atrás, se certifica como Ayuso le ha ido marcando el camino de rectificación desde antes de que La Moncloa se diera por enterado de la pandemia decretando el estado de alarma el 14-M de 2020.

El último estrambote ha sido que, después de montar otra trifulca por tantear la vacuna rusa Sputnik, Sánchez se abría a ello el viernes al emprender Merkel esa vía después de que Baviera cerrara un contrato de precompra supeditado al nihil obstat de la Agencia Europea del Medicamento.

Es verdad que, como sintetizó Goebbels al servicio del nazismo y corrobora el aparato de propaganda de La Moncloa, «a fuerza de repetición y con un buen conocimiento del psiquismo de las personas, debería ser completamente posible probar que un cuadrado es, de hecho, un círculo. (…)

Meras palabras y las palabras pueden modelarse hasta volver irreconocibles las ideas que transmiten». Pero ello no puede ser consentido por quienes no debieran dejarse arrebatar su condición primigenia de ciudadanos.

Como político de poder al que le trae al pairo la gobernación, despejando su mesa de todo lo que haga al covid, Sánchez ha desperdiciado seis meses seis de estado de alarma sin articular instrumentos alternativos. Como le ha reprochado un Consejo de Estado que, ante su abierto ninguneo, se ha servido de un dictamen sobre la constitucionalidad de la Ley de Salud de Galicia.

A un mes vista de que prescriba el imperante estado de alarma (9 de mayo), el supremo órgano asesor ha afeado al Ejecutivo que no haya modificado la ley orgánica 3/1986 de Medidas Especiales de Salud Pública para que las comunidades autónomas restrinjan, en caso de emergencia, derechos y libertades sin acudir al estado alarma. Desoyendo la petición de la oposición para no prorrogar una situación dudosamente constitucional, Sánchez no ha movido un dedo.

En la desatención de su deber, Sánchez cuenta con el silencio cómplice de un Tribunal Constitucional que ronca el sueño de los justos sin pronunciarse sobre los recursos de inconstitucionalidad al primer estado de alarma y al vigente, lo que habla del deterioro que esa excepcionalidad legal ha infundido en el menoscabo de instituciones claves.

Si el Consejo de Estado ha aprovechado este resquicio de la ley gallega recurrida por el Ejecutivo, el TC se hace el dormido, a diferencia de sus colegas alemanes que ya andan resolviendo sobre el fondo europeo anticovid.

Entretenidos en sus cabildeos para no perjudicar futuros destinos cuando periclite su mandato, sus integrantes se resisten a emitir sentencia. Hace ya un año que el magistrado emérito de tan Alto Tribunal, Manuel Aragón Reyes, alertaba sobre una «exorbitante utilización del estado de alarma» que no «autoriza la derogación completa de las garantías constitucionales».

A la par, ponía los puntos sobre las íes reparando en cómo el presidencialismo que se arrogaba Sánchez «es incompatible con nuestra monarquía parlamentaria».

Sin ignorar que «la cobardía es la madre de la crueldad», como decía Montaigne y encarna quien no quiere perder la batalla en Madrid, el candidato Sánchez aguarda a que transcurra el 4 de mayo para retomar sus apaños con sus socios de la coalición Frankenstein y extender a los golpistas del independentismo catalán del 1-O de 2017 las medidas de gracia que Marlaska ya dispensa cada viernes de dolores a los criminales de ETA. Ante tales desvaríos, habrá quien se pregunte irónicamente, como antes con Zapatero: ¿qué puede salir mal con el doctor Sánchez, ¿supongo? en La Moncloa?

Es suficiente con apartarse del televisor y mirar alrededor para evidenciar como hay políticos que se agigantan ante los contratiempos del destino y otros que, por el contrario, sacan lo peor de ellos.

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Asistentes al acto de "Desinfección antifascista" este jueves después de los disturbios registrados el miércoles en el acto de precampaña de Vox en Vallecas.
Asistentes al acto de “Desinfección antifascista” este jueves después de los disturbios registrados el miércoles en el acto de precampaña de Vox en Vallecas.Fernando AlvaradoEFE

Turbas

Las escenas de Vallecas, incluido el fregado del suelo, recuerdan al fascismo. Los nazis también eran muy aficionados al cloro

Maite Rico en El Mundo, 110421

A PABLO Iglesias no le gusta trabajar, algo propio de cretinos. Como vicepresidente no ha dado un palo al agua, pero nada más dejar el cargo se ha apresurado a reclamar una indemnización de 5.316 euracos al mes. Lo cual viola el Código Ético de Podemos, que prohíbe percibir remuneraciones tras dejar los cargos.

Lo adelantaba ayer Luca Costantini. Claro que también Iglesias y su señora han acumulado en tiempo récord un patrimonio difícilmente compatible con las limitaciones salariales que fija el partido. La pareja se ríe en la cara de «los inscritos y las inscritas».

Pero a lo que iba: en su papel de intelectual orgánico, Iglesias no trabaja, sino que decide por los trabajadores qué tienen que pensar y votar. Y si algunos van por libre y acuden con sus familias, por ejemplo, a un mitin de Vox, serán apedreados por unas turbas de descerebrados que Iglesias y sus corifeos alaban como valerosos antifascistas.

En realidad las escenas del jueves en Vallecas, incluido el fregado del suelo con lejía, recuerdan mucho al fascismo. Los nazis también eran muy aficionados al cloro.

Al señor del moño le gusta la violencia y alardea de ello, pero le falta valor. Por eso siempre va protegido: antes por militantes, ahora por escoltas. Y desde su chalé de Galapagar, cual tirano bananero, esboza la campaña electoral madrileña apelando al choque social. Como si Madrid fuera Caracas.

Esa narrativa de «barrio de Salamanca contra barrio de Vallecas» tiene un fallo, y es que los dirigentes de Podemos están más cerca del primero que del segundo. En ese foco apestoso de plutocracia viven Echenique o los Verstrynge.

Y es ahí donde el padre de Iglesias compró un piso que, si no ha vendido, heredará el hijo. Que también tiene raíces en Vallecas. Sobre todo bienes raíces. Dos pisos, una plaza de garaje y un local atesoró su madre.

Por eso es tan grotesco ese discurso de resentido social y el seguidismo del PSOE, que se prestó a adueñarse de Vallecas en un comunicado firmado junto a Podemos y Más Madrid (al que, por cierto, Vox duplicó en voto en 2019. En ese barrio, sí).

Algunos critican que Isabel Díaz Ayuso se «apropie» de la palabra libertad para su campaña, pero ahora ese eslogan cobra todo su sentido. Ya no se trata solo de poder elegir colegio o médico, o de que los comercios abran los domingos. Ahora se trata de algo tan básico como poder estar en la calle sin miedo. Madrid es una ciudad abierta y la izquierda quiere cerrarla. A Ayuso se lo han puesto a huevo.

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La UE desmiente a Sánchez y dice que no sabe cuántas vacunas habrá en el tercer trimestre

Sánchez y la gestión del odio

Jesús Cacho en Vozpópuli, 110421

Su Persona está nervioso. Está tan nervioso que ha decidido implicarse de lleno en la campaña de las elecciones autonómicas madrileñas del 4 de mayo. Su Persona no tiene nada mejor que hacer. Todo le va a pedir de boca. Todo, de maravilla.

Gobierna un país que está de dulce: la crisis sanitaria ya se ha olvidado; el PIB ha vuelto a crecer a tasas comparables a los tiempos de la burbuja; el paro –gracias a la sabiduría económica que Su Persona atesora- ha vuelto a situarse por debajo del 10%, Cataluña vuelve a ser –gracias también a su reconocido talento de estadista- el pacífico estanque dorado que siempre fue; su Gobierno goza de una cómoda mayoría en el Congreso que le permite aprobar todo tipo de leyes sin necesidad de negociarlas con el resto de grupos, y la vida, en fin, le sonríe por las cuatro esquinas de ese triste palacete de Moncloa que Su Persona pretende convertir en nido para los próximos 15 o 20 años, si no más.

De modo que para distraerse ha decidido echar el resto en la campaña madrileña, y todo porque en la Puerta del Sol habita una señora que ha osado desafiar su poder.

Lo decía el viernes en el diario gubernamental uno de los lamebotas del presidente, uno de esos periodistas que ha hecho de la adulación al poder una forma de vida. “Pedro Sánchez se muestra, en público y en privado, más tranquilo que nunca”, escribía el sujeto a bordo del avión que ha llevado a Su Persona de gira por Angola y Senegal porque, ya digo, en España lo tiene todo hecho y se aburre. “El presidente está convencido de que la coalición resistirá sin problemas” (…)

“Asegura que mantiene una relación muy buena con el líder de Podemos” (…) “Insiste en que no tiene ningún sentido ir a elecciones cuando hay apoyo político, el Gobierno es estable, están aprobados los Presupuestos y aún hay que trabajar (¡!) para lograr la recuperación económica” (…) “El horizonte que plantea el presidente es pues de estabilidad absoluta” (…)

“La coalición con Podemos tiene un largo periodo de vida por delante”. Seis afirmaciones y siete mentiras, porque Su Persona no dice una verdad ni harto de vino. El idílico marco de paz y felicidad que describe el diario de Prisa choca, sin embargo, con la contundente afirmación de que “el presidente se volcará en la campaña madrileña”.

La pura verdad es que el fracaso de la ‘operación Murcia‘, mediante la cual el sátrapa que nos gobierna pretendió dar el golpe de gracia a la oposición privando al PP de las autonomías que controla en alianza con Ciudadanos, cobra cada día que pasa mayor importancia hasta el punto de amagar con convertirse en una fecha para la historia de la política española. Todo lo tenía a favor. El horizonte político, despejado al menos hasta las elecciones andaluzas de diciembre del 22.

Y todo, de repente, se le ha vuelto en contra por culpa de la chapuza de esa ‘operación Murcia’ tan torpemente urdida por sus Redondos monclovitas. La legislatura ha dado un vuelco tan espectacular que el bergante se ve obligado a bajar a la arena, forzado a “volcarse en la campaña madrileña” para evitar una prematura muerte política. Porque es él quien se juega su futuro el 4 de mayo. Él, quien ha cometido la torpeza de lanzar un salvavidas a una oposición agonizante.

Él, quien adelanta dos años el proceso de concentración de una derecha ahora dividida. Él, quien, sin pretenderlo, otorga a los madrileños la oportunidad de rebelarse en las urnas contra un Gobierno que, por la vía de la confrontación y la división en bloques, pretende acabar con los mejores años de paz y prosperidad que ha conocido este país en siglos. “No les gusta el 78 y quieren volver al 36”, escribía alguien esta semana en Twitter.

Su Persona está nervioso. Una derrota en Madrid, escaparate español, marcaría el principio del fin de un descuidero de la política que en ningún país serio, en ninguna democracia consolidada, hubiera superado nunca el escalón de una concejalía en Ayuntamiento de capital de provincias, pero que ha hecho fortuna en la degradación acelerada en que vive instalado el régimen del 78 desde 2004 (atentados de Madrid), hasta encaramarse a la presidencia del Gobierno con la ayuda de los enemigos de “la nación de ciudadanos libres e iguales”.

Una derrota en Madrid arruinaría esa imagen de “intratable triunfador” que el aparato de propaganda (todo en él es propaganda, todo retórica vacía, todo alfalfa para consumo animal) de Moncloa y la flota mediática que lo acompaña en su asalto a las instituciones del Estado llevan intentando consolidar desde la moción de censura de mayo de 2018. Porque la soberbia del personaje apenas esconde su asombrosa debilidad.

Gobernar con una oposición muy reforzada tras su eventual victoria en Madrid; gobernar con un Iglesias fuera del Gobierno pero sabiendo lo que se cuece en el Ejecutivo y dispuesto a agitar la calle contra ese Gobierno; gobernar sin el apoyo, cada día más complicado, de una ERC anclada en el conflicto catalán; gobernar con una situación económica cada día más compleja, porque las sucesivas olas de la pandemia han retrasado la recuperación y el impacto de las ayudas europeas en el ejercicio 2021 va a ser cero o próximo a cero; gobernar con las luces largas puestas en unos Fondos de Recuperación sometidos al albur del Constitucional alemán y a la creciente fiscalización de una Comisión Europea que no se fía del “Gobierno Plus Ultra”, un Gobierno que parece haber llegado con hambre atrasada y dispuesto a llevárselo crudo a la menor oportunidad; gobernar en estas circunstancias, en fin, se presenta tarea ardua para un personaje que cuenta con 120 diputados y cuya debilidad se palpa en el Congreso rascando apenas en la superficie, porque todo lo tiene parado, el grupo socialista no es capaz de mover un papel por falta de apoyo parlamentario.

Su Persona está nervioso y tiene motivos de sobra: su decisión de bajar a la arena en la campaña madrileña convierte las autonómicas en un cuerpo a cuerpo con Isabel Díaz Ayuso. Y en esa pelea todo vale para quien no cuenta con ningún prejuicio de orden moral en la lucha descarnada por el poder.

Vale, desde luego, la algarada. Incluso la violencia. Lo han demostrado esta semana los socios de Gobierno de Sánchez en Vallecas. Asistimos a la definitiva “batasunización” de la política española, algo que alguna gente llevaba tiempo advirtiendo pero que la mayoría creyó fenómeno inimaginable en el resto de España a menos que nuestra izquierda se volviera loca y/o se convirtiera en compañera de viaje de ese nacionalismo comunista, además de terrorista, que en el País Vasco asesinó a cientos y forzó al exilio de cientos de miles, y que después ha arruinado también la convivencia democrática en Cataluña.

Esa “batasunización” ya la tenemos aquí con la ayuda de la izquierda comunista de Podemos y de la izquierda consentidora del PSOE de Sánchez, con los que gobierna en coalición. Con la complicidad de un Sánchez convertido en experto gestor del odio entre españoles.

La apelación a los años treinta del siglo pasado no es casual. Es la degradación de las instituciones. Es la patada en la puerta sin mandamiento judicial. Es el recorte de libertades con la excusa de la pandemia.

Es la actitud de un Ejecutivo que gobierna para el 50% de los españoles y que consiente las tropelías de los suyos porque en el fondo las comparte. Son los Portela Valladares de este Gobierno y su cínica condena a la “violencia venga de donde venga” cuando siempre viene del mismo lado. Es la constatación de que el jefe de la banda (¡qué ojo, Albert!) necesita a los violentos, necesita a “los chicos de la gasolina” que decía Arzalluz, como mano de obra en su tarea de desmontaje de las instituciones democráticas.

Por fortuna no estamos en los años treinta del siglo pasado. Aquí ya no hay Casas Viejas de miseria, ni Seis Dedos dispuestos a morir frente a la Guardia Civil para acabar con la esclavitud de unos terratenientes (el 74% de las tierras de la provincia de Cádiz estaba en 1930 en manos de 15 personas).

Este país es más rico y está más alfabetizado, pero sobre todo es mucho más cobarde, porque hasta el más tonto del lugar tiene hoy algo que perder, aunque solo sea el móvil que le ata a la cultura basura en boga.

Es difícil, por eso, que volvamos a los tiros, pero sí vamos a vivir escenarios de gran violencia, regresar a esa especie de “guerra civil fría” que andan buscando quienes pretenden reescribir la historia a contracorriente de la historia. Quedan tres semanas para la gran cita del 4 de mayo y crece la sensación de que en el envite madrileño los demócratas nos jugamos mucho.

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500 millones de afectados por la brecha de datos de Facebook: ¿y ahora qué?
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500 millones de afectados por la brecha de datos de Facebook: ¿y ahora qué?

Marta Beltrán en The Conversation, 110421

La expresión brecha de datos se ve casi todos los días en los medios de comunicación. Se refiere a situaciones en las que los datos que le hemos proporcionado a un proveedor de servicios acaban estando disponibles para un tercero que, en principio, no debería haber tenido acceso a ellos.

Cuando estos datos son personales, la brecha tiene una importancia mayor, ya que cualquier situación en la que información relativa a una persona física viva identificada o identificable acabe en manos de una persona o grupo de personas no autorizadas puede implicar amenazas para su privacidad.

Dentro de los datos personales unos son más sensibles o críticos que otros. No es lo mismo nuestro nombre, apellidos o dirección, por ejemplo, que nuestro número de teléfono, número de la Seguridad Social, número de cuenta bancaria o genoma, si nos vamos al extremo.

La última brecha de Facebook

Estos días se habla mucho de una brecha en la que se han filtrado datos personales de más de 500 millones de usuarios de Facebook, de los cuales alrededor de unos once millones son usuarios españoles. Los datos que se han publicado incluyen nombre y apellidos, dirección, fecha de nacimiento, ID en Facebook, número de teléfono y en algunos casos, dirección de correo electrónico. Es decir, se trata de datos personales.

Estos datos fueron filtrados de la compañía en el año 2019 por culpa de una vulnerabilidad de seguridad que aseguran que fue remediada en cuanto se descubrió. Parece ser que esta base de datos con los datos extraídos se ha ido vendiendo en el mercado negro de datos desde entonces, hasta que este fin de semana se ha publicado en un foro de manera gratuita.

Hay que tener en cuenta que los datos ya tienen dos años, pero que en muchos casos seguirán siendo válidos ya que no cambiamos tan a menudo de número de teléfono o de dirección de correo electrónico.

Otro aspecto importante es que parece que ni en 2019 ni ahora Facebook se ha molestado en notificar a los usuarios afectados esta brecha ni en proporcionarles ningún tipo de detalle acerca de la misma.

¿Son frecuentes las brechas de datos?

Por desgracia, si las brechas de datos están a la orden del día en los medios de comunicación es porque prácticamente no hay día en el que no conozcamos una nueva. Los casos recientes de Facebook, Twitter, Microsoft, CapitalOne, Marriott, Equifax, Zoom, Spotify o Nintendo han sido muy sonados.

Pero ningún tamaño de compañía (grandes, medianas o pequeñas) ni sector (tecnológicas, hostelería, aviación, banca, administración) se libra. Solo en 2020 se notificaron cerca de 4 000 brechas de datos en las que se fugaron 37 billones de registros de datos, un 141 % más que en 2019.

Que se conozca cuándo se producen las brechas es positivo: todos los usuarios afectados deben saberlo lo antes posible para poder tomar las medidas oportunas.

De hecho, casi todas las regulaciones en privacidad y protección de datos inciden en este punto: si los proveedores que almacenan nuestros datos personales sufren una brecha, están obligados a notificarlo, tanto a los usuarios afectados como a las autoridades de control oportunas.

Por ejemplo, en el caso de España, deben avisar a la Agencia Española de Protección de Datos. Y deben hacerlo proporcionando toda la información (nada de comunicados vagos y genéricos en los que no se entiende nada) y en un plazo corto de tiempo (como mucho 72 horas).

No es serio que la notificación llegue 6 meses después, cuando un medio de comunicación publica alguna noticia sobre la brecha y no queda más remedio.

El negocio de los datos

Lo que no es tan positivo es que se produzcan tan a menudo. ¿Por qué las brechas de datos se han convertido en una de las amenazas a la seguridad más graves hoy en día? ¿Por qué son cada vez más frecuentes y afectan cada vez a un número mayor de usuarios? Porque los datos personales son la base de muchos modelos de negocio en la actualidad, tanto lícitos como ilícitos.

En los últimos años se ha extendido mucho el concepto de economía de la vigilancia para referirse a la situación actual en la que los datos personales de los usuarios son una mercancía más sujeta a la compra y a la venta.

En el momento en el que este tipo de información se mercantiliza y tiene un valor, diferentes agentes, como proveedores de servicios o de aplicaciones o propietarios de diferentes tipos de recursos, tienen interés en vigilarnos de diferentes maneras para obtener todos los datos posibles sobre nosotros y nuestros hábitos, gustos, rutinas, etc.

La recopilación y el tratamiento de estos datos puede tener ventajas para los usuarios, ya que los servicios que consumen se pueden personalizar según sus necesidades. Pero obviamente, también tiene sus riesgos, sobre todo para la privacidad. Los usos legales que los proveedores hacen de estos datos pueden tener beneficiosos para ellos (comerciales), pero no para los usuarios.

Además, estos datos se tienen que almacenar en algún sitio y no siempre están lo suficientemente protegidos. Si un tercero, por culpa de una vulnerabilidad de seguridad, termina accediendo a ellos, se abren las puertas a todo tipo de usos ilícitos o ilegales.

Los datos robados en estas brechas suelen ser la base para ataques de ingeniería social, campañas de phishing o de smishing personalizadas, por ejemplo. También para ataques a cuentas bancarias o a tarjetas de crédito. O para ataques de suplantación, de manera que alguien pueda hacerse pasar por el usuario legítimo (la víctima), gracias a los datos robados en la brecha, en cualquier servicio o aplicación.

¿Cómo afecta esto a los usuarios?

En el caso concreto de Facebook, lo primero que podemos hacer es comprobar si somos una de las víctimas, ya que la compañía no se ha encargado de realizar las notificaciones oportunas. Los datos involucrados en la brecha se pueden consultar en diferentes sitios públicos en internet.

Muchos usuarios han suspirado aliviados al comprobar que se han visto afectados pero que en esta brecha no se han visto involucradas las contraseñas de sus cuentas. Pero el hecho de que las claves no se hayan visto involucradas no significa que la brecha no sea grave.

Como comentábamos antes, los datos personales pueden utilizarse como base para muchos ataques diferentes. Así que no está de más modificar la contraseña de la cuenta de Facebook, revisar el resto de contraseñas (que no se basen en datos personales, que no se reutilicen), no confiar en correos electrónicos o en SMS que parezcan personalizados y legítimos (porque se menciona nuestro nombre, apellidos, dirección o fecha de nacimiento) y no utilizar el SMS como un segundo factor de autenticación en servicios que sean críticos para nosotros (porque con el número de teléfono y su asociación al resto de nuestros datos personales, es más fácil realizar ataques de suplantación).

En general, si nos vemos involucrados en cualquier otra brecha de datos, las recomendaciones serían las mismas. Primero, enterarnos de si somos una de las víctimas (lo ideal es que nos lo notifique el proveedor, claro). Y a continuación, tomar todas estas medidas y, obviamente, si en la brecha de datos se ha comprometido nuestra contraseña, modificarla en la plataforma en cuestión y en cualquier otra donde usásemos la misma o una variación.

Marta Beltrán, Profesora y coordinadora del Grado en Ingeniería de la Ciberseguridad, Universidad Rey Juan Carlos.

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La feria del CGPJ

La feria del CGPJ

Javier Gómez de Liaño en ABC , 110421

Estas tres palabras, más el acrónimo, con las que titulo el presente comentario y que viene a cuento del estancamiento del proceso de renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), muy bien pudieran haber sido otras. Por ejemplo, ‘Lo que el CGPJ esconde’ e incluso ‘Manos sucias sobre el CGPJ’, que quizá fueran rótulos más ciertos y precisos. Encabezar con ‘En la muerte del CGPJ’ hubiera sido excesivo, pues a pesar de los males que le acechan, la institución sigue viva.

Vaya por delante que no es cuestión de poner en duda la capacidad ni la honradez profesional de quienes componen la baraja de nombres a negociar, ni, por tanto, de convertir al vocal escogido por el dedo del político en la encarnación de la perversión del sistema, sino de poner en evidencia las incoherencias de un modelo de CGPJ contrario a la Constitución y de sumarme a quienes asisten atónitos al espectáculo de los dos principales partidos políticos, el PP y el PSOE, luchando a brazo partido por el reparto de las veinte vocalías de la institución e incluso el nombre del presidente o presidenta que, al propio tiempo, lo es del Tribunal Supremo.

No es que las previsiones del artículo 122 CE y 567 de la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ) de que el Congreso y el Senado elijan a la totalidad de los miembros cada uno por una mayoría reforzada de tres quintos sea errónea, que quizá sí lo sea, como lo sería si la propuesta de reducir ese quórum a los dos tercios de las dos Cámaras termina saliendo adelante. El fallo está en quienes hacen las propuestas.

La negociación lo que hace es introducir al CGPJ en un estado de sospecha permanente y a que la idea dominante en la opinión pública sea que la institución es un títere de feria al servicio del poder político, cuyos intereses priman sobre la Ley y el Derecho.

Tengo para mí que lo que está sucediendo con el órgano de gobierno del Poder Judicial es, una vez más, la secuela irreversible de la expresión ‘Estado de partidos’ -sobre todo si se la compara con el concepto de ‘Estado de derecho’, cosa que Manuel García Pelayo, presidente que fue del Tribunal Constitucional, denunció a raíz de la sentencia 108/1986, de 29 de julio, cuando hablaba del grave peligro de que la designación parlamentaria de todos sus vocales fuese hecha en razón del peso de los grupos parlamentarios, lo que no respondía a la configuración deseada para el CGPJ como garante de la independencia judicial.

Y es que, a decir verdad, desde sus comienzos hasta nuestros días, los siete consejos generales del poder judicial no han pasado de la más grotesca de las representaciones y los mandamases políticos de turno han querido mover a sus vocales como marionetas. Sí, ya sé que todos no, y unos menos que otros, pero, en conjunto, el CGPJ ha sido y seguirá siendo una trampa para confiados, pues quien lo controla sabe que domina el poder judicial por la vía de los nombramientos discrecionales.

Así lleva el CGPJ cuarenta años; tantos como grados de confianza perdidos. Lo malo es que a estas alturas algunos sigan sin convencerse de que el edificio del número 8 de la calle Marqués de la Ensenada, de Madrid, no puede ser sucursal de los partidos políticos.

Sin claudicar de la sinceridad y con la dosis justa de autocrítica por haber pertenecido al CGPJ en el periodo 1990-1996, creo que el método de diez para mí y otros diez para ti -lo mismo diría si en el reparto de la tarta participasen otros partidos- no es la mejor manera de sacar a un órgano constitucional del atolladero del desprestigio en el que lleva metido hace años por el empeño de los políticos de que sus miembros responderán a la confianza depositada en ellos.

Si con la justicia se buscan rentabilidades políticas, entonces sobran los tribunales y basta la intriga. Son demasiadas las ediciones del CGPJ presididas por el cambalache y el juego de trileros. Hacer política con la justicia es menester de traficantes de la justicia que alteran su pureza. Que la justicia funcione a golpe de batuta política es inadmisible y a nadie le puede extrañar que los jueces duden de que el CGPJ les represente y, lo que es peor, que defienda la independencia judicial.

Nunca fui partidario de entender la Justicia como forma de poder. Por eso siempre he patrocinado un CGPJ compuesto de gente independiente en el sentido gramatical del término. El individualismo resulta coartado por la fuerza, conocida de antemano, de unas instituciones políticas que ya sabemos lo que son y cómo son. En estas circunstancias comportarse con absoluta libertad es muy difícil, aunque no imposible y ejemplos no faltan.

De ahí que insista en lo que decía al principio. Me consta que en las listas de candidatos a vocales que los periódicos han publicado a lo largo de estos meses, los hay que merecen la consideración de juristas de reconocida competencia. E

s más. Conozco de primera mano a algunos de los magistrados nominados en quienes concurren las virtudes del buen juez que describe Azorín. Por eso, al leer sus nombres me viene a la memoria la anécdota de aquel banderillero de Juan Belmonte que llegó a gobernador civil y que cuando le preguntaban cómo había podido ser, se limitaba a contestar: «¡Ya ve, degenerando!».

Hace diez años se estrenó en Madrid ‘La fiesta de los jueces’, obra de teatro escrita y dirigida por Ernesto Caballero y que tenía como protagonistas a varios miembros del CGPJ que al final del acto solemne de Apertura del Año Judicial deciden representar, en versión libre, ‘El cántaro roto’, una farsa costumbrista del dramaturgo alemán Heinrich von Kleist.

En un escenario cubierto de procedimientos judiciales previamente pasados por una trituradora de papel y con un gran espejo en el que los actores se reflejaban, los propios jueces, mediante la técnica del teatro dentro del teatro, se juzgaban a sí mismos, en un original juicio popular.

Pues bien, el día que asistí a la representación despedí la función y a sus actores con aplausos. Lo hice por varios motivos. El primero, porque la obra se adentraba en la misma esencia judicial y describía, uno por uno, los síntomas más dolorosos de la Administración de Justicia. Después, porque estaba dedicada a los ciudadanos y a los jueces, víctimas del desgobierno de nuestra Justicia.

Gemidos como ‘¡Justicia emprende tu camino!’ o ‘¡Qué engaño!’, con la estampa final de la mujer de la limpieza metiendo la balanza de la Justicia en el cubo de la basura fueron de una emoción estremecedora.

León Felipe, aquel gran poeta maldito, payaso de múltiples bofetadas y fervoroso defensor de la justicia, decía con su garganta rota y en estribillo de matraca, pero «¿Qué es la justicia? ¿Un truco de pista? ¿Un número de circo?

¿Un pimpampum de feria? ¿Un vocablo gracioso para distraer a los hombres y los dioses? Respondedme. Que me conteste alguien… Silencio… Silencio».

Javier Gómez de Liaño es abogado. Fue magistrado y vocal del Consejo General del Poder Judicial.

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Vídeos 

. Gustavo Bueno – España como nación. 14042005.

. Santiago Abascal charla con los trabajadores del centro de Madrid. 090421.

 

Humor

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El Roto
Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País 110421

 

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