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  • Revisionismo histórico

El revisionismo histórico es el estudio crítico de los hechos históricos y los relatos oficiales, con el fin de revisarlos y eventualmente reinterpretarlos. Tiene un uso académico legítimo y otro peyorativo. Su uso académico se refiere a la reinterpretación de hechos históricos a la luz de nuevos datos, o nuevos análisis más precisos o menos sesgados de datos conocidos.

El revisionismo presupone que entre los historiadores, o el público general, existe una forma generalmente aceptada de entender un acontecimiento o un proceso histórico y que hay razones para ponerla en duda. Esas razones pueden ser de distinto tipo: la puesta en valor de nuevos documentos, el cambio de paradigma historiográfico; o también el cambio de los valores desde los que se observa el pasado.

En los casos de revisionismo no académico o pseudocientífico suele acusarse a quien lo practica de dedicarse al uso político de la historia y de no respetar la neutralidad y el espíritu crítico en la relación con las fuentes considerados básicos en el trabajo del historiador. Cabria pensar si existe neutralidad en la historia (como objeto de estudio) o si en realidad a lo que refiere, la afirmación anterior, es a la objetividad del historiador.

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  • El PSOE y la acusación de revisionismo como bancarrota intelectual

De «revisionista» acusa una Mar Espinar a Trapiello, como el reaccionario que pronuncia un anatema

Editorial de El Mundo, 120521

UN PARTIDO alcanza su bancarrota intelectual cuando ni siquiera es capaz de explicar la razón por la que le parece reprobable premiar a un escritor de la categoría de Andrés Trapiello.

Pero nada tan elocuente como los balbuceos radiofónicos de Pepu Hernández, el hombre elegido por Sánchez para liderar el socialismo en la ciudad de Madrid, porque no retratan tanto su incapacidad política o su precariedad argumental como el motivo del declive imparable del PSM, superado el pasado 4 de mayo por una formación sin arraigo ni estructura como Más Madrid.

Partido que votó a favor de la concesión de la medalla de la ciudad a Ana Botella mientras que la formación de Hernández, llevada de un sectarismo incurable, votó en contra. De «revisionista» acusa la edil Mar Espinar a Trapiello, como el reaccionario que pronuncia un anatema. Como si la historia no fuera el fruto de una constante investigación. Y como si Trapiello no fuera un ejemplo de honestidad intelectual reconocido a izquierda y derecha.

Cuando diferenciamos el sanchismo de la socialdemocracia clásica lo hacemos por esto. Porque hubo un tiempo en que el PSOE cobijaba un notable músculo intelectual y daba cauce a debates que enriquecían la democracia. Hoy el sanchismo es una plataforma hueca puesta al servicio de la ambición de un solo hombre y de sus pulsiones sectarias.

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Lo de Trapiello como símbolo y mucho más

Teresa Giménez Barbat en okdiario, 120521

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Isabel Cortes, junto a dos amigas, en la terraza de un bar de la calle Antonio López, en el barrio de Usera, Madrid, la semana pasada.
Isabel Cortes, junto a dos amigas, en la terraza de un bar de la calle Antonio López, en el barrio de Usera, Madrid, la semana pasada.

Por qué voté a Ayuso

Manuel Jabois en El País, 120521

Hace dos años este distrito del norte de Madrid,Las Tablas, y varios de sus distritos vecinos (Montecarmelo, Sanchinarro, Valdebebas) conformaron algo que fue bautizado como cinturón naranja, un modelo que conjugaba un tipo de barrio determinado (los PAUs, Programas de Actuación Urbanística; enormes rotondas, calles anchas, parques infantiles), con una opción política pujante: Ciudadanos.

Aquí ganó en 2019 el partido de Inés Arrimadas; aquí, el pasado martes, arrasó Isabel Díaz Ayuso. ¿Por qué? EL PAÍS ha preguntado en este y dos distritos más (Carabanchel y Usera) por qué sus barrios se han coloreado de azul (solo en Usera, aunque haya ganado el PP, resiste una mayoría de izquierdas). Un centenar de entrevistas en terrazas, mercados, plazas y calles para encontrar a los nuevos votantes del PP que expliquen el fenómeno Ayuso.

Una clave: el votante de izquierdas que se ha ido al PP no lo ha hecho solo por la actuación de la presidenta de la Comunidad durante la pandemia, también hay mucha gente desencantada con la política de pactos de Pedro Sánchez con Bildu y Esquerra Republicana de Catalunya. “Es una traición”, dice Julio Sahagún, un hombre recién jubilado, estadístico de profesión.

“Yo he votado antes al PSOE, pero esta vez he votado al PP. Al PP, en unas generales, no lo votaría. A Ayuso, sí. He utilizado el voto de castigo, un voto útil contra Sánchez y el coletas”, dice en referencia al candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias.

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¿Trapiello revisionista?

Santiago González en El Mundo, 120521

Nunca se debe esperar nada de un hombre que en su edad adulta se hace llamar Pepu. Pepu Hernández es el portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid y junto a sus compañeros quiso prolongar el acierto básico de las elecciones autonómicas, votando contra la concesión de la Medalla de Honor de la Ciudad a Ana Botella y criticando que se le concediera a Andrés Trapiello.

Hace siete años, Pablo Iglesias descalificó a Ana Botella, «cuya única fuerza proviene de ser esposa de su marido y de los amigos de su marido (sic). En un día como hoy (8 de marzo) quiero felicitar a las mujeres de mi país y agradecerles que no se parezcan a Ana Botella».

Lo dijo el campeón de las barraganías, el tipo que hizo ministra a su novia, con menos formación y menos estudios que Ana Botella, que sacó oposiciones al T.A.C. y que a diferencia de Irene Ceaucescu llegó a su cargo por los votos de los madrileños. Lo de ser esposa de su marido y de los amigos de su marido debe entenderse como un lapsus. Ni siquiera en la cópula de Podemos se dan semejantes saturnales.

No votaron contra Trapiello, pero cuestionaron «que se pueda premiar el revisionismo que él representa», es decir, su posición sobre la guerra civil. A Pepu y a Mar Espinar, portavoz de Cultura, hay que entenderlos. Andrés Trapiello es un escritor intenso y extenso, con más de 25.000 páginas publicadas, mientras sus críticos son analfabetos funcionales, víctimas del horror a la excelencia.

A Trapiello le irían bien unos versos que Eladio Cabañero dedicó a Mario Ángel Marrodán y que yo suelo adaptar a autores prolíficos: «Cojones, dijo el cartero./ Tres libros de Andrés Trapiello/ y estamos a 2 de enero».

Conocí a Trapiello, escritor leonés, lo cual es casi un pleonasmo, hace 39 años, durante la presentación de su primera y muy divertida novela, El buque fantasma, y su amistad ha sido uno de esos privilegios con que a veces nos distingue la vida.

Pepu no se aclaró mucho frente a Alsina, pero parece que su corazón izquierdista tenía dos agravios: la retirada de la placa a Largo Caballero y de las placas de las víctimas del franquismo en el Memorial de la Almudena. Largo Caballero, huelguista en el 17, golpista en el 34 y partidario de la guerra civil siempre fue un tipo intelectualmente mediocre y partidario del bolchevismo, a quien los comunistas bautizaron como el Lenin español para halagar sus bajos instintos.

Las placas del Memorial de La Almudena solo recogían los nombres de las víctimas del franquismo, no de las víctimas de la retaguardia republicana.

Pepu, el pobre Pepu, sólo sabía que su partido estaba en contra del revisionismo aunque no supo poner ejemplos. Ni él ni sus compañeros habrán leído su gran libro sobre los intelectuales en la Guerra Civil, Las Armas y las Letras, una obra que justificaría por sí sola, siempre lo digo, la vida de un escritor.

¿Y qué es el revisionismo, si puede saberse? La perversa actitud de cartografiar la realidad con hechos y cambiar de opinión cuando aquella en la que creíamos ha sido falsada. ¿Y cómo se construye? Lo explicaba el periodista Furio Colombo, que era de izquierdas: como las catedrales góticas piedra sobre piedra: con un hecho encima de otro hecho, encima de otro hecho.

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Ilustración de Javier Olivares [España, 1964] para el texto

La disolución del Reino Unido

El autor cree que el resultado de las elecciones locales y regionales en el Reino Unido, sumado a las consecuencias que está teniendo el Brexit, acelerarán el proceso de ruptura. Y no solo por las demandas escocesas

Henry Kamen en El Mundo, 120521

LOS COMICIOS municipales parciales y regionales que se acaban de celebrar en el Reino Unido se encuentran entre las citas electorales más importantes que se han llevado a cabo en la historia reciente del país. Y también entre las más dramáticas.

El mismo jueves, día de las votaciones, los ciudadanos se despertaron con la noticia de que el Gobierno de Boris Johnson había enviado dos patrulleras de la Marina a las islas del Canal, bajo soberanía de la Corona británica, donde un conflicto con Francia por los derechos de pesca en esas aguas amenazaba con estallar en un episodio de violencia. Mientras tanto, en el extremo norte de Escocia, donde se renovaba su Parlamento, muchos votantes ni siquiera podían salir a la calle porque un enorme manto de nieve cubría los campos.

Las elecciones han sido el mayor test de la opinión pública británica desde las elecciones generales de 2019, cuando todavía no había llegado la pandemia. Alrededor de 48 millones de británicos se habían registrado para votar en un proceso que amenazaba con cambiar la faz de la política de todo el país. Sin embargo, una vez conocidos los resultados, las consecuencias no son tan obvias como podríamos pensar.

Demasiados comentaristas en España, y especialmente en Cataluña, subrayan que el gran dilema que planteaban estas elecciones era el sentir de la ciudadanía escocesa y la posible separación de Escocia del Reino Unido. Ese tema proporciona desde luego buenos titulares en Barcelona e incluso en Madrid, pero dista mucho de ser lo que parece. Los comicios versaban sobre muchos temas importantes y afectaban a la elección en todo el país de más de 5.000 regidores, incluido el de Londres. Estaba en juego, pues, toda la estructura administrativa del Reino Unido.

Nicola Sturgeon, primera ministra y líder del Partido Nacional Escocés (SNP), se pasó toda la campaña advirtiendo que impulsaría un «referéndum consultivo» sobre la independencia si su formación obtenía la mayoría. Por mayoría ella quería decir, obvio es, una mayoría absoluta. Finalmente, su partido ha arrasado en las urnas pero no ha conseguido llegar a los 65 escaños de los 129 que tiene el Legislativo regional.

Es cierto que si nos limitamos a la cuestión de la independencia, el SNP ya cuenta con el apoyo de uno de los partidos de la oposición, Los Verdes, también separatista. Y por ello Sturgeon el domingo prometió a los suyos que no va a parar hasta conseguir que se celebre un nuevo referéndum secesionista.

Pero como bien sabe la dirigente escocesa el permiso para una consulta de esta naturaleza depende, como ocurrió en el referéndum anterior, celebrado en septiembre de 2014, de un acuerdo con el Gobierno británico en Westminster. Y éste es un camino largo y espinoso que puede llevar años.

En cualquier caso, Sturgeon ha dicho también que no es probable que se pudiera celebrar la consulta antes de 2023, y solo si la pandemia el coronavirus ha desaparecido para entonces. Obviamente, ella también tendrá en cuenta otro factor de suma importancia para dar un paso semejante. Ahora mismo existe una mayoría independentista en el Parlamento de Edimburgo, sí, pero no necesariamente hay una mayoría en Escocia que deseé divorciarse de Londres.

Todas las encuestas de opinión recientes muestran que solo una minoría desea la independencia ahora mismo. De hecho, el apoyo a un referéndum inmediato es tan bajo como el 30% del electorado. Sturgeon afirma que tiene «la voluntad democrática del pueblo», pero esa es la típica fanfarronada de los políticos, basada únicamente en el resultado de las elecciones.

Es relevante señalar que esta situación es similar a la de Cataluña, donde los votantes siguen votando en su mayoría a partidos nacionalistas pero ello no necesariamente quiere decir que optaran por separarse de España llegado el caso. El premier Boris Johnson respondió el fin de semana a los resultados escoceses con una carta a Sturgeon en la que le recuerda que el Reino Unido está «mejor servido cuando trabajamos juntos» y pidiéndole que acepte un diálogo entre todas las partes.

En Escocia, donde viví e impartí clases durante varios años, en este momento el sentimiento más fuerte tiene menos que ver con la independencia y más con el efecto desastroso que ha tenido el Brexit en la economía. Probablemente haya más apoyo entre los escoceses para un regreso a la Unión Europea que para la separación de Inglaterra. De hecho, muchos escoceses apoyan la secesión precisamente porque creen que ofrece un camino de regreso a la UE.

La sombra del Brexit, seamos realistas, ha estado presente con mucha fuerza en estas elecciones. El primer ministro conservador Boris Johnson, quien en su día recurrió a la mentira para persuadir a los votantes británicos de que apoyaran el Brexit, ha utilizado también engaños para ganar las elecciones del jueves. Eso sí, lo ha logrado de forma notable. Las trágicas circunstancias de la pandemia le dieron toda la publicidad que necesitaba para desempeñar un papel inesperado como salvador del país. Y ha utilizado ese papel para promover los intereses de su clase social y de su partido.

El éxito de Johnson es excepcional. Nunca antes en la historia reciente de Gran Bretaña un partido en el Gobierno había aumentado su apoyo electoral en una época de crisis. Por lo general, en las elecciones que no son generales, la formación del Ejecutivo pierde escaños. Esta vez, al contrario, los de Boris Johnson han logrado notables victorias en algunos de los baluartes de la oposición.

Y le han asestado derrotas tan notables como la de arrebatarle el escaño que había en juego en la Cámara de los Comunes por la circunscripción de Hartlepool, considerado un feudo laborista desde hacía más de medio siglo. Johnson está logrando destruir, al menos por el momento, al Partido Laborista, que apenas había comenzado a recuperarse de las luchas internas durante los años en que fue dirigido por Jeremy Corbyn. Los resultados electorales tan devastadores ahora, apenas mitigados por el mantenimiento de la alcaldía de Londres, han conmocionado a los simpatizantes laboristas en todo el país y provocado ya otra guerra civil dentro del partido.

PERO el papel de Johnson va más allá. Critica al SNP por querer destrozar la unión, pero él mismo ha hecho más que cualquier otro político de los últimos dos siglos para dinamitar el Reino Unido. Los acuerdos del Brexit amenazan las economías de Irlanda del Norte, de las Islas del Canal o de Escocia. Y los resultados de estas elecciones no ofrecen ninguna solución a esta situación. Es posible que solo hayan acelerado un proceso que el hoy primer ministro inició cuando diseñó el Brexit: el colapso del Reino Unido.

No estoy exagerando. Muchos ciudadanos en Irlanda del Norte han comenzado a aceptar la posibilidad de la unión con la República de Irlanda como la respuesta más racional a sus problemas. En Gales, el Partido Laborista ha logrado mantener su mayoría, pero también allí se ha alzado la voz del conflicto. Escocia bien puede considerar que su papel en la valiosa industria del petróleo está mejor garantizado por la UE y el mercado europeo que por Inglaterra.

Y en la isla de Jersey, todavía hoy custodiada por los barcos militares de Johnson, sus moradores bien pueden tener en cuenta que Inglaterra no es su único hogar y que están físicamente más lejos de Inglaterra que de Francia, cuya lengua hablan y con quienes siempre han comerciado con entusiasmo antes del Brexit. De una forma u otra, las elecciones han garantizado que habrá una crisis constitucional post- Brexit en el Reino Unido.

Henry Kamen es historiador británico; su último libro es La Invención de España (Espasa, 2020).

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Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.

Lecciones y elecciones

El autor subraya que todos los partidos se pusieron de acuerdo para plantear la campaña madrileña en clave española pero ahora algunos no parecen querer valorar sus consecuencias en términos nacionales

LA PRIMERA reflexión que deberían hacer algunos de los participantes en la reciente campaña madrileña es que la superioridad moral en cualquier democracia reside en los votos y no en quien los pide. No hay no puede haber otra en una democracia liberal. La segunda, es que las lecciones en democracia las dan los votantes a los candidatos y no al contrario.

Digo esto porque, tras la victoria de Isabel Díaz Ayuso, han sido muchas las declaraciones de dirigentes orientadas no a hacer una lectura sobre las causas de los resultados y lo acertado o desacertado de sus estrategias electorales, sino a tratar de interpretar interesadamente o, incluso, reprender incomprensiblemente las tendencias de voto de los más de tres millones seiscientos mil ciudadanos que acudieron a las urnas el 4 de mayo.

Estos comicios, como casi todos, han tenido y seguirán teniendo muchas interpretaciones en próximas semanas, pero harán bien quienes nos gobiernan o nos representan en analizar las elecciones de los ciudadanos en lugar de tratar de darles lecciones por lo que votaron el día que fueron convocados.

Una de las lecturas que más interés pueden tener de cara al futuro es su efecto en la política nacional. Porque es indudable que la mayoría de los partidos han buscado intencionadamente otorgar una dimensión española a estos comicios madrileños. La candidata del Partido Popular lanzó su candidatura como una confrontación directa con Pedro Sánchez, mientras Moncloa prácticamente ha dirigido la campaña de Ángel Gabilondo, con una intensa participación de los ministros y del propio presidente. Por si eso no hubiera sido suficiente, un vicepresidente acabó y nunca mejor dicho de candidato de Unidas Podemos; Ciudadanos situó como cabeza de cartel a su portavoz en el Congreso de los Diputados y Santiago Abascal ha figurado como el jefe de campaña de Vox.

Todos se pusieron de acuerdo en nacionalizar la campaña, pero ahora no parecen estarlo para valorar, en términos nacionales, sus consecuencias. Cada cual está haciendo la interpretación que le conviene, unos para evitar reconocer que el Gobierno de España está desgastando a quien lo lidera mucho más de lo que parecía; mientras que otros pretenden presentar como una ola imparable lo que, por ahora, es sólo una gota de gran tamaño, eso sí en el océano. Olvidan, unos y otros, que la verdadera clave de la repercusión nacional de las elecciones en Madrid dependerá del aprendizaje que cada partido saque de ellas.

Algunas de esas enseñanzas son claras. La primera, que no se han producido grandes movimientos entre bloques y sigue primando la división entre los votantes de una y otra parte del tablero político. Si bien Díaz Ayuso parece haber sabido convencer a cierta parte del electorado socialista desencantado, no se puede determinar si es fruto de la capacidad atractiva de la candidata o el inicio de una tendencia que pueda continuar de forma sostenida.

La segunda evidencia es que dentro de los bloques ideológicos sí se han producido movimientos importantes. Por un lado, el PP ha sabido construir un proyecto político en el que se ha sentido representada la mayor parte de los votantes del centroderecha, con dos consecuencias directas: recoger los apoyos que ha dejado escapar Ciudadanos tras las decisiones adoptadas en los últimos años; y frenar la capacidad de ascenso que Vox venía demostrando en las encuestas y, sobre todo, en las últimas elecciones catalanas. Por el contrario, el PSOE no sólo ha perdido una tercera parte de los representantes obtenidos en las elecciones de hace dos años sino que, además, ha cedido el liderazgo del bloque de la izquierda a Más Madrid. Unidas Podemos ha certificado el agotamiento de su planteamiento antisistema institucionalizado, cuya mejor demostración es el abandono de su líder y fundador, Pablo Iglesias.

En fin, algo se mueve en el centroderecha hacia un mayor aglutinamiento en torno al PP, mientras que el voto de la izquierda se disgrega sin que el PSOE sea capaz de atraer a la inmensa mayoría de estos electores. En unas elecciones con una sola circunscripción este hecho tiene una importancia relativa, pero si continuara esta tendencia hasta la celebración de las próximas generales, en las que la dispersión del voto sí tiene coste en escaños, este hecho adquiriría una trascendencia muy distinta.

Lo que sí se ha movido ya es la nueva política y parece que hacia la puerta de salida. Los dos creadores de ese término y de los partidos en que se sustentó han pasado a esa historia política española que intentaron cambiar y que, al final, les acabó cambiando a ellos. Lo fácil ahora es interpretar que el 4 de mayo supone el inicio de un retorno al bipartidismo, como lo fue en su día vaticinar que había desaparecido para siempre.

En cualquier caso, parece que falta tiempo para unas elecciones generales quizá, ésa es la primera consecuencia nacional de las elecciones madrileñas. Y, hasta que se celebren, tenemos por delante una convocatoria en Andalucía, cuyo adelanto está en boca de todos pero sólo en la mano de Juanma Moreno; unas primarias del PSOE en esa comunidad autónoma que harán correr ríos, como mínimo de tinta; y una investidura que se votará en el Parlament de Cataluña y se decidirá lamentablemente en un chalé de Waterloo con efectos muy directos en el Congreso de los Diputados. Sin olvidar las dos citas clave que suponen el congreso federal del PSOE y la convención nacional del PP. Y, por encima de todo, la gestión de la crisis sanitaria después del estado de alarma, así como de sus consecuencias económicas que sí están teniendo repercusión en la calidad de vida de los españoles y las tendrán en el futuro político del país.

La única conclusión indiscutible de las elecciones en Madrid es que el Partido Popular ha mantenido un Gobierno, el PSOE ha perdido una oportunidad, Ciudadanos lo poco que le quedaba y Podemos a su líder. Todo lo demás está por decidir. Y dependerá, sobre todo, de las lecciones que cada uno sea capaz de encontrar en estas elecciones.

José Luis Ayllón es director de contexto político en LLYC.

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El principio del fin de Pedro Sánchez

La alarma es Sánchez

  • Tiene a los españoles, a las autonomías, a la economía, incluso a su propio partido alarmados. Porque la alarma es él

Miquel Giménez en Vozpópuli, 120521

No se me ocurre ningún aspecto de la vida española que no se sienta alarmado por ese maniquí de grandes almacenes con sonrisa de cartón piedra llamado Pedro Sánchez. Como quien habla en clave de profecía,  dice que hablar de estado de alarma es hacerlo del pasado y que ahora toca el futuro. Su futuro. Él sabe cuándo sí y cuando no se debe alarmar el sano pueblo español, cuándo debe tomar las riendas su gobierno, haciendo tascar el freno al tiro de caballos, y cuándo hay que dejar que el carromato vaya a su libre albedrío a merced del galope de los equinos.

Como todo esto es tan cierto como verídico, que diría el clásico, resulta difícil creer que abandonar a su destino a todo un país lo pueda hacer alguien con un mínimo, no ya de ética, sino de cordura. El poder judicial está atónito, y así me lo han confirmado varios miembros de éste. Hablo de magistrados de muy arriba. “Sánchez quiere que hagamos de legisladores y eso no es confundir la separación de poderes, es estar mal de la cabeza”, me decía una togada de enorme reputación, asustada ante lo que ya podemos denominar el absentismo político mayor de todos los tiempos en la historia europea.

Sánchez le ha pasado la patata caliente del post estado de alarma a los gobiernos autonómicos, a los jueces, a los propietarios de bares, al turismo, en definitiva, a la gente. Con poner las imágenes adecuadas en su televisión con una panda de niñatos bebiendo y sin mascarilla – la generación mejor preparada nos decían, recuerden – y hacer salir haciendo de Tristón al tal Fernando Simón, el hombre que más ha mentido en nombre del gobierno, es suficiente.

Sánchez no se moja. Sánchez no asume responsabilidades. Sánchez no contesta a la prensa. Sánchez no da por recibido el aviso de Madrid. Sánchez no se inmuta ante los ataques de correligionarios o socios. Sánchez está por encima de todo y de todos, es inalcanzable en la cúspide de la pirámide que para él levantaron en su día Soros, comunistas y separatistas.

Sánchez es, sin duda alguna, quien siembra la alarma entre propios y extraños, mucho más que la pandemia y la crisis, porque de ambas cosas se puede salir con inteligencia, tesón, disciplina, ciencia y sentido común. Nada que tenga que ver con el ocupante de la Moncloa ni con su arrogancia de guapo de baile de tercera regional. 

Uno se pregunta qué le moverá realmente, qué pensará, qué resorte hará que vibre, siquiera un poquito, su corazón y no encuentro nada que no sea su misma persona, su reflejo en el espejo, su desproporcionada egolatría. Sánchez no tiene nada que decirle a nadie porque solo le habla a Sánchez ni quiere preocuparse de ninguna otra cosa que no sea Sánchez. He llegado a la conclusión de que no es que sea el peor político de nuestra democracia, es que ni siquiera es un político.

Se nos coló de rondón un megalómano, un Nerón de pacotilla, un César de cartulina al que muchos dieron por alguien sincero y fresco, alguien que podía regenerar un viejo PSOE al que se tildaba de apolillado. Eran aquellos tiempos, recuerden, en los que Pérez Rubalcaba venía a ser poco menos que la momia de Ramsés rediviva y Felipe González un abuelito que chocheaba. Ferraz se había convertido en el museo de cera de Madame Tussauds con Guerra, Leguina, Ibarra,

Corcuera o Redondo Terrenos convertidos en meras estatuas criando polvo. Sánchez era lo joven, la voz de la militancia, los aires de futuro que algunos estrategas de Monopoly intuían en los Podemos y Ciudadanos de turno. Y la metieron hasta el corvejón. Porque un partido con sentido de Estado ni se improvisa ni se dirige a base de consignas de vendedor de altramuces ni está capacitado para el Gobierno de la nación con tan solo una pléyade de señoras farfulladoras, señores con el palillo en la comisura de los labios y demás elementos propios de una película de Torrente.

En Europa lo han visto venir y por eso mantienen las luces rojas encendidas. La alarma real es Sánchez, son sus ministros, su partido. De ahí que este hombre, incapaz de albergar el menor sentimiento hacia nadie, no dude en prescindir ahora de Iglesias -algún día sabremos qué ha habido detrás del harakiri más colosal de la política española– como no ha dudado en deshacerse de Gabilondo o Franco.

El socialista, no el otro. Y si mañana tuviese que cambiar íntegramente todo el gobierno que nadie dude que lo haría. Sánchez no cree digno de ser preservado nada que no sean sus omnipotentes glúteos. Ni la integridad de España, ni su justicia, ni su economía, ni la sanidad, ni el prestigio de la nación, nada es tan necesario ni tan vital como su persona, como él mismo.

No soy médico ni puedo, por tanto, efectuar un diagnóstico. Si sé, en cambio, que esto no es normal. Por eso Sánchez me alarma, por eso nos alarma, por eso alarma a todo ser con un mínimo de sentido común. Por eso la alarma es Sánchez.

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Ilustración de Eulogia Merle [Argentina, 1979] para el texto

Pacto de Estado o elecciones

  • Solo un gran acuerdo con el Partido Popular para administrar la recuperación frenaría la degradación del Gobierno y la creciente desafección ciudadana que hacen insostenible la coalición

Antonio Caño en El País, 120521

La extrema polarización que Donald Trump provocó en Estados Unidos para alcanzar el poder le garantizó la fidelidad ciega de una parte del electorado, pero convirtió al Partido Republicano y casi toda la derecha norteamericana en un nicho ideológico cerrado, sectario, refractario a las verdaderas preocupaciones de la mayoría de los ciudadanos e inflexible y estéril a la hora de gestionar y gobernar.

Fue suficiente la llegada de una crisis como la pandemia de coronavirus para dejar en evidencia su incompetencia y bastó la victoria de un hombre empático y prudente para que el país recuperase enseguida dinamismo y confianza.

Se han buscado muchas comparaciones con Trump en la política española, especialmente durante la reciente campaña para las elecciones en la Comunidad de Madrid, pero lo más parecido al trumpismo que se ha visto en nuestro país es lo ocurrido con la izquierda en los últimos tres años, sobre todo si se tiene en cuenta lo más importante que Trump representa: la demagogia, el fanatismo y el intento de crear una realidad alternativa y distinta a la que los ciudadanos reconocen de forma espontánea y voluntaria.

Los resultados de Madrid muestran con rotunda claridad el divorcio entre esa izquierda —la de los niñes y los fascistas— y los electores. Encuestas posteriores empiezan a demostrar, como era previsible, que ese fenómeno no se circunscribe a la comunidad madrileña. Los dos principales partidos de la izquierda fueron derrotados: el PSOE, de forma aplastante, pero también Podemos, en la medida en que la estrambótica maniobra de su líder apenas sirvió para llevar a su partido de la ruina a la miseria.

El fracaso de ambos supone también el fracaso de la coalición en la que se sostiene el Gobierno de la nación. Esa coalición, frágil y artificial desde su precipitado nacimiento, resulta hoy insostenible. Rechazada en las urnas, cuestionada en los sondeos, esa alianza es incapaz de otorgar a España la estabilidad que se requiere para hacer frente a los gigantescos desafíos en el horizonte, muy especialmente a la gestión de los fondos europeos. Más aún, cuando esa coalición requiere para legislar del apoyo de una amalgama de fuerzas anticonstitucionales cuya presencia en el entorno gubernamental contribuye a acentuar la impopularidad e inoperatividad del Ejecutivo.

Si el Gobierno insiste en el uso de los fondos europeos como un arma ideológica o electoral no sólo privará a nuestro país de una oportunidad única para el progreso económico y social, sino que agudizará la división y el enfrentamiento interno. La gestión patriótica de esos fondos debería de ser, junto al todavía incierto final de la pandemia y el combate contra el desempleo, motivos suficientes para animar al Gobierno a negociar un gran pacto de Estado con el Partido Popular, refrendado como el principal grupo de la oposición.

De paso, se puede tratar de presentar un proyecto constitucional común frente al independentismo en Cataluña. Sólo una iniciativa de ese tipo puede devolvernos la serenidad y unidad que el país necesita en las circunstancias actuales y evitar unas elecciones anticipadas que prolongarían el clima político infame que hemos sufrido durante la campaña de Madrid. Las elecciones deberían de ser un último recurso, pero serán inevitables si el Gobierno pretende mirar hacia otro lado y ganar tiempo mientras llegan el calor y los cheques de Bruselas.

Los primeros pasos dados tras los resultados en Madrid no inducen, sin embargo, al optimismo. Tras insultar a los electores —otro gesto de arrogancia trumpista—, el Gobierno se ha dedicado a engrasar las piezas del Frankenstein, con la absurda esperanza de que la sustitución de un impopular vicepresidente por una mujer más simpática, pero de la misma ideología, será suficiente para mantener al engendro con vida un par de años más, sin querer reparar en el hecho de que es toda la mayoría de la moción de censura, con su presidente a la cabeza, la que en este momento encuentra la desaprobación de los españoles.

Tampoco ayuda la personalidad de los protagonistas de este enredo. Tan obstinado en el error como en la conquista del éxito, el jefe del Gobierno prefiere sumir al país en el caos legislativo que ha sucedido a la conclusión del estado de alarma antes que reconocerle una buena idea al PP.

Cabe todavía desear que un golpe de lucidez o los buenos consejos de nuestros socios europeos reconduzcan a nuestras principales fuerzas políticas hacia el pacto necesario.

Si se quiere observar todo desde la perspectiva de la rentabilidad electoral, una rectificación en esa línea sería también la única jugada eficaz en manos del Gobierno para frenar una pérdida de popularidad que, de lo contrario, seguirá en aumento cada día. Este Gobierno —o esta forma de gobernar, sin un proyecto con el que pueda identificarse una mayoría de ciudadanos— ha fracasado ya y sólo queda la ratificación sucesiva de ese fracaso en las urnas.

Si no se produce ese gran pacto de Estado, el país se irá arrastrando malamente hasta nuevas elecciones, que llegarán por supuesto cuando las fuerzas involucradas consideren que es la mejor oportunidad, pero que será antes de lo previsto, quizá mucho antes.

En las circunstancias actuales, el presidente del Gobierno no controla esos tiempos. Su socio de coalición, que nunca le ha sido leal, romperá la baraja cuando recupere algo de oxígeno, y lo hará de forma dramática, culpando al PSOE de haber traicionado los principios de la mayoría de la moción de censura. El resto de los componentes de aquel conglomerado tirará cada cual por su camino en función de los intereses del momento. Ni siquiera se puede descartar que alguno de ellos, según lo que digan las encuestas, vuelva a mirar hacia el PP.

En suma, si un milagro no lo remedia, seguiremos con la disfunción política vivida en los últimos años, con la diferencia de que el protagonismo del Partido Popular será mucho mayor, aún no sabemos si como fuerza moderada o como un relevo desde la derecha a la dinámica de la polarización.

Hoy está la izquierda en el poder y es, por tanto, a la izquierda a quien le corresponde la responsabilidad principal de poner fin a esta deriva. El PSOE puede haber cometido en el pasado muchos errores en la tarea de gobernar, pero nunca ha renunciado a sus obligaciones como partido de Estado. Aquellos nuevos socialistas que dicen ahora con displicencia que “escuchan a sus mayores” harían bien, en efecto, en estudiar cómo sus compañeros en el pasado supieron poner los intereses de la nación por encima de cualquier otro. Es improbable que ocurra.

Para ello se requiere un debate interno del que el PSOE de hoy, rendido a su líder —otro signo trumpista— carece. Sin embargo, debería de ocurrir. Cualquier democracia moderna necesita una izquierda abierta, conectada con los ciudadanos, especialmente los menos favorecidos, una izquierda no dogmática, tolerante, progresista, humilde, respetuosa del adversario.

Esa izquierda no es garantía de que la derecha no vuelva a gobernar jamás. Ni debe serlo. La razón de ser de la izquierda no es acabar con la derecha. Pero esa izquierda sí es garantía de que cuando el Partido Popular regrese al Gobierno, lo que ocurrirá más temprano que tarde, millones de ciudadanos se sentirán igualmente representados y protegidos.

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La literatura al detalle de doña Emilia Pardo Bazán

Abc, 13 de mayo de 1921

prendiz de helenista

En el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán, nos honramos publicando el último artículo escrito por nuestra insigne colaboradora, quien al escribirlo hace muy pocos días no pudo imaginar que sería su obra póstuma. ABC, (13-V-1921)

Emilia Pardo Bazán en Abc, 13051921

Ya que por el propósito de erigirle otro monumento en Madrid (el primero álzase en Cabra, villa natal de D. Juan Valera) ha venido a ser de actualidad el autor de Pepita Jiménez, recordémosle, sin entrar en el análisis detenido de sus obras, aquí imposible.

Ha sido calificado D. Juan Valera de «clásico» y de «clasicista», que no es lo mismo. Como todo el que maneja y domina un idioma enriqueciéndolo, D. Juan Valera puede pretender justamente que se le llame «un clásico» del habla; y por la misma razón debemos considerar clásicos no únicamente a los del siglo de oro, sino hasta los románticos y naturalistas de antes y después de D. Juan, porque entre ellos abundan los que prestaron servicios a nuestra lengua; y nadie en tal concepto más clásico que Zorrilla, con su trova y su española capa.

Sería muy difícil calcular la cuantía de méritos que, como hablistas, han contraído los escritores que precedieron y siguieron a D. Juan Valera o fueron sus contemporáneos. Unos han sostenido la retórica tradicional, han cultivado el arcaísmo tan de moda hacia 1880; otros han renovado los estilos y los procedimientos, dando al idioma libertad, soltura, variedad, flexibilidad, insinuación sutil, colorido, gracia popular, ¡tantas y tantas cualidades que rata vez se hallarán reunidas en un escritor! No debemos reconocer a un clásico solamente en que retrocede hacia los surgideros del estilismo, y no en quien, al filo de la corriente, baña en los remansos claros de lo actual.

Clasicista si lo fue D. Juan Valera, y mientras el romanticismo efervescencia, y después, cuando el realismo naturalista dominó en bastantes géneros literarios, puede asegurarse que se mantuvo D. Juan en la misma posición de espíritu contra ambos movimientos, apareciendo como superviviente del siglo XVII, que, desde el advenimiento de la dinastía francesa, fue clásico, y sufrió una desviación bien conocida, teniendo que transcurrir más de una centuria y desarrollarse graves acontecimientos para reintegrar a España en sus verdaderas tendencias el romanticismo y el realismo.

Esta misma dualidad que había de observarse en las letras (afrancesadas hasta en los románticos más extremosos), pudo existir en D. Juan Valera; pero conviene declarar que su clasicismo aunque de igual origen que el de un Luzán o un Moratín padre, muestra siempre una condición que basta a diferenciarle totalmente de sus predecesores: D. Juan es un humanista y un pagano; su ideal es Grecia, no Francia. Esto le imprime un sello especial, que produce a cada momento brotes de españolismo y hasta de localismo andaluz.

Algo, no obstante, de lo más esencialmente hispánico había sido arrancado de aquel alma; algo cuya falta fue notándose más según avanzaban los años. Para darse cuenta de la formación mental y psíquica de don Juan Valera, que es un heleno a lo Andrés Chenier, aunque le falte el fanatismo político, importa recordar lo que precedió, y darse cuenta de que no influyó en él ni el renacimiento sentimental y religioso que va envuelto en el romanticismo, ni siquiera la pasión revolucionaria y regeneradora de afrancesados como Lassa y cabezas calientes como Espronceda. Valera, que llega más tarde, ha visto la esterilidad de las luchas políticas.

Gusta de la belleza y de la sabiduría. Lo demás, «chirimbolos». Figura entre los liberales, como pudieran haberle afiliado entre los «moderados», a imitación de Campoamor.

Pudiera llamársele a D. Juan el último clasicista, sino el último humanista. Su cultura tenía ese carácter, más señalado por lo mismo que hoy los estudios de humanidades no se practican o se practican bien poco. Lo primero que yo leí de D. Juan fue una traducción directa del griego, «por un aprendiz de helenista» rezaba modestamente la portada. Me pareció una égloga encantadora, adaptada por un enamorado de la antigüedad eternamente joven; un idilio de la Antología, extendido a novela.

Lo preferí al de Amyot, que no perdona crudeza original. Y más tarde, Pepita Jiménez vino a confirmar mi impresión gratísima: desde el primer momento, Valera se colocaba entre los mejores novelistas, al frente, con una fábula de amor juvenil, que, mérito mayor aún, abría los horizontes españolistas de la mística y de la filosofía platónica, al través de la elegancia horaciana.

Siendo Valera un admirador consciente de Goethe, había en Pepita Jiménez algo que recordaba el episodio de Fausto y Helena: el abrazo del paganismo al ideal cristiano. Pepita Jiménez fue la cumbre de la vida literaria de Valera. No volverán a estar nunca las estrellas para él, en tan feliz conjunción, aunque otras ficciones tan interesantes como Doña Luz, Pasarse de listo, Morsamor, vayan brotando de la infatigable pluma.

Hay algo que será preciso llamar inspiración y que engendra la obra maestra singular. El abate Prevost, que tantos libros dio a la Prensa, vive por uno: por la historia también amorosa y juvenil de Manón.

El dictado de «último humanista» pudiera disputárselo a Valera Menéndez y Pelayo. Coinciden ambos en algo que demuestra la fuerza de las circunstancias, esa sorda y pujante acción de lo externo, que tuerce, en tantos aspectos, la línea de la vida. No habían nacido Valera ni el ilustre montañés para vulgarizadores sino para las tareas pertinaces, calmosas, ahincadas de la erudición.

Y, sin embargo, ¿cómo no incluir entre las labores de alta vulgarización, digámoslo así, la Historia de las ideas estéticas, y en otro terreno, el científico, la comenzada refundición de los Heterodoxos? Faena vulgarizadora fue la mayor parte de la crítica de D. Juan en las brillantes polémicas y en las impugnaciones donosas. Se engañaría quien supusiera que es fácil vulgarizar así. Los vulgares no saben cómo se vulgariza.

Estos dos sabios, estos dos ingenios españoles, pudieron legarnos una historia de la literatura castellana digna de tal nombre, y acaso si Menéndez y Pelayo vive algunos años más la poseeríamos: yo no hablé con él una vez sola que no le recordase tal obligación, a la cual contestaba que los materiales iba allegándolos, en los prólogos a la Antología de poetas castellanos. Valera daba otras excusas: la falta de tiempo, la dificultad, en nuestra época, de empresas tan monumentales.

Así, la crítica de Valera bien puede afirmarse que, desde sus primeros estudios, no sufrió radical transformación. Últimamente era muy benigno, más por escepticismo que por otra cosa. Sobre todo con los escritores americanos.

Fue esta una de las razones por las cuales su conversación iba siendo aún más educadora que sus artículos. Don Juan, en la libertad de la confianza, hablaba con gracia y malicia erudita, con fuego cuando se discutían cuestiones estéticas, y si bien rara vez estábamos de acuerdo (véase el libro que publicó sobre El nuevo arte de hacer novelas), yo le escuchaba con encanto, a la luz de su mente me parecía ver todo más claro y como de realce.

Este goce de la conversación es de los que van desapareciendo en la infausta época presente, y yo procuré no desperdiciarlo, acudí siempre que me era posible a la reducida tertulia de la Cuesta de Santo Domingo, donde ni se murmuraba, ni se cotorreaba de política, pero donde casi nos arañábamos a propósito de un libro, de un verso, de un drama reciente. Al empezar la sesión, D. Juan aparecía recostado en su poltrona, caída la cabeza sobre el pecho, en postura de fatiga.

Apenas se iniciaba la polémica, iba reanimándose: enderezaba el cuello, prestaba atención, intervenía. Poco a poco se galvanizaba; la sonrisa jugaba su semblante de amplios rasgos; se apasionaba, alzaba la voz, se levantaba, andaba a largos trancos por el aposento; a veces se indignaba sin perder nunca el compás de la buena educación. Y esto sucedía cuando ya no tenían vista sus ojos.

La resignación con que le vi sufrir la ceguera me impresionaba: le llamaré, más que resignación, estoicismo. Don Juan, hombre de sociedad, refinado a su hora, tenía el fondo estoico de la gente ibera. Nunca le oí quejarse; nunca buscó la conmiseración de los demás. Ni la vista, ni creo que la vida, tembló perder. Cuando escribió su discurso postrero, y se lo alabaron murmuró serenamente: «Muy bueno será; pero huele a apoplejía». Y, en efecto, muy poco tardó en fulminarle el mal.

Acaso fuese más cruel castigo la ceguera, pues tuvo tiempo de sentirlo y sufrirlo. Para los que han amado la lectura, el golosear las bibliotecas, aquí cojo y aquí dejo un volumen catando y empapándose en ese río sin fin de la inteligencia humana, no poder leer es un suplicio. Por diestro que sea un lector, no substituye a la impresión directa.

No he querido hacer memoria de las ideas cerradamente antifeministas de D. Juan. No era en este particular helenista, sino semita puro, y le sentaría bien el jaique moruno y al cinto la gumía. Juzgué este modo de pensar, llevado al extremo a que él lo llevaba, una pared que se erguía entre su mentalidad y todo el sentir moderno.

Las razones que alegaba en defensa de su criterio restrictivo, extraño en quien había residido bastante tiempo en los Estados Unidos de Norteamérica se asemejaban a las que quiso sugerir en el chascarrillo del «fraile forastero». Creía tal vez, como buen pagano, que las líneas y los contornos del cuerpo condicionan irremisiblemente el espíritu, y que son mujeres y son hombres todos los que revisten la forma de tales.

Seamos justos: D. Juan no ocultaba su manera de pensar respecto a la mujer y no pocos piensan más desdeñosamente aún y no lo confesarían, por no parecer atrasados ni anticuados.

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