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Gamberrismo de fin de semanac

Carta de Martina Pellejero Cuéllar [Zaragoza] a ladirectora de ElL País, 171021

No hay fiestas ni fines de semana sin botellones, sin agresiones sexuales, sin detenciones y sin actos vandálicos. Es como si nos encontrásemos en un país incivilizado. Está sucediendo también en las que se llaman “no fiestas” del Pilar que el ayuntamiento de Zaragoza quiere disfrazar de Semana Cultural del Pilar.

¿Qué cultura hay en las borracheras, en las agresiones, en los actos vandálicos? Siempre se nos dice que se trata de una minoría que se aprovecha de las aglomeraciones para desatar su incivismo, pero es que esa minoría cunde mucho y va en aumento.

Lo hemos visto asimismo en las Fiestas de la Merced de Barcelona y en los fines de semana en Madrid y en otras ciudades. Causa temor pensar en lo que pueda suceder cuando las restricciones desaparezcan y se establezca de nuevo la libertad de horarios y reuniones. Estos desórdenes callejeros y nocturnos no se producen por reivindicaciones sociales sino por puro gamberrismo y esto es lo más preocupante.

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El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

Revista de Prensa

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Efe

Es sanchismo, no socialdemocracia

Lo que Sánchez reivindica no se compadece con lo que hace

Editorial de El Mundo, 181021

PIERDEN las palabras su significado de puro manoseo. En el mitin con el que Pedro Sánchez cerró ayer el 40 Congreso Federal del PSOE repitió tantas veces el término «socialdemocracia» que, más allá de resultar reiterativo, decepcionó por lo insustancial de un discurso vacío como un cascarón.

Carece de otro horizonte que no sea evitar su desalojo de La Moncloa. Y, alarmado por unas encuestas que pintan bastos, el presidente, que no se mantiene fiel ni a sí mismo, intenta ahora enterrar públicamente el sanchismo y pregona una vuelta a la socialdemocracia clásica, esto es, a ese espacio tan desgastado que es el centro.

Y, así, a Sánchez se le llenó la boca proclamándose un eslabón más en esa cadena donde tanto peso tienen aún legados como el de Felipe González. El sanchismo de pronto quiere mimetizarse con sus mayores y ya no reivindica la vuelta a la izquierda como hace unos años, para distanciarse justamente de la socialdemocracia de siempre, sino que la abraza con el entusiasmo enfermizo de los conversos exaltados.

Pero los españoles ya no estamos para engañabobos. El sanchismo no ha muerto, solo busca agazaparse. Y al discurso melifluo del presidente cabe contraponer los hechos.

Para empezar, no es baladí que este 40º congreso del PSOE, que se ha cerrado sin ningún tipo de debate interno y sin abordar las cuestiones que hoy más preocupan a los ciudadanos como si escamotear el estratosférico precio de la luz o la negociación con los separatistas hiciera que la realidad no existiera, haya servido para reforzar al actual hombre fuerte de Sánchez, el ministro Bolaños, como nuevo responsable de una inquietante Secretaría de Reforma Constitucional.

Aunque hasta hace bien poco era un auténtico desconocido para el público, el hoy titular de Presidencia ha sido el gran fontanero del sanchismo, muñidor de operaciones tan propagandísticas como la retirada de los restos de Franco del Valle de los Caídos y de otras tan graves y humillantes como la negociación en términos de bilateralidad con el golpismo independentista catalán.

Hoy, cuando tanto el PSOE necesita recuperar oxígeno como sus socios de ERC ganar tiempo, no tranquiliza este nuevo encargo de reforma constitucional de Sánchez a su valido, que se antoja una nueva argucia con la que tratar de satisfacer al voraz nacionalismo para intentar mantener a la desesperada el sillón monclovita.

Tampoco mencionó ayer el presidente a Podemos. Ni a otros sostenes del Gobierno como los herederos de ETA. Ni por supuesto a cuestiones como la calamitosa situación de nuestras arcas públicas, con la deuda y el déficit desbocados.

Y debieron removerse los socialdemócratas de verdad escuchando a Sánchez, cuando su proyecto está tan lejos de la justicia social que proclama, como se comprueba a diario por ejemplo con el hachazo fiscal que repercute en las clases medias y bajas, o cuando se pisotean principios como el de la igualdad de todos los españoles para primar en este caso al secesionismo felón.

Declaraba Felipe González el sábado su «lealtad con un proyecto político que encabecé durante 23 años y que ahora encabezas tú», dirigiéndose al presidente. Lo que ocurre, sencillamente, es que aquel proyecto nada tiene que ver con el actual.

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LPO
Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España,, 1957], para el texto

 

Radicalismo y Segunda República

Gabriel Tortella en El Mundo, 181021

N UN ARTÍCULO anterior sostuve que la proclamación de la II República se debió más al empuje de fuerzas profundas impersonales económico-sociales que a los múltiples errores cometidos por la clase política. Yo quisiera hoy reflexionar acerca de las causas del hundimiento en el verano de 1936 del régimen constituido por aclamación popular poco más de cinco años antes.

Las fuerzas sociales de extrema izquierda formadas al calor del crecimiento económico que tuvo lugar durante el primer tercio del siglo XX por supuesto siguieron presentes en la política española durante la República, y fueron causa de constantes amenazas a la estabilidad del régimen.

Sabemos que estos grupos extremaron su actividad en los años que precedieron inmediatamente a la proclamación de la República, que fueron de fuerte contracción económica a causa de la crisis internacional de 1929, pero no está tan claro por qué persistieron en su ofensiva una vez instaurado aquel régimen.

Al fin y al cabo, la economía española se repuso moderadamente durante los años republicanos, gracias, en parte al menos, a una política económica bastante acertada de los gobiernos republicanos, tanto durante el primer bienio (izquierdista) como durante el segundo (conservador).

La política monetaria y fiscal del primer Gobierno republicano fue, aunque a trancas y barrancas, en su conjunto adecuada para contrarrestar los efectos de la Depresión. Las obras públicas y la expansión de la educación se llevaron a cabo tanto en el primer bienio como en el segundo. Uno de sus objetivos era mantener el nivel de empleo, ya que se estimó, según Azaña, que «el Tesoro no habría podido soportar […] el subsidio al paro forzoso».

Se logró también aumentar los salarios, sobre todo en el campo, y en conjunto la distribución de la renta se hizo más equitativa. No voy a hacer aquí un análisis económico de la República; trato, simplemente, de mostrar que renta y equidad aumentaron, lo cual permite poner en tela de juicio las razones comúnmente aducidas para justificar la continua rebeldía y violencia a que las organizaciones de extrema izquierda con tanta frecuencia sometieron a la población.

Una palabra más sobre la economía: España era entonces un país semidesarrollado, con un sector agrícola que ocupaba a la mayor parte de la población y estaba aquejado de baja productividad; aquí, junto con una muy desigual distribución de la tierra, radicaba gran parte del problema social. Era lógico que la reforma agraria figurara entre las prioridades de los republicanos.

Lo que no era lógico era esperar que tal reforma pudiera resolver los problemas a corto o incluso medio plazo. La solución definitiva era reducir fuertemente el tamaño del sector agrícola, absorbiendo la mano de obra sobrante la industria y los servicios. Esto finalmente ocurrió, durante la dictadura de Franco, pero el proceso duró varias décadas.

Además, la estructura de la propiedad en España era muy compleja (minifundio y latifundio) por razones históricas y tampoco esto podía resolverse en unos pocos años. Justificar la violencia campesina por la lentitud con la que se resolvía el problema, y atribuir tal lentitud a la ineficacia o mala fe de legisladores y funcionarios era, en el mejor de los casos, una estupidez.

Pero el problema no se limitó a la extrema izquierda. También los partidos con nutrida representación en las Cortes se comportaron de modo irresponsable. Los diarios de Azaña muestran que él se consideraba, si no propietario, sí albacea del régimen republicano, y que menospreciaba a todos los grupos a su derecha, especialmente a los monárquicos: los consideraba en conjunto unos parias políticos, que debían expiar las culpas que habían contraído durante la Monarquía.

Es elocuente el hecho de que Azaña, tras la victoria de la derecha en las elecciones de 1933, acudiera al primer ministro y al presidente para que anularan los resultados y convocaran nuevos comicios. Por supuesto, los conservadores frecuentemente justificaban tal descalificación con sus conspiraciones y conciliábulos.

Y es un hecho innegable y significativo que en poco más de cinco años la República celebrara tres elecciones generales, y soportara otros tantos golpes de Estado. Entretanto, la economía se recuperaba gradualmente. El problema no era económico: era político.

José Ortega y Gasset y Manuel Azaña son las personalidades más brillantes del período republicano. Sus figuras tienen mucho en común, pero también claras divergencias, que se fueron haciendo patentes a medida que se transcurría el tiempo y que simbolizan los problemas de la República.

Ambos estaban en torno a la cincuentena, y eran las mentes más lúcidas del período. Ortega, el intelectual indiscutido; Azaña, menos exitoso en ese campo, pero pronto convertido, como político carismático, en la encarnación del nuevo régimen. Ambos habían combatido a la dictadura y la Monarquía con todos sus recursos, Ortega sobre todo con la pluma, Azaña con las artes del político.

Había entre ellos respeto y admiración: incluso colaboraron en las Cortes. Ortega creó la llamada Agrupación al Servicio de la República con la crema de la intelectualidad. Pero pronto divergieron sus caminos: Ortega se alarmó ante el tono que adquiría la política republicana y ya en septiembre de 1931 publicó un artículo titulado Un aldabonazo que concluía con las famosas frases:

«No es esto, no es esto. La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo». Meses más tarde se reafirmó en otro artículo, Rectificación de la República. El título lo dice todo. Los hechos confirmaron su alarma. Al estallar la guerra, se exilió, amenazado por milicianos de izquierda.

En el segundo artículo decía Ortega lo siguiente: «Lo que no se comprende es que, habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón y descontento, desánimo; en suma, tristeza». Hoy no sorprende tanto este deterioro.

Parece una constante histórica española que los regímenes democráticos se inicien con gloria y alborozo, se vayan deteriorando, y terminen malamente. Así ocurrió con la Gloriosa Revolución de 1868, y con la II República. Durante este régimen, los partidos, en lugar de competir limpiamente por el poder, se enemistaron y sus relaciones se fueron agriando.

LA DERECHA civilizada mantuvo una ambigüedad calculada frente a la democracia, suscitando las descalificaciones de la izquierda. Ésta se radicalizó a partir de 1933, pasando, grosso modo, de la socialdemocracia al bolchevismo. Ambos bandos anunciaron que sólo respetarían los resultados de las elecciones si las ganaban.

El final lo conocemos demasiado bien. Refiriéndose ya a la Guerra Civil, Azaña escribió: «¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna… El cabilismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma». Pero esta situación venía ya de antes. Él mismo había incurrido en el cabilismo hispano que más tarde lamentaba.

No fue la crisis económica lo que hirió de muerte a la República, sino el radicalismo sectario de los partidos. Y yo me pregunto: ¿pasará con el régimen de 1978 lo que con nuestras anteriores experiencias democráticas? La concordia y el espíritu de la reconciliación nacional, propuesta hacía años por los comunistas, se impusieron tras el fin de la dictadura.

Se inició una vez más «un proyecto sugestivo de vida en común» (frase feliz de Ortega), que cristalizó en la Transición. Pero una generación más tarde, ya desde los inicios del siglo XXI, la creciente radicalización y discordia de los partidos amenaza con poner fin al régimen de 1978, y empujarnos a un salto en el vacío que no puede sino hundir al país.

No propongo una defensa numantina de lo existente, sino un programa de reformas sensatas basadas en acuerdos amplios. Exactamente lo contrario del radicalismo sectario que hoy se impone.

La actual alternativa a la concordia no es la Guerra Civil, por supuesto son otros tiempos, sino un continuo deterioro de la convivencia y la corrupción de las instituciones hasta degenerar en una falsa democracia de las que tantos ejemplos tenemos en nuestro derredor: Rusia, Bielorrusia, Turquía, o las múltiples versiones de tiranía populista pseudo-democrática que hay en América.

No nos deslicemos por la pendiente. No renunciemos a la concordia. Se requiere un toque de alarma, un nuevo aldabonazo. Menos memoria y más historia.

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor, con Gloria Quiroga, de La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (Marcial Pons), de inminente aparición.

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Foto: Tres banderas de la Unión Europea. (EFE)

Una socialdemocracia sin estabilidad ni centralidad

Editorial de El Español, 181021

Sanchismo ha sido una palabra más utilizada por la derecha y el centroderecha que por el propio socialismo. La ha utilizado Ciudadanos para señalar la distinción entre la socialdemocracia europea y el PSOE de Pedro Sánchez.

La ha utilizado el PP para ahondar en la brecha entre el viejo socialismo, el de Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba, y el nuevo socialismo de los pactos con ERC, Unidas Podemos y EH Bildu.

Y la ha utilizado Vox para negar las diferencias entre ambos y para ridiculizar la fe de aquellos que ponen esperanzas en el retorno del “viejo PSOE”.

Pero la realidad es que este 40º congreso del PSOE ha servido para cerrar definitivamente la brecha entre el sanchismo y ese viejo Partido Socialista.

Si Sánchez era un ente extraño que, como en La invasión de los ultracuerpos, amenazaba con absorber y suplantar al “verdadero” PSOE, este fin de semana se ha completado la fusión entre ambos. Sánchez ya forma parte de la historia del PSOE en la misma medida que González y José Luis Rodríguez Zapatero.

Centralidad y estabilidad

En su discurso, Sánchez se atribuyó la condición de heredero ideológico del PSOE de González y de Zapatero, y se reivindicó como garante de una socialdemocracia a la que atribuyó dos rasgos de personalidad esenciales: la centralidad y la estabilidad.

En la afirmación de Sánchez había una verdad y una mentira. La verdad es que la centralidad y la estabilidad son, efectivamente, dos de los principales rasgos de la socialdemocracia.

La mentira es que la centralidad y la estabilidad sean características que quepa atribuir a la acción de gobierno de Sánchez. Una acción de gobierno que se ha caracterizado más bien por sus alianzas con partidos populistas y radicales, y por unas políticas más propias de esos partidos que de la socialdemocracia europea.

Una socialdemocracia de la que es emblema el SPD, el Partido Socialdemócrata Alemán. Una formación que ha gobernado en coalición con los democristianos de Angela Merkel, que ha sido garante de la ortodoxia económica alemana, y que si de algo ha huido es de los radicalismos de partidos como Die Linke.

El SPD, sin duda alguna, habría pactado con Ciudadanos tras las elecciones de abril de 2019, y con el PP tras las de noviembre del mismo año. El SPD tampoco habría indultado a los golpistas catalanes o pactado con ellos una moción de censura.

¿Qué estabilidad, en fin, puede dar un gobierno que cabalga a lomos de 120 escasos escaños y que depende de partidos nacionalistas o extremistas para su supervivencia?

¿Que se ve obligado a negociar cada ley con una panoplia de formaciones que exigen contraprestaciones inaceptables a cambio de su escaso puñado de votos?

¿Que convierten la labor parlamentaria en un extenuante y eterno mercadeo de concesiones?

¿Que distorsionan la acción de gobierno hasta que cualquier semejanza de esta con el programa electoral original es, como dicen los créditos cinematográficos, pura coincidencia?

Reforma constitucional

El resultado del 40º congreso del PSOE ha sido, sin embargo, netamente positivo para un Pedro Sánchez que ha logrado incluso dejar en evidencia, a fuerza de abrazos, la soledad de un Felipe González muy soberbio que vio como José Luis Rodríguez Zapatero era mucho más aplaudido por los asistentes que él.

Sánchez ha recuperado, al menos mientras goce del favor de las urnas y reine en la Moncloa, la unidad del PSOE, borrando las fronteras que separaban al sanchismo del felipismo o el zapaterismo.

Y lo ha hecho enarbolando una palabra mágica (socialdemocracia) que es la verdadera ideología hegemónica en España. Socialdemócrata decía ser la UCD. Socialdemócrata fue el viaje al centro del PP de José María Aznar tras la reunificación de las derechas. Y de socialdemócrata se acusó a Mariano Rajoy por unas políticas que el PSOE habría firmado si estas no hubieran sido rubricadas por su rival político.

Impostada o real, la unidad del PSOE en torno a su secretario general es ya un hecho. El problema lo tiene ahora Pablo Casado, finiquitado el argumento de que el PP estaría dispuesto a pactar con el PSOE, pero no con Pedro Sánchez. Porque ambos son ya lo mismo y Sánchez ha empujado a los populares desde el centro hacia Vox.

Un último apunte. Es ya tradición la capacidad de Sánchez para apoderarse de la iniciativa en el debate político. La reforma de la Constitución, que Sánchez ha encargado a Félix Bolaños, es un nuevo ejemplo de ello. Esa, y no otra, es el arma que Sánchez utilizará para llegar como presidente hasta 2027: la de una Constitución que consagre lo que él llama “nuevos derechos” y que vuelva a coger con el paso cambiado al PP.

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congreso zapatero sanchez felipe
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez junto a los expresidentes Rodriguez Zapatero y Felipe Gonzalez. EFE

El congreso era una falla

  • Lo visto en Valencia no deja lugar a dudas. El congreso socialista ha sido una falla

Miquel Giménez en Vozpópuli, 181021

De ahora en adelante, cuando algún socialista de cargo y relumbrón o perteneciente a las épocas en que socialismo y decencia no tenían por qué ser conceptos antagónicos nos diga que le preocupa tal o cual cosa hecha por Sánchez les ruego que lo envíen al guano.

Cordialmente, educadamente, con simpatía, pero al guano, al profundo guano, al maloliente y nauseabundo guano, el único lugar al que es posible enviar a esa tropa de pancistas cobardones. Todo ese ir y venir de los últimos meses, esas indignaciones de señoritas decimonónicas tomando té, esos gestos pretendidamente admonitorios tipo “Ay como vaya y te pille“, se han quedado en nada.

Todos los barones socialistas, incluso esos a los que algunos califican como gente con sentido del estado, han callado como puertas y nadie se ha atrevido a decirle ni mú a Sánchez. Ni Guerra ni nadie de la vieja guardia. Y de Felipe qué les voy a contar.

Ha acudido con ese aire de abuelito sensato para sancionar con sus palabras y presencia lo peor que ha tenido el socialismo en estos últimos años. Normal en un movimiento caudillista que nos ha pretendido vender como congreso lo que no ha sido más que un acto de marketing, porque las encuestas pintan bastos, menos las de Tezanitos, y hay que fingir unidad, tortas y pan pintado.

Ni primarias, ni candidatos alternativos ni leches. Todo el poder al soviet de Su Sanchidad y a culpar a la derechona de todo lo que vaya mal.

Y todavía hay quien celebra el nuevo clima de acuerdo existente entre Sánchez y Casado. Es para ciscarse en el sínodo de Londres. Como el habitante de Moncloa consiga ponerle la guinda a la lista de pactos con el PP acordando la renovación del CGPJ será la descojonación.

Yo no sé quien asesora al líder popular ni tampoco me interesa demasiado saberlo, pero sea quien sea debería pasarse por Alain Afflelou y revisarse la vista. Porque no ve nada. El balón de oxígeno que supone pactar con la banda es una torpeza política de primera magnitud, máxime si tenemos en cuenta que, en paralelo, los populares aprovechan la menor oportunidad para denostar a VOX, el único socio imprescindible y necesario que tienen. Es decir, lo que viene siendo pegarse un tiro en el pie cada día.

Con este tipo de oposición que, a pesar de todo, crece a cada encuesta porque la gente siente que o se cambia de gobierno o este país va a acabar en Wallapop a precio de saldo, no se puede llegar demasiado lejos. Pero con el PSOE, que hace de su congreso una inmensa falla en la que quemar lo poco que le quedaba de presentable, léase Felipe González, tampoco puede avanzarse nada.

Y eso hemos visto en este aquelarre de aplausos, besitos, abrazos, unidades inquebrantables y pléyades de carguitos inasequibles al desaliento. También hay que decir que al personal todo esto le importa un higo chumbo.

La gente está pendiente de pagar los recibos, las hipotecas, los colegios, o, más crudo todavía, como llenar la cesta de la compra diaria. Porque la única política económica de estos falleros de la rosa y el puño consiste en pegarnos un hachazo a los autónomos con unas subidas espectaculares, reducir las deducciones por planes de pensiones – recuerden, acabarán formando parte de las rentas de capital – y, ya de paso, pegar un catastrazo de padre y muy señor mío.

Es decir, patada en la boca a la clase media y a seguir, que aquí no ha pasado nada.

Una falla total. La diferencia con las auténticas es que aquí, los quemados somos los que estamos fuera de ella.

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Juan Carlos Girauta: Morir al calor de la secta
Pepe Borrell y Alfonso Guerra

Morir al calor de la secta

Es evidente que Borrell no tiene los reflejos que le sobran a Guerra. A ciertos efectos son muy diferentes

Juan Carlos Girauta en ABC, 181021

uerra los pinta como aplaudidores de cabras y Borrell los trató de canalla de circo romano a pesar de compartir con ellos manifestación. Es esa gente ordinaria, que va a la suya, intolerable para los dos jacobinos instruidos del partido que más se parece a España. Tanto se parece que anticipa sus deseos. Por eso se levantó en armas en el 34 y por eso en el 36, con las prisas de Prieto, su guardia asesinó a un jefe de la oposición y fue a buscar al otro a casa, sin éxito.

La gente que agrada a Guerra y Borrell es ninguna. O bien la que se comporta según el canon de la izquierda clásica, que hoy se reduce a ellos. Son manías de los dos venerables. El uno mandó una eternidad, con mano de hierro y sin cetro; el otro recibió un cetro de imitación para media hora.

El uno es el verdadero padre de la Constitución, con Abril Martorell; el otro obtuvo el favor de la militancia, que lo quiso de candidato a la presidencia del gobierno. Fue una forma de desoír a Felipe, partidario de cualquiera que no fuera el catalán. Contrariado, el ganador de Suresnes decidió ofender gratuitamente al leridano y le instó a llevarle la maleta en el aeropuerto, delante de las cámaras.

Borrell perdió la ocasión de imponer su autoridad respondiendo en directo: «La maleta me la llevas tú a mí».

Es evidente que Borrell no tiene los reflejos que le sobran a Guerra. A ciertos efectos son muy diferentes. Así, el primero tiene más estudios de los que imaginan sus interlocutores inadvertidos y el segundo menos. El primero protagonizó el más doloroso fiasco parlamentario que se recuerda, al punto de balbucir y quedarse en blanco en un debate o combate con Aznar que él creyó chupado; el otro provocaba sudores fríos en el contrario cada vez que tomaba la palabra.

El uno habla idiomas y ostenta un cargo deslumbrante en Europa; el otro es especialista en gramática parda y aún vive de los fugaces destellos de su antiguo resplandor.

Por diferentes razones, a ambos se les ha podido tomar por adversarios de Sánchez. La pereza analítica achaca estas cosas a lo de «la vieja guardia». Que nadie se engañe con el Ministerio que Sánchez le entregó a Borrell. He visto como le escupía un diputado separata que solo recibió el reproche de la oposición. Se diría que sus compañeros de gabinete celebraban el gargajo diferencial.

Vistas las particularidades, llegamos a la similitud básica, la significativa: todos aquellos socialistas de renombre que han venido marcando distancias con el sanchismo se rilan a la hora de la verdad y se ponen del lado de sus siglas. Fíjate en Felipe. Guerra ha denunciado con elocuencia las alianzas vergonzosas del traje vacío de Moncloa, pero no ha podido evitar la ridiculización de los que, careciendo de micrófonos, abuchean a Sánchez si tienen ocasión. Esos cabreros.

Será porque la masa socialista nunca abuchea a nadie. Se limita a corear citas de Sartre.

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Olaf Scholz , durante una rueda de prensa sobre las conversaciones para formar gobierno en Alemania.CLEMENS BILAN (EFE)
Olaf Scholz , durante una rueda de prensa sobre las conversaciones para formar gobierno en Alemania.CLEMENS BILAN (EFE)

El nuevo ‘señor no’ de Alemania

 

Cuidado con lo que deseamos cuando pensamos en Olaf Scholz y su probable coalición alemana. La esperanza en Europa es que el nuevo Gobierno sea permisivo en materia de política fiscal y apoye la reforma del pacto de estabilidad; que Alemania defienda la culminación de la unión bancaria y la unión de los mercados de capitales; que el país se vuelva verde y digital; que abandone la estrategia de política exterior basada en consentir a los dictadores; y que se convierta en adalid de la autonomía estratégica europea.

Habrá más inversión en protección del medio ambiente y en digitalización, pero la mayor parte irá a suplir carencias que deberían haberse cubierto hace mucho tiempo: la digitalización de la administración pública; la reparación de carreteras y puentes sacrificada en el altar de la austeridad; las estaciones de recarga eléctrica en las autopistas; las redes ferroviarias de alta velocidad; y las de fibra óptica.

Los Verdes exigen, y obtendrán, un programa de inversiones de 500.000 millones de euros a lo largo de 10 años. A razón de 50.000 millones por año, esto representaría alrededor del 1,5% del PIB, pero esta cifra no debe entenderse como la magnitud de la expansión fiscal. Para empezar, el Gobierno ya había reservado fondos para estos fines, entre ellos dinero del fondo de recuperación de la Unión Europea.

Alemania ha reducido las inversiones públicas en la última década, pero no las ha dejado a cero. Es más, como insinúan los economistas Lars Feld y Marcel Fratzscher, el programa podría contrafinanciarse con recortes en las subvenciones, como la anacrónica subvención al diésel. Espero que la próxima coalición alemana siga respetando la letra y el espíritu del freno de la deuda.

Esto significaría que el efecto fiscal neto de este programa de inversiones se contaría en porcentajes decimales del PIB. Algo que, por otra parte, no sería muy diferente si, al final, en Alemania gobernase otra de las coaliciones factibles aritméticamente.

El mayor efecto de un programa de inversiones sería resultado de la mejora de la calidad de las finanzas públicas. Es mejor gastar dinero público en digitalización que en subvenciones al diésel. Pero incluso este cambio cualitativo no tendrá lugar de la noche a la mañana, sino que necesitará tiempo. Además, irá acompañado de dificultades legales.

 Puedo imaginar que cualquier intento de introducir más flexibilidad en el freno de la deuda, ya sea a través de un mecanismo específico o de un fondo de reserva incluido en los presupuestos, será impugnado por el Tribunal Constitucional.

Lo que no preveo que cambie es la excesiva dependencia de Alemania de las exportaciones de manufacturas varias para su crecimiento económico, de la cual se derivan los demás elementos nocivos de la actual política alemana en Europa: los persistentes superávits por cuenta corriente; la dependencia de las importaciones de gas ruso; y la dependencia de China para las exportaciones, hasta el punto de que la relación germano-china probablemente sea el vínculo geopolítico más estratégico en el mundo en estos momentos. El futuro Gobierno alemán defenderá de boquilla la idea de autonomía estratégica europea, exactamente igual que el Gobierno saliente.

Pero quizá lo más decepcionante para el resto de europeos sea descubrir de repente que Olaf Scholz es tan conservador desde el punto de vista fiscal como sus predecesores Wolfgang Schäuble y Peer Steinbrück, el socialdemócrata que nos trajo el freno de la deuda. Un probable ministro de Finanzas para una coalición semáforo es Christian Lindner, presidente del Partido Demócrata Liberal (FDP) y un halcón fiscal.

Lindner se opone incluso a la idea de un fondo de garantía de depósitos europeo, un asunto que entraría en las competencias de su Misterio. Ni Scholz, ni Lindner, ni los Verdes gastarán su capital político en la reforma del pacto de estabilidad europeo. Dado que entienden el freno de la deuda como la mera aplicación a escala nacional de la normativa de estabilidad de la UE, su decisión de respetarlo en todo su alcance les dejaría poco margen para la reforma.

Yo diría que aceptarán un grado de flexibilidad para el acuerdo similar al que se conceden a sí mismos, pero eso serían migajas macroeconómicas comparado con lo que esperaban los defensores de la reforma del pacto de estabilidad. Una coalición semáforo no puede permitirse aplicar una política fiscal estricta en su país y luego dejar que se rebase el déficit en otros lugares de la zona euro.

Esta nueva coalición se define como fuerza modernizadora de la tecnología, no del arte de gobernar. Europa no fue un tema en la campaña electoral. Puede que la década de la reforma de la UE haya sido la pasada, cuando los europeos se hacían ilusiones pensando que el mecanismo de estabilidad europeo constituía una respuesta suficiente a los múltiples problemas de gobernanza de la eurozona. Esa oportunidad se perdió por causas sobre las que he escrito en múltiples ocasiones.

Esta década será la de la digitalización y la inversión verde. Para cuando la Unión Europea llegue a un acuerdo sobre la unión bancaria y la del mercado de capitales, podríamos encontrarnos con que las criptofinanzas estarán tan desarrolladas que la idea de una unión bancaria, y hasta la de los bancos mismos, resultarán anticuadas.

La tecnología avanza a un ritmo más rápido que la reforma europea. Sospecho que, en el futuro, Alemania acabará siendo un socio tecnológico menor de China, al mientras finge ser un aliado fiel de Estados Unidos y un buen europeo al mismo tiempo.

Una de las muchas lecciones de esta secuencia es que las oportunidades históricas —como la crisis de la deuda soberana del euro— no pueden desaprovecharse sin más. Lo que se deje pasar esta década no volverá la siguiente.

Wolfgang Münchau es director de Eurointelligence. Traducción de News Clips.

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Vídeos

. «Los mitos de la Conquista» Imparte Dr. Antonio Rubial García en  Fundación Carlos Slim. 060319.

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Musica

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La copa rota‘ []1972]. Compuesta por el puertorriqueño Benito de Jesús [1912-2010] e intepretada por su compatriota José Feliciano [1945], editada en su versión homónima de 1978. Via Diana Lobos, 181021

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Humor
Gallego & Rey
Viñeta de Gallego y Rey en El Mundo, 181021

 

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