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Inversión aprobada por Sánchez de 2.000 millones de euros para un bono joven de 250 mensuales

Ketty Garat en LD, 061021

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, escenificarán este jueves en Moncloa el acuerdo alcanzado entre los socios de la coalición sobre los Presupuestos Generales del Estado y la Ley de Vivienda, según adelantan fuentes gubernamentales a Libertad Digital.

Un acto en Moncloa que se celebrará en torno a las 9:00 horas de este jueves justo antes del Consejo de Ministros Extraordinario que dará luz verde a los PGE.

Un pacto ensombrecido por el gol del PSOE a Podemos tras haber ocultado el presidente la inversión de más de 2.000 millones de euros que destinarán las cuentas públicas para un bono joven de ayudas al alquiler.

Una medida que anunció directamente el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en un acto en Sevilla apenas una hora después de que se diera a conocer el acuerdo de los PGE y la Ley de Vivienda en dos proyectos de Ley que se negociaron por separado y de los que Podemos no estaba informado en su totalidad como reconoció la ministra de Asuntos Sociales, Ione Belarra, en una entrevista en la cadena SER.

Desde Moncloa admiten el gol del presidente Sánchez que este martes citó a su vicepresidenta Yolanda Díaz a las 8:00 horas en Moncloa para cerrar los «últimos flecos» del acuerdo, una vez se había llegado al «nudo gordiano de la negociación» sobre la intervención del precio del alquiler.

La estrategia fue conceder a Podemos la medalla de «lograr intervenir el mercado del alquiler por primera vez en España» con unas medidas que permitir fijar precios de forma muy limitada y, admiten en Moncloa, más bien «simbólica».

frente al simbolismo, la política real: una inversión de 2.000 millones al alquiler para jóvenes que no se incluirá en la Ley de Vivienda sino en los PGE. Argumenta el Gobierno que «ellos priorizaron la negociación de la Ley de Vivienda y se lo hemos concedido», y se escudan en la doble negociación que mantuvo Sánchez con Díaz de un lado y el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, con Ione Belarra, por otro.

Una jugada que ha dejado roces y tensiones en la coalición que hoy hace de tripas corazón para pasar página intentando asumir la paternidad de las medidas de forma conjunta, como ha hecho la vicepresidenta Yolanda Díaz en declaraciones a los periodistas en un acto en Madrid:

«La negociación presupuestaria ha sido larga, intensa, con multiplicidad de medidas, seguimos cerrando muchos de los puntos del acuerdo. Todas las medidas son versátiles, es un paquete de medidas global y vamos a intentar que sirvan para cambiar la vida de la gente«.

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El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

Revista de Prensa

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Sonata de otoño
Ilustración de Eva Vázquez [España, 1970] para el texto

Sonata de otoño

Juan Luis Cebrián en El País, 251021

En un reciente viaje al Reino Unido he sido testigo de la amargura y ansiedad generadas tras el asesinato del parlamentario David Amess, víctima de un atentado terrorista. Junto a la reflexión sobre la amenaza del fundamentalismo islámico, responsable del mayor atentado producido en nuestro país en toda la historia de la democracia, llegué a la conclusión empero de que un acto así nunca podría llegar a suceder en España en circunstancias parecidas.

Amess fue atacado cuando mantenía una reunión con sus electores para debatir sobre sus aspiraciones, intereses y necesidades. Un gesto inexistente en el comportamiento político de nuestros diputados, que deben su escaño no tanto a los votantes como a los jefes de su partido.

Naturalmente eso se debe a las diferencias en las leyes electorales de nuestros países: representación mayoritaria y con distritos unipersonales en Inglaterra; proporcional con listas plurinominales, cerradas y bloqueadas, más la provincia como distrito, en nuestro caso. Todos los sistemas electorales son imperfectos, y para nada pretendo ahora debatir sobre ellos.

El nuestro, sin embargo, se encuentra en la base de la creciente desafección popular respecto a la clase política, especialmente en lo que concierne a los dos grandes partidos que hasta el momento han vertebrado el sistema.

Ambas formaciones han celebrado recientemente en Valencia dos gigantescas concentraciones de masas con un mismo objetivo: reforzar la autoridad de sus líderes, sometidos a crítica por los llamados barones autonómicos, en la convicción de que la unidad del partido es el bien primordial a defender cara al mantenimiento del poder o a su conquista.

De modo que hasta Felipe González se mostró más tímido que antaño en su disidencia, aunque reclamó el derecho a la crítica. Al fin y al cabo, su impresionante y perdurable liderazgo del partido también contó con el apoyo de la férrea disciplina impuesta por Alfonso Guerra. Los observadores tienden a suponer que la democracia interna de los partidos, exigida por nuestra Constitución, los fragmenta y debilita ante la opinión pública. De ahí la tendencia a ejercer lo que los comunistas denominaron el centralismo democrático.

Aunque Sánchez puede haberse pasado de la raya. El 95% de apoyo a sus propuestas más bien parece el resultado de un congreso a la búlgara que el de un debate en plena democracia liberal.

La casualidad quiso que al tiempo de escuchar las ovaciones y vítores de la nomenclatura de los partidos a sus respectivos líderes cayera en mis manos un ensayo sobre estas mismas cuestiones firmado por José María Maravall y editado por un instituto de Cambridge.

Él, junto con Ángel Gabilondo y Manuel Cruz, integra el mejor equipo intelectual con el que cuenta hoy el partido socialista, aunque no desde la disidencia, sino desde la expresión crítica. Maravall explica la aparente contradicción entre la necesidad que tienen los partidos políticos de rendir cuentas públicas a sus electores y la de mantener la unidad del entramado partidario y la autoridad del aparato.

Esto último conlleva la exclusión de la autocrítica, la invisibilidad del disidente y el miedo de este a hacerse notar. También las recompensas generosas a quienes cambian su condición de militantes por la de obedientes funcionarios. La opacidad de las decisiones del partido en el poder choca así contra la demanda de información del electorado. Un partido desunido y fragmentado suele merecer el castigo de sus votantes; pero la desaparición de la democracia interna acaba por convertirlo en una organización sectaria, engreída de sí misma, gobernada autoritariamente, cegada por la ideología, y guiada por el oportunismo.

El reciente reacomodo gubernamental previo al congreso socialista de Valencia, y los mensajes que de este se desprenden, transmiten la aparente voluntad de Pedro Sánchez de reconducir su errática gobernación hacia los caminos de la socialdemocracia clásica. Es una decisión razonable tras la debacle en las elecciones madrileñas, la pérdida de poder en Andalucía y el fiasco de la moción de censura en Murcia.

Cuestiones estas que sin embargo no estoy seguro hayan suscitado la atención que merecían en las ponencias y debates congresuales, dirigidos en gran parte por los responsables de esas derrotas. El viraje se inscribe además en la recuperación europea del socialismo democrático tras las elecciones alemanas y el reacomodo en los gobiernos de los países nórdicos. Esta es una buena noticia para el PSOE de la que debe extraer las lecciones oportunas.

En todos los casos la socialdemocracia ha recuperado el poder a base de encabezar gobiernos de coalición con grupos muy diferentes. Se trata de un destino probablemente inevitable para gran parte de las formaciones políticas europeas, pues la fragmentación partidaria es un hecho evidente en los países de la Unión.

A la hora de gobernar los socialistas nórdicos se apoyan en partidos verdes y liberales, cuando no en otros abiertamente moderados y conservadores. Sobresale, sobre todo en Suecia, el papel de los sindicatos capaces de movilizar el consenso social, tan necesario como el pluralismo político. El objetivo casi unánime es garantizar el Estado de bienestar, reducir la desigualdad, y fortalecer el crecimiento económico mediante el impulso de la economía de mercado.

A lo largo de décadas han demostrado que el liberalismo político, el modelo capitalista y la intervención del Estado en sectores claves de la economía son compatibles y beneficiosos para la comunidad a la que sirven. El resultado es que figuran en todos los rankings internacionales como los países más democráticos y felices del mundo y, salvo Islandia y Finlandia, son todos monarquías parlamentarias.

No por su intenso amor a las testas coronadas, sino porque asumieron las lecciones de Max Weber, cuando dictaminó que “un monarca parlamentario, pese a su falta de poder delimita formalmente las ansias de este por parte de los políticos”.

El rey simboliza también el principio de legalidad, siendo la ley expresión de la voluntad general en las democracias. Por eso pretender, como algunos hacen, que puede existir un conflicto entre el principio democrático y el de legalidad no tiene sentido. El imperio de la ley permite exigir la responsabilidad de los gobernantes no solo ante los electores, también ante los órganos de la justicia; y garantiza los derechos y libertades de los ciudadanos.

Abocados como estamos a nuevos gobiernos de coalición en el futuro, la única condición exigible a quienes lo integren es la lealtad al sistema, principio de legalidad incluido. Lo que excluye la presencia del independentismo.

Esta particular sonata de otoño, título homenaje a Bergman y a Valle Inclán, permite aventurar que si los partidos centrales aspiran a recuperar el espacio electoral perdido, mejor será que dejen de aplaudirse a sí mismos y busquen el acuerdo social y el consenso político. Estamos en un mundo convulso, sometido a grandes transformaciones.

Si quieren ser útiles a la comunidad, los gobernantes, o quienes aspiren a serlo, necesitan escuchar más y predicar menos. Reunirse con sus electores, como el malogrado Amess y sus otros colegas del Parlamento. Al fin y al cabo es a ellos, no a la nomenclatura, a quienes le deben el poder y la gloria. Pero son también titulares del derecho a expulsarles del templo.

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Entre el pacífico y el huracán
Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España,, 1957], para el texto

Entre el pacífico y el huracán

El autor se pronuncia sobre los ataques que ha recibido el escritor Mario Vargas Llosa por recordar que para obtener un buen gobierno hay que «votar bien» y no meramente «elegir

Vargas Llosa nació dos veces: una, en Arequipa, entre el Pacífico y los volcanes, niño curioso si maltratado; dos, en Madrid, como escritor. La villa y corte no tenía un premio Nobel hasta que Mario la eligió con 21 para doctorarse y nacer a la novela con La ciudad y los perros.

Ningún escritor español, antes, en medio o tras el franquismo podrá preciarse de que el ejército le haya quemado nunca en pira pública sus libros, tal la que convocó el Colegio Militar con esta primera publicación, a la que aquella España de 1962 concedió sin embargo el Premio Biblioteca Breve, con distingo de «mejor novela en lengua española de los últimos 30 años».

Mario es del Pacífico y de París, de Barcelona, de Londres y de Berlín, aunque madrileño vocacional. Y le interesa la Amazonia o el purgatorio palestino, la tiranía nicaragüense o el oscurecimiento catalán; o le desesperan las derivas mexicana o argentina, y se incendia con la necedad del Brexit, más aún los asuntos del país huracanado que escogió para vivir.

A quien simultaneó siete empleos para sostener contra todos su amor juvenil y semi incestuoso nadie le ha regalado nunca nada, aparte del Rey que lo hizo marqués, uno de los reconocimientos del estado preclaros donde los haya: «¡Los cholos hemos llegado a la aristocracia!», bromeó apenas el grande.

No habrá hoy un hispano con una convocatoria mundial como Vargas Llosa, aterrice en Georgetown, en París, en la Feria de Guadalajara o en la de Fráncfort; pues junto a una novelística imbatible, luce la llama de una inquietud por el mundo en que vive y por la condición humana; sobre el espacio de libertad creadora.

Como humano, ni es santo ni ha pretendido al santoral de la beatería intelectual, que lo tiene por mujeriego, futbolero y traidor derechizado, sabelotodo y lúcido, demasiado exitoso para letraherido; y tampoco va a misa, les falta decir. Y además vende mucho, el vate; a más de sus Piedras de Toque en una columna global imperecedera desde hace cuatro décadas.

Lo hace atípico, tirando a peligroso, una bragada valentía y una determinación sin tapujos, así ahora en Madrid, como plantando cara al entonces enamorante comandante Castro, en defensa del humillado poeta Padilla; o ante el general Videla por la cacería de intelectuales; o frente al omnímodo PRI mexicano de la dictadura perfecta (acaba de repetírselo en México a López Obrador); o ante ese nacionalismo que apagó Barcelona «intoxicándola».

Escribió avant la lettre de la violencia doméstica por sus «mariconerías de querer ser torero y poeta», mientras era su madre la que lo refugiaba en Salgari, May y Verne. El agravio «me dio mi primera novela», dice con ese optimismo que es virtud: no se amarga porque el mundo y el hombre no sean como creyó que debieran. No es el genio en su torre ni el poeta a la violeta. En su palabra y en su mirada hay alegría y, en su tiempo, para el hoy y para el otro, generosidad.

A quien fue «expulsado, pero así liberado» del sanedrín bienpensante, tras dejar a Sartre por Camus y a Castro por Thatcher, más se lo ve reír que santiguarse: no es un tipo grave; pero sí busca que sus argumentos sean serios. Por tanto es justo y necesario que las declaraciones de un Nobel como él sean más escrutadas, y al tiempo sean más sofisticadas, que las de un actor o un político del último minuto: la controversia de uno interesa al mundo por sobre los aspavientos y el alipori de los otros.

Pero es exigible que se lo juzgue sólo por lo que dice y hace o todo se tornará un festival de proyecciones y carencias propias. En una reciente convención del partido de oposición, el escritor ha recordado algo ya conocido: que para obtener un buen gobierno hay que «votar bien» y no meramente «elegir». Esto es, en internet hay oferta libre y no siempre elegimos bien.

Algunos han salido a reprenderlo, del presidente abajo, ofreciéndose una ex vicepresidenta a ilustrar al Nobel sobre que «el pueblo vota lo que quiere y hace bien», no se sabe si avalando así el voto de 1933 a Hitler. Otra ministra fue hasta aclararle que «el voto de una mujer trabajadora vale lo mismo que el de un señoro premio Nobel», quizás preanunciando que ahora el voto a Vox iba a parecerle tan bien como el suyo. Raro signo el que sean los gobernantes, y no otros intelectuales, los que acuden hoy a la discusión.

Si algo distingue de muchos al solo superviviente del boom latinoamericano y autor de obras enormes sobre el poder represivo como La fiesta del Chivo o Conversación en La Catedral, es su ambición de libertad; algo que, con el tiempo, ha terminado hasta mal visto. Así que si Mario dice que no basta la mera libertad, probablemente no sea contradictorio sino una clásica cita liberal: no hay buena democracia, ni un buen mercado, sin buenos políticos ni leyes buenas.

La cuestión de si basta con votar ya la abordó Von Hayek; y la respuesta es no. Por eso hablamos de democracias de baja calidad: ni el referéndum ni el voto «a la búlgara» cotizan mucho como democracia; ni puede ser que los EEUU voten «mal» si es a Trump, pero el voto ruso en cambio a Putin lo haga incuestionable.

Así hay quien celebra la «fiesta de la democracia» sólo cuando gana. Si quien recuerda algo tan obvio es, precisamente, quien ha vivido regímenes militares, populistas, revolucionarios o semi democráticos, y ha reflexionado harto sobre ellos, llega el escándalo y las lecciones apresuradas al escritor –solo e insobornable al corrilo– de El Chivo y La llamada de la tribu.

Claro que las democracias pierden calidad –como ha lamentado Vargas Llosa de la propia Inglaterra de hoy– y los países retroceden, como ha dicho en México a López; o a ese Chile estancado que «casi estaba entrando ya en el primer mundo». Por eso el autor no teme ya a un «comunismo que se ha autodestruido por su incapacidad» pero sí a un «populismo, mucho más difícil de combatir porque no es un sistema de ideas refutable».

Posiblemente marcado por su fascinación revolucionaria, el compromiso de Vargas Llosa es una constante por la liberación del ser humano: de la bota militar y de la pobreza castrante, entonces; o del neopuritanismo y el oscurantismo actuales. De Perón a Chávez, al «tercermundismo» de Trump, arrea contra las nuevas formas de demagogia e identitarismo, producto de un deslizamiento hacia la civilización del espectáculo.

En el huracán español ha molestado que un escritor dijera a quién pensaba votar, tras desaparecer su opción anterior, por resultar que no era a un partido del Gobierno, cosa hoy inusitada. Y es que ¿todos pueden llamar regularmente al voto para su partido, menos uno?

Hoy, cuando la intelectualidad se inspira en quien gobierna y la contracultura es hemeroteca, pocos osan transitar campo a través de las modas de los salones. Ese «todos sí, pero yo no» del intelectual de antes, es audacia que pocos pueden permitirse por causa de «mi editorial, mis lectoras, mi crítica, mi twitter, mi hipoteca, mi tertulia, mi curso de verano, mi prólogo…». Y no se lo permiten pues.

Pero quien se casó a los 19 con su tía divorciada, sólo antes de hacerlo con su prima, y no se arredró ni ante dictadores sangrientos ni botafumeiros de salon litéraire; y ha visto en campaña política bombas y asesinatos; y sonrojó al martillo moral de Occidente, Günter Grass, y ahora denuncia sin ambages el puritanismo que asola la cultura; no es quien vaya a amilanarse esta tarde por lo que le bromee una ministra o un telepredicador.

Especialmente si te han dado un Nobel, literalmente, por «cartografiar como nadie las estructuras del poder» y representar con excelencia «la rebelión y resistencia del individuo frente a ellas».

En realidad, la vida y la lucha de Vargas Llosa está abierta en canal en sus libros: su rebeldía perenne, sus amores prohibidos, su selva verde y erótica, su maltrato infantil, sus revoluciones, sus militares, las venas de su América Latina, sus puñetazos literarios, su pasión por las gentes y sus palabras, sus usos y violencias, su libertad y sus cuentos.

Quien no los haya leído no estaría obligado a demostrarlo; pero quien aún así arda en deseos de sermonearlo sobre igualdad y libertad, que arroje la primera piedra. A ver si es de toque.

Ramiro Villapadierna es director de la Cátedra Vargas Llosa.

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El empresario colombiano Alex Saab Moran, tras su extradición a Estados Unidos.HANDOUT (Reuters)
El empresario colombiano Alex Saab Moran, tras su extradición a Estados Unidos.HANDOUT (Reuters)

Los secretos de Alex Saab, un nuevo ‘caso Odrebrecht’

Roberto Deniz en El País, 251021

Durante muchos años Alex Saab Morán fue un misterio. Su detención en Cabo Verde hace año y medio y su reciente extradición a Estados Unidos, completada la semana pasada, llevaron su nombre y su imagen a las redes sociales, a los periódicos y noticieros de medio mundo.

La acusación en una corte del Estado de Florida por lavado de cientos de millones de dólares y su supuesta condición de testaferro de Nicolás Maduro son los señalamientos que más lo persiguen. Pero hay más: los secretos de Alex Saab tienen un alcance aún mayor.

El poder que Saab consiguió le permitió relacionarse con círculos políticos y empresariales fuera de Venezuela. Su amistad con la exsenadora colombiana y aliada internacional de la revolución bolivariana, Piedad Córdoba, por ejemplo, fue clave para su desembarco en Venezuela; cuando sus negocios ya despuntaban en Venezuela el primer ministro de Antigua y Barbuda y aliado incondicional del chavismo en foros internacionales, Gaston Browne, le otorgó en 2014 una especie de pasaporte diplomático que estuvo vigente hasta 2019.

Bancos de esa jurisdicción caribeña fueron, precisamente, unos de los que Saab uso más para mover torrentes del dinero que recibía por los contratos en Venezuela.

Durante años Alex Saab y sus socios abría y cerraban sociedades de papel en Hong Kong, Panamá, Malta, Turquía o Emiratos Árabes Unidos a la medida de cada oportunidad; cultivó relaciones con abogados poderosos e influyentes prestos para defenderlo cuando hiciera falta. Más recientemente, fue la bisagra para las exportaciones de oro a Turquía o para intercambios con el régimen de los ayatolás en Irán. Y cuando la justicia de varios países lo vigilaba pudo instalar parte de su familia y sus negocios a Moscú.

Todas esas conexiones convierten el caso de Alex Saab en un asunto trasnacional, en una especie de nuevo caso Odebrecht. Ahora no es Brasil, sino Venezuela, el eje de una trama de negociados oscuros con actores poderosos en varios países. En la historia de Odebrecht la figura de la “delación premiada” ayudó a la justicia brasileña a desnudar el modus operandi de la gigante de la construcción; aquí Saab podría negociar con las autoridades norteamericanas su destino personal a cambio de esa valiosa información.

Por ello, la imagen de Alex Saab esposado y vestido de naranja en su audiencia de presentación el pasado 18 de octubre perturba no solo en Caracas. En Colombia se anunció que la Corte Suprema de Justicia investigará esa relación entre Saab y la exsenadora Piedad Córdoba. Quien fuera su abogado durante años en ese país y acérrimo crítico de la “tiranía” venezolana, Abelardo De La Espriella, también salió a dar explicaciones sobre su cliente.

El Parlamento de Ecuador anunció una investigación sobre el rastro de Saab por ese país en busca de algún cabo suelto en la causa que la Fiscalía de ese país mantuvo por años y directamente relacionada con aquel primer contrato para la construcción de viviendas prefabricadas que el empresario barranquillero pactó con el régimen chavista.

Ha transcurrido casi una década exacta de la firma de aquel primer gran negocio en el palacio de Miraflores ante Hugo Chávez y un Nicolás Maduro, entonces en rol de canciller. Nada hacía presagiar que diez años después Alex Saab se convirtiera en el nuevo héroe de la revolución bolivariana, que estuviera en el centro de una disputa entre Venezuela y Estados Unidos, que Cuba, Rusia e Irán aboguen por él o que Baltasar Garzón asuma su causa con la misma vehemencia con la que alguna vez intentó apresar al dictador chileno Augusto Pinochet.

Hoy la historia permite afirmar que si alguien se benefició con la muerte de Hugo Chávez y el inmediato ascenso de Maduro, ese fue a Alex Saab. Con mucho sigilo y mientras Venezuela se hundía en la peor de sus crisis económicas, Saab acumulaba contratos de toda clase con la bendición de Maduro: construcción casas, gimnasios populares o estadios de béisbol, acceso a divisas preferenciales, negocios petroleros, suministro de alimentos, proveedor de supermercados estatales o el control del oro venezolano.

Así hasta convertirse en una suerte de súper ministro en la sombra que deambulaba libremente por el palacio de Miraflores y emisario del propio Maduro.

Pero Alex Saab siempre lo negaba todo y en el Gobierno nadie pronunciaba su nombre en público, ni explicaba por qué tanto poder recaía en una sola persona. En 2017, por ejemplo, Saab me demandó a mí y a mis colegas fundadores de Armando.Info Ewald Scharfenberg, Joseph Poliszuk y Alfredo Meza por “difamación e injuria continuada y agravadas”.

Tras meses investigando el programa de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) logramos demostrar en dos reportajes que nuevamente Saab se escondía detrás de una empresa fantasma registrada en Hong Kong, cuya dirección en Caracas conducía a las oficinas del colombiano en Caracas y que de entrada obtuvo un contrato por 340 millones de dólares para importar esas cajas con alimentos básicos, pero de muy baja calidad nutricional para los más pobres.

Con un sistema judicial cooptado por el chavismo, Alex Saab pretendía silenciarnos e impedir que continuáramos investigándolo. Su participación en el millonario negocio de las importaciones masivas de alimentos, justo cuando el desabastecimiento alcanzaba picos históricos y provocaron al chavismo la sonora derrota en las elecciones a la Asamblea Nacional de finales de 2015, era la confirmación que Saab era algo más que un simple contratista, que era, en realidad, el operador financiero de Maduro.

Aquello era una mecha encendida camino de un polvorín y Alex Saab quiso evitar el estallido acosándonos judicialmente, sin imaginar que nos iríamos al exilio para continuar la investigación. No fuimos los únicos a quienes el empresario barranquillero pretendió callar de esa forma. En su momento sus abogados en Miami demandaron al periodista colombiano Gerardo Reyes y antes también amenazó a dos reporteros de Reuters cuando revelaron que Saab y su socio Álvaro Pulido, acusado igualmente en Florida en 2019 y por quien Estados Unidos ahora ofrece una recompensa de 10 millones de dólares, estaban detrás de un milmillonario contrato con la estatal Petróleos de Venezuela.

Alex Saab siempre lo negaba todo. Ni siquiera cuando la Fiscalía mexicana confirmó en octubre de 2018 que se estaban enviando a Venezuela alimentos de mala calidad con sobreprecios, ni siquiera cuando fue acusado formalmente en Estados Unidos e incluido en la conocida como Lista Clinton, a mediados de 2019, o cuando su esposa Camila Fabbri fue también acusada en Italia en noviembre de 2019 por canalizar dinero proveniente de los negocios de Saab, daba la cara o el chavismo explicaba esta relación.

Aún en agosto de 2017 Alex Saab le dijo al diario El Tiempo de Bogotá que no hacía “parte de la empresa vinculada a los alimentos” y que no conocía a Maduro “más allá de un par de actos protocolarios”, como el que lo instaló a lo grande en Venezuela en 2011. En esa oportunidad llegó a amenazar con demandar por difamación a la fiscal venezolana recién exiliada en Colombia, Luis Ortega Díaz, quien por esos días acuñó aquello del “testaferro de Maduro”.

Bastó que lo detuvieran en Cabo Verde aquel el 12 de junio de 2020 para que en solo horas la Cancillería venezolana lo tildara de “enviado especial” de Maduro, con nacionalidad venezolana. Seis meses después de su captura Maduro, incluso, lo elevó a embajador ante la Unión Africana y más recientemente, en septiembre pasado, lo “incorporó” como representante del chavismo a la mesa de negociación con la oposición en México.

Fue la última de las maniobras políticas para frenar una extradición que el Tribunal Constitucional de Cabo Verde había ratificado a comienzos de ese mes y que se completó con el vuelo de Saab, a bordo de un avión del Departamento de Justicia, desde la paradisíaca Isla de Sal a Miami.

Roberto Deniz es periodista de investigación de Armando.info.

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Guy Sorman: La crisis climática ha terminado

La crisis climática ha terminado

Guy Sorman en ABC, 251021

En este mismo momento, hay cerca de doscientas nuevas empresas, consideradas ‘start-up’, que trabajan en California, en Silicon Valley, para desarrollar la fuente de energía del futuro: la microcentral nuclear, denominada modular. Estas empresas de reciente creación emplean a los mejores ingenieros de todo el mundo, porque, desde hace ya un siglo, Silicon Valley es el territorio de la innovación, la emulación y la financiación para los pioneros del futuro.

Una microcentral del tamaño de una pequeña fábrica, reforzada con uranio, podrá, por ejemplo, suministrar toda la electricidad necesaria para una ciudad de 100.00 habitantes o una fábrica de grandes dimensiones. Las otras formas de energía -carbón, gas, petróleo, solar, eólica- se convertirán en fuentes auxiliares y las centrales eléctricas

gigantes, tal como las conocemos hoy, estarán condenadas a languidecer por su obsolescencia, su inseguridad y la hostilidad política que suscitan.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha sido el primer estadista en mencionar, muy recientemente y por primera vez, las microcentrales como un proyecto de futuro. Hasta entonces era el secreto mejor guardado de los ingenieros y sus financiadores.

Esta solución a las necesidades energéticas de nuestras sociedades no puede más que disgustar a los ecologistas. No quieren una solución, sino cambiar la vida, aniquilar el capitalismo para salvar árboles, eliminar los viajes en avión y sustituir los coches por bicicletas: que se fastidien los ancianos, especialmente en los días de lluvia.

Pero las microcentrales nucleares son un fastidio para los profesionales del calentamiento que la ONU llama constantemente a cónclave (esta semana en Glasgow), que hacen fortuna anunciando el apocalipsis climático. Será un fastidio para los malos periodistas que necesitan una noticia y atribuyen cualquier inundación u ola de calor estacional al calentamiento global.

No pongo en duda el calentamiento global: está demostrado más allá del escepticismo. Pero dudo de quienes lo atribuyen exclusivamente al dióxido de carbono, porque, sencillamente, no sabemos medir las otras causas. También me preocupa el silencio de los historiadores, que podrían recordarnos útilmente que el clima cambia constantemente. Hoy hace demasiado frío o demasiado calor, demasiado seco o demasiado lluvioso para el gusto del campesino.

En Versalles, al final del reinado de Luis XIV, la gente se preocupaba porque el vino se congelaba en los vasos. Pero el calentamiento, ya en el siglo XVIII, permitió un aumento sin precedentes de las cosechas y la prosperidad. En la década de 1950 las revistas de todo el mundo publicaban titulares sobre el inicio de una nueva era glacial; así funciona el clima y las ideologías que se derivan de él.

Volvamos a las microcentrales: hasta dentro de veinte años no sustituirán a las fuentes de energía existentes. Mientras tanto, el carbón seguirá contaminando la atmósfera y calentando el clima, porque es la fuente más accesible y barata para los países pobres. Actualmente, China está construyendo doscientas centrales de carbón en todo el mundo, en la propia China y en África.

Nadie se atreve a protestar demasiado, porque es China. Pero, ¿por qué deberíamos protestar si el carbón es la única forma que tienen los pueblos pobres de acceder a la electricidad y a un estilo de vida digno? Lo que más choca de los fundamentalistas y los ecologistas fanáticos es su total indiferencia ante la difícil situación de estos países pobres.

De paso, recordemos a los ecologistas que existe una solución intermedia para acelerar el declive del carbón: el impuesto al carbono en las fronteras, que penalizaría los productos manufacturados gracias a las centrales de carbón. Este impuesto, aprobado por unanimidad por los economistas, no se menciona en ningún tratado internacional sobre el calentamiento global, sin duda por ser demasiado simple o demasiado efectivo. Asombroso, ¿no?

Por supuesto, las microcentrales también tendrán inconvenientes. Puede haber accidentes, pero no demasiado graves, a diferencia de los que se producen en las megacentrales actuales. Por supuesto, producirán residuos nucleares que habrá que enterrar bajo tierra, pero en menor cantidad, y hace cincuenta años que sabemos hacerlo sin accidentes.

Por desgracia, los ecologistas, los expertos y algunos políticos corren el riesgo de quedarse inactivos, pero estoy seguro de que encontrarán otra buena causa para hacerse los santos y demonizar el progreso.

La gran lección de este nuevo avance tecnológico es que el genio occidental ha demostrado, una vez más, que es capaz de resolver los problemas que causa. El método científico, basado en el espíritu crítico y de contradicción, puede haber contribuido a la crisis climática, pero será también él, y no los charlatanes, quien le ponga fin.

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Elogio de los archiveros

Elogio de los archiveros

Pamela Paul en The New York Times, 251021

¿Recuerdas los archiveros? ¿Esas pesadas y ruidosas torres de cajones llenas de carpetas Pendaflex? En algún momento, fueron vitales para cualquier lugar de trabajo, una parte tan común del paisaje como los escritorios y las sillas. Siempre había un laberinto de ellos en alguna habitación trasera y, sin importar cuál fuera tu profesión futura, si alguna vez fuiste pasante, trabajaste como asistente, en la recepción o administraste un catálogo, archivaste documentos. Archivaste y archivaste hasta que se te agotaron los pulgares.

Recentraste con cuidado esas varas metálicas, siempre propensas a salirse; en alguna ocasión, escribiste a mano una etiqueta en el fragmento perforado de papel dentro de cada pestaña de plástico, lo doblaste e insertaste, y lo viste colarse por el otro lado. Y solo después de haber subido unos pocos peldaños de la escalera corporativa pudiste pasarle todo ese archivar a alguien más, un peldaño más abajo.

Pero no solo se archivaba en la oficina; los archivos eran parte de nuestras vidas personales más íntimas (no olvidemos que el portal hacia la mente de John Malkovich acechaba detrás —pues, sí— de un archivero). Para un adulto joven, adquirir tu primer aparato de metal, o uno de esos acordeones café con el cierre de una pequeña cuerda con forma de ocho, era parte de convertirte en adulto. Ya no le tocaba a mamá darle seguimiento al papeleo de tu vida. Era tu turno.

La mayoría de nosotros, la gente del papel, acumulaba una buena cantidad de estos archiveros, los cuales guardaban, como lo hacen este tipo de objetos, una historia cuidadosamente organizada de nuestro pasado: arte, por grado; cartas de campamento, por año; tarjetas, cumpleaños; tarjetas, Día de San Valentín; tarjetas, otros; formularios de seguro; documentos de la casa; historial médico. Actas de nacimiento, recibos fiscales, diplomas, fotocopias decoloradas de las tarjetas del Seguro Social. ¿Quién sabía cuándo una chatarra u otra podría resultar útil?

Todo esto debe sonar muy arcaico y sin sentido para una persona trabajadora de la generación Z y que lo hace en la nube. ¿Qué es este papeleo del que estás hablando?, preguntan. Con este “papeleo” que supuestamente alguna vez hizo la gente, ¿no se perdían, olvidaban u omitían cosas?

La respuesta: sí, a veces. A veces tenías que poner algo en una extraña carpeta oculta según el inescrutable sistema administrativo de algún desconocido. A veces, tenías que limpiar toda una torre y meter su contenido en cajas de cartón hechas especialmente para almacenamiento profundo y, sin importar cuánto quisieras reubicar los archivos en orden vertical, se caían en cascada como fichas de dominó y tenías que volver a organizarlos.

En la actualidad, la gente funcional de la era digital no tiene que lidiar con nada de esto. Tiene escaneos de todo lo que necesitan hospedados en espacios virtuales. Puede imprimir documentos cuando sea necesario, aunque esto, en esencia, significa nunca, pues los escaneos simplemente se pueden transferir de un lugar a otro por medio de rutas seguras y protegidas con contraseñas y luego almacenar en una variedad de memorias (USB, discos duros, unidades compartidas).

Sin duda así se está más organizado. Sin duda es más eficiente y seguro. Sin duda es más limpio y más amigable con el medioambiente (en especial si ignoramos la energía que se necesita para mantener funcionando los servidores).

En estos planos ultraterrenales, es más difícil que la gente se encuentre por accidente con algo que en teoría no debía ver (ups); nada de documentos olvidados que como travesura tomabas de una carpeta de papel manila porque te suplicaban que los leyeras (aaahhh). Con el simple acto de hurgar ya no aparece algo condenatorio o privado; ahora se necesita de habilidades especiales de informática para abrir a hurtadillas esos archivos.

Sin embargo, al no poder encontrar estas cosas —ya fuera porque así tenía que ser o no— también significa que hemos perdido algo.

Por más extraño que parezca, un buen sistema de archivística podría ser inspirador. Durante tres meses, trabajé en Time Inc. con una mujer llamada Charlotte, cuya habilidad para coordinar el papeleo con colores me dejó con un sentimiento estremecedor de inferioridad, pero me despertó cierta ambición para organizar mis cosas de una manera más lógica y accesible.

Por más oneroso que parezca, el proceso mismo de archivar cosas físicamente te ayuda a organizar tu vida laboral y tu vida real. Del mismo modo que la gente adquiere y retiene mejor la información cuando la escribe a mano en vez de hacerlo con un teclado, revisar papeles y colocarlos a mano en un espacio físico refuerza la información.

Para quienes tienen una orientación táctil o visual, ordenar documentos en un lugar particular les deja una huella en el cerebro: la esquina doblada, el peso y olor del papel. “Recuerdo que puse ese memorando con la tabla por aquí atrás”, te dirás a ti misma, para hacerte paso hasta el final del fichero K-M.

Durante esa primera época de encuadernado rústico, me hice de cuatro espantosas torres beige con cuatro cajones cada una. Tres de ellas ahora están vacías, y son recordatorios de un momento de debilidad, cuando, en un esfuerzo por “estar actualizada”, me convencí de que los papeles ya no eran necesarios, que todo podía ser subido o descargado.

Como me sentía moderna y libre, me pasé una tarde tirando años de recortes acumulados de revistas y periódicos. Me deshice de transcripciones de viejas investigaciones para libros. Dejé ir decenas de ensayos universitarios mal escritos. Liberé una composición sobre los caribúes que escribí en cuarto grado.

Tras mi Gran Purga de Archivos, esos gabinetes se erigen en señal de reproche en mi garaje. Han pasado años desde la última vez que siquiera intenté, con bastante esfuerzo, liberar uno de su confinamiento metálico propenso a atorarse; difícil de cerrar, todavía más difícil de abrir. Ya no estoy segura de qué tienen dentro, pero no me pueden persuadir por completo de que ya no son necesarios.

En las extrañas ocasiones en las que me metí en esos gabinetes, un trabajo final para una clase de antropología que había olvidado o un recorte del periódico de mi ciudad natal sobre el huracán que derribó el árbol de nuestro patio de enfrente quizá me llamaba la atención y me transportaban: un zumbido de nostalgia o el alivio de pensar “qué bueno que ya no soy esa persona” al toparme con algunos recuerdos juveniles.

Pero no te topas con ese tipo de cosas en la nube entre los iconos uniformes con la imagen de una carpeta ni abres su contenido con cuidado para descubrir que tiene un garabato inesperado en la parte de atrás. Le hemos cerrado la puerta para siempre a todo eso.

Pamela Paul es la editora de The New York Times Book Review y supervisa la cobertura de todos los libros en el Times. Es conductora del pódcast semanal Book Review y autora de ocho libros, entre ellos, su más reciente: 100 Things We’ve Lost to the Internet, de donde se adaptó este ensayo.

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Sally Rooney, autora de 'Dónde estás, mundo bello'.
Sally Rooney, autora de ‘Dónde estás, mundo bello’.

Sally Rooney: el látigo sin el talento

Rodrigo Blanco Calderón en El Español, 251021

Dijo alguna vez Alfredo Bryce Echenique que, a diferencia de Mario Vargas Llosa, quien había intentado ser presidente de la república, su gran sueño, en cambio, siempre fue ser un preso político. Proveniente de una adinerada y aristocrática familia limeña, una vez que obtuvo su título de abogado, Bryce Echenique le entregó el diploma a su padre y se marchó a Europa con lo puesto para convertirse en escritor.

Y lo logró. Y no solo eso, sino que lo hizo sin que ni su obra ni su vida se convirtieran en una expiación culposa del éxito. De ahí esa particular aspiración suya, que hay que leer como un dardo humoroso contra la especie más solemne de la cultura: el artista o el escritor comprometido.

Los escritores comprometidos, los de verdad, ya no existen. Es probable que Vargas Llosa, con sus aciertos y desaciertos, sea el último de ellos. Los de esta época son meros simulacros que han hecho suya aquella frase de Truman Capote sobre el talento como un látigo que Dios otorga a unos cuantos y que solo sirve para autoflagelarse.

Se han apropiado de esta sentencia pero sin arriesgarse a escribir una obra como A sangre fría, por supuesto. Pues estos simuladores del compromiso escriben, más bien, obras normalitas, que no alteran en absoluto el orden público ni las buenas conciencias. Que les granjean, antes bien, el apoyo masivo de los lectores y, en ocasiones, el reconocimiento de los gobiernos de turno.

A falta de una propuesta estética disruptiva, los mimos del activismo siempre tendrán la posibilidad de transformar su actuación pública como escritores en una performance concienzuda. Este ha sido el caso de la escritora irlandesa Sally Rooney, uno de los mayores fenómenos mercadotécnicos de la literatura millennial, quien acaba de prohibir la traducción al hebreo de su última novela, en apoyo a la causa de Palestina.

Rooney ha dicho que para ella sería un honor que Dónde estás, mundo bello fuese traducida al hebreo, pero que solo lo hará con alguna editorial israelí que se distancie públicamente de la política de Israel hacia Palestina. Es decir, con una editorial israelí que se distancie de Israel.

Si esta editorial existiera y llegara a darse esta publicación, Rooney tendría sobradas razones para sentirse honrada. Con toda la fuerza del capitalismo editorial a su espalda, más la barra brava de la izquierda cultural global, habría logrado que unos editores, traductores, diseñadores, distribuidores, libreros y lectores israelitas bajaran la cabeza y le besaran la mano. Que renegaran de su propio país y de sus posiciones políticas solo para poder leerla a ella.

Cuando un autor incluye semejante exigencia en el contrato, lo primero que uno se pregunta es qué obra tan colosal van a recibir a cambio los lectores. Qué revelación en forma de novela puede recompensar semejante tributo. En el caso de Sally Rooney esto no queda muy claro. Sus novelas son tan planas como lo anuncian sus títulos:

Conversaciones entre amigosGente normal y, la ya citada, Dónde estás, mundo bello. Para millones de lectores esta transparencia es reconfortante. Quizás sea por esta poética de la simpleza, en la que se borra la densidad y la perspectiva, que Rooney haya confundido la existencia milenaria de un idioma como el hebreo con la existencia mucho más reciente, de poco más de setenta años, del Estado de Israel.

Las reacciones no se han hecho esperar. Jesús García Calero vinculaba este caso con el de la poeta Amanda Gorman, que incorporó exigencias raciales a los traductores de su panfleto, La colina que ascendemos. Título voluntarioso y colectivista que recuerda a los peores versos del camarada Mao Tse Tung.

«Es la primera inquisidora que parte de su propia obra para elaborar una lista de libros prohibidos», dice García Calero sobre Rooney. Por más disparatado que suene, en un nivel (en el nivel frívolo y maquiavélico de este mundo bello en el que vivimos) la estrategia de Rooney tiene todo el sentido de los actos fallidos.

Como no existe la menor posibilidad de que su obra, bien sea por su contenido o por sus aportes formales, incite algún escándalo, alguna acción de censura o de protesta, ella misma se encarga de perseguirse y elevarse.

Estoy consciente de que esta interpretación es demasiado especulativa y calculadora. Quizás el asunto no necesita de tanta psicología barata sino que apunta a algo más inveterado y concreto como el antisemitismo de siempre.

Impresión que flota en el ambiente, como todo lo que tiene que ver con Israel, sí, pero subrayado por el hecho ya señalado por muchos de que Rooney no prohíbe la traducción de su nueva novela al chino o al ruso, por ejemplo, países que no destacan precisamente por su respeto de los derechos humanos. Y donde, al contrario, sus gobiernos, históricamente y hasta el presente, se han destacado por construir sus propios apartheid fronteras adentro.

En este sentido, el ejemplo de Michel Houellebecq es aleccionador. Autor de una obra polémica, arriesgada, radical y conmovedora, Houellebecq ha tenido que exiliarse de Francia en distintos momentos, ante la amenaza que ha supuesto para su vida sus posiciones críticas contra el islam. La carga irreverente de su narrativa ha terminado por permear su imagen pública, bajo la cual, más allá de su look desastrado y de uno que otro escándalo menor, se esconde una personalidad tímida, amable y educada.

A propósito de esto, Houellebecq escribió un artículo donde trataba de deshacer el malentendido de sus supuestos desplantes a la prensa y al mundo editorial. «Yo no entiendo», se quejaba. «¿Cuál es el problema conmigo? ¿Qué sospecha la gente de mí? Yo acepto las distinciones, los honores, las recompensas. Yo juego el juego. Yo soy normal. Un escritor normal».

Gente normal. Como un personaje de Sally Rooney, diríamos. O casi.

Rodrigo Blanco Calderón es escritor. Su última novela es Simpatía (Alfaguara).

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Vídeos sociopolíticos

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«Napoleón en España» programa de La Clave Nº 255, de José Luis Balbín, emitido en TVE el 14 de enero de 1983. Grabado el 23 de diciembre de 1982.
Presentación y debate sobre el tema «Napoleón en España», de Fernando García de la Vega. Participan en el debate Claude Martin (profesor y autor de ‘Napoleón en España’), Gonzalo Fernández de la Mora (historiador), Carmen Llorca (profesora de historia), Rubert de Ventós (filósofo), Héctor Vázquez Azpiri (escritor) y Alejandro Nieto García (presidente del CSIC y catedrático de derecho administrativo). Ilustrado con la película «Lola la piconera», dirigida por Fernando García de la Vega.

Música

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Leaving the Table‘ [2016], es un tema compuesto y cantado por Leonard Cohen, de su álbum ‘You Want It Darker‘2016]. .Las Imágenes del vídeo corresponden al premiado documental  ‘Pictures of the Old World‘ [1972] de Dušan Hanák. vía Diana Lobos, 251021.

Humor