De la discapacidad y el poder

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Republica.com, 301020

El empresario y exalto cargo de CDC David Madí “presionó” para que Jordi Sànchez y Carles Puigdemont lideraran JxCat con el fin de que el soberanismo controlara “las esferas del poder político y económico”, aunque admitía que “nadie tiene ni puñetera idea” de cómo “materializar” la independencia.

El papel de Madí, dedicado desde hace años a la actividad privada, en la órbita independentista se desprende de las conversaciones que durante año y medio ha tenido intervenidas por orden del titular del juzgado de instrucción número 1 de Barcelona, Joaquín Aguirre, en la causa que investiga el desvío de fondos públicos a Waterloo.

En los autos en que acuerda las entradas y registros de la operación lanzada este miércoles, el juez sostiene que Madí “presionó” para que el expresidente de la ANC Jordi Sànchez fuera elegido secretario general de JxCat y para que el expresidente catalán Carles Puigdemont controlara el partido.

Para Madí, añade el magistrado, era fundamental controlar las esferas de poder político y económico para alcanzar sus objetivos incluso “fuera de las vías constitucionales”, aunque en una conversación que se le intervino confesaba: “Si un día se tiene que hacer un follón de narices, nadie tiene ni puñetera idea de cómo hemos de materializar la independencia”.

En sus conversaciones, el exalto cargo de CDC y miembro del llamado “estado mayor” del procés lamenta la falta de referentes en la política catalana: de Oriol Junqueras dijo que tenía “un punto de desequilibrado” y al presidente del PDeCAT, David Bonvehí, lo definió como “un pedazo de carne que es un auténtico subnormal”.

Según el juez instructor, también al propio expresidente catalán Quim Torra lo calificó de “subnormal político profundo” y apuntó a que tras su inhabilitación no habría grandes protestas en las calles.

De las conversaciones intervenidas durante el último año y medio, añade el magistrado, se deduce que tampoco el exconseller de ERC Xavier Vendrell -también detenido- ni el partido republicano querían que hubiese movilizaciones tras la inhabilitación de Torra, “interesados como están en un anticipo de las elecciones autonómicas para poder alcanzar la presidencia de la Generalitat”.

De hecho, sostiene el juez, “Madí y Vendrell aprovechan la inhabilitación de Torra para reforzar el discurso de la represión que se vive en Cataluña y continuar con su estrategia”: el primero “impulsando que él y sus allegados asuman el mando de JxCat y Vendrell y ERC para que su candidato se postule como principal candidato a la presidencia”.

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Separatistas dixit: “Pelomocho és un fill de p…”

Separatistas dixit: “Pelomocho és un fill de p…”

No son las únicas perlas recogidas por el Juzgado de Instrucción 1 de Barcelona. Hay para todos

Miquel Giménez en Vozpópuli, 301020

En el marco de la Operación Volhov, en la que han sido detenidas veintiuna personas por orden del juez Vendrell, se han podido conocer las opiniones que los separatistas implicados tienen acerca de sus correligionarios. Quien fuera conseller de Esquerra en épocas del Tripartito y militante de Terra Lliure, Xavier Vendrell, aseguraba que Puigdemont había insistido en investir a Sánchez aunque fuese a cambio de nada.

“Si lo llegan a saber los suyos, lo matan”, dijo. Vendrell está considerado, presuntamente, responsable de organizar los actos vandálicos de Tsunami Democràtic que, entre otros, colapsaron el aeropuerto de El Prat-Josep Tarradellas con incontables destrozos, daños a personas y cierre de las instalaciones. También se le presume ser, junto con otros, el nexo de unión con la conexión rusa de la que hablaba en mi artículo de ayer.

Tanto Vendrell como Madí, en conversaciones conocidas por el juez, coincidirían en considerar al de Waterloo como un “desequilibrado”, utilizando además la palabra “subnormal” como epíteto ofensivo contra otros dirigentes como Junqueras o Torra. Sería presuntamente por la mala opinión que ambos tienen del expresident que cuando este fue inhabilitado ni los CDR ni el Tsunami organizaron actos de protesta a gran escala.

De los exabruptos tampoco se libran Podemos o PSOE: “A esos hijos de puta hay que darles de hostias y apuntar los cañones sobre la cabeza de estos mamones, para que les dispare todo Dios si no conceden la amnistía”, habría dicho Vendrell. Se confirma así un extremo que venimos advirtiendo hace tiempo. El separatismo se encuentra dividido en dos partes: la de quienes seguir practicando el juego pujolista de la puta i la ramoneta con Sánchez para sacar todo lo que puedan y, por el contrario, la dequienes desean otro 1-O, pero esta vez llegando hasta sus últimas consecuencias. Es decir, una insurrección armada con enfrentamiento y derramamiento de sangre.

Si insalvable parece la brecha entre quienes quieren romper la Constitución y los constitucionalistas, no menos terrible es esta segunda división. De hecho, uno de los argumentos que más se escuchan en el mundo estelado últimamente es que Puigdemont no tuvo collons cuando Putin le ofreció ayuda, que proclamó la república para dejarla en el limbo, que Torra ha hablado mucho pero ha hecho poco y que la independencia o la trae el poble o si la dejan en manos de los políticos no llegará. Los radicales se ha radicalizado mucho más.

En el caso de personajes como Vendrell, con tantas sombras en su pasado, esto no parecería extraño ni singular. Ahora bien, David Madí es otra cosa. Ha sido el hombre de confianza que Mas utilizaba como puente con el Ibex. Para entendernos, Madi, nieto de Joan Baptista Cendrós, burgués catalanista, millonario y propietario entre otras empresas de la que producía el conocido masaje Floyd, es un niño bien catalán de manual. Con sus propias empresas, Nubul Consulting, Sloop Inversions, Batten Inversions, Comtria Inversions o Iki CATT XXI se movió siempre en el terreno de la especulación en el terreno de las inversiones.

Pero es que, además, ha sido asesor de Deloitte, presidente del consejo asesor de Endesa, vicepresidente senior del grupo APPLUS+, asesor de Telefónica, ha formado parte de instituciones como el Teatre Nacional de Catalunya, el Liceo, el Palau dela Música, el Orfeó Català, el Museo Picasso, el Foment del Treball; en fin, no es un piernas cualquiera. No es un chaval de barrio con odio social. Es un burgués hecho y derecho con las más sólidas relaciones entre las élites empresariales españolas. ¿Qué pinta, entonces, juntándose con el Tsunami? ¿Qué tienen que decir sus socios, amigos o exjefes? ¿Era un topo radical infiltrado en las altas esferas? ¿Era un topo de las altas esferas infiltrado en el radicalismo? O a lo mejor…

A lo mejor, lo más práctico sería preguntarle directamente a la gente del Ibex, a ver si nos enteramos de una puñetera vez a qué carajo está jugando esta tropa. Para ir abreviando y para no dejar solo a Pelomocho en el calificativo.

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Pablo Casado, presidente del PP, en el Congreso.
Pablo Casado, presidente del PP, en el Congreso. DAVID MUDARRA

Abstención cínica

F. Jiménez Losantos en El Mundo, 301020

SI hasta un reloj parado da bien la hora dos veces al día, alguna vez tenía que acertar el defraudador a la Seguridad Social y rijoso jotero Echeminga Dominga, recientemente multado por pagar en negro a su asistente. Luego dirá la marquesa que a ellos los denuncian y nunca les condenan. Ella y su macho moñudo acaban de indemnizar a Calvente por denuncia falsa de acoso sexual.

El tecnoheraldo del comunismo, ideología condenada junto al nazismo por la Unión Europea e ilegalizada en Alemania, se burló así de Arrimadas: «Hace unas semanas, Ciudadanos decía que su objetivo era apartar a Podemos de las cuentas. Hoy les servimos un plato de presupuestos escrito por PSOE y Unidas Podemos y dicen ¡qué ricos!, que se los van a comer con patatas. Están desesperados por soltarse del mordisco de Vox».

Este pnique es algo lerdo. Los Presupuestos no se escriben, eso son las novelas, que se ve que ha catado pocas; y una coma detrás de un signo de admiración es exuberancia de analfabeto funcional; con unas comillas para la expresión admirativa y un y que al sobaquillo, se sale del paso. ¿Ocultará el talento, como su paisano Macedonio Fernández, para evitar los celos de náufragos del Bachillerato como Montero? Lo dudo. Pero en la crítica a Súbditos, antes Ciudadanos, acierta de pleno.

Y también acierta sin querer, parado y todo, contra Casado, que ayer hizo un discurso espléndido y un ridículo memorable. Le ha cogido el gusto a las sorpresas, y tras anunciar a Cuca, que en la fiestajota iba de Ada Colau, subió a la tribuna sin papeles, como debe ser, y destrozó la dictadura de seis meses que defendía el fúnebre Illa. Pero el dictador lo desprecia tanto que ni se quedó a escucharle; y tras el gran discurso, va y anuncia la «abstención crítica» del Partido Popular, añadiendo que denunciará ante Europa, en Venecia, el peligro para las libertades de los españoles que supone el despotismo sanchuno. En Venecia explicará por qué ese peligro le preocupa tanto fuera y tan poco dentro que se abstuvo ayer.

No es que Casado no pueda soltarse del mordisco de Vox, es que se dejó los dientes en el mordisco que hace una semana le pegó a Abascal. Y prefiere el cinismo, en el sentido vulgar del término (para el histórico, véase La secta del perro, de García Gual, en Alianza Editorial) al arrepentimiento. Abstención cínica, pues, la de Casado, que ha enterrado juntas la ética y la crítica.

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Ilustración del Alberto Morales ‘AJUBEL’ [Cuba, 1956]para el texto

El poder judicial y las apariencias

El CGPJ, órgano de gobierno de la magistratura, no puede quedar sometido al mercadeo puro y simple de los grupos políticos, sino que su independencia, según el autor, debe garantizarse, en el fondo y en la forma.

Plácido Fernández-Viagas en El MUNDO, 301020

bservado recientemente que podríamos convertirnos en un Estado fallido, que es tanto como decir a la manera de Ortega un país invertebrado, carente de instituciones sólidas y respetadas. Es verdad que la falta de vertebración supone un riesgo mayor en Estados compuestos con articulación territorial autonómica o federal, como lo es el español, en donde parcelas de soberanía son transferidas del centro a la periferia.

Sin embargo, en países serios como Alemania, claramente con esa estructura, el funcionamiento del sistema es perfectamente regular. No ocurre lo mismo en España, de hecho a la hora de abordar un tema como el de la pandemia el resultado no puede ser más frustrante. Y ello con independencia del problema de lealtad que suscitan comunidades como la vasca y la catalana.

Escasos mecanismos centrales se mantienen en España, prácticamente nuestra supervivencia depende, en lo que aquí interesa, del reconocimiento de la capacidad de coordinación de distintas competencias por parte del aparato estatal, del mantenimiento de la Monarquía, de un poder judicial independiente y de la política exterior. Las Fuerzas Armadas se han convertido en un tabú del que es mejor no hablar. Pues bien, la coordinación es objeto de embates cada vez que pretende llevarse a la práctica.

El Gobierno central adopta posturas de auténtico complejo cuando se trata de hacer presente a la Monarquía en Cataluña y los ataques contra ella son expresos. La política exterior es trabada por un sinnúmero de agencias y oficinas de las Comunidades Autónomas, que nos desprestigian. Y el poder judicial, al que en concreto nos referiremos, es objeto de una campaña continuada de acoso.

Es de necios no darse cuenta que el origen de esta campaña nace con el intento de golpe de Estado de los independentistas catalanes en 2017. Ante los distintos procedimiento de que son objeto quieren invalidar a los órganos judiciales, hacerlos parte de un combate que demuestre que no son imparciales. Lo vienen intentando desde que interpusieron una demanda contra Pablo Llarena, instructor de las diligencias del proceso principal. Los abogados de nuestros sediciosos conocen perfectamente la jurisprudencia de los tribunales internacionales, y la utilizan en nuestra contra.

Así, en el casoPiersack, sentencia de 1 de octubre de 1982, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se refiere a «la confianza que los tribunales deben inspirar a los ciudadanos en una sociedad democrática». Y se añade, según un adagio inglés citado particularmente en la sentencia Delcourt de 17 de enero de 1970, que «justice must not only be done: it must also be seen to be done». No sólo debe hacerse justicia, debe parecer que se hace. Y si un Gobierno pretendiera configurar jueces a su conveniencia las apariencias no podrían ser más negativas, lo que ahora está ocurriendo.

La función jurisdiccional no puede comprenderse sin la existencia de ficciones, lo suficientemente fuertes e importantes como para que el mundo del Derecho carezca de sentido sin ellas. Así, la idea de que las «causas» han de resolverse exclusivamente con arreglo a ordenamiento jurídico constituye una de las bases sobre la que se asienta nuestra civilización. El concepto mismo del «pacto social» suponía que los conflictos que derivaren de la aplicación de las normas legales, mucho más cuando se tratase de la vulneración de las de carácter penal, debían ser resueltos por jueces que no atendieren a otras consideraciones que las de su ciencia, pues habrían sido nombrados por la comunidad precisamente en base a su preparación o bondad.

En la práctica, son innumerables los factores que pueden alterar dicho principio pero lo cierto es que constituye un modelo del que, desde el punto de vista teórico, no es posible prescindir. Pueden darse casos aislados de magistrados incompetentes o corruptos, pero si esto fuere aceptado como regla el clima de confianza necesario para mantener la función de juzgar desaparecería.

Como se indica en jurisprudencia reiterada del Tribunal Europeo, se trata de una cuestión de apariencias efectivamente. El proceso judicial no puede entenderse sin condicionamientos y seguridades de tipo psicológico. Para resolver si en un determinado caso hay un motivo legítimo para temer que un juez no sea imparcial «el punto de vista del acusado es importante, pero no es decisivo. Lo que sí lo será es que sus temores estén objetivamente justificados», se dice en el Affaire Hauschildt, sentencia del TEDH de 24 de mayo de 1989.

Lo anterior adquiere singular relevancia en el caso actual español cuando por parte del Gobierno se pretendía introducir una disposición legislativa que reducía de manera significativa las garantías de consenso para el órgano de gobierno de la judicatura. Si en la sociedad llegase a cundir la sensación de que dicho órgano obedece a una determinada corriente partidista, las condiciones de mantenimiento de la imparcialidad habrían desaparecido. La función judicial no puede confundirse con la política.

La imparcialidad es una consecuencia directa del reconocimiento del carácter no mecánico de la función judicial. Los jueces y magistrados no recitan un texto previamente establecido para cada caso. La interpretación de la norma, como nos recuerda el gran Luigi Ferrajoli, es siempre el fruto de una elección práctica respecto de hipótesis interpretativas de carácter alternativo. Los Tribunales son libres para resolver conforme a ordenamiento jurídico; por tanto, sus decisiones implican el ejercicio de un poder del que hay que alejar la arbitrariedad. Sus titulares responden por sus actos y deben funcionar con transparencia. Es necesario saber quién los elige y por qué.

En una democracia nadie se encuentra libre de toda sospecha. Como dice Laurence Tribe en su ConstitutionalChoices, «en temas de poder, el fin de la duda y la desconfianza es el comienzo de la tiranía». El juez se debe a la norma, a nada más, y sería disparatado aceptar que puedan condicionarle mayorías políticas de un signo u otro. No se trata de pedirle que permanezca en una urna de cristal o que sea tan insensible que no experimente reacciones mentales ante los sucesos del mundo exterior.

Es mucho más sencillo, se trata de que no las manifieste, que no deje traslucir sus convicciones de carácter ideológico o partidario en la escena pública, sobre todo si pueden referirse a asuntos que son objeto de procedimiento judicial. Caso contrario, los que deban acudir ante él van a sospechar, inevitablemente, que el resultado de la litis se encuentra decidido con anterioridad a la resolución final.

ASÍ, EN RELACIÓN con la composición del poder judicial y los intentos descarados de intervención por parte de los grupos políticos, habría que decir:

Primero.-Existe un aforismo bien conocido en la ciencia jurídica según el cual cuando la política entra en los tribunales, la justicia sale despavorida por la ventana.

Segundo.- Justicia Democrática que ejerció influencia nada desdeñable en los redactores del texto constitucional partía, al igual que sus compañeros de la Magistratura democrática italiana, del concepto de «autogobierno de la judicatura». Los jueces y tribunales habrían de regirse por órganos propios, no sería admisible que su gobierno estuviese incardinado en cualquier otro poder

Tercero.- El artículo 122 del texto constitucional, aunque previó la intervención del Congreso de los Diputados y el Senado en la elección de una parte del Consejo General del Poder Judicial, para hacer efectivo el principio de que la justicia emana del pueblo, exigió una mayoría de tres quintos para su efectividad. Cierto que una modificación legislativa posterior atribuyó a esos órganos la elección de la totalidad. Pero una mayoría de ese carácter produce confianza y seguridad.

Cuarto.- Reducir las exigencias de consenso en la elección supone un riesgo cierto para la imparcialidad. Sería indignante que el órgano de gobierno de la magistratura fuera conformado por la mayoría gubernamental a su mera conveniencia. Lo mismo ocurriría si, para evitar la proposición legislativa presentada, la composición del órgano quedara al mercadeo puro y simple de los grupos. Al final, nos cargaríamos la justicia.

Plácido Fernández-Viagas Bartolomé es magistrado y autor de la obra El Juez imparcial. Magistrado y Letrado de Asamblea Legislativa.

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File:Cheshire Regiment trench Somme 1916.jpg
Trinchera cerca de La Boisselle durante la batalla de Somme en julio de 1916.

De vuelta a las trincheras

Cristian Campos en El Español, 301020

Hay una escena en La amiga estupenda, la serie de HBO basada en la tetralogía Dos Amigas de la escritora italiana Elena Ferrante, en la que el espectador cree ver la luz para sus atormentados personajes.

Es esa en la que los hijos de dos familias napolitanas enemistadas por viejas rencillas, símbolo de las que enfrentaron a comunistas y fascistas en la Italia de la II Guerra Mundial, hacen las paces y celebran la Nochebuena juntos, olvidando uno de ellos el asesinato de su padre y el otro, la ruina y el encarcelamiento del suyo.

“Somos una nueva generación, a nosotros nos corresponde hacer las cosas de forma diferente” dice, palabra arriba, palabra abajo, uno de los jóvenes. Huelga decir que, en la historia de Elena Ferrante, ninguna de las dos familias que firman la paz es enteramente inocente, lo que facilita su reconciliación.

Resulta imposible no ver en ese capítulo una metáfora de la Transición. Sobre todo cuando, tras unos breves minutos de esperanza, aparece en escena una tercera familia de matones que reinyecta el virus de la violencia en el barrio.

La conclusión es desoladora. La violencia siempre ha estado ahí, agazapada, y escapar de ella es imposible. Cualquier esfuerzo que se haga por erradicarla, incluso a costa de sacrificar valores tan preciados como la lealtad a tu propia familia, ideológica o de sangre, es de inmediato aprovechado por un tercer actor que no tarda en meterse en la trinchera abandonada por sus antiguos ocupantes.

En la España de 2020, esa tercera familia de caciques que ha reiniciado el ciclo de la violencia es la de los populismos que han caído sobre la España de la pandemia como los marcianos de Mars Attacks! Sólo hay que verlos en el Congreso de los Diputados, echándose muertos y pobres y fascistas y enfermos y mujeres y terroristas a la cabeza, para comprender que hoy no sería posible un pacto como el de 1978.

Son partidos que no se sienten comprometidos en lo más mínimo por la paz firmada por derecha e izquierda durante la Transición y que reclaman su derecho a librar su propio conflicto civil, espoleando agravios, frecuentemente imaginarios o lisa y llanamente paranoicos, con la esperanza de reescribir la memoria de este país allí donde ellos creen que se torció el renglón de la historia en su contra.

La novedad española es que una de las dos familias firmantes de la paz original, la de la izquierda democrática que hoy debería encabezar el PSOE, ha acabado uniéndose por la irresponsabilidad de un aventurero de la política con esa tercera familia de populistas que se permiten dar lecciones de democracia cuando su lealtad a ella es puramente coyuntural.

No hace falta ser un lince para entrever que la actual situación es insostenible. El PSOE, pues él es el principal responsable de la situación, ha conducido a este país a una crisis política e institucional sin precedentes.

Nunca en este país se habían dicho en el Congreso tantas barbaridades y con un tono tan suavito, tan esponjoso, tan jesuita. Con el tono de Pablo Iglesias, de Macarena Olona y de Gabriel Rufián –al menos en Adriana Lastra fondo y forma coinciden. Nunca se habían aprobado gustosamente tantos disparates jurídicos.

Acompañan a Sánchez en esa degeneración 6.800.000 votantes, pero sobre todo los 3.120.000 de Podemos y los 2.500.000 de los nacionalistas. La realidad demoscópica es inescapable. A día de hoy, es más la gente en España que quiere a Sánchez en el poder que la que lo quiere fuera. Con esos bueyes hay que arar y pretender que existe una flota de tractores John Deere a nuestra disposición es hacerse trampas al solitario.

Como es hacerse trampas al solitario pretender que existe una mayoría alternativa a lo que vimos ayer en el Parlamento cuando este aprobó por mayoría absoluta fingir que la Constitución no existe ni dice lo que dice. Cuando aceptó renunciar a su deber constitucional de control del Ejecutivo. Cuando dio legitimidad a un flagrantemente inconstitucional estado de alarma de seis meses.

¿Y por qué no un estado de alarma de dos o tres años? De acuerdo a las justificaciones jurídicas oídas ayer, gobernar en un eterno estado de alarma es perfectamente posible. En eso, precisamente, debían de estar pensando los padres de la Constitución cuando redactaron su artículo 116. En abrir una puerta a la conversión del Gobierno en un poder irresponsable y dotado de perpetuos poderes extraordinarios.

Es probable que esa puerta no se vuelva a cerrar jamás para los españoles. A partir de ahora, bastará con que el Gobierno alegue la excepcionalidad de tal o cual emergencia para escapar al control del Parlamento. “Es alucinante, pero esta gente ha conseguido que el virus pase a ser nuestro segundo problema”, dijo Montano ayer en Twitter. “Es la encerrona perfecta” añadió luego.

Puede que la frase clave del discurso de Pablo Casado de la moción de censura fuera esa cita de Antonio Cánovas que dice que, en política, lo que no es posible es falso. Es la frase de un pragmático. Con ella, Casado decidió abandonar la semana pasada la trinchera que los populismos habían reservado para él y ejecutar la más impopular de las tácticas políticas posibles a día de hoy.

Pero el Gobierno insiste día tras día en cavar nuevas trincheras políticas, sociales, jurídicas e institucionales. Para cuando acabe con el país, este estará tan agujereado que se desmoronará al menor roce, como un polvorón hueco, bajo los pies de Pablo Casado.

Cabe una segunda opción. Que las trincheras que se están cavando acaben siendo tan hondas que terminen por enterrar a sus inquilinos, imposibilitados para salir de ahí. Pero esa posibilidad parece todavía lejana. De momento, se lo están llevando crudo y friendo a bombazos al voluntarioso que ha decidido salir a campo abierto.

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. Cayetana Álvarez de Toledo en el Foro Adea, Zaragoza. 231020 [especialmente interesante el turno de preguntas, a partir del minuto 42]

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El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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El Roto

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iñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 301020

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Sanidad, ciencia y fantoches

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Pedro Sánchez, durante su intervención en la sesión de control al...

Café bolivariano para todos

Jorge Bustos en El Mundo, 291020

Pero cómo no se le había ocurrido antes. Pedro Sánchez por fin ha encontrado la fórmula para que nadie le afee su deriva despótica: socializar el despotismo. Donde teníamos a un aspirante a autócrata, ahora tendremos 17. Palo y zanahoria a la vez: el capo chantajea con el descontrol de la pandemia a los 17 sistemas sanitarios, pero si se portan bien y tragan con dejarle en paz en las Cortes, les presta a cambio el cetro por medio año. Todos contentos: uno con su Doñana y los demás con su poder sin las cortapisas de los tribunales superiores.

¡Café bolivariano para todos! ¿El control parlamentario del Congreso? ¿Los 15 días estipulados por el artículo 116 de la Constitución? ¿La vigilancia de los jueces sobre las medidas arbitrarias del Ejecutivo? ¿Desde cuándo la sede de la soberanía funciona como lonja de roqueo donde se subastan los plazos de vigencia de nuestros derechos fundamentales? ¿En qué momento hemos permitido que los contrapesos democráticos sean transferidos al exacto coño de la Bernarda?

«Una puñetera locura» ha llamado a esta degeneración competencial Felipe González. Pero luego querrán que el personal cumpla el confinamiento mientras caen las hojas otoñales del calendario como clavos en el ataúd de su nómina moribunda. Siempre supimos que detrás de todo matón hay un cobarde, pero creíamos que Iván Redondo se esforzaría más en disimular la catadura de su cliente.

Cuando en Europa pregunten por el caos español, alguien tendrá que contarles que el presidente ostenta el cargo por razones puramente psíquicas, por ese prurito paleto del glamour de hoy y la revancha contra su ayer de arribista; y que eso de asumir responsabilidades y tomar decisiones en medio de una pandemia le encanece demasiado la vegetación que crece sobre el hormigón armado de su rostro.

Así que manda a ese cenicero de bingo que es el carbonizado Illa a hacer de escudo del señorito y escudilla de la oposición. Porque el jefe no puede estar pendiente de viejas con neumonía y camioneros sin trabajo. Que las nocheviejas en Lanzarote no se preparan solas.

Pero lo de menos es la cobardía de Sánchez, que ya juzgarán sus víctimas cuando se pongan las urnas. Lo que nos preguntamos hoy es qué pasa si la curva aconseja el confinamiento estricto de primavera para no reabrir morgues en pistas de hielo. ¿Se lo perdonará Ayuso a los madrileños pero no Mañueco a los castellanoleoneses? ¿Se lo impondrá Lambán a los aragoneses y Aragonès a los catalanes del espacio sideral?

¿Y qué pasa si Euskadi o Cataluña, no precisamente gobernados por campeones de ese compromiso de solidaridad mutua al que llamamos Estado nación desde la Paz de Westfalia, aprovechan el poder excepcional de la alarma para explorar impunemente nuevos caminos de deslealtad institucional? De la I República ya pasamos al cantonalismo; ahora igual viajamos del cantonalismo a la III República.

Estas cosas se me ocurrían mientras veía a Sánchez y Casado debatir en lo que todavía es el Parlamento y no una sala auxiliar del WiZink Center. Ciertamente debatieron en un tono muy otro al exhibido en las semanas anteriores a la moción de Vox. Casado persevera en su plan de responder serenamente a las cacicadas sanchistas con alternativas constructivas de cuyo rechazo salga retratada una y otra vez la soberbia gubernamental.

El PP debe entender lo mucho que le beneficia que Vox le llame traidor al tiempo que Pablo Iglesias se pone a tasar la moderación de Teodoro García Egea, que es como si la Veneno fijara el umbral de castidad de las novicias que quieren profesar en un convento. Afirma Macarena Olona que el PP es un coro de focas domesticadas y que Vox permanece como último dique de contención. Dique seco, más bien, porque 52 noes no sirven para contener nada que se proponga la mayoría Frankenstein, aunque no niego que haya quien se consuele con el eco melancólico del derecho a la pataleta.

De las focas pasamos a los esquimales cuando miramos hacia Ciudadanos, convencidos de que los españoles distinguen tantos matices ideológicos en política como tonos de blanco identifican los habitantes de los iglúes.

Sencillamente no queda ya espacio político entre Sánchez y Vox que no esté acaparando el giro al centro de Casado, pero ojalá la inmolación de Inés Arrimadas en el sí presupuestario sirva de veras para bloquear cesiones a ERC y Bildu, pese a las burlas lacerantes de Echenique. Pronto será Navidad, y vamos a necesitar más fe y esperanza que nunca.

Salvador Illa defenderá este jueves una alarma de seis meses decidida por Pedro Sánchez que gestionarán las autonomías. Quizá renuncia a gobernar porque todavía no se cree que haya llegado a presidente. Y nosotros tampoco.

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Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el texto

Historia de dos memorias

El autor muestra su estupor y desconsuelo por el hecho de que quienes promueven el olvido para facilitar la convivencia en el País Vasco son los mismos que reabren las heridas de la Guerra Civil para dividir a la sociedad.

Juan Claudio de Ramón en El Mundo, 291020

LA INDIGNACIÓN por el cartel de la serie televisiva Patria –donde el cadáver bajo la lluvia de una víctima de ETA se yuxtaponía al cuerpo desnudo y vejado de un etarra– me recordó otra polémica: la que trajo un vídeo del Gobierno para celebrar el 40º aniversario de la Constitución en que dos veteranos de la Batalla del Ebro (Germán, que luchó en las filas franquistas, y José, que lo hizo en las republicanas) charlaban cordialmente a la vera de un río, símbolo de sus arduas y trabajosas vidas.

La equiparación de combatientes de uno y otro bando no gustó al líder de Podemos y hoy vicepresidente, Pablo Iglesias: «Equiparar a los defensores de la democracia con los del fascismo no ayuda a la memoria histórica».

Las palabras de Iglesias señalan el malestar que en la actual izquierda de nuestro país causa el sonderweg español, el «camino especial» que España recorrió para recobrar la democracia, fuera del patrón general europeo. Si en Francia, Alemania o Italia el relato legitimador de las constituciones de posguerra fue el de una liberación (más o menos ficticia, pues se hizo con tanques americanos y ningún país liberado carecía de su propio fascismo) tal relato no estaba disponible para España: la guerra había sido atroz por ambos bandos y la dictadura demasiado longeva.

La joven democracia no podría fundarse en un relato de liberación sino en uno de reconciliación. En las historias que contaríamos, en las imágenes de los libros de texto, no habría fascistas subidos al patíbulo, sino el abrazo de dos combatientes. Era el consejo de Azaña cuando la antorcha pasase a otras manos: «Paz, Piedad y Perdón».

La reconciliación no es peor relato que el de liberación. Era difícil. Funcionó: España admiró al mundo y se asombró a ella misma. Y es de justicia recordar que había sido el Partido Comunista (su manifiesto en 1956) el primero en proponer ese camino. Pero en algún momento, las nuevas generaciones de izquierda dejaron de sentirse a gusto con lo que una reconciliación comporta: la admisión de culpa compartida y la igualación en dignidad de las víctimas de ambos bandos. Retengamos el triste arqueo, ciñéndonos a la represión en retaguardia, y en estimaciones capaces de suscitar consenso: entre 120.000 y 130.000 muertos en el campo franquista durante guerra y posguerra; entre 50.000 y 60.000 en zona republicana en el trienio bélico.

Cifras que quien no quiera equiparar debe al menos admitir comparables y que, como supieron muchos exiliados, dificultan presentar a la República como un bando libre de culpa y odio (sin necesidad de entrar a enjuiciar la calidad política del lustro republicano, permeado a izquierda y derecha de una funesta predisposición a la violencia). Por ello, muchos españoles no sintieron embarazo y sí orgullo en fundar la democracia en un acto de reconciliación.

Se renunciaba no a la indagación sobre el pasado sino al ajuste de cuentas. No se quiso quitar la razón al histórico líder socialista Indalecio Prieto que, hablando como vencido, pudo decir: «Pocos españoles de la actual generación estarán libres de culpa por la infinita desdicha en que han sumido a su Patria. De los que hemos actuado en política, ninguno».

Si nos fijamos ahora en el otro hecho traumático de la reciente memoria española, el dolor infligido por el terrorismo etarra, topamos con una situación simétrica y opuesta. Los mismos partidos que no aceptan un reparto de culpas durante la Guerra Civil, desean repartirlas en el caso de Euskadi, donde sí procede hablar de «conflicto», «bandos» y de «superar todas las violencias»; en una balanza, la fuerza legal e ilegal que el Estado democrático ejerció reprimiendo los crímenes de ETA pesaría lo mismo que la violencia terrorista.

Incluso quienes en su fuero interno dudan de esta nivelación se avienen a usar un lenguaje equiparador para facilitar la «convivencia» en «el tiempo nuevo».

Asistimos así, en España, a un raro y perturbador juego de espejos. Quienes practican la equidistancia en el País Vasco no lo hacen con la Guerra Civil: Euskadi es «compleja»; la Guerra, una historia de buenos y malos, demócratas y fascistas. Viceversa: cuantos se inclinan por ver la Guerra de España como una tragedia fratricida, un pecado colectivo cuyos protagonistas decidieron expiar en la Transición, en el drama vasco sí aprecian una nítida divisoria entre víctimas que merecen recuerdo perenne y villanos con los que no tener roce.

Si unos creen que la derecha española no está limpia de franquismo y excluyen a Vox del juego político, otros piensan que ETA, aunque ya no mate, va camino de vencer moralmente en el País Vasco y que Bildu es lo peor de la política española.

Unos se indignan con el cartel de Patria, otros por poner en pie de igualdad a veteranos de ambos bandos de la Guerra Civil. Los que no necesitan escoger un bando en un conflicto sienten que deben hacerlo en el otro.

En un caso es tolerable «tener diferentes sentimientos sobre el pasado» (dice el presidente Zapatero al valorar el acercamiento entre PSOE y Bildu); en el otro, las diferencias no son legítimas y es necesario que una versión se imponga. Todos quieren pasar página, pero no del mismo libro: unos de la Guerra y la Dictadura (¡aún seguís hablando de Franco!); otros de la violencia y sus secuelas en el País Vasco (¡ya está bien de hablar de ETA!).

Hasta aquí me he limitado a describir un hecho de la conversación pública española, uno de los ásperrimos cortes que nos polarizan (¿quizá el principal y más hondo?). Querría ahora situarme ante estas dos tesituras, estas dos políticas de la memoria. Nacido en 1982, mantengo la creencia de que Guerra Civil y Dictadura son dramas históricos clausurados. No se me oculta que no pocos no podrán decir lo mismo hasta que la labor de exhumación de restos de familiares se complete.

ero no comprendo qué aberrante fascinación obliga a los españoles de 2020 a militar en unos de los bandos de 1936. Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, se cantó en la Transición. ¿Somos nosotros los viejos de entonces? Suerte tenemos de no haber sido arrastrados por el azadón de la historia a las pestes de los años 30, ¿quién nos dio bula para juzgar a los ancestros de una mitad de españoles? ¿Quién es tan vanidoso como para saber de qué lado hubiera caído en la batalla del Ebro?

Acuciado a escoger entre la cadena culposa de errores del quinquenio republicano y el delito del 18 de julio, me quedaría con el error. Por graves que fueran los problemas imperantes en el verano de 1936, nada justificaba un golpe llamado a desatar una guerra civil, mal supremo, negra sima, matriz de un sufrimiento inenarrable, al que no se quiso poner fin tras la victoria de 1939, cuando tantos españoles hubieron de pagar sus simpatías republicanas en una impía posguerra.

Pero acto seguido pediría no presentar la Segunda República española como algo distinto de una experiencia fallida de convivencia, naufragada también por deméritos propios, que los historiadores deben poder estudiar sin apriorismos, en todo cuanto esa etapa crucial de la historia española tuvo de honroso y deshonroso, sin atenerse a leyendas negras ni blancas.

ANTE el drama vasco, en cambio, mi instinto moral no me autoriza a repartir culpas. En el momento en que ETA decidió seguir matando en desprecio de amnistía y bajo una constitución pluralista, la banda y sus apoyos perdieron derecho a erigirse en parte agraviada.

Según el cabal y ponderado Informe Foronda, el 92% de las víctimas mortales de terrorismo lo fueron a manos de ETA y grupos afines. Hablamos de 845 asesinatos (un tercio sin sentencia de autoría) y 2.533 heridos (709 con secuelas de invalidez), más de 80 secuestros, miles de extorsionados, decenas de miles de amenazados, y un alto número, aún sin cifra oficial, de exiliados. En el mismo periodo, entre 60 y 80 ciudadanos, según las fuentes, fueron asesinados por la extrema derecha o por grupos parapoliciales.

Un número indefinido, difícil de estimar, pero no insignificante, sufrió abusos policiales y tortura. Tomadas de una en una, las víctimas no se distinguen: merecen todas reparación y recuerdo. Pero del cuadro general se deduce una verdad moral: la agresión fue, en su parte mayor, unilateral. La respuesta tampoco fue la misma: el Estado juzgó, condenó y se avergonzó de la guerra sucia; la izquierda abertzale homenajea hoy a los etarras con fiada jactancia («hay 250 presos y habrá 250 recibimientos», ha dicho Arnaldo Otegi).

Ni la República ni la Guerra ni la Dictadura me son ajenas: me esfuerzo en saber más sobre ellas: es una forma de honrar a los españoles de ayer. Pero de esos españoles heredé un país plenamente democrático: mi afán de saber no es de enmienda. Declino militar en un antifranquismo sobrevenido, sentimental y sin riesgo en el que mi generación no solo no tiene la obligación, sino tampoco el derecho, de participar.

Si he de militar en algo será en el recuerdo de quienes, ante mis ojos y oídos, vieron su vida segada o rota por el terror etarra; si de he de tener héroes, serán quienes hicieron la resistencia civil al nacionalismo violento.

ETA y su mundo es el mal primero que como español del 78 me convoca. Sin duda, la sociedad vasca también merece una reconciliación, pero esta no puede consistir en que los matones de ayer –un ayer que se toca con las yemas de los dedos– se pavoneen de sus crímenes y los asesinables de entonces pidan perdón por seguir existiendo.

Que mi generación parezca dispuesta a olvidarse del mal que conoció y a ganar una guerra en la que no combatió me sume en el estupor y el desconsuelo. Qué memoria tan narcisista, qué olvido más cruel.

Juan Claudio de Ramón es diplomático y escritor. Su último libro es Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña (Deusto).

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La ‘cosecha PNV’: subida del 109% en el Concierto

Carlos Segovia en El Mundo, 291020

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, lo dejó más claro que el agua en su rueda de prensa ayer en el Congreso de los Diputados: «El PNV es un socio preferente y llegaremos a un acuerdo en los Presupuestos».

Los votos de los nacionalistas vascos son imprescindibles y su territorio es un claro ganador en la letra pequeña del proyecto de Presupuestos para 2021.

No hay más que ver el incremento del «109,3%» de la transferencia corriente al País Vasco para «financiar el sistema de concierto». Aparece como un dato perdido en la página 389 del informe económico financiero del proyecto presupuestario con esta somera explicación: «Merece señalarse el aumento que experimentan las asignaciones consignadas para financiar el sistema de Concierto Económico con el País Vasco, que se incrementa 368 millones hasta alcanzar 704 millones en 2021».

Es, además, la partida que más sube en términos porcentuales de las 55 principales transferencias corrientes del Estado. La sigue la destinada a financiar el Ingreso Mínimo Vital que también aumenta un 100% y supera la correspondiente a RTVE que sube un nada desdeñable 25%.

Esta transferencia millonaria al País Vasco funciona aparte del llamado Cupo, que es la aportación que hace este territorio a las arcas del Estado y que, según multitud de expertos, es privilegiado en el período 2017-2021.

Es el cálculo que arrancó el PNV a Cristóbal Montoro en aquel año en que el PP también los necesitaba y que una consejera de Hacienda andaluza en la época llamada María Jesús Montero consideró discriminatorio. Albert Rivera lo rebautizó como cuponazo con respaldo científico.

También destaca el País Vasco, que es una de las comunidades de mayor renta per cápita de España, en otro capítulo del proyecto presentado ayer: el reparto de las inversiones territorializadas del Estado. Se le presupuestan 512,46 millones, lo que le convierte en una de las escasas comunidades que suben con respecto al nonato proyecto de Presupuestos del Gobierno de Pedro Sánchez de 2019.

Aquél no llegó a ver la luz, pero asignaba al País Vasco 469 millones para, entre otras cosas avanzar en la Y ferroviaria. Un año después –con pandemia y recesión incluida–. la inversión estatal en el País Vasco sube en este proyecto que sí tiene más visos que entonces de reunir una mayoría parlamentaria.

A esos 512 millones hay que sumar los 194 millones que los Ministerios de Transición Ecológica y el de Transportes apartan para esta comunidad en la llamada «preasignación» de los fondos europeos. Se trata de una cifra similar a la de Castilla-La Mancha y el doble de la de Extremadura en unos fondos que van a «mejorar la cohesión territorial», según el presidente del Gobierno.

¿Apoyará el PNV los Presupuestos con estos guiños? Montero lo da por hecho y su presidente, Andoni Ortuzar, no dijo lo contrario ayer. El nacionalista sí criticó que Moncloa le había garantizado la semana pasada que no iría el impuesto al diésel y que luego sí aparece en el proyecto lo que «mina la confianza». Por cierto, Ciudadanos dijo ayer que también había recibido garantía monclovita de que se retiraría la subida del diésel, cosa que Montero no confirmó en rueda de prensa en un nuevo acto del teatrillo negociador presupuestario.

Si la andaluza no cede los 500 millones de recaudación que representa en 2021 este incremento fiscal en el gasóleo –superior a los 144 millones previstos por las subidas del IRPF «a los ricos»– Ortuzar se abre a alternativas: «Plantearemos una enmienda o buscaremos medidas que palien el efecto negativo que puede tener ese impuesto en Euskadi y en el sector de la automoción vasca para salvaguardar esos empleos», declaró en Radio Popular.

Es decir, si sube en otros territorios se siente, pero al menos que se amortigüe en el País Vasco con alguna otra ayuda. El PNV hizo cosecha con Mariano Rajoy, con el PSOE en la moción de censura y ahora con el Gobierno de coalición.

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Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Sánchez y el ibuprofeno

El presidente ha hecho depender su política sanitaria, presupuestaria y legislativa de partidos como ERC y Bildu. A los que, lejos de moderar, ha empoderado. Es una insensatez completa

José Antonio Zarzalejos EN El Confidencial, 291020

Las grandes decisiones de la política española —legislativas, sanitarias, presupuestarias— dependen de los partidos independentistas catalanes, que suman una veintena de diputados en el Congreso. Las formaciones de la coalición de Gobierno suman solo 155 escaños y hacen mayoría absoluta con ellos y, alternativamente, con Bildu, es decir, con el separatismo vasco vinculado a la trágica historia de la organización terrorista ETA. Pedro Sánchez está deconstruyendo el Estado intentando una política de apaciguamiento en Cataluña para contar con el apoyo de los partidos de Junqueras y de Otegi. Lo está logrando, pero es una completa insensatez.

La operación judicial y policial de la que este miércoles informó en exclusiva este diario sobre una presunta trama corrupta que financiaba tanto el proceso soberanista como la estancia de Carles Puigdemont en Waterloo demostraría inicialmente que en la sedición de septiembre y octubre de 2017 en Cataluña hubo —¿siguen estando ahí?— actores subterráneos que mantienen engrasados los mecanismos insurreccionales desde algunos espectros de la sociedad civil. Se trataría de personajes vinculados al mundo empresarial y de los negocios que obtenían lucro para sí y para la causa secesionista. Hasta ahora, de manera impune.

Que los partidos con los que un Vendrell, un Madí o un Soler están conectados, no solo ideológicamente, sean los que resulten determinantes en la política española por la debilidad gubernamental, es un despropósito que explica, no obstante, el deterioro de las instituciones comunes y la deslegalización de materias. Es una política que deslegitima en términos éticos y democráticos la estrategia de Sánchez. Según la agitación y propaganda que acompaña con profusión y ovacionándola la arbitrariedad del presidente del Gobierno, el objetivo de la mesa de negociación entre el Ejecutivo y la Generalitat, acordada por el PSOE y ERC para asegurar la investidura de Sánchez, trataba de desinflamar el ‘conflicto’ catalán, administrándole dosis de ibuprofeno, un fármaco analgésico y antiinflamatorio que se dispensa en farmacias bajo prescripción médica y que ha venido sirviendo de metáfora para explicar las intenciones del secretario general del PSOE en aquella comunidad.

ERC y Bildu, que actúan en el Congreso al alimón, han persistido en sus tesis ante la imperturbabilidad de Pedro Sánchez y de su grupo parlamentario. Los republicanos insisten en un desafiante ‘lo volveremos a hacer’, teorizado en un libro escrito a cuatro manos: Oriol Junqueras (en la cárcel) y Marta Rovira (huida de la Justicia en Suiza). Torra ha sido inhabilitado en firme y todavía este lunes su sustituto en funciones, Pere Aragonès, se permitió en la Conferencia de Presidentes, celebrada virtualmente en el Senado, lanzar un mitin independentista ante la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. No consta que el presidente del Gobierno le interrumpiera o le reprochara después su deslealtad. Moncloa ha extendido una patente de corso.

Los secesionistas pueden permitirse cualquier licencia porque la reacción de Sánchez estará siempre condicionada por sus intereses de continuidad en el poder y guiada por las inquinas que le impiden practicar una política estadista. Los acontecimientos en Cataluña acreditan que la administración del ibuprofeno desde la Moncloa no ha hecho efecto alguno. La situación no mejora ni en lo social ni en lo político. Por el contrario, ha empoderado todavía más a los secesionistas y está arrinconando dramáticamente a los sectores constitucionalistas, incluido el PSC, que ha perdido sus valores referenciales más característicos.

Sánchez ha logrado lo que ni siquiera intentaron González o Zapatero: convertir la organización que dirige Miquel Iceta —con el permiso de Salvador Illa— en una sucursal del PSOE y de las políticas de su secretario general, en las que los socialistas catalanes carecen de protagonismo. La interlocución del Gobierno con Cataluña se produce a través de un personaje tan menor y ruidoso como Gabriel Rufián, que lanza vetos, admoniciones y teatraliza con una prepotencia mortificante para el banco azul. No pasa nada. Las elecciones autonómicas catalanas van a ser un paseo militar para los independentistas. El Estado se dará de bruces el 14 de febrero de 2021 con un secesionismo de nuevo mayoritario en el Parlament y quizá por encima del 50% del voto popular.

La política española, en un trance tan dramático como el que vive, no debería depender de los humores destructivos de ERC y de Bildu. Ambos partidos merecen un auténtico cordón sanitario. El primero, por seguir manteniendo el propósito sedicioso, y el segundo, por su vinculación inmoral con los crímenes de ETA, que no ha condenado y a cuyos militantes ampara y enaltece. El ibuprofeno de Sánchez va a tener que empezar a tener que aplicárselo, no a la Cataluña secesionista, sino a los españoles del norte, del sur, del este y del oeste, que enferman, han perdido a seres queridos en esta pandemia, desesperanzados ante un futuro sin trabajo y amenazados permanentemente por el desgobierno que Sánchez propicia con —insisto— una implacable deconstrucción del Estado. Hoy lo volveremos a comprobar en el Congreso.

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Cinco grandes minutos de Toni Cantó en el Parlamento valenciano [@Tonicanto1, 291020]:

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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El Roto
V
iñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 291020

https://elquiciodelamancebia.files.wordpress.com

Fondos europeos: ¿coalición [pp/psoe] sine qua non para su subvención?

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Rumores y mentiras

LA coalición se malicia en los mentideros madrileños, quizás sólo con el fin de tratar de justificar la nefasta moción de censura..

Como con piedra Sánchez toda bajeza es posible, acaba resultando más sensato creer en los rumores quen sus burdas mentiras..

Veremos.

EQM

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Ilustración de Javier Olivares [España, 1964] para el texto

Alarma: otra chapuza más

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes El Mundo, 281020

Resulta pedagógico analizar la reacción de los gobernantes alemanes frente a la epidemia. Existe allí una legislación de excepción –sería nuestro artículo 116 CE– aprobada en mayo de 1968 como una modificación de la Constitución.

A nadie se le ha ocurrido invocar los instrumentos en ella contenidos para afrontar los efectos del virus actual. La respuesta legislativa, más comedida, ha consistido en la reforma de una ley que el Parlamento alemán tiene aprobada desde enero de 2001. Se trata de la conocida como Ley de protección contra las infecciones.

Como nosotros contamos con un Estado descentralizado, tiene interés recordar las competencias en esta materia y su reparto entre la Federación (el Estado) y los Länder (nuestras comunidades autónomas). Se llaman competencias concurrentes.

Pero, atención para el federalista español a la violeta: cuando, como consecuencia del ejercicio por los Länder de una competencia compartida puedan verse afectadas la igualdad de las condiciones de vida de los alemanes en el territorio federal o peligre su unidad jurídica o económica, la Federación puede hacer uso de su competencia legislativa, lo que supone que los Länder pierden la suya.

La legislación federal se impone sin más sobre la legislación federada. En alguna otra ocasión hemos explicado –sin que nadie jamás haya hecho el más mínimo caso– que con esta regla en el ordenamiento español se suavizarían centenares de las tribulaciones que nos torturan. Pero ¿quién quiere entre nosotros un sistema federal?

Volvamos al virus. El 20 de marzo de este año, estamos ya en pleno crecimiento de la epidemia, se aprueba una breve modificación de la ley citada (completada en mayo). Según las nuevas previsiones, el Parlamento puede declarar una epidemia «de importancia nacional» lo que, en efecto, se hizo el 28 de marzo.

A partir de ese momento recibe el ministro de Sanidad una dilatada competencia reglamentaria que se extiende por muy diversos ámbitos y que ejerce en forma de reglamentos jurídicos de los que se han aprobado una dilatada lista. También los Länder, investidos de atribuciones, se han prodigado.

Desde el 28 de marzo las tareas médicas y especializadas de coordinación entre los Länder, y entre éstos y la Federación, es ejercida por el Instituto Robert Koch, lugar donde los científicos centralizan los trabajos relativos a la epidemia.

Se pueden prohibir reuniones particulares, cerrar colegios total o parcialmente, confinar a personas u ordenar cuarentenas, respetando el principio de proporcionalidad. Procede la impugnación ante el juez, pero los recursos no tienen carácter suspensivo. Se admite, no obstante, que dicho juez dicte medidas cautelares y se han detectado, con ocasión de los pleitos trabados, discrepancias en las respuestas judiciales. En fin, las infracciones de estas medidas se castigan con multas o con la privación de libertad.

Esta realidad está poniendo a prueba el sistema federal siendo el debate en estos momentos muy vivo. Desde quienes entienden que se está saldando con éxito hasta quienes creen que la epidemia ha puesto de relieve los límites de la descentralización federal.

Entre los juristas se ha desatado la polémica acerca de la constitucionalidad de tanta exuberancia legislativa y también encontramos opiniones para todos los gustos: desde quienes las califican de autoritarias hasta quienes las acogen con indulgencia (por ejemplo el ex presidente del Tribunal Constitucional, Hans-Jürgen Papier). Sin que nadie invoque la legislación de excepción a que hemos hecho referencia al principio de este artículo.

Pues bien, frente a estos comportamientos polémicos pero precavidos, el Gobierno de España vuelve a conmocionarnos con una declaración de alarma. Cuando nos confinaron, muchos advertimos de su improcedencia pues el Gobierno no había respetado las previsiones constitucionales al suspender derechos fundamentales y regular de manera arbitraria algunas actividades.

Si entonces la crítica derivaba de tal exceso, hoy el reproche procede de la imprevisión, de la imprecisión y de la intención de prolongar la alarma en el tiempo, estirándola como una goma de mascar.

Han pasado más de seis meses y ni el Gobierno ni sus aliados han presentado a las Cortes iniciativa alguna para aprobar un marco legislativo adecuado. A nuestro juicio, el Gobierno no puede invocar alarma, un sintagma ligado al sobresalto o susto, cuando nos ha estado alertando de que en otoño volvería una segunda ola. Los estados excepcionales han de reservarse para situaciones inopinadas e imprevisibles: no es posible estar en continua alarma y excepción de la misma manera que no puede estar un despertador continuamente despertándonos.

Padece la seriedad y se aboca a la trivialización de los conceptos. Un terremoto nos puede hacer temblar una vez, pero a partir de ese destrozo, se trata de fortalecer las construcciones; del mismo modo que una riada puede acabar con las cosechas, pero la siguiente encontrará un muro de contención así como compuertas para derivar los cauces.

Anegados por una primera ola, obligado era evaluar lo hecho tal como de manera insistente asociaciones científicas han reclamado (sin que nadie les haya hecho caso). Desde el punto de vista jurídico, es la legislación sectorial la llamada a acoger las respuestas, tal como se hace en la legislación local ante catástrofes o en la de seguridad ciudadana ante las alteraciones del orden público.

En este caso, es la legislación sanitaria donde deben precisarse las facultades extraordinarias, las actuaciones singulares, los instrumentos apropiados, atribuyéndolos a las autoridades sanitarias, como hemos visto han hecho los alemanes. Para reformar con cabeza y pluma jurídica la ley orgánica 3/86 no hace falta ser Solón (de hecho, se ha propuesto desde el primer partido de la oposición).

Por contra, durante estas semanas se han reunido las Cortes para ofrecer algún espectáculo bochornoso y también para aprobar seis leyes sin que ninguna se ocupe del mayor problema de nuestra sociedad.

Es más, el Congreso ha desaprovechado la ocasión, al hilo de la convalidación de un decreto ley que incorporaba estrategias de coordinación sanitaria, de tramitarlo como una ley que incluyera previsiones –con carácter orgánico– para concretar facultades y medidas claras, graduadas y pertinentes. Y se sigue desaprovechando el tiempo: hace más de mes y medio se publicó una proposición para definir un marco de actuación en la legislación sanitaria y no hay avances.

No acaba aquí la chapuza de la inacción gubernamental porque con el nuevo decreto se acumulan otras con cierta avidez: los tiempos son imprecisos, se introduce el toque de queda y se reducen los controles judiciales. En tal sentido, el texto afirma que «resultará imprescindible prorrogar esta norma por un periodo estimado de seis meses» y, además, sin el imprescindible control por el Congreso de los Diputados; por si fuera poco, se faculta a las autoridades autonómicas para que puedan «modular, flexibilizar y suspender» las medidas, incluido el propio toque de queda.

De nuevo, goma de mascar. Y, todo ello, cuando escuchamos a diario la cantinela de que el objetivo es dotar a la lucha contra el virus de plena seguridad jurídica y solvencia constitucional.

En fin, lo que alarma en el decreto de alarma es la imprevisión, la inconcreción y, por ende, la incorrección constitucional. Pregúntese el lector si soportaría que, en un concierto, estuviera sonando la alarma durante toda la interpretación, el director (el Gobierno) desatendiera de vez en cuando su batuta y cada instrumentista (las comunidades autónomas), sin partitura, intentara seguir una melodía de oídas.

Espeluznante. Una conclusión numérica: Alemania, 83 millones de habitantes, lamenta 10.000 muertes. España, 47 millones de habitantes, llora la desaparición de 35.000 compatriotas (según cifras del propio Gobierno).

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes son catedráticos de Derecho Administrativo.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, y la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, a su llegada a una sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, este miércoles en Madrid, (España).
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, y la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, a su llegada a una sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, este miércoles en Madrid, (España).Europa Press

La prórroga del estado de alarma

Manuel Aragón en El País, 281020

No voy a referirme aquí a los muchos problemas que plantea la reciente declaración, por Real Decreto 926/2020, de 25 de octubre, del estado de alarma, entre ellos la dificultad, de acuerdo con la Constitución y la Ley Orgánica 4/1981, de decretar un estado de alarma de ámbito nacional que, sin embargo, lo que hace es delegar (dentro de unos límites, claro está) en las comunidades autónomas el dictado efectivo de las medidas a adoptar, dando lugar a una especie de estados de alarma de “declaración autonómica por delegación”, que no concuerda con lo previsto en nuestro ordenamiento constitucional y legal, aparte de que podría originar una variedad de medidas territorialmente desconectadas. O la atribución (disposición final primera del Real Decreto) a los simples decretos previstos en el art. 8.2 de dicha Ley Orgánica de la capacidad de modificar las restricciones de derechos establecidas en el decreto de declaración, pese a que aquellos decretos del art. 8.2 no tienen fuerza de ley.

Voy a ceñirme solo a un problema realmente grave: la pretensión de que la prórroga de ese estado de alarma lo sea por un plazo muy superior a 15 días, anunciada en la propia exposición de motivos del decreto de declaración y apoyada por manifestaciones públicas del Gobierno (e incluso de partidos que no forman parte de él).

En esa exposición de motivos se expresa la necesidad de que la prórroga lo sea por seis meses, en lugar de los 15 días hasta ahora utilizados en todos los estados de alarma (excepción hecha del declarado en 2010 a causa de la huelga de los controladores aéreos, cuya prórroga lo fue por 30 días).

Dicha pretensión de alargamiento (por seis meses) de la prórroga creo que entra en conflicto con la Constitución. Cosa distinta, y loable, es que se alcanzase un pacto político entre Gobierno y oposición acordando prorrogar el estado de alarma cuantas veces fuera necesario para hacer frente a la pandemia. Pero ese pacto político, que dotaría de una estabilidad conveniente a las medidas que se vayan adoptando, lo que no puede es transformarse en una disposición jurídica que estableciera prórrogas por tiempo superior a 15 días, algo que, a mi juicio, no está constitucionalmente permitido.

Es cierto que, a diferencia de lo previsto en el art. 116.3 CE, que fija expresamente que la prórroga del estado de excepción habrá de serlo por el mismo plazo de 30 días dispuesto para la declaración, el art. 116.2 CE, después de determinar que el plazo máximo del estado de alarma será de 15 días, únicamente especifica que sin la autorización del Congreso no podrá ser prorrogado “dicho plazo”.

Ello ha suscitado la discusión de si la prórroga del estado de alarma habría de serlo, necesariamente, por el mismo plazo de la declaración (15 días) o cabría hacerlo por un plazo superior. En mi opinión, la interpretación correcta del precepto constitucional conduce, de manera razonable, a sostener que (análogamente a lo que sucede con el estado de excepción) la prórroga del estado de alarma ha de ceñirse también al mismo plazo de la declaración inicial. Y ello por los siguientes motivos.

La literalidad del precepto, en cuanto que “dicho plazo” no puede estar referido más que al plazo ya fijado para la declaración, y en cuanto que prorrogarlo, significa, en principio, “repetirlo” y no “ampliarlo”, salvo que expresamente el precepto constitucional así lo hubiera dispuesto, cosa que no ha hecho.

La finalidad del precepto, que no es otra que la de asegurar la necesaria intervención periódica del Congreso autorizando la prórroga, con el objeto de que sobre la misma (y sobre las posibles prórrogas futuras) aquel ejerza su control. Es cierto que es el Congreso y no el Gobierno el que autoriza la prórroga, pero también lo es que de la Constitución cabe derivar la garantía de que, necesariamente, no deban transcurrir más de 15 días sin que el Congreso intervenga.

Garantía que no puede quedar a la libre disposición de la mayoría de la Cámara, entre otras razones, porque entonces se hurtaría a la minoría su derecho al ejercicio del control parlamentario, y a la opinión pública el conocimiento del debate que, sobre la prórroga, en la Cámara habrá de realizarse.

Además, y ello es aún más grave, porque se hurtaría al propio Congreso una competencia propia, de la que no puede libremente disponer, ya que la intervención parlamentaria no tiene por objeto sólo la dación de cuentas a la Cámara (a efectos de información y debate), sino que esta sea periódicamente co-decisoria sobre la prolongación del estado de alarma. La periodicidad, pues, de 15 días que de la Constitución se desprende debe considerarse, por ello, una exigencia constitucional ineludible.

La LO 4/1981 no dice nada sobre el plazo de la prórroga del estado de alarma, pues únicamente expresa (art. 6.2) que el Congreso, al autorizar la prórroga “podrá establecer” su “alcance y condiciones”, sin referirse para nada a la duración temporal.

Es razonable entender que el término “alcance” se refiere a la extensión territorial y el de “condiciones” a la intensidad de las medidas, que son algo bien distinto a su “duración” o “plazo”; prueba de ello es que ese mismo precepto que sí se refiere a la “duración” como contenido necesario de la declaración, no hable de “duración” cuando se refiere a la prórroga.

De todos modos, si se entendiera que existe en el art. 6.2 de dicha ley orgánica una imprecisión sobre el plazo de la prórroga, tal imprecisión habría que resolverla interpretando dicha ley conforme a la Constitución, y de esta se desprende, como ya se ha dicho, que el plazo de la prórroga no debiera exceder de 15 días.

No valdría como razón el hecho de que el estado de alarma declarado hace diez años para hacer frente a la huelga de controladores aéreos fuese prorrogado (Real Decreto 1717/2010, de 17 de diciembre) por treinta días, pues si, como cabría sostener, ello se hizo contraviniendo la Constitución, la inconstitucionalidad pasada nunca podría servir para sanar una inconstitucionalidad futura.

De manera lamentable, estamos asistiendo en los últimos tiempos a un reiterado desvío de lo que la Constitución exige, en su letra y en su espíritu. Y no solo en relación con las medidas para hacer frente a la pandemia, sino en general. No es ese el camino por el que debe transitar nuestra democracia, sencillamente porque sin el Estado de derecho aquella pierde todas sus garantías.

No tiene por qué haber contradicción entre Constitución y salud, porque esta puede perfectamente protegerse de modo constitucional: a través del derecho ordinario y, si fuera preciso, a través del derecho de excepción. Eso sí, cumpliendo fielmente lo que, en ambos planos, la Constitución ha dispuesto.

Manuel Aragón es catedrático emérito de Derecho Constitucional y magistrado emérito del Tribunal Constitucional.

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Querida Mrs. Von der Leyen

Querida Mrs. Von der Leyen

José Félix Pérez-Orive Carceller en ABC, 281020

Cuando un país de la Unión tiene graves problemas financieros solicita un rescate económico, pero cuando los problemas son de derechos civiles, lo pertinente es un rescate político. Cierto es que a un gobierno solo se le puede deponer con votos, y mi interés no es rendir al Gobierno, aunque me gustaría hacerlo, sino impedir que altere las reglas del juego, que es lo que le pido.

Mi preocupación sobre el tema tiene su origen en 1978, durante un viaje en avión de Madrid a Moscú, en el que se sentó a mi lado un escritor chileno encantador, amigo íntimo de Neruda y galardonado con el premio Nacional de Literatura.

La conversación que él impuso versó sobre cómo la izquierda pretendía evolucionar para no volver a sufrir la tragedia de Salvador Allende que, conseguido el poder de forma legal, había sido derrocado por el ejército en 1973. Mi acompañante vestía con esmero, viajaba en primera clase, hablaba bien de nuestro Rey, y se mostraba ambiguo sobre el sistema soviético.

omunicación. Teitelboim explicaba que una democracia formal podía convertirse -pacíficamente- en una comunista, socavando el equilibrio de poderes que postulaba Tocqueville.

Bien, esa hoja de ruta, que luego cristalizaría en el chavismo, es la que nos han impuesto en España. Sánchez llegó a la presidencia con el enfebrecido empeño de regenerar la democracia, pero quebró sus promesas y pactó con comunistas, independentistas y filoterroristas. Cercó al Rey, porque es el comandante en jefe de los ejércitos; puso al frente de la televisión pública a una comisaria política; nombró fiscal general del Estado a su ministra de Justicia.

La colorista idea de transparencia que buscaba con su moción de censura destiñó de inmediato: el portal de información no contestaba al 20% de las preguntas que le formulaban; y a una en especial: ¿qué hacía un ministro del Gobierno español esperando a la vicepresidenta de Maduro, a las dos de la mañana, aterrizando ilegalmente en Barajas (espacio Schengen) para pasar de matute cuarenta maletas por la aduana?

Demasiados hechos acreditados, señora presidenta, para conceder a Sánchez credibilidad en base a sus puestas en escena de guapeza barata. Tengo la paranoica sospecha de que desea eternizarse en el poder al estilo de Maduro o Putin, pero necesita dinero para crear una economía cautiva y subsidiada y depender poco del mercado.

Vende este afán de acceder al dinero europeo como un acto de patriotismo que nos obliga a apoyarle, mientras que más de media España piensa que el patriotismo radica en saber administrarlo, para no perjudicar a nuestros descendientes.

España no es Grecia ni Irlanda, una catástrofe económica aquí arrastraría a toda la Unión. ¿Y qué hay que hacer? España tiene un buen empresariado y un sistema bancario que les puede ayudar en los temas operativos, pero ustedes, como emisores de deuda, han de cumplir con su responsabilidad financiera y ser roqueños con las garantías. Le reitero algo archiconocido: Sánchez muestra un correoso negacionismo al dinero condicionado. Fue tan beligerante con los recortes del anterior Gobierno, que le parece de mal gusto que se los mencionen.

Con su peculiar estilo, anunció que había conseguido el 97% de lo que se había propuesto en Bruselas el 21 de julio, y se dio un homenaje con una llegada digna del Domingo de Ramos, jaleada por sus ministros, sumidos en un arrobo contemplativo al borde del trance. El éxito ya estaba logrado. «¿Y el dinero? Oiga, falta el dinero», pregunta desde entonces el Banco de España.

Al disfrazar parte de la negociación de aquella madrugada (quiere darnos la impresión de que en Europa lo adoran), si parte de los fondos de recuperación, 140.000 millones de euros, se retienen -como podría ocurrir- por desacuerdo en las reformas que tiene que llevar a cabo, Sánchez dirá que no los necesitamos, lo cual no es cierto, o que podemos esperar seis años para pedirlos; y dará prioridad a recibir las subvenciones a fondo perdido ¿para la pandemia?, con la inquietante convicción de no tener que rendir excesivas cuentas, de forma que pueda hacer lo que le venga en gana, aunque ello vaya en contra del ideario europeo de cooperación leal y respeto a los derechos democráticos (seis meses de estado de alarma). Parecido intento de hurtarnos información fue reinterpretar, ante la opinión pública española, la firmeza argumentaria de Mr. Rutte, premier de los Países Bajos, remarcando la amistad que los unía para blanquear, a modo de coartada, los capones recibidos.

Cuando Sánchez choca con la realidad, como chocó contra el Covid o ahora con la independencia del Poder Judicial, transpira entropía: no asume responsabilidades y busca causantes. No duden que si lo aprietan les hará culpables y les desafiará a abandonar el euro. La temeridad de nuestro presidente no es biodegradable: le han cogido en tantas falsedades que ya no se molesta ni en desmentirlas; adormece su precaria conciencia diciendo que eso es la política. Pero la sabiduría política consiste en «under promise and over deliver» y les recuerdo que Sánchez hace lo contrario: promete en exceso y da muy poco.

El tablero, pues, queda así: sin Podemos y compañía no hay presupuestos, y sin ustedes no hay dinero. Sánchez quiere las dos cosas a la vez, y eso solo es posible engañando a los dos. Primero logrará aquí, con esfuerzo, que le aprueben unos presupuestos con unos recortes mínimos mintiendo a sus compañeros de coalición con que ustedes no le exigen más, gracias a su habilidad negociadora, o que pospone la solicitud de los préstamos para no aumentar nuestra deuda (argumento increíble en un manirroto), y una vez conseguida esa aprobación en nuestro Congreso, solicitará los préstamos y cederá en las reformas con ustedes, falseando lo que pueda.

Presidenta: el 18 de noviembre, cuando den una opinión sobre los presupuestos comunitarios, tengan en cuenta que las cuentas de Sánchez estarán llenas de vacíos, inexactitudes numéricas e imposibles calendarios. Átele corto a los objetivos que ha fijado la Comisión; y el resto déjenoslo a nosotros.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

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Progreso vs. regreso en yoga – Yoguineando

Cuando al retroceder se le llama progreso

Eduardo Uriarte en Fundación para la Libertad, 281020

El tono paternal de nuestro presidente en su aparición en televisión, justo al día siguiente de que Pablo Casado le hurtara todo protagonismo ante la tronante moción de Vox, nos siguió mostrando su pose de monarca del Antiguo Régimen predicando -pues lo eran por derecho divino- a los vasallos y exhibiendo su real generosidad ante los virreyes territoriales ofreciéndoles nada menos que el estado de alarma.

Un estado de alarma que, por la fórmula requerida desde Euskadi y Cataluña nos devuelve al caos y arbitrariedad de aquella época preconstitucional, y por la amplitud de su aplicación, seis meses en claro fraude de ley, deshabilitando el control parlamentario,  le facilita a Sánchez convertirse en un autócrata.

Que nuestro presidente, llevado de su decisionismo, no es escrupuloso con la legalidad es ya un hecho conocido, pero de lo que está dando muestras, por estilo y obra, es que se está convirtiendo en rey en lugar del rey, pero no rey constitucional, más bien en pretendiente carlista. De ahí el apoyo de los montaraces del País Vasco y Cataluña.

Debieran mis amigos que militan apasionadamente en el PSOE meditar sobre la falta de sensibilidad constitucional y democrática de su líder, y reflexionar sobre la actual adhesión socialista al liderazgo más propia de nacionalistas o el totalitarios que de lo que se llamó socialismo en democracia. ¡Vivan las Cadenas!

Sánchez es dado a hacer política convocando a Cortes, convocando a los presidentes de las autonomías, desencajando la función del Congreso y dejando más desocupado aún más al Senado -recordemos que las pocas veces que el rey convocaba a Cortes era casi siempre para pedir dinero o ensalzar su persona-.

El presidente de la España plurinacional no gusta de estructuras políticas modernas, prefiere las que rigió las Españas, como llamaban a este país los tradicionalistas. Es en el Congreso donde debe plantearse el estado de alarma, no en este invento de presidentes de comunidad donde tan a gusto está este progre de mentalidad y hechos reaccionarios.

Que vamos al pasado no es una ocurrencia propia. Félix de Azua lo dice con toda rotundidad (“Progreso al pasado”, El País, 20, 10, 2020): “he aquí que el Gobierno progresista avanza a toda velocidad hacia el pasado…, avanza a toda velocidad hacia el siglo XIX”.

Junto a un análisis crítico de las cuestiones inacabadas que quedaron en la Constitución Gabriel Tortella (“De Vuelta al Tercer Mundo”, El Mundo, 22, 10, 2020”) aprecia también esta deriva al pasado: “Hace 40 años los españoles suspiraban por acceder a la condición de país plenamente europeo. Y yo me pregunto: ¿estamos hoy los españoles dispuestos a desandar lo andado desde 1976 y transitar marcha atrás para convertirnos de nuevo en un paria en Europa y en un país del Tercer Mundo?”.

Coincide con él José María Lasalle (El País, “Estado Aluminoso y Nación Dividida”, 22, 10, 2020) en los aspectos inacabados de la Transición, pero también en la preocupación de esta vuelta al pasado. Describiendo la situación actual que considera frustrante introduce la vuelta al pasado:

“Tanto que volvemos a la casilla de salida de la centenaria anormalidad histórica al compararnos con lo hecho por la mayoría de los países de nuestro entorno europeo. Algo sobre lo que discutieron generaciones de intelectuales en el pasado y que, si no rectificamos a tiempo, puede poner las bases de un auténtico colapso nacional. Y aunque no podemos comparar la situación con otras tan trágicas como las de 1898 o 1936, lo cierto es que sus sombras deberían hacernos pensar muy seriamente sobre la insensatez colectiva en la que estamos incurriendo”.

Finalmente, un periodista, testigo de la Transición y de las vicisitudes políticas posteriores, desde su atalaya del diario el País (“Estado fallido y Estado de derecho”,19,10,2020), en el mismo medio, expresa su preocupación ante la opinión extendida internacionalmente del descubrimiento actual de España como un estado fallido: “Respetados órganos de opinión de la Unión Europea, conservadores unos, progresistas otros, coinciden en poner de relieve el escandaloso saldo de fallecidos, la extensión de los contagios y la abrupta caída de nuestra economía, renglones todos ellos en los que somos los peores de la clase….

Y se vierten acusaciones, no del todo infundadas, respecto a la disfuncionalidad del Estado de las autonomías en circunstancias como las actuales. Las amenazas a la cohesión territorial, la polémica sobre la forma de Estado, los ataques al Rey, la opacidad informativa y, para colmo, los intentos de intervención en el Poder Judicial, suscitan temores respecto al futuro de nuestras instituciones y la consiguiente viabilidad del Estado democrático”.

El artículo de Cebrián, de una dureza y claridad inusitada, podría detenerse en sospechar que el fracaso del Estado se inició en  Euskadi con su crítica, entre otras, al encuentro de las fuerzas constitucionales -el primer intento en 2001 de pequeña y la tímida grosse Koalition (PP-PSOE) que hoy reclama para España- frente a la ruptura del sistema provocada por Ibarretxe ante las elecciones autonómica. Precedentes pesan en esta realidad actual que le acongoja.

Estado fallido.

Un Estado fallido no es capaz de hacer frente a la pandemia. Pero este estado fallido, en el que muchas instituciones funcionan, sanidad, policía, ejército, función pública en general, es fallido desde época reciente por el mal uso del mismo desde el Gobierno Frankenstein. Porque la acción política, y más en momentos de crisis, es fundamental para alterar profundamente las instituciones que han funcionado hasta destruirlas. Todos los decisosinistas los saben, desde fascistas a la extrema izquierda.

La destrucción de la estabilidad del Estado, su transformación en fallido, se produce desde el momento que se promueve un Gobierno basado en el apoyo de los que quieren destruirlo, bien por impulso secesionista o antisistema. Primera voladura sustancial, el Gobierno Frankenstein, para hacer de España un Estado fallido.

Consecuencia de lo anterior es la arbitrariedad decimonónica del ejercicio del poder por parte de nuestro presidente, que nos devuelve a la España preconstitucional (anterior a la de Cádiz), convirtiendo la reunión de presidentes autonómicos en un órgano para toma de sus decisiones personales -las viejas Cortes medievales-  apartando al Congreso, practicando el decreto ley con una discrecionalidad digna del absolutismo, propiciando un estado de emergencia que por su duración conculca la ley y deja el control parlamentario ante  una sensible excepcionalidad desarmado.

A ello se suma la  propuesta de un procedimiento de renovación del Poder Judicial digno de cualquier régimen autoritario, avisa de medidas de gracia para los que hace muy poco ejercieron la sedición en Cataluña. Y en el espacio folclórico-político  se empeña en un enfrentamiento con la Comunidad de Madrid, digna farsa de la batalla de Madrid, con la única diferencia que los que sitian la ciudad no son militares africanistas, fascistas, italianos, alemanes y marroquíes, sino la izquierda progresista. Resultado: Estado fallido, señor Cebrián.

En los años duros de plomo aquí en Euskadi, mi amigo Onaindia clamaba por la ley ante la arbitrariedad nacionalista, a su respeto sin titubeo, recitando a Cicerón. El ser esclavos de la ley nos hace libres, repetía.

Pedro Sánchez no entiende que la necesidad de medidas de emergencia no puede conculcar las salvaguardas que la misma legislación de emergencia mantiene para el respeto de los derechos fundamentales del ciudadano y el necesario ejercicio de control del Parlamento. No entiende que la propuesta que realizó de renovación del Poder Judical, afortunadamente congelada, erosiona la estructura de contrapoderes de todo estado democrático.

No entiende que la firma de un manifiesto con los que no han condenado el terrorismo y los que buscan la secesión territorial de España, cegado en la condena a la derecha, constituye un alegato contra la convivencia democrática, la necesidad de la alternancia en el poder, y una legitimación abominable de los actores de la subversión y hasta del terrorismo. ¿Qué ocurriría en Euskadi si alguna vez ganara la derecha?, que el actual Gobierno con este tipo de manifiestos legitimadores del enfrentamiento habría facilitado el resurgimiento del monstruo, ETA, que ahora está quieto.

Estado fallido por un sumatorio de decisiones políticas muy recientes. Decisiones que testifican una falta de conciencia, responsabilidad y eficacia ante la pandemia que seguimos padeciendo con los peores baremos europeos.

Y vamos a seguir igual. Vamos por un camino trazado por el publicista que en la cómoda estrategia de la bipolarización encuentra fáciles réditos para la supervivencia de su cliente en el poder. El problema de esta estrategia sectaria, emocional, enajenante, es que conquista tales niveles de adhesión que la sociedad sólo empieza a reflexionar cuando los rusos toman la Cancillería.

Los que conocimos las secuelas de la guerra y la larga dictadura padecimos semejante trauma, lo que nos condujo a la prudencia y tolerancia política para que este país no pareciera fallido, hasta que llegaron los del pasado para devolvernos a él.

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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 ilustración de Ricardo [R.Martínez Ortega, Chile, 1956]

 

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Tiempo y dignidad

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  • Simón dice que «no merece la pena» desvelar la lista de expertos del Covid porque «es muy larga»

Josefina G. Stegmann en ABC, 271020

El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, evitó dar la lista de expertos que aconsejaron la imposición del estado de alarma durante 6 meses anunciada por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Simón dijo que «hay una lista larga de expertos, los expertos de las comunidades autónomas que participan en las diferentes ponencias y grupos de trabajo del Consejo Interterritorial; expertos que opinaron sobre el documento que se aprobó la semana pasada de actuaciones ante diferentes escenarios, que son los del Comité Científico; a los que hay que añadir expertos de la Unión Europea».

A su juicio, se trata de una lista demasiado larga para detallarla.

«Como comprenderán esta lista es muy larga, no la voy a dar ahora. La mayor parte de ellos son conocidos y son portavoces de sus comunidades autónomas o países. Con lo cual no merece la pena que me ponga a dar una lista de nombres».

Preguntado por qué dijo el pasado día 15 que España estaba ante un posible descenso mientras que el pasado domingo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hablaba de «situación extrema», Simón volvió a justificarse en que los datos los envían las comunidades.

Explicó que «hace tres semanas se observaba un descenso, que indicaba una mejoría, aunque siempre sabiendo que estábamos en un periodo que podía deberse a una estabilización con sus subidas y bajadas», pero que «ahora mismo llevamos otras semanas de ascenso importante». «Esta información se desprende de los datos de las comunidades y nosotros comunicamos».

«Echar la culpa a los epidemiólogos de cómo va la epidemia es como matar al mensajero»

Aún así, admitió que «hablar de “estabilización” y “descenso” puede considerarse palabras optimistas, y quizás hubiera sido más prudente decir “inestable”». «La evolución es la que tenemos; cuando pretendemos echar la culpa a los epidemiólogos de cómo va la epidemia es como lo de matar al mensajero -añadió-; los epidemiólogos podemos tener una parte de responsabilidad en las medidas, pero los datos son los que sonno son culpa de nadie».

Reiteró, en cualquier caso, que «sí es cierto que si en algún momento usamos palabras excesivamente optimistas cuando no deberíamos podría ser hasta cierto punto criticable». En cualquier caso, dijo que «España está yendo hacia arriba y nos tiene que preocupar mucho; prácticamente todas las comunidades están en una situación de riesgo muy alto, por eso tenemos que implementar medidas fuera de los protocolos habituales», explicó.

Simón reconoció que «la evolución de la epidemia de coronavirus está siendo rápida y ascendente, y es probable que si no se consiguen implementar con rapidez todas las medidas que se van proponiendo esta incidencia se seguirá incrementando durante las próximas semanas»; aún así, matizó que «estamos subiendo rápido pero no tanto como otros países».

El experto detalló que desde el viernes se han observado unos 17.000 casos nuevos diarios -en total, 52.188-. Los casos diagnosticados en las últimas 24 horas ascienden a 5.217. La incidencia acumulada en España, es decir, los casos diagnosticados cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días es de 410,18. Simón volvió a recurrir a la comparación y dijo que hay países con incidencias superiores a los 1.000 casos por cada 100.000 habitantes.

«La situación en España es mala»

En resumen, el experto dijo que la «situación en España es mala y esta evolucionando muy desfavorablemente; ese espejismo que vimos durante tres o cuatro semanas de estabilización o incluso de descenso está totalmente compensado con este incremento rápido que hemos observado en las últimas dos-tres semanas».

Si bien «esto nos tiene que preocupar», el epidemiólogo dijo que las «características de esta epidemia siguen siendo diferentes con respecto a marzo y abril; la letalidad sigue siendo comparativamente muy baja, durante las últimas semanas de alrededor del 0,9 por ciento del total de casos diagnosticados. Sin embargo, el número elevado de casos implica que ese porcentaje se traduzca en 628 fallecidos en la última semana». Así, «estamos teniendo promedios cercanos a unas 100 personas que fallecen cada día; esto es una cifra alta para cualquier patología e implica que la transmisión está empezando a ser muy importante». Advirtió de que el efecto, tanto en las camas convencionales como en las de UCI así como en los fallecimientos «se seguirá observando durante varios días y semanas después de que consigamos controla la transmisión».

«Decretar un estado de alarma y tener que renovarlo permanentemente supone un esfuerzo increíble»

Respecto a la extensión del estado de alarma hasta el próximo 9 de mayo, Simón defendió la decisión y dijo que «decretar un estado de alarma y tener que renovarlo permanentemente supone un esfuerzo increíble para los servicios de salud pública y requiere una discusión política que puede minar la confianza en las actividades que se están haciendo; a mí me parece bien que plantee esa opción, siempre sabiendo que estamos en un Estado de Derecho y que la posibilidad de cambiarlo está siempre sobre la mesa».

Simón añadió que todos los países están planteando este tipo de plazos para el estado de alarma. «Es la coyuntura en la que nos movemos y en la que se tienen que mover el resto de países europeos. La población ha de hacer parte que le toca, y la administración ha de tomar las medidas que debe tomar, y puede haber periodos de descenso que permitan flexibilizar las medidas».

Respecto al toque de queda también anunciado ayer por el presidente, dijo el epidemiólogo que los grupos de edad más afectados son los jóvenes de entre 15 y 29 años, que es lo que ha llevado «a este restricción de la movilidad nocturna».

Los brotes en los centros, sobre todo en Secundaria

Simón añadió que hay un 13,7 por ciento de ocupación hospitalaria en camas convencionales y un 24,2 por ciento de ocupación de camas UCI, con variabilidad importante: «Hay comunidades con una ocupación por encima del 40 por ciento, lo que pone a nuestro sistema sanitario ya en una situación de mucha presión y hay algún hospital que se encuentra en una situación muy crítica».

Respecto a los brotes en los centros educativos y, dentro de ellos, por etapas, Simón dijo que «la mayor parte de los brotes se producen en Secundaria, en los grupos de 15 a 17 años; esto es coherente con los grupos en edad universitaria, en los que como sabemos hay brotes importantes no relacionados con la actividad docente sino con la vida asociada que llevan fuera de las aulas». En cuanto a los centros, dijo que la última cifra registrada estaba por debajo del 1 por ciento de las aulas que había en toda España; por lo que «los colegios no están siendo ampliadores de la transmisión, aunque sí es cierto que fuera de la actividad escolar, sí».

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Una calle de Toledo después de entrar en vigor el toque de queda.
Una calle de Toledo después de entrar en vigor el toque de queda. ISMAEL HERRERO EFE

Tocón quedaremos

Arcadi Espada en El Mundo, 271020

EL confinamiento de la primavera supuso la ruina económica, pero no acabó con el virus. Esto en cuanto a los hechos. Las hipótesis son múltiples. La más extendida es que salvó muchas vidas al limitar los contagios. Pero, al mismo tiempo, no se sabe cuántos contagios intrafamiliares propició, especialmente en los confinamientos estancos de España e Italia, en los que llegó a estar prohibido dar una vuelta a la manzana. Mucho menos se conocen los daños que el confinamiento habrá provocado en la salud, a corto o a largo plazo: solo hay intuiciones, de momento, sobre el precio real que se habrá pagado.

Así, por intuición, se tomaron decisiones trascendentales. Gran parte de las personas aceptaron esas decisiones, y la consiguiente suspensión de sus derechos fundamentales, porque creyeron, aun con malhumor, que podía ser útil, personal y socialmente hablando. Ahora, estas personas, entre las que me cuento, no deben aceptar el toque de queda impuesto por los gobiernos de Francia, Italia y de las Taifas españolas, porque la intuición dice que serán inútiles para la protección de la salud ante el virus y ahondarán en la ruina económica.

La obligación de las autoridades en una comunidad adulta es localizar, perseguir y castigar los delitos contra la salud pública que puedan cometer ciudadanos concretos; y no la de extender una suerte de indiscriminado castigo preventivo sobre toda la comunidad. La obligación de las autoridades es acabar con el eco del estúpido mantra pueril de que hay que elegir entre la economía o la vida. Al economista que advierte sobre la recta vertiginosa del Pib y al epidemiólogo que alerta sobre la necesidad de aplanar la curva les preocupa lo mismo: la vida.

Hablando de mantras, por cierto, no me quitaré de anotar la desaparición de aquel que repetía tanto progre amanerado («¡La libertad está por encima de la vida!») cuando se examinaba la promulgación de leyes especiales contra el terrorismo. La simple posibilidad de que en plena pandemia alguien se pregunte en voz alta cuántas veces los hombres han dado la vida por la libertad y la prosperidad, y el escalofrío que les recorre, prueba que, puestos en el dilema, siempre han estado preparados para dar la vida de los otros.

Las autoridades y su toque de queda confirman, por último, su viciosa relación con el brazo y la manga. La bobina reacción de los ciudadanos, aterrorizados por la infodemia y sepultados por la voz de la Ciencia presunta (nunca se vio tanto magufo vestido de bata blanca), impidió en primavera la mínima deliberación sobre medidas de gran calado social y moral. A unas autoridades, sometidas al fetichismo de la acción y a la ebriedad del control, les basta ahora con echar mano del piloto automático. En ruta hacia un destino que desconocen.

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El principio de Peter (Sánchez)

Jorge Bustos en El Mundo, 271020

EL GOBIERNO ha impuesto un toque de queda pero ha pedido a los medios que no lo llamen toque de queda, igual que antaño la derecha pedía a los gays que no lo llamaran matrimonio. Sánchez, que no tiene el doctorado en Filología porque no quiere, propone una alternativa más eficaz para mantener la moral de victoria: «restricción de la movilidad nocturna».

Moncloa, antigua sede del Ejecutivo, hoy es una escuela de traductores que manufactura eufemismos para una sociedad de débiles mentales. No diga expolio fiscal a las clases medias, sino «armonización de incentivos»; no diga renuncia a la calidad de la enseñanza que iguala al holgazán y al aplicado, sino «adaptación de los estándares de aprendizaje evaluables». El sanchismo suple su incompetencia con imaginación. No tenemos ministros sino poetas: si no tienes soluciones, cambia el nombre de los problemas.

Por eso nadie entiende que Sánchez no haya puesto aún a Carmen Calvo al frente de la Real Academia. La RAE es una institución anacrónica, empeñada en sustraerse a la política y en regirse por el mérito de sus integrantes; actitudes elitistas, si no criptofascistas. Cuando Calvo, catedrática de Cabra, ordenó a esos pollaviejas de la RAE que avalaran su deseo de reescribir la Constitución en lenguaje desdoblado para que al fin las españolas vieran reconocidos sus derechos (sic), los académicos se negaron aduciendo un prolijo informe atestado de polvorientas razones gramaticales.

¿A quién le importa la gramática cuando nos jugamos el empoderamiento femenino? ¿Por qué siguen negándose los reaccionarios a decir todes lesciudadanes? ¿Acaso la RAE no legalizó el fistro de Chiquito?

Asumir la normatividad lingüística resulta ofensivo para los de abajo: la ortografía es un marcador identitario que humilla al hablante alternativo y obstaculiza su inserción social. Un Gobierno de progreso no puede tolerar instituciones ajenas al dedo igualitario del líder, que premia con nómina pública lo mismo a una vieja amistad del colegio que a una novísima lealtad de la politología andante.

Santiago Muñoz Machado debe ir haciendo las maletas para que por el techo de cristal de la Docta Casa penetre el amanecer paritario en que las ignorantes tengan tanta cabida democrática como los ignorantes, y a los ágrafos se les den las mismas oportunidades que a los cultos.

No hay gobierno en Europa que aplique con tanto mimo el principio de incompetencia de Peter (Sánchez): «En cualquier jerarquía humana, toda persona asciende hasta alcanzar su nivel de incompetencia». Una vez en él, ya solamente hay que resistir.

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Fallece Luis Gracia Martín, reconocido catedrático penalista español

La Ley, 161020

Se ha confirmado el fallecimiento de uno de los más destacados penalistas de la actualidad, Luis Gracia Martín, reconocido Catedrático de la Universidad de Zaragoza. El jurista tuvo un marcado paso por la academia peruana, siendo invitado infinidad de veces a ser docente o expositor en diversos cursos, diplomados, congresos y maestrías en nuestro país.

En horas de la mañana se ha confirmado el fallecimiento de Luis Gracia Martin, Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Zaragoza. En LA LEY, tuvimos la oportunidad de entrevistarlo hace unos años, justo cuando estaba en debate la incorporación de la figura de la responsabilidad penal de las personas jurídicas en nuestro país, figura que el jurista rechazaba.

Muy por encima de su muy desarrollada capacidad crítica y fiera defensa de la escuela finalista que pregonaba, se destaca su excelente personalidad y voluntad de diálogo.

El reconocido catedrático español ejerció una extensa labor académica en nuestro país, siendo reconocido en varias ocasiones por Universidades de nuestro país. Fue reconocido como Doctor honoris causa por la Universidad “José Carlos Mariátegui” de Moquegua, la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, la Universidad Nacional Hermilio Valdizán de Huánuco y la Universidad Nacional de Cajamarca.

También se le otorgó el reconocimiento de Profesor Honorario de la Universidad San Martín de Porres e Inca Garcilaso de la Vega en Lima, la Universidad Católica de Santa María y la Nacional de San Agustín en Arequipa, la Universidad Andina del Cuzco, la Universidad Nacional de Piura y Universidad Nacional de Tumbes.

Dentro de su labor docente, fue también profesor de la Universidad Hispalense de Sevilla y la Universidad Castilla-La Mancha. Asimismo, destacó su importante presencia en la academia latinoamericana; por ejemplo, en el Perú fue profesor de maestría en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Igualmente, fue profesor de posgrados, maestrías y doctorados en universidades de Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador, Bolivia y El Salvador.

Compartimos una de sus disertaciones en nuestro país, realizada el año 2014 en la Universidad de San Martín de Porres. Haz clic “AQUÍ”para visualizar el video.

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Memoria de aciertos y errores by marta.alvarez on Genially

Y cuando acierta, también se equivoca

Santiago González, en El Mundo, 271020

Sabemos lo del reloj parado que acierta la hora dos veces al día. Pablo Iglesias solo acierta una, pero es justo reconocerlo. Ayer acertó en su sarcasmo contra este titular de de El Espaañol: “Un antepasado de Pablo Iglesias fue capitán de los Reyes Católicos”. El vicepandemias acertaba al comentar: “Ya me veo el titular de la semana que viene: “un abuelo lejano de Pablo iglesias, responsable de la extinción de mamuts durante la última glaciación”. Como siempre, la caga en las precisiones. La última glaciación abarca un periodo que va desde hace 100.000 años hasta hace 15.000. Fue entonces cuando los mamuts se extendieron por la tierra. El último mamut murió hace 4.000 años al norte de Siberia, junto al Ártico.

Ya que estamos con él, vamos con su ministra consorte y marquesa de Galapagar. Agustín de Grado se asombra justamente en Twitter: Un  informe de Irene Montero sobre juguetes denuncia la opresión del color rosa sobre las niñas”. Madre mía, presidenta de los EEUU.

Poco le ha durado su momento de gloria en la moción de censura a Pablo Casado. Después de mostrarse dispuesto a negociar el Estado de Alarma, aunque reduciendo su extensión de seis meses a dos, Carolina Darias salió ayer a ponerlo en su sitio: “Sánchez ha sido cristalino sobre la duración del Estado de alarma. El PP debe abandonar sus condiciones y sustituirlas por recomendaciones de los expertos y de la ciencia”. Ignacia de Pano lo comentaba con un poquito de Rintintín  y su pizca de cabo Rusty: “Pablo Casado, el nacimiento de un líder”.

Ayer, ese absurdo personaje del sanchismo que es Fernando Simón tuvo dos momentos inen arrables. Primero: “Decretar un estado de alarma y tener que renovarlo permanentemente es un esfuerzo increíble para los esfuerzos de salud pública. Y el segundo: preguntado por los expertos que había citado Carolina Darias dijo: “No merece la pena dar la lista de expertos que aconsejaron el estado de alarma porque es muy larga”.

El gran Luigi aventuraba en mi blog una definición de Sánchez para su nueva criatura. “El Nuevo Estado de Alarma será un Estado de Alarma duradero, inclusivo, sostenible, resiliente, transformador, próspero, empático, diverso, solidario y vegano”.Faltaba la marquesa de Galapagar para colocar la guinda calificativa: “Es superdrástico, tía”.

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Control de los Mossos d´Esquadra en Barcelona, este lunes tras el toque de queda.
Control de los Mossos d´Esquadra en Barcelona, este lunes tras el toque de queda.Albert Garcia

Estado de alarma y seguridad jurídica

El Gobierno ha delegado en las comunidades facultades que no pueden ser transferidas

Javier Tajadura Tejada en El País, 271020

El artículo 11 de la LO 4/81 reguladora del estado de alarma prevé que el decreto de declaración o de prórroga podrá “limitar la circulación de personas o vehículos en horas y lugares determinados, o condicionarlas al cumplimiento de determinados requisitos”.

Con esa cobertura, el Real Decreto 926/2020 establece restricciones a la libre circulación en horario nocturno (artículo 5), a la entrada y salida de municipios y comunidades autónomas (artículo 6), y a la permanencia de grupos en espacios públicos y privados (artículo 7).

Todas estas limitaciones tienen ahora cobertura constitucional, pero siguen siendo insuficientes para garantizar la seguridad jurídica. El decreto debería precisar también —y no lo hace— el alcance de las limitaciones y los criterios que permiten su adopción.

No es preciso que las restricciones del derecho sean idénticas en todo el territorio nacional, pero sí que resulta obligado que, en igualdad de condiciones sanitarias o de otro tipo, el alcance de la limitación del derecho fundamental sea similar. Por ello el decreto debería incluir, inexcusablemente, los criterios objetivos (epidemiológicos, sanitarios, de camas disponibles, etcétera) en función de los cuales se puede acordar un confinamiento perimetral o una ampliación o reducción de la franja horaria del “toque de queda”.

En la medida en que esos criterios brillan por su ausencia, en Madrid el toque de queda no empieza hasta la medianoche, en determinadas comunidades comienza a las 23.00, y en otras a las 22.00. Esas notorias diferencias en la regulación de la limitación excepcional del derecho fundamental no se basan en criterios objetivos. El decreto de alarma se limita a señalar que esos “indicadores de referencia y criterios de valoración de riesgo” se establecerán en el futuro en el marco del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de salud (artículo 13).

Esta remisión tiene difícil encaje constitucional porque el decreto de alarma no puede deslegalizar un elemento esencial de la restricción del derecho. Mientras el Consejo no apruebe esos criterios, cada comunidad autónoma podrá adoptar los suyos y así, en definitiva, podremos tener 17 regulaciones distintas del derecho fundamental a la libre circulación y otros. La Constitución y la LO 4/81 no permiten tal cosa.

La finalidad del estado de alarma es habilitar al Gobierno y a las Cortes para restringir derechos fundamentales, pero no para delegar en las Comunidades —como se ha hecho— estas facultades excepcionales (artículos 2 y 9 del Decreto).

Por ello, desde un punto de vista constitucional, el principal reproche que se puede hacer al Decreto de alarma aprobado el domingo es que, con él, el Gobierno ha delegado en las comunidades autónomas facultades que no pueden ser transferidas: la de establecer los requisitos en virtud de los cuales se puede restringir un derecho fundamental y la de adoptar unilateralmente la restricción.

Cosa distinta es que el estado de alarma que reclama la situación actual permita que las comunidades conserven la plenitud de sus competencias. En ejercicio de las mismas, las comunidades deben seguir gestionando sus sistemas sanitarios y son ellas, igualmente, las responsables de aplicar y ejecutar las medidas restrictivas de derechos previstas en el Decreto de alarma.

Lo que no es admisible es que se les atribuya la potestad discrecional tanto de fijar los criterios para la restricción de derechos fundamentales como la, igualmente discrecional, de hacer efectivas, o no, dichas limitaciones.

En la medida en que el estado de alarma deberá prorrogarse por el Congreso de los Diputados durante varios meses, es necesario incluir en el decreto, por un lado, los criterios justificadores de las restricciones de derechos para garantizar una aplicación uniforme de los mismos. Por otro, un régimen sancionador específico que incluya la tipificación de los distintos incumplimientos.

En definitiva, el decreto debe regular la limitación del derecho a la libre circulación (y otros conexos) con la suficiente precisión que nos permita saber qué podemos hacer y qué no, y cuáles son las consecuencias de nuestros incumplimientos. Sólo así quedará garantizado el principio de seguridad jurídica en el que se basa la confianza de los ciudadanos en el Derecho.

Javier Tajadura Tejada es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco.

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Las nubes anuncian tormenta

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea en ABC, 271020

Estamos viviendo un tiempo cuajado de incertidumbre. Aún no hemos asimilado en toda su magnitud enorme la dimensión de la pandemia, Covid-19, que cual negro nubarrón anuncia una poderosa tormenta y como todo fenómeno social de carácter global las consecuencias son muy variadas, y todas negativas. La primera se refiere a la salud, que está tomando un cariz muy preocupante. L

as cifras de afectados y fallecidos -en el mundo y en España- son un número cada vez más alarmante que exige medidas enérgicas y certeras que eviten la catástrofe. Ahí juega un papel fundamental la responsabilidad personal, pues por muchas normas que se dicten, si no tomamos conciencia de que debemos tomar medidas precautorias cada uno de nosotros, será difícil librarnos de contagios.

Ayer a la noche pasé por una calle céntrica de Madrid donde se ubica un restaurante muy conocido que tiene terraza y vi asombrado que estaba abarrotado, con las personas sentadas muy cerca unas de otras y nadie con mascarilla. Ello evidencia algo muy propio de nosotros, desgraciadamente, que es la irresponsabilidad personal. No nos mueve la zanahoria, sino el palo.

Otro frente que tenemos ante nosotros, desafiante y peligroso, es el económico. Llevamos un tiempo en que soplan vientos favorables para las cuentas públicas y la marcha de los negocios, pero van apareciendo señales de que viene un cierzo frío y desagradable. Los números se van poniendo hostiles y el crecimiento va a exigirnos sacrificio y mesura en el gasto público. Sin embargo, algunos comentarios oficiosos sobre las cuentas públicas nos anuncian más gasto -no productivo- y más impuestos.

Como acabo de señalar, el Covid-19 está produciendo un terremoto en nuestra economía, con una preocupante tendencia al alza, y eso deben tenerlo muy en cuenta los gobernantes, pues estamos viendo con creciente claridad y preocupación cómo se van deteriorando las magnitudes macroeconómicas con la consiguiente repercusión negativa en las economías familiares. Y no olvidemos que la paz social y la microeconomía están profundamente ligadas.

Existe en el ideario populista una visión negativa de la empresa y de su papel en la sociedad. Y por eso las políticas populistas no premian, sino que fustigan el ímpetu empresarial a base de exprimir sus recursos vía impuestos y acciones interventoras. Hoy nadie duda de la exigencia a las empresas de su responsabilidad social, pero a la vez resulta fundamental que la empresa tenga un hábitat propicio para el crecimiento y la sostenibilidad. No se puede ver a la empresa solo como una fuente de ingresos para el erario público, sino como un motor del crecimiento y de la prosperidad social y desde esa perspectiva la dosis de intervencionismo tiene que estar muy medida.

En la carrera económica que se corre en cada ejercicio el Estado no puede limitarse a poner las reglas y vigilar a los corredores, sino que tiene que idear incentivos para que los protagonistas hagan carreras veloces y ganadoras. Ver como enemigo a quien nos puede llevar a una meta satisfactoria es un error de bulto con nefastas consecuencias. El objetivo no puede ser exprimir a los corredores, sino que es necesario prepararlos y animarlos, y en los tiempos que vienen esa filosofía es fundamental si no queremos ver caer a los corredores en plena carrera.

Creo que en el imaginario colectivo de los españoles existe una visión negativa de la empresa, a quien se ve como un modo de ganar dinero más que como un motor de creación de empleo y de prosperidad colectiva. No entro en el porqué de esa visión, pero parece evidente que resulta fundamental para la prosperidad social y económica que esa visión cambie radicalmente y se perciba y vea a la empresa como un elemento clave para que nuestro vivir tenga unos parámetros razonables de bienestar.

No solo el Gobierno, sino también la sociedad tiene que ser consciente que el nivel social, económico y moral de nuestras vidas no viene solo y sin esfuerzo, sino que es consecuencia del empuje, dedicación y sacrificio de cada uno de nosotros, si bien es cierto que en esa tarea juega un papel fundamental una buena dirección gubernativa que impida que los vientos que vienen sean huracanados y se lleven por el aire mucho de lo que hemos conseguido hasta ahora. En línea con lo que estoy diciendo, creo que tenemos que hacer todos un esfuerzo por elevar nuestro tono vital.

Cuando a lo largo de nuestras vidas hacemos un examen de cómo hemos afrontado las distintas situaciones por las que hemos pasado, comprobamos que es fundamental para lograr el objetivo el querer lograrlo, el poner ímpetu y ganas en llegar a la meta propuesta: «Si quieres, puedes». Siempre me ha impresionado el valor, el empuje y la decisión que pusieron en juego los descubridores y primeros actores del descubrimiento y colonización de América. Fue una hazaña que yo la identificaría con el ímpetu vital de los protagonistas y su fe en lo que hacían.

España es un gran país y necesita de nuestra fe en ella, de nuestra contribución a su crecimiento social y económico y, en definitiva, de nuestro tono vital. Yo creo que vienen tiempos duros que nos van a enfrentar a una situación -especialmente en lo económico- no muy grata. Ante ello, pienso, asimismo, que es fundamental encararla con optimismo y la determinación de que podemos superar las dificultades.

Pero a ese optimismo es clave acompañarlo de dos elementos clave para el éxito como son la unidad y la voluntad. En suma, no es la hora de políticas miopes de carga ideológica, sino de políticas de amplias miras y dotadas de pragmatismo. Los castillos ideológicos pueden convertirse en prisiones paralizantes.

En definitiva, debemos pedir al Gobierno -sin perjuicio de nuestra responsabilidad personal- que busque la unidad sin fragmentaciones ideológicas, que se vuelque en la formación, que en sus políticas infunda ánimo, en vez de coartar, y que, ante la tormenta, además de darnos elementos protectores, haga lo posible para que no se produzcan daños indeseados y que aún así, los que se produzcan sean de la menor gravedad posible.

En estos momentos históricos para España tomar el camino equivocado sería imperdonable. Tenemos que acertar.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea es Académico de Número de la Real de Jurisprudencia y Legislación

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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Ilustración de Gallego y Rey en El Mundo 271020

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binge drinking [borrachera, botellón]

  • La Policía desaloja un botellón con 300 personas y libera a varios clientes retenidos en un pub contra su voluntad

EFEMadrid, 251020

La Policía Municipal de Madrid ha actuado este fin de semana en casi 300 fiestas privadas, celebradas en domicilios o en locales que superaban la hora de cierre, y han actuado en un botellón con Madrid Río donde había 300 jóvenes.

Además, agentes de la Policía Nacional han detenido a tres responsables de un pub de Madrid por retener durante cuatro horas a varios clientes para supuestamente evitar ser multados por exceso de horario y alguna otra irregularidad, después de que los afectados llamasen a la Policía pidiendo auxilio, algunos con crisis de ansiedad.

Fuentes municipales han indicado que en todas las fiestas se han encontrado con un número superior de las personas permitidas ni se usaba la mascarilla ni ninguna otra medida de seguridad para protegerse del coronavirus.

La acción más importante ha sido en la zona de skate de Madrid Río en Arganzuela, donde había 300 jóvenes celebrando un botellón sin medidas de seguridad ni uso de mascarillas.

En las dos semanas que ha durado el estado de alarma, que finalizó la tarde de este sábado, las sanciones por este concepto han superado las 3.500.

Las intervenciones de este fin de semana forman parte del operativo especial que la Policía Municipal está llevando a cabo desde finales de julio para evitar los botellones, al que se le ha sumado el control de fiestas ilegales en domicilios y locales desde que la entrada en vigor de las distintas órdenes de las autoridades sanitarias.

Retenidos en un pub

El incidente con los ciudadanos retenidos se produjo sobre las 23:15 horas del viernes, cuando una patrulla de la Policía Municipal de Madrid fue al local Loyalty de la calle Francisco Silvela de la capital para hacer una inspección, pero no obtuvo respuesta.

A esa hora el local debía estar cerrado ya en virtud de la norma vigente ese día, por la que los bares y locales de ocio tenían que cerrar a las 23 horas por el estado de alarma vigente hasta el sábado por el Covid.

Nadie abrió la puerta del pub, pero los agentes municipales dejaron un coche camuflado en la puerta para vigilar si salía algún cliente o responsable, detallan la fuentes.

Sobre las tres de la mañana la Policía Nacional empezó a recibir llamadas de ciudadanos que aseguraban que estaban dentro de ese lugar retenidos, ya que los trabajadores no les dejaban salir.

Algunas personas sufrieron crisis de ansiedad ante la imposibilidad de poder abandonar el local, ya que los responsables habían cerrado con llave desde dentro.

Varias patrullas de Policía Nacional de los Grupos de Atención al Ciudadano y de la UPR (Unidad de Prevención y Reacción) acudieron al lugar y explicaron la situación a la Policía Municipal, y acabaron entrando para liberar a ocho retenidos.

Los agentes detuvieron a un ciudadano brasileño y a dos nacionalizados españoles por detención ilegal.

 

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Por qué digo SI cuando quiero decir NO? - Psicología Mens Sana

Cuando el «no» a Abascal parece un «sí» a Sánchez

Eduardo Inda en ok diario, 161020

Era muy joven pero no lo he olvidado. No he olvidado el involuntario harakiri que se hizo Manuel Fraga a cuenta del referéndum de la OTAN en marzo de 1986. Felipe González, el político más brillante que ha parido este país, lo cual no equivale a eficaz, dijo “Diego” donde cuatro años atrás había pronunciado un “innegociable” “digo”. El ADN que más escaños ha logrado nunca jamás (202 en 1982) se la jugó a las primeras de cambio presionado por sus socios occidentales en general y por los Estados Unidos de Ronald Reagan en particular.

Ni corto ni perezoso, convocó un plebiscito en el que había que responder a algo tan sencillito como era la permanencia o no en la “Alianza Atlántica” —que no en la OTAN, ya entonces eran unos pillos—, la comunidad defensiva del mundo libre.

Felipe hizo una campaña a cara de perro en pos de ese “sí” que le libraría de un apocalipsis cuando no se habían cumplido ni tres años y medio de su espectacular llegada a Moncloa. Una llegada a Moncloa, la de los perdedores de la Guerra Civil, que representa la culminación de nuestra modélica Transición de la dictadura a la democracia. O ganaba o tenía que coger los bártulos y pirárselas por donde había venido.

Algo parecido a lo que ocurrió 30 años después a David Cameron con el Brexit en esa suerte de todo o nada que son los plebiscitos. El líder de la oposición, Manuel Fraga, al que un genial Felipe practicaba con éxito el abrazo del oso y la escena del sofá, que tanto gustaba a un tipo pagado de sí mismo como el fundador de AP, planteó un debate de puertas adentro con esa guardia de corps en la que figuraban tipos tan brillantes como Fernando Suárez, Miguel Herrero de Miñón, José María Ruiz-Gallardón o el ahora juguete roto Jorge Verstrynge.

El sanedrín se lo pensó mucho. Demasiado. Al punto que llegaron a la peor de las soluciones: la abstención. Y no precisamente porque algunos no advirtieran que constituía un suicidio en toda regla. El “sí”, sostenía Fraga, era un aval al Felipe González del rodillo. El “no” suponía alinearse con esa ultraizquierda que hoy representa Podemos. Por eso, al final optaron por la abstención.

Y González se salió del mapa con un 52% de “síes” de una parroquia que antaño estaba mayoritariamente por el “no”. Consecuencia: esa decisión contra natura de AP dejó a González expedito el camino para retener el poder en las generales de tres meses después. Obtuvo 184 diputados, que no está nada mal teniendo en cuenta que son ocho cómodos asientos por encima de la mayoría absoluta.

Fraga quedó como un apestado. No lo querían los suyos, ni dentro de España, ni allende nuestras fronteras. El mundo libre capitaneado por Reagan le dio la espalda y ahí quedó sentenciado para siempre por votar en contra de lo que su partido había sostenido proverbialmente. El mundo de la empresa, pequeña, grande y mediopensionista, tan cercano históricamente a los de la calle Génova, no comprendió tampoco tamaño feo al primo de Zumosol.

Los pocos que se atrevían a llevarle la contraria le habían advertido del suicidio que suponía ponerse de perfil y no apostar por los principios por mucho que González fuera un camisa nueva del atlantismo. Era algo que ni entendía ni iba a entender nunca esa derecha sociológica que veía y ve a los Estados Unidos como un país amigo y que contemplaba a la entonces aún vigentísima Unión Soviética como una amenaza para las libertades de Occidente.

El ataque a los principios más elementales devino a título particular en tiro en la entrepierna. El que el León de Villalba se pegó por atolondramiento a la hora de votar. Un movimiento que nadie entendió y que en sus memorias reconoció como uno de sus mayores errores en 50 años de servicio público, si no el ERROR con mayúsculas de toda una controvertida pero no menos honrada vida. Consecuencia: ocho meses más tarde dejó la Presidencia de esa Alianza Popular que fue el antecedente legal del Partido Popular.

Tres cuartos de lo mismo ocurrió a las mentes más liberales de la UCD en 1981 al suscitarse el debate, en plena caída a plomo en las encuestas, acerca de la conveniencia de integrar avant match en el gran partido de la Transición a la Alianza Popular del catedrático gallego.

Los Moscoso, Fernández Ordóñez y cía, secundados por los más jóvenes del lugar, encabezados por Eduardo Zaplana, Pedro Pérez y Javier Arenas, se resistieron con uñas y dientes a la fusión “con el partido de un ministro de Franco”. Olvidaban, entre otras muchas cosas, que la propia UCD estaba trufada de algunos de los tipos más aperturistas de la dictadura, pero miembros de la dictadura al fin y al cabo.

Tipos con los redaños pelaos como Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero de Miñón y mi entrañable Rafa Arias-Salgado, el mayor sabio político que conozco, les corrigieron: “Al final, sus votantes son intercambiables con los nuestros sociológicamente hablando. Si nos fusionamos con ellos, luego todo se desdibujará en la gran estructura del partido y la polémica morirá. Es la única forma que tenemos de retener el poder”.

Los listillos no les hicieron ni puñetero caso, se impusieron y, año y medio después, la UCD se quedó en 11 diputados frente a los 168 que ostentaba y Alianza Popular pasó de 10 a 107 escaños. El pez chico se merendó al grande. Y del grande nunca más se supo. Fue la mayor hecatombe conocida en la política europea, si no récord mundial.

“Los que hicimos el tonto hace 40 años observamos con preocupación que lo haya hecho Pablo Casado con la moción de censura. Una cosa es no apoyar a Abascal y otra bien distinta, y mil veces menos comprensible, es votar “no” a una iniciativa parlamentaria contra el presidente más mentiroso, incompetente y ruin, el personaje que ha destrozado todos los consensos de nuestra historia democrática”, suscribe uno de ellos, excelentemente bien relacionado con la actual nomenclatura de Génova 13. Menos aún entienden y defienden

“los ataques personales a Abascal” o ese alineamiento, siquiera formal, con Podemos, Bildu y ERC a la hora de votar. El defecto de la abstención en el referéndum de la OTAN hubiera sido la virtud el pasado jueves al mediodía a la hora de decidir qué botón se pulsaba.

Sentí vergüenza ajena al contemplar no sólo como los de Casado votaban lo mismo que gentuza como Iglesias, el partido de ETA, Bildu, o esa formación (ERC) que dio un golpe de Estado en Cataluña hace tres años exactitos, sino también al escuchar las loas a Casado procedentes de la bancada del mal.

Que un tridelincuente como Iglesias te llame “brillante” e “inteligente” y afirme que “intelectualmente” eres “respetable” es para pensar más allá de toda duda razonable que vas por el camino equivocado. Que todos los medios podemitas, socialistas o socialpodemitas te inunden de alabanzas es para hacértelo mirar. Y que entres en Twitter y seas trending topic con hashtag del tenor de “Traidores”, “Pablo Cagado” o “Adiós PP” es para entrar en modo pánico por muchos trolls y bots de Vox que anden sueltos.

La furia desatada por Casado contra Abascal sólo albergaba una mínima lógica: la presentación de la moción de censura era gasolina para un Sánchez que saldría victorioso de ella sí o sí. Era el lugar pero no el momento. Tan cierto es que hay más razones de peso que nunca para el impeachment al presidente del Gobierno por sus mentiras, su totalitarismo sus pactos con el diablo y su inempeorable gestión económica y sanitaria, como que las mociones de censura agigantan al defensor del título si sale vivo. Abascal se la podía haber ahorrado a la espera de mejores tiempos.

Dicho todo lo cual, y teniendo en cuenta este pecado de partida de Vox, lo que tú no puedes hacer es seguirle la corriente saltando a la arena y liándote a palos con quien es tu aliado natural. En lugar de teatralizar para salir airoso de la trampa que le habían tendido Sánchez y Abascal, absteniéndose y optando por un mucho más inteligente “a otra cosa, mariposa”, el presidente del PP se lio la manta a la cabeza. No reparó en el elemental hecho de que Sánchez es infinitamente peor que Abascal.

Que moralmente Iglesias representa todo lo que una persona decente detesta. Que Rufián es un golpista. Y que Otegi directamente fue el jefe de esa banda terrorista ETA que, por mucho blanqueamiento que le hagan los circunstanciales compañeros de voto de Casado, seguirá siendo la que asesinó a 856 compatriotas, mutiló o quemó a miles, extorsionó a otros tantos y provocó el éxodo de 250.000 vascos.

Abascal estuvo bastante mejor en las réplicas y contrarréplicas que en la presentación del preceptivo programa de Gobierno. Sobraron las frikadas del virus “chino”, su “éste es el peor Gobierno de los últimos 80 años” cuando la mitad de ellos fue una dictadura, la comparación de una UE “federalizante” con “la República Popular China o la Unión Soviética” o la equiparación de la Europa a 27 con “la soñada por Hitler”.

Teniendo en cuenta que nos van a regalar 70.000 millones para salir a flote del desastre socialcomunista o que han parado el golpe de Estado Judicial, no era el momento. Para mí, no lo es nunca, pero para Abascal, que se autocalifica como euroescéptico, no debiera haber sido ahora.

El peor momento de Casado sobrevino con una frasecita que dirigida a Otegi o a El Moñas sería incontestable y vendría como anillo al dedo, pero que vomitada sobre Abascal resulta una miseria moral imperdonable: “Nuestra patria es España. Y, por nuestra patria, este partido que usted conoce bien y que a usted le conoce muy bien ha pagado un tributo de sangre que vienen a pisotear personas como usted”.

Ni siquiera el Mariano Rajoy que fomentó el adiós de María San Gil al PP fue capaz de llegar tan bajo. Lo más triste es que su sucesor sabe muy bien que el líder verde vive desde los 19 años con escolta, que le agredían tanto en la universidad como en los plenos y que la fachada de la tienda de la familia en Amurrio, Moda Abascal, fue calcinada por los cócteles molotov de los terroristas callejeros. A mí tampoco me lo van a contar. Su madre, Isabel, que por su juventud parece más bien la hermana mayor, me enseñó las huellas indelebles de la barbarie etarra que quedan en el escaparate.

Estaba con una llamada cuando soltó otra de las perlas de una mañana para olvidar, “no queremos ser como ustedes”. Intuí que se refería a Sánchez, Iglesias o Rufián. Rebobiné y certifiqué que tampoco: nuevamente el dardo iba dirigido a la diana Abascal. El presidente del PP tenía motivos para dar un puñetazo encima de la mesa, un golpe de autoridad, claro que sí. Para decir que en la derecha manda él, algo incontrovertible aritméticamente hablando. El problema es que hay golpes sobre la mesa que acaban haciendo saltar por los aires todo lo que hay encima de ella.

Eso es lo que aconteció el jueves por mucho que los medios del establishment aplaudan el esperpento por miedo reverencial a esa izquierda política y mediática que establece las reglas de juego. A excéntrica displicencia sonó también el “le hemos dado trabajo a usted durante 15 años”, una expresión más propia de un negrero de una plantación del Misisipi del siglo XIX cuando se dirige a un esclavo que de dirigentes democráticos.

Toda esta opinión la suscribe alguien que cree en Casado. De hecho, OKDIARIO fue el único periódico que apostó por él en medio de un tsunami mediático a favor de una Soraya Sáenz de Santamaría, la verdadera culpable de que la derecha esté así, a la que querían sacar bajo palio. Y, por supuesto, creo en el modelo de sociedad que defiende el Partido Popular.

Pero Vox no es la ultraderecha que nos vende la retroprogresía patria, es más bien un partido de derecha tradicional, frente al liberalismo que encarna el PP y que encaja mucho más en mi ideario liberal. Casado debería tener presente que Vox es una escisión del PP, que sus votantes son antiguos seguidores del partido azul y que en un área clave como es la económica las diferencias son iguales a cero. Y, escuchando lo que escuchaba, la izquierda le tomó la palabra y le cogió con el paso cambiado cuando le preguntó lo obvio: “Si tan malo es Vox, ¿por qué mantiene los pactos con ellos?”

 el tipo que ha roto todas las reglas de juego habidas y por haber: Pedro Sánchez. Un presidente que ha llegado donde ni siquiera osó acercarse ese Príncipe de la Frivolidad que es Zapatero. Atacando suicidamente a machete a Vox hizo más fuerte al presidente del Gobierno, tarea en la que había puesto el primer grano de arena Santiago Abascal con una jaimitada en forma de moción de censura.

Cuando atacas a Vox con más ira que a los malos, cuando votas lo mismo que PSOE, Bildu, Podemos y ERC y cuando te ensalzan hasta el baboseo los periodistas podemitas, parece que estás dando un “sí” a ese Frente Popular que hunde la economía, excarcela multiasesinos etarras, prepara el indulto de los golpistas y ha provocado que España tenga más muertos per cápita por Covid que ningún otro país. Votar contra tus principios, aunque sea por motivos tácticos, acaba dando mal resultado a la larga.

A Fraga no se lo vamos a contar, porque ya no está, pero no estaría de más que se lo recordases al cerebro de tu discurso, José María Aznar. Las cosas no son en este caso lo que parecen. El problema es que millones de españoles puedan llegar a pensar lo contrario.

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La Moncloa. 19/11/2019. Defensa [España/España Hoy 2018-2019/Defensa]

¿Quién defiende España?

“Desolador” es la palabra con la que yo resumiría los dos días de debate sobre la moción de censura contra el Gobierno presentada por Vox.

Rosa Díez en ok diario. 261020

“Desolador” es la palabra con la que yo resumiría los dos días de debate sobre la moción de censura contra el Gobierno presentada por Vox.

Yo critiqué la decisión de Voz de anunciar a meses vista la presentación de una moción de censura, pues  sostengo que una decisión de ese calado no podía ser tratada por el partido proponente como una cuestión táctica, y que si habían decidido censurar al Gobierno con un instrumento constitucional plenamente vigente debían hacerlo sin demora, no calentando en banda como si de un partido de fútbol se tratara.

Cuando Vox anunció la presentación de la moción ya sobraban motivos para reprobar por la vía de una moción la gestión del Gobierno de España; los meses transcurridos desde que se anunció no hicieron sino corroborar y ampliar los motivos. Porque nada de lo que ha hecho Sánchez desde que llegó al poder, ni una sola de sus decisiones, ha sido adoptada pensando en el interés general. Incluso decisiones justas, como la extensión de los ERTE o la renta mínima, han sido utilizadas sólo como altavoces propagandísticos del Gobierno y no han llegado a los destinatarios de las mismas.

Al debate sobre la moción llegamos en una extraña situación: todo se había ido prefigurando para que la cosa no saliera bien para España. El Gobierno había conseguido a través de las campañas de propaganda en la práctica totalidad de los medios de comunicación que la gente se preguntara sobre la utilidad de la moción en vez de interrogarse sobre si había o no motivos para censurar al Gobierno. Incluso los medios más críticos con la pareja tóxica Sánchez/Iglesias fueron pasto (o inhalaron voluntariamente) del cloroformo monclovita.

Y así llegamos a una situación estrambótica en la que Abascal se vio obligado a explicar lo obvio: que hay motivos y que hay derecho. Pero no había altavoces que difundieran el mensaje sobre el fondo, todos estaban en la forma:  ¿A quién favorece la moción? ¿Para qué presentar una moción si se va a perder? ¿Va la moción contra Sánchez o va contra Casado? El debate previo ha estado completamente trufado así que no debe sorprendernos el desolador resultado.

Inútil resulta explicar que ninguna moción de censura de las cinco presentadas hasta ahora en España contaba con votos suficientes para ser aprobada; ni siquiera la de Sánchez, que ganó, contaba con votos cuando se presentó. Por tanto, tener votos suficientes no es un requisito político para presentar una moción; se puede debatir sobre la oportunidad, cuestión sobre la que caben distintas posiciones. Pero lo sustancial es debatir sobre el fondo de la cuestión: ¿hay motivos?

Si el debate hubiera sido ese, Abascal hubiera ganado de calle políticamente aunque hubiera perdido numéricamente Y eso no lo podían consentir ni Sánchez y su casta ni Casado y los suyos. Así que Sánchez por unos motivos (esconder el desastre de su Gobierno, la ruina y la muerte que está trayendo a España) y Casado por complejo ante Abascal decidieron pervertir el sentido del debate. Y nos encontramos con un debate tramposo en el que parecía que el culpable de todo lo que pasa en España es Santiago Abascal, cuyo partido está en la oposición en todas las instituciones,

Santiago Abascal hizo una muy mala defensa de una moción de censura más que justificada. No se hizo fuerte en aquello que era lo fundamental -la nefasta gestión del Gobierno de la pareja tóxica Sánchez /Iglesias- y escoró su discurso hacia el plano ideológico y populista de su partido.

La ideología partidaria no era el fondo de la cuestión; Abascal perdió una oportunidad de oro para dirigirse a esa inmensa mayoría de españoles que defienden el sistema del 78 y rechazan las fechorías perpetradas por Sánchez  y que son muchos millones más de los que han votado a su partido. Y aunque probablemente el resultado en votos hubiera sido el mismo, la sensación política de desamparo no sería tan grande como lo es en este momento. Abascal acertó al presentarla pero erró al defenderla..

Qué voy a decir de Casado. Además de un desprecio absoluto al debate democrático en el seno de su propio partido –había que verles  al día siguiente presumiendo de que el sentido del voto sólo lo sabían seis, como si los diputados fueran ovejas…- su intervención fue humanamente deplorable y políticamente lamentable. La intervención de Iglesias alabando de forma entusiástica su discurso (su discurso, no su voto, ojo!), dándole el carnet de demócrata “ya no eres un ultra”, tuteándole…. lo resume todo.

Casado se convirtió el jueves 22 de octubre en la alternativa a Abascal, no a Sánchez. Él solito (con otros cinco) cayó en la trampa sanchista y se sumó al cordón contra Vox tendido por los mismos que se lo hacen al PP; él solito (con otros cinco) cayó en la trampa porque eligió propaganda en vez de verdad; él solito (con otros cinco) decidió ir a la descalificación personal, síntoma de pobreza humana y de inconsistencia y debilidad política.

Lo lamentable de Casado no fue que su partido votara no; Abascal le dio varias coartadas para votar lo que a la vista de los hechos y de lo que ellos mismos han explicado después tenían decidido desde hacía tiempo, antes incluso de que Ábalos se lo “exigiera”. Lo imperdonable fue el tono, la personalización, la demonización de Santiago Abascal y de su partido, la bajeza argumental. Mucho peor que coincidir en el voto con los enemigos de la democracia –eso es coyuntura, no significa que el PP sea lo mismo que ellos, como no hubiera significado ser lo mismo que Vox si hubieran decidido apoyar la moción- fue que utilizó los argumentos de los verdaderos enemigos de la democracia para tratar de colocar a Vox fuera del tablero democrático.

Si Casado de veras cree que Vox es la ultraderecha, que son unos fachas, unos antisistema…, lo que debe hacer de forma inmediata  es renunciar a su apoyo en todos as las instituciones en las que gobierna merced a ello. Y que le pida al PSOE los votos que necesita en Madrid, o en Murcia, o en Zaragoza, o en Andalucía …

Aunque ahora que lo pienso, a lo mejor ya se los han ofrecido; ahora que lo pienso quizá la operación de salvar al soldado Sánchez puesta en marcha por la señora y los señores que tienen los despachos en lo alto de las torres está a punto de consumarse; a lo mejor todo va de abrir el camino para el regreso del glorioso bipartidismo, con una pata de las dos trufada de proetarras, bolivarianos y golpistas… A lo mejor ese “detalle” es menor porque lo que importa a la señora y los señores del Ibex (y a los partidos del turnismo, que son bendecidos por ellos)  es que el establishment que no se presenta a las elecciones siga mandando….

Y mientras España se nos va por la fregadera, ahí ellos, los de la alternancia, esperando su turno tan contentos, pensando en qué decir y cuándo para ganar algo de rentabilidad electoral. Desolador.

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Price: un circo centenario con tres vidas

El Circo Price

  • Ahora viene lo gordo. El Gobierno se pone remolón y pide que se lo pidan: «Si me lo rogáis, igual decreto el estado de alarma»

uan Carlos Girauta en ABC, 261020

Imaginemos que un marciano nos visita cada seis meses y hoy llega su platillo. Habría que jurarle que sigue el mismo Gobierno. El que lanzó a los cuatro vientos la campaña del «Salimos más fuertes». El que en julio nos instaba a echarnos a la calle. El que pretendía haber vencido a la peste con una férrea centralización. Señor marciano, de verdad que es el mismo, lo que pasa es que usted no imagina la versatilidad, la flexibilidad de Sánchez. Ríase de la contorsionista del Circo Price. Una estaca al lado de este prodigio.

Porque con el peor gestor de la peste en Europa, y uno de los peores del mundo, lo cierto es que salimos trágicamente débiles, que los del confinamiento más duro sufrimos los más luctuosos resultados. Sacrificamos la economía para salvar vidas y perdimos 60.000 vidas para caer en la miseria que se viene. Mientras, lo que ocupa al Gobierno y a sus poderosos amigos zotes es la promesa de un maná europeo.

Muchos ceros a la derecha para tanto cero a la izquierda. La rebatiña será tan formidable que uno imagina la mañana después como aquella escena de El perfume de Patrick Süskind: «La población de Grasse se despertó con una espantosa resaca. Incluso aquellos que no habían bebido tenían la cabeza pesada y náuseas en el estómago y en el corazón».

El que lo quería todo centralizado, porque una peste es una peste, invita ahora a las comunidades autónomas a asumir sus responsabilidades porque una peste atañe a la Sanidad, y eso está descentralizado. Palabra, señor marciano. ¿Qué dice, amigo extraterrestre? Espere que me ponga el traductor telepático. Así. ¿La oposición? Pues mire, ahora mismo están distraídos con un fratricidio, pero corre un partido otrora liberal que no aguanta más sin que Sánchez cercene libertades, y ya se ha puesto a tiro. ¿Que tienen tragaderas? ¡Ni la tragasables del Circo Price! ¿Que qué me pasa con el Price? No sé.

Y ahora viene lo gordo. El Gobierno se pone remolón y pide que se lo pidan: «Si me lo rogáis, igual decreto el estado de alarma». Pero es que no hay otra manera de obligar a la gente a encerrarse en casa, ¿sabe? Venga, doctor Fraudez, confínenos, alármenos, sométanos, por Dios. Está bien, responde magnánimo el contorsionista del Circo… Déjelo… Está bien, responde, pero tenéis que garantizarme que lo prorrogaréis durante seis meses.

Mire, buen marciano, aquí hay una Ley Suprema que impide esa salvajada. Salvajada, sí, porque las normas que limitan derechos hay que cogerlas con pinzas. Y si bien es concebible que a base de prórrogas de quince días se llegue a los seis meses, sería una flagrante ilegalidad alcanzar ese período con un solo acto. Y como eso lo sabe hasta el más lerdo -posición ciertamente disputada en el Ejecutivo- a lo que van es a un compromiso político que burle las limitaciones.

Pero ese compromiso no tiene fuerza jurídica y es una burla propia del payaso del… ya me callo.

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Credit Eric Striffler para The New York Times

En defensa del papel, el aula y la memoria

Jorge Carrión en The New York Times, 261020

Como tantos otros escritores y profesores, durante los últimos meses he cambiado los salones de los festivales literarios y las aulas de las universidades por Zoom y otras plataformas de videoconferencia. Eso me ha permitido impartir seminarios en Bogotá o Ciudad de México y conversar con lectores de todo el mundo. Lo que se gana es evidente: tiempo, conciliación familiar, ahorro energético. Lo que se pierde, también lo es: contacto humano, inmersión, intercambio cultural, conversación informal, todo aquello que rodea a la charla y la enriquece.

Me cuesta distinguir —en el recuerdo— lo que dije en un lugar o en otro: todo ocurrió en la misma pantalla de mi casa. La capacidad del contexto para convertir la experiencia en memoria es lo que vuelve la reunión física superior a la digital. Se trata de la misma razón por la que sigue siendo para muchísima gente mejor la lectura de un libro en papel que la de uno electrónico; ver una película en el cine en vez de hacerlo en un dispositivo; o compartir una serie en el sofá de casa en lugar de verla a solas en el teléfono móvil. El marco, que es diferente en cada ocasión, hace memorable la experiencia.

Las grandes plataformas tecnológicas ponen a nuestra disposición catálogos y herramientas asombrosos, fascinantes. Lo hacen a través de una misma superficie plana, cuyo tamaño cambia según el dispositivo, pero cuyas propiedades se mantienen. Mientras que la pantalla del ordenador, del libro electrónico o del teléfono uniformizan, el aula, el libro en papel o la sala de proyección distinguen. Eso es crucial en un momento en que están cambiando nuestras formas de atender y de recordar. En que la memoria, perpetuamente distraída, demasiado acostumbrada al auxilio de Google, necesita más ayuda que nunca.

Esa particularidad, esa distinción, se produce a través de un rasgo del mundo analógico que nos disgustaba cuando no habíamos sido conquistados por el digital y que ahora, en cambio, nos parece valioso: el ruido. “El ruido, para un ingeniero de sistemas electrónicos, es cualquier cosa que no sea una señal“, escribe Damon Krukowski en The New Analog. Cómo escuchar y reconectarnos en el mundo digital. Y añade: “Los medios analógicos siempre incluyen ruido” y “el ruido comunica tanto como la señal”.

La relación entre esos dos conceptos, propia de los equipos de reproducción sonora, es una buena metáfora para entender por qué es más eficaz la pedagogía presencial que la remota. En la transmisión del conocimiento, con auriculares y a través de internet, la señal digital monopoliza la atención y casi borra el ruido. En los cursos y las conferencias en espacios físicos, en cambio, la comunicación analógica, a menudo potenciada por la proyección digital, no solo implica más sentidos y más dimensiones, también inyecta más información —por ejemplo, corporal— y más ruido.

Las experiencias docentes y comunicativas no son solo intelectuales, también implican a los sentidos y las emociones. El ruido de las miradas, de los gestos o las interrupciones puede enriquecer la vivencia. Por eso recordaré siempre la proyección, junto con mi esposa, de Tenet, la película más reciente de Christopher Nolan, en el Phenomena de Barcelona, a finales de agosto de 2020, cuando fue posible aquí volver a los cines. En cambio, probablemente olvide muchas de las películas que hemos visto en el televisor de casa durante este mismo año inolvidable. Por eso, también, recuerdo cuándo y dónde compré y leí muchos de los libros que forman mi biblioteca y, a menos que sea imprescindible, no los compro en internet ni los leo en formato digital.

A veces imagino qué hubiera pasado si, a mediados de los años noventa, un auténtico amante de la literatura, y no Jeff Bezos, se hubiera dado cuenta de que existía un nicho de mercado de venta de libros por internet y hubiera decidido invertir en él. Muy probablemente, ese gigante tecnológico ucrónico ahora no enviaría los libros en las mismas cajas de color marrón en que Amazon envía cualquier cosa. Porque los libreros y los letraheridos sabemos que, al igual que la calidad del papel o la tipografía influyen en la lectura, la bolsa o el papel de regalo son importantes para recordar el contexto en que un libro llegó a tu vida. Que todo proceso de conocimiento es una cadena de memoria y sentido.

La American Booksellers Association acaba de lanzar una impactante campaña de defensa de las librerías. El plan de marketing ofrece a cualquier establecimiento independiente de Estados Unidos la posibilidad de realizar una instalación, con pósteres y cajas, que busca concienciar a los ciudadanos sobre el peligro que supone Amazon para el sector del libro. En las fachadas de algunas de las librerías más emblemáticas de la Costa Este, como McNally Jackson, de Manhattan, Greenlight Bookstore, de Brooklyn, o Solid State Books, de Washington D. C., se pueden leer, en grandes letras, mensajes como estos: “Cómprale libros a gente que quiere vender libros, no colonizar la Luna” o “Por favor, Amazon, déjale a Orwell la distopía”.

En La civilización de la memoria de pez, Bruno Patino afirma que “el nuevo capitalismo digital es un producto y un productor de la aceleración generalizada”. El mundo está mutando a una velocidad extraordinariamente superior a la que puede mutar nuestro cerebro. Por eso necesitamos cada vez más la ayuda de la Nube y la inteligencia artificial y se están fabricando las primeras computadoras cuánticas. La digitalización de la realidad es imparable, pero el ritmo no lo deciden solamente las corporaciones, sino en parte también lo hacemos nosotros, con nuestras decisiones cotidianas.

Por el bien común, sigamos privilegiando en la medida de lo posible la docencia presencial, la lectura de libros en papel, la existencia de librerías, cines y otros contextos analógicos. Sigamos creyendo en la importancia de la memoria. Ya llegará el futuro, con su realidad virtual, sus videolentillas, sus implantes neuronales, sus experiencias inmersivas, su registro y evaluación continuos de todos los detalles de nuestras vidas. No tengamos prisa.

Jorge Carrión, colaborador regular de The New York Times, es escritor y director del máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Sus últimos libros publicados son Contra Amazon y Lo viral. Es el autor del pódcast Solaris, ensayos sonoros.

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El mito de los tres poderes
Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España,, 1957],para el texto

 

El mito de los tres poderes

Jorge de Esteban El Mundo, 261020

Estando de embajador en Roma, recibí una llamada de mi discípulo Joaquín García Morillo, desgraciadamente fallecido hace años, el cual era entonces asesor y, después, jefe del gabinete del ministro de Justicia Fernando Ledesma, para comunicarme algo que me dejó pasmado. El Gobierno de Felipe González había decidido cambiar el sentido del artículo 122.3 de la Constitución, lo cual, en mi opinión, era una reforma clandestina muy grave de la misma o, dicho de otro modo, era claramente inconstitucional, porque no se realizaba según el procedimiento de reforma regulado en el artículo 167 de la Carta Magna.

El precepto controvertido dice literalmente: «El CGPJ estará integrado por el presidente del Tribunal Supremo, que lo presidirá, y por 20 miembros nombrados por el Rey por un periodo de cinco años. De estos, 12 entre jueces y magistrados de todas las categorías judiciales en los términos que establezca la ley orgánica; cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados, y cuatro a propuesta del Senado, elegidos en ambos casos por mayoría de tres quintos de sus miembros, entre abogados y otros juristas, todos ellos de reconocida competencia y con más de 15 años de ejercicio en su profesión».

Cuando mi discípulo terminó de informarme de lo que se proponía el Gobierno, como ya he dicho, le manifesté que era una reforma intolerable, puesto que cambiaba la letra y el espíritu de la Ley Fundamental, lo cual era algo muy discutible, pero lo que no lo era, porque no es posible interpretarlos, son los números: cuatro es siempre cuatro.

Y si el artículo 122.3 establece que 12 de los 20 miembros del CGPJ deben ser elegidos por los jueces entre ellos, no es posible cambiar el número de éstos ni el de los ocho que deben ser escogidos por las Cortes para convertirlos, de forma homogénea, en 20 por medio de una ley orgánica inconstitucional que también viola el artículo 66.2, porque se atribuye a las Cortes una competencia concreta que no tiene, realizando esta doble barbaridad a favor de lo que decidan los partidos, pues en ese momento, como se ha demostrado ya infinidad de veces, se politiza una institución que debe ser neutra e independiente. Y ahora nuevamente pretenden que los que no querían caldo tengan que tragarse dos tazas. Vayamos por partes.

El artículo citado de nuestra Constitución es una copia casi literal del artículo 104 de la Carta Magna italiana de 1947, cuyo párrafo que me interesa resaltar es el siguiente: «Los demás miembros serán elegidos en sus dos terceras partes por todos los magistrados ordinarios pertenecientes a las distintas categorías y en un tercio por el Parlamento en sesión ordinaria entre profesores numerarios de materias jurídicas y abogados que cuenten con más de 15 años de ejercicio profesional». En otras palabras: como queda claro, en el inicio del artículo citado, se afirma que «la Magistratura constituirá un órgano autónomo e independiente de cualquier otro poder».

Por lo cual, los números de las categorías que integran el Consejo no pueden ser cambiados como aquí para formar un CGPJ diferente del que dibuja el texto original, que pasa a depender claramente de la mayoría gubernamental. Según me explicó en aquel tiempo el presidente del Tribunal Constitucional italiano, el insigne jurista Leopoldo Elia, el hecho de mezclar en el Consejo italiano de la Magistratura jueces con otros juristas de prestigio, nombrados por el Parlamento, no era algo contradictorio, porque la independencia no puede convertirse en soledad, y mucho menos en un corporativismo desusado.

Por eso, es conveniente que personas ajenas al Poder Judicial, designadas por los representantes del pueblo, siempre que sean juristas con ciertos requisitos, puedan contribuir a que se conozca y se supervise mejor la actividad del órgano del autogobierno judicial.

Semejante reflexión teóricamente queda en el arte de la política, porque la realidad es ya muy diferente. ¿Cuál fue la excusa que el ministro Ledesma esgrimió para defender la citada cacicada? Había dos argumentos contradictorios, pero que recorrieron el camino juntos: uno justificable en parte y otro absolutamente injustificable. El primero consistía en señalar que el CGPJ en 1985 estaba plagado de jueces franquistas por razón de edad; claro que lo que el tiempo descompone, el tiempo lo acabará arreglando. Por el contrario, el argumento injustificable y encubierto no era otro que el mismo que quieren adoptar nuevamente ahora.

En otras palabras, hacer del Consejo una criada al servicio del poder, lo cual viene patrocinado por un vicepresidente presuntamente perseguido por la Justicia; esto es, lo que se quiere es disponer de un CGPJ domesticado para que la mayoría gubernamental campee por sus respetos, porque se da por hecho que los actuales forajidos gubernamentales se eternizarán en el poder, ante un pueblo amordazado con mascarillas que no solo sirven para evitar el virus sino también para que gobiernen aquellos que más que mascarillas tienen máscaras para confundir al pueblo. Como afirma Oscar Wilde, «una máscara nos dice mucho más que la propia cara».

Dicho esto, habría que acabar con el mito de los tres poderes clásicos atribuidos a Locke y Montesquieu, porque, como mantenía B. Constant, «las Constituciones raramente se hacen por la voluntad de los hombres. Es el tiempo el que las hace. Se introduce gradualmente y de manera imperceptible. Sin embargo, hay circunstancias que hacen indispensable elaborar una Constitución.

Pero entonces no ha de hacerse más que lo que sea indispensable; hay que dejar espacio al tiempo y a la experiencia, para que esta dos potencias reformadoras dirijan los poderes ya constituidos hacia la mejora de lo que se ha hecho y lograr lo que queda por hacer». Estas sabias palabras de Benjamin Constant dejan claro el problema que estamos tratando, pero incluso Carl Loewenstein lo aclara aún más:

«Toda Constitución es esencialmente un compromiso entre las fuerzas socio-económicas, políticas y culturales responsables de su creación. Una Constitución es un organismo vivo sujeto, como la vida misma, a cambios constantes».

Algo que no han querido ver nuestros políticos. Y así estamos como estamos. Porque, en lugar de modificarse lo que sea conveniente por los procedimientos que expone la Constitución, no lo hacen a causa de la complejidad para modificar ciertos artículos y, por tanto, se buscan caminos irregulares para sortear los procedimientos establecidos. Por poner un ejemplo llamativo: el artículo 4.1, que trata de la bandera de España, ha sido modificado por una ley ordinaria, a fin de incluir el escudo oficial de España, que se les había olvidado.

Pero volviendo a los tres poderes clásicos, hay que señalar que la aparición de los partidos, especialmente en los regímenes parlamentarios, ha trastocado la doctrina tradicional, pues las formaciones políticas han conseguido una interdependencia entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo que ya no se pueden denominar como dos poderes diferentes.

De ahí que, sin embargo, siga habiendo tres poderes principales en los regímenes parlamentarios y democráticos: el que podríamos denominar poder mayoritario, formado por el Gobierno y la mayoría que lo apoya en el Parlamento; el poder minoritario u oposición –que tiene fundamentalmente dos misiones: controlar al Gobierno y ser la alternativa cuando cambien los vientos, si así lo decide el pueblo– y, finalmente, el poder judicial que tiene que ser independiente y nunca manipulado por la mayoría gubernamental, como hasta ahora.

Por lo demás, ante la citada irregularidad de 1985, que empeoró nuestra Constitución, pero a cuya interpretación deberíamos volver lo antes posible, la oposición recurrió al Tribunal Constitucional, institución que ha completado e interpretado muchos puntos obscuros de nuestra Norma Fundamental, pero que, sin embargo, ha dictado también sentencias, como la de 2010, sobre el Estatuto de Cataluña, que más vale no recordar, porque en algunos casos han desvirtuado la estructura de nuestro Estado, el cual algunos definen ya como un «Estado fallido».

Creo que se equivocan, porque sería mejor denominarlo «Estado sectario y chapucero». A todas vistas, el problema del que surgen todos los demás es ni más ni menos que España, en pleno siglo XXI, perteneciendo incluso a Europa, es una «Nación fallida». De ahí que la razón del cambio de mayoría en la elección de los miembros del CGPJ, si Europa lo permite, se acelerará más nuestra decadencia.

Con la tradicional coherencia política de Pedro Sánchez y la brillantez contradictoria de Pablo Iglesias, lo que se pretende es algo tan inaudito como poner una mascarilla a la estatua de la libertad; es decir, quieren violar una ley inconstitucional con otra ley inconstitucional para conseguir su objetivo final, que consiste en que el cien por cien de los miembros del CGPJ sean nombrados por los partidos con una mayoría facilita. Un paso más hacia el Estado totalitario.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional.

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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El Roto
Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 261020

 

 

La canallada casadista contra Abascal le beneficia electoralmente, precisamente por serlo

NOTA: Error en la viñeta. Donde dice 140.000 debe decir 140.000 millones. Gracias.

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Parmenio, dijo:

“Casi todo el análisis de la moción de censura se apoya en dos premisas falsas. La primera es que la moción iba dirigida contra el PP. La segunda es que VOX es un partido de extrema derecha. Como en todo análisis el hecho de partir de premisas falsas lleva a resultados erróneos.

VOX presentó una moción de censura a un gobierno que, con su incompetencia, ha llevado a España a un desastre sanitario, económico e institucional. Nunca en la historia reciente ha habido tantos motivos para censurar un gobierno.

La legislación española en cuanto a mociones de censura conlleva una elección entre el candidato propuesto y el presidente gobierno. Lo que se votaba era si es mejor un gobierno presidido por Abascal o el existente social comunista. Es en esos términos en los que hay que evaluar los síes, noes y abstenciones.

VOX no es un partido de extrema derecha. Es un partido conservador comparable al resto de partidos conservadores europeos y de intachable constitucionalismo. El término extremo conlleva la voluntad de superar la legalidad, algo que no se da en VOX. Acusar de extrema derecha a los partidos conservadores españoles es la forma en la que la izquierda española crea un hombre de paja sobre el que percutir para excluir a media España del marco democrático.

El PP aceptó el marco de sus adversarios políticos y con ello compró la mentira. Si cree que con eso se va a librar de ser incluido en el paquete de extremistas que se oponen a un futuro venturoso lo llevan claro. Mañana mismo volverán a estar en la foto de Colón. Foto que, por otra parte, debería llenarles de orgullo. Yo estuve en Colón con el PP y C’s y estoy muy orgulloso de ello. Si no saben por qué estaban allí ante el apoyo del PSOE al Golpe de Estado de los nacionalistas catalanes, allá ellos. Yo sí sé porque estaba allí y volveré tantas veces como lo crea necesario.

El discurso de Casado fue un disparate, pero no porque rompa puentes o caiga en descalificaciones personales, que lo hizo, sino porque coloca al PP en una posición imposible para explicar porque gobierna con el apoyo de la anti España que pisotea la sangre de las víctimas del terrorismo a decenas de millones de españoles.

El discurso de Casado solo tiene sentido si quiere convertir al PP en un partido bisagra. Gracias a todas las barbaridades que soltó puede alardear, con razón, de no ser ya la derechita cobarde. En efecto, ya no es derechita.”

Parmenio en el blog de Santiago González, 251020

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José María Aznar fue el cerebro del discurso antiAbascal de Pablo Casado y el 'FAES' Zarzalejos el redactor | Moción de censura VOX

Una mala decisión y un buen discurso

Jesús Cacho en Vozpópuli, 251020

Una mala decisión. Desde el mismo día que anunció su intención de presentar una moción de censura al Gobierno Sánchez, Vox ha venido arrastrando los pies en silencio. Probablemente a Santiago Abascal le hubiera encantado apartar de sí ese cáliz, pero ya era demasiado tarde. Ni estaba preparado para el esfuerzo mental que supone afrontar una prueba semejante, ni se había provisto de un discurso convincente, con un cuerpo doctrinal a tono con las circunstancias.

Verdades como puños a la hora de describir la situación por la que atraviesa el país, diagnóstico que le hubieran comprado millones de españoles no simpatizantes de Vox, con salidas de tono, exordios al margen y hasta ocurrencias para consumo de la parroquia.

Mejor el diputado Ignacio Garriga como defensor de la moción. Dio la impresión de que Abascal, hombre inteligente, no había terminado de asumir la importancia del lance ni lo que estaba en juego.

Quien sí había olfateado hasta el regocijo la trascendencia de ese envite era el Gobierno socialcomunista, listo para propinar el crochet definitivo al bloque PP-Vox (la “extrema derecha” y la “derecha extrema”, según la terminología del infame manifiesto que el mismo miércoles el PSOE firmó junto a EH Bildu y demás ralea) y arrinconarlo extramuros del sistema, de acuerdo con la brutal dialéctica de bloques que persigue este Gobierno dispuesto a marginar a la mitad de la población española.

Y un buen discurso. Pablo Casado sí se había aprendido la lección. En realidad demostró que se había preparado a fondo. Por la autopista que galantemente le había dejado Abascal expedita, el del PP se lanzó dispuesto a demoler la imagen de Vox como hermano siamés del PP, alter ego al gusto de Sánchez y su banda.

Tras dos años sumido en el laberinto de sus propios miedos, cercado por el marianismo más casposo y abandonado por las elites del dinero, el palentino salió dispuesto a destrozar el espejo en el que Vox pretendía reflejar la imagen de toda la derecha, romper a codazos el libro de familia y trabajarse un espacio propio que abarque desde el centro puro hasta el borde mismo de la muralla de Adriano que ocupa Vox, ampliando el espectro, fijándole y dándole esplendor.

Casado rompe con Vox, incluso con alusiones personales a su líder que hubiera podido evitar. Quema las naves. A partir de ahora hay dos derechas con sus perfiles bien definidos. Se acabó el equívoco. Y al hacerlo rompe la espina dorsal de la emboscada que Pedro Sánchez y su banda pretendían tenderle para desactivarlo definitivamente.

Que esta era la operación perseguida por el bloque de izquierda radical que nos gobierna quedó claro en ese manifiesto hecho público la mañana de la moción de censura, casi cuando Abascal se subía a la tribuna. El típico lenguaje de los panfletos comunistas de toda la vida. Ni una cita a España. Ni una a la Constitución.

Sí a unos etéreos “ciudadanos y ciudadanas” sin adjetivar, que parecen vagar perdidos en el espacio y el tiempo. Conviene echar una ojeada al texto para comprobar la profundidad del espasmo.

Estamos ante algo más que un esbozo de “cordón sanitario” en tanto en cuanto propone una visión patrimonialista de la democracia y un intento de deslegitimar no a Vox sino a todo el centro derecha. La marginación política de la oposición. Un adelanto del sistema de Partido Único que persiguen Sánchez y su banda. Y el anuncio de la ilegalización de Vox con la excusa del “discurso del odio”.

He aquí el resultado de la desaparición de la izquierda moderada, la deserción del PSOE como partido constitucional, un PSOE reducido hoy a Sánchez y sus Lastras. Un manifiesto que revela, por lo demás, que la banda está muy “engrasada”, lo que permite adivinar con poco margen de error que el jefe de la banda tiene los PGE a punto de caramelo.

Al ampliar/estirar el campo de la derecha hacia el centro, fijando fronteras claras entre ambos partidos, Casado está lanzando una OPA en toda regla a lo que queda de Ciudadanos. Pescar entre los restos del naufragio de Ciudadanos. ¿Conseguirá hacer regresar a esos millones de votos que en su día huyeron despavoridos del nihilismo rajoyista y su insoportable corrupción para refugiarse en el partido de Albert Rivera?

En el famoso Congreso de Valencia, Mariano Rajoy, uno de los grandes responsables del estado comatoso en que se encuentra el país, expulsó del partido a conservadores y liberales. Los primeros se refugian hoy bajo el paraguas de Abascal y con él van a seguir al menos hasta las próximas generales.

Casado trata de ganarse a los segundos, pero lograrlo no será tarea fácil y desde luego le costará algo más, mucho más, que un buen discurso en la tribuna del Congreso. Tendrá que construir una alternativa, un partido ideológicamente rearmado, anclado en una derecha liberal, europeísta y moderna empeñada en la regeneración del sistema, capaz de abordar su democratización y de poner en marcha las reformas tanto tiempo aplazadas, enterrando al marianismo de una vez por todas.

La hora de la verdad para Casado

Empieza lo difícil. Llega para Pablo Casado la hora de la verdad, la de demostrar que su vibrante discurso del jueves fue algo más que una agradable sorpresa, simple verdura de las eras. Su mayor enemigo no es desde luego Abascal y si me apuran ni siquiera Sánchez. El gran enemigo de Casado lo tiene en casa, está en Génova y aledaños: es el cáncer del marianismo metido hasta los huesos de una concepción de la política mansa, adocenada y corrupta, dispuesta a aconsejar al jefe que se cruce de brazos y disfrute de los honores y regalías propios de todo líder de la oposición.

La primera prueba está a la vuelta de la esquina. La reforma del CGPJ, esa bellaquería que el chulo que nos preside galantemente postergó el otro día después de que la Comisión Europea le llamara al orden, porque Europa no ve con buenos ojos iniciativas de autócratas dispuestos a pasar por encima del Estado de derecho.

Si Casado acepta sentarse con Sánchez para reeditar el reparto de cromos al que nos tenía acostumbrados el PP, su discurso del jueves habrá sido flor de un día. Si lo que pretende de verdad es avanzar en la construcción de una alternativa al socialcomunismo, entonces debe poner a Sánchez en su sitio: Iglesias fuera de la negociación. Elección de los vocales del CGPJ por jueces y magistrados, y dimisión automática de una fiscal general engolfada con Garzones y Villarejos. Un gobierno del poder judicial conforme al mandato constitucional y los estándares europeos. Una partida que tendría ganada tanto entre los demócratas españoles como en la UE.

ocos motivos, pues, para lanzar las campanas al vuelo. Es verdad que el Partido Popular se ha reencontrado con un líder que creía perdido, ensimismado, perplejo durante mucho tiempo. Pero un líder obligado a definir una línea estratégica, a perfilar un proyecto de futuro para el centro derecha, a construir una alternativa de Gobierno que no exija la presencia de Vox como inevitable hermano siamés, ello al margen de posteriores alianzas poselectorales. Y a incorporar talento a su equipo de manera urgente, porque no parece que rodearse de campeones en lanzamiento de huesos de aceituna sea de gran ayuda para tan magna empresa.

“El de Pablo es un proyecto aún incipiente, al que hay que dar tiempo”, asegura alguien muy cercano y sin cargo en Génova, “pero es el único homologable al de las grandes formaciones de centro derecha europeas. Él tiene entre ceja y ceja terminar la tarea que este partido dejó incompleta con Mariano, que no es otra que la de modernizar este país nuestro, y el tiempo me dará la razón”.

Cualquier cosa menos un camino de rosas. Un campo de minas, en realidad. Un difícil equilibrio entre la izquierda más sectaria y antidemocrática de Europa y una derecha dura que ha salido herida de la moción de censura (y con la que tendrás que contar para formar Gobierno más pronto o más tarde), con una clientela que ha puesto pies en pared por culpa del vendaval de sopapos que el jueves Pablo propinó a Santiago (“Mis padres han criado a ocho hermanos, seis de ellos casados, que junto a mi mujer y mis tres hijos formamos una familia de veinte.

Hasta ayer, solo mi mujer y yo votábamos a Vox; el resto lo hacía al PP. Desde el jueves, todos dispuestos a votar a Abascal”, asegura un alto ejecutivo español en una multinacional francesa) y que presumiblemente seguirá creciendo conforme la triple crisis que asola el país siga haciendo estragos en las clases medias.

Un país que se cae a pedazos

Sin olvidar, en fin, quiénes son sus amigos y dónde están sus enemigos. Desconfiando de lisonjas interesadas y de felicitaciones que, cuando menos, deberían ponerle en guardia. El enemigo de Casado y del PP no es Vox ni Abascal, sino ese nuevo Frente Popular que comanda un peronista como Sánchez y un comunista bolivariano como Iglesias y en el que participan todos los enemigos de la nación española. Ellos son los que están demoliendo piedra a piedra el edificio constitucional. Ellos, los que han pretendido utilizar a Vox como espantajo para contaminar a todo el espectro del centro derecha y condenarle al ostracismo.

Vox es un partido perfectamente constitucional que ha venido para quedarse, con un horizonte cuyo futuro esbozó Abascal el viernes en una emisora de radio: “Atraer a los votantes de izquierda descontentos”, una estrategia que se demostró exitosa con el Frente Nacional francés y que podría explicar el giro “social” y antiliberal de la formación en los últimos meses, junto con la creación del sindicato Solidaridad.

Un movimiento sumamente ambicioso, cuyo envés sería la decisión de Casado de marcar lindes y ensanchar el campo del centro derecha. La moción de censura, por eso, no ha resultado una buena operación para Sánchez y su banda, que se las prometían felices y que probablemente se pegaron el jueves un tiro en el pie. Todo dependerá, repito, de que Pablo Casado se ponga manos a la obra. En un país que se cae a pedazos, la siesta marianista ya no es una opción.

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Moción de censura de Vox, resultado: 52 síes, 298 noes, en directo

Paisaje después de la moción

Esta moción de censura no ha sido un paso adelante en la configuración de una alianza constitucionalista y patriótica en torno a la agenda de reformas estructurales que los españoles requieren

Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

La moción de censura era necesaria. A estas alturas del desastre causado por la incompetencia, el sectarismo y la negligencia de este Gobierno inverosímil formado para dirigir la Nación con aquellos que quieren destruirla, era obligado que el Parlamento se pronunciase y emitiese un veredicto sobre la ejecutoria de Sánchez&Asociados. Dado que el primer grupo de la oposición no estaba por la labor, ha sido el segundo -tercero de la Cámara- el que ha asumido esta misión política y moralmente ineludible.

La manera concreta de hacerlo, porque el Reglamento del Congreso no permite otra, debía ser la moción de censura. Hasta aquí todo bastante lógico. Sin embargo, la fórmula de la moción de censura constructiva dificulta que el procedimiento se desarrolle de acuerdo con su verdadera naturaleza, la de reprobación al Ejecutivo, y proporciona tanto a la mayoría gubernamental como a los partidos de la oposición distintos del proponente toda suerte de argumentos y subterfugios para eludir una toma de posición directamente relacionada con lo que en realidad se ha discutido: ¿merece o no Pedro Sánchez el juicio condenatorio de Sus Señorías?

Puestas así las cosas, cada formación ha hecho su planteamiento y la crítica correspondiente ha de atender a un doble plano, el estratégico de partido y la actuación personal de sus portavoces durante el debate. En el terreno de los intereses electorales de cada fuerza presente en el hemiciclo, al PP este lance no le ha salido bien, a Vox no le ha ido mal y al Gobierno y a sus corifeos les ha beneficiado.

Pablo Casado ha optado al final por propinarle a Santiago Abascal un castigo de una severidad rayana en el ensañamiento sin rehuir lo personal -el partido del que usted ha vivido quince años- y ha dibujado un esquema en el que el PP se sitúa en el centro, la moderación, la Constitución y el equilibrio y tanto el Gobierno social-comunista con su acompañamiento de golpistas y filoetarras como Vox se colocan en los extremos, ambos entregados al populismo, a la demagogia y a la intransigencia.

Esta presentación ha ido complementada con el voto en contra de la moción, que ha sido el estoque con el que ha rematado la faena de acoso y derribo al candidato a presidente. Esta equidistancia no coincide en absoluto con la percepción del electorado del PP, sobre todo de su franja más conservadora, que ha visto con disgusto el varapalo que su jefe de filas le ha atizado a una persona que considera más un potencial socio que un rival y con el que tienen amplias afinidades ideológicas y sentimentales. Por consiguiente, el electorado de Vox se ha reafirmado en su adhesión a sus siglas y el del PP experimentará fugas en dirección a Vox.

A Sánchez sin duda le conviene que la consolidación de una eventual coalición alternativa se vuelva más difícil y ha contemplado con satisfacción el ensanchamiento del foso entre Vox y el PP y el cierre de filas del heterogéneo y siniestro conglomerado gracias al cual duerme en La Moncloa, que ha acudido presuroso, documento conjunto incluido, a su llamada para frenar a la “ultraderecha”.

En relación a los intervinientes,Ignacio Garriga merece un sobresaliente por la solidez, firmeza y buena construcción de su discurso, pronunciado con pulida dicción, seguridad y eficaz lenguaje corporal. También ha estado acertado Iván Espinosa, mesurado en el tono y con notable soltura.

Su enumeración de un decálogo de medidas económicas y sociales que puede compartir cualquier ciudadano que entienda cómo funciona el mundo real le ha dado un toque de sensatez y rigor a una sesión demasiado bronca y áspera en muchos momentos. Santiago Abascal ha mostrado, como es habitual en él, convicción y voluntad, pero en esta ocasión no ha salido a la palestra bien aconsejado.

La repetición de no pocos puntos que habían sido ya tocados por Garriga, alargando innecesariamente su tiempo en la tribuna, la comparación de la Unión Europea con la URSS y con ¡la Europa deseada por Hitler!, la preferencia del bilateralismo sobre el multilateralismo en la diplomacia internacional y la alusión extemporánea a George Soros, han sonado extraños y fuera de lugar. Vox es una organización conservadora, nacionalista española y católica, corriente de pensamiento de larga tradición en nuestro país y que ha de tener su lugar en el arco parlamentario con toda legitimidad, pero se ha de desprender de determinadas incrustaciones alt-right que chirrían en estas latitudes y que pueden hacerla caer en el esperpento.

Para huir de la pasividad indolente, desideologizada y pusilánime del rajoyismo, no hay que caer en la neurosis conspiranoica y antiliberal de los profetas del Apocalipsis. Basta representar sin complejos a una corriente social comprometida con los valores de la civilización occidental y defenderlos con coraje, constancia y coherencia, es decir, llenar con determinación y contundencia dialéctica el hueco que el PP ha creado con su renuncia a dar la batalla de las ideas, su limitación a la mera gestión y su seguidismo vacilante del pensamiento único progresista y de la corrección política.

Ignorancia oceánica de Iglesias

Sánchez no ha sorprendido a nadie. Ha leído el menú de tópicos del taller Redondo y ha disfrutado del espectáculo de su posible alternativa enzarzada en el despellejamiento mutuo. Iglesias va alcanzando nuevas cotas de pedantería cursi que ponen a prueba la resistencia del sistema digestivo del oyente.

Su oceánica ignorancia se puso de manifiesto, una vez más, cuando situó a Donoso Cortés en el ámbito de la derecha moderada “canovista”. Es obvio que ni sabe quién fue el primer marqués de Valdegamas ni tiene la menor idea de lo que escribió y opinó aquel gran pensador político, parlamentario y diplomático de la primera mitad del siglo XIX.

Mientras el espacio liberal-conservador siga dividido y a la greña, no cuajará una opción electoral capaz de acabar con la pesadilla que vive España desde hace tres años. Esta moción de censura no ha sido precisamente un paso adelante en la configuración de una alianza constitucionalista y patriótica en torno a la agenda de reformas estructurales que los españoles requieren. Quedan tres años para articularla.

Pongámonos a la tarea antes de que sea demasiado tarde. El método de esperar a que Sánchez y su Familia Monster se cuezan en su propia malignidad significa el peligro de que a la hora de la recuperación sólo queden escombros humeantes.

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Al podemita del bálano la gueda conta el codonavidus le ha hecho un machote - La Paseata

La machada de Pablo Casado

Nada le preocupaba más que hacerse con el título de macho alfa de la derecha. La pretensión es legítima, pero inoportuna y extemporánea. Ahora nadie habla de lo que hizo Abascal —discurso autárquico, antieuropeo, conspiranoico y aldeano—,sino de lo que él hizo con Vox

Luis Herrero en ABC, 251020

Lo peor de todo es que una hora antes de que empezaran a aplaudir como fans de una estrella de rock, los diputados del PP no sabían que iban a hacerlo para celebrar el voto en contra de su grupo parlamentario a la moción de censura que Vox había presentado contra Pedro Sánchez. Ni siquiera se les dio la oportunidad de dar su opinión sobre lo que debían hacer cuando llegara el momento de retratarse. 

Entraron a ciegas, como corderos obedientes, dispuestos a aplaudir un discurso que su líder máximo había mantenido en riguroso secreto. Caben pocas dudas de que hubieran aplaudido con el mismo entusiasmo cualquier otra intervención, fuera la que fuera. He ahí la primera gran contradicción del debate.

Justo cuando decide quitarse la careta y ofrecer su verdadero yo, Casado se exhibe como un faraón que contempla el mundo desde el vértice de su pirámide mientras los súbditos de su partido doblan el espinazo ante él en señal de adhesión inquebrantable. Extraña manera de mejorar su imagen. Ya sé que no es una extravagancia. Sucede en todos los partidos.

A ese ejercicio de culturismo se le llama exhibición de liderazgo fuerte. El imbécil que no demuestre tener musculatura suficiente para imponer su voluntad a los miembros del rebaño es un pringado incapaz de hacer fortuna en el mundo de la política. De lo que se trataba, al parecer, es de que Casado superara esa prueba. Y lo hizo. Además, con buena nota.

Los maceros de Génova nos han contado que el mandamás del PP había pasado el fin de semana previo al debate en sesuda conversación consigo mismo. El sábado estuvo en el circo Price, viendo a Pepe Viyuela, y el domingo paseó con su mujer por el parque del Retiro. Ningún dirigente del partido le llamó para saber cómo iba a encarar su intervención durante la moción de censura.

¿Para qué? Ya les había advertido a todos ellos que no iba a decirles nada. Top secret. El lunes y el martes perfiló el discurso, en rigurosa soledad, y el miércoles se lo dejó leer a media docena de fontaneros. No había mucho postín en el elenco de confidentes. Quitando al secretario general, los demás eran directores de gabinete o responsables de comunicación.

Esa es la corte de Camelot del Kennedy que quería sentar a la derecha española en la mesa redonda de un tiempo nuevo. No sé si este debate refuerza a Casado —eso dependerá de la apuesta que haga el electorado—, pero sí sé que el PP sale de él como un partido vulgar, de viejas hechuras, incapaz de aportar algo distinto a lo que sobreabunda en el paisaje viejuno de la política española.

Poco a poco, la maquinaria pesada del PP ha ido limando el perfil distintivo con que su nuevo líder quería diferenciarse de sus predecesores hasta convertirlo en uno más, intercambiable con cualquiera, apegado a los mismos tics autoritarios que imperan en el resto de los partidos.

Esa necesidad autoimpuesta de tener que aparecer como el líder que los tiene bien puestos es el que le llevó a subir los decibelios durante su enfrentamiento con Vox. El voto en una moción de censura y exige una respuesta monosilábica, sí o no, a dos preguntas complejas que de ordinario resultan incompatibles. ¿Hay suficientes motivos para censurar la gestión del presidente del Gobierno?

Y si es así, ¿está a favor de que gobierne el candidato alternativo? Lo normal, en el caso de que un partido esté a favor de lo primero y en contra de lo segundo, es optar por la abstención.

Así ha sucedido la mayoría de las veces. Pero en esta ocasión el PP se ha salido de la norma y ha dejado claro que pesaba más en su ánimo la censura a Abascal que a Sánchez. Esa es la segunda gran contradicción del debate. ¿Es fácil de entender que Casado haya renunciado a magullar, al menos con su abstención, al peor presidente que ha tenido España en los últimos 43 años?

Al priorizar la crítica a Vox acabó convirtiendo la sesión parlamentaria en una cuestión de confianza a su persona como líder de la oposición. Nada le preocupaba más, según parece, que hacerse con el título de macho alfa de la derecha. La pretensión es legítima, por supuesto, pero inoportuna y extemporánea. Ahora nadie habla de lo que hizo Abascal en el debate —un discurso autárquico, conspiranoico, antieuropeo y aldeano—, sino de lo que él hizo con Abascal.

La moción, un paseo para Sánchez

Esta moción de censura será, seguramente, la única que se presente contra Sánchez durante esta legislatura y pasará a la historia como la más cómoda de las cinco que han tenido que soportar los presidentes que las han padecido. Alguien tendrá que explicar, en algún momento de la historia, ese enorme contradiós.

¿Cómo es posible que el peor presidente de la democracia haya merecido la reprobación más liviana, en número de votos, de cuantas han tenido lugar en el Parlamento? No es fácil de entender que Casado haya preferido darse puñetazos en el pecho, tras golpear con saña las cejas de Abascal, en vez de buscar el mentón del jefe del Gobierno.

Resultado: Sánchez se ha ido de rositas y en el espacio del centro derecha se ha declarado una cruenta guerra civil. En Génova creen que la maniobra de su líder redivivo les hará crecer por el centro, convirtiéndoles en la única alternativa capaz de derrotar al PSOE, y desnivelará a su favor la disputa que mantienen con Vox por el voto de la derecha. ¿Pero qué pasa si los votos que acaba robándole a Arrimadas son menos de los que pierde en favor de Abascal?

¿Alguien está dispuesto a apostarse pincho de tortilla y caña a que los votantes reconfortados por el ataque temperamental de Casado suman más que los votantes cabreados por su bronco desplante fratricida?

Yo, de momento, no.

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Conozca a Murray Rothbard, el padre del populismo de la derecha moderna – Fame People
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Murray Rothbard

Cómo ser una derecha «moderna y europea» en 36 pasos, según Iglesias

Cristian Campos en El Español, 251020

La afición de Pablo Iglesias a citar los nombres de referentes liberales y conservadores que obviamente no ha leído, y si ha leído no ha entendido, alcanzó este jueves momentos de chocante extravagancia.

Iglesias citó a Angela Merkel, a Emmanuel Macron, a Antonio Cánovas del Castillo e incluso a Donoso Cortés, que si por algo destacó no es como referente de Cánovas –el propio Cánovas citaba a Francisco Pacheco como su principal influencia–, sino como primer gran teórico del reaccionarismo español. El de «inteligencia, autoridad e historia», tres conceptos incomprensibles para el populismo de izquierdas español.

Como explica el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro La mente de los justos, los estudios han demostrado que los conservadores suelen comprender bastante mejor el pensamiento de los progresistas que viceversa. Haidt atribuye esa superioridad intelectual de los conservadores a su mayor rango moral, que les permite incluir en su análisis de la realidad valores que los progresistas, lisa y llanamente, no entienden.

Tanto insiste Iglesias en darle lecciones a Casado, un político obviamente más leído no ya que él, sino que el 90% del parlamentarismo español, que uno llega a sospechar que lo que realmente desea el líder de Podemos no es ser presidente de la República Española, sino de un PP eternamente instalado en la oposición.

Pero, ¿cómo debería ser el PP, según Iglesias, para ser considerado como una derecha «moderna y europea»?

1. De Merkel, Iglesias sólo conoce lo que ha visto en Twitter. Es decir, su política migratoria y ese vídeo en que la canciller alemana le quita la bandera de las manos a un compañero de partido. Un gesto que la izquierda suele malinterpretar –Merkel no tiene los complejos con los símbolos de su país que la izquierda tiene con España– y que EL ESPAÑOL explicó hace un año.

2. De Macron, Iglesias apenas conoce sus críticas a Vox, rábano que él coge por las hojas y olvidándose de lo mollar, que es su rechazo de cualquier tipo de populismo extremista como el que Podemos defiende desde el Gobierno español.

3. De Donoso Cortés, que hoy militaría sin duda alguna en Vox, Iglesias no conoce nada.

4. Y de Cánovas del Castillo, quizá su mansa aceptación de la alternancia bipartidista. Es decir, del turnismo. O acaso ni eso.

5. El primer paso para ser una derecha moderna y europea según Pablo Iglesias está entonces claro: no comprender qué es el conservadurismo, cómo piensa y cuáles son sus verdaderos valores y referentes intelectuales.

6. El segundo paso es juzgar al liberalismo por el peor de sus resultados y al socialismo por la mejor de sus intenciones. Resumido en un eslogan: «Si te lanzan hechos, devuélveles ideales».

7. O mejor aún: «Si te vienen con un medicamento, promételes magia porque los votantes son idiotas».

8. El tercero, asumir como irrefutable la cosmovisión de la izquierda después de que su eje ideológico original, el de obreros/capitalistas, fuera sustituido a finales de los años 60, pero sobre todo tras la caída del Muro de Berlín, por el eje oprimido/opresor.

9. Un giro magistral en términos de mercadotecnia ya que amplía de forma exponencial el target de la izquierda. Porque obreros quedan ya muy pocos, pero ¿quién no se siente hoy oprimido por algún agravio real o, sobre todo, imaginario?

10. Lo siguiente que debe hacer Casado para convertirse en «una derecha europea y moderna», es decir, en la izquierda, es volverse sordo de una oreja. Sólo de una. Con la que le quede sana escuchará sólo esas partes de los discursos de Merkel, Macron y Biden que vibren en la misma frecuencia que las neurosis del populismo de extrema izquierda.

11. Aquellas partes que, sin embargo, se contradigan con esas neurosis, es decir, el 90% de los discursos de Merkel, Macron y Biden, serán convenientemente redireccionadas hacia la oreja sorda.

12. El siguiente paso es obvio. Casado debe dejar de comprarse trajes de su talla.

13. También debe dejar de vestirse al modo tradicional, es decir, por los pies. Lo verdaderamente progresista es ordenar que la ropa te sea lanzada desde un helicóptero de la Guardia Civil mientras este sobrevuela tu chalet marxista. Tal y como caiga sobre tu cabeza, bien estará. Cualquier otra cosa es rancio esteticismo burgués.

14. Un buen derechista moderno y europeo dice amén, o preferiblemente un laico gracias, frente a cualquier iniciativa divisiva de la izquierda.

15. ¿Eutanasia? A domicilio y entregada a los ciudadanos por motoristas de Glovo.

16. ¿Aborto? Hasta el duodécimo mes de embarazo. Si el niño sale de derechas, incluso un poco más allá.

17. ¿Leyes de memoria histórica? ¡Que no quede una sola verdad en ellas!

18. ¿Okupación? Libre, impune y asesorada por los servicios jurídicos del ayuntamiento de tu ciudad.

19. El siguiente paso es renunciar a cualquier asomo de verdad científica que pueda haber informado tus opiniones en el pasado. La naturaleza humana no existe. El sexo biológico es una falacia patriarcal. Todo es político. Todo es cultural. Todo lo malo es una imposición social.

20. Si alguien le pregunta a Casado quién o qué ha modelado los valores de esa sociedad opresora, Casado debe retrotraerse a una sociedad anterior. Y luego a otra, y a otra, y a otra, hasta llegar al Big Bang. Todo menos reconocer que los valores de una sociedad son sólo la plasmación moral de realidades biológicas modeladas por decenas de miles de años de evolución.

21. La ciencia en sí misma es sólo una herramienta, dúctil como la plastilina, cuya única función es la de justificar las políticas de la izquierda. Que esas justificaciones sean en sí mismas acientíficas no las convierte en menos útiles. Porque lo que importa no es la verdad, sino la percepción de los ciudadanos. Lo que nos conduce al siguiente punto.

22. En el conflicto entre razón y emoción, la buena derecha moderna y europea optará siempre por la segunda, que es el terreno donde la izquierda ha erigido sus mejores fortalezas. El objetivo es que la derecha pierda cualquier debate en el momento en que la izquierda decida esgrimir un argumento falaz, pero sentimentaloide.

23. Casado debe también alejar de él su obsesión por la lectura. Porque cualquier conflicto social es perfectamente analizable en términos de series de Netflix.

24. ¿Que los salarios españoles se desploman un 15%? «La serie Juego de Tronos demuestra que tenemos un problema con la monarquía en España». ¿Que se destruyen 85.000 empresas? «La serie Breaking Bad demuestra que tenemos un problema de franquismo latente en la Policía Nacional española».

25. Casado debe comprender, en fin, que los productores, los directores y los guionistas americanos crean sus series con el objetivo de meterle el dedo en el ojo a Inés Arrimadas, Santiago Abascal y él mismo. Esa es toda la obsesión vital y el único motor de la creatividad ajena. El eje moral del mundo es, en fin, la izquierda española.

26. Casado debe también dejar de tratar a las mujeres de su partido como adultas responsables y empezar a verlas como dulces damiselas necesitadas de la protección de un macho dominante: él. Por supuesto, las tarjetas de memoria de sus teléfonos móviles, especialmente si contienen fotos íntimas, son responsabilidad personal del líder del partido. Y, de ahí que su obligación sea almacenarlas personalmente.

27. La derecha moderna y europea debe hacer en todo momento aquello que le conviene a la izquierda. Especialmente si eso implica entregarle en bandeja el control de alguna institución clave del Estado, como el Poder Judicial. Todo lo que no sea eso es derecha franquista.

28. La derecha moderna y europea asume el vocabulario de la izquierda como propio. En ese vocabulario sólo existen dos opciones.

29. La primera es el eufemismo para describir cualquier realidad desagradable generada por la izquierda o que esta considere merecedora de ocultación. «Interrupción voluntaria del embarazo» en vez de aborto. «Personas con capacidades diferentes» en vez de personas con discapacidad. «Desaceleración de la economía» en vez de crisis.

30. La segunda, la hipérbole negativa para describir cualquier realidad, ya sea agradable o desagradable, supuestamente generada por la derecha: apocalipsis neoliberal, hecatombe capitalista, calamidad ambiental, estragos patriarcales.

31. El siguiente paso es el racismo paternalista. Los negros sólo son negros aceptables si juegan a baloncesto, rapean o votan a la izquierda. Los negros de derechas no son negros, sino blancos franquistas encerrados en el cuerpo de un orgulloso miembro de la raza africana. En los campos de algodón ideológicos de la izquierda, emblema de los cuales es Black Lives Matter, los negros con opinión propia son castigados con el estigma de Tío Tom del sistema. Exactamente lo que esos negros con opinión propia se han negado a ser.

32. Luego Casado debe renunciar a cualquier pacto con Vox y/o con Ciudadanos y entregar a la izquierda con un lazo las comunidades de Madrid, Andalucía, Castilla y León y Murcia. Sumar mayorías parlamentarias alternativas a la izquierda es fascista. Devolvérselas, justicia histórica, además de un deber moral.

32. Casado debe borrar de su cabeza todo lo aprendido, observado y deducido a lo largo de sus casi 40 años y ocupar el vacío resultante con memes de Twitter.

33. Allí donde Donoso Cortés, en fin, hablaba de inteligencia (razón), autoridad e historia, Casado debe hablar de emociones, poder y mentiras. El programa de la izquierda del siglo XXI.

34. Este punto es muy importante. Casado no debe, bajo ningún concepto, evidenciar su rotunda superioridad moral e intelectual sobre Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Gabriel Rufián o Arnaldo Otegi. En la izquierda se iguala por abajo.

35. Vuelo rasante, Pablo. Vuelo rasante. ¡Lejos de ti la funesta manía de pensar!

36. Si Casado obedece a rajatabla los puntos anteriores, no nos engañemos, seguirá siendo considerado por la izquierda como un fascista redomado. Pero al menos no molestará, que es el papel que Pablo Iglesias reserva, en su concepción de la democracia, a la derecha. El de estorbo con escaño.

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Estado de Alarma por la COVID | ¿En qué consiste el toque de queda por

Qué se puede hacer durante el estado de alarma?

El Gobierno establece un toque de queda de 23.00 a 6.00 que podrá ser modulado por las comunidades autónomas

Pablo Linde en El País, 251020

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado este domingo un nuevo estado de alarma, que estará en vigor este mismo domingo por la tarde. Las autoridades delegadas serán los presidentes de las comunidades autónomas, a quienes les servirá para restringir algunos derechos fundamentales, como la movilidad, sin necesidad de pasar por los tribunales, tal y como viene sucediendo desde el 22 de junio, cuando acabó el anterior período excepcional. Serán los Gobiernos autónomos los que tengan que adoptar las medidas concretas, pero hay una común: un toque de queda nocturno, cuyo horario podrán modular las comunidades.

¿En qué consiste el toque de queda?

Es una limitación a todo movimiento nocturno, excepto para acciones justificadas como trabajar, comprar medicamentos o cuidar a personas dependientes. En principio, el Gobierno marca una duración de 23.00 a 6.00, pero las comunidades podrán moverlo una hora arriba o abajo. Es decir: puede empezar entre las 22.00 y las 0.00 y terminar entre las 5.00 y las 7.00. No aplicará en Canarias, la autonomía con menor incidencia del virus. Este toque de queda obligatorio en el resto del territorio aplicará hasta el 9 de noviembre. A partir de ahí, con la prórroga del estado de alarma (que tendrá que ser sometida a la aprobación del Congreso), las comunidades podrán levantarlo.

¿Habrá confinamientos perimetrales de comunidades o localidades?

Queda en manos de las comunidades autónomas decidirlo. Podrán acotar tanto todo el territorio autonómico como otros más pequeños dentro de sus límites, como provincias, localidades o, incluso, barrios. Esto hace compatible el estado de alarma con los confinamientos de distritos sanitarios que hace, por ejemplo, Madrid.

¿Habrá límites a las reuniones sociales?

El decreto permite a las comunidades autónomas restringir a seis personas las reuniones sociales entre no convivientes, tanto en espacios cerrados como al aire libre. Es una medida que pueden modular en función de la situación epidemiológica. “Las reuniones en lugares de tránsito público y las manifestaciones realizadas en ejercicio del derecho fundamental regulado en el artículo 21 de la Constitución podrán limitarse, condicionarse o prohibirse cuando en la previa comunicación presentada por los promotores no quede garantizada la distancia personal necesaria para impedir los contagios”, señala el decreto. En los lugares de culto, las comunidades tendrán que limitar aforos sin perjudicar la “libertad religiosa”.

¿Cuánto durará el estado de alarma?

El Consejo de Ministros, tal y como establece la Constitución, lo ha aprobado por 15 días. Pero Sánchez ha anunciado que la intención del Gobierno es alargarlo hasta el 9 de mayo. Para ello necesita la aprobación del Congreso de los Diputados, donde la prórroga será votada la semana entrante. Es el tiempo, ha dicho, necesario “no solo para superar la primera ola”, sino para pasar la peor parte de la pandemia.

¿Qué diferencias hay con el estado de alarma de marzo?

En esa ocasión se estableció un confinamiento domiciliario, del que no se podía salir salvo para las excepciones autorizadas: trabajar, cuidar mayores, ir al médico… También se cerraba restauración y comercios. En esta ocasión, por el momento, no sucede nada de eso. Excepto en las horas del toque de queda, los ciudadanos pueden salir de sus casas e ir a tiendas y restaurantes, con las limitaciones que establezcan sus gobiernos autonómicos.

¿Qué medidas tomará cada comunidad?

El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud aprobó el jueves pasado una guía para tomar medidas en función del riesgo del virus en cada localidad. Establece cuatro niveles (extremo, alto, medio y bajo), que se determinan combinando ocho indicadores principales y 20 secundarios que miden tanto la incidencia de la epidemia como la capacidad asistencial. Todavía no hay una evaluación oficial de qué localidades están en riesgo extremo. Pero si se aplica el baremo aprobado en el interterritorial a los datos promedios de las comunidades autónomas, siete habrían superado ya este umbral: Aragón, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Navarra, Madrid y La Rioja, además de Ceuta y Melilla. En estos casos, recomienda estudiar limitaciones a la movilidad.

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 251020

España pasa de política internacional

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Sábado, 24 de octubre de 2020

“Uno de los ciudadanos húngaros más famosos, George Soros, gastó considerables sumas de dinero durante el año 2015 para presionar a grupos políticos e instituciones internacionales, con objeto de que se pudiera abrir las fronteras y se permitiera a los migrantes la libre circulación por Europa.

Al igual que lo realizado por la web site Welcome2EU, su fundación Open Society (Sociedad Abierta) publicó millones de folletos informando a los migrantes de lo que deberían hacer para llegar a Europa, los derechos que tenían una vez se encontraran en ella, y lo que las autoridades podían o no hacerles. El grupo abogaba por una resistencia contra el sistema de fronteras europeo”.

Douglas Murray, La extraña muerte de Europa.

Que a los españoles no les interese Soros no quiere decir que a Soros no le interesen los españoles.

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Caín y su descendencia

Caín

  • «No era, claro, puro cabreo. Lo de Casado fue una decisión estratégica. Quien le orientara hacia ella le ha empujado al suicidio político, aunque, mientras duren las alabanzas en todos los medios, no lo percibirá. Tratar de aplastar con artillería ideológica ajena a la única persona que algún día puede hacerte presidente no parece muy inteligente»

Juan Carlos Girauta en ABC, 241020

¿De verdad el vencedor de la moción de censura ha sido Pablo Casado? Quiero decir más allá de los papeles, de la burbuja político-mediática. ¿Quemar los puentes con los votantes de Vox lo consolida como alternativa real, viable, a Sánchez? ¿Poner un cordón sanitario a varios millones de españoles cuyo voto mantiene en el poder a Ayuso y a Almeida, a Moreno Bonilla y a López Miras es una buena idea?

Solo se puede responder afirmativamente a esas preguntas desde la convicción de que Vox es una incomodidad pasajera. Que sus votos son prestados, que se irán (que se están yendo ya) al PP una vez Casado ha aclarado que se trata de un partido despreciable -«el de la España grande y libre», o sea franquista- y que su presidente es más despreciable aún, pues «pisotea la sangre de las víctimas del terrorismo».

No es la convicción de quien firma, qué le vamos a hacer. Lejos de ser un fenómeno pasajero, Vox se acaba de consolidar, gracias a Casado, como la opción de la España humillada y ofendida, la escarnecida por cómo es o por lo que se supone que quiere hacer (olvidando lo que efectivamente hace, que es dejar gobernar al PP y Ciudadanos).

Una España que generalmente llega caricaturizada pese a ser la tercera opción política nacional. Gente que no se calla ante el articuladísimo (y vacuo) discurso de la izquierda que PP y Cs renunciaron a combatir. Es fácil burlarse de ellos; aún carecen de un discurso propio lo bastante poderoso y sutil. Pero ese discurso lo aprenderán, y en cuanto los diputados del PP hayan acabado de reírse tendrán que abandonar sus escaños en favor de los humillados.

Identificar con el franquismo a esos tres millones y medio de españoles (cuando a ti te han votado cinco) y situar al PP en un punto imposible que equidista de Vox y de Podemos es un gravísimo error que deja expedito para Abascal un terreno que la semana pasada era del PP. Casado pudo ponerse de perfil en la moción, pero optó por una agresión a dentelladas, que, para bien de madrileños, andaluces y murcianos, Abascal no repelió a modo.

No era, claro, puro cabreo. Lo de Casado fue una decisión estratégica. Quien le orientara hacia ella le ha empujado al suicidio político, aunque, mientras duren las alabanzas en todos los medios, no lo percibirá. Tratar de aplastar con artillería ideológica ajena a la única persona que algún día puede hacerte presidente no parece muy inteligente. Salvo que, efectivamente, lo aplastes. ¿Todavía cree alguien que ese es el caso? El presidente del PP decidió su futuro, pero también el de España. Y no pinta bien.

Aun errado, pudo haber sido frío. Pero prefirió mostrar un odio que no puede sentir, odio mientras clamaba contra el odio, un odio que le es ajeno y al que él se suma para ser uno más en el sistema, admitido, respetado, uno al que ya se le reconozca la futura presidencia. Y con ello la ha abortado.

No debe ser fácil linchar a tu hermano de linchamiento, ponerse del lado de los que te estaban expulsando de lo aceptable hace media hora. Usar el espantajo fascista que agitan los socios de los fascistas de verdad. ¡Cómo gozaron los que tanto han usado a su partido, a su gente y él como payaso de las bofetadas! Casado salió corriendo del lugar de su lapidación para agarrar una piedra y arrojarla contra Abascal con más furia que nadie, siendo muy aplaudido.

Regresen a la realidad. Vox va a seguir existiendo y Abascal no es el muñeco del pimpampum que se han figurado. Tuvo la cintura suficiente para no seguir a Casado en el combate en el fango. Por el contrario, tranquilizó a millones de españoles prometiendo no jugar a la destrucción en las autonomías donde sostiene a los presidentes del PP.

Y el día después del escogido por Casado para sacrificarlo cual chivo expiatorio y ganarse su integración en la tribu, comunicó que ahora deberá dirigirse a muchos más españoles, y que eso supondrá cambios programáticos y discursivos. Si afina sus argumentos sobre Europa, si se olvida de Soros y de las conspiraciones, si a partir de ahora prefiere el silencio a la improvisación, ¿quién acabará siendo «el auténtico líder de la derecha»? ¿Quiere Casado liderar lo que le avergüenza?

El PP se ha refundado, dicen. Pues ha conseguido lo contrario que Aznar cuando refundó AP: romper la derecha en dos bloques irreconciliables. Y así no se le ganan elecciones a la izquierda. Un precio demasiado caro para ser bendecido por los medios del Ibex. Tan caro que se ha quedado sin crédito después de presentar a Vox como un peligro equiparable, o peor, al del frente que nos gobierna contra la Constitución, contra la Monarquía, por la impunidad de los golpistas, por el blanqueamiento de la ETA y por el control del Poder Judicial. Pero fíjate: «Vox es parte del bloque de la ruptura» y «toda España ha visto que Abascal es el socio en la sombra de este gobierno».

El socio en la sombra del sanchismo fue el hombre que permitió su advenimiento pudiendo evitarlo: Mariano Rajoy. Más concretamente el bolso de SSS. Y son los del pacto por la democracia proetarra, no Vox, quienes están demoliendo la democracia española. Equiparar a Abascal con esa tropa es una injusticia clamorosa. La sensación empeora cuando pensamos en la alegría de Pablo Iglesias al darle a Casado la bienvenida al gran consenso de la putrefacción del Estado de Derecho, al entregarle su carné de demócrata y al compararlo con Cánovas. ¿Quién es Angiolillo?

Que se mire al espejo el señor Casado y se pregunte qué habría hecho su grupo si la lista de las víctimas mortales de ETA la hubiera leído Sánchez. Todos lo sabemos: se habrían puesto en pie. Y con eso está todo dicho.

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Popular ya vale menos de 3.000 millones: "No creemos que el mercado esté dispuesto a poner más dinero" - Bolsamanía.com

Portada Popular

Casado quiso convertir la moción de censura al Gobierno en una cuestión de confianza de su partido y culminarla como moción de clausura a Abascal.

Javier Somalo en LD, 241020

Dice Pablo Casado: “Esta moción no la dispara [Santiago Abascal] contra el Gobierno sino contra el partido que le ha dado trabajo 15 años y lamento decirle que el tiro le ha salido por la culata”.

La alegoría pistolera con el verbo disparar y palabras como “tiro” o “culata” no parece muy apropiada para dirigirse a una persona que sufrió el terrorismo en primera persona, como su padre, como toda su familia, en ese partido que, según parece, es una agencia de trabajo temporal.

Intuyo a una cuadrilla de tuiteros con despacho o al mismísimo secretario general diseñando la frase para, como denunció un dolido Abascal, contribuir a la caricatura: Santi, el del pistolón, no presenta mociones de censura, las dispara. Siempre creí que Pablo Casado era un tipo elegante. Y lo era hasta que delegó su forma de ser o actuar en un club de amigos de nula experiencia política.

Recomiendo escuchar el resumen sonoro que presentó Dieter Brandau en su programa porque si eliminamos mentalmente los términos “Vox” o “Abascal” estaríamos ante el gran discurso de Pablo Casado contra el Gobierno de Sánchez y sus socios. Quizá es que ese discurso valía para las dos posibilidades en espera de la gran estrategia final. Y eso es un serio problema.

Soy consciente de estar a punto de caer en la misma trampa que, en mi opinión, engulló a Casado: confundirse de adversario y despistarse ante el mal mayor. Pero lo sucedido el jueves 22 de octubre en el Congreso bien merece una parada.

Casado quiso convertir la moción de censura al Gobierno en una cuestión de confianza de su partido con su electorado de momento, sólo con las encuestas culminarla como moción de censura o más bien de clausura, a Abascal. Pero antes de interpretar lo que yo creo que pasó, no por ciencia infusa sino con algunos datos, quiero repasar un par de pinceladas de lo que el partido de Casado —sólo el de Casado— supone en mi experiencia personal. Son apenas dos ejemplos.

Un alto cargo del PP trató de convencerme de que Cayetana Álvarez de Toledo estaba asesorada por sorayistas que no dejaban actuar al verdadero y renovado PP en el Congreso y que por eso era inevitable su caída. La premisa resultaba difícil de creer pero, al fin y al cabo, una de las labores del periodista es la de escuchar. Pues ni por esas. El argumento se caía sin necesidad de rebatirlo, estando o no a favor de Cayetana. Por mucho cargo que uno tenga enfrente ya van algunos años en la profesión como para distinguir el olor de la ambición de los cuadros intermedios.

Cayetana cayó, pasando de ser activo a escollo, porque el mérito individual, ajeno y normalmente anterior a la política, está penado por el sistema. El igualitarismo ya ha hecho estragos, como sucede con la mayoría de los males que denunciamos mientras contamos a sus víctimas. Tampoco me gustó la excusa de Cayetana, siempre elaborada pero no por ello cierta, de que la disciplina de voto es compatible con la libertad individual, valga la redundancia. Pero Cayetana es una explicación continua y siempre merece atención al tener enemigos en todos los puntos cardinales.

Otro argumento en el que, en vano, intentaron encontrarme es que la forma de tratar con Bildu ya no es recordarles que vienen de los que asesinaron a Miguel Ángel Blanco —a un millar, pero valga el concejal vasco como símbolo en España y más en el PP— sino discutiéndoles la cotidianeidad de los impuestos y otras hierbas de la política elemental… discutir sobre impuestos con los que llamaban a lo suyo “impuesto revolucionario”: paga o muere. Pues no.

Tal es la batalla que proponen ahora los que cobran por pensar en la calle Génova 13, como si nada hubiera pasado. No digo que el PP desprecie a sus muertos porque yo no voy a caer en las exageraciones de Casado pero quizá estas nuevas artes expliquen por qué los jóvenes no saben quién fue ese tal Miguel Ángel Blanco ­­—o Fernando Buesa o Joseba Pagazaurtundua—cuando les preguntan en una encuesta.

Dicen saber más de Franco que de los momentos más dramáticos de la democracia posterior y por algo será. También hubo una ocasión en la que ese cargo del PP trató de convencerme de que siempre es mejor un reparto de jueces favorable a su partido que otro que no lo fuera. Táctica en estado puro que no alcanzamos a comprender algunos ingenuos, pese a conocer muchos rincones del desierto mediático. Luego, ante el escándalo de un whatsapp mal gestionado, viraron al lógico bloqueo —aunque el que bloquea es el PSOE—y al espíritu constitucional de la separación de poderes. Pero intentaron la primera vía y la sometieron a la valoración previa de la prensa.

Volviendo al día de autos, al PP le molestó que Abascal se atreviera a presentar una moción tan perdedora como necesaria y aún le incomodó más que le propusiera liderarla. No han pensado en otra cosa desde que se anunció. Tanto es así que después presumieron de haber llevado en secreto la magistral estrategia sin que se filtrara: “sólo lo sabían los más allegados”, dice un titular; “ni siquiera los diputados del Grupo Popular sabían qué iban a votar”, reza otro; “lo sabíamos seis personas porque el factor sorpresa era crucial”, presume un popular en El Mundo y añade que la clave era romper con Vox “de un solo golpe”.

Pues, así a primera vista, todo esto dice bien poco de los diputados porque significa que habrían aplaudido y vociferado con igual fervor un discurso que el contrario y, además, denota poca o nula confianza en la discreción política del grupo parlamentario. Y eso que ya no hay sorayistas, según me dijeron.

El espectáculo, sostienen, tenía que ser inequívoco y así se diseñó: Vox es igual o peor que Podemos y maldito sea el día en el que murió el bipartidismo, al parecer sin culpables entre el propio bipartidismo. Solo bajo esa premisa podían dar el mensaje de un renovado partido autónomo y adversario de Vox aunque lo necesiten para gobernar en lugares tan estratégicos como Andalucía y Madrid. Consultaron con la prensa para hacer el balance antes de la crucial decisión y ganó la opción de aniquilar, o intentarlo, a Abascal.

Por eso al día siguiente tuvieron portadas favorables y hasta entusiastas. Pero no consultaron con sus votantes porque eso sólo se hace de verdad en las urnas, así que queda por saber si aprobarán el examen final. Desde luego, con unas elecciones cercanas jamás habríamos visto al Pablo Casado que se exhibió hiperbólico ­­en el Congreso. Me parece legítimo que este PP quiera romper públicamente con Vox aunque me resulte necio que pretenda llevarse con insultos a sus votantes. Quizá el siguiente paso magistral solo lo conozcan cuatro. O uno. O nadie.

El análisis de Génova 13 es que el psicodrama casadista serviría para ser protagonista del día, casi como si la cita la hubiera convocado el PP, y que el tiempo acabará borrando los enfados y los elogios de Pablo iglesias y Adriana Lastra. Con Casado firmando la cláusula que declara a Vox fuera del sistema —excepto en Madrid, Andalucía y Murcia, claro— y con Ciudadanos como vagón de cola, el PP se sitúa en el centro del centro y en la única referencia de la oposición.

Los 52 diputados de Abascal vagarán como almas en pena esperando su pronta disolución, el cierre por cese de negocio, y terminarán llamando a las puertas que cerraron o volverán a sus quehaceres fuera de la política. No en vano, Albert Rivera tuvo cinco escaños más que Abascal (57) y ahora vive apartado de la política junto a Malú. Su sucesora lucha por hacer valer los diez que le quedan en herencia. Este es el análisis y el control de daños que circula por los despachos del PP que no gobierna. Lo dicen las portadas y con eso basta.

Pero el Gobierno también tenía preparados sus fuegos de artificio, además del emponzoñado elogio. Fueron dos: el Manifiesto Frankenstein y el anuncio de “parar el reloj” en la renovación de órganos como el CGPJ, el Supremo y el Constitucional. Sólo lo primero habría bastado para que Pablo Casado se olvidara de la existencia de Santiago Abascal y hubiera dedicado su catálogo de adjetivos al Gobierno y sus cuates. ¿De modo que Sánchez firma un Manifiesto con Podemos, ERC, CUP, PNV, Bildu y BNG “en defensa de la democracia” —se dice pronto— como respuesta a la moción de Vox, y el PP pide figurar como firma invitada?

Es lo que hizo, más aún: añadió varios folios concurrentes al esperpento frentepopulista y estampó el sello del charrán. Pedro Sánchez promovió el manifiesto con aquellos con los que jamás iba a gobernar, con los que le quitaban el sueño, con sus xenófobos y con los que llevaban pistola por razones diametralmente opuestas a las de Santiago Abascal. En cuanto al reloj parado de la renovación de cargos me remito a lo que me dijo ese alto cargo del PP. Si le proponen darle cuerda juntos, lo harán. O no, que eso ya lo han aprendido de Rajoy. En todo caso actuarán en función de lo que pueda luego aprobar o censurar la prensa.

Un partido no depende del éxito o fracaso cosechados en un día y el PP puede presumir de tener expertos dedicados a sus materias en las comunidades donde gobierna, sobre todo en Hacienda, en Economía y en Educación, mientras no molesten desde la sede central. Es un partido que mamó la Transición pero que, desmemoriado, está a punto de entrar en un club que lo aniquilará invitándole a la última copa. Todo por no querer estar en la resistencia, papel que ha asumido Vox, el partido impopular, y ha aprovechado el PP.

En entrevista con Federico Jiménez Losantos horas después del desengaño, Abascal aseguró que lo conseguido tras varios sainetes en Andalucía, Madrid y Murcia no correría peligro: “No vamos a romper nada, no vamos a generar incertidumbre, no vamos a hacer piruetas”. Eso también lo evaluó la agencia de colocación del PP antes del show, lo que añade algo más de vileza contra ese antiguo empleado que se atrevió a abrir sucursal fuera de franquicia.

El Partido de la Prensa al fin puede leer las crónicas políticas con gesto relajado. El PP es Portada Popular y la exhibe en la sala de trofeos, que había criado mucho polvo. Iglesias le llama canovista, Lastra le aplaude la valentía del ataque como defensa pero ya pasará. Fin de la historia. No hay más.

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El histerismo del fan | Desmotivaciones

 

Brillante histerismo

Alfonso Ussía en periodista digital, 241020

Me ha sorprendido la entusiasta coincidencia en la valoración de la intervención de Pablo Casado durante la Moción de Censura de Vox al Gobierno de los llamados medios de comunicación independientes y los necesitados del pesebre y adscritos al pensamiento único.

Pablo Iglesias, la Lastra, Escolar, la Pastor, Ferreras y compañía, no han escatimado elogios a Pablo Casado, que escrito sea en beneficio de la justicia, habló en la tribuna del Congreso con tanta brillantez y contundencia como inesperado rencor. Una intervención como la de Casado se recordará siempre, para bien y para mal.

Bien, porque al fin los españoles supimos que corre sangre por sus venas, y mal porque constatamos que la sangre que corre por sus venas lo hace acompañada del resentimiento y el histerismo. Pero negarle eficacia y sorpresa a sus palabras, sería falsear la verdad.

No me considero capacitado para meterme en las ideas e intenciones de Casado, pero sí en las de muchos, muchísimos, incontables partidarios del PP.

Abascal es un hombre honesto, perseguido por el terrorismo de los que han votado lo mismo que Casado.

Abascal, como José Antonio Ortega Lara, como Espinosa de los Monteros, como la extraordinaria Macarena Olona, como Garriga, como Monasterio, Ortega Smith, y tantos militantes o simpatizantes de Vox, lo fueron del Partido Popular que ahora se dedica a insultarlos con vehemente y brillante histerismo.

Aquellos militantes y simpatizantes se sintieron legítimanente desplazados del PP cuyos límites dibujó Soraya.

Insultar con esa extremada e injusta dureza a quien ha sido amigo y compañero, para ganar el aplauso de los medios de comunicación y de los deplorables partidos antiespañoles que conforman junto al PSOE el bloque de la ignominia, se me antoja más que peligroso.

También hay que resaltar la buena gestión de Casado en Bruselas que ha paralizado la reforma comunista de elección del CGPJ, pero ese triunfo no da derecho a insultar a la honestidad y la coherencia.

De no apoyar la Moción, pongo la mano en el fuego que más del setenta por ciento de los militantes y simpatizantes del PP, hubieran preferido la abstención, en contra del coincidente No con la España que odia a España y se aplica en destruirla.

A mediados de los años 20, el Real Madrid contrató a un jugador polaco cuyo apellido no recuerdo, ni es necesario evocar. Sea llamado Popolowsky, que suena bien.

Expectación en el viejo campo de O’Donnell. Sacó de centro el Real Madrid, le llegó el balón a Popolowsky, y como el varsoviano no sabía qué hacer con ese objeto esférico entre sus pies, arreó un zurdazo que se topó con la escuadra derecha de la portería contraria. Ovación indescriptible. Su segunda jugada fue apoteósica.

Popolwsky era rubio como el trigo que crece junto al Vístula. De ser húngaro, se podría escribir que era rubio como el trigo que crece junto al Danubio, que además rima, pero el Vístula manda.

Centró un extremo del Madrid, y Popolowsky remató de cabeza, con tan mala fortuna, que el balón entró en la portería del contrario por el lado derecho y el peluquín – era rubio falso, más calvo que Yul Brinner-, por el izquierdo.

Entre los dos objetos volantes el portero visitante optó por el peluquín, y se anuló el gol. Popolowsky abandonó Madrid con una depresión infernal.

Los aplausos, aunque merecidos por la brillante mala educación de Casado, se apagan con el tiempo.

Lo que no se apaga es la injusticia, desmedida antipatía, odio acomplejado e incoherencia de una intervención, sin restarle méritos parlamentarios, como la del líder del PP. Herir es más fácil que curar las heridas.

Y no fue Abascal el que hirió a la otra parte de la derecha española, sino Casadoque prefirió jugar con el peluquín de Popolowsky y a favor del equipo contrario, en un momento en el que las izquierdas españolas se han unido para destrozar España.

Durará muy poco la amnistía de los medios apesebrados y los comentaristas en nómina. Pero muchos votantes, todavía confusos, tardarán en olvidar que ellos también han sido insultados. Y muchos de ellos, por su Presidente del Partido Popular, intérprete de un brillante histerismo.

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El líder del PP, Pablo Casado, durante su intervención en la moción...

Contra el mainstream

Santiago González en El Mundo, 241020

i admirado Pablo Casado: He asistido como espectador perplejo a la moción de censura que Santiago Abascal planteó contra el presidente y he comprobado el consenso que usted ha suscitado en torno a su discurso, calificado de ‘brillante’ de manera transversal: desde Pablo Iglesias a Arcadi Espada, pasando por Ferreras, Escolar, Lucía Méndez y Bustos. Pocas veces disfruto tanto como cuando nado contra el mainstream, o sea que pongámonos a ello.

A mí no me lo pareció. Siempre le tuve a usted por un buen parlamentario, pero nunca le había visto abusar tanto de la argumentación ad hominem. Ni siquiera contra Sánchez, que tiene acreditadas algunas taras personales notables. Es verdad que Abascal incurrió en un par de errores graves: decir que Sánchez es el peor gobernante de los últimos 80 años y sus lamentables afirmaciones sobre Europa.

Los  Gobiernos de una dictadura no son comparables con Gobiernos democráticos. Por falta de homogeneidad. No por capacidad intelectual, comparen ustedes a ministros franquistas como Navarro Rubio, Ullastres, Fraga o López Rodó con la cuadrilla de indigentes intelectuales que forman el doctor Sánchez y sus 22. Y ninguno de aquellos plagió su tesis doctoral.

Tampoco fue brillante por las formas, al encadenar usted tópicos coloquiales de cuatro en cuatro: “el tiro le ha salido por la culata. Pero acepto el órdago: es hora de poner las cartas sobre la mesa: hasta aquí hemos llegado”.  Debió reconocer la paternidad de alguna de sus expresiones: “Yo no quiero a España porque sea perfecta”, José Antonio Primo de Rivera en 1935: “Amamos a España porque no nos gusta”.

Pero lo peor fue lo del terrorismo: “Gente como ustedes pasan por encima de la sangre de las víctimas de ETA”. Verás, Pablo (me permitirás la misma privanza que a Iglesias en el Congreso) faltaban bastantes años para saber quien eras tú cuando conocí a Santiago Abascal. Él era un chico de 19 años que iba a diario a la Universidad de Deusto, muy cerca de mi casa, acompañado por dos escoltas hasta el aula.  Su padre tenía en Amurrio varios caballos que un día amanecieron pintados: “Abascal, cabrón; Abascal, hijo de puta; Gora ETA”. Como el caballo del tío Eliseo en ‘la vida es bella’, pintado de verde aunque con palabras no tan gruesas: “Achtung, cavallo ebreo”.

Y lo de las víctimas. Abascal citó a las causas por sus nombres: los 858 asesinados por los terroristas, uno a uno. Usted y los suyos perdieron una ocasión para levantarse en señal de duelo. La hija de una víctima, María Jauregi, le exigió respeto para su padre: “No voy a permitir que manches su nombre”. Se equivoca la joven. Nadie discutiría el derecho de las víctimas a honrar a sus familiares, pero ese derecho no es exclusivo. Las víctimas del terrorismo son patrimonio de toda la nación. Y sí, Abascal tiene perfecto derecho a nombrarlo. Como yo mismo, aunque no me atrevería a discutir la legitimidad de su duelo. O el de su madre, que compartió almuerzo en una sociedad gastronómica con el asesino del padre y marido de ambas.

Pero las cosas son como son. Una víctima que pudo sobrevivir al atentado mostraba en ETB durante el recuento del 12-J su indignación por la solitaria diputada que Vox había obtenido en Álava, mientras EH Bildu iba por 23 escaños en el recuento provisional (al final quedó en 21) y la cámara transmitía implacable la imagen de sus dedos amputados por la carta-bomba.

¿Tiene usted esperanza de llegar algún día a La Moncloa? Tiene una estrategia rara para buscar apoyos, permítame que le diga.

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad

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Último debate Trump-Biden [en español, 221020]

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El Roto
Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947] para El País, 241020

 

De la confianza al puro oportunismo innoble [y la explicación de Cayetana]

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Cayetana, se explica

Como muchos, imagino, aun cuando esperaba, al menos, una abstención, me encontré sorprendido por el voto telemático y presumo que reluctante de Cayetana, con un sí taxativo, y más después del ‘No al No‘ de su anterior CATilinaria.

Literalmente, pendía de una explicación que ha llegado pronta y satisfactoriamente: crítica sin embajes al canallesco trato atrato dispensado por Casado a Abascal y estricto respeto al imperio de la ley, el principio de legalidad, dado que el PP establece  en sus Estatutos de Régimen interior, el reglamento interno, que no otorga libertad de voto más que en muy contadas ocasiones y no precisamente en ésta.

Más abajo, les inserto el vídeo de la última CATilinaria, explicativo, fechado el pasado miércoles, 22 de octubre.

Seguiremos informando.

EQM

 

 

 

El PP ya tiene presidente

Cristian Campos en El Español, 231020

 A la derechita cobarde© se le quitaron ayer, precisamente ayer, los complejos. Por desgracia para Santiago Abascal, los primeros en caer fueron los complejos que el PP arrastraba con Vox.

Es de prever que en breve lo hará el resto, empezando por toda esa pamema cochambrosa de las identidades defendida por los sexadores de pollos socialdemócratas. ¡No se me vaya a quedar ahora a medio camino, señor Casado! ¡Ahora que por fin, y por primera vez en dos años, el PP tiene un líder!

Y un líder con proyecto, nada más y nada menos.

La transformación de Pablo Casado desde oruga de Nuevas Generaciones hasta Godzilla del centroderecha que aplasta Soros, Chinas y Hitlers como quien pisa uvas en el Congreso de los Diputados pudo ser visto a tiempo real y alcanzó cotas de crueldad shakesperianas. De sadismo, a ratos.

El discurso fue doloroso como un parto. Que es lo que fue en realidad. En su primera intervención, Casado viró el rumbo de su partido 90 grados. En su contrarréplica, lo refundó. Cuando aludió a los Reyes Católicos y señaló a su espalda, uno casi podía sentir la mirada de Isabel y Fernando clavándose, fulminante, en los diputados de Vox.

La respuesta desconcertada, genuinamente dolida, de Santiago Abascal fue real, y no hace falta una empatía extrasensorial para darse cuenta de ello. “Una cosa es la estrategia y otra hablarle así a un tipo que se jugó la vida por tu partido en el País Vasco” me decía un amigo columnista ayer. “Hay algo muy innoble en esto” añadía.

Y eso lo decía alguien generalmente muy crítico con Vox. Cómo habrá sentado la cosa entre los simpatizantes de Santiago Abascal.

Pero es cierto. Tan cierto como que Vox no tuvo empacho en presentar una moción de censura cuyo objetivo no era sacar a Pedro Sánchez de la Moncloa sino finiquitar a Pablo Casado y ocupar su lugar como líder de la derecha. Pero fue el padre el que ayer mató al hijo, desmintiendo de una vez por todas esa fama que muchos, y entre ellos yo, hemos atribuido a Casado. La de ser demasiado buena persona para la guerra contra la oceánica amoralidad del populismo sanchista.

¿Fue despiadado? Sí. ¿Fue necesario? Desde un punto de vista político, por supuesto.

La jugada es muy arriesgada. Tanto como lo fue el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. Felipe VI se jugó ese día la corona. Pablo Casado se ha jugado el PP. Dentro de unos meses no se hablará de las frases que dijo ayer. Pero todos recordarán que hubo un antes y un después del 22 de octubre de 2020.

El desconcierto de Vox tiene una segunda explicación más allá del dolor personal que supone ver a tu padre demoler tus prematuras fantasías de madurez. Vox era el amo y señor de un ecosistema sin competidores. Porque la izquierda y el nacionalismo no son competidores para Vox. Al contrario. Alimentan su crecimiento con cada insulto.

Pero el PP ha reordenado el espacio en la derecha. Su cálculo es maquiavélico: el votante de la derecha no es ideológico, sino pragmático. El PSOE fagocita a Podemos copiando su programa y proponiendo las mismas barbaridades que propone Iglesias. El PP ha decidido fagocitar a Podemos por la vía del voto útil. ¿Quieres darte un gusto o que gobierne la derecha? Si A, vota Vox. Si B, vota PP. Así de fácil.

Porque Casado no se limitó ayer a darle una patada a la mesa y repartir nuevas cartas. No ha cambiado la partida, sino el juego. No ha cambiado la táctica, sino la estrategia. Si Casado es coherente, su siguiente paso será absorber a Ciudadanos.

Para cuando salió Pablo Iglesias a echarle un capote a Santiago Abascal, su discurso plagado de referencias a referentes conservadores que no ha leído, y si ha leído no ha entendido, sonaba ya vetusto, casi carcamal. El de Adriana Lastra, poco después, prehistórico. Como una vendedora de candelabros intentando colar su producto en la sede central de Iberdrola.

¡Cómo le perdonaban la vida a Casado esos dos titanes del conservadurismo liberal! Ellos sí que saben lo que es la derecha europea verdadera. Lo han leído en un tazo de Choco Krispies. Iglesias hasta citó a Emmanuel Macron. ¡A Macron! Un poco más y cuenta un chiste sobre la Unión Soviética como los que solía contar Ronald Reagan.

Si el desconcierto de Abascal fue genuino, el de la coalición de predemócratas que ocupa el Gobierno fue, en cualquier caso, revelador. Les sacas del “vuelve Franco” y se derriten como polos de agua al sol.

Hoy volverán con la matraca del PP fascista, por supuesto. Siguen hablándole a un público políticamente adolescente y, como los nacionalistas catalanes, han ido demasiado lejos y sacado demasiado rédito de sus mentiras como para actualizar sus polvorientas neurosis.

Pero eso habría sido así hubiera hecho Casado el discurso que hubiera hecho. En este sentido, no vale la pena darle más vueltas a este punto.

Los periódicos se van con Casado. Los votantes se van con Vox”, decía Gonzalo en Twitter. Quizá tenga razón. “Casado ha entregado a sus votantes a cambio de portadas de periódicos que ya no lee nadie”. Quizá también tenga razón en esto.

Es probable que los argumentos de esta columna sean argumentos lanzados a un desierto en el que no mora ni un solo beduino. ¿Pero a cuántos votantes de esos que ya no leen periódicos ha logrado captar Santiago Abascal con un discurso que parecía diseñado por Steve Bannon para los votantes de las Grandes Llanuras y los estados montañosos americanos? ¿Tanto cree Vox que le preocupa Xi Jinping a sus votantes?

La paradoja es que, si tienen razón los votantes conservadores decepcionados con el discurso de Casado de ayer, habrá captado más votos para Vox el líder del PP que el discurso de Santiago Abascal del jueves. Deberían verlo como una inversión.

Lo cierto es que el discurso de Abascal se estrelló con cohetería y que dejó la portería vacía para que Pablo Casado rematara a placer. Si Abascal hubiera hecho un discurso caníbal, uno centrado en la crítica a la gestión de la epidemia y que asumiera como propios los puntos principales del programa del PP, Casado se habría visto en un aprieto.

Pero Abascal parece comprender mejor al votante americano de Donald Trump que al español. No es una crítica, es una constatación. La caricatura que la izquierda dibuja de Vox no es cierta, por supuesto. Vox está a años luz moral e intelectualmente de EH Bildu, ERC, JxCAT, Podemos y demás cacharrería populista y antidemócrata, cuando no directamente delincuencial.

Pero no entiendo adónde lleva el camino que dibujó Abascal el miércoles. Y eso habiendo leído, como han leído en Vox, a Gustavo BuenoChristophe GhilluyRoger ScrutonDouglas MurrayAlain Finkielkraut Hannah Arendt, entre muchos otros.

Confieso que yo había abogado por la abstención del PP con los mismos argumentos que Cayetana Álvarez de Toledo. Porque imaginaba un no del PP raquítico, timorato, uno de esos que transmiten la sensación de que la derecha está pidiéndole perdón al PSOE por existir, temerosa de molestar y de significarse.

En ese contexto, pensaba yo, el mal menor era votar en conciencia y no en base a tacticismos que la derecha no suele saber aprovechar luego. Tampoco suele conducir a nada el voto en conciencia. Pero al menos no te traicionas a ti mismo.

Pero me encontré con un no que avanzaba por el discurso de Vox como un buque rompehielos. Donde esperaba tacticismo, timidez y zonaconfortismo vi, por primera vez, a un Pablo Casado afilado como una katana Hattori Hanzo.

Cuando Casado le dijo a Sánchez “cuatro de los siete padres de la Constitución son nuestros”, el presidente negó con la cabeza, quizá porque ni la historia de su país conoce.

El misil apuntaba a la línea de flotación del PSOE. De haber tenido voz y voto Sánchez en 1978, los españoles ni siquiera tendríamos hoy Constitución. Al menos, no esta Constitución. Ahora llevaríamos ya cuatro o cinco, a cual más sectaria. Dudo que el PSOE sea el partido que más se parece a los españoles, pero no me cabe duda de que el PP es el partido que más se parece a una democracia parlamentaria liberal.

Me pregunto si el discurso de ayer de Pablo Casado es el resultado de la comprensión de una verdad profunda sobre España. Esa que dice que a los españoles no nos importa tanto la ideología como la fortaleza del líder. Su capacidad de liderazgo. De ahí que la despiadada brutalidad de Sánchez y sus 60.000 muertos y millones de quiebras sea admirada por votantes que hiperventilan frente a la foto de un cayuco en Instagram.

Si Casado ha comprendido eso, será presidente. Su discurso de ayer jueves lo cambia todo. El PP ya tiene presidente y Pedro Sánchez, alternativa. 

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Cazadores de mitos: Los 25 lobos en la nieve

Sonrisas de lobos

Miquel Giménez en Vozpópuli, 231020

hakespeare, que conocía al ser humano lo suficiente como para marcar distancia con sus congéneres, advertía que la falsedad acostumbra a presentarse bajo una apariencia hermosa, añadiendo que existen puñales sangrientos en las sonrisas de ciertas personas, especialmente las más próximas. Pablo Casado, muy severo con Abascal en la moción de censura, recibe ahora el beneplácito de todos aquellos que lo han puesto cual no digan dueñas hasta ayer mismo.

Desde medios pseudo progres a conocidos opinadores oficiales, incluso políticos como el vice maduro Iglesias, todos han alabado la moderación del dirigente popular, su sentido del Estado, su inteligencia al distanciarse de Vox, su modélica centralidad. Prodigiosa caída del caballo por parte del córner izquierdista no será; iluminación divina, menos. Casado era y es el de siempre, un político que, siendo buena persona y teniendo las mejores intenciones, no es rival para el monstruo al que le ha tocado enfrentarse. Y ojalá que algún día lo sea, no me malinterpreten. Pero, a día de hoy, mucho nos tememos que la razón social PP la sobrelleva el hombre como puede y le deja Feijóo.

El líder popular debería hacer una reflexión. Porque, o mucho cambian las cosas, o tenemos Sánchez para rato, y fíjense que digo Sánchez y no Iglesias. El podemita es puro apéndice, puro moño situado en el cogote de Su Pedridad para asustar a las criaturas, para aparentar que este es un Gobierno rojo y no la sum de una porción de nulidades ambiciosas y, especialmente, para evitar que los morados le incendien la calle, cosa que Pedro teme más que a un nublado.

Sánchez sabe que el peligro lo tiene dentro y cree así tenerlo más controlado, pero también sabe que ese moño es de quita y pon. Porque Sánchez es el problema, a ver si nos vamos enterando. Sánchez no conoce ni a Dios bendito y si debe sacrificar a Podemos para seguir siendo presidente, lo hará sin que se le altere un músculo. Sánchez es especialista en decir hoy una cosa y mañana todo lo contrario. Sánchez es capaz de aparecer cantinfleando en televisión dos horas, engarzando una falacia tras otra, a un país confinado y luego irse a comer tranquilamente.

Es ese Sánchez, el que ahora ha parado la maquinaria para su inconstitucional reforma del Consejo General del Poder Judicial, quien ofrece a Casado pactar la composición de este. Sin Podemos, claro, condición que Casado ha impuesto desde el minuto cero.

El Sánchez que, alabando al estadista Casado, le va a proponer como poco media docena de acuerdos más, según me comentan, entre los cuales no sería menor uno de mínimos de cara a los Presupuestos Generales del Estado. Bruselas dixit. El Sánchez al que le da igual sentarse con Bildu que con Torra y que da el pésame a la familia de un terrorista es quien ahora extiende su mano al principal partido de la oposición una vez que ha dejado patente su distancia con Vox. Distancia que ya veremos como resuelven en los sitios en los que el PP gobierna gracias al partido de Abascal, que esa es otra.

Ahora bien, si Casado está rodeado de sonrisas lobunas que se relamen pensando que tienen al PP en la misma postura genuflexa de Ciudadanos, ¿se distanciará Sánchez de la extrema izquierda? ¿Es lo que le han dicho en Europa, que vaya hacia una gran coalición al estilo alemán? ¿Que se aleje de Podemos, Bildu y los separatistas? ¿Eso trompetea el cornetín de órdenes de Von der Leyen?

Sería demasiado bonito que los partidos llegasen a acuerdos por encima de ideologías, pero nos tememos que ese abrazo de Sánchez sea como el del oso y que Casado pueda acabar deglutido por el monstruo de vanidad que es el presidente. Cuidado, señor Casado, que los lobos suelen hacer un mueca parecida a la sonrisa antes de lanzarse a devorar a su presa.

Recuerde que para hacer política de Estado no basta con que una de las dos partes ponga buena voluntad. Han de ser dos. Y uno no va a cenar a la mesa del diablo sin llevar, por lo menos, una botellita de agua bendita y un rosario en el bolsillo

Lo digo por su bien y por el de todos.

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Definición de Liberal » Concepto en Definición ABC

Liberalismo sin complejos

El PP parece haber comprendido al fin que Vox es un artefacto político creado para destruir la derecha liberal

Ignacio Camacho en ABC, 231020

La derecha que gusta a la izquierda es la que no le gana las elecciones. La que se cuece en su salsa de desdén por un imaginario «consenso progre» con el que estigmatizan los valores compartidos por la mayoría de los españoles. La que bajo el disfraz de la resistencia garantiza que Sánchez, Iglesias y el separatismo desmonten el edificio constitucional ladrillo a ladrillo. La que no ve más que traidores fuera de su círculo paranoico de estrechez y antiliberalismo. La que en su obcecado enroque numantino se atreve a acusar al partido de Ordóñez, Carpena o Jiménez Becerril de complicidad con Bildu.

Contra esa pretensión de legitimidad moral unívoca se rebeló ayer, por fin, Pablo Casado en un discurso torrencial de reivindicación de su liderazgo. Consciente de la encerrona a que la moción de Vox pretendía llevarlo, salió de ella a guantazos, el único modo que tenía de abrirse paso. Su inesperado instinto darwinista afloró de golpe, en un inolvidable momento parlamentario, para abandonar la «zona de confort» y zafarse de la trampa que le habían tendido sus presuntos aliados.

Fue una tromba dialéctica contra el trincherismo sectario que trata de devolver a la nación al cainismo de hace ochenta años: un puñetazo en la mesa donde los tahúres de ambos bandos se estaban repartiendo los despojos del moderantismo por adelantado. Y tuvo impacto. Abascal proclamó su perplejidad y el guión divisionista de Redondo se vino abajo.

Quizá el PP haya comprendido de una vez que Vox es un artefacto creado no para apuntalar sino para destruir la derecha democrática, la que ha aglutinado mayorías sociales capaces de sacar de dos crisis a España. Casado apenas apeló al efecto de la fragmentación electoral y fue directo a los principios, a marcar con ímpetu prescriptivo las diferencias de argumentos y de estilo entre la tradición liberal-conservadora europea y la matraca antiglobalista del populismo.

Sin complejos, como dicen los exaltados, sin miedo a que lo asocien con un Gobierno revanchista y autoritario, firme en la reclamación de su propio espacio, que es el del pacto de la Transición por la concordia de los ciudadanos. Un territorio en el que Vox siempre encontrará un sitio cuando abandone ese aire de justiciero solitario que explota la comprensible tensión de muchos compatriotas cabreados.

El arrebato de lucidez casadista, que rompe al fin su imagen de mediocridad dubitativa, entraña un riesgo: el de que una cierta derecha, atarugada por los anatemas contra la tibieza, no lo comprenda y se deje confundir por el aplauso farisaico de la izquierda, tan sorprendida como Abascal por el fogonazo de intuición política que ha roto su estrategia.

Pero es un riesgo que debe correr quien aspire a gobernar un país con severos problemas de convivencia. Las victorias hay que merecerlas y un líder es el que sabe encontrar su senda, no el que sigue la ajena.

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Pablo Casado | Joan Vizcarra
Caricatura de Joan Vizcarra [España, 1967]

El casadazo

Casado debe preguntarse si podrá ser presidente sin el apoyo de Vox

Carlos Herrera en ABC, 231020

Poco antes de conocer la intervención de Abascal en la fallida moción de censura, quien más quien menos convenía que Casado era víctima de un achique de espacios que, inevitablemente, votara lo que votara, iba a causarle problemas. La moción no iba con él, pero él iba a pagar los platos rotos tanto diera el sí, el no o se abstuviera, ya que cada una de las alternativas dejaba huérfanos a algunos votantes populares.

Pero, por esas cosas de la oportunidad política, la jugada podría haberle salido bien gracias al mucho terreno vacío que le dejó Abascal. Casado vio el hueco. «Leyó bien el partido», tal vez. Lo cambió todo: la verdadera moción fue la de Casado a Abascal. Veremos a qué precio.

El gobierno Frankenstein, Sánchez y sus socios, se colocaron y reafirmaron en sus generalidades de extremo, lo cual era lo previsto. Abascal, por su otro flanco, elaboró un discurso pasado de graduación, destinado a contentar a los más cafeteros, conteniendo verdades pero también algún desorden y no poca exageración estratégicamente inadecuada (¿qué sentido tenía lanzar andanadas contra una Unión Europea que es nuestro último paraguas para evitar que las huestes de Sánchez conviertan esto en Venezuela?). En ese momento Casado decidió ocupar todo el espacio que, involuntariamente quizás, le acababan de dejar libre.

Aquí quepo yo, se dijo: todo el centro para mí, con permiso de Arrimadas que protagonizó, por cierto, una razonable intervención. Lucir moderación y vender centrismo pasaba, inevitablemente dicen muchos, por escarmentar a Vox, y a ello se lanzó con denuedo para sorpresa de los ponentes de la moción.

Habrá que calibrar exactamente que precio tendrá ello, que alguno brotará en algún momento, pero Casado desbarató para un cierto tiempo la maniobra de que le comparen o equiparen a Vox. No está claro que ello sea definitivo ni que esa maniobra, expresada en los términos duros que hemos conocido, sea el empujón definitivo hacia la consolidación del voto de la gente de derechas, pero eso le ha valido hasta el aplauso de quienes jamás le votarán ni de los medios que jamás le apoyarán. No sé si así se ganan elecciones, pero sí imagino que le ha proporcionado el pequeño gran placer de surgir de este embrollo de censura como vencedor insospechado.

Ha sido una operación arriesgada, incluso audaz. Con ello, además de aplausos inesperados, ha conseguido achicarle espacios a su gran enemigo, que no es otro que Sánchez, el que iba a quedar como centrista exquisito y socialdemócrata (exactamente lo que no es) y que al final ha visto como otro le birlaba el centro y como él se retrataba con la purria de basura que le apoya.

Casado ha dejado a Abascal con cara de perplejidad, en un rincón, después de una tunda que no esperaba y para la que no había preparado las correspondientes defensas. Claro está que no todo es tan bonito ni tan ideal.

A Sánchez no le interesaba este desmarque, es cierto, pero también lo es que esperaba cualquier gesto para poder exponer la retirada de su intentona totalitaria con el Poder Judicial después que le haya leído la cartilla hasta el Consejo de Europa.

Desde aquí se le ha escuchado la respiración a fondo. Algo es algo, aunque a buen seguro haya trampa en el ofrecimiento. Pero la preocupación después del «Casadazo», y que habrá de tomar cuerpo cuando bajen de la nube, es saber si esta maniobra, además de reforzarle ante los medios, le reforzará también ante sus potenciales clientes. De acuerdo, no adelantemos acontecimientos: el desplome económico que se avecina puede cambiar muchas cosas, pero Casado debe preguntarse si podrá ser presidente sin el apoyo de Vox. Lo único evidente que queda tras el despeje es que el precio va a ser mucho más caro.

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Cayetana Álvarez de Toledo, en un pleno de control al Gobierno, el...
Álvarez de Toledo critica a Casado: “La impugnación ‘ad hominem’ de Abascal es una injusticia y un error

La ex portavoz le afea que “no ha existido” un debate interno sobre la posición del PP en la moción de censura de Vox, y avisa de la posible voladura de los “puentes” con los votantes de Vox

Juanmma Lamet en El Mundo, 231020

Cayetana Álvarez de Toledo ha publicitado este jueves su descontento con el voto negativo del PP a la moción de censura de Vox, y ha criticado algunos de los pasajes del discurso de Pablo Casado. Para la ex portavoz parlamentaria del PP, la alocución de su presidente ha sido una «vibrante vindicación moral y política del PP frente a cualquier forma de nacionalismo».

Pero no comparte el sentido del voto. «Su discurso, creo, era perfectamente compatible con la abstención que yo defiendo». Y le ha afeado a su líder otros elementos de su intervención que no son “compatibles” con las posiciones que ella defiende. Sobre todo, «la impugnación ad hominem de Santiago Abascal», que a Álvarez de Toledo le parece «una injusticia y un error».

Por ello, la diputada por Barcelona se pregunta «con grave inquietud», en su canal de YouTube, si el “proceso” iniciado este jueves por Casado «conduce a la voladura de Vox o sólo a la voladura de los puentes con los votantes de Vox».

Para la ex portavoz, «la reconstrucción del espacio del centroderecha es la labor más importante» que tiene Casado, y eso se tiene que hacer a través «del ejemplo y de la pedagogía». «Tenemos que reconstruir la trama de complicidades. La de afectos está, a partir de hoy, bastante más difícil».

“Es cierto”, ha dicho Álvarez de Toledo, que los diputados del PP no tenían libertad de voto en esta ocasión, al no ser un asunto ético o religioso: “Mi voz es mía siempre; mi voto es del partido casi siempre”. Lo que ella ha venido reclamando, ha dicho, es su derecho “a participar en una deliberación transparente, seria y pública”, y “es evidente que esa deliberación no ha existido”. “Los diputados no forman parte de una secta”, ha recordado.

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CATilinarias VII/ La Voz y el Voto [221020]

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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  1. Ver Revista de prensa de El Almendrón
  2. Ver Revista de prensa de la Fundación para la Libertad
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    Ilustración de Gallego y Rey en El Mundo 231020
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De cuando Casado le pisó la manguera a Vox

 

¿De vuelta al Tercer Mundo?

El autor analiza la gestión del Gobierno y se pregunta: ¿estamos hoy los españoles dispuestos a desandar lo andado desde 1976 y transitar marcha atrás para convertirnos de nuevo en un paria en Europa?

Gabriel Tortella en El Mundo, 221020

A LOS AÑOS que van desde 1976, en que Adolfo Suárez ascendió a la presidencia del Gobierno, hasta 1982, en que el PSOE ganó las elecciones, se les designa comúnmente como la Transición, porque durante ese período la política española recorrió el camino desde la estructura dictatorial que había construido el franquismo a la democrática que construyeron los españoles en su conjunto, unos con su gestión política, los más con su voto.

El pueblo español mostró una voluntad casi unánime de abrazar la democracia y desechar para siempre el autoritarismo. Yo diría sin embargo que, además de transitar hacia la democracia, el pueblo español transitó también del Tercer Mundo al Primero.

Recordemos qué significa esta ordenación numérica de los mundos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el derrumbamiento estruendoso del comunismo durante la última década del siglo pasado, el mundo vivió un periodo de cerca de medio siglo que también tiene nombre propio, la Guerra Fría, que se caracterizó por el enfrentamiento permanente entre dos bloques de naciones, el capitalista democrático (creo más exacto llamarle social-democrático) y el comunista dictatorial. El primer bloque estaba encabezado por EEUU, el segundo por la URSS.

Al mundo que llamaremos capitalista para abreviar (insisto, no me parece el término más apropiado) se le llamó también el Primer Mundo, quizá por ser el más antiguo y rico. Al bloque comunista, su contrincante, se le llamó Segundo Mundo. Y a los países que no pertenecían a ninguno de estos bloques se les englobó en el colectivo Tercer Mundo (o Países No Alineados). Algunos de estos países estaban muy ufanos de pertenecer a este grupo, por considerarse así más independientes, no sometidos a ninguna imposición ideológica o potencia extranjera. Otros no tanto porque la expresión Tercer Mundo adquirió un matiz peyorativo, connotado de pobreza, subdesarrollo y desgobierno, de abigarramiento, pintoresquismo y prácticas poco democráticas.

El Tercer Mundo era un gran cajón de sastre que reunía algunas naciones, muy pocas, genuinamente democráticas, como la India. La mayoría podían ser democráticas a ratos, pero lo más común es que se rigieran por sistemas autoritarios de uno u otro pelaje. El autoritarismo reviste muchas formas.

El franquismo era una de ellas: fue una dictadura militar que se basaba en la represión y, si lo consideraba necesario, el asesinato. Mató a mucha gente en sus primeros años; pero no era un régimen genocida, como lo fueron el nazismo o el estalinismo. Franco y su régimen no querían considerarse Tercer Mundo (a él le gustaba llamarse Centinela de Occidente), pero se debatían en sus propias contradicciones. Los países miembros del Primer Mundo tenían que ser democráticos y el franquismo no lo era, no podía serlo.

Durante un tiempo lanzó la cortina de humo de la «democracia orgánica», como otros autócratas lanzaron reclamos parecidos: Sukarno, el dictador progresista de Indonesia, hablaba de «democracia dirigida». Pero estas triquiñuelas no colaban: aunque se vista de seda la mona, mona se queda. La democracia dirigida de Sukarno sólo era aceptada en las reuniones del Tercer Mundo, como lo era la dictadura comunista de Tito, porque allí casi todos los asistentes eran dictadores de un pelaje u otro, como ya hemos visto.

La dictadura de Franco hubiera también sido aceptada allí, pero Franco no quería que España fuera considerada Tercer Mundo; y sin embargo, por la misma naturaleza de su régimen, lo era. Su Gobierno intentó repetidamente ser aceptado como miembro de la Unión –entonces, Comunidad– Europea, pero nunca lo consiguió.

Si Franco se resistía a ser clasificado como gobernante del Tercer Mundo, menos aún quería ser parte de él el pueblo español, frustrado por verse excluido del núcleo democrático europeo y consciente de que era la naturaleza del régimen franquista lo que nos alejaba de la normalidad europea. Y ello contribuyó a la impopularidad del franquismo, como se vio durante la Transición.

Casi más que la democracia, lo que entusiasmaba a los españoles era alinearse con el núcleo de Europa, aunque en realidad ambas cosas, democracia y europeísmo, eran dos caras de la misma moneda. Cuando en 1986 España accedió a la condición de miembro de pleno derecho en la Unión se culminaron los mayores deseos de millones de españoles.

Pero a partir de entonces, lentamente, las cosas comenzaron a torcerse, como a menudo sucede en nuestra historia. Piénsese en la Gloriosa Revolución de 1868 y la Primera República de 1873. O en la Segunda República de 1931. Como escribió Antonio Machado, «empecé riendo y acabé llorando». Poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que, en la euforia de la Transición, muchas cosas importantes quedaron inacabadas.

Para empezar, la Constitución dejó muchas cuestiones no resueltas ocultas bajo la alfombra, la más importante de las cuales, la de los nacionalismos periféricos, ha sido como un áspid oculto que ha ido envenenando toda nuestra política, desde la economía y la convivencia interna hasta las relaciones exteriores. Pero quedaron muchas más cuestiones inacabadas, relativas a la justicia, al sistema electoral, al sistema fiscal, a las cajas de ahorros, a la reforma de la Constitución, etcétera.

La conmemoración del Descubrimiento de América (o la llegada de los españoles a América, si se prefiere) en 1992 quedó empañada por problemas monetarios que exigieron varias devaluaciones de la peseta. La euforia volvió con la entrada de España en el euro a finales de siglo cumpliendo todos los requisitos; pero se daba un inexorable fenómeno biológico que matizaba el entusiasmo: las nuevas generaciones que entraban en la liza política ya no tenían memoria viva de la Transición y, por lo tanto, valoraban menos sus logros y su prestigio.

Lo que para los padres fue una gran gesta cívica, para los hijos ya adultos era la típica historia de pasadas batallitas. Eran las condiciones presentes, las de principios del nuevo siglo, las que interesaban, y se trataba de resolverlas olvidando el pasado. Los éxitos y los errores de Aznar agriaron las relaciones entre los principales partidos. El atentado del 11-M de 2004 fue como una declaración de guerra y el estallido de la crisis de 2007, un terremoto retardado.

TODOS los problemas que se ocultaban debajo de la alfombra afloraron: una generación ignorante del pasado salió al escenario como caballo en cacharrería y sin querer puso de manifiesto todos los defectos de una Transición inacabada. Los dislates y triquiñuelas de Zapatero dieron a Rajoy una mayoría absoluta que éste, para quien la economía, y no España, era «lo único importante» (parafraseando a Fraga), en lugar de acometer todos los problemas estructurales pendientes, los ignoró olímpicamente en su ansia de hacer amigos. Los políticos, según Rajoy, no están para resolver problemas, sino para congraciarse con unos y con otros.

Su pasividad y el terremoto gradual de la crisis le arrebataron la mayoría absoluta en 2015. El Parlamento se fragmentó, de modo que en las cuatro elecciones generales siguientes las mayorías fueron todas relativas y exiguas. Hoy los 120 escaños del pasado noviembre, tres menos de los que en 2015 le parecieron a Rajoy insuficientes para formar Gobierno, a Sánchez le parecen más que suficientes para abolir la Monarquía, dialogar sin condiciones con los separatistas y subvertir el sistema judicial, garantizando así la impunidad para sí mismo y para todo su Ejecutivo, en especial para su comunista vicepresidente, que ya estaría imputado o investigado si no disfrutara de los privilegios de la casta política.

Estos son pasos decisivos para convertir nuestra democracia liberal en una república tercermundista. Hasta tal extremo es esto así que nuestros socios de la UE nos han tenido que dar un toque de atención.

Hace 40 años los españoles suspiraban por acceder a la condición de país plenamente europeo. Y yo me pregunto: ¿estamos hoy los españoles dispuestos a desandar lo andado desde 1976 y transitar marcha atrás para convertirnos de nuevo en un paria en Europa y en un país del Tercer Mundo?

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor, entre, otros libros, de Cataluña en España. Historia y mito (con J. L. García Ruiz, Clara E. Núñez y Gloria Quiroga) y miembro del Colegio Libre de Eméritos.


Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el texto

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+Revista de Prensa

El Gobierno bajará del 21% al 4% el IVA de la prensa y libros ...

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 ilustración de Ricardo [R.Martínez Ortega, Chile, 1956] en El Mundo, 3221020